Aviso: Por salud mental y porque tengo dos deadlines muy importantes, descansaré una actualización. La siguiente, en vez de ser el 22 de enero, será hasta el 27 de enero. También porque el que viene es un capítulo mucho más largo de lo habitual y quiero tener tiempo de revisarlo.


Capítulo XXXII.
El Profeta


I.


El viaje al sur toma varios días. Katsuki deja a Kyoka a cargo —con Momo e Itsuka como sus personas de mayor confianza, dice, nada puede salir mal—. Eijiro y Denki se dirigen hacia el sur con ellos —por la curiosidad de Denki, Eijiro declara que estaría muy bien no revivir toda su mala experiencia la última vez que llevó a Izuku—. Ochako y Tsuyu también aprovechan para viajar al sur y visitar a sus respectivas familias; Ochako añora ver a sus padres y Tsuyu quiere saber qué ha sido de sus hermanos; Mina las acompaña porque tiene curiosidad por conocer el sur y es ella quien cierra la comitiva. La correspondencia entre el norte y el sur aún es escasa, a pesar de que ya no hay guerra.

Es verano y todas las rutas están despejadas, al menos, lo que hace el viaje un poco más agradable. Eijiro puede estirar las alas y volar por encima de ellos, dando vueltas en círculos un buen rato. La mayor parte de las veces Denki monta sobre él, pero a veces deja que Katsuki se encarame a sus cuernos o a veces deja que Izuku vea el mundo desde las alturas. Invita también a Ochako y a Tsuyu, que lo hacen juntas, pero con menos frecuencia que el resto, porque a Ochako le dan mareos muy fácilmente.

Los ánimos cambian antes de cruzar la frontera, cuando se detienen junto al río. Ya los espera allí una comitiva que los acompañará a la capital, para asegurarse que no tengan contratiempos en el camino.

Por supuesto, se dice Izuku, viajar por tierra no es lo mismo que viajar por aire, como la última vez, con Eijiro.

Sin embargo, la comitiva aún está del otro lado del río y, aunque el cambio de ambiente es notorio, tienen una noche más en soledad. Izuku sabe que, en cuanto crucen el río, serán sujeto de todos los pequeños rituales y protocolos que el sur tiene para la nobleza. Katsuki enciende una pequeña hoguera, para asar los pescados que Eijiro consigue en el río y pasar una última noche.

—Así que era cuando nos conocimos —dice Eijiro—. En los primeros tiempos.

Katsuki sonríe de lado, pero no dice nada.

Mina bufa, recargada sobre el pecho de Ochako, con Tsuyu a un lado.

—¿Acaso extrañas no tener una cama caliente donde dormir cada noche? —pregunta, frunciendo el ceño.

—Mina, es un dragón —dice Denki—, no le da frío y puede dormir donde sea.

La bruja bufa de nuevo.

—Claro, pero había guerra. No extraño esos tiempos. Prefiero ahora, cuando no tengo que preocuparme por curar sus heridas de idiotas —dice ella—. O por usar mi magia para pelear.

Izuku sólo los mira. No puede imaginárselos antes, pero intenta. Más jóvenes, más temerarios, más desesperados, sin tener ni siquiera cimientos donde construir el mundo pacífico con el que soñaban.

—Pero hubo buenos momentos —dice Eijiro—. No siempre. No cuando peleábamos. No cuando alguien estaba herido. Pero hubo buenos momentos. Me gustaban las historias.

Izuku no puede contenerse en ese momento.

—¿Las historias?

Katsuki carraspea.

—Hacíamos guardias —dice—. Nos buscaban muchos guerreros bárbaros, dragones, ejércitos del sur. Así que alguien tenía que estar despierto a todas horas. Solíamos ser dos. Todo el tiempo. Para no quedarnos dormidos contábamos historias. Cualquiera, la que nos supiéramos. O hablábamos, pero mayormente eran historias, porque así era más fácil escuchar.

—Mi favorita —interrumpe Denki— es la del Gran Dragon Azul. La contaba Eijiro.

—Por eso es tu favorita —dice Mina.

—¿Cuál es? —Esa vez, Tsuyu es la curiosa—. Creo que esa ni yo ni Ochako la hemos escuchando e Izuku se sabe todas las historias del mundo…

—Esa no —aclara Izuku, que mita con curiosidad a Eijiro.

—Es muy vieja —dice. Se acomoda y, cuando Denki se da cuenta de que pretende contarla, también —. Hace muchos años, muchos, muchísimos años. No, no años —corrige—. Eras. Cuando los dragones aún no se preocupaban por guerras humanas. Eso. Sí. —Sonríe—. Un dragón surgió entre todos los demás y pretendió dominarlos a todos. Sus fauces escupían hielo y congelaba todo a su alrededor. Se hacía llamar el Gran Dragón Azul. Otros lo conocían como el Gran Mal, pero no podían contenerlo, así que simplemente se alejaban a su paso. Los dragones alzaban la vista al cielo y le rogaban al cielo un modo de derrotarlo, porque todos los dragones se habían enfrentado a él y fallado.

»Así pues, el cielo respondió. Los Dioses Sin cara mandaron a la tierra a un elegido. Un Dragón plateado, majestuoso, destinado a terminar con el Gran Mal y darle al mundo un gran periodo de prosperidad.

—Ese dragón es una leyenda —interrumpe Denki, sin poder contenerse.

—Sí, entre los dragones —reitera Eijiro—. Nunca he visto que sea muy famoso en el sur. Por eso empecé a contar esa historia, para que nadie lo olvidara.

»Pues bien —continúa con la historia— el dragón plateado nació en el más lujosos de los nidos y creció con mimo y con cuidado, hijo de dos padres amorosos. Conoció a una dragona de escamas color naranja y se prendó de ella. Hubo un momento en el que supo que era la elegida… Los dragones simplemente lo sabemos. Cuando estamos frente a… Cuando vemos a alguien y sus ojos lo iluminan todo, por ejemplo. —Sus ojos se posan un momento en Denki y hay una pausa tensa allí. Carraspea, intentando volver al hilo de la historia—. No había duda. Los dragones sólo tienen un compañero o compañera en la vida. Y ella era esa pregunta que él quería pasarse la vida respondiendo. Entonces, el dragón plateado todavía no conocía su destino. Y sin embargo… —Las palabras quedan en el aire, volando, un momento. Izuku aprecia esas pausas, esos cambios de tono. Eijiro no es malo contando historias—. Y sin embargo —repite, y hay allí otra pausa, como si estuviera buscando las palabras adecuadas para seguir—. A veces el destino llega, sin avisar, como un remolino y lo pone todo de cabeza.

»El Gran Dragón Azul escuchó un día, en un rumor del viento, que su perdición estaba cerca. Un dragón plateado había llegado al mundo para acabar con él. Resolvió, pues, ser el primero en atacar, antes de que la profecía se cumpliera. Así, pues, decidió atacar su nido. En ese entonces había demasiadas disputas entre los dragones, así que siempre alguien lo cuidaba. Si el dragón plateado no estaba en él, la dragona anaranjada lo cuidaba. Y al revés. —Eijiro suspira—. Así que esa vez encontró a la dragona anaranjado y se la llevó consigo. Cuando se dio cuenta, el dragón plateado juró venganza.

»La dragona anaranjada pasó una estación tras otra con el Gran Dragón Azul. Pasa asustarla, le decía que la haría suya. Pero ella siempre negaba con la cabeza. Después de todo, los dragones sólo se enamoran… sólo nos enamoramos una vez. Una única… —Eijiro mira a Denki y a Izuku le surge la idea de que no debería estar escuchando esa pequeña parte de la historia—. Ella siempre decía que no, porque nadie podía poseerla. Intentó escapar, innumerables veces. Y siempre, siempre, para irritarlo, decía: «él vendrá por mí».

Izuku suelta una lágrima y Katsuki lo abraza, sin decir nada.

—Él la encontró tras siete ciclos completos de estaciones. Dicen que fue una batalla épica. A decir verdad, pocos la recuerdan, porque el Gran Mal terminó tal como llegó: pequeño, irrelevante. Todos, en cambio, recuerdan su mirada al verla ella. Grande, majestuosa, con sus escamas doradas, como si nunca los hubieran apartado. Una vez que posó sus ojos sobre ella, ya nunca pudo apartarlos, seguro de que nunca, nada más haría que se perdieran el uno al otro. Los dragones recuerdan eso —termina Eijiro—. Que el amor acabó con el Gran Mal y el amor trajo prosperidad y buenaventura. Fueron buenos tiempos. Aburridos, apenas si hay historias de entonces. Pero eso fue bueno. No hubo guerras, por un tiempo. No hubo hambruna, ni desgracia. El dragón plateado y la dragona anaranjada fueron felices. Espero. No, no, no espero. Lo sé. —Y entonces sonríe y su mirada ya nunca se aparta de Denki—. Un dragón siempre es feliz cuando el destino lo deslumbra, ¿no?

Y eso ya no está dirigido a nadie que no sea Denki, así que todo el mundo aparta la mirada entonces.

Es una noche pacífica, piensa Izuku más tarde, acurrucado a un lado de Katsuki.


—Su Alteza —saluda uno de los soldados de la comitiva.

A Katsuki no saben cómo dirigirse. Lo miran con curiosidad, incapaces de despegar sus ojos del cráneo de ciervo. Según el protocolo, deberían dirigirse a él primero, puesto que su título, en el sur, pesa más que el título de un príncipe. Izuku simplemente le dedica un asentimiento a la comitiva, mientras todo el mundo decide cómo proceder. Uno de los soldados carraspea.

—Su Majestad…

—Bakugo —corta Katsuki—. En el norte no usamos esos honoríficos. Así que… Bakugo.

Nadie se atreve a replicarle.

Y empieza el camino.


A Katsuki los palanquines lo desesperan. Izuku no tiene problema con ellos, acostumbrado a usarlos desde su niñez. Pero el Rey Bárbaro insiste que sólo hacen más lenta la marcha. Izuku le sonríe, a mono de disculpa. No puede hacer mucho. Sólo verlo insistir en caminar a ratos o convencer a Eijiro, cuando están suficientemente lejos de cualquier población, de que se convierta, sólo para dar vueltas en círculos por encima de las nubes.

Cuando el Rey Bárbaro descubre que eso no hace demasiada gracia a los soldados que lo acompañan, lo hace más seguido.

Katsuki los irrita cada que puede. Izuku no puede evitar preguntarse si alguna vez uno de ellos formó parte de un asalto en el norte, si soñaron con el sueño conquistador de Hisashi Midoriya —sin saber que sólo eran carne de cañón—, pero no puede responder y deja que Katsuki los irrite y se frustre los primeros días, cuando los soldados ignoran sus provocaciones, por estúpidas que sean.

Después de eso, todo le da igual, hasta que llegan a la capital. Izuku se pone un velo de tu, cubriéndole el rostro, haciéndolo borroso al resto de las miradas. Ochako y Tsuyu lo ayudan a que quede derecho. Katsuki lo ve con curiosidad y con el ceño fruncido —pero ese lo tiene así desde que le pidieron con demasiada insistencia que, al menos ese trayecto, usara el palanquín.

Aun así, Katsuki corre un poco las cortinas de este, para asomarse al mundo.

—Las ciudades son diferentes.

Izuku asiente.

—En el norte casi todo son aldeas, lo has visto. —Katsuki lo mira—. Excepto la fortaleza, porque en algún lado teníamos que defendernos.

—Lo sé —dice Izuku.

Lo atacan los nervios. Sabe que su madre no tiene nada contra Katsuki. Sabe que la mayor parte de la gente del sur cree que lleva casado con Katsuki mucho más tiempo del que en realidad han sido esposos. Pero no puede evitar entregarse un poco a los nervios.

Katsuki extiende una mano, buscando su rostro a través del velo.

—Prefiero cuando puedo verte a los ojos —dice—, también.

—Es… costumbre.

—No estoy seguro de que esta me guste.

Izuku siente los dedos de Katsuki a través del velo y contiene el impulso de inclinarse hacia adelante para buscar sus labios. No puede besarlo a través de la tela.

—Es… Se supone que… Soy un príncipe, así que… se considera… no tan digno que muestre mi rostro.

Katsuki frunce el ceño, de nuevo.

—No me gusta —decide. Izuku no puede culparlo—. Como si estuvieras por encima de todo el mundo. Pero nadie vive sin el otro —espeta Katsuki—. Incluso los reyes. Se necesitan cazadores, cocineros, gente que cuide la tierra. No me gusta.

—El sur es diferente.

—No me gusta, Izuku.

—Lo sé —responde él—. Lo sé. Pero hay tradiciones difíciles de cambiar. Cosas grabadas en mis venas y en mi piel que son parte de mí.

Y no dice que hay muchas grabadas a base de golpes de su padre, pero Katsuki lo entiende y se acerca hasta él, intentando no moverse demasiado, pues el palanquín se balancea. Lo abraza un poco.


La llegada al palacio es discreta e Izuku lo agradece. Ni Katsuki ni Eijiro ni Denki ni Mina entienden de los protocolos y las ceremonias. Lo miran todo con curiosidad o con extrañeza. Al menos Katsuki se divierte viendo la confusión y los soldados intentan mantener su distancia. Después de todo, en el sur, Katsuki Bakugo, el Rey Bárbaro es una leyenda. Sobrevivió a asesinos enviados por Hisashi Midoriya, a asaltos, una y otra vez y, por supuesto, en el sur creen que obligó al rey a entregar a su único heredero para negociar la paz.

Izuku se pregunta si la imagen mental que tienen de Katsuki coincide con el hombre rubio que tienen enfrente, con ojos rojos, imponente, con una capa roja raída, mangas naranjas para cubrirse los brazos y el torso desnudo.

—Su Alteza, la Reina nos indicó que los lleváramos con ella en cuanto llegara —dice uno de los soldados—. A usted y a… —el hombre mira a Katsuki, carraspea— Su Majesta…

—Bakugo —espeta Katsuki—. No usamos esos títulos en el norte.

El soldado no vuelve a abrir la boca.

Otros, al parecer, tienen la tarea de llevar a los invitados hasta sus aposentos. Izuku toma la mano de Katsuki y sigue al soldado, hasta los aposentos de su madre. Por lo que puede ver, todavía se refieren a ella como la Reina, a pesar de que sólo está a la cabeza de un consejo gobernante.

No hay rey, no hay línea sucesoria. No la habrá nunca más.

Los aposentos de su madre la traen buenos recuerdos. Llenos de cortinas verdes y algunas flores y plantas. Tan diferente al resto del palacio, siempre tan rojo, con las tres flamas del emblema por todas partes.

Inko está esperándolos en la salita.

—Pasen, pasen —indica, en cuando el soldado los anuncia—. Déjanos solos.

Izuku se acerca hasta ella y se arrodilla, buscando sus pies.

—Hola, mamá —musita, para que sólo ella pueda escucharlo.

Katsuki se queda atrás un momento, para darles un momento de intimidad y permitir que el soldado salga. Al final, se acerca también y, poniéndose en cuclillas, busca los pies de Inko Midoriya. El gesto no le sale natural, es más deliberado. Pero Izuku reconoce en él el buscar el calor de una madre. Inko le pone una mano en los hombros y le indica que se ponga en pie.

—No es necesario, Katsuki. —Él no contesta, no dice nada—. Perdonen que no pueda levantarme. Han sido días demasiado ajetreados. —Inko Midoriya sonríe; Izuku reconoce en esa sonrisa la suya propia. Abierta, genuina, enorme—. Bienvenidos. Deseo que su estadía en este palacio sea placentera.

De nuevo, Kacchan no dice nada. Probablemente porque, dentro de él, todavía duda que el sur le dé la bienvenida con los brazos abiertos. Es Izuku el que asiente.

—Gracias, mamá.

Y por ese momento, todo está bien.


II.


Para Katsuki, Shouto Todoroki encarna el sur. Es un príncipe prístino, perfecto, siempre en gobierno de sí mismo. Al principio le recuerda a Izuku, con el mismo estilo de atuendos, con las mangas anchas y las chaquetas largas, con sus cinturones. Pero luego entiende la diferencia.

Izuku se muestra incómodo ante el exceso ceremonioso del sur, aunque lo entiende y se ajusta a él cuando es necesario. Pero lo hace siempre ya con falta de costumbre. Algunos gestos son parte de su ser y de sus reflejos, pero la mayoría no.

Shouto Todoroki, por lo demás, es protocolo y ceremonia, con su cabello largo de dos colores, que le cae más allá de la mitad de la espalda. Se ha acostumbrado a verlo con una trenza a cada lado de la cabeza, que toma un mechón de cada lado de su cabello y culmina en un medio chongo donde una parte de su cabello quedaba recogida. Allí se mezclaba el rojo con el blanco y el chongo quedaba adornado con una peineta con copo de nieve.

Lo último le resulta hasta gracioso a Katsuki. El Reino Todoroki está al sur del reino de Izuku. Eso significa que nieva aún menos que en el norte. Mucho menos. Y aun así, su emblema es un copo de nieve. Izuku dijo que era porque varios magos en la dinastía de los Todoroki habían podido manejar el agua o el hielo, pero Katsuki se río igual.

El príncipe Shouto Todoroki, más o menos de la edad de Izuku—quizá uno o dos ciclos de estaciones mayor, calcula el Rey Bárbaro, pero no más, es menor que él—, le resulta insoportable y una curiosidad a partes iguales. Está allí, como dijo la primera vez que lo vieron, para discutir tratados comerciales con el consejo del reino. Izuku se mantiene apartado de esos temas y, así como permite que el consejo del norte sesione sin él, lo hace con el sur. Se ha convertido en un mediador. Así que los primeros días, mientras Izuku lo lleva a recorrer todo el palacio, se cruza poco con el príncipe perfecto del sur.

Hasta ese momento, que lo ve acercarse. No va sólo. Lo acompaña un hombre de atuendo mucho más sencillo y cabello mucho más corto —y parado— que mueve unas alas rojas tras de sí. Sirenas, piensa, tan al norte de las islas de Fukuoka. Curioso. Pero no dice nada. Sabe mantenerse callado cuando la situación lo requiere.

Y en el Reino Midoriya, lo requiere muy seguido.

Esperaba encontrarse con desprecio, por supuesto. Incluso miembros del actual consejo que preside Inko Midoriya le dirigen miradas que, por lo menos, le desean destinos terribles. Con eso puede vivir. Pero el desprecio de los soldados es más notorio, más fuerte, más vocal. Izuku se asegura siempre de mantenerlo lejos de sus guarniciones. La guardia tampoco lo quiere y los oye comentar a sus espaldas.

Podría golpear a cualquiera de ellos y, de hecho, le duele no hacerlo.

Pero se contiene, por Izuku.

—Su Alteza, príncipe Izuku —saluda Shouto Todoroki, habiendo llegado hasta donde está. Le dedica a Izuku un asentimiento de cabeza y luego mira hacia Katsuki—. Bakugo —saluda.

Intentó, la primera vez, decirle «Su Majestad». Katsuki lo corrigió igual que a todos. Así que ahora usa su apellido.

—Príncipe Shouto. —Izuku sonríe. No han tenido realmente tiempo de hablar. Katsuki sabe que es en parte gracias a él que Izuku y Kirishima escaparon el último otoño. Por eso le agradece igual que a Momo.

—Me preguntaba si podíamos caminar un momento. Bakugo, también usted…

Katsuki le dedica un bufido que significa que le da igual. Shouto no reacciona a él. Sólo se da la vuelta y encara a quien lo acompaña. Katsuki no puede decir que sea un hombre. Las sirenas no son humanos.

—Takami —dice—, por favor.

—Sabe que su padre quiere que lo proteja…

—… y me espíes en el proceso —replica Shouto Todoroki. Lo hace sin cambiar de expresión ni de tono. Su inexpresividad le resulta curiosa a Katsuki—. Por favor.

Takami rueda los ojos un momento, pero se aleja, tal y como se lo pide el príncipe Shouto Todoroki.

Izuku guía el camino. Katsuki no entiende lo que está haciendo hasta que nota que se mueve hacia lugares menos transitados de su palacio, donde es menos probable que alguien los escuche. Ya había oído alguna vez que las cortes del sur están llenas de espías, pero ese gesto de Izuku —que parece más instinto que algo realmente consciente— se lo confirma.

—A Takami no le gustará que revele esto —dice Shouto Todoroki, finalmente, cuando no tienen a nadie más a su alrededor, unos minutos después. Habla bajo, así que Katsuki tiene que poner atención para escucharlo, puesto que Izuku se encuentra entre ellos—. Después de todo, fueron sus halcones los que lo descubrieron.

—¿Halcones? —pregunta Katsuki.

—Espías —responde Shouto Todoroki, como si eso lo explicara todo.

A Katsuki no se le ocurre preguntar por qué los llaman halcones.

—Hay mucha inestabilidad —dice Shouto—, pero supongo que eso lo sabes, Alteza. —Izuku asiente, pensativos—. Nobles que no están felices con su decisión pero que están… esperando.

—No pueden moverse si no tienen un ejército —replica Izuku—. Me aseguré de tener a los soldados de mi lado. Al menos a la mayoría. Antes de abdicar.

Shouto Todoroki aprieta los labios. Es un gesto apenas perceptible, pero Katsuki lo nota. Quizá en él se esconde qué opina en realidad sobre la abdicación de Izuku, pero no puede interpretar la expresión, así que simplemente se queda con la duda. Pero no puede evitar preguntarse, algunas veces, qué hubiera hecho Izuku si no se hubiera enamorado de él. Que hubiera ocurrido si simplemente su relación hubiera sido cordial, como al principio. Fría, distante, pero cordial cuando el orgullo de Katsuki no se ponía en medio. ¿Hubiera renunciado a su destino de igual manera? ¿Habría dicho que no quería ser rey de la misma forma, tan categóricamente?

Quizá se lo preguntará toda la vida.

—Quieren apoyo. Han estado buscándolo —dice Shouto—. Los halcones de Takami no habían escuchado nada sobre que consiguieran apoyo hasta…

—Déjame adivinar —interrumpe Katsuki, a quien lo desespera que la gente de vueltas cuando habla—: escucharon algo.

—Hay rumores —admite Shouto Todoroki, entonces. Su expresión se tuerce un poco y, de nuevo, es apenas perceptible—. Sobre nuestra frontera oeste. Nadie se aventura demasiado en las Tierras Malditas, pero… hay rumores.

Katsuki quiere zarandearlo para que no dé vueltas.

—¿Y? —insiste.

Izuku tiene mucha más paciencia y espera, simplemente, a que Shouto Todoroki continúe.

—Nuestras torres de vigilancia en la frontera no están demasiado lejos de Jaku —sigue el príncipe—, como tampoco las de los reinos Midoriya. Hay… rumores. De que hay algo inusual allí. Una concentración…

Ni para Izuku ni para Katsuki esa es una sorpresa. Antes de dirigirse hacia el sur, Izuku intentó usar la fuente de los deseos para ver a Shigaraki, pero no resultó. Siempre estaba demasiado nervioso y la magia parecía demasiado inestable. Katsuki maldijo un rato. Para qué estaba la magia si no podían usarla. Mina tuvo que calmarlo. Recordarle que la magia era sólo un medio. Entender su lenguaje era complicado y no se la podía obligar a que hiciera lo que uno quisiera. El agua de los deseos era voluble y complicada. Uno debía tener a mente clara para usarla. Y era obvio que Izuku no podía. Igual que él, cuando había intentado visualizarlo.

Así que lo dejaron por la paz, sin confirmar que, efectivamente, Tomura Shigaraki estaba en Jaku.

—Oh —dice Izuku.

Shouto Todoroki se da cuenta de que aquella información no es nueva para ninguno de los dos.

—Ya sabían —constata. No acusa, simplemente lo dice, como un hecho—. ¿Por eso están…?

—No —dice Izuku— y sí. No lo sabíamos con certeza. Incluso ahora hay muchas cosas que no sabemos. —Corrige y se pone pensativo—. Pero creo que es sano pensar que Tomura Shigaraki está, efectivamente, en Jaku.

Katsuki hubiera omitido su nombre. Pero Izuku confía en Shouto Todoroki, así que el Rey Bárbaro se muerde la lengua y no dice nada. Los dos tienen métodos diferentes.

—¿Tomura…? ¿No era hechicero de tu corte, Príncipe Izuku?

Asiente.

—Desapareció tras la muerte de mi padre —dice Izuku.

Katsuki se queda callado. No sabe qué es lo que se sabe en el sur exactamente sobre la muerte de Hisashi Midoriya. No hubo más testigos que ellos y el caballero errante, Shouta Aizawa, y el bardo, Hizashi Yamada. Nadie oyó la maldición de Hisashi Midoriya, más que ellos; nadie vio a Izuku desmoronarse, sólo ellos. Lo único que Katsuki supone es que gran parte de la población del sur saben quién le clavó en las entrañas la espada que acabó con su vida a su rey. Supone, también, que a la mayoría no le importa porque tanto da un rey como otro.

—Lo buscamos después de eso —sigue Izuku—, puesto que tenía claros intereses en el trono. No en sentarse en él, pero sí en controlarlo. —No explica más y es raro, porque Izuku siempre se explica mucho más de lo necesario; se esfuerza en la claridad y a veces murmura mientras está intentando poner en orden sus pensamientos—. No sabemos que planea —y allí es totalmente sincero—, pero no queremos que nos agarre sorpresivamente.

Shouto Todoroki parece pensarlo un momento y acaba asintiendo para sí. Busca entre sus ropas y saca un collar con un copo de nieve. Lo pasa entre sus dedos un momento antes de detener sus pasos y voltear hacia Katsuki y ofrecérselo.

—Rey Bárbaro —dice—. Por si alguna vez necesitan ayuda.

Katsuki está confundido.

Lo toma y así es como descubre que es hielo. Se siente frío contra su piel.

—No puede romperse —explica Shouto Todoroki— a menos que su dueño desee hacerlo. Extienda su mano —indica. Katsuki lo hace, dudando. Allí Shouto dibuja, con hielo, un pequeño copo de nieve que desaparece casi instantáneamente—. Sabré si se rompe.

—¿Por qué? —pregunta Katsuki.

El príncipe Shouto Todoroki lo mira confundido.

—¿… Qué?

—¿Por qué ofrecer su ayuda? —pregunta Katsuki. No es su asunto, ni de su reino.

Shouto Todoroki traga saliva.

—Mi padre podría sentirse tentado a unirse a quienes le prometan guerra con el norte. A pesar de que es bien sabido que despreciaba al hechicero de esta corte —dice—. Y, además, si afecta a las fronteras Midoriya…, afecta las nuestras. —De soslayo le dedica una mirada a Izuku.

Y Katsuki comprende.

Es una mirada comprensiva y amable, la de un amigo. Es cálida y agradable. No tiene que ver con cómo Izuku y él se miran el uno al otro y no hay ni una pizca de romance en ella, pero Shouto Todoroki no puede evitar una pizca de afecto hacia Izuku. Esa amistad es la que lo lleva a ofrecerle aquel collar mágico y no cualquier otra razón que pueda decirles. Así es como Katsuki decide que, si bien ese príncipe lo irrita, también lo aprecia un poco.

Cualquiera que se preocupe por Izuku es digno de que Katsuki le guarde al menos una pizca de respeto.

—¿Por qué yo? —pregunta, finalmente. Voltea también hacia Izuku, que sólo presencia el intercambio—. ¿Por qué no Izuku?

—Confío en que si el príncipe Izuku está en peligro, usted haga lo que tenga que hacer para salvarlo. —Hay una pausa—. Siempre me ha dado la impresión de que es capaz de sacrificarse por otros.

Izuku ni siquiera se atreve a rebatir esa afirmación.

Katsuki aprieta en sus manos el collar. Es frío, como Shouto Todoroki, pero le está agradecido de todas maneras.


La víspera del solsticio —en el norte el festival del sol—, la corte está llena. Al menos, así le parece a Katsuki. Izuku insiste en que no tiene nada que ver con el último Equinoccio y le cuenta al Rey Bárbaro, a pedazos, sobre aquel baile al que fue obligado a asistir.

Así es como no pueden evitar encuentros incómodos.

Se encuentran en la biblioteca y están solos. Denki y Eijiro dijeron que estarían en las fuentes o en algún lugar no demasiado transitado por la gente del palacio. Ochako y Mina se encerraron en los aposentos donde duermen para hacer algunas pócimas y Tsuyu partió por la mañana para ver a sus hermanos. No volverá hasta bien entrada la tarde.

Izuku está leyendo en voz alta y Katsuki pretende que escucha, pero más bien se pierde en su voz. Es la historia del gato de siete colas, una de las primeras que le contó, y ambos se la saben de memoria. Cada manuscrito tiene su propia versión o interpretación, por supuesto, pero la esencia no cambia.

Entonces, un carraspeo los interrumpe.

Izuku se detiene y alza la vista, al igual que Katsuki.

Un hombre está parado enfrente de ellos.

—Oh, Sasaki —saluda Izuku. Se pone en pie y se agacha para tocar los pies del hombre. Katsuki alza una ceja, intentando recordar el nombre. Probablemente Izuku ya lo mencionó en los días que llevan allí—. Bienvenido.

—Tu madre me dijo que estarías en la biblioteca, Alteza —replica el hombre.

—¿Acaba de llegar? —pregunta el príncipe.

El hombre asiente y luego su mirada se posa sobre Katsuki.

Va vestido con ropas grises y sencillas, así que eso descarta que sea un noble de muy alto rango —en los que incluso su vestimenta sencilla es indicativo de su estatus, como en los atuendos de Izuku—. Las mangas de su atuendo, por supuesto, están bordadas. El cinturón no, sino que es simplemente de un tono verdoso con parches amarillos. Frente a sus ojos flotan dos vidrios, que probablemente sirvan para que vea bien. Su cabello es de un verde más deslucido que el verde de Izuku, con unas cuantas franjas amarillas. Es alto y delgado, con una presencia imponente, a pesar de su sencillez.

—Majestad. —Le dedica un asentimiento a Katsuki.

—Katsuki o Bakugo —corrige—. En el norte no usamos esos títulos.

—El sur los usa, sin embargo —responde el hombre—. Así que tendrá que perdonar mis costumbres…, Majestad.

Y la última palabra la pronuncia con toda la intención. Katsuki bufa y no se molesta en ocultar su desagrado. Izuku, parado entre ambos, alterna miradas entre uno y otro.

—Katsuki —dice—. Él es Mirai Sasaki. El Profeta. También lo llaman el Ojo Nocturno. Fue mi maestro, un tiempo.

—Me temo que quizá no soy digno de ese título —corrige Sasaki—. No lo fui por muchos meses, Alteza —le recuerda—. ¿Puedo sentarme?

Señala los cojines frente a ellos, de los que Katsuki ni siquiera se ha molestado en ponerse en pie. Izuku asiente y vuelve a su lugar, a un lado de Katsuki. Aunque, en vez de recargarse contra él, se sienta más erguido, más atento. El Rey Bárbaro entorna los ojos. Quizá Mirai Sasaki reniegue de haber sido realmente su maestro, pero Izuku lo considera uno, aunque haya sido durante un periodo breve.

Ninguno de los dos habla hasta que El Profeta lo hace.

—Escuché que cambiaste tu nombre, Alteza.

Izuku asiente.

—El apellido. Hace poco. Katsuki y yo estamos casados y es una tradición tanto en el norte como en el sur y… —Se ruboriza. Katsuki sabe que no se arrepiente de haber desterrado el Midoriya de su nombre porque le recuerda a su padre, pero parece tener problemas para explicárselo a alguien más—. Me pareció adecuado.

—Curioso —murmura Mirai Sasaki, más para sí que para su audiencia. Luego vuelve a alzar la vista—. Lamento no haber estado aquí cuando abdicaste, Alteza —dice—. Viajé hasta Naruhata y… Lo dicho. No vi venir tu renuncia.

—Llevaba tiempo pensándolo —confiesa Izuku—. Era la única manera de solucionarlo todo.

—¿De verdad? —pregunta Sasaki y alza una ceja. A Katsuki le parece que está juzgando a Izuku en ese momento—. ¿No fue solamente por qué te enamoraste de un rey enemigo?

—Katsuki no es mi enemigo —responde Izuku. Intenta que su voz salga fría, pero los dientes le rechinan. La pregunta está fuera de lugar para él, porque es obvio que aprecia al Profeta—. Mi padre diseñó todo de manera que estuviera a merced de su consejo y de Tomura Shigaraki si me quedaba con el trono.

—Podrías haber peleado desde él —replica Mirai Sasaki—, antes que renunciar porque el Rey Bárbaro está enamorado de ti.

—Yo no le pedí que abdicara —interrumpe Katsuki.

—Y sin embargo, usa tu nombre. Izuku Bakugo. Ajeno a toda tu ascendencia. —La última frase, por supuesto, la dirige al príncipe—. El linaje de los Midoriya es centenario, Alteza. Me sorprende que lo haya olvidado.

A Izuku le tiemblan las manos, de los nervios. Katsuki está seguro que si cualquier otro se dirigiera a él de esa manera, ni su voz ni sus gestos durarían tanto, pero lo ha visto dudar y tropezarse consigo mismo demasiadas veces cuando le importa la opinión de alguien más. Es frustrante para Katsuki, por supuesto, al que le importa una mierda lo que piense el resto del mundo, pero es parte de Izuku.

—No lo olvidé —replica, finalmente—. El linaje… sigue allí. En la historia… Estará en la historia —dice Izuku—. Para mí es sólo un apellido.

—Se cómo un claro signo de debilidad —espeta Mirai Sasaki—. Como si te hubieras entregado, Alteza, al Rey Bárbaro y ahora tu voluntad estuviera atada a la suya.

—N-no…

—Los nobles hablan —dice Sasaki—. También la gente común. Se refieren a ti como un simple premio de guerra.

Katsuki aprieta un puño. Le sorprende la valentía de Sasaki para decir todo eso frente a él. Pero no hay duda de que quiere que lo oiga, también. Quizá quiera culparlo o reclamarle por haberle quitado al sur su rey.

—Lo hubiera hecho, de todos modos, era la única manera de librarme del ciclo de mi padre…, de su gente y…

—¿De verdad era la única? Eres un buen estratega, Alteza —le dice su antiguo maestro—, y encuentro un poco desconcertante que hayas renunciado a la corona por pertenecerle a otro.

Eso deja blanco a Izuku. Incapaz de decir palabra.

—No es mío —espeta Katsuki, con la voz más ácida que puede convocar; no esconde es desprecio a las palabras de Sasaki—. El príncipe Izuku no podría pertenecerle a nadie, nunca será la posesión de otro. Tampoco es un premio de guerra. Y no abdicó por amor. Yo, ciertamente, no recuerdo habérselo pedido. ¡Si hubiera elegido quedarse en su trono, con la corona, hubiéramos seguido juntos! —Le dedica una mirada a Izuku—. Creo que, antes de hacerle caso a las habladurías de los nobles —porque está seguro de que todo eso ha salido de la boca de los nobles, no ha oído que la gente común se preocupe tanto por un rey que por otro—, debería hablar con Izuku. Escucharlo. Porque Izuku no es mío, ni lo será nunca.

Mirai Sasaki le dedica una mirada fija.

Izuku carraspea. Sigue blanco, desconcertado, herido.

—Creo que será mejor que hablemos más tarde, Profeta —dice.

Le dedica un asentimiento antes de ponerse en pie y salir. Katsuki tiene que apresurarse tras él.

El libro donde Izuku estaba leyendo la historia del gato de siete colas se queda sólo, a un lado de Mirai Sasaki y del resto de los cojines.


Notas de este capítulo:

1) Sir Nighteye (Mirai Sasaki) toma el papel de un Profeta/Oráculo. Hablaré de eso más adelante. Ahora quería usarlo como confrontación para dejar en claro que las elecciones de Izuku no son a gusto de todo el mundo.

2) No sé si ya específicamente lo dije, pero en este caso, el peinado de Shouto Todoroki —las trenzas y el medio chongo— está directamente inspirado por el peinado de Nie Mingjue y Nie Huaisang en el drama de The Untamed. Me acordé de mencionarlo porque justo estoy leyendo la novela y pasé por una parte sobre ellos. Si no saben cómo imaginárselo, busquen alguna imagen. Como siempre, recordatorio de que la vestimenta del sur está muy inspirada en los hanfus.

3) La historia del dragón que cuenta Eijiro es un retelling y fix-it-fic del Ramayana. El dragon plateado representa a Rama, la dragona naranja a Sita y el Gran Dragón Azul al demonio Ravana (que en realidad no es un demonio, pero no existe otra traducción, era el rey de los rakshasas). Es fix-it porque en la versión de Valmiki del Ramayana, al final Rama se portaba super mal con Sita. Es una de mis historias favoritas, por cierto.

Andrea Poulain