Capítulo 15


SASUKE? ¿Cómo era posible que Sasuke hubiera aparcado frente a su puerta?

Sakura contuvo la respiración durante unos segundos. ¡La había seguido a Londres! Ni siquiera había tenido tiempo de ordenar sus pensamientos después de haber recibido la carta de su abogado el día anterior. Se había limitado a llamar a un abogado y a concertar una cita.

Se quedó inmóvil tras los postigos de la ventana mientras examinaba el elegante coche negro. Llevaba cristales tintados, por lo que no veía al conductor, pero sabía quién era. Solo había un hombre que cambiaba de coche como de camisa, siempre por un modelo más reciente y más elegante.

Mejor era hablar de aquello de una vez con él, concluyó mientras miraba la carta que seguía en la mesa, al lado del teléfono, donde la había dejado. Teuchi le había dado unos días de permiso para salir de aquella pesadilla. Le había sacado la verdad al oír la tensión en su voz.

También él se había puesto furioso. No se lo esperaba de Sasuke y comentó que todo abogado que este mandara tendría que vérselas antes con él.

De la noche a la mañana, Teuchi pasó de desempeñar el papel de casamentera a erigirse en defensor de Sakura. Quiso mandarle a su esposa inmediatamente para que la consolara, pero Sakura le convenció de que se las arreglaría sola.

Respiró hondo antes de abrir la puerta. No era el primer obstáculo que le salía al paso, aunque sí uno de los más complicados.

–Sé que estás ahí, Sakura –dijo Sasuke–. Abre la puerta, por favor.

Ella la abrió de par en par. No quería, de ninguna manera, que pensara que se escondía de él.

Los buenos propósitos eran una cosa, y otra muy distinta volver a ver a Sasuke. Iba preparado para los caprichos del tiempo londinense, pues llevaba una gruesa chaqueta y botas como las de un trabajador. Sasuke resultaría atractivo con el hábito de un monje mientras que ella estaba exhausta, dolida y, sobre todo, furiosa.

Su cuerpo debiera retraerse en su presencia después de lo que le había hecho, pero nada había cambiado en ese aspecto. El corazón y la respiración se le aceleraron al verlo.

–¿Qué quieres? –preguntó en tono cortante.

–¡Menos mal que estás en casa, Sakura! Déjame pasar. Tenemos que hablar.

–¿Todavía más?

–Tenemos que hablar de nuestra hija.

Sasuke era el vivo retrato del poder y el dominio en tanto que ella no estaba preparada para nada, además de ir vestida con una vieja camiseta, los pantalones del pijama y unas zapatillas de estar por casa. No iba maquillada y se había recogido el pelo en una cola de caballo.

–¿Nuestra hija? ¿Estás seguro?

Sasuke frunció el ceño.

–Claro que lo estoy. ¿Puedo pasar ya?

Ella se apartó para que entrara. Había olvidado lo alto que era. La casa entera cabría en el vestíbulo de su casa de la playa. Vaciló antes de abrir la puerta de su habitación al pensar que no cabrían los dos en ella.

No perdió el tiempo en cortesías, sobre todo porque Sasuke no miró a su alrededor con interés, como Sakura había esperado, sino que únicamente se fijó en su rostro. Ella se acercó a la mesa, agarró la carta y la agitó frente a él.

–¿La has autorizado tú?

La expresión de Sasuke se oscureció al reconocer el nombre del bufete.

–Por supuesto que no. ¿Qué es?

–¿No lo sabes?

–No. ¿Cuándo la has recibido?

–Me estaba esperando cuando llegué ayer.

–¿Me permites?

Por primera vez desde que lo conocía, Sakura notó que estaba desconcertado. Lo percibió en su voz y en las profundas arrugas de su entrecejo.

Le entregó la carta, que él leyó rápidamente.

–Sakura, no he pedido que te mandaran esto.

–¿Así que ese bufete no defiende tus intereses?

–Sabes que sí. Debes de haber sufrido un shock al reconocer su nombre por el juicio de tu padre. Seguro que no lo habrás olvidado.

–¿Es que me vas a compadecer? ¿Tú? –Sakura se echó a reír.

¿Podía creerle?, se preguntó. Era lo que deseaba, pero, a veces, le parecía que se había pasado la vida entera luchando contra la decepción de que la gente la hubiera fallado.

–Me entraron ganas de vomitar cuando leí la carta.

–Esta carta, esta petición de una prueba de ADN –dijo él, con lo que ella estaba convencida que era repugnancia– nada tiene que ver conmigo. Créeme, Sakura. Es una cuestión de confianza. Debes creerme.

–No debo hacer nada.

–En la isla me dijiste que confiabas en mí. ¿Confías ahora?

Ella lo deseaba con todas sus fuerzas, pero el pasado se interponía en su camino.

–No sé qué creer –reconoció.

No la ayudaba el hecho de que la presencia de Sasuke llevara consigo el calor de las tardes griegas, lo cual confería un aura de irrealidad a lo que estaba sucediendo en su pequeña casa. ¿Podía fiarse de él?

Se dio cuenta de que no lo sabía.

Le pareció que los abogados de Sasuke, su dinero y su opulenta forma de vida, que le era totalmente ajena, la asfixiaban. Le resultaba imposible emitir un juicio en esas condiciones.

–No he sido yo quien la ha mandado –repitió él mirándola a los ojos–. No pedí que se escribiera ni que se te enviara. Me basta tu palabra, Sakura.

¿Le bastaba su palabra? La confianza era el bien más preciado en la vida de Sakura. Entonces, ¿por qué seguía sin dar el paso?

Porque también tenía que decidir por Sarada. No se trataba de sí misma. Y no sabía si llegaría a tener la suficiente confianza en Sasuke como para invitarlo a unirse al club exclusivo de ellas dos.

–¿Vas a quedarte mucho?

–Parece que no –contestó él con sequedad al tiempo que dejaba la carta sobre la mesa.

–En Londres, quiero decir.

–Depende.

Ella no le daría la satisfacción de preguntarle de qué dependía. No estaba dispuesta a ablandarse. Estaban en su casa, en su santuario, y la carta de su abogado había supuesto una invasión de su intimidad.

–¿Cómo ha podido ocurrir esto?

Él se encogió de hombros.

–Mi equipo legal se pasa de entusiasta.

–Eso no es una explicación.

No lo era cuando el pasado le había caído encima como una negra y fea capa que le borraba los hechos que tenía ante sí para sustituirlos por los horrores de otro tiempo.

–¿Qué importa si autorizaste la carta o no? Tus abogados trabajan para ti, en tu nombre, como lo hicieron para destruir a mi padre. ¿Voy a tener que esperar a que lleguen más cartas como esta? ¿Voy a tener que someter a Sarada al riesgo de que llegue a descubrirlo? Si la quieres, como dices, te sugiero que agarres la carta y se la metas a tus abogados por donde les quepa.

Pero no esperó a que lo hiciera, sino que la hizo pedacitos que lanzó como si fueran confeti.

Él tuvo la tentación de aplaudir, pero pensó que no le sentaría bien. Sakura se comportaba de forma magnífica siempre que defendía a su hija. Si pudiera elegir entre todas las mujeres del mundo, Sasuke no encontraría una mejor que ella, por lo que se preguntó por qué había tardado tanto en darse cuenta de su valía. Supuso que se debía a su ineptitud a la hora de analizar los sentimientos y las relaciones humanas.

–No tienes que decirme lo que debo hacer aquí: este es mi territorio –añadió ella.

Sasuke tuvo la satisfacción de oír crujir los trocitos de papel bajo sus pies al aproximarse a ella.

–Tienes toda la razón.

Se produjo un silencio, que ella rompió.

–¿Ah, sí?

–Sí. Esa carta no debiera haberse mandado y, en último término, soy responsable de que se haya hecho. Mis abogados creían que me estaban protegiendo. No necesito protección, pero tú sí. Y Sarada también. Y yo debiera estar en primera línea para protegeros.

Los ojos de Sakura manifestaron su incertidumbre al ver la vulnerabilidad de Sasuke, su miedo a perderlo todo.

–No consentiré que Sarada sufra por mi ingenuidad –dijo ella, aún tensa y preocupada–. Así que, si hay una copia de la carta en una cámara acorazada o en un ordenador, quiero que se destruya.

–Lo será –prometió él–. Sarada no sabrá nada de esto a no ser que se lo cuentes.

–Es evidente que no lo haré.

–No tienes la culpa de nada de esto, Sakura. Nunca la has tenido.

–Entonces, ¿no crees que soy una mentirosa como mi padre?

–Claro que no. ¿Estaría aquí si lo creyera?

Ella necesitaba oírle decir aquello, pero aún debía deshacerse de los recuerdos. Los rostros de las víctimas de su padre siempre la acompañaban y le recordaban que ella también debiera ser castigada. Había celebrado su último cumpleaños antes del juicio en su casa, como la hija privilegiada de un hombre supuestamente rico. Le había encantado el vestido que le habían regalado y todo lo demás de aquella noche, sin ser consciente de que había comido, bebido y bailado a expensas de mucha víctimas de su padre.

Si pudiera retroceder en el tiempo para arreglar las cosas y detener a su padre... Si lo hubiera sabido...

–Sakura, tienes que dejar de hacer eso –dijo Sasuke en voz baja– . Entiendo por lo que estás pasando, pero no puedes cambiar el pasado ni seguir sintiéndote culpable de lo que hizo tu padre.

Para él era fácil decirlo, pero a ella la consumía la culpa.

–Y supongo que tampoco debiera sentirme responsable de la muerte de mi padre. Pero lo sigo haciendo.

–¿De qué hablas?

–Me ofrecieron ayuda psicológica antes de ir a verlo a la cárcel. Al cabo de cinco minutos me di cuenta de que la persona en cuestión no tenía ni idea. Aparte de ofrecerme pañuelos de papel y una sarta de tópicos, y de decirme que me haría bien hablar, no tenía nada que ofrecerme. Yo estaba tratando de solucionar cosas básicas, como encontrar un techo y un trabajo, por lo que no tenía tiempo para perderlo exteriorizando mis sentimientos. Lo único que deseaba era salir de la consulta para solucionar mis problemas.

–¿Y lo hiciste?

–Sí. El día del juicio me había cambiado. La muerte de mi padre lo hizo aún más. Me hizo despertar y supuso un momento crucial en mi vida. Me indicó que había llegado el momento de madurar.

–Tuviste que acostumbrarte a muchas cosas nuevas.

–¿Te parece? –ella esbozó una sonrisa levemente irónica–. Tuve que acostumbrarme a que el mundo en el que creía había resultado ser una fantasía. Tener a mi único familiar en la cárcel y haber perdido a mis amigos no me ayudó.

–No veo que eso te haga responsable de la muerte de tu padre.

–Estaba furiosa con él y carecía de hogar. Cuando conseguí reunir dinero suficiente para visitarlo en prisión fui a verlo y me dijeron que había muerto. Se había colgado.

Volvieron a invadirla los sentimientos que experimentó ese día, aunque no con tanta fuerza, pues el tiempo no había pasado en vano. Pero la sensación de abandono continuaba en su interior. El dolor por no tener la oportunidad de arreglar las cosas con su padre, el shock de su muerte y la certeza de que el tiempo pasado era irrecuperable la habían cambiado por completo.

–¡Por Dios, Sakura! ¿Te enteraste así?

–Así. No salió en la prensa. La publicidad no era buena en la cárcel, según dijeron. Ya lo he superado, desde luego. Pero, después de su muerte, todo el mundo pasó de desaprobar mi conducta a compadecerme, lo que era casi peor. Mucha gente me dio la espalda, y no los culpo. Parecía que mi padre y yo estuviéramos infectados por la misma enfermedad. Ojalá hubiera podido hacer algo por él. De ahí, el sentimiento de culpa.

–Eras muy joven.

–Pero no tanto como para no poder tener un hijo.

–Tu padre prefirió a tu madrastra en vez de a ti. Quiso que acudieras al juicio porque creyó que podrías resultarle útil. Eso no es amor, Sakura, sino aprovecharse de la bondad de otro. De ti, en este caso.

Ella se sintió vulnerable, tras haber desnudado su alma, por lo que se puso a la defensiva.

–Gracias por tu apoyo, Sasuke. ¿Me lo darás también cuando me pelee contigo por Sarada?

–Espero que no lleguemos a eso, pero no puedes evitar que la vea.

–Pareces muy seguro.

–Lo estoy porque...

–¿Tienes otro equipo de abogados?

–No. Estoy seguro de que no será necesario porque Sarada me ha pedido que la vea.

–¿Cómo? –Sakura palideció–. ¿Qué has dicho?

–Sarada me ha pedido que nos veamos de vez en cuando. Y nos hemos puesto de acuerdo.

–¿Sin consultarme?

–Sí. Sarada y yo lo hemos hablado. Nos veremos de vez en cuando, al menos al principio. Después, según vayan las cosas, nos iremos viendo más.

–No me lo puedo creer. ¿Has hablado con Sarada sin decírmelo?

–Me llamó por teléfono. No iba a negarme hablar con mi propia hija.

–¿Que Sarada te llamó? –Sakura sintió que el suelo se abría bajo sus pies y que todas las certezas que poseía desaparecían–. Me dijiste que podía confiar en ti...

–Y puedes hacerlo.

–Así que hablas con mi hija a mis espaldas...

–Con nuestra hija –la interrumpió él–. Le había dado mi número por si acaso lo necesitaba.

–¿Para qué iba a necesitarlo?

–Soy su padre. ¿A quién iba a llamar, si no?

–¡A mí! Me llamaría a mí –contestó Sakura con furia–. ¿Cómo has podido hacerme esto? No volveré a fiarme de ti mientras viva. ¡Vete ahora mismo! ¡Fuera!

Sasuke había rechazado la carta y aceptado que Sarada era su hija para, inmediatamente después, reconocer que hablaba con ella a sus espaldas.

Afirmar que se sentía terriblemente amenazada sería quedarse corto. Se hallaba mirando desde fuera el desarrollo de una relación entre Sasuke y Sarada en la que ella no intervenía. ¿Había decidido ya su hija dónde y con quién quería vivir?

Se dijo que estaba siendo ridícula. Sarada era inteligente y se querían. Un amor como el suyo no podía verse amenazado ni ser arrebatado por nadie.

Y cuando Sasuke se hubo marchado sin mirar atrás, y ella se quedó sin saber si volvería a verlo en su vida, se dijo que tal vez fuera lo mejor.