Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es tufano79, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is tufano79, I'm just translating her amazing words.
Thank you tufano79 for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo Trece: Bean y Lenguas
BPOV
Ver a Edward con ese pequeño Jared hizo que me explotaran los ovarios. Era tan dulce con él y había mucho amor radiando de mi novio. Pude notar que le importaba lo que sucediera con Jared y sí, eso me hizo desearlo más. O sea, me hizo querer arrancarle la ropa del cuerpo y montarlo sobre el jodido hielo.
Sí, haz bebés con el caliente y sexy británico. Harían niños absolutamente hermosos. Vamos, ratoncita.
Deténganse. Hace frío y no quiero que la primera vez que le haga el amor a mi novio sea sobre el hielo. Eso apestaría.
Oh, detalles mínimos.
Después de nuestra cita por diversión, Edward y yo nos esforzamos muchísimo durante la siguiente semana para nuestra exhibición en Chicago. Edward preguntó si podía bloquear algo de su tiempo para trabajar con Jared. Edward habló con la mamá de Jared y establecieron un horario tentativo los martes en las mañanas antes de que Jared entrara a la escuela. Cuando comenzara en la escuela, esos ensayos sucederían los sábados en la mañana cuando nosotros no estuviéramos compitiendo ni en exhibiciones. Acomodamos nuestro horario de entrenamiento en base a eso para que Edward pudiera hacer una diferencia en la vida de un niño.
Va a ser un muy buen papá… para NUESTROS bebés. Ten sexo. Ten sexo. Ten sexo. *Agita pompones y hace un baile de porrista*
No necesitamos bebés, muchachas. Simplemente no.
—¿Bella? Deja de moverte —me regañó Alice—. No quiero pincharte con un alfiler y que termines sangrando sobre este hermoso vestido.
—Lo siento —murmuré—. Me siento nerviosa.
—¿Por qué? ¿Estás soñando despierta con tu chico? —Alice guiñó.
—Cállate —dije, rodando los ojos—. Este vestido es muy atrevido, Alice.
—Es para tu rutina Avatar —dijo Alice—. Y no es atrevido. Si quisiera hacerlo atrevido, te pondría un corsé y una falda. Deja de moverte y déjame terminar de ponerte los alfileres. —Suspiré y dejé que Alice terminara su trabajo. El vestido era diferente. Era de un profundo color turquesa con una franja de pedrería a lo largo del vientre y con unos deslumbrantes tirantes en la espalda. Edward usaba una camisa del mismo color con botones de lentejuela y un diseño en pedrería similar sobre su pecho. Sus pantalones eran de color negro y ajustados, abrazaban sus fuertes piernas. Me removí, mordiéndome el labio.
—¡Carajo! ¡Alice! —grité.
—Te moviste, tonta —dijo mientras intentaba alejar frenéticamente la tela de mi piel que ahora sangraba—. Deja de tener sueños eróticos y sexuales sobre tu caliente novio.
—Ugh, bien —gruñí.
Sabes que eso no será posible, chica. Sueña todo lo que gustes. Sobre lo sensual que es con su cara enterrada entre tus piernas.
Necesitaba una ducha fría. Justo ahora. ¿Su cara enterrada entre mis piernas?
Sí… usando la lengua para besar tus OTROS labios, querida.
Oh.
Alice terminó de poner los alfileres y ajustar mi vestido en su tienda. Me dijo que me fuera, proclamando que necesitaba trabajar. Rodando los ojos, salí de su tienda y manejé de regresó al apartamento con mis accesorios que iban con el vestido en el que Alice había estado trabajando hoy. Nos iríamos a Chicago mañana para una exhibición en una fundación de niños. Un genio de la tecnología había empezado una fundación para niños que eran molestados y atormentados. Patinaríamos para una recaudación de fondos de su fundación. Su esposa, que resultó compartir mi nombre, contactó a Carlisle para preguntarle si podíamos aparecer. Aceptamos con gusto.
Todavía necesitaba empacar para los cuatro días en Chicago. Volaríamos mañana, pasaríamos algo de tiempo en la ciudad haciendo cosas de turistas al día siguiente, actuaríamos un día después y regresaríamos a casa en el cuarto día. Éramos una de las tres parejas patinando para esta exhibición. Originalmente serían cuatro, pero James y Victoria tuvieron que cancelar debido a los problemas legales de él. Al final, las parejas que patinaríamos seríamos Edward y yo, Jessica y Mike, y una pareja internacional de Egipto, Tia y Benjamin Amun. También habría algunos patinadores individuales de todas partes del mundo. Algunos profesionales retirados y campeones junior. Sería toda una mezcla de actuaciones.
Patinaríamos con nuestra rutina Fever y la nueva rutina Avatar. Lo bueno de esta exhibición era que no había un número grupal. Mi mente estaba aturdida con todas las nuevas coreografías que habíamos aprendido en las últimas semanas. Edward tuvo que escribir literalmente cada movimiento en una hoja de papel para memorizar la coreografía. Se veía tan lindo sentado en su cama, haciéndose preguntas a sí mismo.
Terminé de empacar mis maletas y las llevé a la entrada de mi apartamento. Nos iríamos un día antes que el resto de nuestro loco grupo. Edward estaba determinado en conseguirnos boletos para el juego de los Cachorros y Mariners en Wrigley Field mientras estuviéramos allá. Por gracia de Dios, Edward nos consiguió boletos en el palco. Creo que tuvo que vender un riñón, pero consiguió los malditos boletos.
—¿Bell? —me llamó Edward.
—En el baño —respondí. Estaba guardando las cosas de higiene en mi neceser. Edward entró saltando al baño y me rodeó la cintura con sus brazos—. Estás muy animado.
—Hoy tuve un buen entrenamiento con Jared. —Edward sonrió—. Está avanzando muy bien. Ya dominó el giro two fit y pudo hacer un salto waltz. Sin embargo, estoy pensando en cambiarle los patines. Los rentados no son suficientes. Hablé con su mamá y dije que se los compraría, pero Jared tendría que trabajar para pagar la mitad del costo. Va a ayudar en la pista, me ayudará a mí o a ti, ese tipo de cosas. También se preguntó si ibas a ir a ver sus lecciones.
—Iré la próxima semana —dije al girarme para quedar de frente a él—. ¿Qué hiciste después de tu práctica con Jared?
—Hice algunos arreglos para nuestra cita por diversión que tengo planeada para Chicago —sonrió. Me besó suavemente—. Hmm, otro.
Acepté gustosamente otro suave y perfecto beso de mi novio. Se apartó, su mirada verde estaba brillando.
—¿Me vas a decir cuáles son esos arreglos para nuestra cita por diversión?
—Pues ya sabes sobre el juego de béisbol. Tengo planeadas unas cuantas cosas más después del juego. Pero tendremos que cambiarnos antes de hacerlas. Eso es todo lo que te diré, Swan —dijo Edward, apretando ligeramente mi cadera. Rodé los ojos y subí a su apartamento después de empacar mis productos de higiene. En su apartamento cenamos en silencio la comida que preparamos juntos. Luego nos acurrucamos en el sofá para ver un poco de televisión.
Nos fuimos a la cama temprano. Más bien, nos besamos y nos enrollamos en su cama. Definitivamente nos estábamos sintiendo cada vez más cómodos el uno con el otro. Bueno, yo me sentía cada vez más cómoda con él haciéndome cosas. Esta noche Edward pasó la tarde dándome un masaje de espalda. Estaba acostada sobre mi estómago sin blusa. Sus manos se deslizaron sobre mi espalda y frotaron mis cicatrices. Dejó suaves besos en cada una de ellas, disculpándose por el dolor que tuve que soportar. Otra vez me prometió que nada malo me pasaría mientras estuviéramos juntos.
Nunca me había sentido más amada. Las lágrimas se derramaron sobre mis mejillas y enterré la cara en su almohada. Edward me tomó en sus brazos y se disculpó por hacerme llorar. Le dije que eran lágrimas de felicidad, aun así me sostuvo contra su pecho mientras yo sollozaba. Tarareó en voz baja hasta que me quedé dormida esa noche, envuelta en su fuerte y estable abrazo.
La mañana siguiente nos despertamos temprano. Rentamos una limusina para llevarnos al aeropuerto. Nos registramos con la aerolínea y nos acomodamos en el área de espera de primera clase. Apoyé la cabeza en el hombro de Edward mientras leía y Edward dormitó escuchando su iPod. Eventualmente llamaron nuestro vuelo y subimos al avión. Después de despegar, recosté la cabeza en el regazo de Edward y dormí durante todo el viaje. Edward estuvo peinando ligeramente mi cabello durante todo el tiempo.
Cuatro horas y media después, aterrizamos en el Aeropuerto O'Hare. La fundación nos había registrado en el Fairmont Millennium Park en Chicago y nos envió una limusina. Viajamos en la limusina y llegamos al hotel. Era elegante, ostentoso y absolutamente precioso. Nos registramos, y el botones nos llevó a nuestra habitación. Era una habitación de las más grandes, pero no una suite. Edward le dio propina al botones y él rápidamente nos dejó por nuestra cuenta.
—Sigue siendo muy temprano, amor. ¿Quieres pasear por Millennium Park y comprar algo de comer? —me preguntó Edward.
—Suena bien. Estoy cansada de estar tanto tiempo sentada —sonreí—. Déjame ponerme ropa más apropiada. Hace calor.
—Es muy diferente a Seattle, eso es seguro. —Edward se rio—. Ve a cambiarte, hermosa.
Asentí y agarré mi ropa nueva, un par de shorts a cuadros rosas y una blusa a juego. Edward estaba buscando algo en su maleta. Se rio cuando encontró lo que estaba buscando. Se quitó su camiseta de manga larga y se enderezó con una sonrisa muy alegre en el rostro. Me comí descaradamente con la mirada a mi novio, se me hizo agua la boca al ver su cuerpo perfecto. Su torso era delgado y fuerte. Su tatuaje resplandecía orgullosamente sobre su piel. Los tendones de sus músculos se ondulaban bajo su pálida piel cuando se pasó la camiseta sobre el cuerpo. Edward se giró hacia mí después de cambiarse. Resoplé.
—¿Un experto en diversión*?
—Se filmó en Chicago, sabías —dijo Edward, alzando una ceja—. Era de mi padre. La compró cuando estaba en la universidad.
—Qué lindo, Edward —dije al meterme al baño. Me cambié de ropa y regresé a la habitación de hotel. Edward se había quitado los jeans y estaba usando un par de shorts grises junto con su camiseta negra de "Un experto". Se estaba poniendo un par de Converse cuando salí—. ¿Lista?
Los ojos verde salvia de Edward se le salieron de las cuencas cuando vio mi ropa. No era para nada sexy, pero era más piel de la que él había visto fuera de nuestro tiempo en la habitación.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Te ves tan adorable, Bell —dijo al danzar hacia mí, tomándome en sus brazos—. Eres tan hermosa. —Sus suaves labios acariciaron los míos. Gemí en voz baja y enredé mis manos en su cabello. Su lengua se deslizó dentro de mi boca. Edward nos guio gentilmente hacia la cama y caí sobre el suave colchón king-size. Envolví la cintura de Edward con mis piernas mientras nos besábamos. La situación se estaba calentando cuando él subió su mano desde mis costillas hasta mi pecho. Arqueé la espalda, empujando mi pecho en su mano. Se apartó y apoyó su frente en la mía—. Por muy tentador que sea, estoy hambriento. Amaría devorarte, pero no soy un vampiro.
—La marca que dejaste en mi cuello hace una semana dice lo contrario —me reí.
—Sí, lo siento por eso. Es que hueles tan bien ahí y tu piel es tan suave, necesitaba besarte —murmuró Edward mientras movía sus labios de regreso al suave lugar detrás de mi oreja. Me besó y mordió ligeramente—. Eres tan jodidamente perfecta, Bell.
—Ungh —gemí. Embestí mis caderas contra su creciente erección. Soltó un gemido ahogado y se apartó—. ¿Por qué?
—Si seguimos así, nunca saldremos de esta habitación de hotel y, sí… tu virginidad ya no existiría —dijo con pena.
No nos molestaría. Queremos conocer bien la hermosura que es su polla, señor Cullen.
Chicas… no me tienten.
Apestas, Swan.
Edward se levantó de la cama y se ajustó sutilmente el bulto en sus shorts. Me ayudó a levantarme de la cama, dándome un casto beso en los labios antes de bajar a recepción. Salimos al agobiante calor de Chicago. Era jodidamente sofocante. Sentía que estaba obteniendo agua con tan solo respirarlo por la humedad en el aire. Me trencé el cabello al caminar por la calle. Edward, bendito sea, cargó mi bolso mientras yo atendía el desastre de rizos que había en mi cabeza.
Paseamos por Millennium Park, tomando fotos y tomados de la mano. La foto más tonta que Edward tomó fue de nosotros en El Bean. La tomó desde el reflejo de la enorme escultura. Caminamos tomados de la mano entre el hermoso jardín hacia Park Grill. Nos sentamos y pedimos comida. Edward se terminó su enorme hamburguesa Kobe con carne de res mientras que yo pedí una ensalada de carne. Mientras comíamos, Edward me contó que en el Pabellón Kay Pritzker la Orquesta Sinfónica de Chicago ofrecería un concierto gratis de la Cuarta Sinfonía de Brahms. Me preguntó si quería ir. Nunca fui fan de Brahms, pero obviamente me interesaba estar con Edward y escuchar música romántica.
Terminamos nuestra comida, y Edward insistió en pagar. Era muy anticuado en eso de nunca dejarme pagar por nada. Me volvía loca. Tenía tanto dinero como él y no quería parecer que dependía de él. Edward dijo que le encantaba cuidarme. Que no se trataba de mí dependiendo de él. Era más que nada sobre su necesidad de cuidarme y amarme. Cuando lo dijo así me puse de un brillante color rojo y quise montarlo sobre la mesa del restaurante.
¿Y qué te detiene, amiga?
La posibilidad de ser arrestada por indecencia pública y comportamiento libidinoso…
¿Y eso qué?
Ugh, no va a pasar, chicas.
Después de nuestra comida, Edward y yo fuimos a comprar una manta para escuchar la sinfónica. Elegí una de una tienda departamental que estaba cerca, pagándola antes de que Edward tuviera la oportunidad de sacar su elegante tarjeta negra de platino. Con nuestra manta, caminamos de regreso al pabellón y nos acomodamos detrás de las bancas. Edward se sentó, jalándome entre sus piernas. Nos sentamos en silencio hasta que la música comenzó a ondular entre el cálido aire de la Ciudad del Viento. Edward pasó ligeramente los dedos sobre mis brazos, tarareando junto con la melodía de la sinfonía. De vez en cuando me besaba el cuello y me daba un cálido abrazo.
Cuando íbamos a mitad de la sinfonía sentí una vibración sobre mi culo. Edward gruñó y sacó su celular, que tenía en el bolsillo. Miró el identificador de llamadas y un ceño muy pronunciado apareció en su apuesta cara.
—¿Edward? ¿Quién es?
—Nadie de importancia —dijo, dejando un beso en mi nariz. Apagó su teléfono y se lo metió de nuevo en el bolsillo. Alcé una ceja—. Te lo prometo, amor. Disfrutemos el resto de la sinfonía antes de regresar al hotel. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondí, apoyándome de nuevo en sus brazos. El resto de la sinfonía sucedió sin incidentes. Bueno, al menos para nosotros. Un hombre a nuestro lado fue arrestado por emborracharse en público. Se quejó y gimió cuando la policía de Chicago se lo llevó. Poco después de eso, el concierto terminó y juntamos nuestras pertenencias. Regresamos al hotel. Edward dijo que tomaría una ducha porque se sentía sucio.
Me mordí el labio cuando se metió al baño. Mi teléfono sonó dentro de mi bolso. Tenía un mensaje de Rose.
Dos palabras… una mamada – Rose
Alice me obligó a hacerlo. Solo digo – Rose
¡Hazlo! – Alice
—¿Puedo hacerlo? —susurré.
¡Sí! – Alice
Me mordí el labio y me llevé el celular al pecho. En un momento de relajación, conecté el celular al cargador. El agua comenzó a caer y escuché correrse la cortina de la ducha. Exhalé un aliento y me escabullí al baño. Me quité la ropa, añadiéndola a la pila de ropa de Edward. Respiré para calmarme y me metí a la ducha detrás de mi novio. Rodeé su cintura con mis brazos.
—¡Santa mierda! —gritó al voltearse. Me miró—. Me asustaste, amor.
—Hola —dije, un sonrojo cubrió mis mejillas. Me pegó a su cuerpo y me besó suavemente—. También me sentía pegajosa. Así que, ¿por qué no compartimos la ducha?
—Me encanta la forma en que piensas, hermosa —dijo, bajando sus labios a mi cuello. Tiró de mi liga, liberando mi trenza de su prisión. Nos giró en la ducha para poder mojarme el cabello. Con un toque suave y gentil, me lavó el cabello. Los dedos de Edward masajeaban mi cuero cabelludo. Sus labios masajeaban los míos. Podía sentirme cada vez más excitada y consciente de él conforme seguíamos. Cuando fue el turno de lavarle el cabello, empujé gentilmente a Edward para que se sentara en la banca de la ducha. Era demasiado alto para que yo pudiera alcanzar su cabello. Se rio entre dientes cuando tallé sus suaves mechones color bronce. Sus labios se movieron a mis pechos y los chupó mientras le lavaba el cabello. Con cada mordida, caricia y apretón, lo deseaba más.
Edward se paró de golpe y agachó la cabeza bajo el chorro de agua caliente. Cuando la espuma se fue de su cabello, cerró el agua y me envolvió en una toalla. Se puso una toalla en la cintura y salió de la regadera. Me cargó en sus brazos.
—¿Sabes lo increíblemente sexy que eres, Isabella? —gruñó.
Fingí inocencia.
—No. —Agité las pestañas para darle más efecto. Me cargó a la cama y me acostó en el suave colchón. Subió gateando por mi cuerpo, quedándose suspendido sobre mí con una mirada salvaje en los ojos. Le sonreí seductoramente al verlo. Empujé su hombro y cayó de costado. Le quité la toalla y miré su perfecta excitación—. Quiero intentar algo, Edward.
—Um —dijo inteligentemente.
Sonreí y agarré su excitación, masturbando gentilmente su longitud.
—Siempre se trata de mí, Edward. Quiero hacerte sentir bien. ¿Por favor?
Asintió y acarició mi mejilla con suavidad. Me moví para quedar frente a frente con la polla de Edward. Me mordí el labio mientras mi mano subía y bajaba por su erección. Me incliné y dejé un beso en la cabeza de su pene.
—Bella —gimió—. No tienes que hacerlo, amor.
—Quiero hacerlo —susurré. Tracé una vena larga sobre la base de su excitación. Se estremeció cuando lo hice. Sonreí por eso. Lo hice estremecerse. Agaché la cabeza y tracé la misma vena con mi lengua. El estremecimiento de Edward fue más pronunciado y se mezcló con un gemido ahogado.
Me eché tras los hombros el cabello húmedo y envolví mis labios alrededor de la cabeza de su erección. Alcé la vista hacia él. Los ojos de Edward estaban oscuros a causa del deseo y su respiración salía en jadeos irregulares. Los músculos de su pecho y abdominales estaban tensándose. Era la cosa más erótica que había visto en mi vida. Aunque en realidad yo era muy inocente y no había visto mucho.
Bajé más mi boca por su polla hasta que ya no pude meter más. Envolví mis manos en la parte de su erección que ya no pude alcanzar y lo masturbé mientras chupaba su polla. Las caderas de Edward se movían con mis movimientos. Su cara estaba roja. Tenía la boca abierta mientras yo lamía su excitación. Lo empujé hasta el límite. La punta golpeó mi garganta y giré mi mano en la basé. Ahuequé mis mejillas y me aparté. Giré la lengua sobre la punta. Edward se estaba retorciendo y removiéndose sobre la cama.
—¿Se siente bien, guapo? —ronroneé.
—No te detengas, Bella —graznó. Me acarició la mejilla cuando volví a tomar su polla con mi boca. Moví la cabeza más rápido sobre su polla, aumentando la tensión en él. Me estaba viendo con mucha atención. Alcé una ceja y arrastré mis dientes por la parte inferior de su erección. Puso los ojos en blanco al temblar a causa del placer.
Sí, yo hice eso. ¡QUÉ BIEEEEEEEEEN!
—Bella —susurró—. Estoy tan cerca, hermosa.
Sonreí alrededor de su polla y seguí bombeando la cabeza. Sabía que estaba cerca, sentí su polla moverse en mi boca. Sus abdominales estaban tensos y sus piernas estaban inquietas sobre la cama. Edward tiró gentilmente de mi cabello, indicándome que estaba a punto de correrse. Quería probarlo. Su esencia. Mantuve mi boca en su excitación. Edward dejó caer la cabeza y arqueó la espalda. Su polla me golpeó la garganta cuando su cálido líquido me llenó la boca. Sabía ácido, almizclado y completamente Edward. Me tragué todo lo que tenía para ofrecerme. Liberé su polla y me acurruqué a su lado.
—Y dime, ¿se sintió bien, Edward?
—Uh huh —me dijo, sonriéndome perezosamente—. La mejor mamada de todas.
—¿En serio?
—Eres la primera chica que se lo traga —dijo al besar mis labios, metiendo su lengua en mi boca. Me sorprendí por eso. Acababa de tragarme su corrida. ¿No era asqueroso? Al parecer no, ya que Edward profundizó el beso y me quitó la toalla.
Me aparté.
—Oh, no, vaquero. Esta noche se trató todo sobre ti —dije al rodearme el cuerpo con la toalla. Agarré la camiseta de Un experto de Edward y me la pasé sobre el cuerpo. Busqué en su maleta y le aventé un bóxer. Entrecerró los ojos al subírselo por las piernas.
—Pretendo corresponder por completo, Isabella —dijo con una sonrisa sardónica. Le sonreí con dulzura cuando agarré mi cepillo para peinarme la maraña que tenía en el pelo. Me senté en la cama, cepillándome el cabello antes de meterme entre las sábanas. Edward me abrazó cuando puse la cabeza en su pecho—. Te amo, Bell.
—También te amo, Edward —dije, besando su pecho.
xx FO xx
La mañana siguiente llegó temprano. Nos despertamos y usamos el gimnasio del hotel. Edward estaba actuando muy cariñoso esta mañana. Obviamente quería regresar el favor de anoche. Sonreí con suficiencia mientras realizaba mi rutina de entrenamiento en shorts cortos y un sostén de deporte. Una terrible hora y media más tarde, Edward y yo regresamos a la habitación. Me metí al baño, poniéndole seguro a la puerta. Edward gimió cuando me reí de su "dolor". Me bañé rápidamente y me puse una de las batas del baño.
Abrí la puerta para encontrar a un Edward muy sexy, sudado y excitado parado ahí a un lado.
—Todo tuyo —dije, besándole la mejilla.
—¡Eres mala! —gritó al cerrar la puerta.
—Me amas —grité a través de la puerta.
—Supongo que sí —se rio. Rodé los ojos a la puerta y me puse mi ropa. Me puse un par de shorts de mezclilla, una camiseta de los Mariners de Seattle y un par de tenis blancos. Me até el cabello en un chongo flojo y me puse un par de aretes en forma de aro color plateado. Edward salió y se puso su ropa interior, unos shorts kaki y una camiseta gris con el logo de los Cachorros en ella—. Eres muy cruel, Isabella. ¿Sabes qué hice en la ducha?
—¿Reflexionaste sobre la deuda nacional? —me reí mientras me untaba bloqueador solar.
—Qué graciosa —dijo secamente—. Tuve que encargarme de mi problema que tú alentaste en el gimnasio, mujer.
—Aw, pobre bebé. El pequeño Eddie recibió un poco de amor propio —resoplé—. ¿Te corriste?
Edward me cargó y se dejó caer en la cama. Empujó sus caderas contra las mías. Seguía excitado.
—¿Eso responde tu pregunta, Isabella? —gruñó al morder mi cuello.
—Hmmm —dije, derritiéndome contra su pecho duro. Edward tomó mi pierna y la subió por su cadera. Embistió en mi centro con su polla dura como roca.
—Eres muy tentadora, Bell —ronroneó sobre mi piel—. Te deseo. Muchísimo.
—Cosas buenas llegan a aquellos que esperan —dije. Se apartó y me miró a los ojos—. También te deseo, Edward.
—¿Cuánto más tengo que esperar, hermosa? —preguntó, su voz de seda adoptó un ligero tono quejumbroso.
—Mi cumpleaños —murmuré—. En un mes. Quiero que me hagas el amor en mi cumpleaños. Quiero que seas mi primero. —Mi único…
—Será un honor —dijo Edward con reverencia, besando suavemente mis labios. Su bolsillo vibró. Se apartó y se enderezó, sacándose el celular del bolsillo. El ceño fruncido de anoche regresó.
—¿Quién es, Edward? —pregunté.
—Kate —espetó—. Me ha estado llamando. Constantemente.
—Contesta. Averigua qué quiere —dije.
—Lo pondré en altavoz. Me gustaría tener un testigo de su locura. —Edward suspiró. Se sentó y contestó el teléfono—. ¿Hola? —preguntó gélidamente.
—Edward, tengo mucho tiempo intentando ponerme en contacto contigo —dijo seductoramente—. ¿Cuándo volverás a casa?
—No volveré, Kate —dijo—. Ahora mi casa está en Seattle.
—Creí que era algo temporal —dijo—. Tanya se registró en rehabilitación y la fundación de patinaje está dispuesta a permitirle competir. Necesita un compañero.
—Yo ya tengo una compañera —dijo Edward cortantemente.
—¿La ratoncita? Dios, vi tu actuación en Las Vegas. Ella es muy simple, ¿no? —Kate se rio. Me acurruqué y sentí las lágrimas caer por mis mejillas.
—Estás hablando de mi novia, Katherine —gruñó Edward.
—¿Tu novia? ¿En serio? Bajaste de categoría, amante —espetó con amargura—. No tiene caderas, ni tetas y su cabello es del color de la mierda de perro.
—Voy a colgar, Katherine. No menosprecies al amor de mi vida de esa forma —dijo Edward, moviendo la mano al teléfono.
—¡Espera! Lo siento —dijo suavemente—. Hay una razón por la que te estoy llamando, Edward.
—¿Por qué? Tengo lugares donde estar, personas que ver, una novia a quien amar —dijo Edward con tono aburrido.
—Estoy embarazada —dijo rápidamente.
—¿Y crees que es mío? —rugió Edward—. Kate, solo UNA vez he estado contigo sin condón. Hace un año. Habla con Garrett. Probablemente él es el papá de tu bebé.
—Pero…
—No soy el papá de tu bebé. Tuvimos cuidado y la última vez que te vi estabas en mi cama siendo follada por mi mejor amigo. Así que déjame en paz —espetó Edward al colgar la llamada. Se pellizcó la nariz con una mano y se pasó la otra por el cabello mojado—. Zorra malvada. —Se giró y me miró, notando las manchas de lágrimas en mis mejillas—. Bell, lamento mucho lo que dijo de ti. Eres la mujer más hermosa del mundo para mí. No podría imaginar una mujer más perfecta que tú.
—No lo soy —susurré—. Ella tiene razón. No tengo caderas, mis pechos son del tamaño de dos picaduras de insecto y mi cabello es color mierda.
Edward me jaló a su regazo y me obligó a mirar sus tristes ojos color esmeralda.
—Kate es una mujer odiosa y rencorosa que usa las palabras para obtener lo que quiere. Tú no eres ninguna de esas cosas. Eres la persona más importante de mi vida, Bella. No puedo perderte. Si te pierdo, no sé qué haría. Eres mi todo. Ignórala. No vale la pena. Por favor, amor.
—Pero, ¿y el bebé? —murmuré.
—Me escuchaste. Solo una vez estuve con Kate sin condón. No le gustó lo que vino después —dijo, arrugando la nariz—. Garrett es el papá del bebé, si es que de verdad está embarazada. Creo que está intentando toda clase de trucos para intentar recuperarme. Pero no lo logrará. No me recuperará, a eso me refiero. Bella, te amo. Lo que sentía por Kate es NADA comparado con lo que siento por ti. Estás atrapada conmigo. Para siempre, amor.
Me jaló a su pecho y me abrazó con fuerza. Le rodeé el cuello con los brazos, enterrando la nariz en su cabello. Nos quedamos sentados así por una inmensurable cantidad de tiempo, intentando calmarnos. Edward se apartó y acunó mi cara, sosteniéndome como si fuera la cosa más preciosa del mundo.
—Te amo, Bella. Siempre serás solo tú. No Kate. Tú eres mi alma gemela.
—También te amo, Edward. Lamento haber dudado de ti —murmuré al apoyar mi frente en la suya.
—Vamos, hermosa. Llegaremos tarde al juego de béisbol —dijo al pararse, sosteniéndome contra su cuerpo. Envolví su cintura con mis piernas—. Necesitamos divertirnos después de todo este drama. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dije, besándole la nariz. Me apretó el culo antes de ponerme sobre mis pies. Agarró su cartera y bajamos a recepción. Yo había dejado mi tarjeta de crédito e identificación en su cartera para no tener que llevar una bolsa. Nos subimos a un taxi y fuimos a Wrigleyville. Subimos al palco y esperamos a que el juego comenzara. Edward nos ordenó unas cervezas. Me senté, mirando cómo se desarrollaba el juego. Los Cachorros fueron aplastados por los Mariners, pero la experiencia en el palco fue muy divertida. Hicimos amigos nuevos. Ambos estábamos ya un poco borrachos cuando el juego terminó. El drama de la mañana se había quedado en el fondo de nuestras mentes.
Después del juego, volvimos al hotel. Edward apoyó su cabeza en mi regazo y se quedó dormido en el taxi. Sus suaves ronquidos llenaban el asiento trasero. Peiné gentilmente su cabello húmedo a causa del sudor mientras dormía en mi regazo. Llegamos al hotel. Le pagué al taxista y desperté a Edward. Él se sentó con ojos lagañosos. Entramos al hotel y tomamos una siesta, durmiendo para quitarnos la bruma inducida por el alcohol.
Nos despertamos de nuestra siesta. Edward me dijo que me pusiera algo un poco más formal. Saqué el único vestido que traje y me bañé, quitándome el sudor y la suciedad del día. Me ricé el cabello y me maquillé ligeramente. Me puse la ropa interior, un conjunto de un profundo color morado con un moño rojo en el escote. Me pasé el vestido sobre el cuerpo. Era un vestido estilo jersey sin mangas con un diseño de cachemira. Me puse la joyería, un par de aretes de oro, un collar y un brazalete dorado antes de salir del baño. Edward me besó el cuello y se bañó. Estaba viendo televisión cuando Edward salió usando pantalones kaki, una camiseta negra con cuello V y una camisa de vestir negra por encima. Se estaba rociando un poco de colonia sobre la piel al salir del vaporoso baño. Se veía exquisito con esa ropa y olía incluso mejor.
—Estás babeando, Bell —se burló.
—No es cierto —lo regañé.
Sí. Sí lo estabas.
¡Ugh!
—¿Cómo puedo evitarlo si mi novio es un dios griego? —dije con sarcasmo.
—Claro, Bella. Más bien un dios friki —resopló.
—Como digas, Adonis —dije, rodando los ojos—. Eres guapísimo y lo sabes.
Se acercó a mí y tomó mi cara en sus manos.
—Igual que tú, Bella —dijo, besando mis labios—. Mi Bella. —Profundizó el beso y apretó sus brazos alrededor de mi cintura—. Mi hermosa Bella. Te amo.
—Te amo, Edward —dije, abrazándolo fuertemente—. Así que, ¿a dónde me vas a llevar?
—Ya verás —dijo, besándome dulcemente—. Vamos. Tendremos una limusina para nosotros.
—¿Fue plan tuyo? —pregunté, alzando una ceja.
—Síp. Algo especial para mi amor —dijo al entregarme mi bolso. Bajamos en el elevador y nos saludó un hombre alto en traje negro—. ¿Felix?
—Sí, señor. Soy Felix. Ustedes deben ser Isabella y Edward. Por este lado —dijo galantemente. Nos llevó a una enorme limusina estilo Hummer. Edward me alzó para subirme al enorme auto y habló en voz baja con Felix.
Felix medía fácilmente un metro noventa, tenía cabello corto color negro, ojos verdes y piel morena. Su sonrisa era genuina y tenía cierto aire gentil en él. Me recordaba un poco a Emmett, pero una versión más pulcra de Emmett. Quítale las bromas sobre pedos, los comentarios inapropiados y las insinuaciones sexuales, y tendrías a Felix.
Edward se metió al carro y pasó su brazo alrededor de mi cintura.
—¿Estás lista, mi amor? —preguntó, su acento más marcado que nunca.
—Sí —dije, apoyando la cabeza en su hombro. La limusina avanzó y aceleramos para alejarnos del hotel. Edward entrelazó sus dedos con los míos mientras permanecíamos sentados en silencio en la parte trasera. Eventualmente llegamos a un bar. Edward se animó y se bajó de un salto del carro. Me ayudó a bajarme de la enorme limusina—. ¿El Bar del Piano Pelirrojo?
—Encaja, ¿sabes? —se burló al pasarse la mano por su cabello rojizo—. Dijiste que querías que tocara para ti. Organicé un poco de tiempo en el escenario principal del bar para cumplir tu solicitud, amor.
—¿Vas a tocar para mí? —chillé.
—Síp. —Edward sonrió. Tiró de mi mano y me guio hacia el pequeño bar. Nos sentamos y pedimos bebidas. El camarero nos sonrió—. Hola, soy Edward Masen y voy a tocar a las nueve.
—Oh, genial. Soy John y soy el dueño de este lugar. ¿Necesitas un micrófono o algo más? —preguntó.
—Nop. Solo un piano. No quiero exponer a esta pobre gente a mi horrible voz cantando. —Edward se rio entre dientes.
—Edward, tienes una encantadora voz —dije, poniendo mi mano en su brazo.
—Eh. —Edward se encogió de hombros—. Nada de micrófonos, John.
—Entendido. —John guiñó—. Disfruta del espectáculo hasta tu turno de tocar, hombre. ¡Y qué buen acento!
—Gracias. —Edward se sonrojó.
—¿Londres? —preguntó John.
—Síp. De un suburbio a las afueras de Londres —explicó Edward—. ¿Has ido?
—Sí. Fui con mi banda por un tour en diferentes bares antes de separarnos. Todos se volvieron personas responsables y se casaron. Yo quería hacer más cosas con la música, así que abrí este lugar —explicó John.
—¿Sigues tocando? —pregunté.
—De vez en cuando —dijo John—. No tanto como me gustaría. Pero a veces saco mi guitarra e improviso un poco.
—Deberías tocar esta noche —sugirió Edward.
—Nah. No tengo mi guitarra aquí —dijo John—. Disfruten sus tragos. —John se fue al otro lado de la barra y le sirvió a un par de universitarios.
—¿Puedes tocar algún otro instrumento aparte del piano? —pregunté a Edward.
—Guitarra, bajo, un poco de violín y, no te rías, la tuba —se rio entre dientes.
—¿La tuba?
—Sentía curiosidad. Así que mi mamá me complació y me metió a lecciones de tuba. Toqué durante unos cuantos años y luego lo dejé. Mi embocadura se estropeó cuando tuve que ponerme frenillos —dijo—. Además, no era tan genial tocar la tuba. Fue entonces cuando empecé con la guitarra. Mucho más genial que la tuba. Y más fácil de transportar.
Me reí y me tomé mi vodka con jugo de arándanos.
—¿Tú tocas algún instrumento, señorita Swan? —preguntó Edward.
—Nop. Siempre he estado demasiado concentrada en mi patinaje —dije—. Si no estaba en el hielo, me encontraba leyendo o leyendo o leyendo. Leo mucho.
—¿Lees mucho? —bromeó Edward, besando mi mejilla
—Muchísimo. ¿Tú?
—No tanto como tú. —Se rio efusivamente. John le lanzó un cubo de hielo a Edward y señaló el piano—. ¿Estás lista?
—¿Qué vas a tocar? —pregunté, mi mirada estaba iluminada a causa de la curiosidad.
—Algo que es solo para ti —dijo Edward crípticamente. Se bajó del taburete y se acercó al piano. Se sentó y me dedicó una sonrisa. Se acercó al micrófono—. Buenas noches. Mi nombre es Edward Masen y estoy aquí con la mujer más hermosa del mundo. Estas canciones son para ella. Te amo, Bell.
Edward puso sus manos en las teclas. Una exuberante nota llenó el bar y sus ojos se cerraron. La música salía de él. No abrió sus ojos, solo tocó. El amor que sentía por mí estaba en la música. Saqué mi celular y grabé su actuación. Quería patinar con la canción. Era para nuestro programa largo. Nuestro amor iba a ser nuestro programa largo. La música de Edward sería lo que patinaríamos para ganar. Incluso si no ganábamos, de todas formas, patinaríamos con eso. La amaba. Lo amaba a él.
Edward tocó unas cuantas canciones más. Unos clásicos de jazz y otra composición original. Cuando terminó, le agradeció a la audiencia por escucharlo y regresó a mi lugar junto a la barra.
—¿Qué tal?
Jalé su camiseta para poder acercarlo más. Envolví su cuello con mis brazos y besé sus labios profundamente. Mi lengua se metió a su boca mientras lo besaba con toda la pasión que podía reunir. Edward me acercó más a él hasta que mis rodillas quedaron alrededor de su cintura.
—Llévame de regreso al hotel, Edward.
—Con gusto, amor —dijo, besando el lóbulo de mi oreja. Lanzó algo de dinero a la barra. Salimos y nos metimos a la limusina. Mientras íbamos de regreso al hotel, nos besamos apasionadamente. Al llegar, Edward le pagó a Felix y subimos hacia nuestra habitación en el elevador. Las puertas se abrieron y Edward me tomó en brazos. Sus labios no abandonaron los míos mientras avanzábamos por el pasillo. Mágicamente la puerta de la habitación se abrió. Edward me llevó hasta la cama y se sentó. Me acomodé sobre su regazo, manteniendo mis labios moviéndose sobre los suyos—. Tan malditamente sexy.
Le desabroché la camisa y se la empujé por los hombros. Cuando sus brazos quedaron libres de su camisa de vestir, su camiseta con cuello V fue lanzada al otro lado de la habitación. Agarré la orilla de mi vestido y me lo saqué por la cabeza. Edward me miró en mi sostén y bragas moradas.
—Carajo —gimió.
—¿Te gusta? —pregunté con una sonrisa tímida.
—Me encanta —dijo, dándonos la vuelta para quedar sobre mi espalda. La boca de Edward bajó por mi cuerpo, mordiendo y lamiendo mi cuello. Estiró las manos detrás de mí y desabrochó el sostén, quitándomelo del cuerpo. Sus labios me rodearon el pezón y jugueteó con su lengua. Mi otro pecho estaba siendo masajeado por su mano. Gemí cuando llevó su boca a mi otro pecho. Sentí su aliento cosquillear en mi piel caliente. Bajó besando por mi cuerpo y llegó a la cintura de mi tanga morada—. Voy a canjear mi boleto, amor. Te regresaré el favor de anoche.
—Edward, no tienes que hacerlo —susurré, alzándome en mis codos.
—Necesito hacerlo, Bell —gruñó en voz baja. Giró su lengua sobre mi vientre mientras me sacaba las bragas del cuerpo. Los suaves labios de Edward se movieron de mi ombligo a mis caderas. Lamió y mordió mi piel. Besó más abajo en mi cuerpo hasta que llegó a mi centro. Me había depilado un día antes de mi visita a Alice para medirme el vestido. Miró mi cuerpo y un gruñido bajo llenó la habitación. Se movió hacia enfrente y presionó sus labios en mi centro.
Oh. Dios. Mío.
Ustedes lo dijeron, chicas…
Su boca se abrió y lamió gentilmente a lo largo de mi chorreante sexo. Sí. La mejor sensación del mundo. La masturbación que hacía con mis propias manos no era NADA comparado con lo que él me estaba haciendo en este momento.
—Edward —gemí, enredando mis manos en su suave cabello. Lo sentí sonreír sobre mi muslo cuando chupó mi piel entre sus dientes. Regresó besando a mi centro y movió su lengua sobre mi clítoris. Mis caderas se movían con su lengua. Era la sensación más maravillosa del mundo.
—Sabes tan bien, Bella —ronroneó sobre mi sexo—. De verdad podría vivir y alimentarme de ti para siempre.
—De verdad eres un vampiro —me reí.
—Maldición, es verdad —dijo, mordiendo mi muslo en el lugar donde lo había chupado antes. Solté un suave gritito. Arqueé la espalda levantándome de la cama cuando sentí mi cuerpo reaccionar a sus atenciones. Edward metió gentilmente dos dedos dentro de mí. Estaba lamiendo mi clítoris con su lengua mientras metía y sacaba los dedos de mi cuerpo. Me estaba acercando cada vez más a mi liberación. No quería nada más que explotar alrededor de sus dedos. En su cara.
—Oh, Dios —grité al sentir mi cuerpo soltarse hacia la liberación. Edward mantuvo su cara entre mis piernas y siguió masturbándome. Me retorcí y me removí mientras Edward seguía con sus eróticos besos y atenciones. Finalmente volví a la tierra y colapsé sobre la cama. Edward subió besando por mi cuerpo y se quedó suspendido sobre mí. Su cara brillaba a causa de mi excitación—. Eso fue… no hay palabras. No tengo palabras, Edward.
—Entonces tuve éxito —se rio entre dientes. Lo jalé hacia mí, estrellando sus labios en los míos. Nos besamos perezosamente hasta que se apartó para apoyar su frente en la mía.
—Te amo, Edward —murmuré, pasando mis dedos entre su cabello.
—Te amo. Muchísimo, Bella —dijo con reverencia, mirándome a los ojos. Estiré la mano hacia su cinturón, queriendo aliviar algo de la tensión que él sentía—. Oh, no. Esto es sobre ti, amor.
—Pero… —hice un puchero.
Se quitó los pantalones, pero se metió entre las sábanas. Agarré su camisa negra y me la pasé sobre el cuerpo. Me acurruqué a su lado y sonreí con felicidad.
—Buenas noches, Edward.
—Buenas noches, amor. Duerme bien —dijo, besándome la frente. Le besé el pecho, justo sobre su corazón, y rápidamente me quedé dormida, feliz en los brazos de mi amor.
*Un experto en diversión: es una película estadounidense de 1986 escrita y dirigida por John Hughes. Un chico de la preparatoria quiere tomarse un día libre de la escuela antes de graduarse, metiéndose en problemas con su hermana y el director de su escuela.
En el siguiente capítulo continuamos con el viaje en Chicago. Vaya pero que estos dos van avanzando más rápido de lo que parece, y Bella ya le reveló a Edward que quiere de regalo de cumpleaños jaja
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