Desde las sombras
Me resultó más difícil dejar el Nido de lo que pensaba. Zelda tenía razón, la rutina puede llegar a ser algo curativo después de tantas emociones fuertes. Me hizo bien pasar unos días en casa, mi nueva casa.
Pero había asuntos que resolver y me estaban robando el sueño por la noche.
Primero estaba el asunto del tipo que envenenó a mi mujer. Era muy improbable poder dar con él, pero pedí a Ardren que investigase en Ocaso, que preguntase por vendedores ambulantes, comerciantes, buhoneros. Había decidido reunirme con mis hombres en una taberna de Ocaso, "La vieja errante". Ahí me pondrían al día de sus averiguaciones, y yo tendría algunas palabras con uno de ellos.
Lo segundo era más complejo y no lo había discutido aún con Zelda. Me preocupaba Hyrule. Sentía que algo no iba bien allí, pero era una especie de sensación más que de certeza, así que prefería investigar un poco por mi cuenta antes de decirle nada.
Pedí que me sirvieran una cerveza y un poco de queso mientras esperaba a los muchachos. La mesa estaba un poco sucia y pegajosa, pero la comida era buena. En mi bolsa llevaba una hogaza entera de pan y mermelada de arándanos. Zelda había aprendido a hacerla con la receta de Frea, e insistió en que me la llevase porque "servía para recuperar energías y no se echaba a perder". También insistió en venir conmigo para averiguar lo de su agresor por sí misma, fue extremadamente difícil de convencer, pero al final coincidió conmigo en que su presencia llamaría demasiado la atención, y eso no era lo que queríamos. Era terca como una mula, si yo tenía alguna idea preconcebida de cómo eran las princesas, ella la cambió por completo.
—Bonito tugurio, capitán —sonrió Ardren, sentándose en mi mesa.
—¿Por qué nos haces venir a este agujero? —preguntó Fridd, que pidió dos cervezas nada más entrar.
—Aquí no trabaja Eve —dije.
Era evidente. Ella y yo habíamos acabado en buenos términos gracias a las diosas, pero cada vez que nos veíamos dolía, pensé que era mejor poner un poco de distancia hasta que... hasta que volver a vernos fuese del todo normal. Tampoco me convenía presentarme tan a menudo delante de su padre... la tensión iba cayendo poco a poco, pero sabía más que de sobra que le desagradaba verme en la Posada de los Vientos.
—Una pena que tengas que esconderte como un proscrito, cuando los traidores son otros —rumió Fridd.
Intenté aislar su último comentario de la conversación, porque últimamente empezaba a sentirme muy molesto por sus continuas indirectas hacia Hyrule y de forma velada hacia mi mujer.
—Bien, sobre el asunto de las setas he hablado con casi todas mis personas de confianza en Ocaso —dijo Ardren —hay mucho movimiento en la frontera. En ambas fronteras. No sólo los espectros de Ikana que mataste en Hyrule, más de esas cosas han osado cruzar la cordillera. Claro que allí Kruu y el frío han hecho buena cuenta de ellos y no me preocupa.
—¿No te preocupa? —interrumpí —¿te parecen normales esas incursiones? Porque no lo son. ¿Qué buscan en Hyrule?
—Lo que siempre han buscado, supongo —sonrió Ardren, con su optimismo habitual —el poder mágico del rey Rhoam.
—No. Hay algo más —bebí un trago. Ya lo pensaría con más calma.
—Por otra parte —prosiguió Ardren —la otra frontera también está en movimiento. Muchos comerciantes han usado como excusa nuestra buena relación con Hyrule para expandir su mercado.
—¿Buenas relación? ¿En qué mundo imaginario viven? —insinuó Fridd.
—Su princesa es una mujer del Oeste ahora —dijo Ardren, como si la respuesta fuese obvia.
—No estoy contigo, Ardren. Coincido con Fridd en que la situación no es amistosa —intervine —pero no por mi esposa. Que quede bien claro, ella queda totalmente excluida de esto. Más bien son todos los que intentan envenenarla o han intentado levantarse en mi contra o en contra de mi familia los que han creado ese mal ambiente.
—Bien. El resumen es que no sé quién ha podido envenenar a la princesa Zelda, capitán. La descripción que dio ese muchacho es demasiado genérica, podría ser cualquiera.
—Bueno... gracias por tu trabajo —dije. Me sentía frustrado, pero Ardren no tenía la culpa. Lo conocía bien, y estaba seguro de que habría preguntado e investigado a fondo, y que habría involucrado incluso a su familia.
—¿Ella está bien?
—Sí, sí. Está recuperada.
—Fabuloso —sonrió —se nota que ha tenido al capitán bien ocupado estos días. Parece que Linox empieza a bajar la guardia.
—No comentaré nada al respecto —dije, pegando un trago a mi cerveza —ya puedes irte, Ardren.
—¿A dónde diablos quieres que me vaya? ¿Por qué me hablas con tanta formalidad?
—Vete, por favor. Necesito hablar un asunto a solas con Fridd.
Ardren frunció un instante el ceño, pero era avispado. Comprendió rápido. Por encima de todo ellos eran mis amigos, pero en ese momento yo era el capitán y él uno de mis hombres, así que obedeció en silencio.
—¿Va algo mal, capitán? —preguntó Fridd un poco angustiado al ver a Ardren dejándonos solos.
—Sabes que te aprecio. Y también entiendo tu aversión hacia Hyrule. Sabes que te lo he dicho, cientos de veces, que lo entiendo. —levanté la vista para mirarle a los ojos —pero no volverás a entrometerte jamás en mis asuntos con mi mujer.
—Capitán, no-
—No lo harás. Jamás. —interrumpí —Te limitarás a obedecer cuando te diga que la protejas, no la juzgarás, no le dirigirás la palabra a menos que ella lo haga antes.
—No sé qué diablos he hecho yo para recibir esta reprimenda —dijo, con una risa nerviosa que no revelaba otra cosa más que yo estaba en lo cierto.
—Sí lo sabes. No me hagas sentir vergüenza y tener que decírtelo a la cara.
—¿Y si es una traidora? ¿Y si todo es un plan de Rhoam?
—¡Basta! —diablos, al final consiguió que me alterase —Zelda no es ninguna traidora, y si así lo crees entonces no podrás seguir a mi servicio.
—Pero y si...
—¿Es que no está claro?
—Sí, capitán.
—Bien. Asunto zanjado entonces. Puedes decirle a Ardren que vuelva.
Acabamos de almorzar en "La vieja errante", aunque la tensión que había entre nosotros no se disipó del todo. Fridd estaba herido en su orgullo y yo en el mío, pero estaba seguro de que no tardaríamos ni un día en volver del todo a la normalidad.
Invertí el resto del día investigando por mi cuenta, con la compañía de Ardren. Envié a Fridd a Fuerte Halcón para que mirase las anotaciones de mi padre. En el Fuerte había un registro diario de todos los carros, carretas, comerciantes, viandantes, jinetes y cualquier cosa que atravesase sus murallas y el motivo por el que lo había hecho. Pedí que investigase esos libros, que viese si había un aumento de comerciantes como había dicho Ardren. No me hacía gracia que un episodio como el de las setas se pudiera repetir con alguno de mis hermanos pequeños o con los habitantes de Fuerte Halcón. Lo malo era investigar todo eso sin levantar las sospechas de mi padre. No quería que él ni los jefes de los clanes se enterasen... levantaríamos tal polvareda que sería imposible encontrar al culpable. Los jefes de los clanes sólo conocían un modo de combatir este tipo de amenazas: la violencia. Usaban el seso muy poco. Yo no quería violencia, me había casado para evitar esa violencia, así que, se enfadase mi padre o no, no iba a contarle nada.
Cada vez oscurecía antes y ya no tenía sentido seguir investigando. Las gentes encendían sus chimeneas, caía una fría aguanieve sobre nuestras cabezas y todo el mundo se refugiaba en las casas.
—Te puedes quedar en mi casa, Link —propuso Ardren, mirando hacia el cielo y el mal aspecto que tenía.
—No, vuelvo al Nido. No tardaré mucho, está oscuro, pero aún es pronto.
—Oye, sé que no es asunto mío, pero lo de Fridd...
—Debe controlar su ira contra Hyrule. Es peor que esos descerebrados de las revueltas.
—Entendido —sonrió. Era una de esas sonrisas suyas que mostraban que era capaz de leer entre líneas.
—Y respecto a eso —me aclaré la garganta —tú serás de ahora en adelante quien vigilará el perímetro del Nido del Águila cuando me tenga que ausentar.
—¿Ya no soy una amenaza para la joven dama?
—Espero que no le cantes ninguna de tus ridículas canciones, ¿está claro? Creo que confía en ti mucho más que en Fridd.
—No me explico por qué será —carcajeó —pero tranquilo, capitán. Me limitaré sólo a las canciones que no son ridículas.
Una moza me besó, en la posada del cuervo
Mi esposa no lo sabe, y yo volví a buscarla
Hermosos eran sus pechos, me metí entre sus faldas...
—Diosas...
—Buena suerte con la princesa, capitán.
—Lárgate ya de aquí —lo empujé, para que me dejase en paz de una buena vez.
—¿Le podré contar lo de que en realidad te llamas Linox?
—Si abres el pico te las verás conmigo —no me quedó más remedio que reírme.
Se largó canturreando y yo puse rumbo hacia el Nido. Tuve que arrebujarme bien en la capa, hacía un frío que helaba los huesos. Estaba cansado y bastante hambriento, así que decidí cabalgar rápido para llegar lo antes posible. Por primera vez sentí que me apetecía volver a casa, a mi casa. No tenía el nudo en el estómago de las otras veces, la sensación de que era un invitado de paso en la fortaleza, las ganas de dejarla lo antes posible para acallar esa sensación. Gracias a las diosas las cosas iban mejor, había un ambiente amistoso con mi esposa, además era fantástico que se llevase tan bien con todos los demás, había conseguido crear una especie de ambiente familiar, era cálido y agradable comer todos juntos, hacer bromas, compartir tareas... nada que ver con esos primeros días grises y solitarios, donde reinaba el miedo y la desconfianza. Aún había un oscuro peso en mi corazón, el de tener que aceptar mi destino sin más, pero al menos no era un destino tan horrible como había pensado.
Tal vez el hambre y las ganas de llegar rápido fueron lo que me distrajo, no lo sé, pero no vi el ataque venir desde ningún ángulo. Estaba cabalgando y al segundo siguiente estaba aturdido, con la cabeza en el barro que se había formado por la aguanieve. Algo saltó desde las sombras, algo ágil y silencioso. Lo siguiente, fue sentir una daga en mi garganta.
—Bienvenida a las tierras del Oeste, Impa de los sheikah —murmuré, como pude. Ella retiró la daga.
—Eres tan vulnerable que cualquiera te derribaría —siseó ella. Lejos quedaron los días en los que usaba protocolos para hablarme. Me permitió incorporarme, la cabeza me dolía bastante, debí golpearme contra el suelo.
—O tú eres muy rápida. —si ella no usaba el lenguaje protocolario, yo tampoco.
—No. Te falta madurar un poco tus habilidades, pero todo llegará —enfundó la daga, para mi tranquilidad.
—Esperaba que vinieses, tarde o temprano —sonreí, pero ella siguió inmutable —eres bienvenida en el Nido del Águila, Zelda se alegrará de verte.
—No es conveniente que su alteza sepa que estoy por aquí.
—¿Por qué?
La mujer apretó la mandíbula, y no dijo nada. Oh, por supuesto. Zelda se enfadaría si supiese que tiene a los sheikah espiando a su alrededor, convirtiéndola en una especie de "prisionera", lo que más odia en el mundo.
—Entonces, ¿en qué puedo ayudarte? Es tarde y puede que empiece a nevar más fuerte —dije, simulando estar despreocupado.
—Traigo esto, de parte del príncipe Gaepora —me entregó un paquete alargado, con una nota atada en el cordón que lo envolvía.
—¿Estás segura de que no se lo quieres dar tú misma?
—No. Le puedes decir que lo ha dejado un mensajero en Fuerte Halcón por error.
—Conoces a mi esposa mucho mejor que yo, y sabes lo complicado que es mentirle.
Además, yo no quería hacerlo. Me sentía incapaz de mirar esos ojos y contarles cualquier historia. Yo era tan torpe que no tardaría ni dos segundos en saber que la estaba engañando.
—Está bien. Manéjalo como mejor veas —resopló, resignada.
—¿Es todo? —arqueé una ceja. Sabía que ella no me había buscado de esa manera por cualquier motivo.
—Quería... —se aclaró la garganta —darte las gracias por salvarle la vida. Fuiste rápido.
—¿Cómo te has enterado?
—Dos de mis hombres han estado aquí... un tiempo.
—He intentado averiguar quién es el culpable, pero no es fácil.
—Puedo ayudarte en eso —dijo entonces —tengo a esos mismos hombres investigando. Mis sospechas apuntan a Hyrule.
—¿Estás de broma?
—Corren tiempos peligrosos, capitán Link. Nada es seguro. No hay que fiarse de nadie. Quería decírtelo en persona. Siento que hay algo conspirando desde las sombras y todos somos marionetas de un plan mayor.
—¿Quién? —sentí un escalofrío. Por mi cabeza ya había rondado una idea parecida.
—Todavía no lo sé, pero te lo haré saber. De momento, el príncipe Gaepora está casi confinado en el castillo. Hay monstruos, peligros rondando los alrededores. Hay pocos mensajeros estos días y el rey teme mandar halcones desde el castillo por si son interceptados.
—Por eso no recibía cartas de su hermano... —murmuré, entendiendo todo.
—He venido personalmente por eso.
—Te lo agradezco, la hará muy feliz tener noticias del príncipe.
La mujer silbó y un caballo negro surgió de la espesura. Ni siquiera lo había visto, no sabía que estaba ahí.
—La dejo en tus manos —dijo, subiendo a la montura —y te enviaré noticias en cuanto descubra algo sobre las setas. Mis Ojos están detrás del asunto y se pondrán en contacto contigo de un modo eficiente y discreto.
—¿Ojos?
—Mis hombres —aclaró —te verán en esa posada en la que has estado hoy. Sabrás que están aquí porque te enviarán un mensaje con este símbolo. Cuando lo recibas, vendrás a la posada al caer el sol. Tú solo, nadie más.
Impa me enseñó el símbolo que había bordado en su túnica, un ojo sin párpado con una enorme lágrima.
—Mejor llevarlo en secreto, me parece un buen mecanismo para reunirse —dije —pero no se lo podré ocultar a ella. Sospechará, hará preguntas y te repito que no puedo mentirle.
—Lo entiendo.
—Una cosa más antes de que te marches. ¿Hay alguna forma para que mi esposa pueda seguir enviando mensajes al príncipe sin peligro?
—Debería reducirlos al mínimo, de momento. Lo único que se me ocurre es que se los entregues a uno de mis Ojos, cuando os reunáis.
—Está bien. ¿Te marchas tan rápido? —vi que ella ya oteaba el camino y se acomodaba en la silla.
—Está oscuro, aún te queda un rato hasta que vuelvas a tu fortaleza.
—La próxima vez, ven a ver a Zelda.
—Lo pensaré —se alejó un poco y yo subí a mi caballo. Me iba a estallar la cabeza por el dolor del golpe —recuerda, capitán Link. No te fíes de nadie.
Y así, tan rápido como había aparecido, se perdió entre las sombras.
Llegué al Nido justo en el momento en el que la noche se volvió más fría y el agua se convirtió del todo en nieve. Había humo saliendo de la cabaña de Manroy, y también de distintos puntos de la fortaleza. Había llegado tarde para la cena. Dejé al caballo en el establo, y mis pies crujieron sobre el suelo cada vez más blanco cuando crucé el patio hasta la puerta. Zelda ya se habría retirado a sus aposentos, quedaban algunas ascuas en la chimenea del salón pequeño, junto a la cocina. Mi cena estaba allí, tenía tanta hambre que no me molesté en recalentar nada y cuando terminé con todo, me quedé mirando el paquete de Impa. Zelda llevaba tanto tiempo esperando recibir noticias del príncipe que decidí ir a dárselo de inmediato, aun arriesgándome a despertarla.
Subí hasta sus aposentos, paquete en mano. No tardó en abrir, por suerte aún no estaba durmiendo.
—¿Has vuelto? —preguntó, apartándose el pelo de la cara. Desde que se lo cortó lo trenzaba un poco, pero ahora lo llevaba suelto.
—No he dado con el tipo que te envenenó.
—Pensé que volverías a estar varios días fuera —bostezó —¿te importa que hablemos mañana? Estoy un poco cansada.
—No me importa —iba a cerrar la puerta cuando la detuve —Zelda. Me han dado esto para ti.
—¿Qué es? —frunció el ceño y examinó el paquete, la carta —es el sello del castillo...
—Es de tu hermano, noticias al fin.
Incluso en la semioscuridad vi que le brillaban los ojos. Examinó otra vez el paquete, como si lo viese por primera vez.
—¿Cómo...? ¿Quién te ha dado esto?
—Ha sido Impa de los sheikah. Me topé con ella cuando estaba de vuelta a casa.
Me ahorré de contarle lo del derribo y el chichón que me dolía en la cabeza.
—¿Impa? ¿Qué diablos hace Impa aquí? ¿Por qué no ha...? —se detuvo y se mordió el labio —Entiendo.
—Lo siento. Le dije que viniese a verte, pero tenía que volver rápido a Hyrule.
—Mi padre y sus espías. Debí imaginarlo —resopló —Link, ¿te importa que abra esto a solas?
—No. Es tuyo, es lo normal.
—Gracias —dibujó una sonrisa apagada.
—Entonces me despido hasta mañana.
—Hasta mañana.
Bajé hasta mis aposentos con una extraña sensación dando vueltas en el estómago, a lo mejor me había sentado mal la cena. Me quité las botas y avivé la chimenea, Manroy siempre se encargaba de encender la mía y la de Zelda para que el ambiente fuese cálido a la hora de dormir. La verdad es que había sido un día agotador, me había marchado en plena oscuridad, de madrugada. Y toda mi búsqueda había sido infructuosa. Hacía tiempo que no iba a la Estepa, tal vez debería mirar también por allí.
Me deshice de las pieles y me tumbé boca arriba en la cama. Debería estar agotado, tenía el estómago lleno y afuera estaba oscuro y nevaba, no se me ocurría un ambiente más idóneo para roncar durante muchas horas seguidas. Pero no podía dormir.
Desde que conocía a Zelda no había vuelto a soñar con el pájaro rojo. ¿Por qué? Una vocecita me decía que era hora de ver a Mopai, pero la idea todavía me daba escalofríos.
Tardé en darme cuenta de que Zelda llamaba a mi puerta. Sus primeros golpes fueron tan tímidos que apenas los oí, además, estaba empezando a cerrar los párpados.
—Zelda...
Tenía la nariz hinchada y roja, y aún sorbía lágrimas. Pero estaba allí, erguida, como si nada de eso estuviera pasando, usando esa fuerza suya invisible que ya había visto en otras ocasiones.
—¿Te apetece hablar de cosas que no tienen importancia? —preguntó, mostrándome una botella de vino.
Me hice a un lado y ella entró en un movimiento ágil. Busqué copas, creía que tenía algo allí. Sólo encontré dos vasos hechos con hueso. A ella le parecieron bien, los aceptó sin poner una pega. Decidió agarrar las almohadas de mi cama y sentarse en el suelo frente a la chimenea. Yo la imité, aunque no podía evitar preocuparme al verla así de afectada. Sus ojos seguían húmedos y parecían de otro color.
—El regalo de Gae era esta botella —se sirvió y me sirvió a mí —vino de Necluda.
¿Debería preguntarle por la carta? ¿Estaba así de triste por culpa de esa carta? Después de lo de las setas ella parecía estar bien, casi contenta, se reía a menudo (de cosas incomprensibles, eso sí), y... Bebí un sorbo del vino. No podía preguntarle nada, tenía que ser ella la que hablase si deseaba hacerlo.
—Tu madre era de Necluda, ¿no? —preguntó, como forzándose a conversar.
—De la aldea de Hatelia, ¿la conoces?
—La conozco, aunque no he estado allí. Sí he estado en la ciudadela de Lanayru, un poco más al oeste. El monte Lanayru es muy importante para las gentes de Necluda. Peregrinan hasta su cima para rezar ante la Fuente de la Sabiduría. Buscan... guía, consejo. Una especie de iluminación. Que la Diosa cure alguna enfermedad o les dé bendiciones.
—¿Has estado tú en esa fuente?
—Sí. Al cumplir diecisiete. He tenido que visitar todas las fuentes sagradas —sonrió. Sorbió un poco por la nariz y saqué un pañuelo para que se limpiase —gracias. ¿Y tú? ¿Has ido alguna vez a Hatelia a visitar a tu familia?
—No —sonreí resignado, al recordar todas las veces que había suplicado a mi padre que me llevase allí —creo que tengo un tío, y no sé qué será de los abuelos.
—Es extraño que no los conozcas —reflexionó, sonándose de nuevo. Su voz empezaba a sonar más clara, casi como siempre —pero no sé mucho de las costumbres de la montaña.
—No es cosa de las montañas. El matrimonio de mi padre fue arriesgado, elegir a una extranjera y todo eso. Tampoco fue bien visto por mis abuelos, así que... sólo ella volvió en un par de ocasiones. Fue antes de que yo naciese, después no regresó más.
—¿Crees que lo echaba de menos?
Los ojos le brillaron y me di cuenta de que su propia nostalgia era demasiado fuerte. Y en su caso era aún más triste... al menos mi madre se casó por amor, pero ella estaba aquí obligada.
—Siempre he soñado con ver la aldea de mi madre. Ella me hablaba mucho de su casa. Criaban cabras y mi abuelo era el guardián del bosque. Sólo se podía cazar allí con un permiso especial del rey de Hyrule. Las casas están pintadas de blanco y al este hay acantilados y se puede ver el mar. Mi madre me hablaba de eso, muchas veces —sonreí. Casi podía oír la voz de mi madre mientras lo recordaba.
—¿Cuándo...? —dudó. Se detuvo para observar mi reacción.
—Murió cuando yo tenía catorce.
—Lo siento mucho, eras demasiado joven.
—No importa. No sufrió, casi parecía como si se hubiera marchado estando dormida.
—Yo tenía seis cuando murió la mía —dijo ella —no me dejaron verla cuando... cuando todo pasó. Kahen guarda más recuerdos que yo. A veces siento que la veo en mis sueños. Pero es confuso. No sé si es ella o no. Es rubia y alta como mamá... pero no parece ella, su voz no es la misma, al menos.
No sé cómo habíamos llegado a ese punto, pero no era un tema muy alegre y eso no arreglaba nada.
—Me gustaría viajar alguna vez a Hatelia —dije —y llenar un cuerno de centaleón con vino directo del barril, como se hace en las montañas.
—Te tomarían por un loco —dijo, soltando una carcajada.
—Llevaría todo el día el yelmo de Or en la cabeza y mis pinturas de caza para que los aldeanos me tuviesen miedo —volvió a reírse y yo me alegré al conseguir distraerla un poco —seguro que no han visto nada parecido en los alrededores.
—Me gustaría mucho conocer Hatelia —dijo, casi en un susurro.
—Nada nos impide hacerlo.
—¿Lo dices en serio?
—Claro. Podemos ir en primavera.
—¿Y podré beber vino en un cuerno como los bárbaros?
—Por supuesto. Aunque no sé qué pensarán los hatelianos de su princesa si la ven hacer eso en compañía de un bárbaro.
—No pensarán nada, seguro. Nunca piensan nada de mí.
Fruncí el ceño, sin comprender. Ella se abrazó las piernas y dio otro sorbo a su vino, mientras miraba el fuego. Las llamas hacían que su pelo pareciese más dorado. De manera inconsciente recordé que olía a cerezas, ese olor que se escondía en mi inconsciente y que me hacía sentir aturdido y avergonzado a partes iguales. Tenía que pensar en cualquier otra cosa, lo que fuese.
—Gracias por la charla, Link —dijo, poniéndose en pie y sacándome de mi estúpido trance.
—¿Te vas ya?
—Debes estar muy cansado y estoy interrumpiendo tu sueño —agarró las almohadas y las devolvió a la cama —pero eres demasiado cortés para decirlo.
—Puedes quedarte un rato más, hasta que estés bien del todo.
—Estoy bien del todo, mira —agarró mi mano y se la llevó a la cara. La movió con lentitud sobre su mejilla y la sostuvo más tiempo que la otra vez —ojos, mano, cara.
—En... en su sitio.
—Buenas noches —sonrió.
La acompañé hasta la puerta. Bueno, más bien la seguí hasta la puerta. No fue hasta cerrarla tras ella cuando me di cuenta de que el corazón me latía más fuerte de lo normal, hacía ruido contra el pecho, como cuando acechaba a una horda de moblins.
Me tumbé en la cama mucho más tranquilo al saber que, al menos, se había ido a dormir sin lágrimas en los ojos. Su olor a cerezas se quedó en mis almohadas.
