La reina de mis caprichos

Nos estaban esperando todos a la entrada. Noté inmediatamente el alivio en la cara de tía Elroy. Sabía que era casi imposible a estas alturas pero, si quería poder tener un noviazgo distendido, debía recuperar mínimamente su confianza. No quería tener que estar remarcándole continuamente mi autoridad.

Sarah Lagan se disculpó por el retraso de su marido que llegaría en cualquier momento. Neal y Eliza casi no podían disimular su recelo hacía candy que los saludó educadamente. Ellos correspondieron como debían. Sarah también lo hizo, invitándonos a pasar.

La mirada que me dedicó, justo cuando casi todos se habían dirigido al interior menos yo, Candy y ella, recuperó otro recuerdo olvidado. No había cambiado en absoluto. Instintivamente, tomé la cintura de Candy por su espalda, dirigiéndola con los demás y haciendo notoria nuestra confianza.

Tía Elroy preguntó por las últimas actividades y proyectos de los hermanos. Eliza empezó a parlotear y presumir acerca de nuevas amistades y algún acto de sociedad que no me interesaba lo más mínimo. La verdad es que la chica me aburría horrores. Solo Annie mostraba cierto interés genuino en lo que esta explicaba. Bajo mi presión también habían tenido que aceptar el compromiso con Archie.

Neal estaba aprendiendo a disimular sus emociones aunque, de vez en cuando, atrapaba sus oscuras miradas hacia Candy. Así que la que hice sentar a mi lado, echándolo de su sitio en el sillón. Quería dejarle bien claro a aquel mocoso que nada me iba a impedir humillarlo si me provocaba. Yo no estaba en mi casa y lo que acababa de hacer era una falta de respeto hacia él, pero seguía siendo el patriarca y tenía la potestad. Su cara ya no pudo disimular más su enojo pero se abstuvo de expresarlo.

Se notaba el tiempo que estaba pasando bajo la supervisión del Sr. Lagan, aprendiendo a negociar. Inmediatamente sonrió, casi amable y se sentó en otra butaca. Lo rematé tomando con descaro la mano de Candy. Mi gesto captó la atención del resto de los presentes justo en el momento que entraba el Sr. Lagan.

Nos dirigimos al comedor, sentándonos él y yo a cada extremo de la mesa. Elroy se colocó a mi derecha y dirigí a Candy a mi izquierda. Durante la comida éramos el Sr. Lagan y yo los que seleccionábamos los temas, principalmente de los negocios y los nuevos proyectos conjuntos. Neal, de vez en cuando, hacía alguna aportación interesante. Para los negocios tenía la cabeza fría y eso, no tenía duda, jugaría a su favor en el futuro.

Con el segundo plato, Sarah encontró algo que no fue de su agrado pero que no acabé de entender... A mi parecer, estaba todo correcto con la comida. Hizo llamar al cocinero y lo reprendió allí mismo. Aquella mujer no tenía remedio. El hombre se disculpó y se retiró, mientras la expresión de Archie, Annie, Candy y yo, demostraba la vergüenza ajena que sentíamos respecto a Sarah. Aún no comprendía como el Sr. Lagan no se había percatado nunca del evidente parecido entre Neal y el hombre. Para mí era como ver a un Neal de treinta y tantos. Deduje que el Sr. Lagan se convencía a sí mismo de que su mujer sería incapaz de abusar de un muchacho de catorce años, quedarse embarazada de él y hacerlo pasar por su propio hijo... Si él supiera...

Yo mismo me libré, por muy poco, de caer en sus garras a mis catorce. No me gustaba vestir mudado y me confundió con alguien del servicio de la mansión Andrew. Creyéndonos solos, en una de las salitas de recreo, empezó con insinuaciones y preguntas sobre cambios que yo estaba experimentando en mi cuerpo. Me sentía aturdido y a la vez curioso...

Por aquella época acababa de descubrir la sección erótica del estudio de mi difunto padre y tenía las hormonas totalmente revolucionadas. Empezó a tocarme por encima de la ropa y, evidentemente, mi cuerpo reaccionó. Sarah aún no había llegado a sus treinta. Mentiría si dijera que no era bonita. En realidad, a esa edad, casi cualquier muchacha me parecía apetecible. Como dicen ahora los soldados, "Cualquier hoyo era trinchera". Desabrochó la parte superior de su escote y me hizo tocarla mientras ella liberaba mi polla de los pantalones. Fue la primera vez que tocaba unas tetas de mujer y que alguien me tocaba tan intimamente y estaba fascinado por la sensación.

Mi polla aún no había acabado de llegar a su tamaño adulto pero estaba bien parada y le debió parecer suficiente. Me empujó a una butaca. Se subió las faldas mientras se empezaba a colocar a horcajadas sobre mí. Sentí una mezcla de terror y curiosidad. No sabía quién era aquella mujer ni lo que pretendía, pero mi cuerpo le respondía y las sensaciones me sobrecogían. Cogiendo mi capullo con una mano, ella estaba a punto de meterlo en su coño cuando escuchamos ruidos en la entrada.

Saltó, apartándose de mí a toda prisa. Se volvió a adecentar, abandonando la habitación sin mediar más palabra y dejándome allí sentado, con la polla palpitando. Me metí en el estudio adyacente, cerrando con pestillo, para acabar lo que aquella intrusa había empezado. No tarde casi nada en correrme. Por meses me la estuve machacando recordando aquel encuentro. Tenía sentimientos encontrados al respecto. Por una parte me sentía utilizado por una total desconocida, en mi propia casa. Pero por otra, no podía evitar excitarme por la respuesta de mi cuerpo, consiguiendo sentirme peor. Pasé mucho tiempo creyendo que algo estaba mal en mí y nunca me atreví a explicárselo a nadie por la vergüenza que también sentía. Más tarde me enteré de quien se trataba gracias a Georges.

Sarah se beneficiaba a casi cualquier criado jovenzuelo. Su preferencia eran los que tenían entre trece y diecisiete años, aunque tampoco despreciaba a los de veinte. La única pauta era que no fuera nadie de su mismo círculo social. Siempre eran personas a las que podía coaccionar y silenciar bajo la amenaza de perder su sustento y el de su familia. De ese modo, la fama de cornudo del Sr. Lagan no salía del servicio. Sarah tenía una receta que empezó a tomar tras tener a Eliza para no volverse a embarazar y que le preparaban en su propia casa. También corrían rumores de que el Sr. Lagan tenía un apetito similar, es decir, que también le gustaban los jóvenes, pero bastante más maduros, jamás menores de edad... Aunque ese era un rumor externo que se escuchaba, de vez en cuando, entre los círculos de empresarios.

Según me había informado Georges, recientemente, el acoso de Sarah a los jovencitos no había disminuido con la edad. Al contrario, era proporcional a lo encastillado de sus vestidos... Yo ya había recordado aquellos rumores hacía tiempo pero no el encuentro a mis catorce y había creído que por mi condición y mi edad, ya no resultaba de su interés... Pero la mirada que me había lanzado en la entrada me hizo dudar.

Continuará...