N/A: Muy rápido, que qeuría subir el capítulo antes de irme de viaje. ¡1000 millones de gracias a todas las que seguís la historia!

Agradecimientos a reviews sin cuenta: Gracias a Carina,Majo, Wendy, Guest y Belén. ¡Me hace muchísima ilusión leeros!

Sin más, os dejo el capítulo. Espero que os guste.

PD. Espero que las que estáis en tierra de huracanes estéis a salvo. ¡Cuidaos mucho!


Lo que esconde tu interior


XI

Draco despertó con un cuerpo cálido pegado al suyo. Un cuerpo de mujer, a juzgar por los pechos que se apretujaban contra su espalda. Aún somnoliento, se giró un poco y entonces la vio.

Granger, desnuda en su cama, el pelo desparramado sobre la almohada, su pecho subiendo y bajando rítmicamente, al compás de su pesada respiración. Ella murmuró algo entre sueños; su boca dibujaba una sonrisa serena, relajada.

–Draco… –y sonó como un gemido, un suspiro necesitado.

Draco la rozó el hombro desnudo con los labios y resiguió un camino de besos hasta su clavícula, su esternón, bajando por su vientre. Alzó un momento la mirada y sus ojos se encontraron con los de Granger, aún entrecerrados por el sueño; ella sonrió y Draco se relamió, enarcó una ceja y lanzándole una sonrisita de suficiencia, se deshizo de la sábana sin mayores contemplaciones y la lanzó a un rincón de la habitación.

Fue entonces cuando Draco la tuvo frente a él: completamente expuesta y rendida a él, toda entera para él. Sin pararse a pensar ni un solo segundo más, se abalanzó sobre ella, se hundió en su aroma, se intoxicó con su sabor. Mientras, Granger se retorcía bajo su boca, se aferraba a sus cabellos rubios, gimoteaba su nombre una y otra vez hasta que al fin, todo estalló en un fogonazo de luz.

Draco despertó sobresaltado; tenía la respiración agitada, el corazón palpitando a mil por hora. Pese a que sólo había sido un sueño, aun podía paladear el orgasmo de Granger en su lengua.

Mierda.

Sentía el cuerpo pesado, sobrecalentado; las sábanas estaban empapadas en sudor, una dolorosa erección le impedía pensar con claridad. Se levantó de la cama, aún algo mareado, sobrepasado por las sensaciones y tambaleándose, logró llegar a la puerta del baño. En el último momento cambió de opinión: estaba seguro de que ni siquiera una buena ducha de agua fría lograría apaciguarlo del todo.

Granger.

Era al mismo tiempo su mejor sueño húmedo y su peor pesadilla.

A trompicones, Draco se las arregló para ponerse los pantalones del pijama y una camiseta y salió de su habitación; comenzó a vagar por el pasillo y sin saber cómo, sus pasos le condujeron a la habitación prohibida.

No vuelvas ahí

Pero Draco llevaba desde los quince años sin hacer caso a la voz de la razón y no tenía intención alguna de empezar ahora.

Sin querer darle más vueltas, entró en la estancia y fue directo a las estanterías cargadas de frascos de cristal. Paseó la mirada por los distintos viales hasta que se topó con uno que captó toda su atención. Un recuerdo que hacía demasiado tiempo que no rememoraba.

Sostuvo el vial unos segundos entre sus dedos, jugueteando con la idea, sopesándola con recelo para terminar dejándose arrastrar por la tentación. El líquido, denso y plateado, se vertió lentamente en la pila de piedra y Draco sumergió la cabeza, como un viajero se sumerge en las aguas de un oasis en mitad del desierto.

Su presencia incorpórea apareció en el estrecho pasillo del Expreso de Hogwarts. A su alrededor, varios niños se apretujaban tratando de encontrar un compartimento. Un pequeño Draco de once años, escoltado por Crabbe y Goyle, se las ingenió para pasar entre la multitud y conseguir colarse en uno de los pocos cubículos que quedaban libres.

El Draco adulto sonrió al ver a su versión infantil; pese a que intentaba aparentar la atrevida arrogancia propia de todo Malfoy, recordaba como por dentro, aquel niño de primer curso estaba hecho un manojo de nervios. Bajo la fachada de seguridad, temblaba al pensar que ocurriría si aquella noche el Sombrero Seleccionador lo enviaba a una casa que no fuera Slytherin: la decepción que sufriría su padre, el disgusto con el que miraría a partir de entonces a su primogénito.

Mientras Crabbe y Goyle no paraban de discutir entre gruñidos sobre tal o cual jugador de quidditch, el pequeño Draco miraba por la ventana, absorto en el paisaje, hasta que una vocecilla algo chillona lo sacó de sus cavilaciones.

–¿Habéis visto un sapo? Un niño llamado Neville ha perdido su mascota y no lo encontramos por ninguna parte.

Draco desvió la mirada hacia la dueña de la vocecilla. Por la puerta del compartimento se asomaba una niña vestida con una túnica que le quedaba algo grande. Tenía una cara simpática, con unos ojos vivaces y una nariz pequeña y respingona cubierta de pecas, sin embargo, lo que verdaderamente acaparó la atención de Draco fue su pelo: una voluminosa maraña de cabello encrespado rodeando su cabeza, semejante a las ramas de un arbusto; la cara de la niña resultaba ridículamente pequeña en medio de tanto pelo.

La vista de Draco recorrió a la recién llegada de arriba abajo: sintió una chispa de interés cuando comprobó que bajo su brazo derecho portaba un ejemplar de Hogwarts: una historia; desde que era muy pequeño, aquél era uno de sus libros favoritos.

–¿Lo has leído? –el pequeño Draco fue incapaz de reprimir su curiosidad.

La niña concentró en él toda su atención; una chispa de emoción brillaba en sus ojos marrones.

–¡Pues claro! ¡Varias veces! –entró decidida en el compartimento y se situó frente a Draco, Neville y su sapo completamente olvidados–. Pensé que sería interesante saber qué podía esperar según en qué casa me ponga el sombrero.

Draco estaba estupefacto: no concebía la idea de estar en una casa que no fuera Slytherin.

–¿Y en qué casa te gustaría que te pusiera?

La niña replicó sin dudarlo un solo instante:

–¡Ravenclaw! ¡Es la casa del conocimiento y las mentes curiosas! –se mordió el labio, sin saber si debía seguir hablando–. Mi padre dice que soy demasiado curiosa para mi propio bien.

El Draco adulto sonrió a la visión de su recuerdo: había algunas cosas que, por muchos años que pasaran, jamás cambiarían. Mientras tanto, su pequeña versión extendía la mano hacia la niña:

–Soy Draco Malfoy.

–Hermione. Hermione Granger.

La pequeña Hermione alargó su mano hacia la de Draco y la estrechó sin pensárselo. Ambos sonrieron. Años más tarde, él cómo aquel leve contacto le produjo un extraño cosquilleo que nunca en su vida había vuelto a sentir. El momento se rompió cuando un regordete Neville tironeó de la túnica de Hermione:

–¡Vamos! ¡Casi hemos llegado a Hogwarts y aún no hemos encontrado a Trevor!

Jodido Longbottom aguafiestas. Diez años después, Draco seguía molesto por la inoportuna interrupción.

Hermione se volvió hacia Neville y se despidió de Draco con un gesto apresurado.

–Bueno, pues ya nos veremos por ahí.

Cuando las puertas del compartimento se cerraron tras ella, el pequeño Draco pensó que tal vez ir a Ravenclaw no sería tan mala idea después de todo.

La imagen perdió entonces nitidez. Draco emergió del pensadero al presente y no pudo evitar aspirar una bocanada de aire con los ojos aún cerrados. Se quedó quieto unos momentos, sentado en el suelo; su mente aún seguía procesando el recuerdo.

Draco recordaba haberse sentido muy contrariado cuando finalmente Hermione fue enviada a Gryffindor; si ella hubiera sido una ravenclaw, tal vez no hubiera sido tan inapropiado que fueran amigos, pero siendo una leona y él una serpiente, nadie de su casa aprobaría su amistad, lo tratarían como a un apestado y era muy probable que su padre también se disgustara si supiera que se relacionaba con alguien de la casa rival. Durante aquel trimestre, Draco escribió líneas y líneas sobre Hermione en las cartas a su madre: no sólo compartían gustos –a menudo Draco la veía en la biblioteca leyendo sus libros favoritos– sino que además, era muy inteligente y en las clases siempre encontraba algo interesante que aportar. Algo que no acertaba a comprender por aquel entonces era que Granger siempre estaba sola: ya fuera bajo un árbol junto al lago o en unas escaleras en los jardines, siempre estada enfrascada en sus asuntos –leyendo o repasando apuntes–, pero jamás se la veía con ningún niño de su edad. Draco quería ser su amigo; no obstante, no estaba muy habituado a tratar con niñas y no sabía muy bien cómo aproximarse a ella, por lo que recurrió a su madre. «Sé amable» aconsejó Narcissa, pero siempre que Draco se encontraba a Granger en un pasillo, sentía un nudo en la garganta, un vuelco en el estómago y era incapaz de musitar siquiera un «Hola».

Aquellas navidades, a Draco se le escapó mencionar a Hermione en una cena familiar. Lucius frunció el ceño algo confuso: dentro de su círculo no conocía a nadie que se apellidara Granger y entonces fue cuando Draco, mirando fijamente a su plato y en voz muy bajita, comentó que era muy improbable que los conociera, dado que los padres de Hermione eran muggles. Lucius simplemente lo miró con un brillo peligroso y glacial que hizo que Draco deseara que se lo tragase la tierra y sentenció que los Malfoy no se mezclaban con sangresucias impuros, que eran una anomalía, una aberración en el mundo mágico y uqe debía mantenerse tan lejos de esa niña como fuera posible. El pequeño Draco entendió que jamás podría ser amigo de Hermione.

Al regresar a Hogwarts después de aquellas vacaciones, observó un cambio en las costumbres de Hermione. «Granger» tuvo que corregirse mentalmente. Ella ya no pasaba tanto tiempo sola ni aislada en la biblioteca: parecía haber hecho buenas migas con Potter y aquél inútil de Weasley e iba con ellos a todas partes. Draco los odió porque, por primera vez en su vida, alguien tenía algo que él ansiaba y no podía conseguir. Ese par de idiotas habían logrado aquello que Draco llevaba tanto tiempo deseando: Granger hablaba con ellos, se reía con ellos y compartía sus horas de estudio y juegos con ellos. Ella no se dignó a mirarle ni una sola vez.

Hasta su segundo año.

Draco había logrado entrar en el equipo de quidditch, pero a ella no pareció impresionarle o tal vez ni siquiera se dio cuenta: únicamente parecía reconocer su existencia cuando él entorpecía de alguna manera los planes de su amiguito Potter.

Hasta que aquella palabra salió de sus labios.

La primera vez que Draco la llamó sangresucia no lo hizo con intención de insultarla o causarla daño alguno; simplemente se le escapó. Era el modo con el que su padre solía referirse a ella, al igual que llamaba "vieja cotilla" a su abuela o "ese idiota" a su tío Rodolphus. Sin ambargo, a Granger pareció afectarle enormemente, porque abrió los ojos desmesuradamente y Draco pudo ver el brillo de las lágrimas en ellos. En ese momento sintió el irrefrenable impulso de disculpase –algo que un Malfoy jamás hacía–, de pedirle perdón y explicarle que no había querido hacerla sentir mal, pero entonces se dio cuenta de algo: era la primera vez, en más de un año desde que se conocían, que era capaz de inspirar algún tipo de emoción en Hermione Granger. Por vez primera, aquel sentimiento no venía motivado porque había molestado a San Potter o la Comadreja; era suyo, enteramente suyo. Así que resolvió que, para bien o para mal, si insultándola, fastidiándola, provocándola era la única manera de que se fijara en él, bienvenida fuera. Draco estaba dispuesto a recoger las migajas de todo lo que Granger estuviera dispuesta a entregarle, aunque fuera odio o rencor.

De vuelta en la habitación destartalada, Draco suspiró frustrado y se pasó la mano por el pelo, revolviéndoselo. ¿Por qué todo lo relacionado con Granger tenía que ser tan jodidamente complicado?

El reloj dio las dos. Tal vez si lograba relajarse, aún podía aprovechar unas cuantas horas de sueño. Regresó a su cuarto y cayó en su cama a plomo. La última imagen de la que su cerebro fue consciente fue la de Granger, adulta, tomando su mano.


Granger parecía inusualmente alegre aquella mañana. De vez en cuando tarareaba mientras cortaba alguna hierba o se le escapaba una sonrisita sin motivo alguno. Draco se sintió muy estúpido cuando una irracional corriente de celos lo atravesó al pensar que, tal vez, aquel inexplicable alarde de buen humor se debiera a algún regalo de cumpleaños que Weasley le hubiera enviado. Si por él fuera, hubiera preguntado a Toppy o a Millie acerca de si a Granger le habían remitido algún paquete inusual –aparte del suyo, claro está–, pero la crianza de los Black le prevenía contra ello. Narcissa siempre había considerado el correo sagrado; salvaguardar la intimidad y privacidad del receptor era una cuestión indiscutible para cualquier caballero que se preciase. De cualquier manera, Draco comenzó a remover su caldero con demasiada energía: el maldito pelirrojo siempre se las apañaba por entrometerse.

De pronto, a Granger se le escapó una exclamación de dolor; alzó la vista, alarmado, y la descubrió agarrándose el dedo índice de la mano derecha: la sangre brotaba de la yema; al parecer, se había cortado sin querer mientras trababa de trocear una raíz de ajenjo. Draco sintió ganas de reír al observar la expresión contrariada que ella lucía; aquello le pasaba por estar distraída pensando en noviecitos pelirrojos en lugar de concentrada en el trabajo que tenía entre manos.

Granger comenzó a tantear en la mesa, buscando algo para contener la hemorragia, las gotas de sangre caían en la superficie inmaculada de la mesa metálica. Más tarde, Draco no sabría explicar el irreflexivo estímulo que lo invadió: sus siguientes acciones parecieron promovidas por un ente ajeno a él, extraño a su voluntad; dejó olvidado el caldero frente a él y, dando la vuelta a la mesa, se situó frente a Granger; le apartó la mano del dedo herido y lo tomó entre los suyos.

La sangre roja manchó los dedos pálidos de Draco. Granger lo miró con un gesto de alarma en sus ojos; trató de liberarse, pero él no la dejó ir. Acarició el dedo herido, desde la primera falange a la yema; notó que ella se estremecía, pero no hizo un nuevo intento de alejarse. Draco siguió con la vista clavada en sus ojos: no hubiera podido dejar de mirarla ni aunque hubiera querido y fue entonces, pese a que todos sus neurotransmisores le gritaban peligro, cuando cometió el acto más estúpido de toda su vida –y había unos cuantos–: se llevó el dedo a los labios.

En un primer momento sintió el sabor metálico, férrico, del líquido vital. Otro irracional instinto lo empujó a probar más de la sangre de Granger con la lengua: según su educación, su crianza, la ideología inculcada desde niño debía sentir asco, repulsión; el sabor impuro, inmundo debía asquearle en las papilas gustativas. No hubo nada de aquello. Succionó un poco, buscando frenar el sangrado y, al mismo tiempo, sentir más su sabor, intoxicarse de Granger. Ella no decía nada, no se movía, no apartaba la vista de él, parecía estar incluso conteniendo la respiración hasta que no pudo soportarlo más y dejó escapar un gemido entrecortado.

Draco sacó el dedo de su boca, lo dejó sobre sus propios labios, delineándolos; sabía que probablemente estarían manchados de la sangre de ella, pero no le importó. Como de un hechizo, Granger salió de su ensimismamiento y se acercó más él; probablemente era capaz de sentir su pujante erección contra su bajo vientre, pero tampoco le importó. Lentamente soltó su dedo, dejó que su aliento la acariciara. Sólo unos centímetros más y entonces…

–Cuando el amo desee, la comida está lista.

Draco adoraba a sus elfos, habían estado cuidándole prácticamente desde su nacimiento, pero en aquel instante, deseó retorcerle el pescuezo a Millie.


N/A: Y hasta aquí. ¡Pasad muy buen fin de semana! (Lo he subido rápido, si véis algún error muy grave, no dudéis en decírmelo.

PD: ¿Un review para que Draco os cure todos vuestros males? ;)