CAPÍTULO 31
Annie apenas podía creer las palabras de Candy. Seguía sosteniendo la taza en las manos sin beber de ella, en un intento por no perderse ni un detalle.
—¿Estás segura? —preguntó Annie.
Candy alzó sus bellos ojos verdes, llenos de angustia.
—Vi el retrato del abuelo, hasta ayer no lo había visto porque lo estaban restaurando. ¡Dave es clavado a él!
—¿Qué piensas hacer?
Candy era un manojo de nervios.
—Todavía no lo sé.
Annie hizo una mueca. Le parecía inaudito que el destino se cebase con su cuñada. —¿Le contarás tus sospechas? —preguntó.
Candy se mesó el pelo agotada.
—¡Claro que no! Mis hijos tienen un padre, Michael Warren. —Annie parecía no entender. Candy siguió—, no puedo permitir que todo su mundo se desmorone por algo que no pude controlar en el pasado —ella ya se lo imaginaba—. Estoy angustiada.
Annie podía ponerse en su lugar.
—Afortunadamente no se conocen todavía —dijo en tono de pesar—. Mis sobrinos están fuera de este embrollo.
Candy bajó el rostro y se cubrió la boca. No podía con su angustia.
—No puedo mirar a Albert sin sentir que ardo por dentro con una cólera ardiente. Pensar en lo que sucedió me provoca escalofríos.
—No lo hagas, Candy —le aconsejó la cuñada—. Mi hermano te ofreció su ayuda de forma sincera, no se merece que lo descubras todo ahora.
Candy la miró estupefacta.
—¿Qué no lo descubra? ¿Crees que puedo mantener escondidos a Dave y a Mary toda la vida? —le preguntó espantada.
—Quizás el parecido es una apreciación tuya —Candy la miró estupefacta pues no se esperaba esa desconfianza—. Estás muy susceptible por el embarazo, la biblioteca tenía poca luz, quizás creíste ver algo que no era.
—¿Pones en duda mi palabra, mi juicio?
Annie hizo un gesto negativo.
—No te precipites, intenta calmarte.
—¿Qué me calme? ¿¡Qué me calme!? —gritó fuera de sí—. Estoy casada con el hombre que me forzó.
Annie soltó un suspiro largo.
—Mantén tus sospechas bajo control —le pidió—, al menos hasta que puedas ir atando cabos.
Candy la miró atónita.
—Eso significaría seguir casada con Albert, dormir junto a él, y fue el hombre que me forzó —repitió incansable.
Annie esperaba que su cuñada se tranquilizara.
—Piensa en Michael, en su memoria, en el escándalo que se suscitará si se descubre que él no es el padre de tus hijos.
Su cuñada venía a sumarle más angustia.
—No puedo seguir en Little Ribston, no quiero seguir aquí cuando regrese.
—Deberías guardarte tus dudas hasta que estés segura —le aconsejó Annie.
La sugerencia de Annie molestó a Candy.
—Me he dado cuenta de que la vida se encarga de poner cada cosa en su sitio, por más que uno mantenga la boca cerrada y se empeñe en ocultarlas.
Annie la censuró con la mirada.
—Analiza los inconvenientes de callar y los de hablar: luego toma una decisión.
Candy se mordió el labio pensativa.
—Sé lo que tengo que hacer, y no es precisamente mantenerme de brazos cruzados. Se masajeó la nuca para aliviar la tensión acumulada.
—¿Eres feliz con Albert? —preguntó Annie. Candy asintió sin dudarlo ni un instante. Vivir con Albert era como caminar por un camino espinoso, aunque lleno de hermosas flores—. Entonces no te atormentes, déjalo todo como está.
Candy suspiró largamente.
—No puedo mantenerme en silencio porque Dave y Mary son el recordatorio vivo de lo que sucedió en esa maldita habitación de Chicago.
—Estoy preocupada por ellos —le dijo la cuñada—. Todo esto los destrozará.
—¡Y yo estoy enamorada de él, de él! ¿Entiendes mi martirio?
Annie la miró con curiosidad disimulada.
—¿Desde cuándo…? —dejó la pregunta incompleta.
Candy sabía perfectamente a qué se refería ella con esas palabras.
—Desde el primer día que lo vi en la biblioteca de Pembroke House. Me lo negué a mí misma por terquedad, pero lo amo desde entonces.
Annie soltó el aire poco a poco.
—Entonces díselo, hazle recordar y luego rómpele la crisma.
Candy ahogó una exclamación.
—¡No puedo! Esto me supera.
Tragó con fuerza y desvió la vista del rostro de su cuñada.
—¿Y entonces?
—Ahora no puedo pensar, necesito serenarme, encontrar de nuevo el equilibrio entre lo que siento por él, y las consecuencias de lo que me hizo en el pasado. De ser necesario, me marcharé.
—Una salida cobarde para una decisión aún más cobarde —la criticó la cuñada que se había cansado todo.
—¡Annie! —exclamó al escucharla.
Annie la miró enfadada.
—Él, no se metió en tu habitación, ni en tu cama —le recordó abruptamente—. Estabas ebria, tú misma lo admitiste —Candy sintió que su estómago se encogía al recordar esas palabras en boca de su cuñada—. Mi consejo es que mantengas la boca callada, por tus hijos, por mi hermano, que no se merece que deshonres su memoria.
—¡Annie! —volvió a exclamar ya olvidada la angustia principal que sintió que había sido sustituida por un profundo pesar—. Los Andrew conocerán tarde o temprano a mis hijos mellizos, y verán el enorme parecido que mantiene Dave con el que es posiblemente su abuelo paterno.
Candy estaba comenzando a sustituir la compasión por la cólera.
—Pues entonces explota y suéltalo todo —le gritó Annie fuera de sí misma—. Le podrías decir: "Querido Albert, te presento a tus posibles hijos. Aquellos hijos que pudimos haber concebido en aquel hotel de Chicago. ¿No me crees? Créeme: me colé en tu habitación creyendo que era la mía y aquí tienes el posible resultado.
Candy la miró mortalmente seria.
—Que te burles de todo esto…
Annie no se molestó por sus palabras.
—Ya te he dicho lo que haría yo: callar de una maldita vez.
—Pero no es lo que deseo oír —Candy sujetó su cabeza entre sus manos porque le podía la angustia—. ¡Iba todo tan bien! —exclamó agobiada—. Dave, Mary, ¿de qué forma puedo explicarle? Me consume la vergüenza.
Annie esta vez se apiadó de ella.
—No tienes que explicarle nada, ya te lo he dicho.
Candy meditó las palabras de su cuñada con atención.
—Quizás te haga caso, pero tengo que marcharme de Little Ribston..
Annie aceptó eso. La situación de su cuñada se había complicado bastante, pero si no mantenía la boca cerrada, todos iban a sufrir muchísimo, sobre todo sus sobrinos que no tenían la culpa de nada.
—Desde luego que el destino puede ser un auténtico cabrón, y tú desde luego eres lady calamidad.
Candy la miró ofendida, pero sus ojos ya no tenían ese brillo de terror.
—Mi mundo se derrumba, y tú te lo tomas a broma.
—No me lo tomo a broma, pero creo que no es tan tremendo.
Annie seguía creyendo que el parecido que Candy había notado en el abuelo de Albert estaba solo en su cabeza.
—Presiento que todo se desplomará sobre mi cabeza irremediablemente, y tú no me ayudas mucho.
—Que me reproches algo así cuando soy la única que conoce todos tus secretos —se quejó la cuñada—. Si no hubiera sido por Michael y por mí, ¿qué hubiera sido de ti en Chicago?
Candy se sintió desfallecer. Jamás habría esperado ese reproche por parte de ella.
—Las decisiones que tome desde este preciso momento en adelante, en nada te perjudican, ni serán tomadas en detrimento del honor de tu familia, ni de tu hermano.
Lo había dicho tan seria, que Annie se preocupó.
—Tomaste una decisión hace quince años, ¡mantenla! —le ordenó.
Candy soltó un suspiro largo y pesado.
—Estoy asustada.
—Lo sé.
—Estoy enamorada.
—También lo sé.
—Voy a sufrir mucho.
Annie hizo una mueca burlona.
—¿Vas? Llevas sufriendo desde los diecisiete años, cuñada, cuando te quedaste de repente sin tus padres en Chicago, cuando descubriste que estabas encinta y desamparada, pero estábamos ahí, Michael y yo para ayudarte. Es hora de que te liberes de esa carga del pasado y disfrutes de una vez, lady escándalo.
Annie pretendía animarla, pero eso era imposible. Candy la miró con ojos empañados. —Aunque mantenga mi silencio como pides, no seguiré al lado de Albert, no puedo.
—Todavía no has escuchado su versión de lo sucedido —Candy la miró estupefacta—. Puede que no sucediera como recuerdas.
Candy se encrespó.
—Era una muchacha inocente, no solía tontear con desconocidos, parece mentira que me acuses de lo contrario.
—No te acuso, Dios me libre de hacer algo así, simplemente que él puede tener una explicación tan válida como la tuya.
Candy hizo un gesto negativo con la cabeza bastante elocuente.
—Su conducta fue imperdonable, y la tuya por sugerir lo contrario, también.
….
Albert se sentía mordido por la duda. Sospechaba algo, pero no sabía qué era lo que lo ponía suspicaz. Desde hacía varios días, Candy no le permitía un acercamiento, y no entendía del todo esa negativa a hablar con él sobre nada. Veía su tristeza salir por cada poro de su cuerpo, y sufría por ella. Tuvo la certeza de que algo muy grave ocurría, y se sentía incapaz de alcanzarla, de conmoverla lo suficiente para que confiara en él de nuevo. Todos los años de madurez y duras experiencias, no le servían para lograr que el único corazón que realmente le importaba abriese la puerta a su llamada.
Candy continuaba alejándose de él sin remedio.
Seguía contemplándola en silencio sin que ella se percatase. En ese momento se encontraba sentada en el bello escritorio ordenando las diversas invitaciones que recibían. El rostro serio y concentrado había perdido la chispa alegre que la caracterizaba. Candy había suspendido todos los eventos de las cuatro semanas siguientes sin darle explicación alguna. Albert se acercó. Ella notó su presencia, pero siguió en la misma postura erguida sin volverse. Con un suspiro, terminó por marcharse del despacho sin una palabra.
Candy cerró los ojos para contener las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos. Había estado consciente en todo momento de la presencia de él a su espalda, pero no podía permitir que encontrase un resquicio en el muro que se había elevado entre ellos, que él consiguiera la manera de encararla. Se sentía impotente e incapaz de tener una conversación ecuánime con Albert. Su futuro pendía de un hilo, su estabilidad emocional, en la cuerda floja. Se sentía vencida, triste, y no podía tomar una decisión todavía. Maldijo al destino, a la vida por jugar con crueldad con ella. No podía recuperarse de la angustia. No encontraba el valor para enfrentar de una vez por todas a su esposo. Se encontraba en una calle sin salida, sin poder dar un paso hacia delante o hacia atrás: estaba paralizada de miedo.
La campanilla de la puerta sonó, pero ella siguió en la misma postura: presente y ausente a la vez.
—Tu esposo salía a cabalgar cuando yo entraba —dijo Annie.
Candy volvió la cabeza al oír la voz de su cuñada. Su rostro se veía atribulado.
—Pasa por favor, siéntate.
Annie caminó hacia ella, pero con paso inseguro.
—Candy, lo he visto —ella no la entendía—. Me presenté de improviso en Pembroke House, y logré introducirme en la biblioteca como si me hubiese despistado —Candy cerró los ojos con angustia, con temor—. Vi el retrato, y entendí tu miedo.
La mano de Candy tembló cuando se la llevó a la boca para contener un gemido. Un segundo después caminó hacia el salón sin mirar por dónde iba; Annie la seguía de cerca. Candy tomó asiento en el cómodo sofá sin despegar los ojos del rostro atribulado de su cuñada.
—Lo lamento mucho —dijo la mujer.
Candy siguió en silencio. No alzó sus ojos hacia su cuñada, no podía. Estaba inmersa en una autocompasión peligrosa. Candy alzó sus ojos que ahora sí mostraban un brillo extraño.
—¿Lo has visto? —no hacía falta que lo preguntara.
—Dave es un calco del abuelo de Albert.
Ahora estalló en sollozos tan amargos que Annie se compadeció. El llanto de su cuñada la conmovió profundamente. La vio como ausente y comprendió que debía hacer algo por ella.
—Puedo ayudarte a huir —le dijo. Candy negó con la cabeza: su mundo se había derrumbado sobre ella de forma implacable—. Sigues en la misma actitud pasiva de hace unas semanas, y esto debe terminar por el bien del bebé que esperas.
La angustia de Candy creció exponencialmente.
—No voy a huir, ni quiero precipitarme, debo hacer lo correcto.
—Deberías hablar con tus hijos —le aconsejó la cuñada.
Candy gimió.
—¡No! ¡Todavía no puedo!
—Deben saber quién es su padre por ti antes de que las murmuraciones y los chismes la cubran por completo. ¿Te imaginas el día que todos puedan ver el parecido?
—¡Basta, Annie! —protestó—. Por favor. ¡No puedo más!
—Dave y Mary deben saber que Albert Andrew es su verdadero padre, y no Michael Warren, mi hermano.
Candy miró con dureza a su cuñada, pero sin responderle.
—¡Madre!
Ambas mujeres volvieron la cabeza al oír la voz de Dave. Estaba parado en el umbral del salón con el rostro mortalmente pálido.
—¡Hijo!
El muchacho no esperó las palabras de su madre: le brindó una mirada de odio que le arrancó la piel del corazón de cuajo. Salió por la puerta sin decir nada; Candy volvió los ojos a su cuñada con un tormento extremo.
—Annie, Dios mío, olvidé que hoy regresaba Dave.
Marian lo haría la próxima semana.
Annie seguía atormentada porque Dave había escuchado todo lo que ella había dicho. —Por favor Candy, perdóname, yo tampoco recordaba que hoy era el día de su regreso y que…
Candy la cortó, y acto seguido comenzó una loca carrera para alcanzar a su hijo y darle la explicación que había omitido durante muchos años.
...
Se armo! Y era necesario!
