Queridos lectores, por favor, leer acompañados de la canción "Politheia of the Unnamed" de la banda griega Daemonia Nymphe, aquí el link -en utube, ya saben, ponerlo luego del ;) watch?v = 3LY6hejCBaQ

Ahora sí, sin más preámbulos,

XXXI

GAMOS

-Mi Señora, si me lo permite, y con todo respeto, creo que está cometiendo un grave error al permitirle a ellos tomar su propia decisión. Sabe de sobra que lo harán.

Saori Kido estaba sentada dentro de la inmensa piscina de las termas del salón de Athena, cerca al borde de mármol blanco. Dos vestales, con las túnicas recogidas hasta los muslos para no mojarse le asistían. En suelo seco, de pie y con los ojos prudentemente cerrados, estaba Shion, Patriarca del Santuario. Una de las vestales derramó un ánfora llena de agua sobre la cabeza de la joven para aclararle el aceite con hierbas que hacía las veces de champú, del larguísimo cabello lila, mientras la otra vestal lo lavaba con suavidad. Saori abrió los ojos y se quedó mirando el techo de mosaicos que representaban a los otros dioses del Olimpo con expresión pensativa, sus manos aferradas a sus rodillas.

-Si, claro que sé que lo harán, mi querido Patriarca. Por eso simplemente les comuniqué que quería que tomaran sus propias decisiones…-contestó Saori articulando las palabras con mucha lentitud, mientras las vestales terminaban de lavarle el cabello, relajándose con el tacto de los dedos de las mujeres en su pelo y su cráneo.

-Pero, mi Señora, esto es un ejército, y ellos deben comportarse de modo tal que sus acciones no afecten nuestros intereses. Y de todas maneras lo harán, lo cual me indica que no están pensando en absoluto en las consecuencias, en el conjunto, en los esfuerzos de sus compañeros, en la paz del mundo. Están actuando egoístamente y en mi opinión debe separárseles.-argumentó Shion, abriendo los ojos. Saori se levantó, el larguísimo cabello húmedo pegado al cuerpo, escondiendo sus formas. Las vestales se apartaron de ella respetuosamente, agachando la cabeza. Shion tomó una mullida toalla de una mesita y se acercó al borde de la piscina, poniéndola sobre los hombros de Saori, que la usó para secarse primero el pelo y luego el cuerpo, mientras se daba la vuelta y salía de la piscina. Otra vestal se aproximó con la ropa que habría de usar la diosa ese día sobre una bandeja de plata, recientemente consagrada con incienso. Sin muchas ceremonias, la joven diosa se la puso. Una túnica blanca bordada en dorado la envolvió. La misma vestal que había traído la ropa, le pasó un peine, que Saori usó para desenredar su larguísima cabellera goteante de agua fría.

-Es cierto, Shion, éste es un ejército. Y es cierto que están actuando de manera egoísta, pero ambos han jurado dedicar sus vidas a mi servicio, de manera voluntaria. Ambos merecen ser felices, merecen que sus existencias no estén predeterminadas al dolor y a la soledad. Mi misión en esta Tierra es proteger a todos y cada uno de sus habitantes de los designios contrarios y absurdos de los dioses. Sería una persona terrible si no les permitiera la oportunidad de decidir por sí mismos sobre sus propias vidas, ¿no lo crees? Sería en verdad una deidad malvada si obligara a mis propios guerreros a dejar de lado su humanidad.

Shion torció el gesto, no muy convencido, y algo ofuscado por la terquedad de su Diosa. En su interior pensaba que ésta joven tal vez no comprendía las implicaciones de lo que estaba sucediendo, y de lo que sucedería. Saori se rió con dulzura al verlo.

-Claro que comprendo todo, mi querido Patriarca; creo que incluso puede que haya cosas que aún no estén en tu visión, pero sí en la mía... Además, cualquier pequeña alegría y confort que pueda proporcionarles a mis Santos me hace infinitamente feliz.

Athena caminó con elegancia hacia el complejo de pasillos que la llevarían al Salón de la Audiencia, adjunto a la Sala del Patriarca, desde donde Ella escuchaba las peticiones de sus Santos tras una cortina. Shion suspiró con algo de impaciencia, temiendo estar cometiendo un acto sacrílego contra su diosa en su mente, pensando que tal vez Saori sólo había permitido esta locura para poder presenciar algo tan sencillo pero tan emotivo como una boda; parecía una niña. La siguió con resignación y cada vez más preocupado.

Luego pensó en las cosas que habían sucedido cuando a Kanon le habían negado algo que había querido con toda su alma. Había generado un quiebre en la personalidad de su hermano y se había apoderado del reino submarino. Cuando a Marah le habían ocultado algo importante. Había matado o herido de gravedad a casi una veintena de personas. Tal vez, reflexionó resignado, había caminos en los destinos de los hombres que sólo los dioses podían ver.

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Estaba en una cabaña de Kamalákion, de pie sobre un banquito de madera, en un cuarto lleno de mujeres de distintas edades, entre las que se encontraban Aimeé, Eva y Agnés, que suspiraban emocionadas y daban grititos, mientras una mujer muy mayor terminaba de ajustarme las cintas que anudaban mi traje nupcial, muy satisfecha, pues ella había sido la modista. Lo había terminado en tiempo récord, tres días. En el cuarto del lado, estaba Kanon probándose su túnica especialmente destinada para la ocasión. Mi vestido me quedaba perfecto, sonreí, mirando los rostros alzados hacia mí con expresiones de alegría y ternura.

A la indicación de la modista, me bajé del banquito y fui tras una cortina a cambiarme de ropa. Volví a salir con el vestido drapeado sobre mi brazo y se lo entregué a la modista, que lo puso en una cajita de cartón blanco llena de bolitas de naftalina y me la dio tras pagarle. Me quedé mientras Aimeé y Eva se medían sus vestidos, túnicas sencillas de lino blanco de manga corta, hasta los pies.

El espectáculo en ambos vestidos eran los himationes que la modista y sus hijas habían elaborado y bordado. El de Aimeé era de color azul claro jaspeado, bordado en plateado y morado; el de Eva, verde botella, bordado en dorado y negro. Agnés tomó las tres cajitas, sonriendo. Ella había sido quien nos había recomendado venir con la anciana tejedora Ismene. Salimos de la habitación, Eva, Aimeé, Agnés y yo; de la habitación contigua, salían Aioria y Kanon seguidos por el sastre. Las mujeres de la casa hicieron ruidos de alegría con la lengua cuando Kanon y yo nos miramos y yo me sonrojé profusamente. Él me sonrió un segundo con complicidad y luego su rostro volvió a ser una máscara de seriedad. Los cinco caminamos en silencio de vuelta al Santuario. Cuando estuve a punto de seguir a Aimeé y a Eva hacia la villa de las Amazonas, el geminiano me detuvo poniendo una mano sobre mi hombro.

-Necesito que vengas a Géminis conmigo, Marah.-susurró. Asentí, moviendo brevemente mi mano hacia Aimeé y Eva en ademán de saludo. Ambas también se despidieron de mí con la mano, Eva guiñándome el ojo descaradamente frente a Kanon.

-¿No puedes esperar hasta después de la boda, por todos los dioses?-me dijo, riéndose. Mi futuro marido inmediatamente se puso muy tieso, y yo habría jurado que se sonrojó, sino fuera porque un sonrojo en el rostro de ése hombre sería un feo engendro de mi imaginación. Ellas prosiguieron su camino, y Agnés, el geminiano y yo, el nuestro hacia la Calzada Zodiacal. Al fin llegamos al Tercer Templo. La vestal de Leo siguió de largo, un poco atareada, balanceando las tres cajas que contenían los vestidos de Aimeé, Eva y el mío, que se guardarían en Leo hasta el Día D.

Kanon me condujo hacia su habitación, misterioso. Me preguntaba qué estaba pasando y qué querría. Me pidió que me sentara en su cama, y luego me dio la espalda y empezó a buscar algo en su armario.

Se dio la vuelta con una caja de madera de cedro, muy larga y estrecha, con bisagras a un lado. Se aproximó a mí y me la entregó.

-¿Recuerdas que hace mucho tiempo, me enviaste algo con la vestal de Leo? (si las miradas mataran yo seguramente habría muerto ese día por obra de ella). Bueno, en ese momento estuve a punto de tirarlo, o quemarlo. Pero lo conservé.

Mis ojos se aguaron. Mi cabello. Había conservado mi trenza, que en un arrebato de dolor yo me había cortado a la altura del cuello. Abrí la cajita. Ahí estaba mi pelo, doblado un par de veces sobre sí mismo, debido a que en ese tiempo lo llevaba extremadamente largo, casi me rozaba las corvas de las rodillas. Miré a Kanon y cerré la cajita. No pude evitar compararlo con el largo actual de mi cabello, que me llegaba a mitad de la espalda. Cómo pasaba de rápido el tiempo.

-Pasado mañana es el epaulia, y debes ofrecer a Athena un signo de que dejas atrás la infancia. Generalmente las jóvenes cortaban un trozo de su cabello, tú te lo cortaste todo. Te lo devuelvo para que se lo entregues a Ella.

Recordé el sueño que había tenido con mi abuelo hacía un año atrás, en que me decía que sabía que ese día llegaría y que siempre le había gustado mi cabello; luego me había preguntado por Kanon. Así que a esto se refería. A casarme. También recordé que me había dicho que había tenido una gran pelea con mamá cuando ella había decidido comprometerse, pero no me dijo por qué. Mientras yo cavilaba, no me dí cuenta que Kanon me había dado la espalda, sus anchos hombros, normalmente erguidos, estaban caídos, como derrotados, sus puños apretados a ambos lados de su cuerpo. Dejé la cajita sobre la cama y me aproximé a él con delicadeza. Lo abracé, poniéndome de puntillas, para poner mi mejilla sobre el hueco entre sus omóplatos.

-¿Qué te pasa, habibi?-pregunté. Los puños de Kanon y su torso comenzaron a temblar.

-Te he hecho mucho daño, Marah. Muchísimo. Soy un hombre débil atado a sus pasiones, pero luché tanto contra mis deseos para mantenerme lejos de ti, tanto…-murmuró. Lo abracé con más ganas. Él no se volteó. Escuchaba su corazón retumbar dentro de su tórax con toda la fuerza de la angustia.- Eres tan joven, tan inocente…Y ahora…ahora llevas un hijo bajo tu pecho, Marah, un hijo mío que nunca pensé...Yo jamás imaginé o preví esto. Tendrá que ser entrenado para ser un guerrero de Athena, contra su voluntad y contra la nuestra, y si es una hija, también está maldita, ¿no es así? ¿Y el resto del embarazo? ¿Y el parto? Creo que me lanzaría del acantilado de Star Hill si algo te sucediera a ti o al niño.

Suspiré. Lo solté y lo rodeé, para encararlo. Su cara tenía una expresión de culpa que me devastó. Por primera vez en todo el tiempo que le conocía, le ví arrugas en el rostro, unas marquitas en las comisuras de sus ojos y entre las cejas, casi indetectables a simple vista, pero profundas. Temía por mi bienestar y el de su hijo nonato, ¿qué rayos era esto? Nunca pensé pasar por esta situación. No había considerado esa parte del asunto nunca. ¿Sería capaz de dar a luz? ¿Sobreviviría al parto y al puerperio? Decidí que lo haría, que sobreviviría como fuera, y mi hijo conmigo, y estaríamos junto a su padre y seríamos felices. Lo decidí con todo mi corazón y le supliqué en mi interior a Athena que me ayudara. Acaricié sus mejillas con ambas manos. Él me las tomó con las suyas y cerró los ojos Aprecié el contraste de sus manos rudas, trigueñas, grandes y callosas sobre las mías, pequeñas y blancas. El entrenamiento, sin embargo, también las había enrudecido. No eran las manos de una dama. Eran las manos de una guerrera. De una asesina.

-Sí, así es. Si es una hija, también tendrá esa carga sobre sí.-le tomé la barbilla para que me mirara fijamente a los ojos, esos ojos suyos, tan verdes, tan inmensamente verdes. –Es cierto, Kanon, me has hecho daño. Y has pedido perdón y actuado en consecuencia con tu arrepentimiento. Eres humano. Eres falible. Yo también soy humana y soy falible. Y sobre todo, habibi, no soy una niña. Estoy a tu lado por voluntad propia. Te amo por voluntad propia. Te he entregado todo mi ser por voluntad propia. Soy una mujer adulta y debo tomar responsabilidad por mis decisiones, y éste ser que llevo dentro es también responsabilidad mía. No te sientas culpable. Estamos juntos.

Sus ojos tenían un brillo extraño, una pátina acuosa. Se mordió el labio inferior un momento con mucha fuerza, temí que se hiciera sangre por unos segundos. Sus manos vagaron de su rostro hacia el mío, acariciaron ambos lados de mi cuello. Luego lo tomaron con fiereza, apretando tal vez con más fuerza de la necesaria.

-Tú no sabes las cosas que hice, Marah. Eres demasiado ingenua. Demasiado confiada. Soy peligroso para ti. Siempre lo he sido.

Lo miré de arriba abajo con fingido desdén, sonriente, alzando mi ceja izquierda.

-Por favor, Kanon. También he visto cosas, ¿sabes? No me subestimes. Y te lo suplico, dime si sólo te estás casando conmigo por tu sentimiento de culpa. Creo que sería una malísima idea empezar una vida juntos partiendo de esa base.

Me besó con tanta pasión y tanta rudeza que sentí mis labios agrietados partirse un poco. Me tomó por la cintura y me levantó, enredé mis piernas en su torso y mis brazos alrededor de su cuello. Se dirigió conmigo cargada hacia una pared. Sentía sangre sobre mi lengua, un sabor terroso y dulce de óxido que no sabía si era mía o suya, tal vez de ambos, sus manos alzando mi vestido, mis manos deshaciendo con ansia el nudo de su cinturón, mi humedad y su dureza tan cerca, tan cerca. Podía percibir el calor abrasador en su entrepierna con todo mi ser.

-Quiero, porque te deseo.-susurró lascivo.-Quiero, porque te amo.

-Mucho mejor.-contesté yo, suspirando de placer al él enterrarse con fuerza dentro de mí. Le oí gemir, hacía tiempo que no estábamos juntos, me aferré a su pelo por la base de su cráneo con firmeza. Recordé la burla que me había hecho Eva.- ¿No puedes esperar hasta después de la boda?

Kanon se rió, pícaro.

-Hmmnmm.-contestó, en onomatopeya, negando con la cabeza.

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Había dormido en mi antigua habitación en Leo tras el epaulia, el día de las ofrendas antes de la ceremonia nupcial; había ofrecido de nuevo mi vida y mi cosmo a Athena en un ritual sencillo en que ante la inmensa estatua de Athena en lo alto de la Calzada Zodiacal, ante Saori Kido; había dejado mi cabello como símbolo de estar dejando atrás mi infancia y mi virginidad, pidiendo su perdón por no ser más una párthenos derramando voluntariamente algo de mi sangre de un pequeño corte en mi palma sobre el mismo. Aioria, quien había sido mi maestro, mi tutor y mi kyrios, dejó también su ofrenda de sangre sobre mi cabello.

La vestal de más alto rango, Alexandria, se aproximó luego y con unas tenazas levantó mi trenza y luego la puso sobre un inmenso atanor en el que ardía un fuego sagrado azul como los que iluminaban el Reloj de Meridia. Mi cabello se hizo cenizas casi instantáneamente, explotando en chispas naranjas, el olor a pelo y sangre quemada elevándose en volutas de humo hacia el cielo del atardecer, acompañado de hojas de laurel y mirto.

Aioria me había llevado a Leo y prácticamente encerrado en mi habitación, no tenía permitido ningún contacto con ser vivo hasta el día siguiente, y cuando toqué la almohada, caí como un tronco. Últimamente me cansaba con mucha facilidad. Yo daba ya por hecho y me había resignado a que estaba embarazada. El plazo que me habían dado Eva y Aimeé ya se había terminado, pero por los preparativos y demás no había tenido tiempo de ir a confirmarlo a Athenas. Me pareció que habían pasado apenas dos segundos desde que me dormí cuando Agnés abrió la puerta y empezó a zarandearme para que me despertara. Detrás de ella entraron Eva, Aimeé, Marin, June y Dora, la vestal de Géminis.

-¿Qué está pasando?-pregunté, desconcertada. Anchas sonrisas malvadas adornaron los rostros de las amazonas y las vestales. Las cuatro amazonas me tomaron de los brazos y las piernas como si fuera un saco de papas y me llevaron riéndose mientras yo intentaba inútilmente zafarme hacia el baño, ya listo. Sin muchas ceremonias me quitaron la pijama mientras yo intentaba taparme inútilmente. Rápidamente tomé una toalla de lino y la amarré alrededor de mi cintura para al menos conservar un poco de modestia.

Agnés me hizo sentarme en un banquito de madera y todas se congregaron en círculo a mi alrededor. Era la situación más vergonzosa que había pasado en toda mi vida. Dora trajo una cubeta llena de arena y le vació medio frasco mediano de aceite de oliva dentro, removiendo con un palito. Oh no. Todas metieron las manos en la arena y sacaron puñados que luego me untaron con poca delicadeza sobre el cuerpo, refregando, mientras yo trataba de soportar con estoicismo y creciente mal humor. Eva me dio empujoncitos en la espalda hasta que entré en la tina, llena de agua caliente y perfumada. Después de la lavada que me dieron, quedé rosada y con la piel del cuerpo ardiendo, sonrojada de vergüenza y de rabia, Eva, Agnés y June riéndose de lo lindo, Marin, Dora y Aimeé tratando de disimularlo mientras yo salía del agua, me envolvía en una toalla y me sentaba en el banquito de nuevo. Agnés me peinó el pelo mojado. Luego Eva se puso detrás de mí y encendió su cosmo. Salté del banquito automáticamente mirándola, asustada.

-Ven acá, chavala, sit down. Voy a secarte el pelo.-me dijo mostrándome sus manos, que irradiaban tanto calor que se veían distorsionadas, el aire caliente creando calimas a su alrededor. Volví a sentarme en la silla y apreté los dientes. Eva empezó a pasarme las manos por el pelo y noté que los mechones caían sobre mi espalda de nuevo completamente secos. Qué habilidad tan increíblemente útil. Luego me hicieron ir dando tumbos a mi habitación, riéndose como locas, mientras yo observaba todo lo que sucedía incrédula, como si no me pasara a mí. Se dieron vuelta mientras me ponía la ropa interior –como si no me hubieran visto ya en pelota picada total- y luego vino Agnés y me vistió. Entre todas, metiendo las manos, me maquillaron y me peinaron. Yo tenía ganas de llorar, seguramente parecía un payaso.

Aimeé me pasó un espejo de mano y parpadeé, incrédula, al mirarme cuando terminaron. No estaba nada mal. De hecho…me sonrojé intensamente, pues nunca me había visto así de bonita. Las observé luego, sus caras radiantes de orgullo y emoción, y no pude más que sonreír en agradecimiento, después de varias horas de sumo mal genio y poca colaboración. Salí de la habitación para dejarlas arreglándose y caminé alzándome un poco el vestido para no enredarme en él, dirigiéndome hacia el sitial donde la Armadura de Leo permanecía, ensamblada.

Así como la Casa, el estilo en el que había sido forjada era pesado, recargado, de líneas grandes y gruesas que parecían querer mostrar fuerza, grandeza, solidez. A pesar de que las armaduras podían ser portadas por hombres o mujeres, ésta, definitivamente, era una armadura macho, o eso percibía yo, era agresiva. El León era temperamental, requería muchísima energía. Alguna vez Aioria me había contado que en su juventud, al recién ganar su ropaje, su inexperiencia le había causado dificultades, debido a que Leo se había apoderado de toda su vitalidad y le había costado un tiempo largo domeñarla a su favor. En el par de ocasiones en que me había atrevido a tocarla en el pasado, casi me había gruñido, cosmoenergía dorada chisporroteaba de ella hacia mis dedos impidiéndome posarlos sobre ella.

-Hola, bicho feo.-murmuré, encendiendo mi cosmo.-soy Marah, ¿me recuerdas?

Un fogonazo de energía impersonal se levantó desde la armadura, respondiendo a mi llamado, como un rugido. Sí, me recordaba.

-Quiero que cuides a Aioria. Tú no me caes bien y yo no te caigo bien pero por favor, protégelo.-me acerqué a la armadura y planté un beso sobre la nariz del León, sin ser enviada a tres metros de distancia de un corrientazo. Leo quería a mi maestro, y yo también. Me devolví sobre mis pasos, hasta el umbral de Leo. Seiya y Aioria ya estaban allí. Era la primera vez que los veía vestidos con ropa tradicional elegante. Seiya tenía un peplo blanco de manga corta y largo hasta las pantorrillas con bordes rojos y una clámide por encima de un bonito color borgoña. Aioria tenía un espléndido peplo de manga larga y largo hasta los pies con abundantes pliegues, también blanco, con bordes amarillos y cafés, ceñido por un cinturón dorado. Estaban realmente guapos. Mi maestro notó primero mi presencia, su rostro anonadado por unos segundos, luego su cara mostró una mezcla extraña de expresiones, una mueca de angustia intentando convertirse en una sonrisa. Aioria nunca había gustado mucho de Kanon y yo suponía que todo este asunto era para él sumamente estresante y complicado, y el sólo hecho que estuviera ahí, vestido con su mejor ropa, expresándome su apoyo y no metido en su habitación y enfurruñado conmigo hasta el día de mi muerte por todas las decepciones que le he dado, me confirmaba la extensión de su cariño hacia mí. Aioria definitivamente debía quererme mucho. Y era correspondido, yo daría mi vida por mi maestro. Seiya siguió la mirada de Aioria y abrió la boca, asombrado. Me sonrojé intensamente. El caballero de Pegaso vino hacia mí, murmurando "Sugoi!"

-Wow, Neko-chan. Qué bonita te ves.- dijo, sonriendo. Me hizo una breve reverencia y luego, a la usanza griega, me besó en la mejilla.

-Muchas gracias, Borrico, tú estás muy apuesto hoy. Maestro.- saludé, mirando a Aioria, que vino hacia mí y me besó en la mejilla brevemente también.- Usted está muy galante el día de hoy.

Noté que Gran Gato tenía una cajita de madera en las manos. Oh no. Un regalo. Me lo tendió sin mirarme.

-No es gran cosa, y creo que deberías abrirlo ahora, hace parte de tu atuendo.-dijo. Abrí la cajita. Dentro había una tela doblada sobre sí misma varias veces. Saqué la tela y le entregué la cajita a Seiya. Un olor increíble a azafrán se esparció en el aire, proveniente de la tela. La desplegué. Era un muy largo velo cuadrado de una tela finísima, algodón casi transparente, teñido con azafrán real, dándole un suave color amarillo claro. Aioria tomó el velo de mis manos y me lo puso sobre la cabeza, ocultando mi rostro y mi cabello trenzado bajo él. Le hice una reverencia a Aioria, con los ojos aguados. Era un regalo muy caro y muy significativo.

-Muchas gracias, Didaskalé.-le dije, con la voz algo quebrada.

-No es nada, Gataki.–contestó él, tenía los ojos tristes cuando me levanté de mi reverencia para encararlo. En ese momento, las amazonas y las dos vestales salieron de mi habitación, ya vestidas y arregladas. Casi me atraganto de risa y de ternura al ver las expresiones de Aioria y Marin al mirarse mutuamente, casi parecían estar alucinando. Agnés se apresuró a colocarme las puntas del velo de manera adecuada en el frente de mi cuerpo y a asegurarlo con la tiara de Corona Borealis, mi armadura, que por cierto era la representación celestial de la corona nupcial que le había regalado el dios Dioniso a Ariadne en su matrimonio. La tiara de mis ropajes realmente parecía eso, una corona, tenía una punta central alta y varias puntas de diversos largos todo alrededor de la cabeza, en color plateado. El metal canturreaba, casi vibraba. Era muy bonito y reconfortante tener alguna pieza de mi armadura sobre mí. Eva y Aimeé se veían hermosas en sus peplos e himationes elegantes, June y Marin mucho más sencillas, con peplos de manga corta y falda amplia hasta debajo de las rodillas, el de June, blanco con bordes azul marino, el de Marin, azul hortensia con bordes blancos. Agnés y Dora, con sus túnicas de vestal normales. En ese momento me di cuenta que la cosa iba en serio. Iba a casarme en unas horas. Al salir de Leo hacia Virgo, me encontré con otra sopresita que no anticipaba. Un burrito adornado con flores y con unas coloridas gualdrapas esperaba atado a una columna. Aioria vino hacia mi y me cargó por la cintura, depositándome suavemente sobre el lomo del burrito, que rezongó un poco. Seiya se tomó la tarea de guiar al burrito halándolo de las riendas, e inmediatamente el animal comenzó a andar, llevándome consigo. Eva y Aimeé se pusieron a mi derecha y a mi izquierda. Aioria le ofreció su brazo a Marin, sonriendo caballerosamente. Marin se sonrojó y lo tomó.

Dora, June y Agnés se quedaron un poco rezagados, hablando. Comenzamos nuestro camino hacia el Templo del Patriarca.

En Virgo, Shaka no salió a recibirnos ni nos habló. En Libra sólo estaba Mei, la vestal, porque el Anciano Maestro había vuelto a los Cinco Picos a visitar a su discípulo. No había nadie en Escorpio ni en Sagitario, ni en Capricornio. En Acuario, la vestal del Templo salió a excusar al caballero Camus, que no asistiría. Típico. En Piscis, estaba Afrodita, vestido impecablemente con su traje de diseñador de lino blanco. Al verme se me acercó mirándome con ojo crítico. Luego se dirigió al área privada del templo sin decirme una palabra. Nos quedamos mirándonos entre todos con cara de qué diantres. Tras unos minutos de espera, volvió a salir, con una corona de lirios blancos en las manos, que le entregó a Agnés sin siquiera mirarla, me quitó la tiara de mi armadura, y acomodó el velo de azafrán sobre mi cabeza, luego puso la corona de lirios y la de Corona Borealis, pero de tal modo que quedara escondida entre las flores blancas. Luego asintió y extendió las manos para que siguiera mi camino. Le agradecí vía cosmo y escuché una risita despectiva, y un "si me hubieras buscado para ésto no parecerías una campesina", a lo que respondí, "a mucha honra".

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Kanon estaba de pie frente al pozo del Jardín de Athena, vestido con una túnica blanca de manga larga ceñida por un cinturón negro y azul, con un pectoral de tela gruesa azul oscuro bordado en oro. Se estaba arreglando el himatión de color morado con una fíbula sobre el hombro izquierdo. Tenía cara de muy pocos amigos. Saga estaba junto a él murmurándole cosas impetuosamente, también vestido con una túnica, pero azul añil con bordes color bronce, más sencilla en diseño. Sentados a una muy larga mesa bajita, acomodados en divanes y banquitos, bajo un palio, disfrutando de comida y bebida, estaban Mu, Kiki, Aldebarán, Aioros y Shura. También estaban Jabú de Unicornio, Hannas de Lince y su maestro Ban de León Menor. Saori Kiddo conversaba alegremente con Hyoga de Cisne. Shion lucía su túnica ceremonial azul oscura con todos sus accesorios, menos el gran casco dorado. Las vestales se movían de un lado a otro, reavivando los carbones del gran fuego sagrado, llevando jarritas con vino y agua, arreglando las flores y todo lo que aún faltaba. Una vestal sacaba sonidos meditabundos de una lira, mientras otra la acompañaba con una flauta.

Uno de los guardias del Santuario abrió la verja blanca del Jardín. Entraron Aimeé, Eva, June, Marin y Seiya. El resto de invitados se puso en pie mientras los recién llegados se acomodaban alrededor de la gran mesa rectangular. Shion se dirigió hacia el fuego sagrado que ardía sobre el mismo pedestal en el que alguna vez Marah se había arrodillado implorando el perdón de Athena. Agnés y Dora entraron, y tras ellas, Aioria llevando del brazo a Marah. Saga tocó el hombro de Kanon para que éste la mirara. La expresión del rostro de Kanon se trocó de una de rabia a una de asombro. No parecía ser la muchacha bajita y delgada que conocía, que amaba. Siempre había tenido una postura que reflejaba dignidad, cuidaba siempre sus maneras y su imagen, pero en ésta ocasión simplemente parecía una reina de otros tiempos, una diosa. Pensó que ni Helena de Troya habría tenido tal porte. Parecía flotar al caminar, el viento moviendo sus ropas y su velo. Kanon miró un segundo a Saga, para ver la pequeña arruguita entre las cejas levemente alzadas de su hermano que indicaba asombro. Paseó la vista con rapidez entre los invitados, que también la observaban, unos en mayor medida que otros, boquiabiertos. No pudo evitar sonreír. Volvió a mirarla.

La muchacha vestía un peplo dórico de algodón fino, de color crema, largo hasta los pies calzado en unas delicadas sandalias de cuero, de manga corta, ceñida por varias cintas doradas en el abdomen, una bajo los pechos y otra en las caderas, entrecruzándose en equis en la mitad. La tela hacía abundantes pliegues y era tan suave que parecía flotar alrededor de ella, con bordados en dorado y plateado. Un velo ocre pálido difuminaba sus rasgos y era tan largo que sus puntas, en la parte de adelante, tocaban sus rodillas; estaba ceñido por la tiara de su ropaje sagrado y por una corona de lirios blancos. Aioria la llevó tomada del brazo hasta donde Kanon, Shion y Athena estaban, cerca al fuego y al pozo. El Santo de Leo suspiró con resignación y estiró su mano derecha hacia Kanon, que la tomó también con su derecha y la estrechó, como sellando un pacto. Luego puso la mano de Marah en la mano de Kanon.

-Te entrego a Marah como esposa ante la ley del Santuario, ante el Patriarca y ante los ojos de Nuestra Divina Señora. Cuídala, ámala y respétala, o responderás ante mí con tu vida. – dijo Aioria con voz grave. Kanon sonrió de medio lado. Aioria se inclinó sobre Marah y la besó en ambas mejillas sobre el velo de azafrán. Luego retrocedió. Shion tosió discretamente para llamarles la atención.

-Estamos aquí reunidos para ser testigos de la unión entre estos dos Santos de Athena en matrimonio.- dijo, sin usar un tono excesivamente ceremonial, dirigiéndose a la concurrencia y a ambos novios, que se tomaban de las manos, mirándose de frente. –Ambos son adultos bajo las leyes de Athena, portadores de constelación, hábiles guerreros. ¿Juran fidelidad, por sobre todo, a Nuestra Señora y a su Santuario?

Marah y Kanon respondieron al unísono, mirando al Patriarca, sin soltarse las manos.

-Sí, juramos.

-¿Juran fidelidad entre ustedes? ¿Juran amarse, y respetarse? ¿Juran prestarse mutuo auxilio, en tiempos de paz y tiempos de guerra, en salud y enfermedad, hasta que la muerte los separe o ambos decidan tomar caminos separados?-preguntó Shion.

-Sí, juramos.-contestaron ambos. El viento agitó con dulzura las flores y plantas del Jardín de Athena, el fuego sagrado del atanor, las ropas y cabellos de los presentes.

-Como Patriarca del Santuario permito esta unión, y deseo que sea larga y feliz.-Shion dejó entrever una sonrisa de genuina alegría, en eso la Diosa tenía razón, no había personas que merecieran más la felicidad que una gran mayoría de los Santos de Athena, sin embargo su expresión se ensombreció al recordar el costo que eso podría tener en el futuro. Una vestal se acercó discretamente a la pareja y ofreció dos anillos dorados, factura de Mu de Aries. Kanon tomó el más pequeño y lo puso en el dedo de Marah, luego le besó la mano. La joven tomó el más grande y lo puso en el dedo de Kanon, besando su mano. La Diosa se acercó y tomó a Marah y a Kanon y puso sus manos sobre las de ellos, encendiendo su suave y poderosísimo cosmo, el amor de Athena hacia todos los seres vivientes fluyendo de él casi como una sensación de tibieza reconfortante. Las cosmoenergías de ambos respondieron y se encendieron unos segundos, entremezclándose, dorada y vasta la de él, blanca y azul eléctrica la de ella.

-Ahora son oficialmente esposos. Tienen mi bendición y espero que su amor los aliente en los momentos de mayor oscuridad, y que sus vidas sean motivo de ejemplo y orgullo. Puedes besar a tu novia, Kanon de Géminis. –dijo Ella con dulce solemnidad, su sencillo vestido blanco contrastando con el brillo de su cinturón y gargantilla de oro y piedras preciosas. Retiró sus manos blancas de las de los contrayentes y apagó su cosmoenergía. Ellos también apagaron las suyas y separaron sus palmas unidas. Kanon levantó la corona de flores y la de metal de oricalco, posándolas sobre un pilar cercano, y temblando, como si fuera la primera vez que la iba a ver, levantó el velo color ocre, teñido de azafrán, que escondía los detalles de sus rasgos, dejando ver algunos y ocultando otros.

Se encontró con su sonrisa, en un rostro maquillado con suavidad y destreza para destacar su juventud: estaba increíblemente hermosa. Tenía los ojos aguados de alegría. Se enterneció al verla así, sonrojada, tan feliz que estaba a punto de llorar, ante la perspectiva de pasar toda su vida juntos. Se inclinó sobre ella y besó primero su frente, luego sus labios, que respondieron con dulzura. Nunca olvidaría el increíble olor a azafrán, lirios y el sabor a miel que inundó su boca en ese instante fragmentado del tiempo. Ese sería para siempre el olor y el sabor de la plenitud, de la vida, de la esperanza, del amor. Luego la tomó en brazos y la alzó, abrazándola. Ella se rió. Su voz susurró mil "te amo" en la mente de él.

La puso en el suelo. Ambos se arrodillaron ante Athena y agradecieron a Ella y al Patriarca permitirles estar casados. La Diosa, sonriendo, los invitó a ponerse en pie.

-Mi Señora, ¿está usted aún segura de esto?-preguntó Shion a Saori vía cosmo. Ella se volteó hacia él y le miró, con la cabeza ligeramente ladeada, su rostro iluminado por una sonrisa beatífica y dulce.

-Mi querido Shion, claro que no estoy segura, pero míralos. Míralos a todos. ¿No se lo merecen?-contestó la voz de Athena en la mente del Patriarca. Él le hizo caso y observó a su alrededor. Kanon y Marah se veían a los ojos con una fijeza y una devoción que podría derretir piedras. Saga sonreía contra su voluntad. Aimeé y Eva estaban tomadas de las manos, con rastros de lágrimas de felicidad en el rostro. Marin, sonrojada, tenía la cabeza apoyada en el hombro de Aioria, y éste le acariciaba con ternura el hombro, mirándola con amor. Seiya estaba como siempre, contento, sonreía al lado de Hyoga. Kiki hacía un pequeño baile de la victoria, siendo inútilmente amonestado por un divertido Mu. Aioros, Shura y Aldebarán preparaban las monedas, el arroz, las nueces y las semillas de trigo que iban a lanzarles a los recién casados apenas se descuidaran. Si, pensó, se lo merecían.

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