Buenas:
He decidido que ya que ibais a invocar a gente por Halloweeen, lo mínimo que podía hacer era dejarme caer por aquí con un capítulo.
Espero que estéis bien. Agradecimientos a los lectores, a los que me ponen en favoritos y follow. Y mi amor a los que me escriben reviews.
Disclaimer: Todo lo que reconozcan no es mío. No pretendo obtener beneficio lucrativo. Rechazo toda resposabilidad.
El tren se alejaba de la capital a toda la velocidad posible, pero Renee deseaba que fuera incluso más rápido. No deseaba volver nunca, no después de cómo se habían torcido las cosas.
Su madre había oído todo lo que Renee le conto del baile, dejando de lado que había bailado el vals con el barón. Luego, se habían ido a dormir, y a la mañana siguiente, no había despertado, Renee nunca antes había estado tan agradecida, ya que eso indicaba el inicio de su luto rigurosos y el cese de toda reunión social. Durante al menos los próximos 6 meses, Renee debía rescindir todos los acontecimientos sociales posteriores al velatorio.
Este fue preparado de forma rápida y simple. Si bien el mausoleo, el vestido y peinado de la señora Higginbotham eran tan elaborados como ella los prefería, la ceremonia fue breve y discreta. Todas las amigas de su madre fueron a verla, algunas con marido y algunas acompañadas por otra amiga o una hija. Renee prefería infinitamente más a las primeras, ya que tenían menos oportunidades de hacer preguntas o de soltar alguna pulla.
La señora Higginbotham se había ido en el momento preciso para no ver como su hija se convertía en el centro del espectáculo de la capital. Las preguntas iban y venían de boca a boca en cada saloncito de té. ¿Por qué había venido sola? ¿Por qué no la había acompañado su marido? ¿Era cierto que el barón la había obligado a bailar? ¿Eran amantes ya en Seattle? No, eso no tenía sentido. El barón había estado en el frente mucho antes. O eso era lo que querían hacerles pensar. Y la madre del barón, ¿aprobaba a la amante de su hijo? Debía de hacerlo, había sido amiga de la señora Higginbotham. Pero entonces, ¿por qué se había creado tanto murmullo sobre el barón cortejando a la hija del duque? Que delicioso rumor. ¿O quizás todo había sido un terrible accidente? No parecía probable. ¿Quién había tentado al otro a actuar ilícitamente, el barón o la vizcondesa Swan? Y la pobre señorita Mary… o no tan pobre. Quizás se lo merecía. ¿Quién sabe por qué un hombre pasaría por alto un prospecto tan magnifico por una mujer casada? Puede que tuviera algo de malo. ¿Es insípida? ¿Lela? ¿Algo peor? ¿O simplemente el barón solo quería desobedecer a su madre y saciar sus apetitos con una mujer con experiencia?
Toda la ciudad burbujeaba con los comentarios. Todos tenían una opinión. Entre tantos murmullos, mientras esperaban el próximo escandalo que captara sus intereses, Renee iba y venía, tratando de apagar los susurros, especialmente en lo concerniente a la señorita Mary. Varias de las matronas, viendo sus nobles intenciones, comenzaron a colaborar, apuntando con sus comentarios más al barón que a la pobre debutante. Renee envió varias misivas a la residencia del duque, pero no recibió por respuesta más que una pequeña nota de la señorita Carly explicando que su padre había decidido llevárselas a visitar a ciertos familiares durante un par de semanas, y que no volverían hasta después de que Renee se fuera. Se habían enterado de la muerte de la Señora Higginbotham y lo lamentaban. Quizás verían a Renee el próximo año en la temporada. Renee captó la indirecta y, aunque le dolió separarse de las entusiasmadas jovencitas, entendido que era lo mejor por el momento.
Aprovechó el tiempo que le quedaba en la capital para visitar al abogado familiar, quien leyó la última voluntad de su madre. Lógicamente Renee había heredado todo menos algunas tonterías destinadas a las amigas de la señora Higginbotham, alguna cosa que se iba a la iglesia, parte de la dote de la señora Higginbotham, que pasaría directamente a Bella cuando cumpliera 21 años, y un par de bonus destinados a los criados de la casa.
Renee se encontró con una gran casa en la ciudad, una fortuna nada desdeñable, una gran casa de campo que llevaba años sin visitar y una casa de tamaño más moderado en una de las ciudades más populares de Arizona. La señora Higginbotham no se habría casado nunca por debajo de cierto umbral de riqueza y prestigio. El señor Higginbotham, si bien no había tenido título, era más pudiente que muchos de los nobles.
El abogado le recomendó a Renee que si se fiaba del administrador que había contratado su padre (y, razonó Renee, por qué no debería fiarse), que le dejara a él todos los asuntos económicos de las propiedades y que solo le pidiera reportes trimestrales. Y que los asuntos de criados y arrendatarios se los encomendase al mayordomo y la ama de llaves, mientras que de los legales ya se encargaría él mismo, al menos en el momento presente. Por supuesto, si su marido quería interesarse en los asuntos, todos ellos se harían a un lado, pero Renee dudaba de que esto fuera a ocurrir en ningún punto del futuro cercano. Así que accedió a cederles el control de todas las propiedades, al menos hasta que ella pudiera salir del luto riguroso. Quizás entonces consideraría visitar los estados que le pertenecían, examinar cómo se estaba invirtiendo su capital y ver qué mejoras se podían realizar. Pero hasta entonces, Renee debía de alejarse de toda la riqueza y ostentosidad, y volver a su tranquila vida en la pequeña ciudad de Seattle.
Y así se hallaba en el tren, viendo pasar las mil millas y deseando esta al menos diez por delante de donde estaba el tren en cada momento Solo habían pasado una semana y media desde la muerte de su madre, pero Renee no deseaba permanecer ni un minuto más de lo necesario en la capital. Estuvo feliz de despedirse del sol y de los vientos, y de ver como la nieve y la lluvia eran cada día más prominentes.
Se acercaban a Chicago, lo que indicaba que aun les quedaban dos tercios del trayecto. Al contrario que la vez anterior, no había nadie con quien iniciar una conversación. Renee había preguntado por los demás pasajeros de categoría, pero no había nadie interesante, conocido o que desease relacionarse. Lo cual era lo más natural. ¿Quién se alejaría de la capital en pleno inicio de la temporada? También era lamentable, ya que su compartimento estaba lleno de caballeros y damas más dormidos que despierto, con la excepción de un grupo de jóvenes que discutía acaloradamente sobre la reforma de su marido. ¿De entre todas las cosas -se decía Renee- tenían que discutir de eso ahora? El humo de sus tabaqueras empezaba a llenar el vagón. Incluso con una ventana abierta para que entrara algo de aire fresco, empezaba a ser irrespirable. Cuando el tren se detuvo en la estación, y el aire dejo de entrar de manera constante, Renee se dijo que bien podía salir ella para olvidarse de esa detestable atmósfera.
El frío lucho y finalmente perdió la batalla tratando de infiltrarse en sus ropas, pero su cara no estaba tan bien resguardada. Renee notó la fría bofetada, pero a ella le supo como una caricia de realidad. Era como si solo saliendo y exponiéndose al frio se hubiera despertado de un mal sueño. Cerró los ojos, inspiro y expiro lentamente, sintió la nieve caer en su rostro, sintió el viento que convertía los delicados copos en cristales cortantes, oyó los gemidos del tren, el murmullo en el que se habían convertido los gritos de los jóvenes entusiastas, y sintió una mirada penetrante desde el otro lado del andén.
Despacio, abrió los ojos y vio el contorno de una figura que se acercaba lentamente. La pose era regia, pero el uniforme era militar. Paso a paso, se convirtió en el barón Dywer, observándola con su mirada penetrante. Renee se quedó sin aliento.
Y ahora me desaparezco hasta nuevo aviso.
Ciao~
