POR SEGUNDA VEZ
THE SEARCH HAS COME FULL CIRCLE
Zúrich 29 de febrero de 2020 - 6:11 p.m.
Una cansina y persistente lluvia había azotado la ciudad durante toda la tarde, trayendo a su paso toda una turbamulta de gente torpe huyendo del inclemente clima, en medio de una cacofonía de gritos y bocinazos de autos atrapados en el tráfico descomunal de la hora pico, capaz de destrozar los nervios de cualquier persona.
Y mucho peor si esa persona se trataba de un casi veinteañero ruso cuya escala de paciencia estaba a eones que de ser descubierta.
Yuri detestaba las tardes lluviosas de finales de invierno, porque traían consigo una ráfaga de viento y humedad recalcitrante que se incrustaba hasta en los huesos; una frígida sensación muy distinta al frío seco de las nevadas propias de la estación. Y por esa sencilla razón, el rubio evitaba a toda costa siquiera asomar su nariz a la calle en esos días de lluvia.
Sin embargo, allí se encontraba, a esa hora, con un paraguas que apenas cubría su cabeza, tres bolsas de supermercado y el trasero congelado, caminando por las aceras mojadas y abarrotadas de Zúrich. Todo lo cual había llevado a la categoría de pésimo al de por sí natural malhumor del Tigre Ruso. Y recordar los motivos por los cuales estaba en esa detestable situación, no ayudaban mucho a mejorarlo…
Una semana antes, había recibido una amenaza, disfrazada de advertencia, por parte de su "querido" coach…
"Es suficiente Yuri Plisetsky… o paras esta locura de mierda o cancelo tu participación en la World Champion… no voy a ser cómplice de tu maldito suicidio. Trabajarás bajo mis reglas, o no tendrás culo suficiente para soportar las patadas que te voy a dar desde Zurich hasta San Petersburgo, ida y vuelta"
Y a partir de ese momento, Christophe Giacometti se encargó de literalmente echarlo de la pista todos los días apenas daban las cinco de la tarde.
Lo cierto era que Chris estaba muy inquieto por el ritmo despiadado de entrenamiento que llevaba el ruso desde que regresaron de Seúl. Era como si Yuri quisiera desligarse del mundo y la única forma que hallaba para hacerlo era patinando. Había practicado todos los días sin descanso hasta muy tarde en las noches, apenas parando para comer, si es que acaso lo hacía… Dormía poco y casi no salía… El rubio se había convertido en un autómata que solo vivía para patinar sin preocuparse de sí mismo.
Así que Giacometti, hastiado y preocupado por la situación, decidió ponerle fin a la actitud demencial de su pupilo. Sin importarle un bledo la opinión del joven ruso, Chris estableció reglas puntuales que incluían un estricto programa de alimentación (en palabras del suizo "¡Voy a cerciorarme de que comas las tres putas veces al día!") y un horario de entrenamiento de un máximo de ocho horas diarias, divididas en bloques de cuatro horas e intercaladas con el almuerzo, disponible únicamente de lunes a viernes iniciando a las siete de la mañana y finalizando a las cinco de la tarde, sin excepción ("¡Y ni de coña se te ocurra aparecerte por aquí el fin de semana, rusito de mierda, o te voy a desollar vivo y haré un tapiz para mi baño con tu jodida piel")
¡Rayos… quién diría que las mañas de vocabulario soez eran una enfermedad transmisible! Ciertamente Chris podía tener la misma boca de cañería de aguas negras que Yuri, cuando se enojaba…
En el fondo, Yuri entendía y apreciaba la preocupación de su instructor y amigo… de seguir con ese ritmo de entrenamiento, volvería a caer en la misma espiral de autodestrucción en la que se dejó sumir más de dos años atrás. Y si lo veía de manera objetiva, las reglas de Chris eran simples y fáciles de cumplir…
Hacerlo era harina de otro costal…
Entrenar hasta el cansancio se había convertido en la única forma con la que Yuri podía mantener su mente ocupada y así no tener que pensar… en su vida, en su pérdida, en su tristeza, en su soledad… en Otabek…
Pese a todo, y reconociendo las buenas intenciones detrás de las medidas, el joven ruso terminó aceptando las nuevas reglas de su entrenador. No lo admitiría ante nadie, pero sabía que Christophe tenía razón y que todo era para su propio bienestar. Por lo que se resignó a acatar las instrucciones y decidió continuar a paso más tranquilo su preparación camino hacia el Mundial, regalándole algo de paz mental tanto a Chris como a sí mismo.
No obstante, y desde el punto de vista de Plisetsky, hoy era un día en el que el suizo podía agarrar todas esas buenas intenciones y metérselas por esa parte de su pervertida anatomía adonde no le llega el sol… ¡El maldito infeliz lo había lanzado en medio del aguacero y encima con el encargo de hacer compras para la despensa!
Yuri seguía de camino hacia su casa, mascullando todo tipo de maldiciones en contra del sádico de Chris, de la puta lluvia, del frío de mierda, del hijo de la grandísima que pasó en su carro y lo salpicó, cuando de pronto sonó su celular. Estaba ya a dos cuadras de su apartamento, por lo que pensó no responder cuando vio el nombre de quien llamaba reflejado en la pantalla del aparato. Al final, acomodó los paquetes y contestó en algo que pareció más bien un ladrido.
– ¡Qué quieres! –
La voz alegre de Chris se escuchó al otro lado de la bocina.
"Hey, enano, fuiste al supermercado como te dije"
Yuri rodó los ojos fastidiado
– ¡Serás cabrón!… ¡¿Para eso me llamas, imbécil?!–
"Debo entender por tu respuesta que sí fuiste y compraste todo lo que te puse en la lista, incluyendo los condones, espero"
– ¡No me jodas, Chris, que no te gustará saber por dónde pienso meterte la maldita lista la próxima vez que te vea! –
"Bájele dos rayas, Tigrito, y no te me esponjes; que nada robe la dulzura de tu carácter… confío en tu buen criterio después de lo todo lo que hablamos sobre cuidarte y no extralimitarte"
Yuri bufó molesto, soplando un mechón de su cabello que caía sobre su frente. No le daría la razón al suizo jamás, por más que la tuviera, ni bajo amenaza de muerte.
– ¡Después que me aventaste a la calle bajo esta lluvia infernal me hablas de cuidarme! ¡Muérete Giacometti! Además, ¡para qué mierda voy a comprar yo condones si no tengo planes de usarlos, maldito desgraciado!
Una carcajada estridente se escuchó del otro lado de la línea.
"De acuerdo muñeco, solo era una sugerencia para que disfrutaras tu noche. Igual ya nos veremos mañana… y Yuri… Feliz Cumpleaños"
– ¿Ya se te fundió la única neurona que tenías en el cerebro o qué? ¡Mi cumpleaños es mañana, idiota!–
"Qué poca visión tienes, mi Niño del Aro… si lo piensas bien, en algún lugar del mundo ya es 1 de marzo… Y en todo caso, si no fuera año bisiesto, hoy sería tu cumpleaños"
Yuri soltó una risotada. Tenía muchos días que no reía con tantas ganas, que se sintió liberado… jamás había echado de menos la falta de humor en su vida hasta ese momento. Agradeció tener tan buenos amigos que se esmeraban por levantarle el ánimo, a su muy peculiar estilo.
– Ok, Chris… gracias por las felicitaciones y mil disculpas por no estar sincronizado con el huso meridiano correcto–
-"Qué harías sin mí para iluminarte con mi sabiduría, mi pequeño Saltamontes"
–¡Oh sí gran Christophe Sensei, que me he quedado ciego con el puto brillo de tu sapiencia! –
-"Claro, sarcasmo infundado… ¡hieres mis sentimientos Plisetsky, no mereces el regalo que te envié! Pero qué más da, así soy yo de bueno y compasivo… ¡Espero que lo disfrutes, bebé! Ya mañana me das las gracias"-
– ¿De qué coño estás hablando, Chris?… ¿Chris?… - el sonido característico de la llamada cerrada fue lo que recibió por respuesta –¡Maldito suizo! –
Yuri estaba por marcarle devuelta a su coach, cuando la silueta de un hombre apostado a la entrada de su edificio cortó su respiración… había oscurecido temprano a causa del clima y la capucha del anorak negro que usaba aquel sujeto cubría por completo su rostro, no obstante el rubio era capaz de reconocer esa espalda en este o cualquier otro universo alterno que les tocara vivir.
– Beka…–
Aunque fue apenas un susurro, el hombre se giró para encarar a quien lo había llamado. Un empapado Otabek Altin, con las manos en los bolsillos y tiritando de frío, miraba al rubio con un gesto apenado. Ambos se quedaron perdidos por un momento en esa corta distancia que los separaba, temerosos quizás de acercarse… habían pasado por tanto en tan poco tiempo, que los recuerdos del pasado reciente atizaban sus almas como una brasa ardiente, impidiendo que decidieran dar el siguiente paso.
– Hola, Yura…–
Escuchar el apodo cariñoso con el que solía llamarle, aceleró las pulsaciones del joven ruso. Yuri permaneció unos segundos contemplándolo con los ojos anegados, hasta percatarse de la circunstancia precaria en la que estaba el kazajo, por lo que corrió a cubrirlo con su paraguas, aunque escasamente alcanzaba para los dos.
– ¡Diablos, Otabek! ¿Qué haces aquí bajo este clima?… Te vas a... –
Las palabras del ruso fueron acalladas, de pronto y sin aviso, por un par de brazos urgidos y necesitados. Sin detenerse a pensarlo, Otabek cedió al deseo instintivo que lo quemaba desde hacía meses, y estrechó al rubio en un fuerte abrazo. Yuri tardó un poco en responder el inesperado saludo, pero finalmente colocó el brazo cargado de paquetes en la cintura del kazajo, mientras que la otra sostenía el paraguas sobre sus cabezas, disfrutando del fresco aroma que le llegaba del cuello del castaño.
– Ven conmigo. Debes sacarte esa ropa mojada o te vas a enfermar. –
Otabek aflojó poco a poco el agarre alrededor de la espalda del menor, y ambos hombres se separaron lentamente. Un frío repentino se coló bajo las ropas mojadas del castaño, recorriendo y enchinándole la piel. El joven kazajo intuyó que, más allá del agua que escurría a chorros desde su cabeza, la helada sensación se debía a la ausencia del cálido cuerpo que, hasta hacía apenas unos segundos, sostenía entre sus brazos.
Sin voltear a verlo directamente, Yuri le hizo un ademán para que lo siguiera y juntos se encaminaron hacia el apartamento del ruso. Altin se detuvo en el umbral de la puerta sin saber que hacer, sintiéndose bastante estúpido al encontrarse en esa situación: empapado hasta los huesos y con un pequeño charco de agua bajo sus pies, frente al hogar de su ex.
– Yuri, mejor me quedo acá afuera, estoy chorreando agua y puedo a arruinar el parqué. –
– ¡No digas estupideces, Otabek! El piso se seca, así que no te preocupes y entra de una vez, sino morirás de una pulmonía. –
El castaño avergonzado obedeció y Yuri cerró la puerta detrás de él. Ambos se quedaron inmóviles y en un silencio tenso en el recibidor del departamento, inseguros de qué decir a continuación. El ruso se acercó vacilante e hizo un ademán de querer quitar el abrigo de su visitante, que seguía escurriendo agua. Otabek, entendiendo lo que su acompañante intentaba hacer, se sacó el abrigo antes de que Yuri llegara hasta él.
– Estás empapado… tú… creo…yo… mmm… puedes colgar el anorak en el perchero que está en esa esquina… yo… yo voy por unas toallas. –
Yuri tardó apenas unos minutos cuando ya estaba devuelta con dos toallas enormes y una muda de ropa. La evidente interrogante dibujada en el rostro del kazajo hizo que el rubio soltara una risita tímida, entendiendo de antemano a qué se debía la muda pregunta en la mirada del castaño.
– Obviamente no es mía… no tengo nada en mi armario que te quede. Esta ropa es de Chris– Altin elevó las cejas sorprendido y el rubio dejó escapar otra pequeña sonrisa – Y antes de que tu cabeza explote… me la prestó hace ya meses, una noche que tuve que dormir en su casa por culpa del clima... y la verdad me ha dado flojera devolvérsela–
Sus miradas se conectaron momentáneamente y Yuri sintió las piernas temblar. Incapaz de continuar de pie frente a su antiguo novio sin sentir que su cuerpo la traicionaba, desvió sus ojos hacia un punto indefinido de la sala y le entregó las prendas, mientras le señalaba una puerta que se encontraba abierta a pocos pasos de donde conversaban.
– Debes cambiarte esa ropa mojada o te resfriarás… Puedes… puedes usar el baño de mi recámara que es el que tiene agua caliente. Te dejaré un par de toallas más sobre la cama y haré un poco de chocolate caliente. Deja tu ropa afuera, frente a la puerta… yo pasaré por ella para meterla en la secadora. –
Otabek vio al rubio casi correr a la cocina y soltó un largo suspiro… fue en ese momento en que se percató que había estado conteniendo la respiración sin saberlo. Una nueva bocanada de aire escapó de sus labios cuando finalmente entró a la habitación señalada por el ruso. Otabek quedó estático, parado en medio de aquel cuarto, sintiendo una descarga eléctrica recorrerle desde su columna hasta su pecho y que provocó que su corazón se acelerara hasta punto de casi estallar.
Él estaba en la recámara de Yuri… su lugar más íntimo… su santuario… un espacio que Otabek sabía que el rubio no compartía con nadie, salvo con aquellas personas más cercanas a su corazón… y ese conocimiento lo hacía sentir feliz y aterrado al mismo tiempo…
Abrumado por sus pensamientos, el kazajo decidió tomar una ducha corta, que alcanzó para que apenas se quitara la sensación helada en su cuerpo, y se vistió lo más rápido que pudo con las prendas que le había dado el rubio. Recién terminó de vestirse, sus ojos hicieron un recorrido involuntario por toda la habitación, descubriendo la huella personal de Yuri impregnada en cada pequeño rincón de ese lugar. Fue entonces cuando divisó de reojo una chamarra de cuero azul tirada sobre una de las almohadas, y que le resultaba extremadamente familiar.
Yuri regresó a la habitación justo en el momento en que Otabek levantaba la chaqueta de su sitio privilegiado en aquella cama. La sorpresa y la vergüenza se apoderaron del menor, dejándolo inmóvil y sin habla mientras la sangre bullía por todo su rostro.
Otabek se acercó a Yuri sosteniendo la chaqueta fuertemente entre sus manos hasta quedar frente al ruso, quien evitaba el contacto visual con su acompañante.
– ¿Por qué tienes esto contigo, Yuri? –
– Por... porque me gusta, es cómoda y bastante abrigadora. –
– Esta chaqueta es mía… no pensé que te quedarías con ella –
– Era tuya… hace mucho tiempo que no te pertenece. –
– ¿Y por eso la usas como accesorio en tu cintura cuando estás de viaje? –
Yuri dio un respingo entrecortado y se alejó dos pasos dándole la espalda al kazajo. El rubio llevó su mano al pecho como queriendo detener el retumbar desenfrenado de su corazón. La situación lo estaba sobrepasando y sentía unas ganas inmensas de llorar. No pudo evitar el escalofrío que recorrió toda su piel al percibir al otro hombre acortar la distancia y quedar a centímetros detrás de él.
– Yo… yo solo vine a recoger tu ropa y avisarte que el chocolate está listo en la cocina… te ayudará a entrar en calor.–
El rubio iba a huir nuevamente a la seguridad de la cocina, pero la mano de Otabek se cerró sobre su brazo impidiéndole la salida. Yuri apretó los ojos con fuerza en un intento de impedir que las lágrimas hiciesen acto de presencia, y se mantuvo inmóvil en la misma posición frente a la puerta del cuarto, sin girar a ver a la persona que lo retenía. El patinador mayor terminó de acortar los centímetros que los separaban, y pegó su pecho a la espalda del ruso, colocando sus manos sobre las caderas y su cabeza contra la propia del menor, causando que el cuerpo del rubio vibrara ante ese toque.
– No necesito el chocolate para entrar en calor, Yura- el interpelado ahogó un gemido cuando sintió el aliento cálido sobre su oído – Con tenerte a mi lado es más que suficiente. –
– ¿Por qué estás aquí, Otabek? –
La voz de Yuri salió en un susurro apenas audible. El joven kazajo tomó de la cintura al rubio, y lo hizo girar para mirarlo de frente. Los ojos verdes del menor brillaban húmedos y expectantes, y se mantenían fijos en el pecho del castaño, sin atreverse a enfrentar aquella mirada almendrada. Otabek unió una de sus manos a la de Yuri, mientras que con su otra tomó al ruso por el mentón, obligando a que éste lo mirara directamente.
– En Italia me hiciste una pregunta, que dijiste solo podía responderte cuando estuviera totalmente seguro de tener la respuesta… y estoy aquí para dártela, Yura... –
– Beka…–
– Yura… yo… sí creo… no, estoy absolutamente convencido de que ese rayo puede caer dos veces y hasta más en el mismo sitio… porque lleva cayendo sobre mí todos los días desde que tengo memoria… desde que me vi reflejado en unos hermosos ojos verdes que asemejaban la mirada de un soldado, en un estudio de ballet hace casi 10 años atrás… Esa tormenta eléctrica no ha parado de tronar sobre mí… y no creo que algún día deje de hacerlo. –
Varias gotas de agua salada rodaron por las mejillas sonrojadas del rubio, que fueron absorbidas por los labios de Otabek. Yuri, no pudiendo contener más el desborde de emociones, se aferró al cuello del moreno, rompiendo a llorar desconsoladamente. Otabek correspondió, cerrando con fuerza los brazos alrededor de la espalda del menor y dejando también fluir las lágrimas que mantenía retenidas.
– ¡Perdóname, Beka… por favor, perdóname…! –
– ¡Perdóname tú a mí, Yura… he sido tan tonto…!–
– Yo no tengo nada que perdonarte… – el rubio hipaba dolorosamente – Tu estabas en todo tu derecho a dudar de mis palabras… yo nunca te demostré lo importante que eras para mi… debí darme cuanta antes de que eras tú y solo tú, y no permitir que te fueras de mi lado… ¡Te hice tanto daño con mi estupidez y confusión, y lo siento tanto…! –
– Pero eso no me daba el derecho a tratarte como lo hice… a ignorarte y herirte… tú lo hiciste sin intención, pero yo te lastimé a propósito, deseando castigarte y hacerte sufrir como lo hacía yo – Otabek se separó un poco para tomar el rostro del rubio entre sus manos, limpiando con sus pulgares las lágrimas que caían sin control – Soy un ser despreciable, que no logró nada más que aumentar el dolor de ambos… ¡Dios, detesto verte llorar y peor si es por mi culpa…! ¡Perdóname por favor, Yuri...!
El kazajo empezó a repartir cortos besos por todo el rostro de Yuri, haciendo que el ruso soltara una risita triste entre sollozos. Poco a poco el llanto de ambos fue menguando, quedando en suspiros sosegados. Otabek apoyó su frente contra la de Yuri, quien cerró los ojos al sentir el roce de unos dedos delineando su boca.
– Entonces… ¿me perdonas o no? –
La risa cantarina de Yuri inundó la habitación, aligerando el ambiente y colmando el alma de Otabek de una paz y felicidad que creía olvidada.
– Creo que ambos hemos hecho méritos suficientes para olvidar e iniciar desde cero… como te dije, no hay nada que perdonar… sólo… sólo quédate conmigo y empecemos una segunda vez, Beka…–
– Contigo, no importa si es una segunda, tercera, cuarta o enésima vez… siempre volvería a ti, Yura… siempre–
Otabek estrechó sus brazos alrededor del cuerpo del menor y empezó a dejar besos prolongados en la nariz, los ojos, el oído y la comisura de los labios. Un calor muy conocido empezó a sentirse en el vientre del ruso, cuando sintió el aliento del kazajo susurrarle al oído…
– Yuri… yo… quiero… necesito… no tienes que decir que sí, pero…–la agitada respiración era evidencia contundente del estado de excitación creciente que empezaba a sobrepasarlos entre cada beso – ¡Dios, he soñado con besar tu piel y hacerte mío todas las noches desde que nos vimos en Italia!… –
Un ronco gemido surgió de la garganta de ambos cuando sus bocas finalmente colisionaron en un beso demoledor. Las manos de Otabek viajaron con ímpetu por todo el delgado cuerpo que estrujaba entre sus brazos, dejando un camino de caricias insinuantes por encima de la ropa. Yuri se sintió desfallecer, deseando con todo su ser eliminar todo estorbo que le impedía el contacto directo con la aquella bronceada piel… y entonces las manos ávidas del kazajo se colaron por debajo de la camiseta del rubio, sacándola por encima de su cabeza… y todo resquicio de cordura dejo de existir…
– Quiero hacerte el amor, Yura… ¿me dejarías fundirme de nuevo en ti?– la boca de Altin se encontraba anclada sobre el cuello del patinador ruso mientras que sus manos recorrían el torso desnudo; el castaño besaba, lamía, apretaba y mordía, haciendo que el rubio arquera su espalda con cada descarga de placer provocada por las caricias del kazajo.
– ¡Maldición, Beka!… ¡No preguntes, solo hazlo! Yo… quiero sentirme tuyo otra vez… por favor, Beka…–
Un gruñido posesivo resonó en los oídos del rubio. Las manos de Otabek se colocaron por debajo de su trasero levantándolo de un solo impulso. Yuri soltó un jadeo extasiado y amarró sus piernas alrededor de las caderas del hombre. El castaño caminó despacio y depositó su preciada carga sobre la cama, sin dejar de besarlo. Lo que quedaba de las ropas de ambos fue desapareciendo poco a poco, dejándolos totalmente expuestos, piel con piel.
Otabek retomó el recorrido de sus manos y su boca por el níveo cuerpo que tanto había extrañado, dispuesto a disfrutar con lentitud de cada parte y espacio de éste. Sus labios se detuvieron sobre un pequeño y rosado botón sobre el pecho del ruso, mordisqueándolo y saboreándolo con placer. La reacción sobreexcitada y aprensiva del menor le indicaron que algo no andaba bien, haciendo que se detuviera en el acto. Otabek volteó a ver a Yuri, quien bajó la mirada apenado.
– Yo… lo lamento, Otabek… es que… yo no… sólo…– Yuri detuvo sus balbuceos y liberó un suave suspiro. Tomó el rostro de Otabek entre sus manos y lo miró con timidez y ternura–Solo… se gentil… –
Otabek se incorporó de repente, apoyando los brazos a cada lado del cuerpo del rubio, y lo miró contrariado. Yuri le acarició la mejilla con el dorso de su mano.
– Yuri… ¿acaso tú?... tú no…–
– No he estado con nadie desde la última vez que lo hicimos, Beka… la noche donde me mostraste tu biblioteca de música secreta. –
– ¡Pero… eso fue…!–
– Hace dos años, cuatro meses y veintinueve días… la última vez que me sentí completo…–
La opresión en la garganta del kazajo le impidió seguir hablando, y solo permaneció allí, quieto y en silencio, observando detenidamente al joven aprisionado bajo su cuerpo. En esos mismos dos años, cuatro meses y veintinueve días, Otabek había tenido varias citas, muchas de las cuales terminaron en su cama, sin que llegaran a evolucionar en algo más serio… al fin y al cabo la vida debía seguir su curso, y siempre se imaginó que Yuri había hecho lo mismo. Descubrir su equivocación fue un duro golpe a su conciencia, pero a la vez un dulce estímulo para su ego… se sintió tan sucio e indigno por haber permitido el toque de otras personas sobre su cuerpo… Pero al mismo tiempo, extremadamente dichoso de saberse el primero y el único que ha tocado al rubio de esa manera.
No sabía que había hecho para lograrlo…definitivamente no se merecía esta segunda vez que le regalaba la vida para estar al lado de ese ser tan maravilloso… pero se juró a sí mismo que no la desperdiciaría… y que lo haría feliz por el resto de los días que le quedaran por vivir.
El castaño llevó sus manos trémulas hasta el rostro del menor, delineando con sus dedos cada facción de aquel bello perfil y apartando con cuidado los mechones rebeldes de la cara de Yuri. Sin apartar la vista de aquellos mares verdeaqua, Otabek acercó su boca lentamente hasta los labios deseosos del ruso, depositando un dulce y profundo beso sobre ellos.
– No haré nada que no me permitas o no quieras, Yura… te prometo que hoy y siempre, te trataré como lo que eres… el más hermoso ángel que bajó desde el cielo para cambiarme la vida… –
Ni siquiera tuvo tiempo de contestar cuando el castaño volvió capturar su boca en un beso intenso. Yuri se entregó sin reservas disfrutando cada toque que el kazajo prodigaba sobre su piel, abandonándose sin temor a esa sensación de confianza absoluta, con la certeza de que en ese momento eran solo ellos dos, sin los fantasmas de dudas, miedos e inquietudes que vencer. Había tardado tanto tiempo en darse cuenta lo que realmente sentía por ese hombre, que ahora le parecía estúpido todo el tiempo que perdió encerrado en una burbuja de ilusiones pasajeras y falsos amores…
Porque siempre había sido suyo… su Beka… y nadie más…
La boca de Otabek empezó a descender dejando una estela de ardientes caricias y saliva por la blanca piel del ruso, hasta llegar a su vientre. Yuri se aferró a una almohada con fuerza, sintiendo su sangre hervir y las pulsaciones de su cuerpo elevarse a niveles insospechados, mientras su amante continuaba esparciendo besos y pequeños mordiscos a través de sus caderas y muslos, llegando hasta su centro.
Un gemido gutural salió de la boca del rubio al sentir la cálida humedad de los labios de Otabek descendiendo por su miembro, al tiempo que unos dedos invasores empezaban a explorarlo en la parte más íntima de su ser. Hacía tanto que no experimentaba esa sensación tan deliciosa, que todos sus sentidos se desbordaron y un sorpresivo y arrollador primer orgasmo estalló dentro de la boca del kazajo.
Sin darle tiempo a reaccionar, Otabek volvió a apresar la boca Yuri, quien todavía navegaba entre las brumas del éxtasis reciente. El calor iba en aumento al mismo ritmo de los jadeos y siseos en medio del apremiante beso. El castaño murmuraba tiernas palabras de amor que derretían el corazón y estremecían el cuerpo del joven ruso, mientras que sus con sus dedos continuaba adentrándose en aquel punto sensible, logrando que una nueva ola de excitación le sobrecogiera por completo.
Ambos rompieron el beso al no poder controlar los quejidos y sonidos obscenos que brotaban de sus bocas… sus miradas se conectaron… Otabek desfalleció al reconocer todo el deseo y el amor que irradiaban esas lagunas verdes, liberando por fin su alma del gran peso de sus dudas.
– Te amo…– susurró el castaño, casi como si fuera un secreto, sintiéndose derretir cuando el otro devolvió las mismas palabras.
Otabek detuvo el ritmo de las penetraciones y sacó sus dedos del interior del rubio, apoyando sus manos en sus muslos y mirándolo a los ojos. Yuri asintió ligeramente rodeando el cuello del castaño con sus brazos. El ruso soltó un suave quejido y clavó sus uñas en la espalda de su amante, al sentir que se adentraba en él con lentitud. Ambos permanecieron quietos por unos minutos, abrumados por la sensación de plenitud que en ese momento inundó sus cuerpos y almas…
El kazajo besó los hombros del menor, rozando sus dedos por todo el largo de su columna hasta su espalda baja, y lo apretó suavemente a la espera de que el rubio se acostumbrara a la intrusión. Yuri gimió quedamente y se aferró al cuerpo del castaño, enroscando sus piernas y empujando su cadera contra la de él…
Y en cuanto hizo el primer movimiento, cualquier idea previa de ir lento y con cuidado quedó en el olvido.
Ambos se vieron envueltos en una marejada incontrolable de gemidos, sentimientos, súplicas y sudoroso placer. Otabek sabía dónde tocar, donde presionar y que decir para llevar a Yuri al límite, reduciendo al joven ruso a una masa temblorosa y sensible. Con cada embestida, el cuerpo de Yuri se desmadejaba en medio de jadeos indecentes pidiendo por más y maldiciones en su idioma natal, que llevaron al castaño al borde de la locura, logrando que arremetiera con más ímpetu en un intento por alcanzar hasta lo más hondo de su ser.
EL clímax llegó en medio de un grito con el nombre de su amante, haciendo que Yuri apretara con más fuerza el agarre de sus piernas a las caderas del otro. Otabek lo levantó y atrajo hacía él, sentándolo en su regazo sin dejar de empujar ferozmente en su interior, mientras el rubio gemía y se estremecía aún en medio de un orgasmo demoledor. Después de dos estocadas, un quejido liberador brotó de la boca del kazajo quien estrechó su abrazo alrededor del cuerpo del ruso, como si no quisiera soltarlo jamás, y se derramó dentro de él.
Yuri se desplomó sobre pecho de Otabek, respirando con dificultad y escondiendo su rostro en el cuello del castaño, disfrutando del aroma de su perfume mezclado con sudor y saliva. Sin haber salido de él, Otabek afianzó su agarre a la cintura del rubio y empezó a esparcir pequeños y juguetones besos por toda su cara, cabeza y cuello, haciendo que Yuri riera feliz.
– Te amo, Beka... –
La sinceridad en la mirada esmeralda tras decir esas palabras lo dejó desarmado. Otabek tragó el nudo que amenazaba con asfixiarlo y estrelló su boca con la del otro con fuerza, empujándolo con suavidad contra la cama. Yuri se sentía en medio de un sueño… estaba seguro de que no se merecía a ese hombre, pero no le importaba, pues no pensaba soltarlo nunca más.
El joven ruso movió su cadera al sentir la erección del otro creciendo nuevamente dentro de él. Ambos emitieron un suspiro profundo. Volvieron a besarse, iniciando nuevamente el dulce vaivén de sus cuerpos sobre el colchón.
Esa noche, hicieron el amor hasta el amanecer, explorando cada espacio de la piel del otro y tratando de recuperar todo el tiempo perdido. La aurora los encontró con las piernas entrelazadas dándose pequeños besos y mimos por todo el cuerpo. Estaban exhaustos pero satisfechos.
– Otabek… el Mundial es en menos de 20 días… ¿Cómo vas a hacer si no tienes entrenador? –
Yuri estaba recostado sobre el pecho del moreno dibujando figuras invisibles con un dedo. Otabek aspiró el perfume que desprendía su pelo y le dejó un beso en la coronilla, pegándolo más a su cuerpo.
– Hablé con el asistente técnico de mi ex coach para que vigile mis rutinas en los días que faltan. Y le enviaré los reportes diarios a Viktor a través de videos para asesoría y seguimiento.–
Yuri se levantó como un resorte y quedó sentado de inmediato sobre la cama. La mueca entre adolorida y sorprendida que lucía en su cara hizo que el Altin riera con ganas, para luego halar suavemente el cuerpo del rubio y acomodarlo a su lado.
– ¡¿Viktor?! – Otabek asintió besando una de las manos del rubio –¡¿Nikiforov?!– El kazajo volvió a asentir con una sonrisa – ¡¿Viktor Nikiforov el viejo ridículo marido del Cerdo?! – el castaño estalló en carcajadas y tomó al ruso por la nuca para darle un beso.
– El único Viktor Nikiforov que tú y yo conocemos, Yura.– la cara de Yuri era un poema y Otabek volvió a besarlo divertido – Hablé con él hace unos días, y aceptó ser mi coach interino durante el campeonato. Nos encontraremos en Montreal nueve días antes de que comience el torneo… le hice cambios a mi programa libre y él quiere hacer las correcciones en directo.–
– ¿Y no te molesta?… digo… tendrás que pasar tiempo con Yuuri– Otabek deslizó un dedo por todo el perfil y cuello del rubio, lo que provocó que Yuri se frotara contra la mano de su amante
– Mi problema no era con Katsuki sino con lo que sentías por él… y ahora sí estoy seguro de que eso quedó en el pasado– Yuri volvió a recostar su cabeza en el pecho del moreno, quien empezó a hacerle piojitos en el pelo –Además esos dos forman parte de tu rara familia… igual que Mila, Yakov, Lilia y Georgi… son como los Locos Addams… no es que me pueda librar de ellos, aunque quisiera.–
Yuri mordió uno de los pezones del kazajo haciendo que este pegara un grito adolorido en medio de risas.
– ¡Plisetsky, eso dolió! –
– ¡Eso es para que sigas tirándotela de gracioso, idiota! –
– Sigues siendo un gatito salvaje, Yura- el ruso comenzó a picar su costado con un dedo haciendo que brotaran nuevas carcajadas –¡Ok, ok, ya no más, me rindo! –
Yuri dejo un pequeño beso sobre el área donde había mordido al kazajo, y le sonrío con sorna.
– Volviendo al tema… Viktor me había dicho que se iba a tomar un año sabático… ¿Cómo es que será tu entrenador ahora? –
– Será solo por esta vez, ya que Chris no iba a tener tiempo de organizarse, entre atenderte a ti y Minami… ya la próxima temporada arrancamos de lleno en MaGia –
Los ojos verdes abiertos de par en par miraron al kazajo con asombro. En menos de dos segundos, un muy emocionado patinador ruso, olvidándose de cualquier dolor o cansancio físico de su cuerpo, se encontraba sentado a horcadas sobre las caderas de su acompañante, con una enorme sonrisa iluminando su rostro. Otabek le devolvió una sonrisa enamorada… Tener a un desnudo, ojeroso y despeinado Yuri Plisetsky, sentado encima de él y sonriendo de esa manera, era un cuadro simplemente hermoso.
– ¿Te mudarás a Suiza? –el castaño asintió– ¿Y te quedarás a vivir aquí, conmigo? –
– Solo si tú me aceptas… y preferiría que así fuera, porque los alquileres en Zúrich son muy caros y…–
El impacto de una boca devorando la suya le impidió terminar la frase. Otabek se dejó llevar por las ansias y deseos de su pareja, y ambos volvieron a sumergirse en una ola ardiente de lascivia y placer. Terminaron abrazados uno sobre el otro, con sus respiraciones erráticas y el corazón rebosante, sumergidos en un tibio y delicioso sopor, besándose lenta y apaciblemente.
Las pestañas doradas sobre unas agotadas esmeraldas empezaron poco a poco a languidecer, haciendo que su dueño se acurrucara contra el cuerpo cálido de su novio... que dicha poder llamarlo nuevamente así.
– Otabek… ¿crees lograremos que esta segunda vez sí sea para siempre? –
– Para siempre es un término muy abstracto, Yura… en mi caso, lo que tú esperes sea tu "para siempre", es todo lo que yo necesito –
– Beka… – Yuri murmuró con voz adormecida, recibiendo un suave gruñido de asentimiento por parte de su novio – Te amo…–
Otabek pasó el brazo por la cintura del ruso, atrayéndolo más a él, hasta encerrarlo en un abrazo y dejar un beso sobre la pálida frente.
– Yo también te amo, Yurochka… Feliz cumpleaños…–
Hola a todos... ya llegamos a la parte que tal vez muchos esperaban... al fin están juntos
Espero les haya gustado.. sobre todo a ti Lukita, pues sé que ansiabas leer este reencuentro. Espero no haberte decepcionado
Cuídense mucho... nos vemos el próximo fin de semana!
