Capitulo 16
Anochecía cuando se detuvieron para descansar. Aitana estaba demasiado agotada como para masticar, pero intentó hacerlo sin quejarse. La elfa vendaba el hombro de Riddle con retazos de tela.
La mirada de Aitana se detuvo en el amplio pecho de Tom, en los músculos de sus brazos. No ere exageradamente fuerte como un toro, pero, tene un buen porte.
Riddle se puso su camisa y cortó un trocito de pan—. Si quieres lavarte en el arroyo, aprovecha ahora, pronto nos dispondremos para dormir.
—Estoy demasiado cansada para preocuparme por mi higiene —replicó Aitana. Y en realidad lo estaba. Si cerraba los ojos, se quedaría dormida de inmediato. Además, el agua debía de estar fría y ella ya estaba ansiosa por acostarse al lado de Riddle y dejar que su cuerpo la calentara. Aunque antes deseaba que pudieran encender un fuego para sentarse frente a él, pero Riddle rechazó la idea.
—Iré a buscar agua de tosa maneras, señor —anunció la elfa.
—No te demores —ordenó Riddle—. Si oyes o ves algo sospechoso, llámame.
—En el futuro, si debo tener un duelo con algún desgraciado, prométeme que te quedaras escondida. —advirtió Riddle a Aitana.
—No eres muy agradecido —lo reprendió la chica con enfado—. Si yo no hubiera distraído a los hombres, quizá no te habría ido tan bien.
—Si no me hubiera ido tan bien, ¿tienes idea de lo que te habrían hecho?
En realidad, no se le había ocurrido. Aitana creía que un hombre jamás golpearía a una mujer, pero por desgracia ya había comprobado su equivocación.
—No lo pensé en ese momento —admitió.
—He notado que un cerebro inteligente habita dentro de tu bonita cabeza, y a partir de esta noche, quiero que le prestes atención a mis indicaciones y me obedezcas en todo.
—No eres mi esposo, ni mi padre, ni un pariente mío —le recordó—. De todos modos, tampoco pensaba obedecer a nadie, aunque lo fuera, pero ese es otro asunto. Yo no tengo ninguna obligación hacia ti excepto la gratitud, porque tengo una educación.
Él mordió el pan perforándola con la mirada. La joven se revolvió encima de la raíz sobre la que estaba sentada.
— Esto es cuestión de vida o muerte. Y yo no me conoces en nada, querida. Me harás más fácil la tarea de protegerte si escuchas con atención mis indicaciones y las obedeces. Aunque si no deseas llegar con vida a la mansión, no me incumbe.
Ella parpadeó perpleja. Diablos, esperaba que él insistiera. —¿No te importa si vivo o muero? Riddle se limpió la boca con el dorso de su mano, luego volvió a inquietarla
con sus ojos. —Si no me importara, no te lo preguntaría.
Aquellas palabras desvanecieron su malhumor. Se sintió tonta, por supuesto que a él le importaba su bienestar, de lo contrario, no estaría allí. En el futuro debía mostrarse más respetuosa con él.
—Eres más noble de lo que quieres admitir —prosiguió ella—. Aseguras que no eres un hombre atento, pero te he visto actuar con mayor galantería que cualquier joven mago londinense. Es evidente que tuviste una buena educación, tus padres serian afortunados. —Riddle escudriñó los árboles. Aitana había tocado un punto sensible—. ¿Piensas en ellos a menudo? ¿En tus padres?
—No.
—¿Por qué no? —continuó interrogándolo; no era del tipo de personas que reprime su curiosidad—. Debes de tener algún recuerdo de tu madre, algo que ellos te mostrasen su amor...
—No, y no me interesa—la interrumpió él, volviéndose para mirarla—Cambiemos de tema.
Aitana insistió. —Pero ¿por qué...? —Porque es doloroso —la volvió a interrumpir, como si le hubiera revelado demasiado. Mantuvo la mirada en la oscuridad del bosque. Tom Riddle podía ser un hombre alto, esbelto, seguro de sí mismo, pero ahora…
Aitana descubría algo más en él: encontró a un hombre herido por las decisiones irresponsables de sus padres. Se levantó y fue a arrodillarse a su lado...
—Lo lamento. No era mi intención despertar recuerdos dolorosos.
—Pues será mejor que te calles —la acusó impertérrito—. No me conoces de nada niña. Eres la típica mujer que o están satisfechas hasta que logran arrancarle a un hombre algún tipo de emoción. Ira, pasión, dolor, cualquier cosa les viene bien. ¡Yo no soy débil. ¡No sentó nada de estas cosas, lo entiendes!
Aitana pestañeó temerosa y ofendida. ¡Qué narices estaba diciendo!
—¿Acaso nunca tuviste una amiga? ¿Una mujer a quien pudieras confiar todos tus secretos? ¿Todos tus sueños y esperanzas? En realidad, ¿te agradan las mujeres?
—Las mujeres tienen su utilidad —reflexionó. Resplandecía la malicia en sus ojos negros—. No, no las odio.
Sus mejillas se encendieron. Aitana entendió lo que estaba insinuando, y la enfureció que considerara a las mujeres de esa manera. Que la considerara a ella de esa manera...
—Entonces, definitivamente no te agradan las mujeres.
Él se inclinó hacia ella. —¿Es eso lo que estás buscando, Aitana? —su voz sonaba muy grave. Su cercanía la perturbaba—. ¿Quieres agradarme? ¿Que comparta mis esperanzas y mis sueños contigo, como un hombre desesperado?
Estuvo tentada de decirle lo primero que se le cruzó por la cabeza. Sí, quería agradarle y compartir sus pensamientos más secretos. Y a juzgar por sus palabras, era un hombre incapaz de valorar el amor de una mujer. Aunque no importaba, pues Aitana tampoco creía en el amor.
—Supongo que al menos podrías contarme por qué tienes un juicio tan desfavorable hacia las mujeres. ¿O tan solo estás enojado conmigo?
La pregunta borró la sensual sonrisa de sus labios.
—No estoy enojado contigo. Un poco disgustado por ponerte en riesgo cuando yo puedo manejar solo una situación y sobre todo porque no pareces dispuesta a obedecer las indicaciones más sencillas.
Oh, cielos, ¡típico de hombres! Quieren que todo esté a su cargo. ¡Se creen tan superiores! Aitana siempre había enfrentado a los hombres que la consideraban solo un objeto decorativo. Al menos Richard había fingido interesarse en sus puntos de vista y en sus opiniones.
—Las mujeres y los niños están hechos para ser contemplados como la naturaleza muerta, no para ser escuchados, ¿eso es lo que intentas decirme?
Riddle se pasó una mano por sus cabellos y emitió un sonido que pareció un gruñido.
—Desvarías como una lunática. Yo no dije eso, mujer. Todo lo que quiero de ti es que sigas mis instrucciones mientras estemos en el bosque. Una vez que te encuentres a salvo, me importa un rábano lo que hagas.
Esta vez logró lastimarla. Entonces, a él sólo le importaba cumplir con su deber de salvarla, le era indiferente como persona. Y eso significaba que cuando la había besado, se había dejado llevar por la lujuria animal, no por sus sentimientos.
Temiendo que su expresión la delatara, Aitana se levantó.
—Buscaré a la elfa —anunció—. Quizá me asee un poco en el arroyo. Por supuesto, iré sola si me das permiso —agregó con ironía.
—Permiso concedido —le respondió, en el mismo tono.
Bien erguida, Aitana se dirigió hacia el arroyito con los ojos de él clavados en su espalda. Ese hombre no se parecía para nada al caballero que había construido con su tonta imaginación. En su fantasía, ellos compartían todos sus secretos y sueños, reían juntos y bailaban bajo un cielo estrellado. No había previsto que él custodiara celosamente su privacidad. ¡Qué fantasía ingenua!
En realidad, nunca había analizado el asunto de un modo racional. Se había convencido de que ella era distinta de sus aburridas amigas solteras de su ex escuela, pero se había ofrecido en el mercado matrimonial, al igual que todas ellas, como un corderito al matarife. Se había casado con un hombre que no amaba solo porque sus padres lo consideraban un buen partido, y una sangre pura…
Había hecho lo que se esperaba de ella. No era valiente ni distinta. Abatida, Aitana reconoció que, si hubiera tenido el coraje de rechazar la propuesta matrimonial de Richard, no estaría en su actual situación, sino a salvo, y con la bendición de ignorar que el mundo no era lo que parecía a primera vista.
Perdida en sus pensamientos, se sorprendió al toparse con la elfa.
Querría preguntarte una cosa…
Dígame mi señora.
—¿De veras crees que el Sr. Riddle se aprovecharía de mí?
—¿Cómo? ¿Oh no mi señora, no puede desconfiar de él cuando arriesgó su vida por usted?
La muchacha bajó los ojos y se mordió el labio inferior, como una criatura.
—Desearía confiar en él —admitió.
La sinceridad de Aitana, dejó estupefacta a la elfa.
—El Sr. Riddle fue muy amable con su marido —le aclaró.
Retorciéndose los cabellos y atándoselos en un nudo en la nuca, la elfa le preguntó:
—Noté cómo la mira, y cómo lo mira usted a él, mi señora.
Aitana sintió que las mejillas le ardían. Dios mío, ¿sería tan evidente la atracción que sentía por Riddle?
—No se lo dirá, ¿verdad? —casi le rogó.
—No le contaré nada, mi señora —prometió —. Pero en algún momento, debes confesárselo. No está bien engañar a un hombre que está haciendo todo lo posible por proteger su vida.
Dicho eso, la elfa se fue. Dejando Aitana más confundida.
