Sara llegó a su casa y lo primero que hizo fue acostarse a dormir.

Durmió hasta que unos ruidos la despertaron. Al parecer Dinah y Malcolm habían llegado acompañados por varios amigos. Sara cerró la puerta de su habitación con llave para sentirse más segura. Pero ella no estaba de ánimos para bancarse esa reunión, o especie de fiesta…

Pensó qué podía hacer al respecto… Y lo único que se le vino a la mente fue Ava. El abrazo que la otra le había dado la había hecho sentirse segura, acompañada… La había regresado a la realidad. ¿Estaría bien pedirle a la otra de verse?

Intentó no darle mucha vuelta al asunto y le mandó un mensaje. Quedaron en encontrarse en el gimnasio.

Sara salió por la ventana de su habitación y fue caminando hacia al gimnasio, intentando que la caminata la ayude a despejarse. Llegó y le pidió a Maze acceso a la torre.

Esperó a Ava sentada en el balcón.

— Hola — La saludó Ava, sentándose a su lado. — ¿Cómo estás? — Le preguntó, llena de preocupación.

— Mal, pero mejor. — Respondió ella con sinceridad.

— ¿Qué puedo hacer, qué necesitas? — Pidió saber Ava, después de un largo silencio.

— Yo no quiero molestarte… — Comenzó a negar ella.

— No me molestas, por algo estoy aquí. — La interrumpió Ava. — Por favor Sara. — Le pidió y agarró su mano.

— Bailar. — Dijo ella, con su vista fija en sus manos unidas. — ¿Podemos bailar? — Preguntó.

— Claro que podemos. — Contestó Ava.

Ava la agarró de las manos y la ayudó a levantarse del piso. Sacó su celular del bolsillo y puso una playlist, luego la sacó a bailar.

Sara la miró maravillada por un instante, esa chica era capaz de hacer todo eso por ella. Sonrió y se dejó llevar por la música y por Ava.

Bailando con Ava supo que podría enamorarse de ella tranquilamente… Pero lo ignoró, ese no era momento para plantearse esas cosas.

Bailaron un largo rato, hasta que se sintieron cansadas y satisfechas. Compartieron un chocolate y después se fueron cada una a su casa.

La siguiente semana fue mejor. Sara se dejó acompañar por sus amigos. Todavía no se sentía con las energías y el humor de siempre, pero por lo menos ya no estaba hundida plenamente en su miseria. Estar con ellos ayudaba, porque siempre alguno lograba sacarle una sonrisa.

— ¡Sara! — La llamó Kuasa, siguiéndola por el pasillo para alcanzarla.

— ¿Si? — Dijo ella, esperándola para poder hablar bien.

— Necesito hablar con vos de algo. — Informó Kuasa, una vez que

— De acuerdo. — Aceptó ella.

— ¿Te acordas de mi hermana Mari? — Pidió saber Kuasa.

— Claro que me acuerdo. — Asintió ella. — ¿Cómo está? — Preguntó.

— Bien, con ganas de aprender a andar en skate. — Respondió Kuasa. — Pero las clases del parque de skates no le están gustando, porque ningún profesor sabe lenguaje de señas. — Agregó.

— Que mal, debe ser medio bajón. — Comentó ella pensativamente.

— Estaba pensando que vos podrías enseñarle, obvio que te pagaríamos por las clases. — Le dejó saber su idea Kuasa.

— Me encantaría enseñarle. — Aceptó ella. — Pero para que sepas estoy medio complicada de tiempos, puede ser que nos sea difícil coordinar. — Le dejó saber.

— Ava me dijo eso. — Dijo Kuasa, asintiendo con su cabeza.

— ¿Ava? — Preguntó ella confundida.

— Si. — Afirmó Kuasa. — Pero bueno, podemos intentarlo. Y de última si se complica mucho, tal vez en las vacaciones de verano. — Propuso.

— Dale, me parece buena idea. — Aprobó ella la idea.

— Gracias. — Agradeció Kuasa con una sonrisa.

Intercambiaron sus números de celular y quedaron en mantenerse en contacto.

Los días continuaron tranquilos, hasta que llegó otro domingo de lucha libre.

Sara estaba enojada con su madre y quería hacérselo saber. No estaba segura de que fuera buena idea lo que iba a hacer, pero se había propuesto hacerlo y lo iba a hacer. Cuando ella tenía una idea en la cabeza y estaba decidida a llevarla a cabo, le era muy difícil hacerla cambiar.

Y la idea que se le había ocurrido era perder todas las peleas de esa noche. No le molestaba recibir golpes. De hecho se sentía bien, eran una buena expresión para el dolor que sentía por dentro.

Pero lo importante era que quería demostrarle a su madre que no podía controlarla; y que cuanto más la mal tratara y la amenazara, peor le iba a ir. Que si seguía jugando con sus miedos y sus tristezas, ella se iba a dejar perder.

Lo más probable era que sus intenciones le iban a jugar en su contra, y en vez de lograr que la dejen en paz, logre que la traten peor. Pero no perdía nada con intentarlo. Además a Sara no le importaba perder, total ella nunca se quedaba el dinero de las peleas que ganaba.

Así que esa noche se permitió perder. Perdió las cinco peleas.

— Estás loca. — Le reprochó Nico en el vestuario.

— ¿Cómo te vas a dejar perder así? — Preguntó Jennifer.

— Estoy tratando de darle una lección a mi madre. — Respondió ella, haciendo hombros.

— ¿Qué lección? — Preguntó Jennifer.

— La lección de que si quiere que gane tiene que dejar de jugar con mis miedos. — Respondió ella.

— Pero ella no lo va a ver así, perder puede ser para peor, te pueden volver a encerrar. — Dijo Jennifer con preocupación.

— Como dije, estás loca. — Dijo Nico.

Sus amigas seguramente tenían razón, ella estaba loca. Pero ella ya tenía un plan por si todo salía mal.

Y todo salió mal. Pero Sara ya estaba lista para que saliera mal. Así que cuando bajó del auto de Malcolm, salió corriendo. Se escapó de él y su madre, y se encerró bajo llave en su habitación.

Intentaron abrir su puerta, pero no pudieron. Así que Malcolm comenzó a patearla y golpearla con todas sus fuerzas.

— ¡Salí de tu habitación ya Sara! — Ordenó Dinah.

— No, no voy a salir. — Negó ella.

Malcolm continuó pateando la puerta. Sara tuvo miedo por un momento, pensando que tal vez la iba a tirar abajo. Pero por suerte no lo hizo. Finalmente se cansó y se fue.

— ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué te dejaste perder? ¿Por qué querés arruinarnos la vida? — La interrogó su madre, su voz volviendo a su tono normal.

Sara se dejó caer en el piso y descansó su espalda contra la puerta. ¿Era posible que a su madre le costase tanto entenderla? Suspiró un par de veces, mientras trataba de decidir si valía la pena responderle.

— Estoy cansada de los malos tratos, de sus amenazas, de que jueguen con mis miedos. — Admitió finalmente ella. — Mientras las cosas sigan así, voy a perder. — Le dejo saber su decisión.

— Es por lo de tu hermana y tu padre, ¿No? — Preguntó Dinah. — Todavía estás enojada porque no hicimos nada para su aniversario. — Dijo con seguridad.

— No es solo eso. — Negó ella. — Piensalo por un momento, ¿cuándo te comportaste como mi mamá desde que estoy aquí? —Dijo dolida.

— No me podes reprochar, vos no sabes nada sobre ser madre, yo hago lo que puedo. — Justificó Dinah, sonando fastidiada.

— ¿Haces lo que podes? — Preguntó ella, soltando una risa amarga. — Bueno, lo que podes no es suficiente. — Le reprochó.

— ¡Vos no sos suficiente! — Exclamó Dinah. — ¿Pensas que te tratamos mal? ¿Qué conoces del dolor? ¡No tenes idea! ¡Con tu actitud todo va a ser para peor Sara! — Explotó llena de enojo.

— No me importa. — Dijo ella con sinceridad.

Su madre pegó una piña a la puerta y luego se fue.

Sara sabía que esa piña había sido para ella… ojalá podría haberla recibido, tal vez de esa manera su corazón le dolería menos cuando de su madre se trataba.

Al otro día, salió de su habitación por la ventana para evitar cruzarse con Dinah o Malcolm.

En el colegio le fue bien, se concentró en sus clases y así el tiempo pasó rápido. Después de la práctica de baile aceptó ir con las Leyendas a la biblioteca a estudiar para el examen de química que tenían al día siguiente. Cuanto más tiempo pasaba lejos de su casa, mejor.

Mientras estudiaban pudo notar que Ava estaba bastante ansiosa y nerviosa. Ella se frustraba cada vez que un ejercicio le salía más, y eso le resultaba adorable.

— Eeyy tranquila. — Le dijo ella a Ava. — ¿Qué te hizo la calculadora para que la trates de esa manera? — Preguntó divertida al ver los golpes que la otra daba a ese aparato.

— Es que no me sale este ejercicio, no lo entiendo. — Respondió Ava y dejó caer su cabeza en la mesa para demostrar su frustración.

— Mmm, déjame ver. — Dijo ella y agarró el cuaderno de la otra. — Acá está el problema, esto lo tenes que hacer al revés. ¿Te das cuenta? — Intentó explicarle y le señaló el error.

— Si, creo que sí. — Afirmó Ava, mirando lo que la otra le señalaba. — Gracias. — Agradeció.

Continuaron haciendo un par de ejercicios en silencio.

— ¿Cómo lo haces? — Pidió saber Ava.

— ¿Qué cosa? — Preguntó ella confundida.

— No ponerte nerviosa con los exámenes, y eso que seguro nunca tenes mucho tiempo para estudiar. — Respondió Ava, explicando a lo que se refería.

— No lo sé, supongo que me conformo con hacer todo lo mejor que puedo. — Admitió ella, después de pensarlo por un momento. — Pero vos tendrías que intentar no ponerte tan nerviosa, eres la persona más inteligente de este colegio. — Le recordó.

— Ya no estoy tan segura de eso, puede que vos seas esa persona. — Comentó Ava, mientras volvía a concentrarse en su cuaderno.

— ¿Eso es un halago? — Preguntó ella, después de reírse ante lo que la otra había dicho.

— Tal vez. — Dijo Ava haciendo hombros, queriendo quitarle importancia al asunto.

— Sara, la persona más inteligente del colegio. — Bromeó ella. — Me gusta como suena. — Dijo y le guiñó un ojo cuando la otra la miró.

— Eres terrible. — Dijo Ava riendo.

— Gracias. — Apreció.

Zari interrumpió la conversación que estaban teniendo, revoleando un bollo de papel a cada una.

— Hay personas que estamos intentando concentrarnos. — Dijo Zari seriamente, pero eso hizo que ambas chicas rieran más fuerte.

— Perdón Z. — Se disculpó Sara, una vez que se recuperó de su risa.

— A partir de ahora nos comportaremos. — Prometió Ava.

— Más les vale, porque a ustedes siempre les va bien en los exámenes. — Argumentó Zari. — En vez de reírse tanto, podrían ayudarme. — Sugirió.

— Bien. — Aceptó Sara. — ¿En que necesitas ayuda? — Pidió saber.

— Con los ejercicios de disoluciones. — Respondió Zari.

Se quedaron toda la tarde haciendo ejercicios de química en la biblioteca, hasta que se hizo la hora de que cada uno volviera a su casa.

Jax y Sara estaban caminando juntos, cuando un auto casi los atropella. Ambos tuvieron que correrse de la calle para evitar que el auto los golpeara. Quedaron algo shockeados ante la situación, pero finalmente se recuperaron y siguieron camino.

— ¿Ese no fue el auto de Malcolm? — Preguntó él, cuando se dio cuenta de donde había reconocido el auto.

— Si. — Asintió ella, algo avergonzada.

— Esto está mal, muy mal. — Comentó él, sin comprender lo que sucedía. — ¿Por qué? ¿Cómo? — Intentó preguntar.

— Lo hice enojar. — Respondió ella.

— Esa no es una excusa, no está bien. Podría habernos lastimado. — Dijo él con enojo. — Ven a dormir a casa. — Le pidió.

— No es necesario… — Comenzó a negar ella.

— Si, es necesario. — La interrumpió él. — No nos vamos a arriesgar a que vayas a tu casa y te lastime, dale un día aunque sea para ver si se le pasa. Por favor. — Le pidió.

— De acuerdo. — Aceptó.

No tenía ganas de regresar a su casa, porque ese lugar no se sentía como su casa, y las personas que vivían en ella no se sentían como su familia. Así que aceptó ir a lo de Jax, porque él era su amigo y él sí se sentía como su familia. Esta vez iba a dejar que alguien la cuide.