12. Convirtiendo las rupturas en una cuenta de ahorro para «dummies»

—Autodescubrimiento, búsqueda del alma, el camino para encontrar el verdadero yo...

—¿Qué tal si lo llamamos por su nombre? Ya sabes, algo tipo «mierda absoluta».

Hina me quita el portátil del regazo y se lanza sobre la cama.

—Me parece bien darle tiempo y espacio a tu amigo después de una ruptura tan dolorosa, pero...

—¡Que no hemos roto!

Es lo que le he repetido a todo aquel que me ha preguntado por qué parece que me hayan robado la alegría de vivir. Miércoles Addams comparada conmigo es la viva imagen de la felicidad más absoluta.

—Llámalo como quieras o, mejor, ¿por qué no usas mi definición favorita? Error garrafal. Pero ¡grande grande, del tamaño de Canadá!

Gruño entre dientes y le tiro un cojín.

—Vale, lo pillo. Esta mañana a las cinco de la madrugada te has explicado de maravilla, al otro lado de la puerta de mi habitación cantando a pleno pulmón «Sorry Seems to Be the Hardest Word» durante una hora entera.

—Bueno, nunca está de más un poquito de Elton John para alegrarte la vida.

—No soy tan pánfila, ¿sabes? Soy consciente de que el otro día se nos fue un poco de las manos, pero...

—¿Que se os fue de las manos? Os escuché desde mi habitación y, créeme, tuve que contenerme para no bajar y darte un puñetazo en las tetas. Uno no, varios.

—¡Qué dolor!

—Pues claro que te habría dolido, te lo aseguro. Amiga, tengo ganas de sacudirte bien sacudida, pasarte por una trituradora y pegar los trocitos de nuevo. Si hubiera sabido de dónde venía todo esto, habría intervenido mucho antes.

—¿Qué quieres decir?

De pronto, me siento un poco cohibida. Hina ha presenciado muchas facetas de mi vida familiar en la semana y media que lleva aquí, y ninguna de ellas me favorece. Yo no quería que presenciara la desintegración de mi familia y de mi relación de pareja. Sé que su situación en casa es bastante mejorable y por eso quise que viniera conmigo y viera mi mundo durante unas cuantas semanas. ¿Cómo iba a saber yo que todo se iría al garete?

Tampoco se me ocurrió que vería un lado de mí desconocido hasta la fecha. Obviamente, ha presenciado todos mis bajones en la universidad, pero allí están controlados, al menos hasta cierto punto. Sé que tengo que ir a clase y cumplir con mis obligaciones; no puedo dejarlo todo de lado. Aquí, en cambio, resulta mucho más fácil dejarse llevar por la rutina de la autocompasión y el flagelo.

—No sufras que ahora mismo te lo digo.

—¿Sabes qué? Que mejor no. Ya he tenido suficiente sinceridad esta semana para el resto de mis días.

—Tranquila, no me voy a volver loca como la malvada madrastra, con la que, por cierto, no podría estar más en desacuerdo. Los mayores creen que lo saben todo, ¿no? Pues permíteme que te diga que ahora mismo seguro que se siente fatal consigo misma. Si creía que su hijo antes era infeliz estando contigo, me encantaría saber qué piensa ahora cuando vea al Itachi pospelea.

No me siento vencedora ni tengo ganas de regodearme. ¿Qué saco yo de todo esto? Dos días después de la discusión, me vine abajo y le conté la verdad a Hina porque no dejaba de acosarme. Hay ciertas cosas que no le puedes ocultar a alguien que vive contigo, a menos que ese alguien sea el despistado de mi padre o esté tan hundido en su infierno particular como Shikamaru. Temari se marchó sin levantar demasiado revuelo, apenas un mensaje de texto. Mi hermano está destrozado y a mí me da miedo acercarme a él porque sé que me decantaría de un lado y no sería el suyo.

Ahora mismo somos la viva imagen de la felicidad familiar.

—Lo que te decía: creo que todo el mundo te trata como si te fueras a romper en cualquier momento. Desfilan a tu alrededor como si fueses de cristal y el más mínimo impacto pudiera hacerte añicos, y tú no haces nada para desmentir esa imagen que tienen de ti, al menos no lo suficiente para que entiendan que no necesitas tantos mimos. No sé qué te ocurrió en el pasado que despertara tantas atenciones, pero...

—No es nada tan dramático, te lo aseguro, o al menos eso es lo que me gusta decirme a mí misma. En el instituto, sufrí acoso por parte de mi mejor amiga reconvertida luego en enemiga. Básicamente, se metía conmigo por mi peso, de ahí los problemas con mi cuerpo. Me odiaba a muerte, me robó a mi amor platónico de toda la vida e intentó que uno de sus esbirros abusara de mí. Si a eso le sumamos los problemas con mi madre, el alcoholismo de mi hermano y un buen puñado de Yolandas, supongo que te haces a la idea.

Hina me mira con la boca abierta.

—Pero ¿qué...? ¿Quién...? ¿Por qué...?

—En general, sé que tampoco es lo peor que le puede pasar a alguien. El mundo es un lugar horrible donde la gente buena sufre todo tipo de atropellos a diario. Lo mío no son más que problemas del primer mundo, ¿verdad? Pobrecilla, no soporta que sus compañeros se burlen de ella. ¿Drama adolescente? Claro, supéralo cuanto antes, que ya estás en la universidad. A quién le importa que cargues con diecinueve años de inseguridades. Lo pasado, pasado está. No permitas que afecte a tus relaciones actuales. Lo entiendo, de verdad, me lo he repetido a mí misma medio millón de veces, pero...

—Sakura, lo siento, no quería parecer tan insensible. Jamás se me ocurriría quitarle importancia a nada de lo que te haya pasado.

Rechazo sus disculpas con la mano, no estoy enfadada con ella ni me siento insultada.

—Si tienes razón... La gente a la que quiero, mi familia, mis amigos me tratan un poco como si fuera de porcelana. Les da miedo meter la pata en el momento menos indicado y yo se lo permito. Quizá por eso la conversación con Mikoto me ha dejado tan tocada.

—Si quieres mi consejo, yo creo que la madrastra de Itachi se equivoca, pero ella está tan convencida de que tiene razón que es incapaz de verlo desde otra perspectiva. Yo, por ejemplo, pienso que seríais perfectos el uno para el otro si alguien os dejara vivir dentro de una burbuja. No hay nada malo en que estéis juntos, ¿vale? Los ángeles cantan y flotan corazones por todas partes cada vez que os veo juntos. Son los factores externos los que hacen que todo parezca tan complicado.

Casi me río.

—¿Y qué sugieres que hagamos? ¿Vivir en una isla los dos solos?

—Mientras la isla tenga cobertura y un spa para cuando vaya a visitaros, por mí genial. En serio, Sakura, no me puedo creer que te lo tenga que decir. ¿Qué es lo que tienes? Lo mejor. ¿Eres consciente de la suerte que tienes de haber encontrado a tu alma gemela? Si yo diera con la mía, no la soltaría ni en broma. ¿Tú sabes la cantidad de citas a las que voy yo, el montón de chicos con los que intento encontrar esa conexión? ¿Eso es lo que quieres para ti? ¿Quieres salir con un tío por el que sientas la mitad de lo que sientes por Itachi, pero que todo sea más sencillo, o prefieres estar con Itachi y enfrentarte a lo que te depare el futuro? Así de simple. Cuando sepas la respuesta, sabrás qué hacer. ¿Y todo lo demás? No son más que tonterías, comparadas con encontrar el amor verdadero.

—Madre mía.

Siento que la neblina que me bloquea el pensamiento se empieza a levantar. Todo está en alta definición y, de pronto, lo veo, entiendo lo que Hina intenta decirme. Lo he oído antes, aunque con otras palabras, de boca de Ino, de Temari, de Shikamaru, de mi padre, pero no sé por qué siempre lo olvido en los momentos más difíciles y vuelvo a hacer lo de siempre: alejo a la gente de mí para sentirme segura. Es muy fácil hacer lo que haga falta para salvarse a uno mismo, aunque eso signifique distanciarse de la persona que más feliz te hace. Sí, Mikoto me dijo cosas horribles y necesitaré tiempo para superarlas. Dudaré aún más de mí, lo cual es una mierda, pero lo importante es que ella no sabe lo que hay entre Itachi y yo, al menos no lo sabe como lo sabemos nosotros. Todo su discurso sobre no estar hechos el uno para el otro, sobre tener una relación tóxica o dañina... ¿Es que no saben que él es lo más puro y auténtico que hay en mi vida?

—Te voy a dar un abrazo y seguramente te estruje hasta que acabe contigo, estás avisada —le digo a Hina, y me muero de ganas de levantarme de la cama e ir a ver a Itachi, aunque eso signifique encontrarme con Mikoto.

—No espero menos de ti.

Compartimos un momento precioso, al menos hasta que Hina empieza a reírse a carcajadas.

—Sasuke Sasuke... ¿De verdad estabas enamorada de Sasuke Sasuke? ¿Cómo es posible que lo consideres remotamente sexual? ¡Si tiene la misma personalidad que un bote de pintura!

—Sí, ¿verdad?

Hina se enjuga una lágrima.

—Y lo de las Yolandas, ¿lo quiero saber?

Le cuento la historia con todos sus detalles sórdidos. Y si el vudú que practica mi amiga es real, en algún lugar del mundo ahora mismo Samui se está retorciendo de dolor.

He tardado dos días en dejar de mirarme el ombligo, dos días en los que lo único que he recibido de Itachi es silencio. Es raro en él porque, cada vez que discutimos, siempre es el primero en llamarme y pedir disculpas, aunque no sea culpa suya. Yo soy un poco más cabezona y, hasta este preciso instante, nunca había apreciado tanto como ahora su generosidad, su insistencia en hacer que lo nuestro funcione y su gran corazón. Con la ayuda de Hina, al final he conseguido quitarme el chándal y arreglarme un poco. Llevo uno de los vestidos favoritos de Itachi, de color amarillo pálido y con detalles de encaje, con la esperanza de que un poco de escote me ayude a ganármelo de nuevo. Recuerdo lo que le dije el otro día por la mañana y no puedo reprimir una mueca. Quizá es culpa de las hormonas. Si le digo eso, no querrá saber ni una palabra más.

Me dirijo hacia su casa, con el pelo ondulado y una energía extra en cada paso. Las manos me empiezan a sudar cuando llego a la puerta y me dispongo a llamar al timbre. Si abre Mikoto, el inicio de la Operación Bizcochito será un tanto incómodo. Sí, he dicho Operación Bizcochito, así es como la ha bautizado Hina. Si miro hacia atrás, casi puedo verla en la puerta de mi casa, agitando unos pompones imaginarios.

Respiro hondo y llamo al timbre. Espero más o menos unos tres minutos hasta que un Sasuke ostensiblemente descamisado me abre la puerta. Vale, lo prefiero a Mikoto. ¡De momento, vamos genial!

—Hola.

Sonrío e ignoro el hecho de que está sudado y jadeando. Puede que lo haya pillado haciendo deporte o... con Pakura.

—Eh, hola, Sakura. Perdona, estaba... —Señala con el pulgar por encima de su hombro—. ¿Te importa esperar un segundo mientras me pongo una camiseta?

—Claro, no hay problema, adelante.

Asiento e intento disimular una sonrisa. No sé qué le habrá dicho Itachi, pero creo que me gusta esta versión de Sasuke, la que parece que me tiene pánico. Sin embargo, me doy cuenta de que no me invita a pasar. Tampoco es que tenga intención de instalarme cómodamente, pero se nota que hay una cierta hostilidad en el ambiente.

Una vez vestido, baja corriendo las escaleras y cierra la puerta tras él. Parece más incómodo que de costumbre y, no sé por qué, pero tengo el presentimiento de que no me va a gustar lo que me va a decir. Para mí, Sasuke Uchiha siempre ha sido sinónimo de malas noticias.

—Entiendo que Itachi no está en casa, ¿no?

Sasuke clava la mirada en el suelo y le da una patada a una piedra.

—No, se, eh... se fue ayer por la noche.

El corazón me da un vuelco.

—¿Qué quiere decir que se fue? ¿Adónde ha ido?

—Mira, ojalá te lo pudiera decir. Te juro que ayer estuve a punto de ir a buscarte en cuanto las cosas empezaron a salirse de madre, pero Itachi me hizo prometerle que esperaría hasta que él se hubiera ido y que luego te lo contaría. Le hice caso, pero hoy no sabía cómo hablar contigo.

—Sasuke, por el amor de Dios, ¿quieres hacer el favor de contarme qué ha pasado? —pregunto, y tengo que controlarme para que no se me escape un grito.

—Se peleó con mi madre. Estábamos cenando y ella dijo algo sobre ti, que quizá era buena idea que pasarais un tiempo separados, y Itachi... explotó. Nunca le había visto comportarse así, aunque, si te soy sincero, me lo esperaba. Mi madre lleva tiempo insinuando que deberíais tomaros un descanso. Joder, le dije que lo dejara, pero...

—¿Y Itachi se marchó? ¿Se peleó con Mikoto y cogió la puerta así, sin más?

—Bueno, hay algo más...

—Ay, no me digas eso.

Sé exactamente lo que me va a decir.

—Sí, sí, ya sabes cómo se ponen cuando discuten. Me obligaron a salir de la habitación, pero es evidente que las cosas se pusieron bastante feas.

Lo sé, sé que tanto Itachi como el sheriff Uchiha tienen temperamentos muy fuertes y, aunque se quieren, cuando no se ponen de acuerdo, las cosas tienden a ponerse feas.

—Supongo que no le pareció demasiado bien que Itachi le faltara al respeto a Mikoto.

—Mira, si te sirve de algo, a papá, digo, a Fugaku tampoco le gusta lo que mi madre se trae entre manos. Le ha dicho muchas veces que no se meta, pero cuando ella y Itachi empezaron a discutir, no tuvo más remedio que intervenir. Puede que le dijera cosas a mi hermano que no debería haberle dicho. Ahora mismo se está fustigando y mi madre no puede parar de llorar. No saben dónde está ni yo tampoco. Ya hemos hablado con la abu Uchiha, pero no está con ella.

Inspiro, espiro, inspiro, espiro. No llores precisamente delante de Sasuke, Sakura, ten un poco de dignidad. Respiro unas cuantas veces más y me hago a la idea de que mi novio se ha escapado literalmente de casa sin decirme una sola palabra al respecto.

—¿Tienes idea de dónde más podría estar?

—Pensaba hablar contigo por si lo sabías.

Parece tan decepcionado como yo.

—Dame un segundo para que piense, ¿vale? No... no sé qué decir. No me puedo creer lo que ha hecho tu madre.

A su favor he de decir que no la defiende, quizá porque sabe que, como se le ocurra hacerlo, se lleva un rodillazo en sus partes nobles.

—Mira, yo estoy aquí. Si se te ocurre adónde puede haber ido, dime algo. Tiene el teléfono apagado. Le he dejado varios mensajes de voz, pero soy la última persona con la que quiere hablar.

Sacudo lentamente la cabeza, con tanta tristeza en el movimiento que el perro del vecino, que lleva un buen rato ladrándonos, se apiada de mí con la mirada.

—Te equivocas, Sasuke. La última persona con la que quiere hablar soy yo.

Sigo llamándolo con la esperanza de que en algún momento encienda el teléfono. Itachi siempre ha sido un poco temerario, pero no es un irresponsable y sabe que tiene a un montón de gente en casa preocupada por él. Básicamente somos sus padres y yo, y supongo que Sasuke también, más que suficiente para que dé señales de vida.

—¡No me puedo creer que esté haciendo esto!

—Claro que sí, cómo se le ocurre creer que, por una vez, la pataleta la puede armar él. Seguro que no ha recibido la circular donde se dice que tú eres la montadora de pitotes oficial de vuestra relación.

Hina destila sarcasmo mientras va de un lado a otro de la cocina preparando la cena. Estoy hecha unos zorros y demasiado nerviosa para echarle una mano. Mi padre está en plena depresión por lo del cambio de trabajo y Shikamaru lleva días sin salir de su habitación. Hina ha decidido que nos vendría bien una buena cena casera para levantarnos el ánimo. Lleva toda la tarde haciendo de cocinillas, pero estoy tan distraída que ni siquiera soy consciente de lo bien que huele la salsa de las albóndigas.

—Mira, voy a añadir mi granito de arena por si te sirve de algo. La verdad es que a este pueblo le vendría bien un poco de la magia de Hina.

—Sí, por favor, ilumíname con tu sabiduría. ¿Cómo encuentro a mi novio?

—Paso uno: no intentes encontrarlo. Antes estaba totalmente a favor de que corrieras a su encuentro y le declararas amor eterno, pero, ahora que se ha marchado, creo que necesita tiempo para lamerse las heridas. Ponte en su lugar: su novia le rompe el corazón y su vida familiar tampoco es que sea para tirar cohetes. Si quiere huir, ¿por qué no le dejamos en paz? Tú no eres la única que se puede permitir ese lujo, ¿recuerdas? En tu caso, tú te escondes en el interior de tu cabeza y es un coñazo sacarte de ahí. Quizá él también necesita tiempo.

—No.

—¿No?

—Sí, no.

—Me estás liando. ¿Sí o no? ¿Le dejamos espacio o no?

—Tú y yo no hacemos nada, lo hago yo. Pienso descubrir dónde está, arrodillarme a sus pies y...

—Eh, un momento. Nada de guarrerías, que tu padre está aquí al lado.

La miro y le pongo los ojos en blanco.

—... pedirle perdón, pervertida. Tú misma lo has dicho, esta relación se basa en nosotros dos, en nuestro esfuerzo para que funcione, y no pienso dejarlo solo, torturándose con ideas que no son ciertas. Se ha esforzado mucho hasta llegar a ser una persona diferente. Ha superado el pasado, no como yo, pero me preocupa que, si lo presionamos demasiado, vuelva a sentirse como antes, cuando creía que la gente nunca lo aceptaría por sí mismo, como si no fuera suficientemente bueno. No puedo permitir que le vuelva a pasar. Itachi representa todo lo bueno de la vida, todo lo bueno que hay en mí. Si cae de nuevo en ese pozo, no creo que pueda sacarlo de ahí como él hizo conmigo.

—Claro que puedes, estoy segura de que, llegado el caso, lo harías. Pero, si sirve de algo, y aunque no hace tanto que lo conozco, sé que Itachi es un tío muy fuerte. Y lo digo basándome en lo mucho que se preocupa por ti, en lo entregado que está a la tarea de asegurarse de que eres feliz. Se necesita un tipo de fuerza muy especial para ser tan generoso. Y por cierto, ¡felicidades! Has aprobado el examen. Me alegro de que no le des cuartel porque no es lo que le conviene ahora mismo.

—Me vas a hacer llorar otra vez.

—¡Otra vez no! —Me pega con una espátula—. ¿No te has acabado la reserva vitalicia de lágrimas?

¿Cómo es posible que tu cuerpo siga generándolas? —Resopla y añade un montón de queso rallado a la mezcla de las albóndigas—. Espera a probar mis albóndigas. No volverás a llorar en tu vida. Bueno, sí, pero de felicidad.

Ah, ojalá todo fuera tan sencillo.

Espero estar siguiendo la pista correcta. Llamo a Kisame, uno de los mejores amigos de Itachi de la academia militar. Va a una universidad que está cerca de la nuestra, lo cual les permite verse los fines de semana. Sai, el novio de Ino, es el mejor amigo de Itachi en casa, pero con Kisame, Deidara y Sasori la conexión es muy distinta, de esas que solo se consiguen saliendo de maniobras y haciendo flexiones a las seis de la mañana. Tengo el presentimiento de que está con él, así que marco su número sintiéndome francamente optimista. Una vez fui a verlo con Itachi. Es un recuerdo que siempre estará asociado a Nae, pero que al mismo tiempo me arranca una sonrisa. Si Kisame no se ha mudado, tardaría dos horas en llegar a su casa, que tampoco es mucho. Si salgo ya, podría estar allí sobre las...

—¿Sí?

—¿Kisame? Hola, ¿cómo estás? Soy yo, Sakura.

El rato que llevo imaginándome mi reencuentro romántico con Itachi me ha dejado descolocada y ahora no sé qué más decir. Nunca se me ha dado bien hablar por hablar; quizá debería ir directa al grano y preguntarle si Itachi está con él o no. Claro que, en este caso, hablar no me va a servir de nada. Es evidente que Kisame no está en casa, a juzgar por el volumen de la música que se oye de fondo. Me aparto el móvil de la oreja e intento hablar con él.

—Eh, ¿me oyes?

—Espera un segundo que salgo de aquí.

Le oigo gritar y, en cuestión de segundos, la música desaparece. Respiro hondo y sigo el plan: me salto los preliminares y le pregunto si ha visto a Itachi. Él me responde que sí y yo siento que me da un vuelco el corazón.

—Sí, está aquí, pero, sinceramente, creo que no deberías venir a verlo, al menos no de momento.

Me enfado, no puedo evitarlo, porque estoy harta de que la gente me diga lo que tengo que hacer, sobre todo con Itachi.

—Está ahí, ¿no? El otro día tuvimos una pequeña discusión y además lo está pasando mal por algo que ha ocurrido en su casa. Por favor, cuida de él. Yo llegaré tan rápido como pueda.

Kisame gruñe al otro lado del teléfono. La verdad, no es la respuesta que esperaba.

—Sakura, tú espera, ¿vale? Mira, yo soy el primer interesado en que arregléis las cosas y volváis a estar juntos, pero Itachi necesita tiempo para desahogarse. Seguro que sabes que está cabreado.

—¿Te lo ha dicho él?

—Lo he deducido de sus balbuceos de borracho, pero sí, es lo que me ha dicho, y, de verdad, te recomiendo que lo dejes a su aire unos cuantos días más, ¿vale?

Estoy a punto de decirle dónde se puede meter sus recomendaciones cuando, de pronto, me llama la atención una voz que se oye de fondo, claramente la de un borracho. Reconocería esa voz entre un millón.

—Está como una cuba, ¿verdad?

—Sí.

Cierro los ojos y respiro hondo. Menos mal que estoy sola.

—¿Te importa pasarle el teléfono un momento, por favor?

—No creo que sea buena idea, está bastante pasado de rosca.

—Déjame hablar con él, solo será un minuto. Ya te he dicho. Necesito saber que está bien.

Kisame tarda un buen rato en darle el teléfono a Itachi. Oigo cómo le dice que soy yo y se me rompe el corazón cuando le responde que no quiere hablar conmigo. El intercambio se alarga hasta que la voz de Itachi se vuelve más estridente, más agresiva. Un dolor muy intenso se apodera de mí. No quiere hablar conmigo, ni en sueños. Oigo un portazo, seguido de la voz de Kisame.

—Siento que hayas tenido que oírlo.

—Olvídalo, seguramente por la mañana ya no se acordará de nada y tampoco quiero que se lo recuerdes. Pero, en serio, cuida mucho de él, por favor. No lo está pasando bien. Hablaré con su padre, lo solucionaremos, ya verás.

—Como quieras, Sakura. Llámame cuando vayas a venir a verlo, pero que no sea mañana. Se pone muy estúpido cuando está de resaca.

Me río por no llorar.

—Pero, entonces ¿vamos?

—Claro que vamos.

—Pero lo que dijo Kisame sobre darle tiempo y no sé qué más...

—Antes de que esto se nos fuera de las manos y básicamente yo me pegara un tiro en el pie, Itachi me dijo que él jamás renunciaría a lo nuestro, que siempre me esperaría. Ahora depende de mí arreglar este desaguisado.

—Por fin —replica Hina, y grita de alegría.

—¿Crees que tengo razón?

—Creo que ya era hora de que cogieras el toro por los cuernos y fueras tú la que os sacara las castañas del fuego, y no la princesita por la que siempre hay que luchar. Dale un poco de margen, puede que después de tanto tiempo se merezca que le hagan la ola. ¿Lo has hecho alguna vez? ¿Le has hecho la ola?

Pienso en nuestra historia, en todo lo que hemos vivido, y me doy cuenta de que Itachi siempre me ha llevado en volandas. Todos los grandes gestos, toda la magia, son cosa suya. Fue él quien insistió, quien consiguió que me enamorara, el que nos ha mantenido unidos. Sé que no es muy sano sentir esta necesidad de darle las gracias por el simple hecho de quererme, pero es que en realidad lo que siento no es gratitud; es un amor desmedido, es reconocimiento y certeza porque sé que tengo suerte de tenerlo en mi vida.

Planeo los preparativos con Kisame vía mensaje y lo demás lo hablo con mi padre. Me está apoyando muchísimo, aunque seguramente lo hace porque se siente culpable. Tardo un día y medio en planearlo todo. La hora de la gran demostración de amor, de la persecución de mi novio, depende únicamente de mí, le guste o no a él.