Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.


CAPÍTULO 14

Aquella noche Bella esperaba que le sirvieran la cena en la habitación de los niños, como de costumbre. Pero, en lugar de eso, Esme llevó a la planta baja y luego al comedor. Si bien Bella nunca había estado en esa habitación sentada frente a una comida, entraba allí con Esme innumerables veces a lo largo del día. Su ambiente acogedor y su tono amarillo radiante siempre le ha atraído, posiblemente porque el color le recordaba la sensación de estar al aire libre, lo cual ella echaba muchísimo de menos. Una chimenea de piedra se extiende de un extremo a otro de una de las paredes. Su simplicidad armonizaba con la decoración. En lugar de encaje irlandés, el aparador exhibía un sencillo pañuelo bordado con un encaje de lanzadera a su alrededor. Sobre él había una gran variedad de porcelanas con dibujos de rosas,

A pesar de su gran tamaño, en la habitación se respiraba un ambiente cálido, que llenaba la mente de Bella de imágenes de fuegos vivaces en las frías de invierno y de una familia unida congregada en torno a una abundante cena. Edward se había recostado en la silla que se encontró en el extremo opuesto de la larga mesa. Su pelo resplandecía bajo la luz de una araña de cristal, el único detalle algo lujoso y de relativa elegancia en aquella habitación. Con un brazo sobre el respaldo de la silla y cruzado de piernas, el dueño de la casa parecía estar algo aburrido y muy impaciente. Cuando la vio entrar en la habitación, se levantó de inmediato. Tras rodear la mesa, le tendió su enorme mano.

En armonía con la habitación, él llevaba ropa bastante cómoda: una camisa de seda de cuello en pico y del color de la crema fresca, y pantalones de montar marrones, metidos dentro de sus botas altas de color ocre oscuro. Mientras él se acercaba, Bella aprovechó el momento para observarlo detenidamente, advirtiendo una vez más que no parecía en absoluto a su padre ni a los demás hombres que habían visto en su casa. En lugar de los volantes, los alfileres de corbata con piedras preciosas y las vistosas cadenas de reloj de bolsillo que tanto les gustaban a esos caballeros, él llevaba un cinturón con una hebilla dorada, sin ornamentos, y una cadena de reloj de bolsillo bastante sencilla , metida dentro de una de las presillas para el cinturón. No vestía elegantes chalecos de seda. No exhibía centelleantes anillos. Nada de perfumes con olores raros.

Cuando Bella veía a Edward, se acordaba de la luz del sol y del aire fresco, no de aquellos salones con pesadas cortinas cubriendo las ventanas, que ella tanto despreciaba. El pelo leonado le caía sobre la frente en forma de pequeñas iluminadas por los reflejos que le había hecho el sol, y siempre parecía ligeramente despeinado, como si el viento se lo había agitado recientemente. El cuello de su camisa estaba abierto, dejando ver la dorada superficie de su pecho. Incluso andaba como si estuviese al aire libre, con ademán despreocupado, pasos largos y ágiles, y los brazos ligeramente doblados y balanceándose armónicamente a los costados.

Tras detenerse frente a ella, la cogió de la mano y la llevó a la mesa, sacando la silla que se fue a su izquierda. Cayó en la cuenta de que sigue puesto la mesa para dos personas, y lo miró con expresión de terror en los ojos. En casa de sus padres nunca se permitió cenar en el comedor.

—Creo que toda mujer debe cenar con su marido. ¿No crees?

Bella sintió como si el suelo había desaparecido debajo de sus pies. Se quedó mirándolo fijamente con horrorizado asombro, convencida de que seguramente había leído mal sus palabras. La expresión de enfado de su rostro le decía otra cosa. Era evidente que había hablado sin pensar y que hubiera preferido no haberle dado esa información a Bella.

Cogiéndola de los hizo hombros con delicadeza, la sentarse y luego se inclinó para darle un tierno beso en el pelo. Puesto que se encontró sentada de lado, el brazo izquierdo de Bella estaba junto a la mesa y, en medio de su turbación, le dio un codazo a su taza de té, sin querer. Edward extendió rápidamente la mano para impedir que la porcelana se rompiera. Había arqueado las cejas a manera de irónico signo de interrogación. Era evidente que había decidido que la mejor forma de manejar aquella situación era haciendo una broma al respecto.

—Supongo que no es la mejor noticia que te han dado en todo el día. —Al ver su mirada horrorizada, insistió en las bromas—. ¿O quizás en toda la semana? —La expresión del rostro de Bella seguía siendo de horrorizada incredulidad—. Sé que soy un esposo lleno de defectos, pero no soy tan malo, ¿verdad?

Incapaz de apartar la mirada, Bella volvió a poner el codo cerca del borde del plato con todo cuidado. ¿Su esposa? Tenía que ser mentira. Simplemente tenía que estar mintiendo. Era cierto que ella no sabía mucho sobre esposos, esposas y matrimonios, pero tampoco era tan ignorante al respecto. No era tan ignorante como para no haber dicho dado cuenta de que había participado en una, que además era la suya.

No hacía mucho tiempo que su hermana mayor se había casado. La ceremonia, a la que a Bella le prohibió asistir, se había llevado a cabo en la iglesia; pero antes había tenido lugar toda clase de preparativos, entre los cuales fueron la confección de un hermoso vestido blanco para la novia. Bella recordaba que la casa de sus padres se había llenado de flores y que, después de la boda, una multitud de gente había asistido a la fiesta. Los invitados bebieron ponche, comieron pastel y miraron a Lauren mientras abría los regalos. Muchos regalos. Muchos más de los que Bella jamás había visto. Ni siquiera había visto tantos bajo un árbol de Navidad.

Edward volvió a sentarse a la cabecera de la mesa. Tenía una postura bastante relajada y su actitud era una mezcla de resignación y burla de sí mismo. Descansando un codo sobre el brazo de la silla, le dio un tirón a su oreja y se quedó observándola en meditabundo silencio. Después de un largo rato, rompió el silencio.

—Créeme, no pensaba decírtelo de una manera tan brusca, Bella. Ha sido una falta de consideración por mi parte, y siento mucho haberte disgustado.

¿Disgustado? Bella apenas pudo contenerse para no derramar lágrimas de enfado. Si estaba casada, ¿por qué su madre no le había hecho un vestido? ¿Y por qué no había recibido muchos regalos? Le gustaban los regalos, y los vestidos bonitos le gustaban aún más. No hubo fiesta, ni tarta, ni ceremonia en la iglesia. ¿Cómo era posible que estuviese casada?

Edward también empezaba a parecer disgustado. Bella pensó que esto quizás se debiese a que sabía que ella estaba a punto de llorar. Tratando de contener las ganas de hacerlo, la chica bajó la vista para mirarse las manos, que ahora descansaban sobre su regazo. Enseguida advirtió las manchas de hierba en sus medias, y la presión que sintió detrás de los ojos se hizo aún más intensa. A diferencia de sus hermanas, a ella nunca le compraban nada. En lugar de un vestido blanco, zapatillas de seda y un velo de encaje para su cara, todo lo que le dado eran asquerosos vestidos viejos, zapatos gastados y medias manchadas.

¡Y ningún regalo! ¡Ni uno solo! Esto hizo que se le inundaran los ojos sin remedio. Bella lo fulminó con la mirada a través del brillo trémulo de sus lágrimas. Un músculo de su mandíbula comenzó a moverse nerviosamente.

—No llores, cariño. Sólo porque yo ... bueno, hemos estado casados todo este tiempo, ¿sabes? El hecho de que te enteres ahora no significa que las cosas vayan a cambiar. —Se inclinó para poder mirarla a los ojos. Trataba de ser lo más cariñoso y dulce posible—. Sé muy bien que tuviste una experiencia sumamente desagradable con Anthony.

¿Antonio? Bella no conocía a ningún Anthony. Se quedó mirándolo, perpleja, deseando que no se apartase del tema, es decir, el vestido bonito y los regalos que le negado. Y quería saber exactamente cuándo había tenido lugar la boda. ¿O también se la había perdido, como la de su hermana?

Edward acarició la mejilla de Bella con el dorso de la mano. Ella sintió un hormigueo en la piel cada vez que la tocaba. Pensó que en cualquier otra ocasión quizás haya sido una sensación increíblemente agradable, pero estaba tan enfadada que se puso a temblar.

—Bella, respecto a lo que te pasó en las cataratas el día aquel ... —Se había decidido a hablar del asunto, acariciándola debajo del ojo con el dedo pulgar para secar una lágrima esquiva—. No creo que sea posible que una mujer pueda olvidar por completo algo semejante. Pero quiero que te quede claro, aquí y ahora, que yo no soy como mi hermano. Lo que Anthony te hizo fue ... bueno, fue una canallada ... y, mientras yo esté vivo, nadie volverá a hacerte daño de esa manera. ¿Me entiendes, Bella? Nunca.

Al leer estas palabras, el corazón de Bella comenzó a saltar dentro de su pecho, como un pájaro asustado. Las cataratas, aquel repugnante hombre. Anthony ... el hermano de Edward.

—Cuando llegue el momento en que tú y yo ... —El hombre recorrió su labio inferior con la yema del dedo. Sus ojos color ámbar se empañaron con lo que parecía ser un gran acceso de ternura—. Bueno, supongo que huelga decir que, una vez que tú y yo nos sintamos a gusto el uno con el otro, espero que nuestra relación cambie, que podamos disfrutar de una intimidad especial, tal y como lo hacen otras parejas.

Bella, que entendió más o menos algo de lo que quería decir, se puso tensa y quiso alejarse. Él la cogió por la barbilla con firmeza, sonriendo dulcemente.

—No será enseguida, desde luego. No huyas aterrorizada. Y sólo lo haremos si tú también lo quieres. A diferencia de mi hermano, yo nunca seré brusco contigo ni te causaré dolor. Te lo prometo. No tienes absolutamente nada que temer de ...

Bella se soltó de un tirón de sus manos y se levantó rápidamente de la silla. De repente, pareció faltarle el aire en aquella habitación, y sus pulmones trataban desesperadamente de conseguir el precioso fluido. Llevándose una mano al cuello, la muchacha dio un paso hacia atrás. Su mirada horrorizada se clavó en el rostro moreno de Edward. Al verla alejarse, él se puso de pie lentamente.

—Bella ...

Ella negó violentamente con la cabeza. Luego, giró sobre sus talones y salió corriendo de la habitación.

Edward la siguió. Le asombró un poco su agilidad, especialmente al llegar a las escaleras. Igual que una gacela, ella empezó a subirlas dando gráciles saltos. Pisándole los talones, Edward estaba a punto de cogerla del brazo cuando la mujer pareció intuir lo cerca que se encontró él y se volvió para hacer frente. Pálida de miedo, giró sobre sus talones, dándole un golpe en el pómulo con su pequeño codo. Edward sabía que era un accidente, pero a ella le horrorizó tanto haberle pegado, que estuvo a punto de perder el equilibrio. El alargó la mano para tratar de sujetarla e impedir que se cayera. Cuando vio que él hacía este movimiento, Bella se alejó a toda velocidad y literalmente voló escaleras arriba.

Temiendo que se cayera, Edward decidió prudentemente dejar que se le adelantara ligeramente hasta que llegase al rellano, donde ya no correría peligro alguno. Al reanudar la persecución, descubrió que había subestimado su agilidad. Bella llegó a la habitación de los niños mucho antes que él, entró corriendo y cerró de un portazo. Al llegar a la puerta, Edward oyó que algo chocaba con un ruido sordo contra la madera. Para su sorpresa, la puerta apenas se abrió unos tres centímetros cuando él intentó entrar, y entonces cayó en la cuenta de que la muy picara había puesto una silla de respaldo recto bajo el pomo, a manera de cuña.

—¡Bella!

Edward tomó aire para intentar tranquilizarse y se pasó una mano por la cabeza. Ésta era la peor de las estupideces que había hecho en su vida. ¿Cómo se le había ocurrido soltarle la noticia de aquella manera? Aún no podía creer que lo hubiera hecho. Tarde o temprano —mejor temprano, para que no se enterara por otra persona—, habría tenido que contarle todo lo relacionado con la boda. Pero no de aquella manera.

—Bella, cariño, abre la puerta por favor. Déjame explicarte lo que te dije abajo. Es evidente que malinterpretaste mis palabras. Si me das la oportunidad, te aclararé las cosas.

Después de pronunciar este bonito y breve discurso, Edward recordó que estaba hablando con una mujer sorda. Por el amor de Dios. Se tocó el entrecejo, abrumado, y volvió a respirar hondo. ¿Qué estaría haciendo ella allí dentro? Le reconfortaba pensar que, por muy asustada que estuviese, no podía saltar por la ventana. ¡Qué lío! Le dio un empujón a la puerta. La condenada silla resistió la embestida.

La pobre chica se moriría de miedo si intentaba entrar a empujones. Sin lugar a dudas, la silla saltaría por los aires, la puerta sufriría daños de nuevo y, además de todo esto, una entrada semejante no lograría precisamente allanar el camino para conseguir tranquilizarla. Edward se volvió y apoyó la espalda contra la pared, tratando de encontrar la manera de convencerla de que le dejase entrar. Puesto que ella no podía oír, los discursos elocuentes no servirían de nada.

¡Ah! ... pero ella sí que podía oír, se dijo. Todo lo que necesita era algo que hiciera ruido. Algo que le pareciera tan maravilloso que no pudiera resistir la tentación de tenerlo. Desgraciadamente no tenía un órgano de iglesia cerca. La música, supuso él, haría que Bella era hasta el fin del mundo.

La música ... Edward se alejó de la pared. ¡La música! Por supuesto. Corrió por el pasillo para dirigirse a su dormitorio.

Acurrucada en el suelo de la habitación de los niños, con los hombros encajados entre la cama y la pared, Bella miraba detenidamente, por encima del colchón de la cama, las densas sombras de la habitación. Puesto que no había encendido ninguna lámpara, todo parecía estar bañado por una especie de luz azul, espeluznante y fantasmagórica. Con los nervios aún crispados debido al enfrentamiento con Edward, no era muy difícil que creyera ver criaturas monstruosas rondando en la oscuridad, observándola y esperando para abalanzarse sobre ella.

Apartó estos pensamientos de su cabeza, dispuesta a no dejarse llevar por su fértil imaginación. En aquel instante, el único que podría abalanzarse sobre ella sería Edward Cullen, y debería vigilar la puerta en lugar de las sombras. Si él decidía entrar, la frágil silla que había puesto bajo el pomo no podría detenerlo.

Su esposa. Bella se encogía cada vez que esta palabra le venía a la mente. Y, cuando se llegó reflexionar sobre sus implicaciones, comenzó a sudar. Un sudor frío y trémulo que cubrió su piel y bajó por las costillas en forma de gotas glaciales. Anthony, el hombre que la agredió, era su hermano. ¡Ay, Dios! Ya se lo había imaginado. Desde el principio lo había imaginado. Pero después de un tiempo dejó de sentir aquel miedo constante.

Hasta ahora ... ¿Quería estar con ella? Le había confesado que sí. Quería estar con ella igual que Anthony aquel día en las cataratas; pero, desde luego, le prometió que no le haría daño. ¿Acaso creía que ella era tan tonta como para creerle?

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Por supuesto que lo creía. Después de todo, ella era Bella, la idiota, y los idiotas creían todo lo que les decían. ¿Verdad? Pues no. Aunque fue una tonta redomada, las cosas no hay distintas. ¿Acaso el dolor que sufrió fue la única parte horrible de todo aquello? No quería que nadie volviera a tocarla de aquella manera nunca más en su vida. Nadie. Nunca más.

Los recuerdos invadieron la mente de Bella con cruel claridad. Desde aquel día, ella había hecho ingentes esfuerzos por no pensar en lo sucedido. Pero a veces, como en aquel momento, no lograba apartar las espantosas imágenes de su cabeza. Edward quería hacer esas cosas con ella. Y ella era su esposa.

Al recordar de repente aquella otra mañana, al fin todo le resultó obvio. El pastor con la cabeza inclinada y leyendo el devocionario. Su madre haciéndole asentir con la cabeza. Su padre ayudándole a trazar líneas en el papel. Se había casado aquella mañana. Con Edward Cullen. Por eso la había llevado allí, porque él había convertido en su esposa, no porque estuviese gorda y sus padres ya no la quisieran.

Furiosa —consigo misma, con sus padres y con Edward—, Bella se restregó los ojos con los puños y contuvo la respiración para no sollozar. Si hacía algún ruido, su esposo podría entrar allí. Ay, Dios, su esposo ... Bella había observado a su madre a lo largo de los años, y sabía perfectamente que los maridos eran siempre los que mandaban y que las mujeres corrían de un lado para otro, intentando desesperadamente hacerlos felices.

Pues bien, si iba a tener que correr de un lado para otro durante el resto de su vida, lo menos que se merecía era un bonito vestido blanco y que alguien le hiciera un regalo. Ni siquiera le importaba qué, con tal de que estuviese envuelto en un papel fino para que no supiera lo que había dentro hasta que lo abriese. Siempre le gustado las sorpresas, desde que era una niña.

Pero no la clase de sorpresas que se había llevado aquella noche.

Un sonido muy agudo rasgó de repente el silencio para terminar de destrozar sus crispados nervios. Bella no sabía qué era. Inclinó la cabeza y miró con los ojos muy abiertos las cada vez más sombras profundas, intentando adivinar de dónde provenía. El sonido volvió a propagarse a través del silencio, para llegar a ella, extraño y cadencioso, sin interrumpirse en ningún momento.

La curiosidad hizo que Bella saliera de aquel escondrijo situado entre la cama y la pared. Una angosta franja de luz procedente del pasillo se vertía en la habitación a través de la puerta entornada. La joven clavó los ojos en la abertura y avanzó lentamente. Se detuvo a unos pocos pasos de la silla, se puso de puntillas y estiró el cuello. Vio a Edward a través de la angosta abertura. Se sentó sentado en el suelo, justo enfrente de su habitación, con la espalda apoyada en la pared del pasillo. Tenía en las manos un objeto largo y plateado que formaba un ángulo con sus labios.

Música.

Bella se quedó paralizada. El sonido hizo que los vellos de sus brazos se le pusieran de punta. Era increíblemente hermoso. Casi sin darse cuenta de que se estaba moviendo, se acercó a la puerta para oír mejor, y el cadencioso sonido la siguió llamando. No pudo resistir la tentación de acercarse más. Y un poco más todavía. Antes de que fuera plenamente consciente de ello, ya había apretado la cabeza contra la abertura, con los ojos clavados en Edward. ¿Pesadilla o hechizo? Para Bella, él era las dos cosas: aterrador y seductor.

Bella pudo ver su pecho expandirse, y luego contraerse al soplar en la boquilla. Las romas yemas de sus dedos pulsaban con gracia unos botones redondos que emitían diversas notas. A veces no podía oírlas. Pero casi siempre lo hacía, y eran maravillosas.

El marido dejó de tocar de improviso y la miró directamente a los ojos. Bella se alejó de la puerta de un salto. El corazón le latía con fuerza. Pero aun desde aquella distancia, ella podía ver su rostro. Él le estaba ofreciendo el objeto plateado con una mirada apremiante.

—¿Te gustaría tocarlo, Bella?

¿Tocarlo? Se llevó una mano al cuello, invadida por un deseo tan vivo que casi le hacía daño. La música. Poder tenerla entre sus manos ...

Edward se levantó de un salto, lo cual hizo que ella retrocediera tambaleándose. Con una actitud despreocupada y apacible, él se acercó a la puerta y sostuvo el objeto plateado cerca de la abertura.

—Es fácil de tocar una vez que le coges el tranquillo. —Inclinó la cabeza para mirarla a través de la hendidura. Sus labios esbozaron una sonrisa tranquilizadora—. Es una flauta. Aprendí a tocarla de pequeño. Había olvidado que aún la tenía.

Bella no podía apartar la mirada. La flauta no cabía a través de la abertura de la puerta, y él lo sabía. Para que pudiera dársela, ella tendría que correr la silla un poco y, si hacía esto, él podría abrirse paso a empujones para entrar en la habitación.

—Venga, Bella. Sé que te mueres de ganas de intentarlo.

Se inclinó un poco más hacia la puerta y le dio un golpecito en el borde con la yema de un dedo. Luego sonrió, suave y pícaramente, enseñando los relucientes dientes blancos que contrastaban con su tez morena.

—Ábrete, sésamo él mismo, sacudiendo levemente los hombros, lo cual le indicó a Bella que se estaba riendo—. Las célebres palabras de Alí Baba. ¿Te han contado esa historia? —Levantó la flauta de nuevo, para tentarla—. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te contó un cuento, cariño? ¿Y alguna vez has tocado un instrumento? Con mucho gusto te contaré la historia y compartiré la flauta contigo. Pero primero tienes que abrir la puerta.

Bella dio otro paso hacia atrás y volvió a negar con la cabeza. A todas luces frustrado por su obstinación, Edward se acarició el pelo, trasladó el peso de su cuerpo de una pierna a otra y, por último, hinchó sus mejillas de aire. Levantó la mano de nuevo para dar otro golpecito en el borde de la puerta con la yema de un dedo, y habló.

—Se me ocurre una idea. Si abres la puerta sólo un poco más, podré darte la flauta. Te prometo que no te cogeré del brazo ni te obligaré a abrir la puerta. ¿Qué te parece?

Ella echó un vistazo a la flauta. Le pareció un objeto mágico: atrapaba la luz del pasillo y brillaba tan intensamente como un espejo.

—Confía en mí —le pidió él—. Soy un hombre de palabra. ¿No te gustaría probar la flauta? Es de verdad un instrumento muy divertido.

Llevándoselo a la boca, aspiró y volvió a soplar en la boquilla. Un sonido agudo llegó a sus oídos flotando a través de las sombras. Y siguió llegando. Fluyendo en torno a ella, encima de ella ya través de ella. Bella cerró los ojos, casi sin poder creer que estaba oyendo la música. Y no quería que parase nunca. Se sintió como una taza vacía que estuvieran llenando de algún precioso líquido.

Alzando las pestañas, se dirigió hacia él, atraída tanto por la música como por sus ojos. No estaba segura de cuál tenía la mayor fuerza de atracción. Cuando se dio en las rodillas contra la silla, se detuvo. Su mirada era prisionera de la de Edward, y la cabeza le daba vueltas. Finalmente, el hombre dejó de tocar y una vez más le ofreció la flauta. Esta vez intentó pasársela a través de la abertura, pero las llaves se engancharon con el marco de la puerta.

—Si quieres tocarla, tendrás que abrir la puerta un poco más de él, inclinando la cabeza para mirar la silla—. Córrela unos centímetros hacia ti. Te prometo que no intentaré entrar.

La chica vaciló, él sonrió levemente.

—Piensa un poco, Bella. ¿Realmente crees que esa silla podría detenerme si yo quisiera entrar? Haría que tardara un poco más, pero eso sería todo. No he derribado la puerta por una sola razón, y es que no quiero asustarte. No creo que tenga mucho sentido que decida hacerlo ahora.

Bella sabía que el obstáculo no le impediría entrar si estaba resuelto a hacerlo. Cogió la silla con sus manos temblorosas y la levantó ligeramente para acercarla a ella, luego volvió a poner el respaldo bajo el pomo. Edward metió la flauta por la abertura. Cuando Bella cogió el instrumento, él apoyó un codo contra el marco de la puerta, y la vio soplar en vano en el orificio.

—No estás poniendo la boca correctamente en la boquilla.

Ella lo intentó de otra manera y sopló con todas sus fuerzas, pero no salió sonido alguno. Él negó con la cabeza y quiso alargar la mano para ayudarla. Pero la puerta se lo impidió.

—¿Puedes abrirla un poco más para que te enseñe cómo hacerlo?

Bella, que más o menos le entendió, tuvo la terrible sensación de que estaba tratando de engañarla. Sus pensamientos debieron reflejarse en su rostro, pues él puso los ojos en blanco y enseguida trató de disipar sus dudas.

—No haré nada. Sólo te enseñaré cómo tocar la flauta.

Bella escrutó su mirada durante un momento interminable. Luego, articulando para que le leyera los labios, le dijo:

- ¿Me lo prometes?

Él apretó su rostro contra la abertura.

—Más despacio.

- ¿Me lo prometes? —Mientras repetía estas palabras, Bella se llevó una mano al corazón.

—¿Que si te lo prometo? —Se irguió y alzó las manos—. Te lo prometo, cariño. Que me muera si no es cierto. —Chasqueó los dedos—. Iré aún más lejos: te lo juro. Sobre la Biblia, si tienes una mano.

Parecía tan sincero que Bella estuvo a punto de sonreír. Luego, convencida de que era un error, pero siguiendo a su corazón, apartó la silla y abrió la puerta. Edward pareció sorprendido al ver que la había abierto enteramente, y durante un momento se quedó paralizado, sin saber qué hacer. Un instante después entró.

Bella le pasó la flauta de manera brusca. El la cogió y esbozó una de aquellas sonrisas maravillosamente torcidas que lo caracterizaban.

-Ven aquí.

Tras decir estas palabras, Edward encendió una lámpara y se sentó en la cama. Dando golpecitos en el colchón, junto a él, esperó a que Bella se acercara. Ella miró intranquila la puerta abierta. No estaba plenamente segura de que quisiera aventurarse a llegar hasta ese punto de la habitación mientras se encontraban a solas con él. Cuando se volvió para mirarlo una vez más, su sonrisa se había vuelto picara.

—Jovencita, te cuesta mucho confiar en las personas.

Bella se encogió de hombros de una manera casi imperceptible. Él le guiñó un ojo y alargó la mano para darle la flauta.

No puedo enseñarte a tocarla si te quedas ahí, en el otro extremo de la habitación.

Esto era cierto, y ella lo sabía. Y se moría de ganas de aprender. Se acercó a la cama lentamente. Sentarse junto a él la ponía nerviosa. Bajo aquella trémula luz, el hombre parecía extraordinariamente corpulento.

—En primer lugar, tienes que poner la boca correctamente en la flauta. —Tras decir estas palabras, rodeó sus hombros con un brazo para ayudarla a asir el instrumento.

Al sentirlo tan cerca, Bella se sobresaltó. Cuando le lanzó una mirada inquisidora, descubrió que la cara de él se encontró a muy pocos centímetros de la suya. Le dio un vuelco el corazón y se le paró tras dar una alarmante sacudida. Poco después, comenzó a funcionar de nuevo, pero perezosamente. Cada uno de los latidos golpeaba con violencia sus costillas.

—Te di mi palabra, ¿recuerdas? —Se inclinó hacia adelante para que ella pudiera verlo hablar mientras le enseñaba cómo tocar la flauta—. Tienes que poner la boca correctamente. —Para que viera lo que debía hacer, Edward plegó los labios sobre sus dientes—. Luego, llevas la boca al orificio. Muy bien. Ahora sopla.

Bella expulsó aire con todas las fuerzas que lograron reunir. No salió ningún sonido, pero era evidente que otra cosa sí lo hizo. Edward echó la cabeza hacia atrás, se rio y se limpió debajo de un ojo.

—No tan fuerte, fierecilla. Se te va a reventar un vaso sanguíneo.

Bella inclinó la cabeza para intentarlo de nuevo. Esta vez, Edward se apartó. Sus ojos se iluminaron con una risa muda. Por la garganta de ella subió una risita nerviosa. Olvidando ahogar el sonido, tragó saliva en el último segundo para contenerlo, y estuvo a punto de ahogarse.

La sonrisa de Edward se desvaneció de repente.

—Puedes reírte, Bella. No está prohibido hacerlo en esta casa. Ríe todo lo que quieras.

Se quedó paralizada, mirándolo fijamente por encima de las llaves de la flauta. Se le quitaron las ganas de reír. El dirigió su mirada hacia el techo.

—Tenemos vigas sólidas y resistentes. Te prometo que el techo no se derrumbará. Nadie va a enfadarse. Yo no te castigaré. Este es ahora tu hogar. Si alguien se queja de algún ruido que hagas, puede irse al mismísimo infierno, y además invitado por mí.

Al ver que ella seguía mirándolo fijamente con incredulidad, Edward negó con la cabeza.

—Vale, no te rías. Roma no se construyó en un día. Seguiremos trabajando en ello. —Le hizo un guiño—. Esta noche nos conformaremos con sacar de quicio a Esme con unas cuantas notas discordantes.

En el lapso de una hora, eso era exactamente lo que Bella estaba haciendo. Esme apareció en la entrada, tapándose las orejas con las manos.

—¡Ay, señor, tenga piedad de mí!

Edward se rio y le hizo señas para que se marchara.

—Tápate los oídos con algodón. Nos estamos divirtiendo.

Bella soplaba la flauta con todas sus fuerzas. El sonido más hermoso del mundo resonaba en su cabeza. La chica tomó aire una vez más y volvió a hacerlo. Sintió que la cama temblaba y supo que Edward se estaba riendo. Ella retiró la boca del instrumento y le sonrió.

Apartando un mechón de pelo de la sien de Bella, él le devolvió la sonrisa. Y luego la sorprendió.

—La flauta es tuya, Bella. Puedes tocarla mañana todo el día si así lo quieres. Pero basta ya por esta noche. —Miró a Esme, y luego se volvió de nuevo hacia Bella para que ella pudiera leerle los labios mientras le hablaba—. Deja de tocar antes de que un ama de llaves que conozco decida arrancarnos la cabellera.

Bella puso la flauta sobre su regazo y acarició sus llaves con veneración. Después de todo, Edward sí le había hecho un regalo de boda, pensó. Y además era algo que a nadie más se había ocurrido siquiera regalarle.

Música ... Hermosa música envuelta en magia.


Hola a todos... un nuevo capítulo... Edward metió las patas al principio y después la arregló con Música... pobre Bella hasta ahora relaciona que fue casada y entregada por sus padres.