Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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Elsa.

No perdió más tiempo en su habitación y decidió hacer caso a su estómago—que gruñía por comida— así que se calzó las pantuflas y bajó las escaleras con paso seguro, había bebido la noche anterior y no se expondría a una caída. Lo último que deseaba era una lesión antes de su debut en el Bolshoi.

Se topó a Bulda en el pasillo, la regordeta mujer la apretó en un abrazo y le informó que Gerda le tenía listo el desayuno, caminó hasta la cocina y se topó a todo el mundo sentado a la barra, bebiendo café y charlando animadamente. Al notar que Hans también estaba ahí, de repente se sintió demasiado expuesta con su pequeño short de pijama y su blusita de algodón a juego.

―Aquí está, la chica del cumpleaños― dijo Gen en tanto se levantaba de su taburete para abrazarla y volver a felicitarse.

Elsa correspondió al abrazo y agradeció a su cuñada.

S dnem rozhdeniya suka*― dijeron Anya y Dimitri al unísono. Elsa sonrió.

Spasibo motygi*

―¿Están de acuerdo conmigo con el hecho que se pone más buena con los años? ―Merida, que aún no se marchaba, le lanzó un beso.

―Sigue por ese camino y te enviaré a casa caminando― amenazó Roland, imitando a Genevieve para abrazar a la albina y besarla en la frente―. Feliz cumpleaños, corazón― la soltó y se sacó el albornoz en color verde oscuro―. Ven, póntelo.

―Gracias a Dios que soy la mayor y no tengo que pasar por estos espectáculos― se mofó la pelirroja de rizos indomables. Elsa negó con la cabeza y se acercó a la barra, mantuvo un gesto estoico cuando se sentó junto a Hans por la falta de asientos vacíos.

―Bueno, el tío Fergus se ocupa en lo que tus hermanos se enteran de tu vida nocturna― respondió Roland, volviendo a su lugar. Merida le mostró el dedo medio.

S dnom rozhdeniya snezhinka* ―susurró el bermejo en su dirección, pretendiendo que se estiraba para tomar la miel.

Elsa se tensó, pero fingió que no lo había escuchado.

―Ya solo falta Annie y todos mis niños habrán crecido― se lamentó Gerda, depositó un plato frente a Elsa y la besó en la coronilla.

―Te extrañé mucho, nana― dijo la rubia, dejándose hacer por la mujer mayor. Gerda chasqueó la lengua.

―¿Sí? pues Roly ya me dijo que esa señora Nani te prepara chocolate todos los días.

Elsa fulminó a su hermano con la mirada y éste fingió que no se daba cuenta.

―Una cosa es que prepare chocolate a diario, otra muy diferente es que me guste tanto como el tuyo.

Gerda rodó los ojos, pero volvió a sonreír.

―Come, linda, te veo muy delgada.

―Así son las bailarinas, nana― replicó Anna ―, hacen mucho ejercicio.

―Sí, sobre todo Elsa― todos en la mesa miraron a Hans, Anya se palmeó la frente y la blonda rodó los ojos―. ¿Qué? mi abuela dice que es de las mejores de la academia.

Roland le dio la razón.

―Yo pensé que otro tipo de ejercicio― musitó la escocesa, atacando la resaca con un poco de licor en su taza que pretendía hacer pasar por café―. Algo más estimulante.

―¡Merida! ―regañó Gerda, mirándola ceñuda.

―De ese también― replicó la blonda, Roland se atragantó con el café y Gen se apresuró a auxiliarlo con una sonrisa orgullosa en la cara; Anya contuvo una carcajada, pero Dimitri y Merida no corrieron con la misma suerte, Gerda negó con la cabeza y Hans mantuvo un gesto inexpresivo ―. Mucho de ese, en realidad.

Hans le pateó la pierna disimuladamente y Elsa simplemente alejó su taburete un poco más.

―¡Ay, Elsa! Nunca me cuentas nada.

―¡¿Y tú para qué quieres saber?! ―exclamó su hermano―, mira Anna, te lo voy a decir una sola vez― la apuntó con el dedo―: si me entero que ese yeti te ha puesto un dedo encima, le voy a cortar su inmundicia y se la daré a los renos.

―Entonces no te enteres― siguió Merida.

―¡¿Qué?!

―Mierda, Roy, estoy jugando― la escocesa suspiró.

―Con eso no, Merida― el blondo miró a Elsa―, en cuanto a ti, tenemos una charla pendiente.

―Tu no rezas nada mal― Genevieve intervino―, cariño, suenas como la abuela Jo. Te estás convirtiendo en aquello que juraste destruir.

―¡No las defiendas! ―la pelinegra enarcó una ceja ante el tono de su marido―… por favor, mi vida.

―Es su cumpleaños, deja que lo disfrutes.

―Sí, pero…

―Pero nada. Acompáñame, quiero tomar una ducha.

Roland se levantó del taburete de inmediato y siguió a su esposa fuera de la cocina.

―Bendita sea esa niña― susurró Gerda, con cariño.

―Ahí se fue mi aventón a casa― Merida mordió una dona glaseada lastimeramente.

―Pide un Uber― aconsejó Anya―, si tuviéramos coche aquí, Dimitri te llevaría― el aludido, que estaba asintiendo, se detuvo abruptamente―. Quita esa cara, cariño; si Mer juega bien sus cartas, puede que llegue a ser tu madrastra.

―Sobre eso― la de cabello rizado miró a Dimitri―, imagino que tu padre es un ruso encantador y todo eso; pero por el momento me inclino un poco más por este grupo… ya sabes… las Pussycats*.

―No me digas― espetó Hans ―, estoy seguro que la polla de Haddock no piensa lo mismo.

―Annie, acompáñame― Gerda no dejó que la bermeja más joven protestara―; ya llegaron, vamos a recibirlos.

―¿Quién llegó, nana? ―preguntó Elsa, pero ni la mujer ni Anna le respondieron.

―¿Alguien te incluyó en esta conversación, Westergaard? ¿Alguien puede decirme cuando pedí la opinión de este lerdo? ¿Nadie?

―Te la di porque se me apeteció, zorra melenuda.

―Pues no me importa… es más ¿qué carajos haces aquí? no recuerdo que hayas venido con nosotros anoche.

―No lo recuerdas porque además de ser una mujerzuela, venías tan borracha que solo tratabas de convencer a Dimitri que te diera el número de su padre― replicó el bermejo―, y si estoy aquí fue porque Roy me invitó a quedarme.

―Gracias a Dios que cerramos bien la puerta, Els.

―Primero me corto la mano antes de tocarte, perra― soltó Hans.

―No lo digo por mí, sé que estoy muy a salvo― asintió la escocesa―. Lo digo por…― se calló de repente, mirando a Anya y Dimitri.

―Está bien, Mer; lo saben― aseguró la blonda, indiferente.

―A este paso lo sabrán todos dentro de nada― se burló Merida, enfocó los ojos en Hans―, ¿tu novia lo sabe? Que enfermo que se vean en la universidad y sepan que ambas…

―Elsa, cielo, ven un momento; algunas personas han venido a verte― Gerda se asomó por la puerta, interrumpiéndola.

La blonda se levantó de inmediato, agradecida por la intervención de su nana y aliviada de poder marcharse de ahí. No le apetecía nada hablar de Honeymaren. Siguió a Gerda por el largo pasillo que conducía a la sala de visitas y su rostro, anteriormente tenso, mutó a uno de verdadera alegría al llegar.

―¡Elsa!

La blonda se inclinó para abrir los brazos y recibir a los niños que corrían hacia ella. La señora Davies, parada en una esquina de la habitación, le dedicó una sonrisa.

―¿Qué hacen aquí? ¡Hola! ―besó a cada uno en la mejilla.

―Tu madre llevó a Anna a mi consultorio y dijo que vendrías por tu cumpleaños, así que llamé a todos los padres de estos chiquillos y junto a tus padres y Gerda, planeamos esta visita― explicó la señora Davies―, los pequeños querían venir antes, pero asumí que estabas cansada por el viaje…

―Qué lindo detalle, gracias señora Davies.

―Lo mereces, tesoro.

―Trajimos obsequios para ti, Elsie― reveló Mason, la tomó de la mano y la guió al sofá más cercano.

―¿En serio? No debieron molestarse.

―Tu nos dabas cosas, es nuestro turno― replicó Mary, seguía llevando sus dos coletas, pero ahora tenía el cabello azabache más largo. Habían pasado casi siete meses desde que dejó de cuidarlos, no podía creer que estuvieran tan grandes.

Uno a uno le entregó sobres con su nombre escrito en ellos, no recordaba lo adorables que le resultaban las letras irregulares de esos pequeños.

―Gasté mi mesada en esto― Vivienne le entregó una cajita envuelta en papel con estampado de copos de nieve.

―Preciosa, no debiste…

―Que mentirosa eres, Viv― Anton miró a su hermana, ceñudo―. Solo pusiste la mitad, el resto fue de mi mesada.

―Spasibo― los pequeños rusos jadearon al escucharla.

―¿Hablas ruso…?

―¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué todo este alboroto…? ¡Ay, son niños! ―chilló Merida.

―¿Quiénes son, Elsa? ―preguntó Anya, sonriendo a los pequeños.

―Fui su niñera hace un tiempo, han venido de visita― explicó la albina. Contó hasta tres y como predijo, Vivienne no tardó en notar la presencia del bermejo.

―¡Vanya! ―chilló, zafándose de su agarre para correr hasta el aludido. El muchacho la levantó en brazos y le sonrió afectuosamente.

―Amor, hazle una foto― apuró Anya a Dimitri, quien obedeció al instante. Hans los ignoró, dándole toda su atención a la niña.

Merida paseó sus orbes azules por todas las personas en la habitación.

―¿Saben qué? mejor sí pediré un uber― informó, dirigiéndose al armario más cercano en busca de un abrigo―, no me malinterpreten, pero hay muchos niños y yo no… ¿te molesta que me lleve este abrigo? Lo devolveré esta noche… ajá, mis hermanitos me curtieron para no querer cerca un niño en mucho tiempo― besó a Anya en la mejilla y procedió a hacer lo mismo con Dimitri ―. Fue un gustazo conocerlos, de verdad… sobre tu padre ¿puedes darme su número? Ya sabes, por si acaso; siempre quise un suggar daddy… ¿no? espero que cambies de opinión.

Se caló el abrigo por encima del albornoz y metió los pies en sus botas apresuradamente.

―Niña, espera a que lleguen a recogerte, te congelarás afuera…

―¡No, no! está bien. Soy escocesa ¿bien? el frío es lo mío.

Su prima le lanzó un beso y se despidió del resto con un gesto de la mano, hizo una seña grosera en dirección de Hans y se alejó por el pasillo rumbo a la puerta de entrada.

―¿Por qué se va? ―preguntó Harmony, confundida.

―Porque está loca― respondió Hans, sonriéndole a Vivienne.

Pasaron un par de horas con los niños, riendo y charlando. Anya y Dimitri jugaban con los pequeños y les enseñaban palabras en ruso que hacían que Elsa agradeciera que la señora Davies no hablara el idioma.

―Niños, ya es hora de irnos― anunció la señora Davies.

―No sin antes hacernos una fotografía― Riley sacó una cámara de su mochila―. Solíamos hacernos fotos en los días importantes ¿recuerdas, Elsa?

La blonda asintió, deshizo su trenza y se arregló el cabello con los dedos, apretó sus mejillas para darles color y se acomodó junto a ellos. La señora Davies tomó la cámara e hizo varias tomas.

―Ustedes también― Bonnie invitó a los tres cobrizos a unirse.

A diferencia de Anya y Dimitri, quienes se acercaron de inmediato, Hans se mostró reticente; pero Vivienne intervino y terminó cediendo, haciéndose un lugar junto a la blonda.

La pequeña sesión llegó a su fin pasados varios minutos.

―Bien, ahora sí debemos irnos.

―Te enviaré las fotos por correo― le dijo Riley cuando se despedían―, tu envíaselas a tus amigos.

"Dudo mucho que Hans quiera esas fotos" pensó, pero le aseguró a la pequeña rubia que así lo haría. Los visitantes se marcharon poco después.

―Fue una linda sorpresa, gracias― Elsa le sonrió a su hermana y a Gerda―. Ahora, si me disculpan, debo ir a vestirme.

Le dirigió una mirada significativa al cobrizo mayor, quien bufó y se marchó en busca de Roland. Anya y Dimitri se marcharon a la habitación que les cedieron y Elsa a la suya. Cuando bajó nuevamente y ya totalmente aseada, Hans ya no estaba.

Encontró a los otros dos pelirrojos poniéndose los abrigos.

―¿Saldrán? Porque quedé con Ryder para ir por ahí, dijo que me llevaría a por pastel y estaba pensando que quizá querrían venir.

―De hecho, estábamos pensando en ir a casa de los Westergaard si no te importa― informó Dimitri.

―En lo absoluto― aseguró.

―Pero danos la dirección de donde se están quedando los Nattur― añadió la colorada de repente―, para alcanzarlos.

Elsa le envió la dirección a Snapchat.

―Pueden llevarse mi coche― les ofreció―, Ryder vendrá por mí y no lo voy a usar.

―Tú si eres una buena anfitriona, no como la loca de Honeymaren; esa mujer hasta te corre de la casa.

―Ni la menciones, mi vida, ni me la menciones― Anya lo hizo callar en tanto le recibía las llaves a la albina.

Elsa no pudo evitar reír.

―Nos vemos después.

Dimitri sacó su lustroso coche del garaje y Elsa abrió a verja para que salieran, vislumbró el coche de Ryder entrando cuando los bermejos se marchaban por el monitor.

―¡Ya me voy, Gerda! ¡Vuelvo en unas horas!

No esperó que la mujer respondiera y corrió hacia la salida, poniendo cuidado de no caerse.

―¡Cumpleañera! ―la saludó el castaño, efusivamente―, ¿cómo estás llevando tu primer día como persona legal…?

―¿De dónde sacaste el coche?

―Buenos días a ti también― masculló sarcásticamente, poniendo el coche en marcha―. Pues lo renté, carajo, primero el tipo ese y ahora tú.

―¿De qué hablas?

―Pues llegué a la agencia en un uber y nada más me bajé del coche, el encargado se quitó las gafas para verme mejor― relató, irritado―; me dijo: ¿eres tú quien llamó hace veinte minutos?, yo le dije que sí y él estaba como: eres ruso ¿a qué sí? ―Elsa asintió, atenta a la historia―. Yo estaba muy sorprendido porque hablo perfectamente noruego ¿sabes? Sin acento.

―Claro.

―Y le dije: ¿cómo lo sabe?, y el tipo: Tu ligera chaqueta Adidas, explícame esa obsesión que tienen los tuyos por esa marca― la blonda ahogó una risita―. No, no te rías; yo estaba enfadado, ni que estuviéramos en los noventa y yo fuera un jodido gópnik*… pero quería un maldito coche, así que le dije: mire, me crié aquí ¿sí? rénteme un coche o me largo; que le quede claro que si me voy, solo haré una llamada a casa y usted tendrá al gobierno soviético tras tu raquítica espalda.

―¿Y qué dijo?

―«La unió soviética no existe más, tonto» ―imitó la voz del hombre―, entonces me reí y le dije: eso les estamos haciendo creer, que no le sorprenda cuando tanques soviéticos ataquen el país. El viejo me dio su mejor coche a mitad de precio, está claro que no es de los que ven noticias.

Elsa le propinó un golpe en el brazo.

―No te permito que te burles de mis compatriotas.

―¡Ay! También son mis compatriotas, tengo la nacionalidad noruega para que te enteres― informó―. Solo quería darle una lección.

La blonda no pudo resistirse más y dejó salir una carcajada.

―Hasta te hace gracia, que hipócrita… ¡ay! ¡Perdón, perdón!

Ryder suspiró, aliviado, cuando ella dejó de pellizcarlo.

―¿Dónde vamos? ―preguntó, finalmente prestando atención al camino.

―A una cafetería, claro― contestó―. Escuché que abrieron una tienda increíble de cosas con estampado de reno, quiero ir. En casa no hay nada como eso.

―No sé dónde queda ese lugar.

―Llama a ese amigo tuyo, Kristoforo…

―Kristoff.

―… y dile que se una a nosotros. Siempre es bueno encontrar a alguien con quien compartir tus intereses.

Sacó su teléfono para buscar el contacto de su mejor amigo, pero Ryder la detuvo.

―Aún no, primero iremos a la cafetería y después… no sé… quizá…― la muchacha sonrió ante el repentino nerviosismo del castaño―- ¡No te burles! No voy por ahí invitando a mis amigas a hacer eso ¿bien?… ¡hasta lo pensé como uno de los tantos regalos que te haría!

―Hay un hotel a las afueras de Oslo― le dijo―. Me gusta el sexo de cumpleaños.

―Pues que bien, porque si las cosas con Judi salen como esperamos, este será el único que pasemos… así.

Mientras tecleaba la dirección del hotel, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El año pasado había hecho lo mismo. Pasó la tarde con Tadashi, yendo por ahí antes decidir que querían un lugar más íntimo, y en la noche terminó escapándose para irse con Hans a esa cabaña hasta el amanecer.

"Pero este año no" pensó, rotundamente.

Y por alguna razón, aquello dejó algo parecido a la desolación en su pecho.


Anastasia.

―Aquí es― los ojos verdes de la rusa revolotearon ante la fachada del hotel cuando Dimitri se estacionó en el parking.

―Es un poco pequeño― comentó, abriendo la puerta.

―Sí, pero todas las críticas son buenas― su novio bajó del coche y le ofreció la mano para entrar juntos al establecimiento. Un regordete hombre estaba sentado tras el mostrador.

―Bienvenidos a Oaken's― saludó el hombre en un inglés fuerte―, ¿necesitan una habitación? contamos con un almacén y un sauna…

―En realidad― lo interrumpió el cobrizo―, estamos buscando la habitación de unos amigos.

El hombre frunció el ceño.

―Habitación 45, Ryder Nattur y su hermana.

―Mi política es muy estricta sobre dejar pasar a visitantes si los huéspedes no me informan...

Al ver que dudaba, Anya hizo algo muy impropio de ella como. Sonreír a un extraño.

―Llegamos a Noruega ayer, supongo que ella no ha salido de la habitación― comentó, sonriendo con dulzura―. Nuestro amigo sí, en la noche y llegó de madrugada ¿no es así?

―Lo es― confirmó Oaken.

―Pues ahí lo tiene, no somos gánsteres rusos o algo por el estilo― continuó Dimitri, que a diferencia de la sonrisa de la bermeja, mantenía un gesto neutro―. Somos gente educada, de la más pura crema y nata de Moscú.

Oaken dudó un poco más antes de ceder.

―Tomen el ascensor, tercer piso.

Anya le agradeció y se dirigieron hacia la habitación.

―¿Qué le vas a decir? ―preguntó su novio, presionando el botón del piso que llevaba a la habitación de Honeymaren.

―Lo perra que es― respondió.

―Creo que le ha quedado claro después del enfrentamiento con Roy…

―Mira, Dimitri, se metió con Elsa de una forma baja y asquerosa por una polla. Por una polla.

―Sí, pero…

―Pero nada, si hubiese sido al revés también enfrentaría a Elsa. Las mujeres debemos apoyarnos, no atacarnos.

―Pues eso es lo que vas a hacer, atacarla. Si te soy sincero, Maren nunca me ha agradado tanto como Ryder, aun así no creo que debas decirle nada. Ya se encargarán de ella los Solberg.

―Nah, ya estamos aquí.

Las puertas de acero se abrieron, dejándolos en el tercer piso, caminaron por el largo pasillo en busca del 45 en las puertas.

―Aquí está― Dimitri la tomó de la mano para que no siguiera avanzando, tocó la puerta y Honeymaren atendió rápidamente.

Sonrió al verlos y los dejó entrar.

―Hey ¿qué hacen aquí?

―Vinimos a verte― respondió Anya, se quitó el abrigo y lo colgó en la percha. Dimitri se limitó a saludarla con un asentimiento de cabeza antes de entrar en el cuarto de baño―. Tienes este lugar bastante limpio.

―Que sea un cuarto de hotel… pequeño, no significa que tenga que ser un desastre.

―A todo esto ¿Qué haces en un hotel cuándo Hans, tu novio, tiene una casa en la ciudad?

―No entiendo por qué me lo preguntas cuando es obvio que sabes la respuesta.

―Claro que la sé, solo quiero que me lo digas tú.

―¿Para qué? Elsa debió decirte su versión… es la que vas a creer.

―Estoy segura que no me mintió, puedes ser una perra en potencia cuando te lo propones.

―No voy a negar eso y tampoco me excusaré. Dije toda esa mierda de ella porque estaba molesta.

―Y celosa.

Maren chasqueó la lengua.

―No es justo ¿de acuerdo? Esa perra no tenía un mes en Moscú y ya era toda una estrella de rock, cautivó a los instructores de la academia, las chicas la admiraban y todos querían dormir con ella.

Anastasia se rió de manera socarrona.

―Yo no soy Yelena para que trates de mentirme, en el tiempo que tenemos de conocernos me di cuenta que solo aceptaste tu lugar en la academia porque tu abuela así lo quiso, no porque verdaderamente te gustara en ballet; exceptuando a Tanya, detestas a tus compañeras…

―No me menciones a esa arpía, fue de chismosa con Roland.

―… y el único tipo que de verdad te importa que quiera dormir con ella, es Hans.

―Ya no estamos juntos. Aún no es oficial, pero me escuchó decir lo poco que me importaba si él y Roland se distanciaban.

―Nadie está hablando sobre eso.

―¿Y qué quieres que diga? ¿Qué no noté los pobres intentos de Hans por disimular quiere acostarse con Elsa? Es obvio que se muere de ganas, los dos se mueren ganas.

―Por lo que hemos hablado, Elsa no lo quiere cerca.

―Se fueron juntos después que terminó la fiesta de la boda de Roy… no me lo ha dicho, pero sé que es así.

Anastasia suspiró.

―También sé que se acostaban cuando vino a Noruega para navidad el año pasado.

―¿Hablas de cuando tú y él solamente pasaban juntos los sábados por la noche? Suena mal, pero Hans tenía todo el derecho de hacer lo que quisiera, no te debía ninguna consideración.

―No necesito que me lo recuerdes. Me vieron la cara, no a ti.

―Ya sé, pero debes tener dignidad; ningún hombre que sea capaz de engañar merece tanta importancia.

―¿Qué hay de Elsa?

―Si Hans no te debía nada, Elsa mucho menos― declaró―. Es cierto que merecías respeto cuando pasó lo de la boda de Roland, pero Hans tuvo que ser el primero en recordarlo.

―Y no lo hizo.

―No lo hizo― asintió――――――. Aun así no está bien lo que hiciste, entiendo perfectamente cómo te sientes…

―No lo sabes porque jamás te han engañado ¿o sí?… el francés gay no cuenta.

―Maren…

―¿Sabes qué, Anastasia? No necesito que me sermonees. Hazme un favor y váyanse de aquí.

―No hasta que…

―¿Hasta que qué? no importa lo que yo diga, siempre vas a estar de lado de Hans… algún día tendrás que elegir entre él y Elsa, y vas a preferirlo.

Dimitri salió del baño en ese momento.

―Ya les di espacio, vámonos.

―Deberías decirle a Ryder que Roland sabe todo, para que no asista esta noche en la ignorancia.

―Largo.

―Pudimos ser buenas amigas.

―Anya, ya está, vámonos― el colorado la cogió del brazo para arrastrarla hacia la puerta.

―Mentira, jamás serías neutral entre ambos― replicó Honeymaren―. Desde tu accidente tienes nublado el juicio…

―No es mi culpa que no lograras que Hans te quisiera― espetó, presa de la ira―. Todos tus intentos al final non sirvieron de nada, Elsa por el contrario, lo tiene sin esforzarse en lo más mínimo.

―¡Que te vayas! ―Honeymaren tomó una botella del mini bar dispuesto en la habitación y la lanzó en su dirección, Dimitri la sacó antes que esta se estrellara contra la puerta.


Honeymaren.

―No puedo creer que gastaras tanto dinero en… eso― el castaño la ignoró y continuó depositando todas sus compras en la cama.

―Son increíbles ¿no? ―dijo en su lugar―, no me creo que en casa no exista ninguna tienda así. Le diré a Babushka que comience la primera, así será un negocio factible.

―Nos quedaremos en la ruina si te dejan al frente del negocio familiar― replicó Maren, mirando dentro de las bolsas―. ¿Enserio, Ryder? ¿Condones?

―Tienen astas diminutas que se agrandan cuando te los pones― explicó, alegremente.

Honeymaren arqueó una ceja.

―¿Cómo lo sabes?

―Eh… pues… lo dice en la caja― respondió, un deje de nerviosismo empañaba su voz.

―No veo por ningún lado que diga eso― Ryder le arrebató la caja y la metió en el fondo de la bolsa con el logo de la tienda, Honeymaren hizo un sonido de repulsión―. Qué asco, llevamos un día aquí y ya te tiraste a alguien.

―No es tu problema.

―Claro que sí, cuando regresemos a Moscú le diré a Babushka que te lleve a hacer estudios; así sabremos si no te han contagiado de algo.

Ryder la ignoró, tomó su bata de baño y se encerró en la pequeña habitación. Mientras se duchaba, Honeymaren se debatió sobre si decirle que estaba en problemas o dejarlo disfrutar la noche.

Si le decía lo más probable era que se molestara con ella y la riñera, recalcándole su advertencia sobre un enfrentamiento con los Solberg. Algo le decía que se pondría del lado de Elsa por su mal actuar.

Si no se lo decía, él pasaría un buen rato con esas personas que, después de ver las más recientes fotografías en la cuenta de Instagram y las historias de Snap de su hermano, parecían aceptarlo. Cuando salió del baño, emocionado y presuroso, Honeymaren aún no decidía.

―¿Puedes entrar al baño y dejarme un momento aquí solo? ―pidió―, serán unos minutos en lo que me pongo la ropa interior y los pantalones.

Maren bufó, pero se levantó de la cama y caminó hacia el servicio.

―Ponte crema, le hace bien a tu piel de marino― aconsejó antes de trabar la puerta.

Se lo diría, pero ¿Cómo?

¿Cuál sería la mejor manera de empezar? Quizá con un «Fui tan estúpida que amenacé a Elsa frente a Roland y ella le dijo todo, ahora él está tras de mi» o mucho mejor «La familia Solberg quiere aplastarme desde que se enteraron que los difamé… ah, hice todo porque estaba celosa».

¿Y si Ryder se molestaba y atacaba a Hans? ¿Y si…?

―¡Ya sal! ―gritó su hermano desde la habitación. Honeymaren obedeció―. ¿Cuál camisa está mejor? ¿La azul o la gris? ―preguntó, mostrándole las prendas.

―La gris, definitivamente.

―Sí, eso pensé yo.

Honeymaren se tiró en la cama y trató de distraerse con su teléfono mientras el castaño terminaba de prepararse.

―Llegaré como las dos, no me esperes― comentó Ryder, poniéndose el cinturón

―No bebas demasiado, mañana es la maldita audiencia y debemos estar cuerdos.

―Lo estaré, lo prometo… ¿Colgaste mi abrigo?

―Sí, está en el armario.

Ryder abrió las puertas corredizas y sacó la prenda.

―Escucha, antes de irte quería decirte una cosa― empezó, dudosa.

―¿Sí? ¿Qué es?

―En realidad, es sobre Elsa.

Ryder negó con la cabeza repetidamente.

―Ay no, Mare; paso del tema.

―Todavía no sabes que es lo que te voy a decir…

―Es cierto, pero puedo imaginar que es la misma cháchara de siempre― Honeymaren trató de replicar, Ryder no se lo permitió―. Yo respeto tus decisiones, respeto tu insana relación con el príncipe de los Westergaard y tu amistad con Tanya; ahora te pido que respetes mi amistad con Elsa.

―Pero…

―Una buena charla, sí que sí― Ryder plantó un beso en su frente, tomó de la mesita las llaves del coche, su teléfono y la tarjeta de la habitación, y salió disparado hacia la puerta―. ¡Te veo en unas horas!

―Adiós― masculló, pero él ya no estaba.


Elsa.

Cuando llegó, Gerda, Bulda y Kai subían y bajaban con lo necesario para adornar la casa.

Floreros atiborrados de rosas blancas adornaban las estancias, un agradable aroma emanaba de la cocina y, desde el ventanal que atravesaba el jardín con un camino de graba, Elsa pudo apreciar una larga mesa en el invernadero.

―¿Desde cuándo el techo es de cristal? ―preguntó a su hermana, quien la miraba expectante.

―Desde hace un par de meses, papá dijo que así veríamos la nieve caer sin pasar frío.

―Son muchos lugares― la blonda frunció el ceño al contar las sillas de caoba―, creí que seríamos pocos.

―Mamá invitó a las tías Elinor y a la tía Arianna con el resto de la familia… pero solo ellos. No creo que se queden mucho tiempo.

―Si es así, supongo que está bien.

Anna asintió, la blonda se excusó para subir a prepararse al notar que faltaban un par de horas. Tomó su tiempo al ducharse, exfoliando su piel pálida con sus jabones aromatizados y dándose masaje en la cabeza al aplicarse el shampoo de coco.

Enredó su cuerpo desnudo y sonrosado en su bata favorita de baño, esperó a que estuviera seca para humectarse con sus cremas y buscó un juego de lencería nuevo que había traído desde Rusia. Aún podía recordar lo avergonzada que se sintió antes las miradas del encargado. Se embutió en una bata seca y se sentó frente al tocador para comenzar a maquillarse.

Jamás había gustado del maquillaje excesivo, por lo que simplemente cepilló sus cejas, se aplicó sombra, delineador de ojos, un poco de colorete en sus mejillas pálidas y lápiz labial.

Usó el secador para terminar de secar su cabello, lo rizó y dejó que cayera en ondas por su espalda. Finalmente sacó el vestido que usaría y se lo puso con cuidado, la tela azul estrellado terminaba difuminándose en plateado le resultaba hermosa, y el escote americano la hacía sentir fresca, cómoda.

Estaba calzándose los tacones plateados cuando Anna entró, ataviada en un vestido verde que combinaba con el color aguamarina de sus ojos.

―Qué bonita te ves― halagó la bermeja―. Soy la única ilegal en la familia.

―Mentira― contradijo la blonda―; todavía quedan Hamish, Hubert y Harris.

―Bueno, eso ya es un consuelo― aceptó Anna―. Pero venía a decirte que mamá solicita tu presencia, los invitados están llegando.

Elsa siguió a Anna escaleras abajo, sus padres— a los que no había visto en todo el día— la esperaban con una sonrisa y cajas de regalo en las manos.

―Feliz cumpleaños, nena hermosa― felicitó Agnarr al rodearla en un abrazo.

―Los dieciocho son de los mejores años― declaró Iduna cuando fue su turno―. Mi segundo bebé ahora es una niña grande.

―Mamá― fingió que se quejaba, recibió los regalos y se los pasó a Bulda para que los llevara a la mesa dispuesta para los regalos.

Roland y Genevieve le siguieron, el mayor señaló vanidosamente que sus regalos ya descansaban junto a los de Anya y Dimitri, quienes apartaron a su hermano y a su cuñada para abrazarla.

Gerda abrió la puerta y la familia de Merida entró, su prima la besó en la mejilla rápidamente antes de perderse en la cocina, Elinor comentó lo bella que se veía y la cuestionó sobre la existencia de algún chico— o chica— en Moscú, el tío Fergus salió en su defensa, alegando que la dejara en paz y le permitiera disfrutar el ambiente. Roland se encargó de conducirlos al comedor después que saludaran a los demás.

―La tía Arianna está llegando― le informó Anna en voz baja, un tono palidez se apoderó de su piel de un momento a otro―, y viene con una sorpresa desagradable.

―¿A qué te refieres…?

―¡¿Dónde está la chica del cumpleaños?!

Elsa se tensó al escuchar esa voz. Sintió la sangre congelarse en sus venas al vislumbrar a su abuela cruzar por la puerta de entrada, sostenida por Eugene.

Los acuosos ojos de su abuela se cruzaron con los suyos y la enjuta mujer le sonrió, Elsa estaba segura que era el mismo satán quien la miraba.

―Ven aquí niña, deja que tu abuela te de un abrazo― se movió después que su madre la pellizcara disimuladamente, besó a la mujer en la mejilla.

―Que gusto que estés aquí.

―Jamás me pierdo el cumpleaños más importante de ninguno de mis nietos― declaró, puso en su mano una pequeña caja de seda―. Toma, para ti… y esta tarjeta también.

―¿Deseas que lo abra ahora o…?

―¡No, no! ―exclamó la viejecita, escandalizada―, ábrelo después, no hay necesidad de ser vulgar.

La albina se apresuró a saludar a Punzie, el tío Frederick y al mismo Eugene para que pudieran llevarse a la abuela enseguida. Anya y Dimitri los acompañaron. Elsa sintió pena al imaginar que pronto sus amigos serían blanco de los comentarios sin sentido de Jo.

―¿Por qué no me dijiste que la abuela Jo vendría? ―susurró a su madre.

―¿De qué hablas? ―Iduna arqueó una ceja―, ella misma lo dijo: no se pierde el cumpleaños de la mayoría de edad de ninguno de sus nietos.

―Y si está en Noruega, ¿por qué no vino a cenar anoche? ―preguntó Anna.

―Pasó Noche vieja con Arianna― explicó―, Annie, ya sabes que tu abuela pasa más tiempo con ella porque no pudo tener más hijos.

―¿En serio? Y yo aquí pensando que siempre está con la familia de Punzie porque son todos alemanes, ahora veo que no tiene nada que ver con eso. Que tonta.

―¡Anna! ―siseó su madre.

―¿Qué?

―Agnarr, di algo.

―Claro, cielo― su padre miró a la aludida―. Anna, ¿Qué te eh dicho sobre hablar de esa manera de tu abuela?

―Que no lo haga frente a mamá― respondió, cabizbaja.

―¡¿Qué?!

―Cielo, tu mejor que nadie sabe que tu madre no es la abuela modelo― dijo Agnarr, conciliadoramente.

―Bueno, pero por lo menos ella no se pierde ningún evento importante… no se perdió la boda de Roy.

Iduna giró sobre sus talones y se alejó por el pasillo. Elsa suspiró.

―Vayan a disculparse con mamá, por favor― pidió con cansancio―; hoy no quiero dramas.

―Aún faltan invitados― dijo Anna, rápidamente.

―Ya me encargo yo, vayan.

―Como desees.

Agnarr depositó un beso en su coronilla y arrastró a Anna para que lo siguiera. No tuvo que esperar mucho para que el siguiente invitado llegara, y fue entonces que deseó retractarse por haberse quedado sola.

Los orbes de jade de Hans lucían impávidos, drenados de cualquier emoción.

―Pasa.

―Feliz…

―Ya me lo dijiste hace rato en el desayuno y también en la fiesta de Adam, puedes ahorrártelo.

―Como quieras― repuso, desdeñosamente―. ¿Dónde pongo el regalo?

Elsa inspeccionó la bolsa grande que llevaba en una mano enguantada.

―¿También trajiste regalo?

―Es lo que la gente educada hace, puedes aprender de mí.

―Yo creo que paso.

―Bueno, los modales no se aprenden de la noche a la mañana; ahora y si no te importa― se sacó el abrigo y se lo lanzó―, voy a unirme al resto de los invitados.

El bermejo no le permitió decir nada y se alejó rápidamente de ella. Elsa tensó la mandíbula y apretó el costoso abrigo con las manos, arrugándolo en el proceso. Lo colgó en el armario descuidadamente, molesta, en tanto despotricaba contra él.

El timbre sonó, interrumpiendo sus quejas. Ryder le sonrió tras la puerta.

―¿Qué pasó, tía? Tienes mala cara― comentó, abrazándola.

―Westergaard me pasó, ese hijo de puta trepador está aquí.

―Ay, esta noche promete.

Ryder se sacó el abrigo y lo guardó en el armario.

―¿Esperamos a alguien más?

―No, mi amiga Nieves está en París con su madre y mi otra amiga, Raya, ella también se marchó para las fiestas― explicó―. Así que solo quedamos nosotros.

―No lo alarguemos, entonces― le rodeó los hombros con un brazo y la guió.

―Ni siquiera sabes hacia dónde vamos ¿cierto?

―No, pero estoy esperando que me lo digas.

Elsa le indicó el camino.

―Antes de entrar ahí, quiero que sepas que mi abuela es una especie de nazi.

―No te preocupes…

―Ryder, escúchame― le cogió la cara con las manos―. Es alemana y fue criada por padres nazis, y tú eres ruso.

―En ese caso, que sea blanco me pone a salvo ¿cierto?

Elsa se lo pensó un poco.

―Y también tengo dinero.

―Sí, creo que sobrevivirás.

Ryder sonrió entró al invernadero.

Suspiró y lo siguió. Con su abuela ahí, Roland no haría ningún escándalo.


ACLARACIONES:

S dnem rozhdeniya suka: Feliz cumpleaños perra

Spasibo suki: Gracias, perras.

S dnom rozhdeniya snezhinka: Feliz cumpleaños, copo de nieve.

Pussycats: You know what that means.

Gópnik: es un estereotipo despectivo que describe una subcultura particular en Rusia, Ucrania, Bielorrusia y otras ex repúblicas soviéticas para referirse a hombres o mujeres jóvenes (generalmente menores de 35 años) de áreas suburbanas de clase baja provenientes de familias con poca educación y o ingresos.


HAPPY NEW YEAR Y'ALL!

Quería actualizar desde antes hehe, pero el tiempo se me fue entre la celebración y la cena. Espero que hayan concluido el año acompañados de sus familiares. Feliz año nuevo, les deseo salud y felicidad.

Un abrazo pequeñuelxs. Los quiere la tía Harry… ahora sí, a seguir el festejo hehe.


Entonces qué… ¿Review? ¿No? Ok.

Harry.