Disclaimer: Los personajes pertenecen al imaginario de la serie Once Upon A Time
Periodicidad de actualizaciones: Domingos 22h / GMT +1
Notas: ¡Buen domingo a todxs y felices fiestas! ¿Cómo han ido las navidades? Espero que hayáis pasado buenos momentos estos días. Dicho esto, y como es costumbre, muchísimas gracias todxs lxs que leéis la historia y un besazo virtual a quienes también la comentáis. ¡Aquí os dejo el capítulo!
CAPÍTULO 16
Antes y después
La mejilla le ardía, pero no se quejó. No dijo, ni hizo nada. Ni siquiera se sorprendió al recibir la bofetada de Emma. Regina tenía claro que se la merecía. A fin de cuentas, la había besado sin permiso, dejándose llevar por un impulso estúpido y la falsa idea de que sería correspondido. Claramente, estaba equivocada.
El aire en aquel cuarto, tan pequeño que resultaba irrisorio, se le antojaba de lo más viciado. Alzó la vista, varios mechones de cabello cayéndole por la cara, y se encontró de bruces con los ojos horrorizados de la rubia. Tenía la respiración acelerada y parecía estar teniendo algún tipo de conflicto en su interior por el modo en el que fruncía el ceño. «Se acabó, después de esto no volverás a verla más», pensó mientras cerraba los puños con impotencia. Y lo peor de todo era que no se arrepentía de lo que había hecho. Con el sabor de los labios de Emma aún sobre los suyos, se encontró a sí misma admitiendo que si tuviera la ocasión, habría hecho exactamente lo mismo sólo por poder probarlos. A pesar de las consecuencias, a pesar de la quemazón en su mejilla.
La rubia debió adivinar sus obscenos pensamientos porque se dirigió hacia ella con un paso sorprendentemente decidido. Regina cerró los ojos, esperando recibir una nueva bofetada, pero en su lugar dio un respingo al notar cómo las manos de Emma se cernían en su barbilla. La atrajo hacia ella y la besó. No fue un beso tierno o delicado como el que ella le había dado, sino más bien todo lo contrario. Era desesperado y brusco. La morena abrió los ojos, con una mezcla de confusión y cierto tambaleo en el cuerpo, como si necesitara comprobar que aquello estaba ocurriendo de verdad. La suavidad de los labios de Emma contra los suyos, el calor que desprendía su cuerpo y lo agitada que podía oír su respiración. Todo eso era cierto.
Con el corazón atronándole en el pecho, Regina le correspondió el beso, sin poder evitar una sonrisa de satisfacción. Deslizó las manos por el cuerpo de la rubia hasta alcanzar las caderas y hundió los dedos en el tejido de sus pantalones, empujándola hasta que dio contra una de las estanterías. Emma gimió y aquel sonido le recorrió la columna vertebral, como una especie de corriente eléctrica. Estaba a punto de perder la cabeza. Aumentó la intensidad de sus besos al dejar que las lenguas traspasaran la frontera de los labios, hambrientas tras todo el deseo que había acumulado, toda aquella frustración que la invadía desde hacía meses. Las manos treparon por su cuerpo y repasaron su contorno, mientras las de la rubia se revolvían en su pelo o se aferraban a su espalda. Ambas, jadeantes, lo único que querían era sentir aún más a la otra. Por eso, cuando Regina rodó hacia su cuello, la rubia echó la cabeza hacia atrás con un suspiro ahogado. Ella lo lamió con la punta de la lengua de abajo arriba y después lo besó a la inversa. Le divertía sentir que la piel de aquella muchacha se erizaba a su paso, así que cuando volvió a la calidez de su boca lo hizo con una nueva sonrisa. Emma la recibió con apuro, extendiendo los brazos sobre sus hombros y fundiéndose en un beso de lo más apasionado. Una parte de ella deseaba que aquel momento no terminara nunca, pero para su desgracia el sonido del golpeteo en la puerta de la trastienda hizo que ambas se detuvieran de inmediato.
Pararon, sin aliento y con la mirada de dos adolescentes a las que habían descubierto en mitad de algo que no deberían estar haciendo. Emma parpadeó y carraspeó un poco, apartándose de ella con delicadeza mientras se azuzaba el cabello. Regina hizo lo propio.
—Está abierto —anunció la rubia.
El mango de la puerta viró y por ella apareció Mary. La joven llevaba el pelo recogido en una pequeña trenza, pero con varios mechones sueltos que iban completamente a su aire, y el uniforme del Lumiere. Les echó un largo vistazo, alzó las cejas y frunció los labios mal disimulando una sonrisilla.
—El señor White está preguntando por ti, deberías volver ya. Claire empieza a quejarse de estar en la barra —explicó, apoyada en el marco de la entrada—. Por cierto… Hola, Regina —la saludó.
—Hola —musitó ella.
—Sólo estábamos charlando —se apresuró a mentir Emma ante la presión de los ojos curiosos de Mary. Regina tuvo que morderse el puño para no soltar una risotada—. ¿Graham ya se ha ido?
—Sí, se marchó en cuanto se lo pediste.
La rubia pareció relajarse.
—Ahora mismo salimos —dijo—. Dame sólo un minuto.
Mary asintió y se dispuso a cruzar el umbral de la puerta, pero (como si hubiera caído en algo importante) se detuvo y dio media vuelta. Con los ojos divertidos y una sonrisa traviesa, le echó una nueva ojeada a su amiga.
—Y Emma.… Antes de salir, date un vistazo por aquí —dijo, señalándose el contorno de los labios con el dedo índice—. Tienes su carmín por todos lados —añadió, guiñándole un ojo.
Tras esa observación y el sonido de la puerta al cerrarse, volvieron a quedarse a solas. Regina se ladeó hacia la rubia, quien tenía el rostro casi tan enrojecido como las evidentes marcas de pintalabios que su amiga había señalado. No pudo contener una carcajada que resonó a través del pequeño habitáculo.
—¿Te parece gracioso? —le reprochó Emma, cruzada de brazos.
—Mucho, la verdad —admitió ella, rebuscando en los bolsillos de sus pantalones.
Siempre solía llevar un pañuelo de tela por si acaso y se congratuló al saber que aquel día no había sido una excepción. Sacó la prenda y se la extendió, sonriente.
—Ten —le dijo—. Para que puedas borrar esas marcas.
Emma prácticamente le arrancó el pañuelo de las manos y se encaminó a uno de los laterales del cuarto, parándose frente a una estantería de aluminio que reflectaba sutilmente su rostro. Frotó el pañuelo con ahínco por su cuello y después hizo lo propio alrededor de los labios. Cuanto más intentaba borrar las marcas, más gruñía y resoplaba. Algo que a ella aún le hacía más gracia.
—De verdad que eres horrible... —renegó, malhumorada.
—No lo dices de verdad —repuso ella, acercándose por detrás y rodeándola con los brazos. Emma dio un pequeño respingo al notar sus manos envolverle la cintura—. Si fuera tan horrible no me habrías besado... —puntualizó, dándole un casto beso en la parte de atrás del cuello. La rubia exhaló con pesadez y por un instante su mano pareció olvidar su cometido.
—Ni yo misma sé por qué lo he hecho —resolvió, intentando ignorar su presencia mientras volvía a frotarse la piel con el pañuelo—. Así que no me pongas a prueba —sentenció.
Regina dejó escapar una risilla, alejándose de ella con las manos en alto. Si quería una pequeña tregua se la daría.
—Te has dejado un poco de pintalabios justo sobre el mentón —le indicó. Emma se volteó, lanzándole una mirada fulminante, pero al segundo frotó en la zona que la morena le había señalado.
—¿Así mejor? —preguntó a regañadientes.
—Perfecto.
La rubia se acercó a ella con cautela, como una pequeña gacela demasiado herida para salir huyendo si decidiera saltarle encima. Casi no podía ni mirarla a los ojos, con las mejillas aún sonrosadas, cuando le entregó el trozo de tela. Regina aprovechó el acercamiento para acariciarle los dedos conforme le recogía el pañuelo. La respiración de Emma se detuvo y alzó la mirada. Sus ojos aguamarina brillaban de deseo y la morena se sintió demasiado tentada de volver a besarla. Tragó saliva.
—Oye, lo que ha pasado... Esto... Yo... —bufó ella, mordiéndose los labios. Sin duda, la rubia no estaba bendecida con el don de la elocuencia—. En fin, es que no sé cómo decirlo.
—¿Qué tal si lo hablamos a la noche? —propuso Regina—. No creo que este sea ni el lugar ni el momento adecuados —señaló las cuatro paredes de la trastienda con la mirada y Emma suspiró.
—Tienes razón. Lo hablamos luego. Ahora... bueno —carraspeó, juntando las manos—. Tengo que volver al trabajo y tú seguro que tienes mucho que hacer también. Así que hablamos después —repitió.
Regina sonrió, pasándose el cabello por detrás de la oreja, y asintió. Ella pareció algo más aliviada. Era demasiado obvio que no sabía ni cómo ni por dónde empezar la conversación, así que su sugerencia de posponerla la había salvado. Si algo empezaba a conocer de aquella cría era su incapacidad para hacer frente a ciertas emociones complejas y esa ocasión la estaba poniendo demasiado a prueba. «¿Y qué hay de tus propios sentimientos?», se preguntó.
Una reflexión que no había tenido en cuenta, al menos no en profundidad. Parpadeó, consciente de lo poco que había dedicado a analizar la situación, cuando la voz de Emma la sacó de sus pensamientos.
—¿Vienes? —la llamó, sujetando el pomo de la puerta.
Sin duda era una mujer preciosa. No de un modo arrollador, ni siquiera despampanante. Era, simple y llanamente, cautivadora. Tenía una belleza sutil, tan dulce como el aroma a canela y tan resplandeciente como el dorado de su cabello, que parecía haber sido bañado por la luz del mismo sol. Su corazón volvió a acelerarse y la sangre le galopaba sin control por las venas. Ardía por aquella mujer de un modo en el que nunca lo había hecho por nadie.
Echó a andar hacia ella y, al pasar por su lado, se detuvo a la espera de que abriera la puerta. Emma giró el pomo y empujó hacia afuera, pero Regina se mantuvo en su sitio y en lugar de salir aprovechó la cercanía de ambas para darle un beso en la mejilla. Decidió conformarse con eso por el momento.
—No llegues muy tarde esta noche. Te estaré esperando —le dijo a modo de despedida.
[...]
Todo su cuerpo parecía estar en llamas. Ni siquiera la ducha de agua fría había podido bajar su temperatura. Se revolvió en la cama, el pelo y la piel aún húmedos, inquieta. No había podido concentrarse en el trabajo, así que había salido antes de tiempo fingiendo algo de cansancio por el viaje de vuelta de Boston. Quería llegar al apartamento tan pronto como le fuera posible, pero no había pensado en lo sola que se encontraría al hacerlo. Echó un vistazo al reloj de su mesita de noche: «Aún quedan quince minutos para que llegue», se mordió el labio mientras se incorporaba, sentándose sobre el colchón.
Su cuarto, a diferencia de lo anodino que había dejado Emma el suyo, era mucho más espléndido. Las paredes eran blancas a excepción de aquella en la que reposaba el cabezal acolchado de la cama, bañada en un tono grisáceo parecido al del panel de sus cortinas. A ambos lados del colchón, sendas mesitas de noche repletas de cajones y libros a medio leer o leídos del todo, y a los pies se encontraba una banqueta. Frente a ella, un mueble de madera blanco que hacía las veces de cómoda y sobre el que se instalaba un televisor de más de sesenta pulgadas. Flanqueando la enorme pantalla, varias estanterías en las que podían verse un par más de libros y otros elementos ornamentales. En el lateral opuesto a la puerta se encontraba el vestidor, separado por dos puertas correderas de un cristal translúcido y con un enorme espejo a cada lado de la pared. El baño de la suite (compuesto por una espectacular ducha, aseo y una bañera de hidromasaje) estaba pasado el vestidor, en un lugar algo más recluido y apartado para su privacidad.
Aquel espacio, tan grande y en el fondo tan vacío, se le antojaba asfixiante.
—¿Qué vas a hacer ahora, Regina? —se preguntó, como si darles voz a sus pensamientos fuera a conseguir que se evaporaran y se apartaran de su mente.
Se sentía ansiosa, así que se puso de pie y se cerró la bata de seda morada. No quiso ni ponerse las zapatillas, ya que agradecía el tacto frío de la madera del suelo. Le hacía sentir algo de alivio el contraste de temperatura. Deambuló por el piso sin rumbo, subiendo y bajando las escaleras e incluso repasando varias veces la longitud del recibidor. A su paso dejaba un rastro del humo de la decena de cigarrillos que ya se había encendido y que ya se le habían consumido.
Aún no tenía del todo claro cómo iban a enfocar su conversación o qué era lo que quería decirle. Que Emma la hubiera besado hacía que la esperanza volviera a brillar en lo más profundo de su corazón. Y no lo había hecho ni una ni dos, sino varias veces. Sin embargo, el miedo que más la acuciaba era que aquella fervorosa atracción que parecían sentir la una por la otra no fuera más que eso: una atracción.
Regina quería decirle que sus sentimientos iban mucho más allá de eso. Hacía semanas que había rebasado la frontera del deseo y que su mente estaba impregnada de toda su esencia. La quería. ¡No! ¡Qué demonios! La amaba.
Cayó sobre el sofá bajo el peso de sus palabras y suspiró. Se frotó la frente con la yema de los dedos, incapaz de aliviar la presión que sentía, cuando oyó el pitido de la puerta de la entrada. Se incorporó como un resorte, quedándose de pie en el comedor y con la vista pegada al vestíbulo. La silueta de Emma cruzó el umbral de la puerta, vestida aún con el uniforme del restaurante y una expresión sombría en el rostro.
—Hola —saludó Regina, incapaz de contener la euforia que sentía al verla.
—Así que es verdad que ibas a esperarme —dijo ella con un atisbo de media sonrisa—. He traído un par de platos de estofado. Neal es casi tan buen chef como tú, así que estoy segura de que tendrá tu aprobado —continuó, dejando las bolsas en el suelo y cerrando la puerta—. ¿Has cenado ya?
—Si te soy sincera… no tengo demasiada hambre ahora mismo —confesó, escondiendo las manos en los bolsillos de su bata. Sabía que de ese modo la tela se le abriría sutilmente, revelando un poco más de su escote.
Emma no pudo evitar que la vista se le desviara, atraída como si fuera el polo opuesto de su imán. Y ella ladeó la sonrisa, orgullosa de su pequeña treta.
—La verdad es que yo tampoco —coincidió la rubia, parpadeando para devolver la atención a sus ojos—. Ni siquiera he encontrado las fuerzas para hablar con Graham. Sólo he sido capaz de decirle que «ya hablaremos». Soy patética.
—Eh, eh —gruñó, avanzando hacia el recibidor—. No digas eso sobre ti, jamás. Sólo necesitas encontrar el momento, ¿vale? Lo hablaréis y bueno, si queréis arreglarlo —añadió, atragantándose con sus propias palabras—, pues lo arreglaréis.
—No hay nada que arreglar, Regina. No soy del tipo de persona que pueda estar con alguien sabiendo que ha traicionado su confianza. Y después de lo que tú y yo… —inspiró hondo—. No podría estar con él. No se merece algo así.
Por egoísta que pudiera parecer, aquel anuncio alivió a Regina. Le dolía que Emma tuviera que pasar por una situación tan compleja como aquella, pero en el fondo estaba feliz de que finalmente su compromiso con Graham pareciera haber terminado. Dio un par de pasos más hacia ella y se inclinó a recoger las bolsas de comida y sus enseres. Le congratuló ver que, entre sus cosas, estaba el ramo de rosas que ella le había traído horas antes.
—Déjame que te eche una mano con esto, estarás cansada —le sugirió.
—No es necesario. Además, tú acabas de volver de un viaje. Estoy segura de que estás más cansada que yo —repuso, tirando de las bolsas hacia ella.
—Deja que yo me ocupe, insisto.
—Te lo agradezco. Aprovecharé e iré a darme una ducha… lo cierto es que sí que estoy agotada —reveló.
—Lo comprendo —dijo, colocando las rosas en un jarrón con agua mientras Emma se acercaba a la isla de la cocina—. Quiero que sepas que no voy a forzarte a hablar si no quieres hacerlo. Esperaré lo que necesites y consideres.
—Gracias… de nuevo.
—De hecho, puede que me quede esperándote en mi cuarto esta noche. Por si quieres aparecer para… ya sabes, hablar —añadió, el tono pícaro y la mirada traviesa.
Emma se ruborizó, las mejillas de un rosado vibrante, y asintió segundos antes de salir prácticamente corriendo hacia las escaleras. Tenía los hombros tensos y los labios apretados en una fina línea. Aquella muchacha era demasiado transparente y esa era una de las muchas cosas que le fascinaban de ella. Sonrió para sí, disponiendo las rosas hasta que quedaron a su gusto y suspiró. «Al menos podré entretenerme un rato ordenando todo esto», se consoló.
Para su desgracia, la tarea la mantuvo distraída apenas diez minutos. Tiempo en el que dejó los tuppers con el estofado en la nevera y colocó un par de prendas (partes del uniforme de Emma, tales como delantales y camisas) en el cesto de la ropa sucia de la lavandería. Después de aquello, subió a su cuarto y se tumbó en la cama.
Ya iba por su tercer cigarrillo y el sonido del agua de la ducha ya había dejado de correr desde hacía rato. Una parte de ella se había hecho ilusiones e incluso pensó que la rubia aparecería en su puerta, pero parecía que se había equivocado. En el fondo, era lo más normal. ¿Qué quería? ¿Que la pobre muchacha se lanzara a sus brazos sin más? Negó con la cabeza, exhalando una bocanada de humo.
Regina estaba cruzada de piernas, con la espalda apoyada en la suavidad del respaldo de su cama y el televisor encendido. Estaba viendo una película banal, una comedia romántica que ya habían echado en televisión un millar de veces. Por alguna razón, ese tipo de largometrajes la ayudaban a evadirse. Puede que influyera un poco el hecho de que no tuviera que pensar en nada al verlos. Se llevó el cigarrillo a los labios, dándole una firme calada y al momento de expirar sintió un ligero golpeteo en la madera de su puerta. La sorpresa hizo que se atragantara con el humo, así que tosió y hundió el cigarro en el cenicero antes de balbucear un: «adelante».
El pomo de la puerta viró y por ella apareció Emma. Tenía el cabello aún algo húmedo, goteaba sobre su camiseta de manga corta blanca. De un tono tan pálido que el agua hacia que ciertas transparencias aparecieran en la tela, descubriendo parte de la piel que había debajo. La tela le llegaba por debajo de la cintura y colgaba hasta llegar a un par de centímetros por encima de sus rodillas. No parecía llevar pantalones debajo y eso hizo que la respiración se le cortara.
—¿Estás ocupada? —le preguntó, señalando el televisor.
—No, en absoluto. Esto es, bueno… sólo es una tontería —respondió, agarrando el mando con rapidez para apagarlo.
—He pensado en que tal vez sí que podríamos hablar de lo ocurrido. De lo contrario creo que no seré capaz de pegar ojo —admitió.
Por más que lo intentaba, Regina era incapaz de despegar la vista de aquellas transparencias. Quería ver más, sentir la piel que se escondía tras ese húmedo trozo de tela. Se mordió el labio y, en su lugar, dio un par de palmaditas al colchón en un gesto que invitaba a Emma a sentarse.
Ella obedeció, pero se quedó a una distancia prudencial.
—Estoy hecha un lío. Más que antes. Después de besarnos, yo… te confieso que no podía pensar en nada más —empezó a hablar, la vista pegada al colchón—. Llevo horas dándole vueltas y vueltas, pero no saco nada en claro.
La morena se deslizó por el colchón, acercándose a ella. No sabía si iba a ser capaz de contenerse, pero sí que tenía claro que en ese momento necesitaba tenerla cerca. Y mirarla a los ojos. Rozó sus mejillas con las manos y deslizó los dedos por su mentón, alzándolo. Ambas estaban de frente y pudo ver cierto atisbo de vergüenza en los ojos de la rubia.
—Yo tampoco puedo dejar de pensar en ti. Te quiero, Emma —confesó en un susurro. Era la primera vez que decía algo como aquello, así que oírlo hizo que se sintiera extraña. Más liviana, pero extraña—. ¿Qué es lo que tú sientes por mí?
Ella cerró los ojos e intentó ladear la cabeza, pero Regina no se lo permitió.
—Mírame, por favor.
—Ojalá pudiera darte una respuesta, pero no puedo —murmuró, abriendo los ojos. Estaban vidriosos—. Sólo sé que me duele todo el cuerpo y que mi cabeza no para de imaginarte. De imaginarnos. Quiero que pare, Regina. Y no sé cómo hacerlo… —sollozó.
«Así que sólo es atracción», se lamentó, frunciendo los labios. Aquella revelación se clavó como una daga en su pecho. Emma no sentía lo mismo por ella y le dolía saberlo, pero por otro lado también era consciente de que su curiosidad (aunque fuera física) ya era más que nada. Al menos no le era indiferente. Se humedeció los labios, impaciente ante la necesidad que tenía de ella.
—Puedo ayudarte con eso, si me dejas —le propuso, el tono suave—. ¿Te parece bien?
Ella asintió y Regina acarició su barbilla con los dedos, desplazando las manos hacia sus mejillas. Primero depositó un casto beso en su frente, después bajó hacia la punta de su nariz y por último le besó el mentón. Emma tenía la piel erizada, la respiración le vibraba bajo el pecho y sus labios estaban entreabiertos, anhelantes. Ella sonrió, satisfecha y la besó con dulzura. El agradable aroma de su champú flotaba en el aire y el ardor de su piel quedaba patente bajo el roce de sus dedos. Las manos de la rubia se abrieron paso hasta dar con su cintura y se aferró a la tela de su bata, tirando de ella. Señal que Regina interpretó como su oportunidad para ir un paso más allá.
Con un movimiento grácil, tiró del cuerpo de Emma hasta dejarla tumbada en mitad del colchón. Ella se desplazó, a gatas, hasta quedarse encima y la miró. Aún con todo su cuerpo ansiando desesperadamente continuar, sabía que debía volver a preguntarle si estaba segura de su decisión.
—Podemos parar si quieres —le indicó.
—No —musitó ella, los ojos encendidos en deseo, mientras la rodeaba con los brazos—. No quiero parar.
La semana que viene promete (o tal vez no) :P
¿Qué creéis que pasará entre estas dos?
¡Nos leemos!
