INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN
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LA REINA DEL NORTE
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CAPITULO 16
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Kagome era buena jinete. O al menos había tenido una buena educación sobre ello.
En los casi cinco años que pasó como reina consorte no tuvo muchas oportunidades de demostrar sus habilidades, así que, al subir sobre el caballo, se sintió un poco fuera de practica, pero una vez que lo hizo, todo fluyó.
Le daba nostalgia hacerlo. No sólo porque la rememoraba a sus años felices en el Bosque Negro, durante su niñez y temprana adolescencia, cuando le enseñaron a cabalgar a ella y su hermano.
Su padre había sido tan paciente con ambos.
Kagome no pudo evitar derramar lágrimas ante el recuerdo de su familia. Y más aún cuando iba más allá, y recordaba que sus hijos no tuvieron oportunidad de aprender a montar.
Una voz la quitó de su ensoñación.
—¿Pero será usted capaz de quitar esas espadas? —preguntó Bankotsu.
Comenzaron la cabalgata, bajando las montañas con cuidado. Según los planes de Bankotsu debían alcanzar el primer pueblo en pocas horas. Podrían quedarse a descansar en alguna posada, para luego proseguir viaje al puerto, buscar un barco y marchar al Oeste.
El mercenario prefería acampar, pero imaginaba que una dama como Kagome no soportaría el dormir en el suelo ni comer lo que él cazara.
Su pregunta sobre las espadas tenía un asidero. Cuando el hombre le cuestionó de cómo el Lord del Oeste podría tener certeza acerca de su identidad, ella zanjó aquello afirmando su habilidad mítica de coger las espadas de la Ultima Sangre.
Las espadas de los fundadores del Oriente. De estas espadas, dos se encastraban orgullosas en el legendario trono del Norte. Otra, de ubicación desconocida se encastró en las Montañas del Este. Pero nunca fue hallada. El tiempo y la naturaleza hicieron lo suyo. También se suponía que existía otra en las Serranías del Sur, pero corrió idéntica suerte que el arma de las tierras altas.
Las otras tres estaban clavadas en un nicho en una cueva del Oeste. Se decía que estaban bajo tierra luego de un último derrumbe, pero corría el rumor de que un curso de agua se desvió produciendo una inundación, dejándolas de nuevo al descubierto. Obviamente, nadie las podía sacar. Además, unas viejas espadas inutilizables para cualquier otro que no fuera una Antigua Sangre no tenían valor alguno.
Pero Kagome comprendía que esa sería la llave para mostrarle al Gran lord del Oeste sobre la veracidad de su identidad, para justificar su legítimo reclamo.
Pudieron conseguir mapas de la cueva. Y decidieron que sería su primer destino. Ella debía presentarse ante el señor del Oeste, portando, aunque sea una de esas armas.
Imaginaba que sería una aventura selvática, el solo hecho de intentar buscar estas espadas, pero Kagome no iba a dejarse vencer.
—Siempre pensé que eso de sacar espadas por tener una determinada sangre, era algo de lunáticos ¿es por eso que siempre se casan entre primos? —preguntó Bankotsu, guiando su caballo y mirando al frente.
Kagome se indignó, pero también entendía que alguien que no era una Antigua Sangre nunca comprendería de sus tradiciones.
—Desde pequeña me inculcaron su importancia ¿Quién soy yo para cuestionarla?
Bankotsu levantó una ceja.
—¿Qué las reinas no pueden hacer lo que les venga en gana?
—Las cosas no funcionan así —adujo ella —. No preguntéis si no está en vuestro animo entender. Además ¿Quién sois para tutearme?
Ese comentario divirtió a Bankotsu.
—Pues el hombre que evitará que te maten o violen cuando estemos en tierras bajas. Muy el Este será, pero también es peligroso. Aquí no se valen las ceremonias, además, recuerde nuestro trato.
Al recordar aquello, a Kagome se avergonzó.
Si pensaban sobrevivir y llegar al Puerto debían seguir varias directivas. En las Tierras Altas nadie los delataría, pero al bajar las cosas cambiaban, demasiados arribeños y extraños. Alguno podía reconocerla a ella y las monedas compraban fidelidad. También estaba el asunto de reconocerlo a él, aunque oficialmente no importaba, se suponía que él luchó durante la incursión bárbara para luego desaparecer. Lo imaginaban muerto tal vez. Si lo veían, era claro que querrían hacerle preguntas.
Por ello, acordaron hacerse pasar por matrimonio durante la travesía. Llamarían menos la atención y nadie cuestionaría porque viajaban solos.
Suikotsu les proporcionó dinero, y pociones medicinales.
Kagome sonreía de sólo recordar a aquel hombre tan gentil. Aunque también podía detestarla, como Bankotsu, pero el medico fue amable y paternal con ella.
Curando durante semanas sus heridas y velando su convalecencia.
Nunca la recriminó acerca de la muerte de su hijo.
La única vez que hablaron sobre aquello, el medico fue bastante tajante.
—Mi hijo está en el Valhalla, cumplió su destino. Y algún día, yo y su hermano también nos reuniremos con él. Ansío ese día. Pero mientras me encargaré de velar por el otro que aún me queda aquí.
Las sentidas palabras del padre de Hiten y Bankotsu emocionaron a Kagome, quien antes de marcharse, le dio un cálido abrazo a ese hombre de gran entereza.
—Su padre es un gran hombre. No sé vi vuelva a verlo, por ello quería que cuando usted regrese, le extienda mi eterno agradecimiento —comentó Kagome a Bankotsu, aunque al cabo de un rato, pareció ocurrírsele algo —.¿Y su madre?
Bankotsu no volteó para mirarla.
—Mi madre no es asunto suyo.
—Solo quería saber…
Bankotsu decidió parafrasear a la propia Kagome para desviar aquella pregunta.
—No pregunte si no está en su ánimo, el entender.
Kagome decidió no repetir la pregunta. Así como ella, poco antes, él le cerró la boca de forma magistral.
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La posada no tenía muchos clientes, afortunadamente. No hubo necesidad de cruzarse con nadie que pudiere preguntarles nada. Además, como buen clima esteño, comenzó a llover.
Bankotsu se aseguró de dejar a Kagome en la habitación de la posada, mientras él iba a negociar el recambio de caballos. Iba a tomarse su tiempo, porque imaginaba que la mujer iba a querer asearse y esas cosas.
Generalmente él no tenía ese tipo de escrúpulos, pero su padre había sido explícito en avisarle de las necesidades de las damas.
Sería una forma también de calmar los ánimos entre ambos. El viaje hasta ahora estuvo lleno de tensión, con el carácter altanero de ella y la animosidad de él.
Él no aprobaba lo que ella quería hacer. Conocía al Lord del Oeste y su terrible fama. El sujeto no dudaría en casarse con ella, para obtener el regalo que ella le ofrecía: el Norte.
Sin duda seria otro matrimonio difícil para ella. Le daba pena. Pero es lo que la mujer quería, para vengarse. Que fácil era decidir por la vida de otros, como ella planeaba hacer con todos los norteños.
Igual, se obligó a calmarse. No era su problema.
Decidió que quizá debía calmar algo los caldeados ánimos y decidió pedirle a la posadera que le llevaran la cena caliente arriba y lo que podría necesitar la joven para limpiarse.
Él tenía planeado dormir en el establo luego de cenar. Ya no era necesario ir a verla.
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Kagome agradeció a la mujer que le trajo unas toallas limpias, agua caliente y unas pastillas de jabón. Realmente los enseres eran bastantes pobres si comparaba con los utilitarios que usó durante toda su vida como princesa y en los últimos años como reina consorte.
Pero estaba bien. En las últimas semanas se había acostumbrado en la casa de Suikotsu a cosas simples y muy artesanales. La cálida hospitalidad de las Tierras Altas del Este.
Tenía que reconocer que fue agradable en medio de tanto horror.
Cuando acabó de limpiarse, buscó secarse y arreglarse un poco.
Bankotsu le había dicho que no volvería esa noche. Que pasaría la noche en la caballeriza, que regresaría en el alba para reiniciar su viaje.
Eso le dio cierta tranquilidad de que ese hombre no vendría a entrar de improviso, mientras ella estaba en paños menores.
Kagome aún no acababa de acostumbrarse a su compañía. En la cabaña de Suikotsu, compensaba la presencia de su padre, quien con su aire paternal suplía el pudor.
Pero era la primera vez que pasaba tanto tiempo con un hombre que no fuera su padre, hermano o su propio marido.
Todos muertos, por cierto.
Quizá dentro de no mucho, este Bankotsu también acabaría siguiéndolos a la tumba. Además, la odiaba y estaba seguro que sus medios para alcanzar la venganza contra quienes destruyeron a su familia le parecía una indignidad.
¿Pero qué otra tenía para ofrecer, salvo su cuerpo y sus derechos al trono norteño?
La educaron para servir a un esposo y cuidar niños. Nada más.
Su destino nunca estuvo configurado para algo más que eso. Las mujeres de la casa Higurashi, resplandecientes pelirrojas, madres de reyes no estaban hechas para nada más.
Cuando se puso el camisón, notó que las sabanas estaban sucias. Eso la irritó, podía ser una mujer en desgracia, pero por el dinero que se pagó por hospedaje esa noche no iba a dejar que le tomaran el pelo. Se puso la cofia, cogió las sabanas y salió.
La habitación estaba en la planta alta, así que salir se topó con las escaleras.
—¡Señora Murtag! —llamó
Pero se congeló cuando vio que el salón no estaba vacío.
Varios hombres compartían mesa y bebían. Por supuesto, su voz y su figura apenas cubierta por una cofia blanca llamó la atención de inmediato y varias miradas masculinas se fijaron en ella.
Kagome tragó saliva y regresó de inmediato a la habitación. Le aterró el modo libidinoso como la miraron algunos. La señora Murtag, la posadera pareció no haberla oído, pero a la joven no le importaba, prefería dormir sin sabanas, pero no volvería a arriesgarse de ese modo al colocarse en el foco de atención.
La puerta tenía un pestillo y Kagome se aseguró de bajarlo. Bankotsu le había aconsejado que no se dejase ver.
No porque sospecharan que ella fuera la fugitiva supuesta de la recompensa de Kikyo, sino porque era una mujer sola.
La joven apenas se dio el tiempo de morder algunos trozos de fruta y echarse bajo las mantas.
La habitación ni siquiera estaba lo suficientemente cálida, porque las brasas debían ser renovadas. Luego de lo ocurrido, no tenía ganas de salir a pedir ayuda a la ineficiente posadera.
Le sería difícil pegar un ojo y eso que necesitaba dormir, que mañana le esperaba una larga cabalgata como le anticipó Bankotsu. Se cubrió con la sucia manta y se acurrucó en la cama.
Unos minutos después, una duermevela se apoderó de ella y comenzó a dormitar de modo forzado, por el cansancio de su cuerpo. Hasta que sintió como si crujieran los escalones de la escalera. No debía asustarse, porque podrían ser otros huéspedes o la misma dueña de la posada.
Intentó volver a cerrar los ojos, y no sabía si era una pesadilla o la realidad.
Pero cuando la puerta se abrió violentamente, comprendió que no sólo eran ideas suyas.
Un hombre enorme, barbudo y que apestaba a alcohol estaba en el umbral.
Kagome se incorporó del susto e intentó mantener la compostura.
—Se ha equivocado de habitación, señor.
Pero el sujeto sonrió e hizo algo que Kagome casi vomitara allí mismo. Se movió las ropas y sacó su órgano viril para toquetearse frente a la joven, cargado de una mirada lujuriosa, le dio una patada a la puerta para que se cerrara.
Kagome intentó correr, pero no podía frente a un hombre de ese tamaño.
El sujeto le dio una bofetada y la obligó a ponerse boca abajo, mientras acariciaba su cuerpo. El hedor del violador era nauseabundo.
Kagome quería gritar con todas sus fuerzas, pero no podía. Además, otro asunto la había paralizado. La última vez que intentaron violarla fue la noche que masacraron a sus hijos.
Y le traía recuerdos aún más dolorosos que el propio abuso que estaba a punto de sufrir.
Cerró los ojos y dejó de pelear. No valía la pena.
De repente la puerta se abrió, y el cuerpo hediondo que la apretaba voló por los aires. Al verse liberada, Kagome se incorporó, y vio a Bankotsu que tenía al atacante atrapado por la pared, estrangulándolo con ambas manos.
—¡Escoria!
Kagome estaba demasiado asustada como para intervenir, y finalmente Bankotsu soltó al sujeto. Si lo mataba, iban a llamar la atención. Así que decidió usar la estratagema que tenía con Kagome.
—¡¿Cómo te atreves a venir a buscar a mi esposa?!
Aquello pareció funcionar, porque el sujeto pareció relajarse y dejó de resistirse.
Finalmente volteó hacia Kagome y le hizo una reverencia corta con la cabeza. Tenía los ojos asustados y también masculló unas palabras en gaélico.
—Duilich, cha robh fios agam gur e do bhean a bh 'ann
Murmuró aquello y salió rápidamente. Bankotsu se quedó viéndolo ir.
Finalmente, Kagome se acercó.
—¿Qué fue lo que te dijo?
—Pedía perdón, que no sabía que eras mi esposa —tradujo él, guardando un puñal entre sus prendas y luego la miró a ella —. ¿Qué no te dije que no te mostraras?, los hombres de aquí toman a las mujeres solas como meretrices, era natural que este sujeto viniera en búsqueda de algo de compañía. Pero tienen respeto y deferencia por las mujeres de otros esteños, por eso se disculpó. Fue mala idea que te quedaras aquí, sabía que harías alguna tontería.
Kagome meneó la cabeza.
—¿No se supone que os quedaríais en los establos? ¿Cómo supisteis que debíais venir?
—La posadera fue a alertarme, creía que tuvimos alguna pelea y por eso me marché a las caballerizas y fue allí que fue a decirme que un hombre vino a irrumpir aquí ¡no sabía que te molestaría la atención!
Kagome se sentó sobre la cama.
—Esto es vuestra culpa. Jurasteis protegerme —inquirió la mujer, mirando al suelo. Aun tenia adolorida la espalda de haber sido presionado por el atacante.
Eso sí causó la indignación de Bankotsu.
—¿Mi culpa? ¿habéis enloquecido, mujer? Tu saliste a menear el trasero cuando dije que te quedaras aquí. Si bien, dijimos de fingir que somos un matrimonio, sólo a los efectos de justificar el viaje, pero eso no implicaba que durmiera aquí dentro —arremetió Bankotsu —. Vuestro futuro esposo no tomará en gracia el saber que he dormido contigo en esta habitación. Una cosa es simular algo para conseguir un camino seguro y otra que arruine tu reputación.
Kagome quiso poder gritarle algo, pero los golpes en la espalda la molestaban.
No tanto por lo físico, sino porque ello era un recordatorio de la aquella horrible invasión en el Norte, cuando estaba tan indefensa y donde perecieron sus hijos.
No pudo evitar echarse a llorar.
Volvía a tener esa sensación inerme y endeble. De ni siquiera poder cuidarse a sí misma.
El llanto de la mujer hizo que Bankotsu parara sus reproches.
Habia subido, furioso al saber del ataque a Kagome. Y se puso aún más airado ante el porte altivo de ella con su reclamo de que debía estar ahí para protegerla. Como un recordatorio de su promesa.
Claro que no lo olvidaba. Pensaba cumplirlo hasta que ella acabara de venderse al Lord del Oeste. Tampoco iba a quedarse a mirar.
Pero verla llorar nuevamente allí lo descolocó.
La vio sufrir antes, en su estadía en las montañas en casa de su padre. E incluso cuando llegó al límite al pedir ser asesinada, como forma de acabar con su tormento.
Pero siempre la había visto como una dama privilegiada. Alguien a quien le quitaron los dulces y que no parecía tener remordimientos por las personas que perdieron su vida, defendiéndola, como Hiten.
Pero ahora no podía verla así.
Verla acurrucada, sollozando, le hacía comprender cuan frágil, vulnerable, delicada e indefensa era ella en realidad.
Bajo esa capa de vanidad y elación.
Sólo era una mujer que sufría.
Bankotsu no pudo evitar acercarla y abrazarla, para contenerla. No era correcto, bajo ninguna luz, pero él no era ningún insensible.
Y en estos momentos sentía que debía confortarla.
Quizá la calidez de sus brazos le dieron algo de ánimo y consuelo en estas horas oscuras.
Fue la primera vez que Bankotsu empezó a verla de un modo diferente a la de una matrona aristócrata.
Sino como una mujer, con los mismos dolores que cualquier otra muchacha común. Sólo que Kagome estaba atravesando un horrible trauma.
La joven se dejó abrazar, porque en realidad necesitaba ese abrazo de consuelo. Aunque fuera de un hombre que parecía no tolerarla.
Esa noche, Bankotsu durmió tras la puerta de la habitación, para custodiarla.
Parecía que se hubiera instalado un trato silencioso entre ambos.
Por primera vez, empezaron a verse de modo más tolerable y hasta amistoso.
Ella durmió más tranquila esa noche.
Él también.
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—Tengo que contarle algo —musitó Bankotsu.
Hacia unas horas habían reiniciado su viaje, cabalgando uno al lado de otro. Salieron al alba y llevaban recorrido buen camino, aunque lo hicieron en silencio. De algún modo, ambos estaban aún perturbados por los acontecimientos de la noche anterior.
Kagome asintió.
—Supongo que no es agradable, por eso me advierte ¿verdad?
—Su hermano, el príncipe del Bosque Negro coludió en el complot para matar a su marido —reveló Bankotsu y ante la mirada atónita de ella agregó —. Cuando recorría buscando información sobre lo ocurrido en el Norte, en mi afán por buscar justicia por Hiten, no sólo obtuve datos valiosos que ya le hemos contado mi padre y yo. Cuando fui al Bosque Negro, uno de los guardias me reveló que el príncipe ignoró los pedidos de ayuda del rey Inuyasha al Peñasco del Este y le denegó atención médica, cuando la comitiva del rey norteño llegó al Bosque. Lo dejó morir.
El mercenario procuraba modular la voz, para hacer la revelación menos traumática.
Pero ella debía saberlo. Siempre hablaba de su hermano y de su padre, que fueron los hombres de su vida. Imaginaba que eso acrecentaría su congoja por la traición filial, pero no quería engañar a la joven, adornando con rosas la realidad de las acciones del otrora príncipe del Bosque Negro.
Kagome movió su vista al frente.
—Su obsesión por Kikyo acabó siendo su perdición —aseveró la joven, como si pudiere ver tras la revelación de Bankotsu.
Kagome conocía del insano amor que su hermano le tuvo a su media hermana. Nunca esperó que aquello lo llevara a la traición.
Pero a pesar de todo, Kagome estaba segura de que la locura de su hermano sólo lo llevó a ayudar a matar a Inuyasha. No lo veía como directo responsable de la muerte de sus sobrinos. Era obvio que Sota también fue engañado por los otros autores intelectuales de la conjura que destruyó a las casas de Taisho e Higurashi.
Aunque nadie lo supiera, la casa Higurashi aún seguía viva, con ella.
Y con lo que planeaba hacer, lo de arrodillarse ante el Lord del Oeste, entregándose como esposa a éste y con ello, los derechos al Trono norteño, también la casa Higurashi desaparecería, porque prevalecería el linaje del señor del Oeste.
Bankotsu ya no volvió a hacer comentarios al respecto. Aunque se mordió la lengua de las ganas de mencionar que la tal Kikyo también fue la perdición de Inuyasha.
—Más adelante, haremos un campamento. No me quisiera volver a arriesgar en otra posada. Somos demasiado vistosos, un hombre de mi tamaño junto a una mujer hermosa, somos muy difíciles de obviar ¿no crees?
Kagome no pudo evitar sonrojarse ante la certera afirmación de su belleza. No esperaba aquello.
Era más que un piropo, era una aseveración de realidad.
Y él hizo la mención de forma natural y no forzada. Sin ánimo de hacerla sentir incomoda.
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Kagome ayudaba con la fogata, que era la único que sí sabía hacer, porque su padre le había mostrado, mientras Bankotsu preparaba el campamento. En realidad, una tienda para ella, porque él dormiría afuera de guardia.
Luego desapareció unos minutos y apareció con dos truchas.
Él parecía feliz y satisfecho con su pesca y le tendió la mano con su tesoro a la joven, quien lo observó no entendiendo.
Era evidente que no sabía limpiarlos y menos cocinarlos.
Bankotsu meneó la cabeza. Tendría que hacerlo él. ¿Es que la reinas no eran educadas para cocinar?
Si no conocía de limpiar y preparar un pescado, imaginaba que amasar y hornear pan sería una utopía para ella. Alguien debería darle lecciones.
Hasta las muchachas más encumbradas de los clanes del Este aprendían a realizar labores básicas. Parece que el Norte no copiaba aquellos modales.
No tuvo más remedio que hacerlo él.
Al cabo de una hora, estuvo listo.
Con el calor de la fogata, el leve aire frio nocturno y el delicioso aroma de la cena, se había establecido un ambiente agradable y ameno. Kagome recibió la comida con fruición. Estaba hambrienta, pero tenía que reconocer que esa trucha era más deliciosa que cualquier otro platillo salido de las cocinas reales.
Bankotsu vigilaba la cocción, pero veía de reojo el modo que ella devoraba el refrigerio.
—Hubiera sido mala idea si viniera sola a esta aventura. No sabe cocinar, por tanto, no hubiera sobrevivido mucho.
Kagome engulló otro poco del manjar y asintió.
—Encuentro notable que los hombres de los clanes del Este sepan tanto de cocina. Los norteños no son así.
—Es instinto de supervivencia. Cualquier montañés del Este sabe cocinar, lavar y coser su propia ropa. En la cabaña de mi padre, él mismo se encarga de todo, que allí no viven mujeres —aseveró Bankotsu, concentrado en su trabajo.
Kagome decidió que era su oportunidad de saber algo más de la madre de Bankotsu. Le daba curiosidad que no fuera mencionada porque el joven mercenario sí hablaba bastante de su hermano y de su padre.
—¿Tu madre les enseñó? —se atrevió a esgrimir.
Kagome pudo percibir que los ojos se Bankotsu adquirieron un brillo especial. Era evidente que no deseaba explayarse con ese tema. Lo consideraba íntimo, como para compartirlo con ella.
Pero Kagome dedujo de ese fulgor ocular de que el joven sí que amaba a su progenitora. Si tuviera algún tipo de trauma con ella, se verían a través de sus ojos y no era el caso.
Quizá estaba muerta y Bankotsu prefería salvaguardar aquel recuerdo por considerarlo personal. Kagome se arrepintió de haber preguntado.
—En realidad fue mi padre quien nos enseñó esos trucos de supervivencia. No fue mi madre.
Kagome se sintió aliviada de que él no atacara la pregunta de ella.
Era un avance al menos.
La joven se levantó y se arrodilló junto al lago, para lavarse las manos.
Mientras lo hacía y estando a espaldas del joven, manifestó: —.Quiero pedirle disculpas.
Él se encogió de hombros.
—¿A qué viene eso?
—En realidad es algo que le debo. Por todo esto, por arrastrarlo a mi venganza, usando el juramento hecho a su hermano.
Bankotsu no esperaba aquella declaración.
—Siempre cumplo mis promesas, aunque no me gusten.
—Lo único que me motiva en estos momentos, es saber que podré vengarme. Ya sé que, usando un método horrible, pero fuera de mi venganza ¿Qué tengo? ¡Nada!, sólo mis derechos dinásticos y mi deseo de desquite. Ni siquiera puedo cuidarme sola.
Bankotsu la oyó atentamente.
—¿Por qué desea tanto esa venganza?
Kagome se levantó y caminó hacia él. Esa pregunta estaba demás.
—Por supuesto que por mis hijos. Aun ahora puedo sentir su dolor y es lo único que me motiva.
Bankotsu sacó las ultimas truchas del fuego y los colocó en un recipiente.
—Mi hermano y yo, cuando éramos unos adolescentes tuvimos una experiencia con una Vidente. Creo que fue en una cacería o algo donde la encontramos —recordó Bankotsu —. Hiten estaba por tomar las espuelas y marchar al Norte. La Vidente le vaticinó a él que un día moriría con honor y que la misma noche de su muerte, estaría en el Valhalla —Bankotsu no pudo evitar la emoción al recordar aquello para luego mirar a Kagome —. Pues se ha efectuado, él cumplió con su deber, aunque a mí me ha costado entenderlo. La he odiado porque la consideré la causante de la muerte de mi hermano y busqué vengarme, por eso inicié esa carrera frenética donde obtuve muchas respuestas, a base de sangre. Pero eso no ha hecho que mi hermano vuelva.
Kagome estaba conmocionada por la revelación tan sincera.
—¿Y qué le vaticinó a usted la Vidente?
Bankotsu sonrió irónicamente.
—Para ser sincero, al día de hoy no lo entiendo.
Kagome decidió no insistir. Bankotsu le estaba revelando mucho y temía que en algún momento su frágil paz se viera rota por recuerdos tristes o prejuicios.
—Quizá si me lo cuenta, yo podría ayudarle. He tenido buenos tutores, entiendo de señales y de metáforas —replicó la joven mujer
Él hizo un gesto de desaprobación.
—Ahora mismo no es algo que me quite el sueño —estipuló Bankotsu y luego señalándole la tienda a Kagome, agregó —. Mejor vaya a descansar, que mañana tendremos un día bastante largo. Sólo nos queda un par de pueblos, antes de llegar al Puerto.
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Luego del desayuno que consistió en carne seca y en pan cocido en estacas, que fue una agradable sorpresa para Kagome, ambos reiniciaron su viaje.
Bankotsu se aseguró que los caballos comieran y bebieran. Incluso le dio a ella espacio para que se refrescara en el lago.
Podría decirse que la relación entre ambos compañeros era totalmente armónica y Kagome lo agradecía. Además, aún estaba sorprendida por las cualidades culinarias del mercenario.
El pan asado fue una delicia.
Luego de haber cabalgado por casi una hora en silencio, Kagome decidió hablarle.
—Pensé que cuando decía que los montañeses sabían cocinar, sin excepción, era una falacia suya. En mi tierra, los hombres no cocinan.
Bankotsu bufó.
—Por eso viven menos tiempo y necesitan tantos criados. Sobrevivir es una regla que deberían aprender.
Bankotsu mantenía la vista al frente, vigilante y atento. Estaba más callado que de costumbre, porque sentía que algo no andaba bien.
Al menos, la ex reina consorte parecía haber recobrado más ánimo y no estaba rezongona como él esperaba.
Finalmente, cuando llegaron a una zona tupida del bosque, Bankotsu llevó su mano hacia el cinturón, donde tenía la daga. También preparó sus sentidos en caso que debiera sacar su alabarda.
A su vez, mentalmente recorría la mirada, pensado en algún recoveco en donde su protegida pudiera ocultarse.
Como guerrero experimentado, siempre supo cómo defenderse, pero ahora no estaba solo, y había jurado proteger a esta mujer. Al menos se aseguraría de entregarla a destino en buenas condiciones. Finalmente, los ruidos de los cascos de tres caballos hicieron que levitara la mirada.
Se acercaban jinetes y con ello, los reflejos del mercenario. Finalmente, Bankotsu reconoció a los sujetos que se acercaban. Sus ropas oscuras y sus largas lanzas los hacían fácilmente reconocibles.
Eran los primos Mctavish, tres forajidos reconocidos del Este, que eran mercenarios, y con quienes Bankotsu compartió alguna que otra cacería. Pero no estaba en buenos términos con ellos.
Estos tres sujetos eran tramposos y arteros. Bankotsu no confiaba en ellos, así que le hizo una seña a Kagome de que se mantuviera callada y no hablara. Que no notaran su acento norteño.
—Pero si es el gran Bankotsu MacFarlane, paseando por los bosques de Stirl —lo saludó el que parecía ser el líder de los Mctavish y luego reparando en Kagome, agregó —. Y con una mujer.
—Te estas volviendo blando, MacFarlane, si traes mujeres de paseo por el Bosque y además ¿de dónde sacasteis a una tan bonita? —asestó otro, recorriendo una mirada lujuriosa en la muchacha.
—Eso no os incumbe —respondió Bankotsu—. Mejor decidme que hacen hombres como ustedes de paseo por el Bosque ¿se os perdió algo?
El que parecía el líder hizo una mueca.
—Eres mercenario como nosotros, no te daremos tantas pistas, pero imagino que ya sabes que la nueva reina del Norte ha establecido recompensas altas por atrapar a una mujer de pelo rojo, una impostora o algo así. Mucho oro es lo ofrecido, por supuesto que cazaré esa presa.
Bankotsu entendió que los tres estaban en plena cacería. No tenían particular interés en lo que fuera la mujer, sino que tuviera la característica del cabello rojo. Un rasgo muy único y que no se veía, salvo dentro de la familia real norteña
Bankotsu decidió ironizar un poco, en parte para que los tres pasaran de largo.
—¿Tres hombres para una muchacha?, es bastante esfuerzo ¿no?
—Diez mil piezas de oro lo valen. Cualquier mujer de pelo rojo sirve —contestó uno de los Mctavish y luego volvió a mirar a Kagome—. ¿Y esta mujer? ¿es tuya?
—Es una furcia que me encontré por allí —mintió Bankotsu
El mayor de los Mctavish literalmente devoró con los ojos a Kagome, quien bajó la mirada. A pesar de que Inuyasha no la exhibiera tanto, quizá en alguna memoria pudiera perdurar la imagen de su rostro y el hombre podría reconocerla.
Pero finalmente dejó de rodear el caballo de la muchacha, para volver a dirigirse a Bankotsu.
—¿Dónde vas ahora?
—De camino a los pueblos bajos. Quizá atrape alguna presa en el Puerto —volvió a mentir Bankotsu
—Acabamos de estar allá. Ni siquiera hay buenas prostitutas —proclamó un Mctavish, aunque luego volvió a mirar a Kagome—. Aunque creo que tu no necesitas contratar a otra, teniendo a ésta a tu disposición.
Finalmente, luego de proferir burlas en gaélico, decidieron irse. Sólo el líder de los Mctavish ralentizó su ida, no dejando de observar a Kagome.
Bankotsu iba a suspirar aliviado, pero un grito hizo que llevara su mano a donde estaba su alabarda.
—¡La mujer! Tiene reflejos rojizos ¡podría servir!
Bankotsu giró y notó que el brillo del sol se perdía en los cabellos teñidos de Kagome, haciendo que transcendieran débiles mechas de color cobrizo. Poco pero inusual. Pero suficiente para llamar la atención de esos cerdos.
—Esa puta podría valer diez mil piezas de oro.
Pero Bankotsu ni siquiera les dio tiempo de acercarse, porque giró raudamente su caballo, luego de hacer un gesto a Kagome para que se ocultara tras los árboles.
El mercenario arrojó sus dos afiladas cuchillas hacia los dos Mctavish que le venían a la carga. El objetivo no era matarlos sino cortar en dos sus armas más letales: las largas lanzas. Luego de eso, bajó de su caballo, para asestarles un golpe a ambos con su alabarda, que los hizo caer al suelo.
Mientras eso, el otro hombre que quedaba, venia para lancearlo por atrás, pero Bankotsu tomó otra daga que tenía en la bota y lo arrojó a las herraduras de la yegua de Mctavish, quien cayó estrepitosamente al suelo.
Bankotsu aprovechó para golpearlo en la cabeza.
Y cuando los otros dos intentaron moverse les devolvió la misma gentileza.
Sólo quedó Bankotsu en pie sosteniendo su alabarda y los cuatro caballos. Los tres jinetes lucían inconscientes sobre el forraje.
Kagome arreó su caballo y salió de su escondite. Todo ocurrió tan rápido que no lo tenía tan claro.
Y además tuvo oportunidad de ver el modo de pelear de Bankotsu. Era impresionante como era capaz de pelear con ambas manos. Kagome solo había visto a otro hombre, usar ambas extremidades superiores a la vez: Hiten.
—No los mataré, pero los ataré por los árboles. Liberaré a los caballos, así que al despertar no tendrán como seguirnos si lo hacen —anunció Bankotsu—. Tu cabello tiene reflejos rojos.
Kagome se tocó la cabeza. y se sentía estúpida. Suikotsu le había advertido que debía remojar su pelo con la poción cada tres semanas o volvería a perder color
—Lo siento —murmuró ella
Bankotsu meneó la cabeza.
—No hay tiempo para lamer las heridas. Nos marcharemos en cuanto acabe de asegurar a estos hombres.
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—¿Puedo hacerle una pregunta? —inquirió Kagome, quien había estado en silencio durante varias horas, durante la rápida cabalgata
—¿Otra? ¿Qué nunca las deja de hacer?
—¿Cómo aprendieron a pelear así? —interrogó la joven y al ver la mirada extrañada de él, agregó—. Hiten, su hermano también era capaz de pelear a dos manos. Lo vi varias veces cuando enseñaba a los soldados. Nadie podía hacerlo, pero ahora veo que usted también.
Bankotsu permaneció callado, con su mirada azul cielo al frente.
—¿Fue su padre?
El mercenario negó con la cabeza.
—No fue mi padre.
—¿Entonces quién? —volvió a insistir Kagome, aduciendo curiosidad natural. Habia muchos aspectos que le llamaban la atención de Bankotsu, y deseaba saber tantas cosas, pero él no le daba mucho pie para las preguntas.
—Usted no vivirá mucho. Esa curiosidad no la llevará a buen puerto —articuló él con su característica verba grosera—. Pero si tanto quiere saber, no fue mi padre quien nos enseñó a mi hermano y a mí. Claro, él también sabe pelear, pero no creo que pueda tener idénticas habilidades.
Kagome pareció satisfecha con la respuesta.
Pero a pesar de que Bankotsu ya había rechazado o eludido seguir hablando sobre él, a Kagome no dejaba de asediarle el curioseo sobre la persona de aquel hombre.
Viéndolo marchar, erguido y seguro sobre el caballo.
Fuerte, alto y poderoso con sus armas. También grosero y sardónico. Con una dudosa profesión a cuestas, porque el ser un mercenario no era una actividad precisamente venerable, pero que sin embargo se desvivía por cumplir la promesa hecha a su hermano.
Que tomaba las deudas de honor con seriedad y lealtad.
Kagome había dibujado un mapa mental psicológico de su persona. De tanto cabalgar a su lado, pudo formar una figura sobre Bankotsu MacFarlane.
Era obvio que la principal debilidad y única de este hombre era su familia. Su lealtad y honorabilidad por ella.
No conseguía crear otros lazos fuera de ella.
Ambos hermanos eran idénticos en cuanto al concepto de orgullo, dignidad y honor. Al no hallarlo en el Este, Hiten marchó al Norte a buscarlo, en busca de su deseo de servir con toda su lealtad y devoción a alguien. Y dio su vida en aquella noble empresa.
Bankotsu, en cambio prefirió la vida más sencilla fungiendo de caza recompensas, negándose a marchar del Este. Amaba las Tierras Altas con toda la fuerza y orgullo de un montañés.
Podía ser soez e irreverente, pero en absoluto era mala persona. Sólo que decidió quedarse en su tierra y vivir de sus habilidades.
Bajo esa luz, Kagome empezó a ver al rudo montañés de otro modo.
Ya había hecho las paces entre sí, pero sólo ahora Kagome sentía que ese hombre merecía su respeto.
CONTINUARÁ
Perdón hermanas por tanta demora, es que tuve un parón necesario.
Este capi que parece aburrido para algunos era necesario para entender más a Bankotsu y su fuerte sentido del honor. Creia necesario explicarlo, porque es usual pensar que los mercenarios no tienen lealtades.
En el caso de Bankotsu es su familia. Además debía repararse la relación con Kagome. Parece que ambos ya pueden verse con más respeto que antes.
En el sigte capitulo aparecerá el ultimo personaje importante de este fic. De hecho, muy importante.
Esas profecías de la Vidente, seguiremos sabiendo de ellas. Lo que le dijo a Bankotsu es bastante interesante.
Disculpas por los errores de tipeo y ortógraficos.
Mis besos a mis FRAN GARRIDO, KARLA YUMAIKA, JOH CHAN, AR TENDO, Y MI BIENVENIDA A NUESTRAS ISADI Y MAFER073
El capitulo 17 ya está en marcha y saldrá alguien que me encanta ¿Quién creen que será?
BESOS
PAOLA.
