Dentro de la estrecha cabina, alrededor de la mesa baja, se sentaron Lavina, Pequeña Nutria y Erisad, junto con Otto y Jasper. Dush se quedó en la puerta, que permaneció abierta para poder escuchar. Simplemente, no cabía cómodamente con un techo tan bajo.

– Este es Otto – les presentó Lavina–. Me ha destrozado las mangas con fuego y dice que ha hablado con un borracho en una taberna de Puerto Baden que le dio mi nombre.

Y ninguno de los tres reaccionó como Otto esperaba. Se volvieron con un interés inusitado y le preguntaron:

– ¿Qué te dijo el borracho?

– Que mi comandante era Lavina y que debíamos estar en Cambrial.

Lavina se dobló de repente por el dolor y Erisad la agarró. Tras unos instantes volvió a enderezarse y dijo:

– Antes tengo que matar a Grial.

– ¿Quién es Grial? – preguntó Otto.

– El puto amo – respondió Dush desde la puerta –. Me va a joder mucho acabar con él.

Erisad y Pequeña Nutria intercambiaron una mirada.

– Es el general orco que dirige el frente de fuego– explicó Lavina–. Debemos… Tenemos que cumplir esa misión antes de hacer nada o no viviremos…

Otto percibió una mancha de sangre junto al cuello de la camisa de Lavina.

– ¡Estás herida!

– No, algo peor. Y me temo que ahora eres parte de lo que sea en que estamos metidos. Así que quiero oír cómo has acabado aquí y todo tu encuentro con ese borracho en Puerto Baden.

Jasper siguió comiendo su trozo de pan, mojándolo en una jarra de agua para ablandarlo, mientras Otto relataba los sucesos que le habían llevado allí y, especialmente, la historia de su huida frustrada en Puerto Baden.

– Y dices que el tipo que te hizo tropezar fue un borracho en una taberna – comentó Pequeña Nutria.

– No era un borracho normal. ¡Sabía cosas! Sabía mi nombre. Y, más bien, ocurrió a las puertas de una taberna.

Los tres compañeros intercambiaron miradas entre ellos.

– Es él, no hay duda – decretó Lavina.

Peq y Erisad asintieron, dándole la razón. Otto los observó desconcertado.

–¿Quién es él? ¿Cómo sabía que yo iba a estar ahí en ese momento? ¿Por qué me dio un mensaje para ti? ¿Cómo sabía que nos íbamos a encontrar? ¿Cómo demonios sabía mi nombre?

Lavina rió.

– Sabía todo eso de la misma manera que tú controlas el fuego.

Otto negó con fuerza.

– ¡No controlo el fuego! No sé quién os ha soltado semejante sandez…

Respondió Jasper.

– Fui yo, chico. Te vi en Eisin. Aunque lo que hacías no era exactamente controlar el fuego. Le señalabas dónde quemar y lo avivabas. Sé lo que vi.

Otto volvió a negar.

– Si hubiese tenido un poder semejante dentro de mí lo habría sabido hace años.

– ¿Y lo de mis mangas? –insistió Lavina mostrándole la tela arruinada–. Estabas mojado como una trucha. ¿Cómo demonios las encendiste sin canalizar magia?

Al menos Otto tuvo la decencia de callarse esa vez pero volvió a negar con la cabeza.

– Quiero volver a Eisin. Tengo que encontrar a Selina. Desembarcaré al amanecer y caminaré de vuelta hasta Eisin.

– ¿Y cuando llegues a Eisin, qué harás? – le preguntó Lavina – Con esa señal en la cara no podrás dar dos pasos sin que te capturen.

Otto se llevó instintivamente los dedos a la marca de su mejilla.

– Da igual, debo ir a buscarla...

Erisad carraspeó. Las miradas se volvieron hacia ella. Se enderezó un poco más y observó a Otto entrecerrando los párpados.

– Así que, te secuestraron de tu pueblo. Lo quemaron para evitar que volvieseis si huíais. Mataron a muchos, pero tú sobreviviste. ¡Qué suerte!

Otto la miró y frunció el ceño.

– ¿Qué intentas decir?

Ella siguió.

– Debieron darse cuenta de que el fuego no te afectaba cuando no lograron marcarte con un hierro al rojo como hicieron con tus compañeros… ¿Cómo les convenciste de que no te matasen? ¿Fuiste lo suficientemente complaciente?

Otto se puso rojo por la vergüenza… y las palabras del esclavista mientras le cortaba la piel y él permanecía inmóvil y sumiso bajo esa mutilación y dolor volvieron con vejante fuerza. "Buen chico".

Erisad no le dio tregua.

– Luego trataste de escapar en Puerto Baden dejando atrás a todos. Trataste de escapar de Eisin, dejando atrás a todos.

– ¡No traté de escapar de Eisin! – gritó Otto, interrumpiéndola.

Erisad le dedicó una sonrisa despectiva, con el mismo gesto altivo que usaba cuando interpretaba a Yemala. Dentro de aquel traje negro resultaba odioso.

– Sí, claro… Lo que digas –comentó en tono paternalista–. Y hace unas horas, trataste de escapar de nuevo, dejando atrás a todos…

Otto la observó boquiabierto. Erisad, con su mirada fija en él, extendió la mano hasta la vela sobre la mesa y la deslizó despacio hasta delante de Otto.

– Eres un cobarde, Otto, que sólo trata de huir y esa tal Selina te importa una mierda en realidad. Serías un maravilloso perro de La Sombra.

Lavina y Peq observaron anonadados a Erisad. ¿Qué le había dado?

Los rasgos de Otto se torcieron por la furia y la llama de la vela estalló elevándose hasta el techo. Todos se echaron hacia atrás por la impresión. La vela se fundió en un instante y las llamas prendieron sobre la mesa.

Lavina, Peq y Erisad se apartaron… Jasper se limitó a volcar la jarra de agua encima del pequeño incendio, sofocándolo en un siseo de humo.

Todos observaron la mesa humeante y luego miraron a Otto, que echó a correr hacia la puerta.

En cuanto cruzó el umbral lo oyeron gritar:

– ¡Suéltame, bestia repugnante!

– Estate quieto o te parto las piernas –contestó Dush.

La protesta cesó de inmediato y Dush lo lanzó de nuevo dentro de la cabina.

Pequeña Nutria soltó un silbido admirativo mientras rascaba la carbonilla de la mesa.

– ¿Seguro que no tienes ninguna capacidad para influir en el fuego?

Lavina lo miró.

– Esto ha sido impresionante. Tienes un buen arma a tu servicio. Pero, primero, vas tener que aprender a controlar ese fuego. Que no te controle a ti. Porque si La Sombra te detecta estás muerto.

Otto los observó furioso.

– Paso de vosotros. Vuelvo a Eisin a buscar a Selina.

Erisad se puso en pie y Otto se volvió hacia ella preparado para pelear. Pero la chica inclinó la cabeza en una respetuosa reverencia que tenía mucho de gesto de disculpa.

– Siento mucho haberte dicho todo eso, Otto. Estaba mintiendo para provocarte y desatar tu poder. Lo lamento mucho.

Otto se llevó la mano a la mejilla y negó… La marca dolía como un demonio.

– Me da igual –su voz tembló–. Vuelvo a Eisin a buscar a Selina y si muero…

– Si mueres sientes que recuperarás tu dignidad perdida –lo interrumpió Erisad con un tono sereno–. Morir intentando lo que no puedes lograr en lugar de someterte… Un grito, un estallido de furia. "Estoy aquí y escupo en tu puta cara…" y morir.

Él la miró fijamente y las lágrimas brillaron en sus ojos.

– No soy un cobarde. Estaba intentando… Intenté – su voz se quebró...

– No eres un cobarde –dijo ella con dulzura–. Has tomado las decisiones correctas para intentar salvar algo, en lugar de morir en un estallido de furia. Y eso es mucho más difícil. La dignidad o el orgullo es el último refugio que nos queda.

Ahora sí, las lágrimas cayeron de los ojos de Otto…

– Ya no me queda nada. No sé qué va a ser de Selina. Quiero encontrarla… Quiero…

Sin decir una palabra, Jasper se puso en pie y lo abrazó y Otto se puso a sollozar en sus brazos.

– No pude salvar a nadie –se excusó entre sollozos–, no pude salvar nada. Ni siquiera a ella. Sólo podía tratar de salvarme yo… Soy un fracaso…

Jasper le acarició la cabeza con sus manos nudosas.

– ¡Me recuerdas tanto a mi hijo! Él también quería salvar a todo el mundo. Nunca fue un cobarde, tú no lo eres.

Lavina se puso en pie también y, sin decir una palabra, los abrazó a ambos. Al cabo de unos instantes, Pequeña Nutria se puso en pie también y apoyó su mano sobre el brazo de Otto para hacerle notar su presencia. La última en unirse a ese abrazo de grupo fue Erisad.

– Ya no necesitas huir. Tienes aliados y podemos enseñarte a usar tus armas. Pero la decisión va a ser tuya.


Al amanecer detuvieron la barcaza como habían prometido y una decena de esclavos descendieron. Les procuraron provisiones, mantas, ropas, instrucciones y les desearon suerte. Lavina no creía que pudiesen lograrlo, pero eran libres de escoger cómo y dónde hacer su lucha.

Entre la veintena que permanecieron a bordo y que tratarían de cruzar el frente de fuego con ellos estaban Jasper y Otto, y también Robert, el esclavo de los grilletes que había estrangulado al Legado.

La barcaza se puso en marcha de nuevo y Erisad permaneció en la borda un buen rato, mirando al grupo empequeñecerse sobre las llanuras cenicientas a medida que se alejaban de ellos. Lavina se acercó a ella y le pasó un vaso. Erisad lo agarró y, antes de que preguntase, Lavina contestó:

– Licor gnomo. Estaba escondido bajo una tabla. Me encanta robar a los esclavistas.

Erisad le dio un sorbo y arrugó el gesto.

– Un poco fuerte para mí.

Se lo devolvió a Lavina.

– Erisad, ¿cómo supiste qué decir para provocar a Otto y desatar su poder?

Tras casi un minuto de silencio, pareció que no iba a contestar, pero cuando habló, Lavina se percató de que, en realidad, había estado buscando las palabras.

– El año en que me convertí en mujer, que dejé de parecer una niña, que mis pechos y caderas aparecieron, un túnica negra se interesó por mí y trató de forzarme.

Se calló varios instantes y Lavina esperó. No quería romper el momento con ninguna palabra que tal vez iba a ser contraproducente. Tras casi otro minuto, Erisad volvió a hablar.

– Me golpeó y usó hechizos de dolor conmigo para someterme. Pero yo estaba tan rabiosa que estaba dispuesta a morir sólo por robarle ese momento. Y entonces me dijo que si no me quedaba quieta mataría a mi familia. Y dejé de pelear… Le resultó tan divertido ver mi sumisión que…

Erisad negó y respiró con fuerza varias veces cerrando los ojos.

– ¿Por eso te asustaban tanto los acercamientos de Mansur?

Erisad sonrió sin alegría.

– El recuerdo volvía unos instantes siempre, es cierto, pero lo peor es que yo creía que, de alguna manera, si él tocaba mi piel podría ver lo que ocurrió. Es una estupidez, lo sé… Pero me resultaba muy humillante que alguien viese o notase que yo no peleé en ese momento.

Lavina le pasó un brazo sobre los hombros.

–Sí peleaste, y salvaste a tu familia… Y has salvado a Otto.

Erisad rió suavemente.

– Aún tendré que darle las gracias a aquel hijo de perra.

Lavina le pasó el vaso de nuevo.

– Bebe y calla.

Ella lo hizo. Miraron el paisaje unos instantes más apoyadas la una en la otra y Erisad preguntó:

– ¿Qué debe haber ocurrido con Mansur y Hameth?

– Ni idea...