Capítulo 11

No parecía casualidad que uno de los dos nombres que el espíritu de Kikio les proporcionó fuera ni más ni menos que el de la persona en la que ella pensó en un principio para buscar una copia del periódico. Sabía que esa familia era también antigua. No tanto como los Higurashi, pero tenía su historia. Aunque fuera a duras penas, habían conseguido resistir en su palacete hasta aquel día. Esperaba que guardaran los periódicos o cualquier otra pista de valor.

No le quedó más remedio que ir acompañada de Inuyasha, Miroku y Sango. Insistían en que podían resultarle de ayuda, y querían escuchar lo que decían las Novoe. No podía culparlos por ello. Cuando compartieron el momento con la ouija, no solo descubriendo que era un medio real para comunicarse con el más allá, sino que, además, todos quedaron muy impactados por las respuestas obtenidas. En un lugar secreto de su corazón, había esperado que fracasasen en el intento; así, podría volver a resguardarse en la creencia de que los fantasmas no existían, y armarse de valor para echar a los estafadores. Al final, solo había servido para que se reafirmara aún más.

Estacionó el coche frente al palacete de las Novoe y se recordó que ya había concertado aquella cita, que no tenía nada de lo que preocuparse. No le caían demasiado bien. Quizá era por eso que escogió su Maybach Exelero, el coche más caro del mundo, para aquella visita. Asimismo, eligió la ropa de diseño más exquisita y más cara que tenía y un collar y unos pendientes de perlas de valor incalculable. No estaba bien regodearse en la ruina de otras personas; luchaba a diario en contra de ello. Si Tsubaki Novoe no hubiera sido tan insoportable cuando eran niñas, no habría tenido la necesidad de esa pequeña satisfacción.

Teóricamente, no tendrían razones ni para conocerse. Ni siquiera asistieron al mismo colegio. Ella asistió a un colegio muy exclusivo femenino mientras que Tsubaki asistía al colegio público más cercano. Su padre la llevaba de compras a Neiman Marcus y a Tiffany´s mientras que la familia Novoe acudía a los grandes almacenes locales. Ella jugaba con los niños del orfanato desde muy pequeña y ayudaba en el comedor social con su padre, quien estaba tan comprometido con la causa como ella. A Tsubaki desde muy pequeña le gustaba arrimarse a los hombres, sobre todo los que tenían poderío.

En realidad, se conocían por la madre de Tsubaki, quien era tan harpía como la hija e incluso más. Indudablemente, había sido una buena maestra para su prole. Cuando falleció su madre, Sonomi Higurashi, no tardó en echarle el ojo a su padre. De hecho, el cuerpo de Sonomi Higurashi aún no se había enfriado cuando la señora Novoe le hizo las primeras insinuaciones a su dolorido padre. Takeo Higurashi nunca amó a otra mujer que no fuera Sonomi y lo dejó siempre bien claro, mas aquella mujer se negaba a rendirse y él era demasiado educado. Tsubaki entró en su casa más veces de las que le habría gustado gracias a la cortesía de su padre. La odiaba antes incluso de conocerla porque estaba tratando de pisar el territorio de su recientemente difunta madre. Después de haberla conocido, empezó a odiarla por lo que era. La envidia que Tsubaki sentía hacía ella era corrosiva, ponzoñosa. Estaba deseando que su madre se hiciera con Takeo Higurashi para robarle a la hija cuanto poseía y no dudaba en admitirlo en voz alta. Para su suerte, Takeo Higurashi nunca flaqueó.

La muerte de su padre supuso el fin de las visitas. Ni siquiera se presentaron en el funeral por cortesía. Las odió aún más. A partir de entonces, sus encuentros con Tsubaki fueron casuales por la calle. Siempre la examinaba de pies a cabeza con repulsión para, luego, sujetar con fuerza su bolso de imitación y marcharse con la cabeza bien alta, como si creyera que le estaba haciendo un desaire. ¡Qué equivocada estaba! Lo único que sabía de ella a ciencia cierta era que se trataba de una descarada, una provocadora y una cazafortunas. Tendría que recomendársela a Kouga para quitárselo de encima.

Salió del coche e ignoró la furgoneta de sus forzosos invitados para concentrarse en el palacete. En otro tiempo seguro que lucía resplandeciente, pero, en la actualidad, no era más que una ruina, resultado del mal trato y la falta de restauración. Sabía que los Novoe estaban en la ruina por más que intentaran ocultarlo. La piedra de la casa agrietada, la pintura en mal estado y la madera podrida eran prueba de ello. ¿Cómo se conservaría por dentro? Sabía bien que para limpiar un hogar de ese tamaño por lo menos harían falta tres personas al cargo. Las Novoe eran dos y no tenían criados.

Esperó a que el trío la alcanzara y caminó costosamente sobre el camino que la llevaba a la casa. Ese camino era mortal. Un solo paso en falso y se torcería el tobillo con sus preciosos tacones de Gucci de diez centímetros. También tenían que arreglar eso y, ya que estaban, podían poner en condiciones el jardín. ¡Ni siquiera habían arrancado las malas hierbas! Ella jamás consentiría que su jardín terminara así, aunque no tuviera jardinero, ni maquinaria. Encontraría la forma de arreglarlo. Subió los escalones de madera con una mueca por el ruido que hicieron y tocó el timbre, aunque sabía que no había necesidad. La madera habría dado aviso a medio condado.

Le hicieron esperar. ¡No se lo podía creer! Estaban avisadas de su visita; seguro que la estaban observando desde que llegó. Vio agitarse levemente la cortina. ¿Cómo podía haber gente así en el mundo? Volvió a llamar al timbre, escuchando cuchichear a su espalda a Sango y a Miroku. También se habían dado cuenta de que les estaban haciendo esperar a propósito. Unos segundos después, abrió la señora Novoe.

― ¡Kagome! ― simuló falsa alegría ― ¡Qué contenta estoy de verte! Has crecido tanto.

La abrazó efusivamente y simuló darle un beso cuando ni siquiera le rozó la mejilla.

― Tu padre estaría tan orgulloso de ti. Ver a su hija tan guapa, tan elegante y tan comprometida con su causa. A él también le encantaba hacer esa clase de trabajos para la comunidad.

Se contuvo de no decirle una barbaridad. Necesitaba su colaboración todavía.

― Disculpa que haya tardado tanto en abrir. ¡El servicio! ― suspiró ― Parece que están muy ocupados preparando la cena, así que he tenido que venir yo en persona.

¿Por qué esa necesidad de mentir? Su mentira no se sostenía por ninguna parte.

― Espero que no le importe que haya venido acompañada de mi equipo de investigación. ― los señaló ― Es un asunto muy importante.

― Tranquila, querida. ―se hizo a un lado para dejarles pasar ― Adelante.

El vestíbulo era diminuto. Nunca antes había estado dentro de la casa, pero se sintió decepcionada. Por fuera parecía más grande de lo que era en realidad. El estado de la madera y el papel de la pared era similar al exterior. Estaba todo ordenado para su sorpresa, aunque había polvo. Siguieron a la señora Novoe por un corredor hasta un pequeño saloncito de té. En su casa solían usar la biblioteca como saloncito de té. El salón de té de verdad tenía unos ochenta metros cuadrados y no les parecía de recibo usarlo a diario para dar más trabajo a los criados.

La señora Novoe tomó asiento en un sillón. Kagome se sentó frente a la señora Novoe entorno a una mesita de té. Inuyasha tomó asiento en un sofá cercano a la ventana mientras que Miroku y Sango ocupaban un diván.

― Siento que no esté todo impecable. ― se disculpó ― Es tan difícil mantener limpia una casa tan grande. Ni con cinco criados puedo lograrlo. Con una casa como la tuya, seguro que comprendes lo que quiero decir, querida.

― Sí. En la mansión Higurashi hay más de cincuenta empleados y les resulta difícil mantenerla impecable.

Se mordió el labio enfadada. ¿Por qué había entrado en su juego? Si la enfadaba, no querría colaborar; tendría que ser más cuidadosa.

― Señora Novoe, verá, el motivo de esta visita es explicarle nuestro proyecto. Sería un gran honor que quisiera participar. ― añadió ― ¿Buscó los periódicos?

― Sí, claro.

Señaló con una mano una caja en la esquina. No era muy grande, pero perfectamente podría contener lo que ellos buscaban.

― ¿Podrían mis expertos echar un vistazo?

Ante el asentimiento de la señora Novoe, Inuyasha, Miroku y Sango se acuclillaron frente a la caja y empezaron a rebuscar.

― ¿De qué trata ese proyecto exactamente? — preguntó su anfitriona perezosamente.

― Queremos hacer una exposición sobre los orígenes de la familia Higurashi y su paso por la historia. Espero recaudar mucho dinero para los países menos favorecidos con este proyecto... ― mintió ― Lamentablemente, nos faltan algunos periódicos y fuentes fiables. Es por eso que estamos revolviendo todas las bibliotecas.

La señora fruncía el ceño. ¡Claro! Ella no estaba ganando nada con hacerle ese favor. Necesitaba darle un giro de ciento ochenta grados a su supuesto proyecto.

― Además, queremos rescatar también las relaciones de la familia Higurashi con otras familias importantes como la suya. Eso ayudaría a activar ciertos ramales de la historia, ¿no cree? ― sugirió ― Seguro que, si encontramos algún detalle lo bastante jugoso, montarán otra exposición sobre la familia Novoe. Por supuesto, se les pagará por la aparición de su apellido en la exposición.

Eso animó más a la señora Novoe, quien empezó a narrarle de la forma más aburrida y pedante posible las supuestas heroicidades de la familia, además de sus "innumerables" riquezas. Pensó que serían innumerables porque no tenían ni una. En la esquina, vio que el trío encontraba el periódico que estaban buscando; en seguida rebuscaron las páginas de sociedad. Trató de aparentar estar muy atenta a la conversación de la señora Novoe mientras miraba de reojo a sus "investigadores". De repente, los tres lanzaron una exclamación de sorpresa. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué habían encontrado?

Justo en ese instante, la puerta del salón se abrió. Tsubaki Novoe hizo al fin acto de presencia para intentar restregarle alguna fortuna imaginaria que incluso en su mundo imaginario sería inferior a la suya propia. Llevaba la bandeja con el té y las pastas.

― Ha habido un pequeño incendio en la cocina. ― se disculpó ― Pero no hay nada de lo que preocuparse, ya lo están solucionando. Por eso traigo yo el té…

Ese texto estaba muy estudiado. Ni por un momento se creía esa sarta de mentiras. Contempló cómo la joven de su misma edad dejaba la bandeja sobre la mesa y le molestó percatarse de que, a pesar de todo, era hermosa. Supuso que habría sido muy cruel esperar que además fuera fea. Tenía el cabello larguísimo, hasta las rodillas, de color negro con un bonito brillo plateado y la tez de un color cremoso. Sus ojos color violeta se parecían a los de Elisabeth Taylor. Tenía la nariz pequeña, los labios finos y unos rasgos faciales muy delicados. Su cuerpo era delgado, esbelto y muy proporcionado. Deseó ser más como ella y no con unas curvas tan marcadas.

― ¡Cuánto tiempo sin vernos, Kagome! ― exclamó con la misma falsa alegría de su madre ― Hace mucho que no hablamos.

Concretamente, desde que tenían catorce años, poco antes de que su padre muriera y le dijera con su voz venenosa que se haría con todo lo que era suyo. A partir de la muerte de su padre, había evitado hablar con ella por todos los medios. Curiosamente, tal y como pensó anteriormente, Tsubaki creía que le estaba haciendo un desaire. En realidad, el favor que le hacía era tremendo. No tenía ganas de soportarla.

Le sirvió una taza de té que miró con desconfianza. Seguro que estaba envenenada o algo peor. De Tsubaki podía esperar absolutamente cualquier cosa. Eso fue lo que aprendió de ella cuando se vio obligada a soportarla de niña. Pobre del hombre que una vez se casó con la señora Novoe. ¡Debió ser un santo!

― ¿Y para qué necesitas todos esos periódicos tan viejos? ― preguntó la hija ― Me costó un infierno encontrarlos y estaban llenos de polvo… ― se calló abruptamente ― Quiero decir que a los criados les costó mucho encontrarlos…

Si fuera un poco más tonta, le darían el carné de descuento para personas con algún tipo de discapacidad. ¡Qué demonios! Harían un carné especial para ella. Sabía de muy buena tinta que las personas con una discapacidad intelectual eran mucho más despiertas.

― ¿No me presentas?

Estaba perdiendo el tiempo en esa casa si ya tenían el periódico.

― Este es mi equipo de investigadores. ― los abarcó con un gesto de mano ― Sango Kinomotto es la encargada de organizar la exposición que tendrá lugar…

― ¿Y tú quién eres?

Tsubaki no la escuchaba. Había visto a Inuyasha, y se lanzó sobre él como un rayo. Sango y Miroku no le interesaban en lo más mínimo. Clavó las uñas en su falda y arrugó el tejido, furiosa, con esa mujer. ¡Inuyasha era suyo! Un momento, ¿cómo que era suyo? Lo dejó después de aquella pelea, no tenía ningún derecho a reclamarlo si otra mujer lo buscaba. ¿Y por qué esa otra era Tsubaki?

― Inuyasha Taisho. ― se presentó ― Arqueólogo. Yo evalúo el valor, la antigüedad y el período de las reliquias de la familia Higurashi.

― ¡Qué interesante! ― exclamó la joven con voz coqueta ― ¿Por qué no te sientas y te sirvo el té mientras me cuentas un poco más sobre tu trabajo?

Deseó gritarle que, si se le ocurría la idea de sentarse con ella, le arrancaría la cabeza, pero no lo hizo. Aunque no lo veía porque estaba de espaldas a ellos, adivinó que se sentaron juntos. Deseó matar a esa mujerzuela. ¿Quién se creía que era? No todos los hombres besaban el suelo que ella pisaba. No era tan hermosa. Solo era un poco guapilla; nada más. Ligaba tanto porque se dejaba hacer. ¿A Inuyasha le interesaría hacerle…? ¡Dios! ¿En qué estaba pensando? ¡Claro que no!

Ya no pudo concentrarse más en la conversación. Por suerte, Sango estaba allí para socorrerla y sorprenderla con su gran capacidad de improvisación. Tenía buenas dotes para la interpretación.

― Y dime, ¿se gana mucho siendo arqueólogo?

Afinó el oído al escuchar esa pregunta. ¡Qué descarada! Estaba pensando en echarle lazo a Inuyasha. Claro, él era un hombre tan apuesto… y si, además, fuera rico, todo un caramelo para alguien como Tsubaki. ¡Qué estúpida! Inuyasha valía mucho más que el dinero. ¡Estaba tan celosa! Quería volver con Inuyasha. No soportaba la idea de que él saliera con otra mujer que no fuera ella. Por fin lo comprendió. Sus sentimientos hacia él eran mucho más potentes que cualquier cosa que les hubiera sucedido. Podía perdonarle. Había llegado la hora de perdonar.

― ¡Ay!

Se volvió en el asiento al escuchar gritar a Inuyasha. Este se levantó como un rayo, se agarró la tela del pantalón por la bragueta y tiró intentando apartarlo de la piel. En seguida comprendió que se le había derramado el té caliente encima. O, más bien, que alguien se lo derramó encima.

― ¡Dios mío, lo siento tanto! ― exclamó Tsubaki ― Déjame ayudarte.

No se lo podía creer. Pensó que estaba en mitad de una pesadilla cuando Tsubaki agarró una servilleta y le puso la mano en la entrepierna. Inuyasha volvió a saltar, alejándose. Ella se levantó de golpe, dispuesta a arrancarle los pelos de la cabeza.

― No seas tímido. ― lo llamó ― Soy muy buena en esto.

Para probarlo, se lamió el labio inferior en una clara invitación. La miró con horror. Se le habían echado mujeres encima a lo largo de su vida, pero nunca de esa forma. Aquella mujer era la más descarada que jamás había conocido. No le extrañaba en absoluto que una dama como Kagome no la soportara, que existiera entre ellas esa enemistad. Había notado la tirantez entre ellas desde mucho antes de que entraran en la casa. A Kagome no le hacía ninguna gracia ir allí; de repente, comprendía el motivo.

Había descubierto varias cosas de las mujeres Novoe. La primera de todas que no aceptaban que estaban en la ruina. Las apariencias eran muy importantes para ellas aun cuando no tenían forma de mantenerlas ante los demás. Estaban a la caza del marido rico, pero todavía no lo habían conseguido. Otra cosa que descubrió era que envidiaban a la familia Higurashi; tanto que parecía enfermizo. Se preguntó si alguna vez intentaron echarle el lazo al padre de Kagome. Lo que estaba claro era que la tal Tsubaki le quitaría hasta la vida a Kagome si tuviera la oportunidad de hacerlo. Era una mujer con la que había que tener cuidado. Finalmente, para su tremenda sorpresa, le quedó claro que harían cualquier cosa por conseguir sus objetivos. Tsubaki creía que él era un arqueólogo rico. Si supiera que en realidad se estaba ahogando en sus propias deudas...

Cualquier otro hombre se habría sentido halagado por que una mujer tan bella como Tsubaki le prestara ese tipo de atenciones. A pesar de que sus intenciones eran de lo más evidentes, había quien apreciaba esa sinceridad. Con Tsubaki, uno sabía a qué atenerse, aunque no era su estilo. No le gustaba esa clase de mujeres que solo apreciaban el tamaño de la cartera. Aunque, seguramente, para una pasarela de moda su cuerpo era perfecto, no cumplía con sus propios estándares. A él le gustaban las curvas, y le gustaba Kagome. Era así de sencillo.

El problema era que Kagome no lo tenía tan claro. Cuando le derramó a propósito el té encima solo para ponerle la mano en la entrepierna, Kagome lo miró como si acabara de traicionarla. ¿Acaso no comprendía que él no había provocado aquella situación? Solo quería que lo dejaran tranquilo de una buena vez. También debía admitir que le encantaba la idea de que Kagome estuviera celosa. Eso solo podía significar que aún sentía algo por él, que no estaba todo perdido. Un poco de celos no era malo, pero no a ese nivel. Tsubaki había cruzado una línea.

Decidió que era hora de terminar con el paripé y marcharse.

― Ya tenemos lo que buscábamos. ― dijo apartándose las insistentes manos de Tsubaki ― Gracias por su colaboración. Les informaremos cuando haya avances.

Tras esas palabras, Kagome salió como un rayo de la casa, despidiéndose bruscamente de las Novoe. Sabía perfectamente lo que iba a hacer. Iba a coger el coche para hacer una de sus locuras automovilísticas. ¡No se lo consentiría! Le dejó muy claro en la abterior ocasión que no volvería consentir que hiciera semejante tontería. Si no la mataba ese fantasma, lo haría uno de sus coches con esa actitud suicida.

Corrió tras ella, interceptándola en el camino, y le quitó el bolso. Kagome lo encaró, por supuesto, pero él la ignoró con maestría. Abrió el bolso y cogió las llaves. O permitía que él condujera, o volvería andando hasta su casa. Visto así, no era tan mala idea. Estaba muy claro que necesitaba calmarse y un paseo le bajaría los humos. Sería una buena forma de que aprendiera ejercicios más saludables para superar la ansiedad. Si no fuera por los nubarrones de lluvia que veía acercarse, la acompañaría en ese paseo.

― ¡Nos vamos!

Miroku y Sango se adelantaron en la furgoneta. Él tomó los mandos de aquel maravilloso coche de lujo deseando no romper nada. Ni en cien años conseguiría el dinero para arreglar una avería en ese automóvil. Se puso el cinturón, se aseguró de que Kagome lo llevara bien puesto y arrancó. ¡Qué bien sonaba el motor! Era una lástima que Kagome, enfurruñada en el asiento de copiloto, le estropeara por completo aquel momento con el que había soñado desde su adolescencia.

― ¿Vas a seguir celosa por mucho tiempo? — preguntó un rato después.

― ¿Celosa? No sé de dónde sacas esa tontería…

― No es ninguna tontería. Has estado celosa desde que Tsubaki me ha echado el ojo encima.

Kagome no le contestó. Eso significaba que no sabía cómo rebatirlo sin delatarse o que había decidido que lo más sencillo era no contradecirle. De cualquier forma, estaba celosa. Echárselo en cara no les ayudaría en nada, así que, satisfecho por el descubrimiento y con una sonrisa que no podía ocultar, sacó el periódico del interior de su americana y se lo tendió.

― Echa un vistazo a esto.

En cuanto Kagome lo cogió entre sus manos se olvidó por completo de sus asuntos sentimentales para centrarse en asuntos más serios. Lo que habían descubierto era transcendental.

― Creo que la familia Novoe os lleva odiando mucho tiempo. ― le informó ― El periódico es exactamente igual al tuyo en todo excepto en una cosa.

La exclamación de Kagome le señaló que acababa de descubrirlo. En la página de sociedad donde se encontraba publicado el supuesto cruel reportaje de Kikio, su nombre firmando el reportaje había sido tachado para ser sustituido por el de Tsubaki.

― Eso fue escrito por aquella fecha. No es reciente. ― dijo lo evidente ―Esto me dice que Tsubaki, la Tsubaki de entonces, se quería quitar a Kikio de en medio.

― Igual que ahora entonces… ― musitó ella.

― Bueno, sí. ― admitió ― Sin embargo, no creo que las Novoe de ahora lo sepan. Si supieran lo que pone en este periódico, lo que supone para ellas, no lo habrían entregado tan fácilmente. Esto lo hizo aquella Tsubaki, sola, y no se lo dijo a nadie. No sé cómo encontró la forma de hacer que se publicara con el nombre de Kikio… Esa es su edición personal, por lo que, para su propia autocomplacencia, debió escribir su nombre para reconocerse a sí misma su autoría.

― Pagaría al editor… — reflexionó en voz alta — Por aquella época aún ostentaban algo de poder, pero empezaban a estar de capa caída. No me extrañaría que le hubiera dado algo más que dinero.

― ¿Por qué?

― ¿Por envidia? ¿Por dinero? ¿Por un hombre? ― sugirió ella ― ¿Quién sabe? Esa familia es el mal encarnado. Kikio confiaba en ella y provocó su muerte. De hecho, ahora que recuerdo, Tsubaki fue una de las pretendientes del hermano de Kikio… ― meditó ― Cuando, tras la muerte de mi madre, empezaron a venir a mi casa, las investigué. Nunca me fie de ellas y con razón. Llevan siglos intentando cazar a un Higurashi.

― Se quitó a Kikio de en medio. ― se le ocurrió ― A lo mejor Kikio no era tan tonta. A lo mejor la tenía tan cerca para vigilarla y evitar que le echara el lazo a su hermano. Si algo nos ha quedado claro es que lo quería y él a ella.

Sí, Kikio adoraba a su hermano y su hermano la creyó hasta el fin de sus días. Eso le dijo Kikio. No permitiría que su hermano se casara con esa pécora.

― ¿Crees que Tsubaki se dio cuenta de que con Kikio en medio nunca lograría casarse con el hermano?

― Seguro que fue eso lo que sucedió. ― aseguró Inuyasha ― Tenía que quitarse a Kikio de en medio y, para ello, tenía un jugoso secreto. Corrió un gran riesgo… — meditó — De salir mal, habría sido su ruina.

― Le salió bien, pero no contó con un pequeño imprevisto. Souta Higurashi volvió al funeral de su hermana y su padre acompañado de Hitomi Mena, la mujer con la que se casó en Francia. ― recordó ― Todo fue en vano.

Ya tenían a la verdadera culpable. El siguiente paso era hacer justicia y cambiar la historia. Lo más difícil sería convencer a un fantasma díscolo de que Kagome no era Kikio y de que Kikio nunca escribió tal cosa sobre él. Era cierto que le hizo todo aquello, pero él ya lo sabía y fue capaz de vivir con ello hasta que se hizo tan público. ¿Cómo lo harían? Tal vez, si hablaban de nuevo con Kikio, podían sacar algo en claro sobre el procedimiento que debían seguir en adelante. Desde luego, estaría encantada de saber que habían hecho justicia en su nombre. Con esa información y otras pistas, podrían trasladar su tumba, excluida de tierra santa por el supuesto suicidio, al interior del cementerio, al mausoleo familiar. Allí, descansaría al fin junto a su difunto hermano.

Pronto entraron en los terrenos de la mansión Higurashi. Miroku y Sango ya estaban entrando en la casa, los vio de lejos. Ella guardó el periódico en su bolso para tenerlo a buen recaudo de la ligera lluvia que empezaba a caer y miró a Inuyasha de reojo. Tenían que hablar de algo más. Estaba harta de intentar ocultar sus sentimientos y de huir de él. ¿Aún la aceptaría?

― Detén el coche.

Obedeció su orden extrañado, quedando detenidos a mitad de camino hacia la mansión. Era ahora o nunca.

― Creo que estoy preparada para escucharte.

― ¿Escuchar el qué? ― le preguntó sin entender.

― Lo que querías decirme. Llevas más de una semana intentando hablar conmigo. ― le recordó ― Pues habla ahora.

Inuyasha tardó unos segundos en entender a qué se refería. En cuanto lo entendió, soltó el volante y la miró tan tiernamente que estuvo a punto de abrazarlo.

― Te amo, Kagome. ¡De verdad que te amo! ― exclamó ― Sé que me equivoqué, pero porque tenía miedo. Yo soy muy poca cosa para ti…

― No eres poca cosa, Inuyasha.

― ¡Sí que lo soy! Tú lo tienes todo y yo nunca he tenido nada. Sé que no es suficiente para justificarme, pero es la única justificación que tengo. He hecho lo que he podido para sobrevivir, y tengo muchas cosas de las que arrepentirme. De lo único de lo que no me arrepiento es de haber venido aquí porque, gracias a eso, te he conocido.

Se derritió al escucharlo. Ya iba siendo hora de perdonarlo y de volver a empezar. ¿Y qué mejor forma que con un juego? Dejó sobre los asientos de atrás su bolso y se desabrochó el cinturón.

― Vamos a hacer un trato. Voy a salir del coche y, si me coges, me quedaré para siempre a tu lado. ― prometió ― Si no me coges…

― No necesito saberlo... ― él también se desabrochó el cinturón.

― ¿Por qué? ― preguntó sin entender.

― Porque voy a cogerte, Kagome. ― contestó con absoluta confianza.

― ¡Eso ya lo veremos!

Salió corriendo del coche. Inuyasha salió a su espalda, pero se lo tomó con mucha más calma. Cerró bien el coche y la siguió caminando, dando un paseo por el camino de grava, como si no tuviera nada de lo que preocuparse. Se lo estaba tomando a broma; por eso, decidió que le daría una lección. Echó a correr por el jardín. Al notar que sus tacones le dificultaban el paso, se quitó los zapatos y se los lanzó. Inuyasha los cogió al vuelo y le sonrió bajo la lluvia. Ya estaban empapados.

Muy bien, en seguida se le pasaría esa apariencia de tranquilidad. Echó a correr hacia el laberinto que tan bien conocía y entró. A su espalda, escuchó el primer grito de auténtica ansiedad cuando descubrió sus intenciones y se rio bien alto para que pudiera escucharla. Ahora iba a saber lo que era el miedo a perder. Inuyasha nunca podría esconderse de ella y engañarla en su laberinto, pero ella de él sí. Conocía cada camino, cada esquina, cada recoveco. Podría saber en qué corredor estaba un pájaro de solo escuchar su trino. Aquel era su mundo, su vida, su corazón. Formaba parte de ella.

― ¡Kagome! ― gritó.

¡Diablos! No esperaba que se metiera en el laberinto. La había seguido con calma porque sabía que corría más rápido que la azabache. No esperaba que se metiera en el dichoso laberinto. Con sus zapatos en las manos entró dentro de aquel siniestro lugar, descubriendo que no era, ni mucho menos, tan siniestro como él imaginó que sería. Era un lugar íntimo y bonito. Entendía por qué a Kagome le gustaba tanto.

Echó un último vistazo a la entrada del laberinto con pesar y avanzó por uno de los corredores. Kagome no lo dejaría allí adentro solo, ¿verdad? Seguro que en cualquier momento aparecería y lo guiaría hacia la salida. No sin que antes la besara hasta dejarla sin aire, por supuesto. Lamentaría haberle hecho pasar por aquello. Estaba pensando en eso cuando encontró su pañuelo de seda color lavanda en el suelo. Lo cogió y le pareció que señalaba un corredor que tomó hasta llegar a una bifurcación. En uno de los caminos estaba la chaqueta de piel de Kagome, colgada de una rama. ¿Era cosa suya o le estaba indicando el camino?

Avanzó por el siguiente sendero, donde encontró su cinturón en el suelo en otro camino que tomó. Más tarde, encontró su vestido colgado de otra rama y se lo echó al hombro. A Kagome ya no le quedaba mucha ropa, y aquel juego cada vez le gustaba más y más. Tomó otro camino hasta que por fin se topó con un bonito sujetador de encaje blanco. Ya estaba muy cerca y ella muy desnuda. El último tramo lo hizo corriendo. Encontró la última prenda en otro camino que lo guio hasta el centro mismo del laberinto. Contuvo el aliento al verlo. Aquel lugar era maravilloso. Un jardín bellísimo, rico en colores, amorosamente cuidado. El rincón secreto de Kagome. Comprendió todo. Aquel era el corazón de Kagome Higurashi y se lo estaba abriendo.

― ¿Kagome?

El sonido de una rama moverse le respondió. Ya sabía dónde estaba. Dejó su ropa sobre un banco de piedra y se desnudó él también. Aunque el agua de lluvia estaba fría y el viento venía del norte, tenía muchísimo calor, y una dama a la que hacer entrar en calor. Corrió hacia el árbol en el que sabía que se ocultaba y escuchó su risa cuando intentó cogerla. Un pedazo de piel blanca brilló cuando lo esquivó. Volvió a estirarse para cogerla y, en esa ocasión, la tomó entre sus brazos. Kagome se removió entre sus brazos sin dejar de reír. Nunca había sido tan feliz.

Continuará…