Chuuya en su vida fue la última vela encendida. Cuidaba su candela con ternura, con devoción porque incluso siendo pequeña era suficiente para alumbrar y dar calidez en todo su interior. Dazai no sólo apagó su luz, hizo lo imposible porque nunca fuera posible que volviera a ver nada brillar. Lo cegó desde el interior para que ni siquiera los recuerdos de esa luz permanecieran en Atsushi. Se movía como un fantasma entre la gente, otra vez un ser negado a la vida, tan infame que su sola existencia era un insulto. Era cobarde, era inútil y no merecía más que eso, por mucho que Chuuya hubiera intentado creer lo contrario. Nadie escribe finales para quienes nacen rotos y por el contrario sus únicos espacios habitables son aquellos en donde la vida huye. Debió saberlo antes. Porque ahora, cuando se cruzaba con Chuuya en los pasillos notaba en su mirada apagada y los labios siempre apretados que lo había vuelto también un fantasma.

Si pudiera permitirse un sentimiento, tan sólo uno, escogería la rabia para poder dirigirla toda a Dazai.

— ¿ Me llamaste, Dazai?

— Esa no es manera de presentarte ante el Jefe.

— Vamos, Chuuya, no seas tan duro, Atsushi es de mis hombres de mayor confianza y lo sabes. De hecho, necesito pedirte que nos dejes un momento a solas.

Chuuya giró la cabeza hacia él con dramatismo. Era su guardaespaldas prácticamente, nadie estaba más cerca suyo que él. Pero había aprendido que desobedecerlo era mucho peor que ser ofendido, así que simplemente chasqueó la lengua, sin siquiera voltear hacia Atsushi. Dazai sonrió una vez que escuchó la puerta cerrarse, sacando un sobre amarillo que le extendió. Había elegido mal sus jugadas y ya no había manera de redimirlas, pero al menos le quedaba esa última carta bajo la manga.

— Necesito que lleves esto a la Agencia Armada de Detectives. Procura llevar un paraguas, creo que pronto lloverá.

Sabía perfectamente lo que ocurriría en cuanto esa fotografía llegara a las manos de Akutagawa.