Eterno Viaje Hacia la Desgracia

Un Mes y Veintidós días desde la Última Muerte (Nueve Muertes)

"¿Se puede saber qué es lo que desea?" Preguntó Wilhelm, manteniendo la educación y… la distancia. El hombre, cuyo porte transmitía un enorme ego, lo miró con parsimonia.

"¿Yo? ¿Hablas de mí? Hmm… Si es el caso, te puedo decir que yo, mi persona, no deseo nada, absoluta y totalmente nada. ¿Por qué lo haría? Yo soy el hombre que lo tiene todo… No, permíteme decirlo de manera diferente; soy el hombre que es feliz con todo lo que tiene, al que no le hace falta nada más. ¿Así que por qué necesitara algo? No tienes nada que yo pueda querer, eso te lo aseguro. Así de grande es mi humildad, la humildad del hombre que lo tiene todo, del hombre completo, del hombre que se conforma con lo que sus manos pueden tomar, y no necesita nada más…"

"Si es ese el caso, ¿podría hacerse a un lado? Ahí donde se encuentra nos está impidiendo el paso." Cansado del interminable monólogo del extraño sujeto, Wilhelm lo interrumpió cortésmente para así pedirle que se corriera; eso demostró ser un error. De pronto, el hombre exudó un aura de opresiva hostilidad, que hizo que Wilhelm levantara su espada por instinto y se colocara en posición de ataque.

"¡¿Acaso no tengo yo el derecho de comunicar lo que deseo hablar?!" Exclamó, frunciendo el ceño. "Todos nacemos con ciertos derechos. Los derechos son algo con lo que todos contamos, ¿no es así? Así que respetar esos derechos con los que nacemos es lo mínimo que podría hacer una persona cuando interactúa con otra. Lo mínimo que yo espero día a día cuando me levanto es que, cuando me llegue a encontrar con otras personas, estas respeten mis derechos. ¿Así que por qué violeta mi derecho a hablar? Si me impide terminar lo que deseaba decir, entonces está violentando mi derecho a comunicarme. ¿No es así? ¡Claro que es así! Yo no deseo nada, solo que respeten mis pertenecías, que me respeten como la persona íntegra que soy. Por lo tanto, espero que la gente con la que me cruzo tenga la decencia mínima de escuchar lo que tengo que decir. ¡¿Es mucho pedir?! ¡Yo creo que no! ¡Y también creo que me veré en la necesidad de proteger mis derechos si sigue violentándolos de esa manera!"

"Usted habla de derechos, pero está impidiendo nuestro derecho de transitar por la carretera, la cual ha sido construida para el tránsito de carruajes, no de personas. Así que creo yo que quien está equivocado aquí es usted. Quien está violentando los derechos de otro es usted."

"¿¡Cómo dijo!?" Ante la afirmación de Wilhelm, las venas en la frente del sujeto se hincharon. "Mi único deseo era recorrer esta carretera bajo la cálida luz del Sol. ¡¿Y me está diciendo que yo no puedo saciar dicho deseo?! No, no pienso aceptarlo. Soy una persona, un hombre que nunca pide demasiado, solo lo básico, lo mínimo. Quiero hacer algo tan simple como caminar por una carretera, ¿y este anciano se atreve a decir que no puedo hacerlo? ¿Qué clase de broma es esta? Yo, yo… Yo creo que lo único que me queda por hacer es luchar por el cumplimiento de mis derechos. Este anciano que ni siquiera tuvo la educación de presentarse, como dicta el protocolo… No, debo definitivamente velar por el cumplimiento de mis derechos, es lo correcto por hacer."

Haciendo gestos exagerados y moviendo sus manos frenéticamente el hombre habló y habló, como si el dejar de producir palabras significara su muerte. En ningún momento durante la larga duración del monologo del hombre de blanco, Wilhelm había alejado su vista de él; sus afilados sentidos de espadachín le estaban indicando que alejar la mirada por un segundo podía significar su muerte. Y fue gracias a eso que pudo moverse a tiempo para esquivar lo que fuera que el sujeto le había lanzado.

No parecía ser nada especial, o no fue así hasta que el carruaje que se encontraba a su lado, y los dos que se encontraban atrás, explotaron, convirtiéndose en una lluvia de escombros y sangre. Atónito, Wilhelm observó el resultado de un simple movimiento de mano. Pero su asombro duró poco, puesto que inmediatamente se preparó para asestarle una estocada al hombre de blanco. No obstante, una voz le impidió hacerlo.

"Noooo… Esto es malo, es pésimo, es negativo, es nocivo, es perjudicial, es terrible, es espantoso, es doloroso. ¡Tsu! Había tantas comidas gourmet en esos carruajes, no hacía falta destruirlos… Nosotros pensábamos comer, degustar, disfrutar, gozar, lamer y engullir las exquisiteces que allí se encontraban. ¡Gula, tsu!"

Wilhelm miró hacia donde provenía esa voz de soslayo, sin dejar de enfocarse en el hombre de blanco, y lo que vio hizo que su ira, que iba en aumento, se elevara hacia los cielos. Un chico que no podía superar los quince años, bajito, se estaba acercando hacia ellos arrastrando los pies. Su boca llena de afilados colmillos y sus ropajes andrajosos solo eran la apertura de lo que era una figura extremadamente desagradable a la vista.

Pero eso no era lo que había provocado la ira de Wilhelm. Además de una sonrisa melancólica que solo podía ser descrita como inquietante, el chico tenía un par de ojos de color esmeralda que resultaban espeluznantes y, finalmente, su largo, descuidado cabello castaño, que le llegaba hasta las rodillas, tenía las puntas llenas de sangre; así como las tenían las dos dagas que llevaba amarradas a cada muñeca. Un camino carmesí lo precedía, el cual provenía de la parte posterior de la caravana; era obvio lo que había ocurrido.

"Yo hice lo que tenía que hacer. Ese anciano violentó no solo mi derecho a la comunicación, sino que además mi derecho al libre tránsito. Si me hubiera quedado de brazos cruzados habría-"

"¿Quiénes son ustedes?" Preguntó Wilhelm, colocando su espada frente a sí mismo. Antes de comenzar la inminente batalla, quería corroborar las identidades de quienes enfrentaría. El hombre de blanco lo miró con ira debido a la interrupción, pero Wilhelm no le prestó atención.

"Hmm… Arzobispo del Pecado del Culto de la Bruja, representando a la gula, nosotros somos Ley Batenkaitos... ¡Tsu!" Rezó el chico de apariencia perturbadora, refiriéndose a sí mismo como "nosotros"; detalle que dejaba entrever el inestable estado mental del chico. Y no es como que Wilhelm no hubiera sospechado cuál era su identidad tras la anterior mención de gula, y si el patrón se mantenía, el hombre de blanco era…

"¿Así que ahora sí le interesan las introducciones? Lo haré para demostrar que yo soy el mejor hombre aquí, aquel que lleva la razón… Arzobispo del Pecado del Culto de la Bruja, representando a la codicia, Regulus Corneas."

"El culto de la Bruja…" Murmuró Wilhelm, pensativo. "¿Qué hacen ustedes aquí?"

"¿Nosotros? Nosotros solo teníamos curiosidad por conocer a la persona responsable de asesinar a la Ballena Blanca. Nuestra mascota vagó por este mundo durante cuatrocientos años, así que pensamos que la persona que acabó con su vida debe de tratarse de alguien interesante, sorprendente, brillante, increíble, asombroso, extraordinario. ¡Una verdadera exquisitez! ¡Gula Gourmet! ¡Gula-!"

"¿Su mascota…?" Lo que Wilhelm no esperaba, era encontrar en quien depositar la ira y la decepción que se habían apoderado de su interior tan pronto. Su espada se movió un milímetro para entonces desaparecer, y antes de que Ley Batenkaitos pudiera terminar de hablar, su torso fue atravesado de lado a lado. Una punta de acero era visible sobresaliendo de su espalda, y antes de que pudiera pronunciar la última palabra de su discurso, el líquido carmesí reemplazó cada letra...

El Arzobispo de la Gula, Ley Batenkaitos, fue capaz de captar el veloz movimiento de la espada del anciano. Sus ominosos ojos esmeralda se posaron en el brillo del acero danzando bajo el caluroso Sol del mediodía. Instintivamente, el arzobispo del pecado movió sus manos, para así poder usar sus dagas con el objetivo de cubrirse.

Tal vez él no contaba con décadas de experiencia en combate real, pero los recuerdos que había ingerido desde que obtuvo parte de la Autoridad de la Gula de manos de la misteriosa mujer de pelo platinado, sí que lo hacían. Gracias a las habilidades impresas en dichas memorias, Ley Batenkaitos había vencido a varios de los guerreros más prolíficos del continente sin mayor problema.

Gracias a esas memorias, su existencia no era más que un susurro que solo podía ser escuchado en los recovecos más obscuros de la sociedad. Él era un fantasma, un mito, al igual que el resto de los portadores de la Autoridad de la Gula. Nadie que se hubiera topado con él, o con su hermano, había podido relatar lo sucedido. Algunos morían, y se podría llegar a considerar que los que conforman este grupo resultaron los más afortunados, puesto que aquellos que sobrevivieron al encuentro con un Arzobispo de la Gula, fueron sustraídos de su completa identidad o la totalidad de sus recuerdos… o ambos.

Aun así, para que Ley Batenkaitos pudiera darles un completo uso a las habilidades inherentes de sus memorias, antes debía activar su propia habilidad; una de las principales habilidades de su autoridad. Eclipse, el as bajo la manga de Gula. Mientras que con el Eclipse Lunar era capaz de darle uso a la memorias que consumió. Con el Eclipse Solar podía darles uso a los nombres consumidos y… convertirse, de manera casi literal, en la persona cuyo nombre había robado. Aunque prefería evitar usar éste último, debido a que siempre causaba en él la sensación de perderse dentro de sí mismo, la sensación de que su propia conciencia se estaba difuminando; como si otra existencia diferente a la suya lo estuviera engullendo.

No obstante, por un momento consideró utilizarla; la velocidad a la que se estaba moviendo el hombre no era normal, no era algo que hubiera visto en años, y no se encontraba preparado para reaccionar a tiempo. Sin embargo, al final descartó la decisión de utilizar Eclipse Solar e intentó activar Eclipse Lunar. Pero Ley Batenkaitos había sido descuidado; se había confiado.

Dado que un portador de la Autoridad de la Gula no deja atrás testigos de sus actos, Ley Batenkaitos nunca había experimentado lo que significaba enfrentar a una persona que realmente, de corazón, lo odiara. A lo largo de su existencia como Arzobispo del Pecado, nunca había aparecido una persona sediente de venganza ante él, nunca había sido cazado; eso lo había vuelto negligente. Había supuesto que algo así nunca sucediera, y por eso rondaba campante en aquellos lugares que estaban por convertirse en su próximo comedor.

Nunca previó que un sujeto con la habilidad sobrehumana de Wilhelm Van Astrea, que en sus años mozos robó su espada al anterior Santo de la Espada, se lanzaría hacía él con la sola intención de acabar con su vida. El fuego que había estado ardiendo dentro de Wilhelm finalmente había encontrado un tubo de escape, y éste era el despreocupado Ley Batenkaitos.

Había encontrado al responsable detrás de la Ballena Blanca que tanto le había arrebatado, que tanto le había humillado; el ser que no solo lo había dañado a él, sino que además a todos sus seres queridos, el ser que probablemente había asesinado a una persona importante para él, y que ni él, ni Felix, podrían recordar jamás. Wilhelm no dudaría en atravesarlo con su espada; y así fue. El Arzobispo de la Gula levantó sus dagas, pero el templado filo del anciano las atravesó, partiéndolas en el proceso, y siguió adelante sin perder un ápice de su impulso.

La espada se enterró en medio del pecho del arzobispo y como si no hubiera nada que la detuviera, siguió adelante hasta que su punta encontró la salida justo en la espalda del chico de aspecto andrajoso. Ley Batenkaitos miró a Wilhelm, anonadado, con sangre fluyendo a borbotones de su boca, nariz, pecho y espalda. Ya no había nada que pudiera detener su deceso, la espada había atravesado su corazón justo por la mitad.

"¡Blergh! ~Tsu…" Exclamó, vomitando sangre a cantidades exageradas. Su mirada frenética entonces volvió a posarse en el rostro serio de Wilhelm, que seguía sosteniendo el mango de su espada. Necesitaba activar el Eclipse Lunar, necesitaba usar algunas de sus mejores habilidades, necesitaba escapar para poder recuperarse. No se encontraba completo, aún faltaba mucho. Tenía un buen set de habilidades, pero todavía no era suficiente; si solo su hermano no consumiese tantas…

"Llegó el momento de que abandones este mundo, cultista de la bruja." Declaró Wilhelm con ira ardiendo en su mirada, para inmediatamente retorcer el mango de su espada y triturar por completo el lacerado corazón del arzobispo.

Todo hilo de pensamientos en la mente de Ley Batenkaitos se reventó, ya ni siquiera era capaz de sentir el dolor en su pecho, pues éste se encontraba totalmente entumecido por el abrazo de la muerte. Todo había sucedido en menos de un segundo, y todo habría sido evitado si hubiera tenido Eclipse Lunar activado. Por un insignificante lapso de tiempo, Ley pudo jurar que escuchó la voz de su hermana reprenderlo desde su cárcel de memorias; yo podría haberlo hecho mejor…

Los ojos desesperados de Ley se posaron en aquellos terribles del anciano, para entonces caer de rodillas sobre un charco de su propia sangre. Sus miradas se mantuvieron cruzadas hasta que el pequeño cuerpo de Ley no pudo más y se desplomó por completo sobre el mar de sangre que antes lo había mantenido con vida.

Lo quiero, pensó Batenkaitos… Lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero. ~Tsu!

Si tal vez hubiera contado con la experiencia de ese anciano, si tal vez hubiera logrado robar las memorias de ese templado guerrero, si hubiera consumido el nombre de ese labrado caballero… Tal vez finalmente habría alcanzado la completitud que tanto anhelaba. Tal vez, en la cabeza del hombre que había atravesado su corazón, se encontraba la respuesta que tanto había buscado.

"L-o… q-u-i-e-r-o… l-o… d-e-s-e-o… l-o… n-e-c-e-s-i-t-o… l-o…a-n-h-e-l-o…" Necesitaba saber su nombre, necesitaba hacer espacio para almacenar su nombre, necesitaba consumir su nombre, necesitaba degustar su nombre. Pero antes tenía que deshacerse de las memorias de poca calidad que había ingerido. Sí… Ahora que había encontrado a alguien con la experiencia y la habilidad adecuados, se dio cuenta de que por años había mantenido su estándar de calidad muy bajo. Necesitaba ser más gourmet, un verdadero gourmet exigía calidad y eso haría. "Y-a… n-o… l-o-s… n-e-c-e-s-i-t-o…"

Wilhelm observó en silencio como Gula murmuraba delirantemente entre arcadas sangrientas. El chico estaba a segundos de morir, y aun así parecía seguir determinado a hacer algo, fuere lo que fuere. Entonces Gula comenzó a "vomitar" parte de los recuerdos y nombres que había ingerido, aquellos que ya no consideraba a la altura de un verdadero plato gourmet. Nada salió de la boca de Gula, ni siquiera sangre, pero Wilhelm sintió el cambio; fue casi imperceptible, pero sus afilados instintos le permitieron detectarlo: gente que antes no se encontraba en su memoria comenzó a aparecer allí; no, comenzó a regresar.

Habían sido compañeros junto a los que lucho años atrás, y que ahora habían vuelto para ayudarlo a enfrentar a la ballena. ¿Cómo es que había podido olvidarlos…? Wilhelm comprendió lo que estaba sucediendo rápidamente, y aunque había aspectos que aún se le escapaban, lo cierto es que se había comprendido bastante de la situación.

"¿Desea consumir mis memorias? ¿La Autoridad de la Gula es similar a la de la ballena…?" El Arzobispo de la Gula había dicho que la mabestia había sido su mascota, así que esa conclusión no carecía de sentido. "Está vomitando las memorias… ¿Asesinarlo hace que regrese las memorias?" Y, sin embargo, su conclusión definitiva no fue del todo acertada. Antes de que el anciano pudiera obtener respuesta, Ley Batenkaitos lo miró por última vez desde el suelo.

"H-e-r-m-a-n-a… S-e-d… g-u-l-a… G-u-l-a… g-o-u-r-m-e-t… t-s-u…" Con una voz extremadamente entrecortada y apagada, Gula recitó sus últimas palabras antes de morir. Hermana… Fue el último pensamiento que cruzó por su mente, antes de que ésta se apagara.

"Hmm… Parece ser ese enano molesto ya murió. Siempre tuve curiosidad sobre cómo funcionaba la Autoridad de la Gula, y parece que matar a su portador no basta para que regrese las memorias… Bueno, como sea. No es un asunto que me convenga, al fin y al cabo, yo no necesito nada que no pueda poseer. Si yo no fuera-" Regulus Corneas, mostrándose nulamente conmovido por la muerte de su compañero, comenzó otro larguísimo monologo. Pero fue interrumpido por el filo de Wilhelm, que, así como se lanzó salvajemente sobre Ley Batenkaitos, se acercó hacia él a la velocidad del rayo, ignorando por completo el discurso del arzobispo. Ya estaba cansado de escucharlo y no consideraba que nada de lo que dijera pudiera resultar de valor… Sin lugar a duda, uno de los pocos errores del sabio anciano.

"Su vida también debe ser cercenada para que el mundo pueda recuperar un poco de su paz. ¡Las terribles hazañas de Codicia son bien conocidas, y yo me haré cargo de ponerles un punto final justo ahora!" Con un rugido de determinación, Wilhelm empujó su espada en el pecho de Regulus Corneas, finalmente acabando con la vida del segundo Arzobispo del Pecado… O al menos eso habría sucedido de no ser porque su espada rebotó contra su ropaje, empujándolo lejos del hombre de blanco.

"Parece que todas mis palabras fueron desperdiciadas en oídos sordos, anciano. ¿Es que no importa cuánto reclame por mi derecho a comunicarme, seguirá violentando mi libertad? No… Ya sé que la respuesta es afirmativa, por lo mismo debo de hacerme cargo de acabar con su vida inmediatamente. Después de todo, yo solo estaría actuado en defensa propia." Justificando así sus propias acciones, el hombre de retorcida mentalidad movió ligeramente su mano.

El anciano se alejó justo a tiempo para evitar la lluvia de proyectiles explosivos, pero fue incapaz de escapar de la onda expansiva causada por el boom sónico y fue lanzado a volar. "¡Arghh!" Wilhelm cayó al suelo, pero inmediatamente se puso en pie y arremetió contra el sujeto, ahora hacia su espalda. Tal vez antes había usado una técnica para detener su ataque, pero si no lo veía...

"Parece que esperar unas palabras de disculpa es demasiado pedir. ¿No deberías de haberte percatado de que no hay forma de doblegar el espíritu del hombre que lo tiene todo, anciano? Cuando fuiste primero por Batenkaitos me pareció notar un poco de razón en ti, pero he sido completamente defraudado por tu ciega obstinación." Hablando como si nunca pudiera equivocarse, Regulus Corneas reprendió a Wilhelm mientras que éste lo atacaba por la espada; la espada rebotó de nuevo y Wilhelm se vio en la necesidad de retroceder de nuevo.

¿Cuál es la habilidad de Codicia? Era la pregunta recurrente que se hacía el avejentado guerrero. Y así procedió el "combate" durante un par de minutos más. Regulus Corneas movía ligeramente su mano, causando que una explosión de escombros cubriese toda el área, mientras que Wilhelm se dedicaba a esquivar y contraatacar. Gracias a que Wilhelm había trasladado la batalla hacia una zona más alejada de la caravana, los carruajes restantes, con posibles supervivientes, no estaban siendo afectados por las explosiones sónicas.

"Sigo esperando escuchar una disculpa, anciano. Admite que te equivocaste, admite que yo estoy en lo correcto en este momento, y te daré una muerte indolora."

"No pienso admitir nada. ¡Hya!" La espada del anciano impactó contra la cabeza del hombre de blanco, para entonces rebotar… No, estaba siendo repelida. Una vez más, la espada de Wilhelm fue repelida por cual fuera la habilidad del hombre. ¿Una habilidad de invulnerabilidad? Pensó Wilhelm, con creciente frustración. Si se trataba de algo como eso, era posible que no existiera forma de que pudiera vencerlo…

El Arzobispo de la Codicia no era especialmente hábil ni ágil, eso era cierto. Podría decirse que se encontraba en el rango de habilidad de un civil. Sin embargo, si éste no contaba con un punto débil, con una zona vulnerable, entonces eso explicaba porque cada vez que se mencionaba su nombre, implicaba la derrota total de su enemigo. Aun así, Wilhelm no podía darse por vencido, o de lo contrario sería asesinado, de eso no había duda.

"Ya me cansé de esto…" Murmuró entonces Regulus Corneas, para posteriormente realizar un simple movimiento de su otra mano, creando así potentes ráfagas de viento capaces de arrancar pedazos de tierra.

Las cuchillas de aire rozaron su cuerpo, dejando profundos cortes, pero aun así Wilhelm había logrado esquivar exitosamente el ataque. Regulus resopló, para entonces reanudar su ataque. Lanzó tres cuchillas de aire frente a él y tres más atrás. Wilhelm, percatándose de ello saltó, para entonces dar una voltereta y esquivar tres cuchillas más que llegaron desde abajo.

El hombre de blanco creaba ataques letales con el simple movimiento de sus manos, pero carecía de la habilidad para utilizarlos con maestría. Wilhelm descendió y embistió al Arzobispo de Codicia. Éste, con una sonrisa socarrona, lanzó otra explosión de escombros; lo que el anciano estaba esperando. Con un giro hacia el lado, Wilhelm esquivó la lluvia asesina y embistió a Regulus con su espada en alto.

Realizando un arco con la punta de su espada e imprimiendo en el mango toda la fuerza de su ardiente espíritu, Wilhelm dejó caer la espada en la muñeca izquierda del hombre del blanco. Pero la espada se detuvo antes de poder tan siquiera cortar la tela; había fallado, ni siquiera un ataque con toda su fuerza había bastado para cortarlo.

Regulus entonces sonrió malévolamente e hizo girar su muñeca, lanzando cuchillas de aire en todas direcciones. El anciano se alejó del hombre de blanco con el límite de la carretera en la mirada. Para ese punto, Wilhelm ya empezaba a sentirse exhausto. No solo la edad había hecho estragos con su aguante, que no se comparaba al que poseía en sus años mozos, sino que además todavía no se había recuperado del todo tras el combate contra la Ballena Blanca. Por esto mismo, aunque pudo esquivar las primeras tres cuchillas que llovieron sobre él, esquivar la cuarta le resultó imposible.

Sin quejarse, el anciano cayó al suelo, habiendo perdido una de sus piernas, la cual fue cortada de la rodilla para abajo. Regulus, que debía aceptar que admiraba un poco la determinación del anciano, no mostró ningún interés en seguir comprobando su amplia experiencia en combate. Con un movimiento de su mano derecha, escombros llovieron de nuevo.

Wilhelm, aún incapaz de correr, se levantó con su único pie e intentó escapar; pero de inmediato supo que sería inútil. Regulus Corneas se había cansado de jugar al gato y el ratón. "Te amo, Teresia…" Susurró el anciano.

Quería continuar con "nos veremos pronto", pero aquella herida que su esposa le había realizado años atrás había vuelto a abrirse; una herida realizada con la Protección Divina del Dios de la Muerte, y que por lo tanto no cerraría nunca mientras aquel con la bendición se encontrara cerca… Incapaz de comprender la razón detrás de que la herida volviese a abrirse, e incapaz de encontrarla, Wilhelm, Trias, Van Astrea fue golpeado por los escombros. El Demonio de la Espada, que vivió para la espada, fue sepultado con ella.

"Bien, parece que ese anciano ya no podrá seguir invalidando mis derechos y libertades… Creo que ya acabé con lo que vinimos a hacer, ¿no es así, Pandora-sama?" Regulus miró hacia la nube de polvo y se dio por satisfecho al no notar señales de vida, para entonces hablar con alguien que hasta ahora se había mantenido fuera de escena.

"Sí, estás en lo correcto, Regulus-san. Por eso te encuentras justo ahora en tu mansión, con tus esposas." Antes de que Regulus Corneas pudiera decir nada más, su presencia se desvaneció en el aire, sin dejar atrás otra prueba de su existencia más que un mar de escombros y sangre; ni siquiera un par de huellas.

En su lugar quedó una figura que solo recordaba a la del Arzobispo de la Codicia en el aura inquietante que emanaba; aunque la suya además transmitía la sensación de que se trataba de alguien de gran importancia. Allí, donde antes había estado Regulus Corneas, se encontraba una chica. Una mujer de cuerpo pequeño, cuyo hermoso pelo platinado, de tono casi transparente, descendía hasta estar a punto de tocar el suelo, pero sin llegar a hacerlo del todo.

Su pequeño cuerpo, que solo estaba cubierto por un paño blanco, podía llegar a considerarse incluso una obra de arte que ni los mejores artistas podrían haber llegado a imaginar. Belleza que ni un dios se atrevería a tocar por miedo a estropearla, esa era la mejor manera de definir a la misteriosa mujer que acababa de aparecer allí.

Con sus hermosos ojos de un azul oscuro encantador, la chica escaneó el que, hasta hace un instante, había sido un campo de batalla. Tras un momento, su mirada se posó en el cadáver del quien en vida fue temido como el Arzobispo de la Gula. La chica se acercó al cuerpo, para entonces quedarse mirándolo por un lapso.

"Me parece que me servirás más estando muerto, Ley Batenkaitos." Y tras afirmar esto, la chica levantó la mirada. "Ahora tu parte de la autoridad se ha fusionado con la de tu hermano. ¿Me pregunto qué sucederá ahora…" La chica entonces se alejó del cadáver y observó el cuerpo desmembrado y semienterrado del anciano que luchó hasta su último aliento contra Regulus Corneas. "Parece que nunca pudo superarla, pobre hombre…" Y dejando atrás ese comentario, la chica se alejó de la carretera devastada, para detenerse a varios metros de ésta y volverse nuevamente hacia ella. Con su mirada dignificada, la chica escaneó por última vez el lugar, para entonces partir de allí dejando atrás una frase que el viento se llevó sin que nadie pudiera escuchar; una frase que cargaba el peso de un promesa. "Hmm… Parece que el flujo del destino una vez más se desvió de su curso original. A este punto, el Libro del Conocimiento va a perder todo su valor. ¿Acaso este resultado te satisfaría, Echidna?" La mujer de hermosa figura observó con cuidado el tomo negro que ahora se posaba en sus manos. "… Creo que ya va siendo hora de que me presente ante él."