Akutagawa sabía lo que era la carencia. Su cuerpo y su carácter siempre parecían actuar como esperando las épocas difíciles, los estragos de la carencia interiorizada en lo más profundo eran difíciles de borrar. Vivía de manera más bien austera, no desahogada aunque podía darse todos los lujos que deseara algo en él le impedía caer en el derroche. Pod{ia ser algo positivo o no, realmente no pensaba al respecto. La carencia fue lo que le obligó a superarse a sí mismo, a no dejarse caer nunca por muy doloroso y oscuro que luciera el panorama, decidió que no se permitiría ser tragado. Ahora tenía poder, dinero y una larga lista de puertas más que abiertas porque sus antecedentes se habían encargado de romper las negativas a hachazos. Akutagawa sabía que el temor es la verdadera llave maestra y él sólo debía aprender a manejarla.
Pero incluso con cada necesidad cubierta, con la certeza del poder adquisitivo, muchas noches se despertaba con la misma asfixiante sensación de carencia recorriendo cada parte de su cuerpo y hacía cosas tontas e impulsivas como comprarle un vestido de marca exclusiva a Gin o arrojaba a la basura su celular para conseguir uno nuevo por la sola sensación de ser capaz.Alguna vez había hablado al respecto con Atsushi al descubrirlo acumulando una serie de provisiones en lugares totalmente incorrectos; latas de atún bajo las cobijas, caramelos tras los platos, una madera del suelo escondía un monedero lleno. Le explicó que el mismo sentimiento que a él lo consumía y fue que pudo comprender que lo que sucedía era que Akutagawa seguía sintiendo que todo cuanto poseía era tan sólo prestado o completamente ajeno a él y que en cualquier momento podía serle arrebatado.
Todo menos Chuuya.
Porque el sol entraba y lo sentía abrazado a su espalda, las manos en su pecho fuertemente cerradas y su primer pensamiento siempre era que era bueno tener algo propio. Cuando lo veía sonreír sólo para él o lo tenía hecho agua entre sus manos todos los agujeros que pudiera intuirse se llenaban porque si él era la carencia, Chuuya era la abundancia. No había un sólo rincón de su vida en el cual no estuviera involucrado y aquello le reconfortaba de una manera que difícilmente llegaría a explicar porque era algo que codiciaba egoístamente. Si era o no correcto, no quería detenerse a pensar. Nunca antes había tenido la certeza de realmente poseer algo y ahora no había espacio en su alma para dudar que todo el amor de Chuuya le pertenecía. Era bueno tener algo propio, era cálido y reconfortante.
¿Entonces por qué?
Se había bañado y cambiado más de dos veces y todavía sentía el pulso de Atsushi latiendo en su cuerpo, aún la sensación y el aroma de su piel le escalaba hasta el cerebro en pura euforia, el sabor de Atsushi en sus labios seguía sabiendo a haberse robado el maná más sagrado sólo para él. Amaba a Chuuya y lo que era más importante, Chuuya lo amaba ciegamente y le pertenecía, pero si quería ser sincero algo en él siempre supo que sólo lo estaba usando como un consuelo. Algo en él ardía porque le había ganado o robado algo a Dazai, porque no sabía sobreponerse al rechazo y que fuera el mismo Atsushi quien lo buscara fue la mayor de sus victorias.
¿Entonces por qué?
Exhaló el humo del cigarro, tosiendo aparatosamente después, recordando que había pasado mucho tiempo desde la última vez que había fumado pero no sabía con qué más ahogar el sabor ajeno a té verde y arroz nuevo. La tarde estaba en su apogeo y él la estaba disfrutando como pocas veces, desde la altura de su edificio, en la amplitud del balcón. La brisa se colaba en su cabello, relajándolo aunque sinceramente no era capaz de sentirse culpable. Estaba complacido. Pleno.
— Te vas a resfriar, Ryuu— las manos de Chuuya se colaron por su cintura, su nariz contra sus vértebras y le fue imposible esconder el sobresalto al no escucharlo llegar. Rememoró si había tirado los platos que rompieron, si cambió las sábanas que ensuciaron—. Te he dicho que no debes fumar, por favor.
— Lo siento.
— Agradece que estoy hecho polvo o de verdad lo estarías sintiendo— sonrió, poniéndose de puntas para alcanzar a besar su hombro—. Aunque no sueles fumar ¿Ocurrió algo? No me digas que pelearon.
Akutagawa inspiró el humo, apagándolo contra el barandal y dejando la colilla en él, girándose para tomar el mentón de Chuuya. El azul de su mirada brillaba en un fuego que era sólo para él y leía lo profunda y sinceramente enamorado que estaba, se lo afirmaba la sonrisa, el beso en sus manos, la manera en que se acomodaba en su pecho como un perro perdido que por fin regresa a casa.
— ¿Qué tal estuvo tu día? ¿Quieres que te prepare el baño?
— ¿Estás evadiendo mi pregunta?— rió divertido, resoplando—. Por Dios, ustedes de verdad son un par de niños. Tendré que llamarlo mañana para disculparme en tu nombre, casi puedo apostar que fuiste tú el que lo provocó.
— No peleamos.
— Uhm— Chuuya se apartó de él, cruzando los brazos, apretando los labios—. Pareces sincero, pero sólo para cerciorarme le enviaré un mensaje después de la cena.
— Creo que lo mejor será distanciarnos un tiempo.
— ¿De Atsushi? Cariño...
— Tú y yo.
Chuuya descruzó los brazos, el ceño fruncido en una interrogante que amenazaba incluso sin ser expresada. El viento de la tarde no estaba lo suficiente frío.
— Sí pasó algo con Atsushi pero no es lo que piensas.
— No me des rodeos, Akutagawa, suéltalo de una vez.
— Nos acostamos.
Veía las pestañas de Chuuya enredarse entre ellas al pestañear así, con pereza. Incluso desinterés.
— ¿Se cuidaron?
— Sí.
— Entonces no le veo problema alguno. Sólo que si planean volver a hacerlo te agradecería que me avisaras, sería incómodo que llegara de improviso.
— Me acosté con alguien más. En nuestra casa.
— Atsushi es muy atractivo y sé que todavía sientes cosas por él, mientras te protejas y me digas la verdad no veo por qué esto debería ser un problema. En realidad me alegra que estés siendo correspondido.
— ¿Por qué no estás molesto?
— No espero que me seas fiel siempre, no soy tan ingenuo. Mientras no lo lleves fuera de la cama puedes hacer lo que te plazca.
— No esperes que yo te de la misma libertad, Chuuya.
— Para haber sido quien me pintó los cuernos no bien te dejé solo un par de horas te estás portando algo moralista ¿No crees?
— Creo que necesitamos hablar seriamente sobre esto.
— Es una lástima— caminó con una cadencia intimidante, el mentón elevado en esa seguridad aplastante, desafiante. Lo apres{o contra la baranda y su cuerpo, delineando su mentón con una sonrisa burlona, hiriente—. No estoy de humor para charlas. Pero si quieres puedes preparar la bañera para mí y hacerme la cena. Después te dejaré escoger una película y nos iremos a dormir como la puta pareja feliz que somos o te puedes largar en este momento a rogarle a ese pobre intento de gato que te acepte en su vida aunque ambos sabemos que estás a un millón de años luz para ser competencia de Dazai.
Akutagawa se quedó dos segundos con los ojos completamente abiertos, sin siquiera pestañear, queriendo encontrar la falla en la imagen, el salto de realidad que la situación había dado. Tragando saliva y guardando silencio, la cabeza ligeramente agachada mientras seguía a Chuuya al interior de la casa.
La colilla de cigarro olvidada fue arrastrada por el viento hacia el pavimento, lejos de ellos dos.
