Capítulo 32
Cupcake de limón
Todo parecía distinto a su alrededor.
A pesar de no poder distinguir los colores de la ciudad, podía oler, escuchar, sentir como todo comenzaba a convertirse en fiesta, como el bullicio se hacía cada vez más patente en un lugar en el que se vivía con especial interés aquellas fechas.
Quinn lo sabía, y a pesar de sentir la pesadumbre de no poder disfrutarlo como lo había hecho años atrás, no podía evitar sentirse bien.
Los últimos acontecimientos con Rebecca, lejos de defraudarla, le habían hecho bien.
El rechazo recibido por parte de la morena había sido perfectamente asimilado tras pasar parte de la noche junto a ella, viendo películas y discutiendo sobre actores, música, etc... Necesitaba su compañía, y sin duda, eso sí lo estaba recibiendo.
Sin olvidar las palabras de ella.
Vive tu vida y olvida lo que te hizo daño.
Era justo lo que necesitaba, lo que debía hacer para poder dar ese paso, para acabar de una vez con los fantasmas que seguían acechándola. Esos fantasmas que llevaban el nombre y el rostro de Rachel.
La mañana había transcurrido con normalidad, al igual que la hora del almuerzo, dónde por fin Rachel pudo cocinar algo para Quinn. Evidentemente tras haberse quitado ese peso de ocultar su vegetarianismo, todo resultaba más sencillo para ella.
No era chef, pero llevaba 5 años viviendo lejos de sus padres, y sabía hacer de comer perfectamente. Y, lo mejor de todo, es que superó la prueba frente a Quinn, que terminó dando la enhorabuena por sus raviolis de espinacas y tofu.
La tarde llegó con la partida de Rachel hacia la agencia, donde tuvo que regresar para recoger el billete de vuelo que la llevaría hasta Nueva York al domingo siguiente, y con Quinn dispuesta a tomar un delicioso café en su lugar favorito.
María ya sonreía tras la barra al verla aparecer en el Brooklyn, portando una enorme sonrisa.
—Mmm, dios, detendría el tiempo en este instante para verte sonreír de esa forma siempre —le dijo acercándose a ella, dispuesta a ofrecerle un lugar privilegiado en la cafetería.
—Y yo pactaría con el mismísimo diablo para recibir saludos como ese por el resto de mi vida.
—Trato hecho, tú vienes siempre sonriendo y yo prometo recibirte así, —respondía tomándola del brazo e incitándola a que tomase asiento en uno de los taburetes.
—Mmm. Ok. Trato hecho, pero, antes de eso, ¿te importa guiarme hacia alguna mesa? Me apetece sentarme con más calma.
—Eso está hecho —respondía cambiando la dirección, y caminando hacia la zona donde estaban situadas las mesas— ¿Vienes sola o vas a esperar a alguien?
—No, no…Vengo completamente sola. Necesito uno de tus cafés.
—Ok, pues siéntate aquí. Estás junto a la ventana.
—Perfecto. La mesa con las mejores vistas…—bromeó, y María no pudo evitar reír ante la ocurrencia.
—¿Sólo quieres café?
—Eh…sí. Bueno, si me traes una de tus galletas, te lo agradecería de corazón.
—Mmm, ok. Un café especial, y una de mis galletas. Ahora vuelvo, señorita Fabray.
—Muchas gracias.
—No tardo.
— Perfecto.
—Perfecto —respondía Rachel a través del teléfono, tras abandonar la agencia de viajes.
—Ok, pues yo te espero en la terminal.
—El vuelo es a las 12 del medio día, así que calcula las horas y, por favor, Kurt, no me hagas esperar.
—Tranquila. Seré puntual. Oye… ¿Se lo has dicho ya a Quinn?
—Sí, le dije que me habían llamado para una prueba en un restaurante, y que tenía que viajar. La verdad es que me sorprendió, porque se mostró feliz, e incluso creo que le hizo ilusión si supuestamente me dan ese trabajo.
—Eso es bueno, ¿no?
—Sí, quiero decir, ella…ella se alegró. Pero, ¿sabes qué? Se mostró interesada en que regresara, y luego me volviese a ir.
—¿Cómo?
—Sí, ella me dijo, "te vas, pero vuelves, ¿no? Aun aceptando el trabajo, tendrías que volver a recoger tus cosas, ¿no es cierto?" y no sé Kurt, pero me resultó extraño.
—Bueno, supongo que quiere despedirse de ti si supuestamente te aceptan.
—No lo sé, pero realmente me resultó raro. De todos modos, no voy a darle importancia. No creo que la tenga.
—Rachel, no seas paranoica. Quinn querría saber si te marchas ya para siempre, o va a tener la oportunidad de volverte a ver… Bueno, a verte no, me refiero a…
—Ya, te he entendido —le interrumpió—. Y si, tienes razón. Ha sido tan precipitado, que supongo que lo preguntó por eso.
—Pues sí. Oye, ¿ya arreglaste todo con ella? Ya sabes…
—Si te refieres a si me sigo sintiendo un ser despreciable, te diré que no. Vamos que no lo he solucionado, sigo sintiéndome igual y dudo que pueda cambiar de opinión.
—¿Y qué vas a hacer con Rachel? ¿Vas a volver a llamarla?
—No, ya le dije que, si me quería ver, lo hiciese ella. No, no voy a seguir molestándola, tengo que dejar que haga su vida y que se olvide de mí.
—¿Serás capaz de hacer eso? —preguntó completamente incrédulo— ¿Qué pasa si te llama y quiere verte?
—Pues aceptaré verla, por supuesto, pero será para despedirme.
—Y si no te llama, ¿no te vas a despedir?
—Sí. Tengo, tengo algo pensado y pienso hacerlo mañana. No es nada, solo es un pequeño regalo y una carta. Quiero que sepa que siempre me tendrá cuando lo necesite, pero que la voy a dejar en paz.
—¿Crees que va a funcionar? ¿Cómo le vas a dar el regalo sin que sepa que eres tú?
—Kurt, no te lo vas a creer, pero existen un servicio de transporte y entrega de paquetes y correspondencia llamada mensajería, que está muy de moda en nuestra época. Realmente es algo muy efectivo y…
—Eres idiota.
—¿Yo? Eres tú el que ha preguntado como hacer llegar un regalo sin que el receptor sepa quien lo envía.
—Muy bien, Rachel, especialista en mensajería, Berry. La próxima vez que quieras algo de mí, me envías un paquete en vez de llamarme. Y ya veré yo si lo recibo, y si te respondo. A ver quien ríe último…
—Recién llegados de la pastelería —María interrumpía la soledad de Quinn mientras esperaba el café.
—¿Galletas?
—No, cupcake de limón y chocolate blanco para veganos.
—¡Ah! ¿Es algo nuevo?
—Sí, me gustaría que lo probases y me dijeses que tal. Si es mala la experiencia, prometo compensarte con miles de galletas durante toda tu vida.
—Ok, me parece buen trato.
—¿Puedo sentarme? Me gustaría hablar contigo —cuestionaba al tiempo que dejaba el café y el pequeño plato con el pastel.
—Claro, hace mucho que no hablamos —respondía sonriente—, pero antes descríbeme el cupcake. Me gusta saber como es lo que me llevo a la boca.
—Ok, eso ha sonado fatal, pero prometo no burlarme de ti —le replicó divertida mientras tomaba asiento—. Pues tiene la forma tradicional de un cupcake. Es un bizcocho con sabor a limón y una ligera capa de chocolate blanco que lo cubre. Además tiene una pequeña margarita hecha de fondant justo encima, y que, para mi gusto personal, está deliciosa.
—Ok…Vamos a allá —se apresuró en coger el pequeño pastel y delicadamente, le dio un mordisco ante la expectante mirada de María, que esperaba impaciente la reacción.
—¿Y bien? —cuestionó tras ver como Quinn degustaba el pastel.
—Mmm… ¿Quién los ha hecho?
—¿Cómo?
—¿Los has hecho tú?
—No, una pastelera artesanal.
—Ok, pues dame su teléfono porque pienso pedirle matrimonio.
María comenzó a reír tras la pequeña tensión provocada por las preguntas de Quinn, y que terminaron con aquella divertida respuesta.
—Me temo que no va a ser posible. Es madre de familia y está felizmente casada con un chico.
—Vaya…Maldita suerte la mía, podría vivir toda mi vida comiendo galletas y cupcakes como éste —respondió dándole otro mordisco al pastel.
—Bueno, puedes pedirle matrimonio a quien me los ha recomendado.
—¿Quién? ¿Le conozco?
—Rebecca —soltó esperando su reacción, y Quinn se sorprendió—. Fue ella quien me recomendó estos cupcakes.
—Cierto. Me lo dijiste.
—Se ve que tiene buen gusto.
—Parece que sí. Por eso ella tampoco se casaría conmigo.
—¿Cómo sabes eso? No me digas que le has pedido matrimonio a una desconocida…
—No, claro que no. Pero me ha rechazado de otra forma.
—¿Rechazado? —se sorprendió— ¿De qué forma alguien en su sano juicio te rechazaría?
—De la que tú nunca me rechazarías —respondía tomando un sorbo del café.
—¿Te querías acostar con ella? —preguntó directamente, y sorprendida por lo que escuchaba— Pero si a ti no…
—No tiene explicación, sí lo sé —la interrumpió Quinn—, pero lo cierto es que esa chica me gusta. Y bueno, digamos que lo intenté, pero ella no está por la labor.
—Ok. Eso no me lo esperaba…Es interesante —susurró.
—¿Interesante? No es interesante. Para una chica que me gusta, y me dice que no. Es frustrante.
—Tú lo has dicho, para una chica que te gusta… Una. Quinn, lo siento mucho, pero hay que ampliar la ratio de chicas para tener probabilidades. Por muy guapa, sexy e inteligente que seas.
—Ok, ok… Te he entendido. Y sí, tal vez hacer pleno con una, es complicado.
—Pues sí. Oye, no sabía que estuvieses tan necesitada —bromeó—. Si quieres cenamos esta noche y…
—Basta. Lo siento María, pero ya sabes que…
—¿Sabes qué? Tú sí que eres frustrante —le replicó entre risas—. Pues que sepas que nadie te va a divertir como yo en la cama.
—Lo sé. Tengo buenas referencias tuyas.
—¿Ah sí? ¿Y quién te habla de mí en esos términos?
—Una de tus amantes.
—Dana.
—No voy a decirte quien, tú sabrás a quien has dejado tan grata impresión.
—Dana es la única chica que después de estar conmigo, sigue siendo heterosexual.
—Eso no te deja en buen lugar.
—Me deja en el mejor, porque sigue siendo como es, y es la única de mis amantes que hablan contigo. Así que no puede ser otra.
—También está Michael.
—Michael es un mundo aparte. Ya ni me acuerdo como fue con él. Además, eso no sería desconocido para ti, ya le conoces en ese aspecto.
—Ok, ¿podríamos dejar de hablar de eso? Más que nada porque llevo no sé cuánto tiempo sin estar con nadie, y acabo de sufrir un rechazo.
—Si no estás con nadie es porque quieres.
—Basta…
—Mira, mañana vamos a hacer una fiesta aquí para celebrar el 4 de Julio. Puedes venir y te presento a algunos amigos.
—No creo que deba aceptar.
—¿Por? ¿Tienes planes?
—No, pero eso de celebrar el 4 de Julio sin poder contemplar los fuegos artificiales, no me hace especial ilusión. Va a ser el primer año que no los vea.
—Pero eso no significa que no puedas disfrutar de la fiesta.
—No, no lo creo. Realmente es un día especial para mí y prefiero celebrarlo a mi manera.
—¿Por? ¿Por qué es tan especial para ti?
—Bueno…No era un día muy importante hasta que lo celebré en el lago Hope con alguien muy especial —respondió con nostalgia—. Desde entonces, cada 4 de Julio, brindo por ese día.
—¿Y por qué no lo vas a hacer éste? Que no veas no significa que no lo recuerdes.
—Es distinto. Este año estoy más sensible de lo normal, me acuerdo demasiado de ese día y…
—¿Y de esa persona?
—Ajam…Está demasiado presente.
—¿Y por qué no lo celebras con esa persona?
—¿Qué? No, ni hablar.
—¿Por qué no? ¿Está en Ohio?
—Pues la verdad es que no, está en San Francisco —respondía sin terminar de creer que Rachel estaba en la misma ciudad que ella.
—¿Entonces? ¿Por qué no le llamas y quedas?
—No es sencillo. Además, hace años que no la veo.
—¿Ella? ¿Es unan chica?
—Sí —confesó—, es una chica. Fue, fue mi mejor amiga hace años y ahora nuestra relación no es la mejor.
—¿Cómo se llama? —preguntó curiosa.
—Rachel —respondía con apenas un susurro, y María no pudo evitar dibujar una sonrisa tras oír el nombre.
—¿Y la echas de menos?
—Mucho.
—¿Y qué te prohíbe hablar con ella?
—Mi orgullo —sonrió—. Esa chica me hizo mucho daño, y aunque ya no le guardo rencor, mi orgullo es superior.
—Pues el orgullo no sirve de nada si es el corazón el que sufre. ¿Lo sabes?
—Lo sé, pero cuando es superior, no hay nada que hacer. Y yo soy bastante orgullosa por naturaleza.
—Es una pena que pienses así. Que la única persona que podría hacerte sonreír mañana esté en ésta ciudad y no quieras disfrutar de eso, es triste.
—No puedo hacerlo.
—Ok, yo no digo más, es tú vida.
—¿Tú crees que debería llamarle? —cuestionó dudando.
—Yo en tu lugar, la llamaría, saldría a cenar con ella y acabaría con ese orgullo. Nunca sabes si la vida te va a dar otra oportunidad como esa.
—Pero... —se mostró confusa— La verdad es que me muero de ganas por llamarla, pero también está lo de mi accidente.
—¿Ella no sabe que eres ciega?
—No, y la verdad, conociéndola, sé que le voy a dar pena. Y es lo que menos quiero que suceda.
—¿Pena? Lo siento mucho, pero a mí un ciego no me da pena, lo que siento es admiración.
—¿Admiración?
—Vamos Quinn, ver como eres capaz de seguir adelante con ese inconveniente, es digno de admirar. Ojalá yo tuviese tu fuerza de voluntad.
—¿Crees que es digno de admirar que yo trate de hacer una vida normal?
—Sin duda. Llevas dos meses y medio así, y no te he visto quejarte en ningún momento.
—Que no me hayas visto, no significa que no lo haya hecho.
—Yo estaría en guerra con el mundo, Quinn. Yo y cualquiera. Sin embargo, tú sigues ahí. Y sí, supongo que lo pasas mal, que cuando te quedas a solas llorarás lo que no lloras delante de nosotros. Pero es normal, es lógico.
—Me sorprende que tú me digas eso. Eres la menos indicada para admirar, somos el resto de la humanidad los que tenemos que admirar a gente como tú.
—Pues si me admiras —se detuvo tras descubrir como Rachel aparecía justo por la acera de enfrente de la avenida, caminando con pausa y hablando por teléfono—, pues si me admiras, coge tu teléfono y llama a esa chica.
—¿Qué?
—Vamos, llámala y dile que quieres cenar con ella mañana. Olvídate de los miedos, del orgullo y de todo, Quinn. Celebra tu día con la persona que hace que sonrías.
—Pero no puedo hacer eso.
—Hazlo, solo es una cena. Si te rechaza pues nada, si acepta, vas y hablas con ella. Nada más, no se acaba el mundo.
—¿De verdad crees que debo hacerlo?
—Si no sacas ese teléfono ahora mismo, lo saco yo de tu bolso y la llamo —masculló al ver como Rachel se detenía frente a la puerta del edificio, y seguía manteniendo la conversación telefónica.
—Ok, ok, yo la llamo, pero no sé qué decirle. Ni siquiera sé si sigue aquí.
—Llámala, Quinn —le ordenó, y la rubia, como si no tuviera opción alguna a replicarle, obedeció sin más.
—Ok —suspiró tratando de calmar el estado de nervios que comenzaba a inundar su cuerpo.
Sus manos temblaban ante la atenta mirada de María, que oscilaba sus ojos entre el teléfono de la rubia y Rachel, que completamente ajena seguía conversando y lanzando algunas miradas hacia la cafetería. Pero, evidentemente, no siendo testigo de lo que se producía en su interior, debido a la sombra que el sol provocaba en el enorme ventanal.
—Rachel —susurró Quinn acercando el teléfono a sus labios.
La llamada comenzó a producirse y Quinn acercó el móvil a su oído, esperando la respuesta.
María buscó de nuevo a Rachel, y observó como rápidamente comenzaba a buscar algo en el interior de su bolso, y sacaba otro teléfono, aparte del que ya estaba utilizando. Apenas tardó un par de segundos en despedirse de la conversación que mantenía y aceptar la llamada de Quinn, asegurándose antes de que estaba a solas en aquella zona de la acera.
—¿Quinn? ¿Eres tú?
—Hola, Rachel —tartamudeó provocando una leve sonrisa en la camarera.
—Hola. Hola, ¿cómo estás? —preguntó completamente sorprendida.
—Eh…bien, bien... Estaba, bueno...yo, en realidad...
—Quinn, ¿qué ocurre? —cuestionó tras notar los nervios en la rubia.
—¿Sigues en San Francisco? —preguntó tras tomar una gran bocanada de aire, y calmar un tanto el tartamudeo que se había apoderado de su voz.
—Eh...sí, si claro —respondía confusa—. Voy a estar un par de días más.
—Ok...Yo, yo me estaba preguntando si...si, bueno, si sigue en pie eso de que quieres verme.
—¿Verte? —cuestionó completamente sorprendida.
—Sí. Tú...tú me dijiste que si quería verte te avisara y...
—¿Quieres verme?
—Eh, bueno —tragó saliva—, digamos que quiero encontrarme contigo.
—Perfecto, claro Quinn. Yo, yo...si quiero.
—Ok ¿Te parece bien mañana?
—¿Mañana? —Rachel no terminaba de creer que aquello estuviese sucediendo de verdad, y no paraba de mirar a su alrededor, gesto que volvía a provocar la sonrisa en María.
—Sí, mañana. No sé, si tienes planes, no te preocupes, yo...
—Mañana es perfecto —interrumpía—. Es perfecto.
—Ok, mañana...¿Te parece que cenemos?
—Sí, claro, dime lugar y hora y allí estaré.
—No...no lo sé, ¿dónde te alojas?
Rachel se puso en alerta tras aquella pregunta, pero fue rápida.
—Quinn, ¿tú no trabajabas en el Four Seasons?
—Eh...sí —respondía confusa—, pero ahora no estoy trabajando ahí. Estoy...
—No importa, te pregunto por si te resulta más sencillo que nos veamos ahí.
—¿En el hotel?
—Sí.
—Pero... ¿Estás ahí alojada?
—No, pero lo conozco y… No importa, solo dime, ¿prefieres que sea ahí?
—Eh sí, claro. Ahí, ahí sería perfecto. De hecho, está cerca de mi casa.
—Genial. Mucho mejor, entonces. Dime hora.
—¿20:30 en el hall?
—Perfecto, allí estaré.
—Ok. Gracias por aceptar.
—Gracias a ti, Quinn.
—Ok. Pues, pues te espero mañana. Eh, tengo, tengo que colgar ya, Rachel. Estoy, estoy ocupada —se excusó con los nervios adueñándose de todo su cuerpo.
—Claro, no te preocupes. Te veo mañana —respondía aun con el gesto incrédulo en su rostro.
—Ciao... —susurró Quinn segundos antes de dar por finalizada la llamada. Y no fue hasta que varios de los tonos irrumpieron en su teléfono, cuando decidió apartar el mismo de su oído.
—¿Y bien? —cuestionó María que seguía sin apartar la mirada de la morena.
Rachel permanecía apoyada en la pared de su propio edificio, mirando completamente incrédula el móvil, y tratando de asimilar lo que había sucedido.
—Ha aceptado —respondía con seriedad.
—¿Ves? Ahora tienes una cita —respondía sonriente.
—No, ahora lo que tengo es que irme a mi casa, y tumbarme en la cama.
—¿Qué? ¿Para qué?
—Para dormir todo lo que queda de día y de noche, y no pensar en lo que he hecho sino quiero arrepentirme.
—No, no te vas a arrepentir. Te lo prohíbo, ¿me oyes?
—Es que tú no tienes ni idea de lo que acabo de hacer.
—Sí, si que lo sé. Acabas de darle una patada a tu orgullo, y has sacado los ovarios que tenemos para enfrentarnos a lo que nos hace daño —respondía con firmeza.
—No, no estoy tan segura de que…
—Quinn, ahora mismo lo que tienes que hacer es terminar de comerte ese cupcake, marcharte a casa, darte una ducha, te pones el pijama, cenas algo ligero, y te acuestas. Mañana parecerás una rosa, aún más linda, y esa chica morirá de amor por ti.
—Ohhh no —se quejó—. Déjame en paz, suficiente hiciste ya como para que encima te rías de mí.
—No me rio, Quinn. De hecho, me alegro mucho que hayas sido tan valiente.
—Ok, me marcho —espetó con los nervios a flor de piel—, pienso hacer que me pagues esto, te aviso.
—Por lo pronto, te invito al café y al cupcake —sonreía divertida.
—Faltaría más...Ok, Ciao... —respondía tomando el bolso y levantándose de la mesa, ante la divertida mirada de María.
—Ciao Quinn, espero que te lo pases bien.
—Ufff... —se detuvo soltando un sonoro suspiro— Ok... —se giró de nuevo hacia la chica— Gracias— respondía segundos antes de avanzar y dejarle un sonoro beso en la cabeza.
—Guau...¿Me has besado?
—No te acostumbres —amenazó alejándose de nuevo, y abandonando el local.
Necesitaba salir de allí, necesitaba tomar aire y respirar. Porque no conseguía asimilar que había vencido a sus miedos, y había realizado aquella llamada, influenciada por el poder de convicción que tenía María.
—Estúpida camarera —susurraba al tiempo que conseguía atravesar la avenida, y se dirigía hacia su apartamento—. No entiendo como no ha conseguido meterme en su cama, si siempre consigue lo que quiere —seguía relatando con un leve murmullo que apenas podía distinguirse.
El ascensor la llevaba hasta la cuarta planta, aun con quejas saliendo de sus labios. Unas quejas que se esfumaron en el mismo instante en el que entró en el apartamento, y sintió la presencia de Rebecca.
—¿Hola?
—Ho...hola —respondía la morena visiblemente nerviosa. Rachel aun no conseguía creer que Quinn la acababa de llamar hacia escasos 10 minutos, y ahora estaba ahí, tratando de disimular.
—Hola Rebecca, no sabía que estuvieses aquí. Pensaba que tenías que hacer cosas de la agencia.
—Acabo de llegar. Ya está todo solucionado.
—Ok, me alegro...
—¿Estás bien? —preguntó al ver la seriedad en el rostro de la rubia.
—No, estoy histérica. Tengo, tengo un nudo en el pecho que no me deja respirar.
—¿Estás nerviosa por algo?
—Muy nerviosa, pero da igual. Son cosas mías. Voy a ver si me relajo de alguna forma.
—¿Qué te parece un musical y una pizza?
—¿Qué?
—Yo también necesito relajarme, y lo de ayer noche, me sentó muy bien...
—¿Quieres ver otro musical?
—Y cenar pizza —trató de sonreír.
—Suena bien... ¿Qué musical quieres ver?
—No sé, tú eres la experta...
—¿Wicked?
—No me suena —espetó divertida.
—Pues yo pongo Wicked y tú la pizza.
—Perfecto...
