Advertencia: Este one-shot contiene escenas sexuales explícitas, así que lee con responsabilidad.
-Retazos-
XII. Cuestión de prioridades
*Yami x Charlotte*
[Rated: M]
~Petición hecha por rukiaishida366~
—Esta ropa es una mierda —dijo Yami, arrastrando las palabras con hastío, poniendo de manifiesto su más que clara molestia.
Vanessa lo miró ofendida. Ella misma había sido la que había elegido su ropa y pensaba que le quedaba muy bien, así que no le agradaba para nada que dijera algo así.
Era una noche especial, ya que se conmemoraba el primer aniversario de la derrota de la Triada Oscura; la batalla más cruenta, hiriente y difícil a la que se había enfrentado el Reino del Trébol. Y a Julius se le había ocurrido que era una buena idea convocar a los que hicieron posible que esa batalla resultara victoriosa.
La tarde de aquel día, por lo tanto, Vanessa se había puesto manos a la obra para encontrar el atuendo perfecto para los chicos de la orden, ya que sabía que eran tremendamente descuidados y que irían vestidos con lo primero que encontraran en sus armarios. Y como aquel acontecimiento debía ser memorable, se decidió a sacar el máximo partido de todos.
Para Yami había elegido algo sencillo: unos pantalones y una chaqueta negros y una camisa azul. No era para tanto. Era ropa que ni siquiera era extremadamente formal, pero seguía quejándose una y otra vez.
—Es una ropa preciosa. No te quejes tanto, capitán. Tenemos que ir vestidos apropiadamente para la ocasión.
Yami la miró de reojo y después se sacó un cigarro del bolsillo para fumárselo. Odiaba tanto las formalidades, los eventos oficiales, la absurda ropa que de vez en cuando le obligaban a llevar puesta.
Se odiaba tanto a sí mismo por no saber definir sus prioridades, lo que verdaderamente quería que fuese su vida.
En realidad, ni siquiera sabía qué quería. Porque hacía varios meses que recordaba susurros extraños, la sensación de unas manos acariciándole la piel con vergüenza e inseguridad y hebras perfectas, hebras doradas que caían por una espalda pálida mientras se mecían encima de él con pasión.
Si algo definía la relación entre Yami y Charlotte era, a esas alturas, el sexo.
No había habido nada más entre ellos porque siempre que Charlotte intentaba que hablaran sobre lo que sentían, sobre lo que eran o lo que aspiraban a ser juntos, Yami cortaba la conversación, se iba o su actitud se volvía más fría de lo normal.
Por lo tanto, no le extrañaba en absoluto que ella ya no quisiera nada de él.
Porque Charlotte sentía que, para tener ese tipo de relación con el hombre del que estaba enamorada, mejor era no tener nada. Le hacía daño saber que Yami no quería nada más que placer de ella y, por ese motivo, había decidido que alejarse el uno del otro era lo mejor para ambos.
Sin embargo, la razón de la actitud del Capitán de los Toros Negros no se debía a que no sintiera que quería despertar al lado de Charlotte todas las mañanas, que quería hacerla reír a todas horas o sujetar su mano mientras paseaban por la calle, sino a que no sabía cómo comportarse en una relación formal.
Además, ni siquiera sabía por qué ella estaba tan interesada en alguien como él, que representaba exactamente lo contrario a lo que la heredera de los Roselei era.
Charlotte era pura, era alguien que respetaba a los demás y que se hacía respetar, era válida. Y, sin embargo, él era oscuro, grosero y demasiado rudo para estar con ella.
Eso lo sabía bien, por lo tanto, no quería mancharla con su inmundicia, ni mucho menos ver a la gente criticándola por estar junto a él.
A Yami le daba exactamente igual lo que los demás pensaran sobre él. Llevaba años en ese reino, en el que ser extranjero no era nada fácil, y no le importaba en absoluto recibir comentarios, rumores o habladurías de algún tipo. Sin embargo, sabía que no soportaría si fuera Charlotte el objeto de las burlas de otros.
Claro que algo que no calculó era todo lo que acontecería en las próximas horas, que empezó con la aparición de las Rosas Azules, encabezadas por Charlotte y su espectacular apariencia de esa noche.
Yami empezó a mirarla de arriba hacia abajo. Llevaba el pelo recogido con su peinado normal, es decir, el moño con la trenza en el flequillo. Sin embargo, mientras iba bajando la mirada, más sorprendido se quedaba.
Charlotte llevaba puesto un vestido. Y en realidad ya la había visto con vestidos antes, pero nunca con uno tan atrevido y revelador como el que llevaba para esa fiesta.
El vestido era de dos colores; una mitad azul y la otra roja. Llevaba un cinturón dorado a juego con un collar y los mismos adornos que tenían su casco y su armadura en el pecho, que era adornado con un gigantesco escote que jamás imaginaría que se atreviera a llevar.
Charlotte era muy vergonzosa, eso Yami lo sabía bien, y no se sentía cómoda con casi ninguna ropa que no fuera el uniforme oficial de las Rosas Azules. Por eso, no podía creer que se hubiese decidido a ponerse ese tipo de prenda en un evento al que asistiría casi todo el reino.
Al darse la vuelta, se dio cuenta de que el vestido era simétrico, por lo tanto, el escote no se encontraba solo en el pecho, sino también en la espalda, la cual enseñaba casi por completo debido al recogido de su pelo.
A Yami le ardieron entonces las manos, porque sintió la necesidad imperante de acariciar cada rincón expuesto de su piel. Y justo después, también sintió el pecho ardiéndole, pero no con una sensación tan gratificante, sino con una mucho más oscura.
Todos los presentes la miraban incesantemente, daba igual si eran hombres o mujeres, pero absolutamente cada persona que estaba en ese salón tenía los ojos posados en la belleza de la Capitana de las Rosas Azules, que ese día brillaba más que cualquier otro.
Entonces, sintiéndose impotente porque sabía que no tenía derecho a reclamar nada o siquiera a acercarse a ella, se fue directo a tomarse una copa.
Esa noche se presentaba bastante larga para él.
Charlotte miraba de vez en cuando alrededor de aquella elegante sala con la esperanza de que sus ojos azules chocaran de bruces con la negrura de los de Yami. De momento, no lo había conseguido.
Cuando entró, tenía tantas miradas fijas en ella —aún tenía bastantes— que ni siquiera se dio cuenta de la forma embelesada en la que el Capitán de los Toros Negros se había quedado observándola.
Si Charlotte decía que no se había vestido así para llamar su atención, mentía descaradamente. No se sentía cómoda en absoluto y en más de una ocasión pensó en ir a por su abrigo negro para taparse o simplemente marcharse de esa fiesta sin sentido y a la que ni siquiera debería haber ido.
Se sentía tan patética. Todo lo que estaba haciendo iba en contra de sus principios por completo. ¿Ella, la Capitana de las Rosas Azules, orden que se jactaba de estar compuesta por mujeres fuertes e independientes, vistiéndose de un modo determinado por un hombre?
No tenía sentido y además era la estupidez más grande que recordaba haber hecho.
Pero ni por esas conseguía captar la atención de Yami.
No quería demasiado, simplemente que la mirara, que supiera que estaba ahí. Porque aunque había sido ella la que se había alejado ante la falta de compromiso del hombre, no podía negar que lo echaba de menos.
Y eso era algo que la estaba carcomiendo por dentro.
Sentada alrededor de sus chicas, pero sin prestar atención alguna a lo que decían, Charlotte miraba de nuevo la espalda de Yami, que parecía estar sentado bebiendo. Deseó en ese momento también tomar una copa, pero sabía que eso podría desencadenar en consecuencias desastrosas, así que suspiró y decidió que no era buena idea tomar ese tipo de decisiones en caliente.
Desvió la mirada y se intentó centrar en la conversación de sus chicas, ya que no quería seguir dándole vueltas a lo mismo.
Sin embargo, sintió de repente una mano apoyándose sobre su hombro desnudo. Giró la cabeza inmediatamente, pero se llevó una suerte de desilusión al ver a William detrás de ella.
Justo después, se dio cuenta de que el tacto de la mano no era el mismo que la había hecho suspirar en tantas ocasiones y ni siquiera el tamaño de la extremidad era similar.
—Charlotte, ¿te apetece bailar?
A la mujer se le abrieron los ojos con sorpresa, mientras las chicas cuchicheaban alrededor, expectantes ante la respuesta de su capitana y tremendamente atónitas por la repentina e inesperada petición del Capitán del Amanecer Dorado.
Charlotte miró hacia la pista de baile. Era cierto que había algunas parejas bailando allí, pero le daba una vergüenza extrema hacerlo. Siempre se había llevado muy bien con William, pero eso era un poco descabellado.
Sin embargo, los ojos se le fueron instantáneamente hacia donde estaba Yami, que seguía bebiendo sin mirar a otro sitio que no fuera su vaso o la botella para servirse más. Entonces, decidió que ese sería el último intento de llamar su atención. Si bailando con su mayor rival no conseguía reacción alguna de su parte, desistiría y se alejaría para siempre del amor de su vida. Era triste, pero no iba a seguir arrastrándose así más por nadie. Su orgullo y su amor propio iban primero.
—Está bien —dijo seria, se levantó y lo acompañó.
Al llegar a la pista de baile y sentir la manos de William sobre su cintura y envolviendo su propia mano, se sintió fuera de lugar. Estaba rígida e incómoda y eso el Capitán del Amanecer Dorado lo sabía bien.
—Charlotte, relájate —susurró tenuemente mientras empezaba a moverse despacio, haciendo que la mujer le acompañara en sus movimientos—. Hoy estás muy guapa.
—Gracias —dijo, ligeramente sonrojada— y lo siento, es que… no estoy acostumbrada a hacer esto, la verdad.
—Yo tampoco —afirmó William y Charlotte hizo una mueca extraña con la boca. Realmente lo hacía bastante bien—. Solo quería ayudarte un poco.
La mujer se quedó mirándolo. William era uno de los pocos presentes en ese evento que la miraba a la cara y no a otra parte de su cuerpo. Y sabía que, en realidad, él no tenía el mínimo interés en conquistarla. Por lo tanto, seguía pareciéndole extremadamente raro tanto la invitación a bailar como las palabras que acababan de salir de sus labios.
—¿Ayudarme? ¿A mí? —profirió confundida.
El hombre simplemente le asintió y la movió mientras bailaban, haciendo que se cambiaran las posiciones y Charlotte pudiera presenciar lo que él estaba viendo.
Yami se encontraba todavía sentado, pero ahora los miraba fijamente con la ira desbordándole en cada uno de sus gestos y ademanes. Fumaba con insistencia y seguía bebiendo, pero sus ojos oscuros no se apartaban ni un segundo de ella. No recordaba haberlo visto con esa furia en su mirada ni en las peores batallas que habían librado juntos.
Entonces, Charlotte destensó sus hombros y empezó a hablar con confianza con William, sin posar su vista ni una vez más en Yami.
El Capitán de los Toros Negros, mientras tanto, sujetaba con fuerza el vaso entre sus manos, sintiendo que podría llegar a resquebrajarlo en cualquier momento.
Charlotte estaba bailando con otro hombre en sus narices. Y no solo eso, sino que ese hombre era su mayor rival. Para colmo, estaban hablando, incluso la había visto sonreír en más de una ocasión.
Esas sonrisas no iban dirigidas hacia él, mucho menos sus atenciones y sus caricias, y ya no podía soportarlo más.
Por lo tanto, se levantó y fue directo hacia ellos. Pensaba reclamarle a Charlotte, pero en realidad eso no tenía ningún sentido, así que trataría de ser un poco más delicado, ya que, además, se encontraban rodeados de demasiada gente en ese momento.
—Charlotte, necesito hablar contigo.
La mujer se separó de su pareja de baile y lo miró contrariada y con el gesto repleto de seriedad. Quería llamar su atención, sí, pero no iba a soportar que se dirigiera a ella con un tono tan demandante.
—Ahora mismo estoy ocupada.
—Me da igual.
—Charlotte —interrumpió William con voz dulce, intentando romper la tensión imperante en el ambiente—, no te preocupes por mí. Deberías ir a hablar con él.
Charlotte se quedó mirando a Yami con hielo en los ojos y después le asintió. Lo que la pilló por sorpresa fue que él la sujetó por la muñeca y salió de aquella habitación rumbo a un balcón próximo para buscar a Finral.
El pobre chico, que se encontraba acariciándole la mejilla a Finesse y susurrándole palabras que él consideraba románticas al oído mientras la oía reírse con suavidad, se sobresaltó y tembló completo en cuanto escuchó el llamado de su capitán.
—¡Finral! —exclamó a unos metros de la pareja—. Llévame a la sede.
—Espera, ¿quién te ha dicho que yo quiera ir a tu sede? —espetó Charlotte mientras intentaba deshacerse del agarre.
—Has accedido a hablar conmigo y yo creo que deberíamos hacerlo alejados de aquí. ¡Vamos, Finral!
—Yami, no es un buen momento para…
Sin embargo, la queja del chico se esfumó en cuanto su capitán le dedicó el gesto más furioso que le había visto nunca. Cerró la boca y obedeció, abriendo inmediatamente después un portal a la habitación del hombre. De todas formas, no le costaba tanto y así podría seguir con lo que estaba haciendo. Si tenía suerte, más tarde también podría abrir un portal con destino a su propia habitación.
Yami cruzó el portal rápidamente, arrastrando a Charlotte detrás de él y, al llegar a su destino, la soltó inmediatamente mientras se pasaba las manos por el rostro. Ni siquiera sabía si tenía algún sentido haber hecho eso porque no sabía ni qué le iba a decir.
—¿Qué haces? —espetó la mujer enfadada.
—¿Qué hago? —preguntó con ironía Yami mientras se giraba para colocarse enfrente de ella y mirarla—. ¿Qué haces tú? ¿De qué vas vestida? ¿Y qué hacías bailando con el idiota de la máscara que ya ni siquiera la lleva?
—¿Pretendes decirme cómo me tengo que vestir o con quién debo estar? ¿Quién te crees que eres para hacer eso?
Yami frunció el ceño. ¿Quién era en su vida? Ahora mismo, absolutamente nadie, pero quería serlo. Lo anhelaba con todo su ser, pero no sabía cómo exteriorizarlo con las palabras adecuadas porque nunca había sido bueno expresando sus sentimientos.
—No, no es eso…
—¿Entonces? Tú ni siquiera quieres estar conmigo. Me lo has demostrado con tus acciones.
—Sí quiero estar contigo, Charlotte —susurró mientras la miraba y se acercaba a ella.
Los ojos azules de la mujer brillaron emocionados, pero no quería hacerse ilusiones anticipadas porque su corazón ya había aguantado demasiadas decepciones.
—Estás borracho —le reprochó, recordando que lo había visto bebiendo sin parar en la celebración.
—No lo estoy —dijo firmemente. Y no mintió. Yami estaba muy acostumbrado al alcohol y lo soportaba muy bien, así que le faltaban muchas copas más para emborracharse aunque fuera un poco—. Quiero que estés solo conmigo.
A esas alturas, Yami estaba a solo unos centímetros de su cuerpo y Charlotte, queriendo asegurarse de que sus intenciones eran reales, decidió seguir tensando la situación.
—No me dirás que estás así porque me has visto bailando con William, ¿verdad? Porque tú siempre estás alrededor de la chica de cabello rosado de tu escuadrón y yo nunca te he dicho nada.
—¿Vanessa? Mis idiotas son de mi familia, nunca podría tener nada con ninguno de ellos —aclaró Yami. Después suspiró, reduciendo la distancia de ambos cuerpos a cero—. Charlotte yo… no quiero que nadie más te mire —dijo mientras sus ojos chocaban con el cielo que eran los orbes claros de la mujer—, no quiero que nadie más te toque —confesó mientras subía su mano hasta la mejilla femenina para acariciarla y acercarla a su rostro—, no podría soportar que alguien más te bese…
Yami acercó sus labios hacia los de Charlotte y la besó entonces. La mujer sintió por fin la rudeza suave de su mano contra su piel y el sabor de sus labios contra los suyos.
Solo quería eso, solo quería que la viera de verdad, que se diera cuenta de que lo amaba y también de que él la amaba a ella. Porque si de algo estaba segura Charlotte a esas alturas, después de haber visto la rabia que los ojos de Yami destilaban contra William, era de que sus sentimientos eran por fin correspondidos.
Pronto, los besos dulces se convirtieron en caricias envueltas de pasión desbordante y la ropa de ambos empezó a molestar demasiado. Por lo tanto, Yami se separó de Charlotte y se quedó mirándola mientras ella le sonreía.
—¿Sabes? En realidad pienso que estás preciosa con este vestido, pero… —dijo mientras volvía a acercarse a ella, colaba los dedos de sus manos por debajo de los tirantes del vestido y los bajaba por sus hombros, haciendo que la prenda cayese al suelo y la dejase prácticamente desnuda— ahora mismo te necesito así.
Yami se agachó y la agarró por la cintura para subirla contra su cuerpo, gesto que captó la Capitana de las Rosas Azules enseguida, ya que se sujetó rápidamente de sus hombros y envolvió la cintura del hombre con sus piernas mientras seguían besándose.
Unidos de esa forma, fueron hacia la cama y Yami la tumbó. Le quitó la única prenda que tapaba su cuerpo y después comenzó a desnudarse bajo la atenta mirada de la mujer, que no podía evitar que sus ojos se quedaran fijos en el cuerpo del hombre, aquel que tanto había echado de menos.
Cuando Yami se tumbó, la instó a ponerse de lado dándole la espalda. Coló un brazo por el hueco que quedaba libre entre su cuello y la almohada y llevó la mano hacia uno de los senos de la mujer para acariciarle el pezón.
Charlotte comenzó a gemir quedamente mientras sentía una dureza colándose entre sus glúteos y la otra mano de Yami bajando por su cintura y sus caderas hasta llegar a su pubis. Después, la introdujo entre sus piernas y comenzó a acariciarla, primero de forma lenta y suave, para acabar moviendo los dedos con mucha más rapidez y precisión.
Mientras Charlotte gemía y arrugaba los dedos de los pies contra las sábanas de la cama, Yami le empezó a besar además la nuca, todavía expuesta por la forma en la que había recogido su cabello. Y eso fue todo lo que necesitó para explotar de placer. Se colocó la mano en la boca para que los gemidos desquiciados no salieran de allí y, cuando se recuperó de la intensidad del orgasmo, se dio la vuelta.
Yami sonreía complacido por haberla hecho disfrutar. Porque realmente le encantaba sentir que la hacía feliz, tanto en la cama como fuera de ella, aunque eso tendría que aprender a hacerlo con más asiduidad.
Charlotte se acercó para besarlo de nuevo y después se tumbó bocarriba. Tiró un poco de su antebrazo para que se colocara encima de ella y él lo hizo.
Necesitaba sentir piel contra piel, necesitaba que la besara sin parar y, sobre todo, necesitaba sentirse amada.
Yami besó sus pechos, su cuello y se enterró bajo su piel de un solo movimiento.
Para ambos, sentir el calor del otro era mucho más que liberar sus deseos carnales o la evidente tensión sexual que existía entre los dos. Era sentir la conexión más grande y pura que sus almas habían experimentado alguna vez. Y algo así, después de una vida llena de luchas, heridas, batallas y pérdidas, era totalmente necesario para ellos. Aunque no lo supieran, tenían huellas psicológicas imborrables que solo podían sanar estando en los brazos del otro.
El Capitán de los Toros Negros comenzó a mover sus caderas en estocadas certeras. Al poco rato, decidió cambiar la velocidad y subió una de las piernas de Charlotte encima de su hombro para que la profundidad fuese mucho mayor también, mientras ella misma enroscaba su otra pierna en la cintura masculina.
Verla con los ojos cerrados y mordiéndose los labios para que los gemidos de placer no se escapasen de su boca era un verdadero deleite y sabía que no podría aguantar la situación por mucho más tiempo.
Por lo tanto, le bajó la pierna de nuevo y se acercó a su rostro para besarla, haciendo que los dos alcanzaran el punto álgido de placer, esta vez juntos.
Cuando Yami se bajó de encima de Charlotte, se tumbó en la cama, provocando que el colchón se hundiera ligeramente. La mujer solo pudo sonreír hacia el techo de la habitación mientras intentaba regular su respiración.
Realmente, había sucedido. Yami le había dicho que quería estar con ella y no podía sentirse más dichosa. Lo miró de reojo, dándose cuenta de que su gesto era exactamente el mismo que el de ella.
Tras calmarse, se sentó en el borde de la cama y empezó a buscar su vestido, que en realidad estaba en la parte opuesta de la habitación, con la mirada.
—Será mejor que me marche.
—Ey, ¿dónde crees que vas? —preguntó Yami, tirando ligeramente después de su brazo para que se volviera a tumbar a su lado.
—Yami, se me va a hacer tarde si no me voy ya y las chicas…
—Quédate a dormir conmigo esta noche, Charlotte.
La mujer de mirada clara le acarició el rostro cautelosamente y después le besó los labios.
—Está bien —dijo escondiendo su rostro en el pecho de Yami para que la abrazara, sintiendo inmediatamente después su brazo rodeándola y estrechándola contra él.
La vida y nuestras decisiones se basan en lo que consideramos más importante para nosotros y Yami se dio cuenta en ese momento de que, en su escala de prioridades, Charlotte estaba en el primer puesto.
Y, probablemente, lo estaría para siempre.
FIN
Nota de la autora:
Esta es la última petición Yamichar que tengo T . T pero bueno, creo que quedan cuatro de Asta y Noelle y una de Charmy y Yuno. Veremos a ver qué sale de la última porque nunca he escrito de ellos y me da un poquito de miedo, la verdad. Espero que quede bien.
Me sorprendió bastante que solo me pidieran un one-shot lemon de Yami y Charlotte, porque realmente creo que son una pareja que destila sensualidad por todos los poros, pero en realidad lo agradezco porque escribir tanto lemon de Asta y Noelle me está drenando las ideas.
La ropa que llevan estos dos puesta en esta historia es del ranking de popularidad más reciente del manga, en el que Charlotte, sorprendentemente, quedó tercera. Si no lo habéis visto, es mi actual foto de perfil. Si estáis en el móvil solo tenéis que ir a mi perfil y darle a un botón que hay abajo a la izquierda y que se llama "Desktop mode".
Y eso es todo. Gracias infinitas por vuestro cariño.
¡Nos leemos pronto!
