Pensé que había publicado este capítulo la semana pasada y me acabo de dar cuenta de que no. ¡Vaya cabeza!


El duelo

El Salón de Duelos de Slytherin era tan frío y recio como la sala de entrenamientos que le había enseñado Richard. Tenía forma hexagonal y las gradas descendían desde las paredes hasta encontrarse en un ring que se elevaba en el centro. Lily atravesó las columnas dóricas y subió los escalones hasta encontrarse frente a Cordelia. Junto a ella, la prefecta, Hestia Zabini, las esperaba con seriedad y algo de hastío. Murmuró un hechizo y su voz alcanzó al público que se había congregado. Mientras les daba la bienvenida y repetía los desafíos que habían cruzado ella y Cordelia, Lily examinó la pista. Sus ojos recorrían como posesos cada uno de los vértices que había en aquel hexágono, con una atención histérica y metódica. Los gritos del público se habían convertido en un murmullo de fondo, un zumbido molesto pero lejano. ¿Sería aquello efecto de la poción de Scorpius? Se sentía extrañamente calmada, decidida. Abrió y cerró varias veces la mano de la varita y repasó mentalmente los hechizos que conocía.

"Utiliza todo lo que recuerdes" le había dicho Scorpius y así lo haría.

Cuando Hestia dio comienzo al duelo, Cordelia fue la primera en moverse. Caminó hacia la derecha y Lily retrocedió hacia la izquierda. Describieron un círculo sin quitarse la mirada de encima. De repente, Cordelia levantó el brazo y dio un golpe seco en un grito que Lily apenas escuchó y que le abrasó las fosas nasales. Se tapó la nariz con la mano libre y tocó la pegajosa mucosidad verde y marrón que le caía de ella. Reprimió una arcada y se restregó el brazo contra la piel, lanzando el pus al suelo.

Un segundo embrujo la golpeó en los pies y se sobresaltó al ver cómo estos se movían en un ritmo frenético. Identificó el hechizo y apartando los ojos de Cordelia, se concentró en el movimiento. Cantó para sus adentros, tratando de no perder el equilibrio, de mantener el baile vertiginoso al que le sometían sus piernas. No conocía el contra-hechizos pero sospechaba que el efecto pasaría rápido. Cordelia no parecía querer hacerla daño. O eso, o desconocía hechizos más poderosos. Al fin y al cabo, no era más que una estudiante de primero.

Respiró de alivio cuando plantó los talones en el suelo y la música desapareció de su cabeza. En su lugar, pudo escuchar las carcajadas del público, que pedía a gritos un nuevo embrujo. Sintió calor en la palma de la mano derecha y levantó el brazo al tiempo que Cordelia se preparaba para el siguiente ataque. Un agudo picor junto a las mejillas y en la frente le indicó que no había conseguido desviar el embrujo de furúnculos.

Parpadeó con rapidez y se mordió furiosa el labio hasta hacerse sangrar. El sabor metálico se mezcló con la humillación que le bullía en el pecho y miró a Cordelia. Esta sonreía ufana a los espectadores y estos la aplaudían, mientras que a ella le silbaban. Lily había buscado entre sus rostros alguna cara conocida, pero, o había mirado mal o la mayoría del equipo de Quidditch no estaba allí. Se alegraba. Aquello no era un duelo de honor, aquello era una pantomima, una forma de burlarse de ella, de convertirla en un hazmerreír antes de expulsarla de la Casa. Aquella era una novatada que ella no se merecía.

La rabia le calentó el cuerpo y con un gesto amplio dirigió un papalingua hacia el público. Oyó voces ahogadas y el grito de Hestia Zabini diciéndole que no podía atacar a los espectadores, pero Lily no escuchaba. Había clavado los ojos en Cordelia y se dirigía a ella en línea recta, obviando el círculo que habían seguido hasta ese momento.

—¿Así es como limpias tu honor familiar? ¿Burlándote de quien ayudó a tu familia? En cuanto se olviden de mí, te atacarán a ti por esa mierda de ideas que tenéis sobre la pureza de sangre.

—¿Ayudar? Nos has puesto en peligro —replicó ella.

Su sonrisa había desaparecido y Lily supo que el siguiente hechizo no sería un embrujo. Sería un maleficio.

"No puede corromperse", le había pedido Scorpius, "si lo hace, la profecía empezará a cumplirse".

Pero, ¿cómo pararla? ¿Cómo iba a protegerla a ella mientras intentaba defenderse?

—Enseñarle Hogwarts a una squib no debería estar prohibido —le espetó mientras su mente buscaba desesperadamente la forma de detener aquello, de ganar a Cordelia, de no hacerla daño, de mantener su promesa a Scorpius, de…

Miró a su contrincante y apretó los labios. Cordelia había echado la cabeza atrás, con los ojos abiertos y llenos de espanto y tiraba del labio superior hacia arriba en una mueca de asco. El maleficio golpeó a Lily en la pelvis y esta perdió el equilibrio. Cayó de espaldas y la varita saltó de sus manos mientras la niña veía con horror cómo su pierna se retorcía y se cubría de unas capas negras de piel endurecida, y de la que crecían delgadas patas dobladas en artejos Su pierna derecha era ahora un escarabajo, y le era imposible ponerse en pie en ese estado. Buscó a Zabini, que se acercaba al ring para dar por terminado el duelo y se agachó para recuperar la varita.

—No van a sacarme de aquí. Aún no terminé —masculló y dobló la pierna sana para acuclillarse.

Apuntó a Cordelia. Esta giró la cabeza hacia ella guiada por un grito del público pero cuando sus ojos dieron con los de Lily, esta ya había lanzado el hechizo de inmovilización. Sorprendida, Cordelia intentó levantar los pies del suelo, sin conseguirlo. Lily apretó los dedos alrededor de la empuñadura de su varita, clavándose las uñas en la palma de la mano, intentando en vano tranquilizarse. Los ruiditos del escarabajo del que no podía separarse le retorcían el estómago y la sumían en el rencor. Vio cómo Cordelia levantaba el brazo y no supo si iba a atacarla de nuevo o era para librarse de su embrujo. No importaba. Lily ya no veía nada más que a Cordelia y sus ganas de derrotarla, de borrarla del mapa, de vengarse. No sabía dónde estaba Hestia, ni Richard, ni si el resto de los Slytherin había enmudecido por su hechizo o por el pavor que les inspiraba ahora el duelo.

Cordelia bajó la varita murmurando algo pero el expelliarmus de Lily llegó antes de que acabara. La varita de Cordelia salió del ring, pero Lily no se fijó en su trayectoria. Otro hechizo le pinzaba la lengua y antes de poder detenerse lanzó un baubilus que golpeó contra el pecho de la joven y la hizo caer hacia atrás, derrumbándola. Un silencio se extendió por la sala, y tras unos instantes Lily pudo escuchar su propia respiración entrecortada y los sonidos punzantes que hacían los artejos de su pierna. Levantó la cabeza para ver cómo Hestia llegaba adonde ella y la apuntaba con la varita. Lily tragó saliva y dudó si cerrar los ojos o no. ¿Qué había hecho? Aún no lo tenía claro, pues la adrenalina la entumecía los sentidos. Hestia murmuró algo y Lily descubrió cómo su pierna volvía a su estado original. La prefecta le tendió la mano y Lily se incorporó.

—Compañeres de Slytherin, por el duelo de esta noche, declaro que Lily Luna Potter pertenece a la Casa de Slytherin y que todes los que osen llamar a Salazar Slytherin su mentor deben respetarla y tratarla como una igual. Cualquier ataque, ya sea físico o verbal, tendrá que responder ante mí o el prefecto Tiberius Warrington.

Hestia hablaba con la mano de la varita en alto para que su voz llegara a toda la sala y con la otra la abrazaba contra su cuerpo, como si temiera que en algún momento fuera a caerse. De reojo, Lily vio a Richard coger con delicadeza el cuerpo inerte de Cordelia. ¿Por qué no había pedido su turno? Era su segundo, y por lo tanto, su deber para con Cordelia. Pero en vez de eso, el chico solo parecía preocupado en sacar a su amiga de allí y llevarla cuanto antes a la enfermería.

Lily se revolvió en el brazo de Hestia, queriendo seguir a Richard y descubrir si la joven estaba bien. Mientras la adrenalina remitía, la culpa aumentaba y se cernía sobre ella. Hestia la apretó más contra sí, impidiéndole moverse hasta que la mayor parte del público abandonó las gradas. Entonces, la prefecta se giró hacia ella, la agarró de los brazos y la obligó a mirarla.

—Respóndeme con la verdad. —Lily asintió nerviosa —. Druella Malfoy, ¿Es una squib? ¿Y estuvo dentro de Hogwarts?

—Sí —murmuró Lily sorprendida.

¿Por qué era eso importante? La mayoría de los squib habían crecido oyendo hablar de Hogwarts, ¿qué problema había con que lo visitaran? Nadie creería nunca entre los muggles las cosas que decían haber visto, así que ¿por qué preocuparse?

—Está bien, Lily. Puedes irte —se despidió Hestia y antes de llegar a las columnas, se volvió hacia Lily y añadió —. Me alegro de que la voluntad del Sombrero se haya cumplido.

Lily asintió despacio y siguió a Hestia hasta la Sala Común. La mayoría de sus compañeros comentaban con algarabía el duelo que habían presenciado, y aquí y allá, se oían gritos de júbilo de quienes habían apostado por ella. Reprimiendo una sonrisa de orgullo culpable, Lily atravesó la pared y buscó a Rose pero su prima no la esperaba al otro.

Caminó entonces hacia la enfermería, sin fijarse por donde iba ni con quien se cruzaba. Mascullaba palabras, buscando las adecuadas, las que la disculparan delante de Richard y Scorpius, las que la salvaran a los ojos de Rose.

—¿Qué haces aquí? —Le espetó Richard cuando la vio aparecer —¿Es que no te parece que ya has hecho suficiente?

Lily se paró en seco. En la entrada de la enfermería, Richard hablaba con Scorpius, que parecía sumido en una tristeza infinita. Lily dio un paso hacia él, con la disculpa entre los dientes, pero entonces sintió unos brazos alrededor de su cuerpo y un beso sonoro se estrelló en su cabeza.

—¡Felicidades! —le dijo Rose —Sabía que lo conseguirías.

—Increíble —jadeó Richard y se volvió hacia Scorpius con el ceño fruncido —¿Cómo nos hemos podido equivocar tanto? Ella no es —señaló a Lily y luego a Cordelia —, ella tenía razón.

Lily desvió la mirada del Slytherin y buscó los ojos de Scorpius. Las palabras de Richard le dolían, pero él no era más que un conocido, un aliado en una Casa que aún no era su hogar. Scorpius… Scorpius era su amigo, su opinión valía mucho más que la de Richard. Pero el joven Malfoy parecía estar muy lejos de la enfermería, aquejado por unas ideas que era incapaz de compartir. ¿Le estaría atormentando la profecía otra vez? Lily se revolvió en el abrazo de Rose y hundió su nariz en el pecho de esta. Oyó que Richard se marchaba y sollozó con voz queda.

—No sé qué fue. Me sentía tan furiosa, tan cabreada. Y el calor, no pude parar, Rose, no supe parar. ¿Por qué? ¿Soy una mala persona? ¿Es por el dragón? ¿Soy como la señora esa? ¿La de la varita de tu madre?

—¡No! —Rose la cogió de los hombros y la separó de ella para que pudiera mirarla a los ojos —Tú no eres como Lestrange. Ni se te ocurra pensar eso. —Le acarició la cabeza y la abrazó de nuevo —Fue ella quien te retó a duelo, fue ella quien empezó esto.

—Pero una cosa es atacar para defenderse y otra para derribar —objetó Albus —Y Nott parecía…

—Pero tú, ¿de qué lado estás?

—Escucha Lily —dijo Albus —, aprenderás a frenarte, aprenderás a decir que no a los instintos de tu varita. Es mejor sentirse culpable que satisfecha.

Lily se separó de su prima y se restregó las lágrimas con el dorso de la manga.

—Tampoco es como si los Malfoy y los Nott fueran unos santos. Tu amigo puede decir lo que quiera, pero no me creo que, ahora, de repente, les haya dado por el pacifismo —murmuró Rose.

—También soy Greengrass —replicó con voz apagada Scorpius —y los Greengrass siempre han sido pacíficos. Lo que vosotros conocéis es la herencia Malfoy, el legado de Abraxas, el mismo del que mi padre y mi abuela han renegado. Aunque sigue dentro, ¿sabéis? —se golpeó el pecho e hizo una mueca de dolor —. Sigue dentro de nosotros. Y si saliera…

—¡Malfoy! Si le exiges a Lily que se contenga, tú y tu prima también podéis hacerlo.

—¡Pero ella no está maldita! —la voz de Scorpius salió con un gallo —. ¡Os los dije! Os dije que si pasaba algo, todo cambiarían, el poder… ¡Confié en vosotros! ¡Y tú…!

—¿De qué tienes tanto miedo?

—¿Y si él vuelve?

—No —dijo Rose con voz queda pero segura —, no puede. Es totalmente imposible.

—Podría hacerlo… No él, pero sí su régimen. ¿Has escuchado lo que se habla en los pasillos? Ninguno de nosotros vivió esos años y sin embargo, hay quien los echa de menos. —Scorpius se dobló sobre sí mismo retorciéndose las manos — ¿Cómo podríamos pararlo si yo… si yo me convirtiera en… en él?

—Como la última vez.

—¿Con ciertos de muertos? No, habría que hacerlo antes, habría que…

—¡Para! —exclamó Albus y le cogió de las manos —¡ Tú no eres como él! Eres una de las mejores personas que conozco. Eres amable, eres bueno, eres… —se detuvo de repente, con las mejillas coloradas.

Scorpius lo miró y Lily sintió que el joven había envejecido varios años desde el día anterior.

—Ahora sí, pero ¿y si me corrompo? ¿Y si hago algo como… como lo de… ?

Su mirada abandonó los ojos de Albus y buscó los de James. Este jadeó y dio un paso adelante, apretando el hombro de Scorpius.

—¡Basta! —le pidió —. Lo que vimos en San Mungo no fue culpa tuya. No eres responsable de los pecados de tus padres. Nadie es responsable de lo que hicieron mal sus padres.

—Pero a veces es demasiado tarde para ellos, y solo nosotros podemos enmendarlo —musitó Matilda y todos se volvieron hacia ella.

Lily sintió ganas de gritar y hacerles recuperar el sentido. ¿Qué les pasaba? ¿De qué hablaban? ¿Qué habían encontrado en San Mundo para que Scorpius se sintiera tan impotente? ¿Por qué ni él ni Matilda podían dejar atrás el pasado? ¿Era una enfermedad que solo afectaba a los Ravenclaw?

—Creo que deberías descansar —le dijo Albus a Scorpius, tirando de su amigo hacia las escaleras.

—Sí, será lo mejor —accedió James y se giró hacia Rose —¿Qué tal fue el partido?

Rose sonrió de oreja a oreja y se colgó del cuello de su primo, mientras le explicaba la jugada que les había dado la victoria. Se despidió de Lily y Matilda y la última se giró para seguir los pasos de Albus, pero Lily no pensaba quedarse así y tiró de la túnica de su prima

—Cuéntame qué ha pasado. Venga, vamos a cenar algo y me lo explicas mientras.

Bajaron a las cocinas, pues Lily quería enseñarle lo que había descubierto aquella semana en que no habían estado juntas. Habían sido unos días complicados, y ahora que todo había terminado, Lily descubría lo mucho que había echado de menos a su prima. Matilda parecía haber dejado atrás parte de la angustia con la que cargaba desde navidad, aunque en su mirada se veía el mismo halo de tristeza que había afectado a Scorpius y a James.

—Teníamos que ayudar al profesor Longbottom con sus encargos para San Mungo. Según nos explicó uno de los medimagos, el profesor cultivaba plantas con poderes medicinales ya antes de llegar a Hogwarts, y al parecer sus padres han vivido en San Mungo desde que él era muy pequeño.

Lily escuchaba en silencio. Los Longbottom eran amigos de la familia, así que habían celebrado muchos cumpleaños juntos y James, Albus y ella había jugado en el valle de Godric con sus hijos, Frank Jr. y Melinda Alice. Para ella, Neville siempre había sido esa figura amable, el mejor amigo de su madre, alguien de cuyo criterio se fiaba pero que, ahora se daba cuenta, no sabía nada. Neville y Harry eran de la misma edad así que probablemente lo que había mandado a los padres del primero a San Mungo pudo ser lo mismo que había matado a sus abuelos. La guerra. Aquella guerra de la que todos sabían tanto, pero solo se comentaba entre susurros y frases llenas de elipsis.

—El profesor nos pidió que hiciéramos compañía a los internos, que les cuidáramos. Había tanta gente… —suspiró Matilda y Lily se sintió culpable del alivio de saber que ella no tendría que ir a San Mungo —. James conocía a algunos de los pacientes. Había un mago famoso, por ejemplo, que había dado clase en Hogwarts y que tenía muchísimas brujas y algún que otro mago a su alrededor, pidiéndole fotos y firmando autógrafos, aunque el pobre no parecía recordar ni cómo se llamaba. Al menos parecía feliz.

—¿Y lo de Scorpius?

Matilda suspiró largamente antes de seguir. Habían llegado ya ante el cuadro de las frutas, pero Lily no quería abrir la puerta hasta escuchar el resto de la historia.

—Bueno, cuando llegamos a la zona donde estaban los padres de Longbottom, él nos los presentó y nos quedamos un rato con ellos. Y y al verle hablar con ellos, Scorpius… Scorpius… Fue… No sabría explicarme. Se rompió. Cayó de rodillas y empezó a llorar, a decir que ojalá pudiera borrar toda su herencia Black. Dijo que lo sentía y… Fue horrible. Ni James ni yo supimos qué hacer.

—¿Y Neville?

—El profesor le dijo que él no tenía la culpa, le dijo lo mismo que James, pero Scorpius no escuchaba. Dijo también algo de que no todos los Black fueron malvados, pero creo que Scorpius no lo oía, solo repetía perdón una y otra vez, perdón por los Longbottom, perdón por Hermione, perdón por Sirius…

Lily quiso preguntar algo más pero en ese momento el cuadro se abrió y apareció Hagrid. Miró a las dos niñas sorprendido y luego sonrió. Aquel gesto cálido golpeó suavemente el pecho de Lily, que se dio cuenta de cuánto había echado de menos al guardabosques.

—¡Me acaban de contar los elfos! —dijo Hagrid revolviéndole el pelo a Lily —Así que has ganado el duelo, ¿eh? ¡Vaya! Tenéis que contarme muchas cosas. Aún no he hablado con los demás, pero ¿qué os parece venir mañana y me contáis qué tal?

Las chicas accedieron y a la mañana siguiente, después de desayunar por si los aperitivos de Hagrid no eran del todo comestibles, acudieron a la cabaña. Mientras se acercaban, Lily vigilaba a su prima, que no había vuelto a pisar el lugar desde la visita de su hermana. El interior de la casa no ofrecía ningún cambio, a excepción de unos pimientos que Hagrid había colgado a secar cerca de la cocina. El guardabosques les sirvió el té comentando los rumores que se había encontrado en Hogwarts al volver.

—Hay quien dice que va a ser una temporada de Quidditch histórica; si ellos supieran —río con las manos en el estómago —y luego también escuché lo de tu duelo. ¡Esa es una tradición injusta! No deberían ser así las cosas actualmente. También había una historia sobre una squib que había visitado el castillo, que no creo que sea cierto, pero ha puesto muy nervioso al consejo.

—¿Por qué? —preguntó Matilda —Pensaba que los niños squib crecían oyendo hablar de Hogwarts.

—Sí, claro, porque se tarda un poco en saber si tienen magia o no —replicó Hagrid cortando con un cuchillo un trozo de bizcocho —pero ahora su lugar está entre los muggles, así que es cruel traerlos a Hogwarts.

Lily se acordó de la visita de Moira y Druella. Había sido dura para Moira, pues el castillo la había rechazado con un encantamiento ruinoso, pero a Druella la había encandilado.

—¿Y por qué el consejo está nervioso? —preguntó Matilda, que sujetaba con las dos manos la taza de té.

—Es una tontería. Son un montón de viejos asustados, ya lo eran cuando Dumbledore, pero entre los magos existe una superstición que dice que los muggles nunca se creyeron que los magos dejaron de existir, y que están ahí esperando su momento para acabar la caza de brujas. Un squib en el colegio es para ellos una prueba de que alguien nos está espiando y va a usar los secretos del castillo contra nosotros, lo que si queréis oír mi opinión es una soberana tontería. Cualquier persona que le diga a un muggle algo de Hogwarts acabará encerrado en un loquero, ya os lo digo yo. ¡Cuidado! ¿Estás bien?

Lily se sobresaltó cuando su prima dejó caer la taza de agua caliente sobre la mesa de madera. Las palabras de Hagrid parecían haberla puesto nerviosa y había movido las manos a su pelo para relajarse, derramando el té en el intento. Alargó la mano para cogerla del codo y señaló con un gesto hacia la puerta. Matilda asintió nerviosa.

Se despidieron de Hagrid y caminaron por los jardines del colegio. Los árboles estaban desnudos y la escarcha cubría la hierba verdosa. Matilda no levantaba la cabeza del suelo, y Lily maldijo en silencio a Hagrid por traer de nuevo aquellos recuerdos a su cabeza.

—¿Volviste a hablar con tu hermana?

Matilda negó, se acercó la mano a la nuca y tiró de uno de sus mechones de pelo.

—Puede que tuviera razón, y lo mejor sea mantenernos cada una en nuestro mundo, separadas… —.

Lily apenas pudo oír las últimas palabras. La tristeza de Matilda era como una descarga de polvo que te bloqueara los pulmones y te obligase a toser para respirar.

—¿Sabes lo peor? Por un momento pensé que nosotras íbamos a ser diferentes, que podríamos superar esa barrera. ¿Por qué Hugo puede utilizar conocimientos muggles para sus clases de Herbología y nosotras no podemos para mantener nuestra relación?

—Quizás podamos —respondió Lily sin pensar.

Matilda se paró de repente. En su mirada, Lily pudo distinguir estupefacción y algo de esperanza. Torció el morro y se mordisqueó el labio interior.

— Si en el colegio de Moira, hay más gente como Druella, quizás sepan de alguna forma de contrarrestar la magia. Imagínate que pudiéramos ayudar a los Longbottom, aunque solo fuera un poco. Scorpius… —se interrumpió sacudiendo la cabeza —. Mi madre dice que nada une más que un proyecto común, y es una buena causa.

Mientras lo decía, el rostro de Matilda se iluminó. Pareció como si su hermana hubiera aceptado ya. En un arrebato de energía, Matilda abrazó a Lily y salió corriendo hacia la lechucería. Lily se despidió de ella y bajó hacia la Sala Común de Slytherin, mientras le daba vueltas a cómo se lo dirían a Scorpius. Si encontraban una forma de curar a Frank y Alice Longbottom, todo el mundo se alegría. Neville podría hablar con sus padres de nuevo y Scorpius ya no tendría que cargar con ese legado familiar. Si conseguían trabajar juntas, ella, Matilda, Druella y Moira, no importarían ya las relaciones de sus padres en el pasado, porque ellas cuatro abrirían una puerta nueva en la historia de la magia.

Envuelta en la ilusión de sus fantasías, llegó a su habitación, donde los muebles habían sido devueltos a su lugar original y un sillón de cuero negro la invitaba a leer junto a la cómoda. La estantería de Cordelia descansaba ahora apoyada en la pared y ante la ausencia de ojos delatores, Lily se acercó a la zona de su compañera para examinar los frascos y botes que Nott guardaba en los estantes. Acarició los tres adornos que había allí: una caja de música en cuya pista pequeños fantasmas se movían al ritmo de una melodía que Lily no reconoció; un joyero de madera y cristal decorado con arabescos y una escultura de mármol donde el artista había tallado un carro cuyas ruedas parecían dos discos solares.

Cuando sus dedos tocaron la estatuilla, sintió que le caía una descarga. Sus sentidos se entumecieron y durante unos instantes solo pudo verse a sí misma cayendo desde lo alto, tratando de asirse a algo, sus manos resbalando, y unos dedos agarrándola, sosteniéndola y gritando su nombre en una voz que Lily reconoció como la de Cordelia. Un instante después, el carro era solo una pieza de mármol inofensiva. Miró la figura y esperando una respuesta que sospechaba que no vendría. ¿Qué había sido eso? ¿Por qué Cordelia y ella estaban juntas? ¿Y por qué ella la ayudaba? Había visto el carro antes, en una de las cartas de la profesora Trenawley. ¿Podía ser que el destino de Cordelia estuviera relacionado con el suyo? ¿Que ella también formara parte de la profecía? Pero su varita no era de unicornio… Quizás no tenía nada que ver y le estaba dando vueltas a algo sin sentido. Quizás debía olvidar todo, disfrutar de su victoria, vivir en paz entre las serpientes… Pero el instinto le decía que no, que cogiera aquella figura y bajara a la enfermería.

Cuando llegó allí, Cordelia estaba sola, medio dormida. Hizo un mohín al verla aparecer sujetando el carro pero la modorra de la medicina le impidió moverse o decir algo. Giró levemente el cuello para evitar la mirada de Lily, pero esta no se amedrentó. Dejó la escultura en la mesilla y se sentó en la cama de al lado.

—Siento… —señaló el cuerpo de Cordelia —haberte hecho daño. Siento esto y lo de Druella. Nunca quise espiarte o ponerte en ridículo. No me importa que tu prima sea una squib, pero es amiga de mi prima y por una amiga… —Se pasó la mano por la cara, mientras buscaba las palabras para ir al grano —. Se supone que los Slytherin conocen el valor de los verdaderos amigos. Scorpius y Richard y hasta ese condenado carro creen que deberíamos ser amigas, así que —suspiró y extendió el brazo, pero Cordelia no se volvió.

Lily esperó hasta que la vergüenza le pellizcó junto al codo y bajó la mano. Salió de la enfermería, rememorando el último asalto del duelo con rabia y orgullo en el corazón.


Por cierto, no sé si os habéis fijado, pero después de darle muchas vueltas, he optado por cambiar el título ponerle el que quería en un primer momento pero que, por razones obvias, no me atrevía. Pero la verdad es que a mí el libro de la obra de teatro El legado maldito no me gustó, no me gustó en nada excepto en el Scorpius/Albus, así que en parte quería hacer mi propia continuación con mi headcanon.

Pero es que esta historia va de eso, va del peso que arrastran estos chicos. No solo Scorpius y Matilda por lo que hicieron sus padres, sino los recuerdos que tiene Rose de su infancia de haber visto a su madre (Hermione) sufrir con las pesadillas de lo que tuvo que pasar en Malfoy Mannor; y de que esa tendencia de los magos a creerse superiores, no solo a los muggles, sino también a los squib, a los elfos domésticos, a todos, viene de lejos, viene de antes de Voldemort, y es algo contra lo que van a tener que luchar Lily y los demás si quieren un mundo mejor que los acepte a todos.