El despertador del hotel me dejó un poco desorientada al despertar. La emoción ante los planes del día (que definitivamente no tenían que ver con la cercana presencia de Zuko) instalaron tal anticipación que el cansancio desapareció. Desayuné a toda prisa y Zuko pasó por mí a las 8:30 en punto.
En el trayecto en auto, me senté más cerca de él. Era demasiado consciente de los pequeños toques casuales y de su sonrisa cautelosa cuando me ofreció el brazo para entrar al edificio.
Cuando entramos, el señor Shyu y Ty Lee ya estaban preparados y había algunas charolas con bocadillos sobre la mesa.
—¿Cómo durmieron? —abrí los ojos desmesuradamente ante la insinuación en el gesto de Ty Lee, pero no dejó espacio para una respuesta—. ¡Empezamos la última presentación!
Dejó pasar a un grupo de tres personas, y el rostro de Zuko parecía lo bastante caliente para asar algo encima. Evitamos mirarnos, y el discreto señor Shyu fingió no notar nada mientras el equipo se presentaba.
—Queremos descontaminar los cuerpos de agua dulce más cercanos a las antiguas fábricas de la Fire Corp. —con eso captaron mi atención, pero tuve que aceptar que eran el equipo menos preparado de los que habíamos visto. No llevaban materiales extra y sus láminas eran pocas. El mayor problema, sin embargo, fue que se trataba de una iniciativa temporal, no de una empresa como tal.
La ventaja fue que terminaron pronto, con una disculpa de parte de Zuko al decirles que no era exactamente lo que la convocatoria había solicitado.
Ty Lee cerró la puerta tras los alicaídos participantes y regresó a la mesa.
—Entonces, ¿cuál es su valoración final para todos los proyectos? —el señor Shyu se recargó en el respaldo de su silla.
Me puse en pie, un poco entumida, y me iba a servir más agua, pero Zuko se adelantó al mismo tiempo y nuestras manos se tocaron en el asa de la jarra. En vez de retirarme, le sonreí.
Ty Lee se aclaró la garganta, pero antes de tener tiempo de avergonzarme, la puerta se abrió para dejar paso a un hombre de mediana edad, con algunas canas en el cabello y barba de candado por lo demás oscuros. Vestido en un traje café, llevaba varios carteles enrollados en un brazo y la curvatura de su boca rezumaba un gesto de superioridad.
—¿Señor Bujing? —Zuko preguntó con voz incrédula. A nuestro lado, Ty Lee también tenía un gesto ultrajado, no parecía buena señal.
— Maestro Bujing, por favor —se acentuaron sus arrugas y los ya de por sí afilados pómulos—. Estoy aquí para presentar mi propuesta.
Hubo un instante de anonadado silencio, en el que volteé a ver a Zuko con desconcierto. Él se veía tan sorprendido como yo.
—La convocatoria prohibía explícitamente que un miembro de la junta directiva o cualquier familiar en primer grado presentara una… —el señor Shyu comenzó.
—Y la junta directiva lo consideró una injusticia —lo interrumpió el maestro Bujing—. Perder buenas ideas en perjuicio del Polo Sur debido a una limitación así… aquí tengo las firmas de una mayoría de los Sabios de Fuego que acredita su acuerdo con mi presencia aquí, y con el proyecto que represento.
La hoja pasó a manos de Zuko, quien no era muy bueno para disimular el obvio desagrado hacia el hombre y quienes lo respaldaban.
Ni Ty Lee ni yo nos habíamos sentado de vuelta y el recién llegado no perdió tiempo. Llamó a alguien más con un gesto y el asistente se dedicó a extender los carteles como lo habían hecho los proyectos anteriores.
—Señor Shyu, estimado señor Azulon —había un dejo de burla en la forma en que se dirigió a Zuko con el apellido de su padre y a pesar de la distancia, sentí la tensión que se instaló en su gesto al ser llamado así—. Mi propuesta es de una naturaleza elemental, evidente y me atrevería a decir que fue omitida por los anteriores participantes.
Desenrrolló el último de los carteles, que mostraba el plano de un edificio.
—Se trata de un nuevo aeropuerto para el Polo Sur —anunció con una sonrisa poco natural—. El inicio de la civilización es conectarse con el resto del mundo.
La ofensa sonó tan despreocupada que al principio no pude creer lo que oí. Zuko apretó los puños encima de la mesa y desistió de toda pretensión de civilidad para caer en un gesto de abierto enojo.
El maestro Bujing siguió hablando de términos técnicos de materiales de construcción, arquitectura y modelos de avión que parecían tener tan poco sentido para mí como para el resto de los presentes. Pero una parte de todo ese galimatías llamó mi atención.
—Los terrenos que se tramitarán son los contiguos a la Bahía de los Hielos. Resulta ideal en términos de aviación. Con una constructora que tiene experiencia en ese sector, ya no se necesita hacer una licitación para comenzar las obras.
El señor Shyu soltó una exclamación ahogada. Parecía que Ty Lee era la única que no demostraba molestia con el presentador. Excepto que la sonrisa de amabilidad en su rostro parecía una máscara.
—Espero que no haya preguntas. Como lo dice la hoja de los Sabios de Fuego, ya cuento con una mayoría de votos dentro de la organización. Sólo falta que ustedes lo formalicen —terminó con mal disimulado desprecio.
Yo, sin embargo, tenía una pregunta.
—¿Qué terreno dijo que ocupará? —fruncí el ceño. Aún dudaba de haber escuchado bien. La otra opción era absurda.
—No veo cómo los detalles son de la incumbencia de una persona del servicio —arrugó la nariz, sin dignarse a responderme.
—¿Cómo se atreve...? —Zuko hizo ademán de ponerse en pie, pero le pedí en silencio que me dejara continuar al poner una mano sobre su brazo.
—No importa si la duda es del servicio, si usted tiene la respuesta —me crucé de brazos sin ceder un centímetro. Frunció el ceño, pero respondió ante la presión de los demás.
—Pensé que estaba claro. Como ya lo dije, Bahía de los Hielos —se dirigió a un mapa y señaló el punto exacto en la costa—. Los permisos del gobierno ya están en trámite.
—Supongo que debe tener un impresionante plan de ingeniería si pretende poner un aeropuerto en una zona que pasa al menos un tercio del año inundada. Algo distinto a los edificios que ya existen en el Polo Sur y siempre están en reparaciones.
Por una razón se llamaba "de los Hielos". En la época de primavera y verano, se convertía en una serie de ríos rápidos que conectaban el lago con el mar y donde se llevaban a cabo los rituales de esquivar el hielo. Y un conjunto de edificios se construyeron cerca de allí, no se habían podido usar por debilitamiento en las estructuras. Sokka no dejó de hablar de eso todas las vacaciones anteriores y de despotricar contra las compañías constructoras extranjeras y tratos dudosos con el gobierno municipal.
—No pretendo que usted comprenda los detalles más finos de la planeación —entrecerró los ojos—. Solamente necesito la firma del señor Azulon.
Dejó caer un grueso fajo de papeles frente a Zuko, al parecer para que lo firmara.
—Rápido —exigió. El desprecio seguía en su voz, pero una rápida mirada que le dirigió a los papeles traicionó cierto nerviosismo.
—Seguro hará unos minutos para explicarnos su magnífica estrategia de ingeniería, ya que la señorita Hannak lo trajo a colación —intervino el señor Shyu, pues Zuko tenía los dientes demasiado apretados como para hablar.
Esta vez, el titubeo nervioso fue visible. Trató de enmascararlo con más desprecio, y se embarcó en algo que parecía sospechosamente a una repetición de lo que ya había dicho.
—Tenemos la última tecnología en concretos y los pilares estratégicamente dispuestos son todo lo que se necesita para el edificio —su voz se tornaba iracunda.
—Por eficiente que sea el material, el agua erosiona —la adrenalina comenzó a correr por mis venas; sólo ciertas convenciones sociales parecían mantener a raya su deseo de atacarme físicamente—. Pasaba mucho en los edificios del Polo Sur, por eso no construimos en lugares de deshielo.
A un lado, Ty Lee se había inclinado sobre los papeles y le susurró algo a Zuko.
—¡Es culpa de sus métodos primitivos! —el grito salió junto con una lluvia de gotitas de saliva.
—El mantenimiento es tan importante que debe estar contemplado en el trato —el señor Shyu se había acercado a los papeles y los leía también—. Tanto, que ya existe una concesión a la compañía constructora por 35 años para reparaciones en el edificio. ¿No había mencionado que usted era propietario de una? No puedo recordar el nombre. Estoy seguro de que usted puede sacarnos de dudas.
Abrió los ojos con una mirada aterrada y trató de recuperar el fajo de papeles, pero Zuko ya lo tenía en la mano y lo apartó de su alcance.
—Veo que incluso lo firmó para nosotros, qué considerado —se acercó Ty Lee—. Eso nos libra de tener que demostrar la autenticidad del documento. Algunos miles de millones de yuanes directos a su propia compañía, para un edificio que se concibió como desechable...
La cara del hombre se puso morada.
—Las estrategias que se usaban en tiempos de mi padre ya no son las privilegiadas por esta compañía. Espero que haya quedado perfectamente claro —la voz de Zuko tenía más filo que una espada.
—Ahora, señor Bujing, sirva a retirarse. Debemos deliberar los proyectos candidatos, entre los cuales no está el suyo —dijo el señor Shyu con una cortesía insultante.
Pareció a punto de explotar de la ira, pero terminó por retirarse con una última mirada que derramaba bilis negra. Verlo desaparecer me reportó una honda satisfacción.
Ty Lee corrió hasta un intercomunicador junto al teléfono y dio órdenes de que Seguridad comprobara que Bujing salía del edificio.
—¿De verdad acaba de pasar? —Zuko se dejó caer en la silla y alzó los brazos—. ¿Por fin estamos libres de él? ¿Por fin?
—Falta formalizar la auditoría y seguro habrá represalias por parte de Zhao —anotó con cierta severidad el señor Shyu. Luego sonrió—. Ya no se atreverá a nada ahora.
Hice una nota mental de todo lo que estaba oyendo mientras Ty Lee tomaba las hojas para ponerlas en un cajón con llave.
—Entonces, respecto a lo que el señor Bujing ha declarado sobre su compañía constructora en el Polo Sur y todos los que firmaron… —Zuko dejó la frase en el aire.
—Sé exactamente dónde buscar —Ty Lee sonrió con un brillo asesino en los ojos—. Yo me encargo.
—Antes de eso, necesitamos decidir el proyecto ganador —la detuvo el señor Shyu, porque ella parecía a punto de salir disparada.
A regañadientes, regresó a la mesa y se sentó. La palpitación en mis sienes vaticinaban una migraña, pero me sobrepuse y repasé los apuntes del día anterior. Ty Lee parecía apresurada por irse y su defensa del hotel de lujo fue menos apasionada que antes. Como el proyecto de pesca incluía un plan para transportar los productos con los barcos, decidimos que sería ése. Me parecía maravilloso, porque permitiría producir más prendas tradicionales que de otro modo tal vez desaparecerían, y tal vez llegarían a Ciudad Chin más alimentos de los que extrañaba.
—Su presupuesto era más alto de lo que nosotros tenemos contemplado financiar. Tendrán que reacomodar el plan a un barco menos, o con uno más pequeño —Zuko también hizo algunas otras puntualizaciones.
—Les daré la noticia el lunes —Ty Lee sacó una pequeña libreta de un bolsillo de su saco rosa e hizo una nota antes de dejar la oficina con pasos apresurados.
El señor Shyu ya estaba poniéndose en pie también.
—Me siento un poco mal por los proyectos que no ganaron —suspiré—. Son buenas ideas también.
Además de que se habían trasladado hasta Caldera. La chica del muestrario de pieles era evidentemente del Polo Sur, como yo. Lamentaba en especial el "Santuario", ese campamento tenía mucho significado sentimental para mí… Perdí un poco el hilo de lo que pensaba cuando noté la mirada de Zuko sobre mí. Tanto, que casi me perdí de sus siguientes palabras.
—Si el grupo del "Santuario" está dispuesto a vender acciones en lugar de aceptar un préstamo, estoy seguro de que podremos impulsarlo. A título personal, estoy interesado —ambos me miraron con sorpresa, pero el rostro de Katara se iluminó con una sonrisa, y esa era la reacción que me importaba.
—Parece un buen plan. Yo estoy interesado en colaborar con la iniciativa del "Paraíso de Hielo". Me pareció que la señorita Ty Lee también y con ella como aliada, reunirán un grupo de inversores en nada de tiempo —el señor Shyu reacomodó su traje.
Aunque no hubiera estado pendiente, el brillo de felicidad en Katara era imposible de ignorar.
—¡Gracias! —se despidió del señor Shyu, y una vez que él se fue, giró hacia mí—. ¡Es increíble! Claro, no será de inmediato, tardará unos años. ¡Pero todo lo que mejorará en el Polo Sur! Yo diría que salió mejor de lo que esperaba.
—Y que lo digas —respondí. Y ni siquiera lo dije por deshacerme de Bujing, fiel seguidor de mi padre y luego de mi hermana. Lo decía porque ella estaba allí, hablando conmigo como si me tuviera confianza, como si me considerara un amigo.
—Tan pronto como pueda ir al Polo Sur, voy a buscar ese taller de pieles. Le diría a Gran Gran que fuera a encargarlo, pero creo que es mejor si toman mis medidas directamente… —siguió enumerando los aspectos positivos del proyecto ganador, y luego sobre todos los proyectos que estarían eventualmente activos, aunque tardaran más. En un nivel de mi mente, la estaba escuchando. En otro, me encontraba embelesado, observando la forma en que sus ojos brillaban con los planes e ideas, la pasión que imprimía a su gesto y toda la energía en su voz y ademanes.
Ya tenía otra razón para querer estar con ella. A duras penas podría imaginar a alguien más idóneo para ayudarme a reparar todos los daños de mi familia en el mundo. Aún mejor, era alguien de quien yo estaba perdida, irrevocablemente, enamorado.
Ella tenía tanto que ofrecerme en una relación. Faltaba ver si lo que yo tenía bastaba para convencerla. Porque no parecía especialmente afecta al dinero.
—En fin, gracias por invitarme —sus ojos brillaban.
—Gracias a ti por venir —sentí el impulso de abrazarla, lo que me asustó un poco porque no era uno de mis impulsos habituales. Traté de regresar a terrenos neutros—. El resto de la tarde está libre…
Me miró, sin ayudarme en nada a terminar la pregunta implícita.
—¿Te gustaría conocer la ciudad? Por la noche podemos ir a cenar al centro. No son restaurantes tan buenos como el de ayer, pero valen la pena por el escenario —un poco como yo: bastante mediocre con una que otra cualidad que tal vez podría convencerla de invertir tiempo conmigo.
—¿No tienes mucho trabajo? —me preguntó con una media sonrisa—. No quiero quitarte el tiempo. Es oro y todo eso.
Reí. Gustosamente le daría todo mi tiempo a ella.
—Honestamente, es menos de lo que parecería. La compañía está organizada de modo que muchas cosas funcionan de manera casi autónoma y la única obligación indispensable es acudir a la reunión mensual de accionistas… —había muchos otros pequeños detalles, pero preferí no mencionar que desocupé deliberadamente 10 días para estar con ella—. Así que si quieres te puedo mostrar la Galería Real, están exhibiendo pinturas antiguas, o ir a la Plaza Real y ver las estatuas…
—Si puedes encontrar un lugar que no tenga "real" en el nombre, voy contigo —se puso en pie y tomó su bolso, que era el mismo que llevó al yate—. ¿De acuerdo?
—Considéralo hecho —de nuevo le ofrecí mi brazo. No supe si era mi imaginación o ella en realidad estaba caminando más cerca de a mí.
Mi última relación, que fue con Mai, terminó antes de que tomara posesión de la compañía. El hecho de verme del brazo con una mujer (sin contar lo que diría Ty Lee a todos los empleados) bastaba para llamar la atención. Era una auténtica fortuna no tener que visitar Caldera con frecuencia.
En el breve trecho entre la oficina y el auto, me devané los sesos pensando en posibilidades. El pasado de la realeza en la Nación del Fuego era algo tan omnipresente que resultaba complicado encontrar un lugar que no se llamara "real", y la cercanía de Katara no ayudaba a mi concentración.
Finalmente me decidí por el estanque de patos-tortuga. Posiblemente fue construido por la realeza, pero al menos no lo decía en el nombre. En el camino, seguí la plática.
—La familia real del país se extinguió hace algunas generaciones. Mi abuelo, entre otras muchas cosas, decía que nosotros éramos una rama perdida de la familia real —me encogí de hombros. Nunca me pareció más que una anécdota familiar del abuelo estricto—. En algún momento intentó demostrar que su padre era hijo ilegítimo del Señor del Fuego de entonces.
—¡Wow! Eso significa que eres un príncipe —se cubrió la boca con las manos, en fingida sorpresa—. Y yo una plebeya… disculpe, su majestad.
—No pudo comprobarlo, por supuesto —me crucé de brazos—. O tendrías que dirigirte a mí como "Señor del Fuego Zuko".
Reí con ella ante lo absurdo de esa noción y la atmósfera alegre siguió hasta que llegamos a la reja de hierro del parque. En el kiosko compré avena para alimentar a los patos-tortuga y tomamos uno de los senderos empedrados para terminar por instalarnos en una banca junto al estanque.
—No te acerques mucho al principio, espera a que tomen confianza —aventamos los primeros puñados de hojuelas, como yo recordaba con nostalgia de mi infancia—. Mi madre solía traernos aquí cuando éramos niños, a escondidas de nuestro padre. No le gustaba, decía que nos "distraía de nuestros deberes".
Se revolvió en la banca.
—Si no es una pregunta impertinente, ¿qué pasó con tu hermana? —su mirada decía que ya intuía que no era algo bueno. Los primeros patos-tortuga ya nadaban directamente frente a nosotros.
—No me molesta contarte —y era cierto—. No es una historia bonita, como todas las de la familia.
Miré mis manos. Había pasado muchas noches insomnes pensando en lo que pude haber hecho para que Azula sufriera menos. Nunca encontré buenas respuestas.
—¿Segura que quieres saberlo?
En vez de contestar, se inclinó hacia mí con la barbilla recargada en las manos, esperando. Sonreí con cierta tristeza.
—Azula es casi tres años menos que yo y fue una niña prodigio.
Con un suspiro pesado, seguí la narración. Ella había entrado a la universidad de Ba Sing Se a los 14 años, comenzó a controlar la compañía a los 18, dos años después de que nuestro padre entrara a prisión y que la compañía estuviera en un limbo de propiedad.
Eran recuerdos sombríos para mí. Siguió los pasos de nuestro padre y los primeros años, toda la junta directiva la adoraba. La vieron decaer gradualmente, hasta su abierta paranoia y agresividad del último año. Tenía varios tratos de abierta corrupción, entre otros uno con el gobernador de Ba Sing Se, y temía ser delatada. Despidió a casi todos los empleados y puso a nuevos, castigó a muchos bajo sospechas de traición, e incluso los accionistas comenzaron a temerle. Despidió a Ty Lee, su amiga de toda la vida. Yo la conocía, pero no éramos cercanos. Aún así, Ty Lee me llamó una noche, aterrada porque temía que Azula hiciera algo irremediable.
—Vine aquí, a la casa familiar donde Azula vivía. El encuentro terminó en que casi me mata —mi vista estaba nublada—. Está internada en un sanatorio de Ba Sing Se. No aprecia mucho mis visitas, pero de todos modos las hago.
Katara me abrazó. Tras un instante de sorpresa, correspondí con gratitud.
—Lo siento tanto. No debí preguntar, solamente saqué a relucir los malos recuerdos —se separó de mí pero nuestros brazos seguían en contacto—. No puedo ni imaginar...
—Gracias por escuchar. Mi tío dice que es bueno hablar de las cosas que nos duelen. Ayuda o algo así —traté de ser discreto al limpiar una lágrima en mi mejilla.
—Lo que ocurrió es terrible. Ojalá no hubieras tenido que pasar por todo eso.
—A veces creo que me lo merezco —confesé en voz baja—. Después de todo lo que hicieron mi padre y mi abuelo.
—¡No digas eso! —volteó a mirarme con enojo—. No puedes cargarte esa culpa. Ni tú ni tu hermana son responsables de lo que hicieron ellos. A ambos les hicieron daño.
Ella estaba sentada a mi izquierda, con mi cicatriz perfectamente visible.
—Lo importante es que tú eres distinto —me susurró, y despertó un sentimiento crudo en mi pecho que me impidió responder nada. ¿En verdad yo era diferente? Sentí un inmenso deseo de creerle.
Permanecimos en silencio unos minutos. Un silencio relativo, porque los patos-tortuga no se distinguían por silenciosos. Recordé que tenía algo más por decirle.
—Esto… no te he agradecido aún. Así que muchas gracias, por tu ayuda con la presentación de Bujing. Con un cargo de fraude como ése, no hay forma de que mantenga su poder en la junta directiva. Eso me deja a mí una mayoría por un pequeño margen… —dudaba de mi capacidad de poner en palabras el inmenso alivio que representaba la congelación de la influencia de Bujing.
—Hubieran notado la trampa sin mi ayuda —me sonrió—. Estaban muy prevenidos contra él.
Tal vez, pero eso no me haría agradecerle menos.
—Él es uno de los accionistas más antiguos de la compañía, de los más allegados a mi hermana —comencé a explicar, tentativamente—. Los más jóvenes a veces no están de acuerdo con cómo manejo la compañía, pero no son tan agresivos como él, o Zhao.
—¿Qué es eso de "Sabios de Fuego"? Los mencionó mucho —frunció el ceño con sincero desconcierto—. Tienen nombre de secta religiosa.
—Mi abuelo era el rey del drama —puse los ojos en blanco—. Así le puso a la junta directiva, nada más por halagarlos. Su visión era tener "la compañía más grandiosa del mundo". Mi padre lo interpretó como "la compañía que tenga el edificio más alto de cada ciudad importante del mundo" y así es como hay tantas filiales de la compañía.
Vaya que lo había logrado. Todos se alinearon con sus deseos y siguieron haciendo negocios con métodos dudosos. Había pocas industrias en las que no hubiera al menos un participante que perteneciera a la Fire Corp.
Comenzó a oscurecer, lo que significaba que la hora de cierre del parque se acercaba. Vaciamos lo que quedaba de la avena sobre el agua y caminamos de vuelta a la puerta, donde el auto ya estaba esperando.
—¿Hora de cenar? —ella asintió con entusiasmo y pedí al chofer que nos llevara al centro, la Plaza Real, donde estaban los edificios de gobierno y había varios restaurantes y cafeterías.
Como ya le había mencionado, no se destacaban por la comida sino por la vista. Terminamos por elegir uno localizado en una terraza. El mesero nos guió a una mesa que tenía una vista a toda la extensión de la plaza.
La calidad de la comida no era la mayor diferencia entre la cena que compartimos en el yate y ésta. Era Katara. Ahora ella estaba relajada y sonreía y yo me moría por tomar su mano sobre la mesa. Mi valor no llegaba a tanto todavía.
Se llevaron los platos vacíos y nos quedamos con nuestras tazas de té. La mediana calidad del contenido me hizo fruncir el ceño, y mi descontento se hizo más profundo por notar que me parecía cada vez más a mi tío.
Ella se recargó en el respaldo de su silla, dando pequeños sorbos a su taza. Parecía un buen momento para preguntar… Mantuve mis manos unidas frente a mí; no estaba seguro de que temblaran, pero así no se notaría en caso de que sí.
—Ya que el señor Tong te ofreció toda la semana libre, me preguntaba si ya querías regresar a Ciudad Chin o… —pasé saliva—… o querías quedarte unos días más.
—Es cierto que no he podido recorrer Caldera —hubo una reacción de su parte. Esperaba que fuera buena—. No quiero que sigas pagando mi hospedaje, no me parece justo.
Oh, si supiera que ésa era la última de mis preocupaciones.
—No es ninguna molestia… —me detuve al ver que su gesto se oscurecía un poco. No era el ángulo adecuado—. ¿Conoces Ba Sing Se?
Se sorprendió por lo repentino de la pregunta.
—No, es uno de los lugares a los que quiero ir algún día —eso había resultado mejor de lo que esperaba. Volví a hablar antes de tener tiempo de ponerme más nervioso.
—Entonces si Caldera no te llama mucho la atención, quizá podrías aprovechar… si quieres visitar Ba Sing Se. Te-tengo lugar en mi casa y algunos días libres en los que podemos ir a conocer la ciudad. Es donde está la casa matriz del Dragón Jazmín, hay visitas a las murallas… —traté de hacer la oferta todo lo atractiva que pude—… y no sé si te interesaría conocer el campus de la universidad. Los edificios son muy antiguos también.
—Pensé que tu casa estaba aquí en Caldera —¿eso significaba que quería que la invitara a quedarse en mi casa para seguir en Caldera? Aparté ese pensamiento para más tarde.
—Está la casa de mi familia, pero evito todo lo posible ir. Trato de no estar mucho en Caldera —no la miré mientras daba mi explicación—. Por eso creí que era mejor ir a Ba Sing Se… si quieres.
Me miró con los ojos muy abiertos y hubo un silencio que parecía eterno. Hice un esfuerzo por sostener su mirada de la manera más honesta que pude.
Lo arruiné todo, eso fue pedir demasiado, demasiado pronto, oh no...
—Me encantaría conocer Ba Sing Se —se había sonrojado de una manera encantadora—, pero…
Lo arruiné, definitivamente, todo arruinado…
Suspiré y traté de no encogerme para recibir el golpe del rechazo.
El silencio se alargó de nuevo, lo que me decidió a acelerar el tajo.
—No te preocupes… —comencé a decir, pero comenzó a hablar al mismo tiempo que yo.
—Hay un problema.
—¿Cuál? —pregunté de inmediato. Si estaba en mi mano solucionarlo, lo que fuera...
Dijo un par de sílabas incoherentes, hasta que sacudió la cabeza con nerviosismo. Tardó varios instantes más en hablar.
—No tengo suficiente equipaje —terminó por decir sin mirarme.
—No te preocupes por eso —de seguro yo tenía una sonrisa estúpidamente grande que era incapaz de disimular—. Podemos comprar allá todo lo que necesites.
—¿Tú me acompañas? —lo dijo en tono de burla, como si fuera absurdo.
—Por supuesto, si me lo permites —respondí sin vacilación. Estaba seguro que ir con ella sería muy distinto a la única vez que acompañé a Mai a ir de compras.
Se quedó sin palabras y un sentimiento cálido floreció en mi pecho.
—Si ése era el único problema, compraré los boletos de inmediato —para el primer vuelo disponible, antes de que la buena racha se terminara.
Pagué la cena sin hacer caso a su insistencia de cooperar y regresamos al auto. Ella se quedó de nuevo en el hotel, pero como llevábamos chofer, no bajé a dejarla.
Esto era todo lo contrario al resto de mi vida. De algo bueno, pasaba algo aún mejor.
Le dije al chofer que me llevara al aeropuerto y después de comprar los boletos, le pedí que me dejara el coche para regresar al edificio de la compañía. Al llegar, el vigilante me dio paso al estacionamiento.
Puse el freno de mano y apagué el motor. Después, la emoción y felicidad que se habían acumulado desde el día anterior y hasta que ella aceptó mi invitación salieron en la forma de un grito sin palabras que traté de ahogar detrás de mis manos.
—No entiendo por qué, pero gracias —dije en el silencio del auto.
Agotado, recliné el asiento. Sólo cerraría los ojos un instante y luego subiría de nuevo a la oficina…
—¿Un unagi, me dijiste? —le pregunté a la niña cuyo cuaderno sostenía en ese momento.
—¡Sí, sí, unagi, por favor! —aplaudió con alegría. Era una criatura extraña para despertar tanto entusiasmo en una niña de 6 años.
—A la orden —tomé el lápiz y comencé a bosquejar al animal lo mejor que pude recordar. No dibujaba animales desde aquel libro que pidió ilustraciones de fauna acuática de los mares del sur.
En uno de mis viajes al mercado, le había mencionado mi situación al vendedor de frutas, quien a su vez se lo había dicho a su hermano, quien se lo comentó a un amigo que le dijo a otro amigo que tenía una tienda de souvenirs y revistas en el aeropuerto. Él me había ofrecido un trabajo para atender su tienda por las tardes y parte de las noches. Esos pagos aliviaron mucho mi situación, que empezaba a ser desesperada mientras aguardaba por una respuesta positiva a mis solicitudes de empleo más acordes a mis habilidades.
Terminé el dibujo y se lo mostré a la niña.
—Es justo como lo imaginé —ella estaba encantada y su madre, sentada en la sala de espera de enfrente, mucho más tranquila—. ¿Está listo? ¿Puedes ponerle un sombrero?
—¿Qué clase de sombrero? —le sonreí y seguí trabajando en su dibujo—. Mi padre me contaba una historia sobre unagis, ¿quieres escucharla?
Sus enormes ojos atentos eran la mejor audiencia que yo había tenido en mi vida. Pero finalmente la niña se fue para abordar su vuelo, que salió poco antes de la medianoche. La había conocido por 20 minutos, pero sentía que la extrañaba. Me imaginaba que así sería tener una hija.
El siguiente vuelo con potenciales clientes llegaría hasta dos horas después. En las tardías horas de la noche, con el silencio frío y hueco de un aeropuerto vacío, saqué mi cuaderno y las cartas que no tuve tiempo de abrir antes de tener que ir a la tienda.
Un sobre era la primera factura de la renta, otro sólo era una oferta del banco. No quería saber nada de bancos y la rompí de inmediato. El tercer sobre era algo distinto y lo abrí, con las tripas un poco revueltas… ya había tenido mi primera solicitud rechazada.
Desdoblé la hoja y escanée rápidamente el contenido. Mi grito de alegría resonó con demasiada claridad en el recinto vacío, sobresaltando a la encargada de la cafetería de enfrente.
Tenía un trabajo como profesor en la Universidad de Omashu.
N/A: No sé por qué fue tan difícil escribir este capítulo. Era una transición necesaria, de todos modos, y el que sigue ya está en proceso :3 No prometo nada, pero si tienen alguna sugerencia para ese viaje o alguna otra cosa, leeré los comentarios :D
