Capítulo 12


Madara notó vibrar su teléfono móvil en el bolsillo. Leyó el breve mensaje de texto de Shibi: «¡Misión cumplida!».

Aunque la información que Hidan le estaba ofreciendo sobre los últimos sondeos de opinión era importante, al pensar en Sakura se olvidó de todo lo que le rodeaba. Tenía la casa vigilada y no estaba sola. Claro que a efectos de protección Tōka no contaba demasiado, pero al menos tendría compañía cuando él no pudiera estar allí.

La noche anterior, después de acompañarla, no quería marcharse. Sin decirle nada, estuvo dando una vuelta alrededor de la casa para asegurarse de que no había nadie acechándola. Ella se había cruzado de brazos con gesto firme, indicándole claramente que la dejara en paz. Madara captó la indirecta y desapareció de su vista.

—¿Me has oído? —preguntó Hidan.

Madara sacudió la cabeza.

—Lo siento, estaba distraído.

—No hace falta que lo jures —dijo Hidan con cara de pocos amigos, y arrojó a un lado el bloc de notas y los documentos—. ¿Qué narices te pasa últimamente?

Madara hizo unos estiramientos con el cuello mientras buscaba una respuesta que satisficiera a Hidan.

—Tengo muchas cosas en la cabeza.

—De eso ya me he dado cuenta, y los votantes también lo habrán notado. ¿Piensas contármelo para que te ayude a solventar tus problemas y podamos seguir adelante?

—Tú no puedes solventar mis problemas, Hidan.

—Y una mierda. Para eso me pagas. Detecto tus problemas antes de que asomen desde las profundidades del Atlántico. ¿De qué va? ¿Es la familia? ¿Una mujer? ¿Qué es?

Hidan era el mejor director de campaña que existía. Llevaba varios años trabajando para Madara, había empezado como ayudante subalterno y gracias a su esfuerzo había llegado a donde estaba. Se había ganado la confianza de Madara dos años atrás, cuando el tío de este, el senador Indra Ōtsutsuki decidió presentarse en el despacho de su sobrino sin avisar.

Hidan reconoció al senador enseguida, pero cuando el hombre le anunció que era el tío de Madara, Hidan le agradeció que se hubiera presentado y le preguntó si tenía concertada una cita.

A Madara le habría gustado ver la cara del hombre cuando Hidan le plantó semejante pregunta. En otra vida Indra debió de ser un general de cinco estrellas porque siempre que entraba en algún sitio exigía que se le dedicara toda la atención, y rara vez alguien cuestionaba su autoridad.

Pero Hidan sí.

Tal como había supuesto, a Madara le costó asimilar la visita inesperada e indeseada de su tío. Madara se consideraba una persona flexible, pero el tío Indra se había nombrado a sí mismo el patriarca de la familia y era el cabrón número uno de todos los tiempos.

Hidan consiguió dar largas a Indra hasta que Madara adivinó qué quería de él.

Madara y Hidan trabajaron a ritmo frenético para buscar entre los casos del juez algún punto común con los colegas y amigos de Indra. No cabía duda de que en cuestión de una semana el hijo de algún diplomático aparecería en su tribunal. Preparado para la propuesta forzosa por parte de su tío, Madara se encontró con él esa misma noche en el hotel donde se alojaba. Hubo poco lugar para conversaciones sin trascendencia. Tras algunas preguntas del tipo «¿Qué tal está la familia?», Indra procedió a convencer a Madara para que se decantara por lo que más le convenía a él. Para ello, se arregló las solapas de la chaqueta del traje de corte perfecto. El hombre estaba en forma, apenas acumulaba algún kilo de sobrepeso alrededor de la cintura, pero los años de servicio público empezaban a pesarle. Su pelo castaño estaba salpicado de mechones grises. Gozaba de buena planta y carisma, dos cosas importantes en la política que no podían comprarse con dinero.

—Tengo entendido que a uno de los hijos de Uzumaki lo citarán en tu tribunal la semana que viene. Es por algún tema doméstico.

—Ah, ¿sí? —Madara se llevó la bebida a los labios, perfectamente preparado para lo que venía a continuación.

—Los jóvenes cometen errores.

En ese caso no. Nagato Uzumaki II era un cabrón malcriado que había logrado eludir la acción de la justicia en todos los delitos que había cometido desde la adolescencia. A sus veintitrés años, las pruebas físicas de violación con que la fiscalía podría demostrar las agresiones cometidas le borrarían la sonrisita burlona de la cara durante mucho tiempo. Aunque Madara aún tenía que ver el caso, al parecer las declaraciones de los testigos oculares y las pruebas físicas eran más que sólidas.

Las pruebas eran lo que más codiciaba todo policía y todo abogado. A él, como juez, le facilitaban mucho la labor.

Nagato había desestimado la opción del jurado popular con la esperanza de sobornar al juez.

Madara esperaba que la policía no fastidiara las cosas y que no hubiera que descartar ningún testimonio ni ninguna prueba. Los asquerosos como Nagato y sus amiguitos políticos necesitaban que les hicieran comprender que no podía comprarse a todos los jueces. Daba igual quién pidiera el favor.

—A veces jugando a pelota se rompe algún cristal por accidente. Pero atar a una mujer indefensa y agredirla... no me parece ningún accidente.

Indra dio un trago a su bebida.

—La chica no es de fiar. Viene de mala familia.

—¿Y por eso todo vale?

—No seas tonto. Uzumaki es un buen chico. Ha cambiado.

Madara se recostó en la silla y observó la incomodidad de su tío. No pudo evitar sonreír y disfrutar de aquellos momentos de incertidumbre.

—Uzumaki mancha el nombre de todos los que llevamos un cromosoma Y.

Indra estampó el vaso en la barra del bar.

—El caso tiene que resolverse favorablemente.

—¿Para proteger los dólares que ganas con la política?

—Hazlo.

Lo último que Madara quería era que los políticos como su tío gobernaran el país. Como conocía bien a Indra, optó por no hablar mucho más sobre el caso y tomó la firme determinación de hacer todo lo posible por enviar a Nagato a la cárcel.

Menos de una semana después, Nagato Uzumaki II era declarado culpable sin lugar a dudas y un par de guardias lo escoltaron hasta a la penitenciaría del estado, donde se suponía que tendría mucho tiempo para reflexionar sobre sus pecados.

Se suponía.

Indra no habló nunca del juicio, no habló nunca del caso. Sin embargo, tras haber cumplido quince meses de cárcel, una absolución por poder ejecutivo dispensaba a Nagato de todos los delitos cometidos y lo dejaba en libertad.

Madara se puso como un basilisco. Sabía lo que había ocurrido. Sabía los hilos de los que había tirado Indra para dejar en libertad al chico.

—¿Se trata de Sakura?

La pregunta de Hidan sacó a Madara de sus recuerdos remotos y lo devolvió al presente.

—¿Por qué me lo preguntas?

—Es guapa. No es raro que te distraiga.

Cuánta razón tenía. Aunque Madara confiaba en Hidan, no pensaba revelarle nada sobre sus verdaderas preocupaciones en relación con Sakura.

—Antes de presentar la candidatura a gobernador tenía mi vida.

Hidan echó atrás la cabeza y soltó una carcajada.

—No, no la tenías. Yo también estaba, ¿no te acuerdas?

—El hecho de que tú no lo vieras no quiere decir que no ocurrieran cosas.

—No me vengas con sandeces. Las citas esporádicas y algún que otro revolcón no equivalen a tener vida amorosa. No hacías nada aparte de trabajar. Tu carrera política iba a las mil maravillas hasta aquella proeza en el bar.

Había tomado carrerilla, pero el incidente del bar supuso un buen tropiezo y ayudó a sus rivales a situarse en cabeza. Si al menos Sakura accediera a casarse con él... Sería una buena forma de tenerla vigilada y demostrar a los buenos ciudadanos de California que él era la persona ideal para el cargo.

—¿Esa distracción tuya te impedirá asistir mañana al almuerzo en Chicago?

—No.

Al día siguiente se celebraba un almuerzo en Chicago para recaudar fondos. La noche después, una cena en San Francisco. ¿Cómo narices se suponía que iba a pescar una esposa..., a Sakura quería decir, si no paraba de ir de un lado a otro del país codeándose con la flor y nata?

¿Y si mientras tanto alguien la estaba observando?

¿Y si él cabrón que había asesinado a sus padres se empeñaba en segarle la vida?

La familiar quemazón en la boca del estómago empezó a propagarse por sus entrañas.

—Dímelo otra vez... ¿Quién apoya a Hyūga?

Mientras Hidan recitaba la lista de los aliados que el gobernador de Illinois tenía en el congreso, Madara hizo todo lo posible por no pensar en Sakura ni en el amiguito peludo de cuatro patas que la protegía siempre que él no podía quedarse a su lado.

—¡Para ser un perro policía tienes unas cuantas cosas que aprender sobre los buenos modales! —vociferó Sakura a la vez que agitaba el tacón de siete centímetros frente a Zod.

Zod ladeó la cabeza y siguió jadeando. La expresión del perro no mostraba ni pizca de culpabilidad.

Sakura miró las dos marcas del tacón y notó que volvía a disparársele la presión sanguínea. Se planteó la posibilidad de enviar la factura a Inochi y Chōza.

La puerta de entrada de su casa se abrió y una tranquila voz femenina anunció «puerta abierta» como si fuera un avión que estuviera aterrizando en O'Hare a la hora prevista. También la sacaba de quicio oír abrirse la puerta corredera que daba acceso a la casa por detrás o una ventana. Cuando terminaran de instalar todo el sistema sonaría una verdadera alarma que despertaría a todo el vecindario.

Todo aquello era demasiado.

—Eres un perro malo. —Sakura lo regañó por última vez antes de arrojar el zapato sobre la encimera. Tōka irrumpió en la cocina con una bolsa protectora para la ropa sobre el brazo.

—Me ha parecido oírte aquí.

La chica lucía una sonrisa perfecta bajo una nariz perfecta y no tenía ni un pelo fuera de su sitio. Sakura estaba segura de que sus antiguas compañeras de clase debían de odiarla por tanta perfección.

—Estoy educando a Cujo, el perro maléfico de Stephen King, para que deje en paz mis zapatos.

Tōka dejó la bolsa en el suelo y agitó el dedo índice frente a Zod.

—¿Te has portado mal?

Zod tenía la lengua colgando mientras observaba a una y otra con sus grandes ojos castaños.

—Ya le daré yo a este perro lecciones sobre buen gusto. Solo quiere lo caro. Estoy segura de que su primer dueño era un hombre.

—¿Por qué dices eso?

—Las zapatillas de deporte ni las toca.

—Pobrecito, a lo mejor necesita hacer más ejercicio —opinó Tōka—. En Albany los perros se pasan el día corriendo por el exterior y apenas entran en casa.

Albany era el nombre de la finca de la familia de Tōka. Sakura había estado allí en alguna celebración con Hashirama y Temari. La idea que Tōka tenía de un jardín equivalía a cientos de hectáreas de terreno, no podía compararse con el patio trasero de Sakura, del tamaño de un sello de correos.

—Aún no comprendo por qué quieres vivir aquí en lugar de volver al palacete en el que creciste. —Sakura recogió el zapato destrozado y lo arrojó al cubo de la basura.

Zod se la quedó mirando. Daba la impresión de que el perro era consciente de su superioridad y le importaba un comino cargarse cualquier cosa.

—La vida requiere algo más que una gran casa.

—El espacio nunca sobra. —A Sakura le encantaba la finca que Temari tenía en Malibú, con sus vistas, su piscina... Incluso la cocina le resultaba tentadora, a pesar de que su concepto de comida se preparaba con un microondas y un grill. Siempre decía que si tuviera una cocina en condiciones aprendería a hacer pasteles.

—He vivido siempre rodeada de lujo y, aunque me gusta, sé que no valoro lo que tengo. Por una vez quiero espabilarme por mis propios medios.

Sakura se echó a reír.

—No sabrás lo que es la vida hasta que tengas que alimentarte a base de sopa de sobre para comer y para cenar.

Una expresión de horror cubrió el rostro de Tōka.

—Suena fatal.

—Ten cuidado con lo que deseas, Tōka. Yo he estado al borde de la miseria y te aseguro que no es nada divertido. Entiendo que a ti espabilarte tú solita te parezca educativo y te atraiga, pero para los demás no es más que la vieja rutina del trabajo duro.

—El trabajo duro no me asusta —repuso Tōka a la defensiva.

—Me alegro de oír eso. Esta noche vamos a ir a una fiesta. Se trata de un evento de alto copete en The Royal Suites, en Beverly Hills. Es lo más de lo más. Seguro que te sentirás la mar de cómoda.

Tōka le dirigió una sonrisa e irguió la cabeza.

—Me encantará saber qué soléis hacer Temari y tú.

Sakura oyó tras de sí un ruido sordo y vio que Zod avanzaba lentamente hacia otro par de zapatos de tacón olvidados junto a la puerta trasera. Le dio una orden en alemán para que se detuviera y recogió los zapatos.

—Cuesta creer que Zod no haga caso de los filetes y en cambio devore zapatos.

—Será mejor que no le confesemos a nadie su debilidad o algún zapatero acabará desvalijándome la casa.