Mi vida por la tuya

No sabía cómo reaccionar cuando Kagura le dijo aquello, por lo que solo había atinado a darle un abrazo tan fuerte y duradero que comunicaría inmediatamente sus sentimientos junto con un "Lo solucionaremos, lo prometo" que logró escapar de sus labios. No obstante, él nunca le mencionó sobre la orden que le habían dado. No quería preocupar a la chica más de la cuenta y él hallaría la forma de encargarse de todo esto.

Hubiera sido algo que quedaría entre ellos como un secreto si solamente alguien no se hubiera devuelto para avisarle una última cosa a Sougo. Sin embargo, aquella persona detuvo su andar en cuanto escuchó la voz del castaño charlando con una mujer y se escondió tras los matorrales para saber que estaba ocurriendo.

La curiosidad mató al gato, dicen, aunque en Hijikata lo que murió fue otra cosa: las esperanzas de dejar el clan en manos de Okita no Sougo

No podía dar crédito a lo que sus ojos le otorgaban. ¿En qué momento ese chico se había hecho amigo de la mujer más peligrosa de los Yato? ¡No podía creerlo! Y podía entender levemente el por qué Okita no quería matarla.

Antes de que esos dos lo vieran, se dirigió a la aldea en paso sigiloso. Sabía que nunca debió haber visto esa escena y si cupiera la posibilidad de que lo descubrieran, su vida estaría en grave peligro.

No era un hombre cobarde, para nada. Pero pensar que Sougo podría matarlo defraudando aún más a su clan no le daba ni de cerca la certeza de que ese chico pudiera cuidar de su rebaño. Hijikata amaba al clan de los Okita, allí estaba su esposa y el hombre a quién más respetaba. Se había hecho de buenas migas con muchos integrantes y esperaba formar una familia allí.

Es por eso que agradeció a Amaterasu que esos dos muchachos fundidos en un abrazo no lo vieron husmeando ni mucho menos retirándose.

Mitsuba había sentido llegar a Toushiro y, como toda mujer preocupada, se detuvo de sus quehaceres y se dirigió a su marido para plantar un tierno beso en sus labios.

—Bienvenido, Toushiro-san —le dijo con una sonrisa a lo que el hombre respondió con una leve reverencia de cabeza—. ¿Cómo te fue? ¿Viste a Sou-chan?

—Sí, estaba sentado frente al río como siempre —le acarició las mejillas y sonrió dulcemente—, ¿por qué te preocupas, Mitsuba?

—Se fue sin desayunar. Hace días que se comporta extraño —rodeo sus brazos en el cuerpo de su esposo y posicionó su cabeza en su pecho—, ¿no lo notaste raro? ¿No te dijo nada?

No sabía qué contestar. ¿Acaso podría decirle a su esposa que lo vio de lo más amigable con la chica de los Yato? ¡Nunca, jamás! La sola idea de mencionarlo era descabellada. No quería preocuparla de ninguna manera.

—¿Raro? Para nada. Ese chico solo fue a caminar al río, querida.

—No me estás mintiendo, ¿cierto? —Lo miró directamente a los ojos tratando de hallar sinceridad—. Sé que le gusta salir a caminar, lo ha hecho siempre, pero esta vez se fue con el estómago vacío y eso me deja un poco preocupada… ¿Realmente solo fue a caminar?

—Te digo la verdad… —odiaba mentirle a su esposa. ¿Pero qué es una mentira piadosa para no preocuparla más de lo que estaba?—, quizás está ayunando, puede que le ayude a meditar. Después de todo, la próxima batalla será en unos días.

—No lo sé… —se separó de su amado y le dio la espalda— nunca había hecho ayuno antes…

—Deja de preocuparte, Mitsuba —Hijikata acarició levemente su hombro y plantó un beso en su mejilla—, le estás dando muchas vueltas —dio una bocanada a su kiseru y continuó—, ¿por qué no tomas asiento y descansas mientras vuelve? Seguro llegará con hambre.

Mitsuba le hizo caso y mostró un rostro más tranquilo, sin embargo, el pelinegro no estaba feliz con lo que acababa de hacer y tenía ganas de darle otro puñetazo en la cara al malnacido de su cuñado. Odiaba ver como su esposa tenía una cara de preocupación desde hace días por su hermano y odiaba más aún el hecho de que por culpa de Sougo y de haber querido protegerla, le había mentido. ¿Acaso no tenía consciencia de lo que ocurría a su alrededor? Aún no maduraba y añadía un defecto más al próximo líder del clan Okita.

Por otro lado, el tiempo no pasaba entre los brazos de Sougo. Seguía sujetando fuertemente a la chica que había robado su corazón y no quería soltarla. Escuchar sus suspiros de tristeza y su respiración pesada hacía que se formara un nudo en su garganta.

Ocultaba su nariz en su dulce cabello y llenaba sus fosas nasales de ese exquisito aroma. Si bien estaba triste por lo que estaban viviendo en ese momento, eso no significaba que la cercanía de la bermellón no causara en él otro tipo de emociones y sensaciones.

Su cuerpo tan arraigado al suyo y sus senos tan cerca de su pecho hacían que su corazón se acelerara y olvidara por completo las penas reemplazándolas por esa electricidad que recorría cada centímetro de su piel.

—Ah… —Kagura suspiró levemente en cuanto sintió como Sougo la apretaba cada vez más fuerte y de una manera completamente diferente a la de antes. Su abrazo estaba tomando otro rumbo.

—No suspires… —las manos de Okita tocaban de manera exagerada su espalda haciendo que la chica sintiera como su corazón se aceleraba. Apretaba su cintura con una mano y con la otra escondía sus dedos entre sus bermellones cabellos—, si suspiras no podré controlarme… —le dijo cerca de su oreja haciendo que la chica experimentara un excitante escalofrío.

—¿D-De qué estás hablando? ¿Controlarte…? —se separó de él mirándolo a los ojos. Creyó que se encontraría con una mirada lasciva y penetrante, sin embargo, en su lugar, no podía explicar la cantidad de emociones que reflejaban sus carmines orbes.

No sabía si estaba excitado por la cercanía de ella o estaba triste por la noticia que le había dado, pero quizás lo que más podía descifrar en todo ello era la mirada de alguien quien solo quería tener un momento de felicidad entre el caos, de alguien que quería olvidar la realidad aunque sea por unos segundos y solo fundirse con fogosidad entre los brazos de su amada.

—De seguro piensas que estoy fuera de contexto, pero es que simplemente no quiero estar dentro de él —sus palabras no sonaban duras, pero si firmes. Su mirada tenía un sesgo de lascivia y sus ojos miraban fijamente sus labios como si se tratase del desayuno que no tomó. Quería comerlos —. Solo quiero olvidarme de todo… ¿acaso no viniste por eso? ¿Para olvidar?

—Ya te dije que te encontré de casualidad y…

—Las casualidades no existen —le interrumpió—, si no hubieras querido verme, no habrías venido acá en primer lugar. Sabes que siempre he frecuentado este río.

—¿Acaso es de tu propiedad? ¿No puedo venir sin dobles intenciones? Eres un idiota. No todo gira en torno a ti.

—Si eso es cierto —tomó su mejilla con suavidad y la miró a los ojos con astucia—, ¿entonces por qué vienes al lugar que frecuenta la persona a la que debes matar? Solo hay dos opciones para eso. Realmente querías cumplir tu misión y pasar los últimos minutos que me quedan antes de asesinarme o… es una advertencia…

—Ya te dije que…

—Kagura —interrumpió nuevamente su hablar—, eres la única que puede acabar con mi vida y también eres la única que puede evitarlo… —la chica guardó silencio y apartó su vista del ojicarmín. No sabía qué decir. El castaño sintió que ella le estaba otorgando la razón—. Así que sí era una advertencia. Realmente… —sonrió llamando nuevamente la atención de la bermellón—, prefieres salvarme la vida antes que acabar con ella.

—¿Qué te hace creer eso? —se soltó del agarre de Sougo con brusquedad—. No armes una conclusión extraña en tu cabeza ni pongas palabras sobre mi boca. ¿Advertirte? Si te lo dije fue solo porque te encontré aquí. No te creas tan importante.

—Pudiste haberte callado y no decirme nada. Al fin y al cabo querías soltarlo, ¿no? Y buscar consuelo en los brazos de quien roba tus sueños —la tomó de la barbilla con suavidad y se acercó a sus labios—. ¿O me equivoco?

Kagura se alejó de él y se zafó de sus brazos dándole un leve golpe en el estómago. No muy fuerte, no quería que le doliera tanto, solo quería que dejase de invadir su espacio personal.

Se dio la media vuelta, no quería mirarlo a los ojos y se tomó los brazos como si tuviera frío, sin embargo, solo se sentía insegura y acongojada.

—Dijiste que solucionarías esto… Realmente no sé cómo lo harás —había comenzado a hablarle en un tono de voz bastante suave—, tienes razón. Te lo dije como una advertencia… porque no quiero asesinarte —volvió su cuerpo a la dirección de Okita y lo miró directo a los ojos—, aunque también es cierto que no esperaba encontrarme contigo a estas horas. De todas maneras, me ahorraste el trabajo de contártelo más tarde. Al fin y al cabo te lo iba a decir… realmente no quiero asesinarte, y si decírtelo lo evita de alguna manera… —sonrío levemente—, creo que me sentiré dichosa de poder patear tu trasero cada vez que pueda verte.

—China…

—No espero que encuentres una solución, no creo que la haya. Estoy dispuesta a vivir con desdicha por el resto de mi vida. Pero si la encuentras… No me importaría deshonrar a mi clan por ti.

No necesitaba decir nada más. Sougo estaba impresionado de todo lo que ella podía confesarle y se había quedado inmóvil como una piedra pesada, la cual ni el más duro golpe podría mover.

Kagura se dio la media vuelta y en paso elegante y firme, se retiró en dirección a su aldea.

No entendía por qué, pero sentía que luego de haberle confiado aquello a Sougo, el peso sobre su espalda había disminuido.

Por otro lado, aunque tuviera que mantenerse todas las noches despierto para encontrar una solución, lo haría. Y no porque temiera por su vida, sino porque él podría ser el responsable de la felicidad de la mujer a la que amaba.

Quería complementar esa dicha que ella le había mencionado.