Capítulo 13: Quidditch

Con los primeros días de Noviembre, la temperatura bajó abruptamente, haciendo los días muy fríos. Las montañas cercanas al castillo tomaron un tono más sombrío con el grisáceo cielo, y el lago de aguas obscuras parecía ser hecho de acero debido al hielo que ya comenzaba a cubrirlo. Cada mañana, los campos amanecían cubiertos de escarcha; por las ventanas de las torres se podía ver a Hagrid descongelando las escobas en el campo de quidditch, cubierto en un enorme abrigo de cuero de jabalí con un forrado interior de lana de oveja, guantes de piel de cabra, y botas de cuero de vacuno.

Ya pronto comenzaría la temporada de quidditch y Ron no dejó de hablar de tema hasta que logró convencer a Harry y Hermione, ya sea por las buenas o por hartazgo, para que lo acompañaran a ver los partidos. Aquél sábado, por ejemplo, jugaría Gryffindor contra Slytherin, y era el partido que Ron más quería ver.

Ese viernes, sin embargo, Hedwig había visitado a Harry con una nota, como hace mucho no lo hacía. El ave parecía estar muy feliz con el clima frío que se hacía más y más presente, como si lo hubiera estado esperando todo el año.

"Harry:

Espero verte después de almuerzo, en la mazmorra central del Ala Este.

S."

Harry apenas si tuvo tiempo para leer la nota cuando su tinta, con el contacto del aire al ser desplegada, se desvaneció. El muchacho casi no pudo sorprenderse cuando Hedwig le exigió algo te atención y que le diera un poco de jamón en recompensa, mordiéndole suavemente la oreja.

Hermione se había vuelto un poco más flexible en lo que se refería a quebrantar las reglas desde que Harry y Ron se arriesgaron para rescatar a Neville, y era mucho más agradable con el pelirrojo también, tal como Neville parecía tener algo más de confianza una vez que Harry le convenció de que su encantamiento fue crucial para derrotar al trol.

Durante el receso de esa misma mañana, los cuatro estaban fuera, en el patio helado, y la muchacha había hecho aparecer un brillante fuego azul gracias a uno de sus conocimientos avanzados, que podían llevar con ellos en un frasco de mermelada. Estaban de espaldas al fuego para calentarse cuando Snape cruzó el patio; de inmediato, Harry se dio cuenta de que Snape cojeaba, pero no podía hacer evidente ningún ápice de preocupación aunque quisiera. Rápidamente los cuatro se apiñaron para tapar el fuego, ya que no estaban seguros de que aquello estuviera permitido. Snape les quedó mirando unos segundos hasta que, haciendo una pequeña mueca de disgusto y negando con la cabeza mientras murmuraba algunas quejas, continuaba su camino, cojeando pesadamente.

— Me pregunto qué le pasa en la pierna… — soltó Harry, una vez el Profesor se había alejado.

— No lo sé, pero espero que le duela mucho — respondió Ron con amargura debido al disgusto que sentía contra el Profesor, al igual que muchos otros alumnos.

La hora de almuerzo finalmente había llegado, y Harry tuvo que disculparse con Hermione, a lo que ella no puso más reparos que simplemente volviera luego, con mucha vergüenza. El chico no paraba de preguntarse qué bicho le había picado a ella, pero la muchacha parecía muy avergonzada de estar a solas a su lado desde la noche del trol.

Harry se caminó rápidamente por los pasillos hasta llegar al Ala Este. Nunca había encontrado motivos para explorar por allí, y ahora tendría que bajar por las escaleras de caracol hacia las mazmorras de ese sector.

Como cualquier mazmorra del castillo, los pasillos eran obscuros y húmedos, y se sentían increíblemente fríos con el avanzado otoño que condecoraba al hemisferio norte. Avanzó con cautela, tratando de ver bien su camino con las precarias antorchas que iluminaban el lugar hasta que finalmente dio con lo que parecía ser la puerta del centro del largo pasillo.

— Soy yo — dijo, después de golpear una vez en la gruesa puerta de madera de pino.

Las bisagras rechinaron estruendosamente mientras la puerta se abría para darle paso. Tras ésta, una acogedora sala de estar se abría ante él, abrigada por una gran chimenea. En uno de los sillones, estaba sentado el Profesor Snape, quien le miraba seriamente, indicándole con la mano que entrara lo más rápido posible.

Sin hacerse esperar, Harry entró, la puerta cerrándose tras él.

— Es bueno verte, Harry — saludó Snape, con una leve sonrisa.

— Igualmente, Profesor — dijo el chico, acercándose. — ¿Se encuentra bien? ¿Qué le pasó en la pierna?

— Ugh, un desafortunado accidente — masculló el otro, frunciendo el ceño.

— ¿Fue en el tercer piso? — interrogó Harry, con preocupación, mientras se sentaba en una butaca aledaña. — Sr. Snape, ¿qué es exactamente lo que ocurre?

Snape lo quedó mirando unos momentos, manteniendo un rostro muy severo hasta que finalmente su fachada se rompió debido a la mirada llena de preocupación del menor.

— No sé si lo sabías, pero el día de tu cumpleaños hubo un importante intento de robo en el Banco Gringotts — indicó.

Harry, rápidamente hizo memoria, recordando haber visto uno que otro periódico, ya sea en casa como en la choza de Hagrid, mencionar algo al respecto, por lo que asintió.

— Bien, allí se encontraba un objeto muy especial, que es una reliquia que está bajo la custodia del Director Dumbledore, y justamente ese día el Director decidió sacarla de allí — continuó contextualizando. — Aparentemente, quien quisiera esa reliquia, quedó a sólo unas horas de haber logrado su objetivo, sin mencionar el gran logro que significa entrar a Gringotts y salir vivo para contarlo — destacó. — Ahora ese objeto está oculto en una cámara especial de este castillo, y muy bien custodiado… sin embargo, cuando el trol ingresó al castillo, a algunos de los Profesores nos quedó claro que era intencional, y yo fui directamente a custodiar el lugar… sólo que cuando creí que había atrapado al perpetrador, fui atacado por el Primer Guardián… — concluyó, sobándose la pierna.

— Realmente lo lamento — dijo, Harry, con un poco de frustración por no ser capaz de ser de ayuda. — ¿Pero por qué me cuenta esto? ¿Acaso no se supone que los alumnos deberíamos no saber algo como esto?

— Te lo cuento porque, más allá de ser mi pupilo, Harry, has demostrado ser muy capaz y de confianza — le respondió su tutor. — Te lo cuento porque, llegado el momento, quizás necesitemos tus habilidades para detener lo que sea que quiera escabullirse por el colegio.

Sorprendido, Harry pronto tomó una mirada llena de determinación y asintió, asumiendo la responsabilidad que aquella confianza envestía en él. Sin más, se despidió del Profesor Snape y se dirigió rápidamente hasta la puerta… sin embargo, se acordó de algo muy puntual:

"La varita es la que elige al mano; nunca obtendrás tan buenos resultados con otro mago", recordó la voz del señor Ollivander.

— Sr. Snape… — le dijo, volteándose a él nuevamente. — Quisiera pedirle ayuda con algo…

— Siempre y cuando esté dentro de mis facultades… — le dijo.

— ¿Es posible que el señor Ollivander venga un día? Tengo una corazonada que…

— ¿Por qué querrías que el señor Ollivander deje su tienda para venir a la escuela, especialmente por una corazonada? — lo reprendió Snape, con escepticismo. — Además, ¿acaso pagarías tú la interrupción de su trabajo?

Harry agachó la mirada con algo de vergüenza, pero pronto frunció el ceño con determinación.

— Si eso significa que pueda venir, ¡claro que intentaría pagarlo! — exclamó, demostrando que asumiría desde el comienzo la responsabilidad.

Sorprendido, Snape quedó mudo unos instantes hasta que finalmente ablandó su semblante.

— Bien, entonces. ¿Qué es lo que pasa?

— Es respecto a Neville…

La mañana siguiente amaneció muy brillante y fría. El Gran Comedor estaba inundado por el delicioso aroma de las salchichas y las alegres charlas de todos, que esperaban un buen partido de quidditch.

A las once de la mañana, todo el colegio parecía estar reunido alrededor del campo de quidditch. Muchos alumnos tenían prismáticos. Los asientos podían elevarse pero, incluso así, a veces era difícil ver lo que estaba sucediendo.

Ron se reunió con Seamus Finnigan y Dean Thomas, sus compañeros de Gryffindor, para ingresar juntos a la grada más alta. Obviamente no tardó en invitar a Harry, Hermione y Neville para que les acompañaran.

Una vez en las gradas, Harry finalmente pudo ver lo que realmente era un campo de quidditch, aunque fuera a nivel escolar. Un campo ovalado de ciento cincuenta y dos metros de largo, con cincuenta y cinco metros de ancho (haciendo medio metro de diámetro, aproximadamente), rodeado por las coloridas gradas y banderas que representaban las casas de Hogwarts. Hacia los extremos finales del óvalo, en las zonas de anotación, tres grandes postes se erguían verticalmente sobre el campo, con un aro en cada uno de ellos.

La señora Hooch, quien hacía de árbitro, se encontraba en el centro del campo con su escoba en la mano, esperando a los equipos que jugarían. Cuando los equipos de Gryffindor y Slytherin salieron al campo, las gradas se llenaron de ruido; Harry no tardó en reconocer a los gemelos Weasley entre los jugadores de Gryffindor.

Harry y Hermione claramente no necesitaban volver a preguntar cómo se desarrollaba el juego, especialmente cuando Ron se los explicó apasionadamente durante toda la semana anterior.

— Bien, quiero un partido limpio y sin problemas, por parte de todos — dijo la señora Hooch cuando estuvieron reunidos a su alrededor.

Harry notó que parecía dirigirse especialmente al capitán de Slytherin, Marcus Flint, un muchacho de quinto año; le pareció que tenía un cierto parentesco con el trol gigante.

— ¡Monten sus escobas, por favor! — anunció con fuerza una vez los equipos se separaron de ella tras terminar las indicaciones previas al juego.

La señora Hooch dio un largo pitido con su silbato de plata. Las quince escobas se elevaron, altas, muy altas en el aire, llegando muy lejos.

— Y la quaffle es atrapada de inmediato por Angelina Johnson de Gryffindor… Qué excelente cazadora es esta joven y, a propósito, también es muy guapa...

— ¡JORDAN! — interrumpió una poderosa y muy conocida voz.

— Lo siento, Profesora.

El amigo de los gemelos Weasley, Lee Jordan, era el comentarista del partido, vigilado muy de cerca por la profesora McGonagall.

— Y realmente golpea bien, un buen pase a Alicia Spinnet, el gran descubrimiento de Oliver Wood, ya que el año pasado estaba en reserva... Otra vez Johnson y… ¡No! Slytherin ha cogido la quaffle, el capitán de Slytherin, Marcus Flint se apodera de la quaffle y allá va... Flint vuela como un águila… está a punto de… ¡No! Lo detiene una excelente jugada del guardián Wood de Gryffindor, y Gryffindor tiene nuevamente la posesión de la quaffle… Aquí está la cazadora Katie Bell de Gryffindor. Buen vuelo rodeando a Flint; vuelve a elevarse del terreno de juego y… ¡Aaayyyy! ¡Eso ha tenido que dolerle! ¡Un golpe de bludger en la nuca! La quaffle está en poder de Slytherin… Adrian Pucey cogiendo velocidad hacia los postes de gol, pero lo bloquea otra bludger, enviada por Fred o George Weasley, no sé cuál de los dos… bonita jugada del golpeador de Gryffindor, y Johnson otra vez en posesión de la quaffle, el campo está libre y allá va… ¡Realmente vuela! Evita una bludger, los postes de gol están ahí… vamos, ahora Angelina… el guardián Bletchley se lanza… no llega… ¡GOL DE GRYFFINDOR!

Los gritos de los de Gryffindor llenaron el aire frío, junto con los silbidos y quejidos de Slytherin.

— Permiso, denme sitio.

— ¡Hagrid!

Ron y Hermione se juntaron para dejarle espacio a Hagrid.

— Estaba mirando desde mi cabaña — dijo Hagrid, enseñando el largo par de binoculares que le colgaban del cuello, — pero ciertamente no es lo mismo que estar con toda la gente. Aún no hay señales de la snitch, ¿no?

— No —dijo Ron. — Gryffindor tiene mucho por hacer aún.

— Mantenerse fuera de los problemas ya es algo… — dijo Hagrid, cogiendo sus binoculares, al tiempo que Angelina Johnson anotaba otro tanto para Gryffindor.

Sin embargo, de hace unos momentos un pequeño reflejo dorado había captado la atención de Harry, quien parecía seguirlo de vez en cuando con la mirada.

— Slytherin toma posesión — decía Lee Jordan. — El cazador Pucey esquiva ambas bludgers, a los dos Weasley y al cazador Bell, y acelera… esperen un momento… ¿No es la snitch?

Un murmullo recorrió la multitud, mientras Adrian Pucey dejaba caer la quaffle, demasiado ocupado en mirar por encima del hombro el relámpago dorado, que había pasado al lado de su oreja izquierda.

Era lo que Harry había visto.

En un arrebato de excitación, el buscador de Gryffindor se lanzó en picada, detrás del destello dorado. El buscador de Slytherin, Terence Higgs, también la había visto. Nariz con nariz, se zambulleron hacia la snitch... Todos los cazadores parecían haber olvidado lo que debían hacer y estaban suspendidos en el aire con tal de mirar la carrera.

El buscador de Gryffindor era más veloz que el de Slytherin. Arriesgó aumentar su velocidad y… ¡PUM! Un rugido de furia resonó desde los Gryffindors de las tribunas. Marcus Flint había cerrado el paso del buscador adversario, para desviarle la dirección de la escoba, quien se aferraba para no caer.

— ¡Falta! — gritaron las gradas de Gryffindor.

La señora Hooch le gritó enfadada a Flint, y luego ordenó tiro libre para Gryffindor, en el poste de gol. Pero con toda la confusión, la snitch, como era de esperar, había vuelto a desaparecer.

Abajo en las tribunas, Dean Thomas gritaba.

— ¡Eh, árbitro! ¡Tarjeta roja!

— Esto no es el fútbol, Dean — le recordó Ron. — No se puede echar a los jugadores en quidditch… — y de repente se dio un palmazo en la frente al percatarse de que Dean había logrado enseñarle las reglas de fútbol pese a que insistiera que era un pésimo deporte.

Pero Hagrid estaba de parte de Dean.

— Deberían cambiar las reglas. ¡Flint habría causado un grave daño si alguien se cae por eso!

A Lee Jordan le costaba ser imparcial.

— Entonces... después de esta obvia y desagradable trampa...

— ¡Jordan! — lo regañó la Profesora McGonagall.

— Quiero decir, después de esta evidente y asquerosa falta...

— ¡Jordan, no digas que no te advertí…!

— Muy bien, muy bien. Flint casi mata al buscador de Gryffindor, cosa que le podría suceder a cualquiera, estoy seguro, así que penalti para Gryffindor; la coge Spinnet, que tira… no sucede nada, ¡y continúa el juego! Gryffindor todavía en posesión de la quaffle.

Sin embargo, cuando Harry estaba absorto en ver cómo uno de los jugadores esquivaba otra bludger, que pasó peligrosamente cerca de su cabeza, ocurrió: sintió una terrible punzada en su cabeza.

Podía sentir como si su cabeza estuviera intentando romperse, partiéndose y abriéndose desde su cicatriz. Rápidamente se llevó las manos a la cabeza, mientras sus piernas flaqueaban y se quejaba irremediablemente de dolor.

— ¡Harry! — gritó Hagrid, sosteniéndolo al tiempo que trataba de ver qué era lo que le ocurría.

Los que estaban alrededor se alarmaron y rápidamente discutían si llamar a algún Profesor o si llevar lo antes posible al muchacho a enfermería.

— ¿Qué está pasando? — preguntó Seamus.

— ¡No lo sé! — gritó Ron, mientras juraba haber visto que la cicatriz de Harry tenía un resplandor verde bajo la piel.

Harry apretaba con fuerza los dientes y usaba todas sus fuerzas con tal de no gritar de dolor o llamar más aún la atención.

"¡Aguanta!" — creyó escuchar en su mente, pero el dolor le hizo incapaz poder reconocerla.

Hermione, quien creyó ver lo mismo que Ron, cogió los binoculares de Hagrid y comenzó a buscar frenéticamente entre la multitud.

— ¿Qué haces? — gimió Ron, con el rostro grisáceo.

— Lo sabía — resopló Hermione. — Snape… Mira.

Ron cogió los binoculares. Snape estaba en el centro de las tribunas frente a ellos. Tenía los ojos clavados en Harry y murmuraba algo sin detenerse.

— Está haciendo algo… Alguna maldición quizás — dijo Hermione.

— ¿Qué podemos hacer?

— Déjamelo a mí.

Antes de que Ron pudiera decir nada más, Hermione había desaparecido. Ron volvió a mirar a Harry, quien ya comenzaba a soltar lágrimas por los ojos mientras una ligera gota de sangre parecía asomársele por la nariz. Los que estaban alrededor miraban aterrorizados.

Marcus Flint cogió la quaffle y marcó cinco tantos sin que nadie en esa grada lo advirtiera.

— Vamos, Hermione — murmuraba desesperado Ron.

Hermione había cruzado las gradas hacia donde se encontraba Snape y en aquel momento corría por la fila de abajo. Ni se detuvo para disculparse cuando atropelló al Profesor Quirrell y, cuando llegó donde estaba Snape, se agachó, sacó su varita y susurró unas pocas y bien elegidas palabras.

Ignis Fatuus — susurró.

Unas llamas azules salieron de su varita, flotaron por unos instantes para ver a Hermione, y luego saltaron a la túnica de Snape. El Profesor tardó unos treinta segundos en darse cuenta de que se incendiaba. Un súbito aullido le indicó a la chica que había hecho su trabajo. Atrajo el fuego, lo guardó en un frasco dentro de su bolsillo y se alejó gateando por la tribuna; Snape nunca sabría lo que le había sucedido.

Fue suficiente. Harry había dejado de sufrir de dolor, pero igualmente estaba demasiado agotado como para siquiera mantenerse de pie; ya no había riesgo aparente para poder llevarlo hasta enfermería para que pudieran revisarlo y darle el descanso necesario para recuperarse.

El muchacho pudo sentir como Hagrid lo tomaba entre sus enormes brazos, pero no alcanzó a percatarse de que estaba entrando en el castillo cuando finalmente se desmayó.

— Era Snape — decía Ron.

Él y Hermione pasaron el resto de la tarde en la cabaña de Hagrid, tomando una abrigadora taza del fuerte té de Hagrid.

— Hermione y yo lo vimos… — prosiguió. — Estaba maldiciendo o algo así. Murmuraba y no le quitaba los ojos de encima.

— Tonterías — dijo Hagrid, que no había oído una palabra de lo que había sucedido—. ¿Por qué iba a hacer algo así Snape?

Ron y Hermione se miraron, preguntándose qué le iban a decir. Sin embargo, el pelirrojo decidió soltar una corazonada descabellada.

—Harry y yo lo vimos en Halloween yendo hacia el tercer piso — dijo a Hagrid. — Quizás trató de entrar al pasillo prohibido y lo que se que haya allí lo atacó.

Hagrid se volteó extrañado, con la tetera entre sus manos.

— ¿Fluffy? — cuestionó Hagrid a viva voz.

— ¿Fluffy? — preguntaron los otros.

— Ajá… Es un cerbero… Se lo compré a un griego que conocí en el bar el año pasado, y se lo presté a Dumbledore para guardar…

— ¿Sí?— dijo Ron con nerviosismo.

— Bueno, no pregunten más — dijo con rudeza Hagrid. — Es un secreto.

— Pero Snape podría haber tratado de robarlo.

— Tonterías — repitió Hagrid. — Snape es un profesor de Hogwarts, nunca haría algo así.

— Entonces, ¿por qué trató de matar a Harry? — se exasperó Hermione.

Los acontecimientos de aquel día parecían haber fijado su idea sobre Snape.

— Yo conozco un maleficio cuando lo veo, Hagrid; lo he leído todo sobre ellos. ¡Hay que mantener la vista fija y Snape ni pestañeaba, yo lo vi!

— Les digo que están equivocados — dijo ofuscado Hagrid. — No sé por qué Harry reaccionó de esa manera… ¡Pero Snape jamás trataría de matar a un alumno! Ahora, escúchenme bien: están preguntando cosas que no les conciernen, y eso es peligroso. Olvídense de ese pasillo, del perro, y olviden lo que pueda estar vigilando. En eso sólo tienen un papel el Director Dumbledore y Nicolás Flamel...

— ¡Ah! — dijo Hermione. — Entonces hay alguien llamado Nicolás Flamel que está involucrado en esto, ¿no?

Hagrid pareció enfurecerse consigo mismo, maldiciendo entre los dientes al tiempo que se daba un manotazo en la frente.


Notas de autor

Bueno, que no jugara quidditch no significaba que no le iba a pasar nada xD

Holis

Bueno, con unos cuantos ajustes, la vida de Harry sigue adelante, pero no sabemos qué va a resultar de esto... En especial porque sabemos que Snape sí está de su lado :P

Muchas gracias a quienes reciben alertas y nos dejan en sus favoritos... Un review o dos no nos haría mal, pero nos alegra que nos sigan leyendo.

Nos vemos la próxima semana.