Al despertar, se sintió más desorientada que nunca, como si hubiera acabado de atravesar una gran odisea, a pesar de no haber soñado nada en absoluto. El hecho de estar resguardada en los brazos de un ser poderoso la hicieron sentirse capaz de olvidarse de todo y poder dormir como una princesa. Un poco egoísta, pero no era el momento de pensar en aquello. Era la primera vez que se acostaba con alguien que no fuera sus hermanas cuando compartían una misma cama. Tenía la costumbre de tratar de apoderarse de toda la cama, siendo detenida por Lee o por May, y a veces incluso despertaba en el suelo. Pero era una regla que tenían las tres; cada una tenía su espacio delimitado, y las otras no debían pasarse de allí. Sin embargo, cuando se trataba de una pareja era distinto. Toda el área de la cama era de ambos y de ninguno. Podía incluso dormir encima de él si así lo quería.
Marie supo que aún era de noche cuando abrió los ojos. Era rutinario estirar los brazos a la hora de despertar, y luego tallarse los ojos, y así lo hizo. Todo pareció normal; no se sobresaltó al notar que no estaba en su habitación, sino en la de su surrealista novio, y que todo estaba iluminado solo por la pulcra luna. Lo que si la hizo congelarse fue palpar toda la cama y notar que no había nadie má s que ella en la cama.
Doble D se había ido.
Trató de calmarse antes de hacer algo estúpido. Eso era algo que pasaba mucho en las películas, y casi siempre la pareja estaba en alguna otra parte de la casa. Solo tenía que levantarse, caminar un poco y lo encontraría saliendo del baño, con la toalla cubriendo solo la parte inferior de su cuerpo. Y si seguía la tradicion de su familia, ambos tendrían otra ronda. Eso en el mejor de los casos. En el peor, Doble D se fue para allá hace tiempo, y los Hombres Verdes se lo llevaron para siempre.
Se miró los pechos. Excepto por el bendito collar zafiro, aún seguía totalmente desnuda. Recordó la escena de Titanic en donde Rose le pedía a Jack que la dibujara casi totalmente desnuda; es decir, solo con ese collar valioso. El simple hecho de que fuera un regalo de Doble D para ella lo hacia lo más valioso del mundo.
Miró en el suelo y no encontró su ropa. Hasta donde recordaba, la había dejado regada por todo el suelo mientras hacía su asunto con él. Encontró su ropa doblada en un borde de la cama. Por algún motivo eso la convenció de que Doble D se había ido de casa.
Lentamente salió de la cama y se vistió. La casa seguía a oscuras, solamente iluminada por la potente luz de la luna llena. Marie echó a andar, y algo se sintió diferente. Claro, era eso. Era un poco molesto, pero dadas las circunstancias, podía soportarlo sin problemas. Salió a la sala de estar, silenciosamente, solo con el eco de las pisadas de sus zapatos de fondo. Vacío. Tocó la puerta del baño, no atendió nadie. La abrió y estaba vacía.
Era un hecho. Doble D se había ido de casa. Y la había dejado ahí sola. Seguramente había aprovechado que estaba dormida para irse.
Es un grandísimo tonto, pensó ella, mientras tomaba una almohada y la arrojaba con furia a la pared. Incluso se imaginó el momento. Doble D despertando, mirando la hora, mirandola a ella, huyendo de casa en silencio y furtivo, como cuando el esposo se escapa para ir a ver a la amante sin sospechar que su mujer espera la visita del suyo en casa, pero Marie había pecado de leal e ingenua. Luego recordó más detalles. La secta de asesinos lo había citado a las tres de la mañana en el centro de la feria. Marie revisó su teléfono; eran las 2:46 am, le quedaba trece de batería y tenía casi veinte llamadas perdidas y mensajes de Lee.
Permaneció quieta, con un pulgar sobre la pantalla, pensando en qué hacer. Recordó la cantidad de noticias que veía sobre chicas que desaparecían dos días y luego eran encontradas en la casa de alguno de sus novios, hechos que realmente la indignaban si uno se ponía a pensar en las chicas que realmente nunca regresaron. Esto no se acercaba a ello, pese a que técnicamente lo último que hizo sí fue tener sexo con su novio, pero solo por eso decidió responder.
«Estoy con Doble D. Ya volveremos.»
Había por lo menos dos mentiras en ese mensaje, pero era para no preocuparlas, y en especial para que dejaran de mandar mensajes. Dejó el teléfono en la mesita de luz. Rápidamente fue a la escalera y a un lado de esta encontró una nota amarilla pegada a la pared.
«Marie, por favor no salgas de casa hasta que yo regrese. Oculté la entrada con arbustos y un encantamiento repelente para mantenerte a salvo, pero eso no garantiza nada. Si escuchas vehículos y hombres armados, sube y vete con ellos; son las fuerzas especiales. Si no llegan y no vuelves a saber de mi para las 10 de la mañana, ve a casa y sigue tu vida.
PD: Lo que te dije antes de dormirnos fue real. Por favor, cuídate. Atte, Doble D.»
Marie arrugó la nota y la arrojó al suelo. Era obvio que no iba a acatar las ordenes del Señor Hechicero que se cree inmortal. Esto no tenía que ser así. No entendía por qué él tenía esa actitud tan obstinada a hacer que todo fuera siempre como él quisiera. De alguna manera le recordaba a ella allí en el mundo real.
Subió las escaleras hasta la entrada. Al abrir la puerta vio que realmente la había ocultado con arbustos. Tuvo que gatear bajo ramas para poder salir.
Faltaban diez minutos para su encuentro con los hombres verdes. Si se daba prisa, probablemente llegaría a tiempo. tenía muy poco tiempo para su plan para ayudarlo a acabar con ellos.
Marie fue corriendo hacia ese lugar en particular. El montículo extenso de tierra frente a la orilla del mar estaba vacío e intacto. Aunque estaría intacto de cualquier manera si Doble D hubiera entrado allí. Incluso sabiendo que no ocurriría nada, Marie tuvo la tentación de ponerse a palpar la tierra con las manos. Ni rastro de la escalera invisible. En ese momento pensó que le hubiese gustado saber cuál era el criterio que tenían Doble D y su familia para elegir las ubicaciones de los escondites de la espada. Cerca de ellos pero ocultó a todos los demás, eso podría ser.
Como le había enseñado su hermana Lee el primer día en la escuela, siempre que uno se metía en situaciones complicadas, había que tener un plan B, y Marie tenía una leve idea de qué hacer, por más difícil que pareciese. Se acercó a aquel muelle abandonado. El bote que había visto ese día ya no estaba allí. Marie fue hacia la orilla más inmediata al acuífero, donde se había instalado una pequeña plataforma de madera que en su extremo se había destrozado, de manera que solo se extendía por unos cuatro metros antes de volcarse abruptamente en tablones caídos. El descenso del suelo en la orilla hacia el fondo del agua era brusco, según le había contado Doble D una vez.
Caminó por el muelle, perdiéndose de nuevo en las texturas de la inmaculada luna llena, que brillaba justo frente a ella. Su luz rebotaba en las ondas de agua que se dibujaban en su rostro como finas curvas blancas, y se reflejaba en el trozo de zafiro, dando la ilusión de estar brillando. Tuvo la sensación de sentir un pulso proveniente de allí. También sintió que podía escuchar sus propios latidos.
Angustiada, se acercó al borde del muelle y se sentó. El mar se hallaba calmado en esa zona de la bahía, y esta noche parecía más silenciosa que nunca. Sus pies se sumergieron en el agua, y ella comenzó a jugar haciendo círculos. La idea era estúpida y quizás saldría mal, pero si existía una mínima probabilidad de salir ganando y ademas poder acabar con alguno de esos asesinos, valía toda la pena, y ella estaría dispuesta a todo.
No podía entrar al acuífero subterráneo por la espada por el camino tradicional; Doble D no estaba aquí. Eso habría facilitado mucho las cosas. La única vez que estuvo allí abajo, antes de irse Marie había notado algo insignificante y curioso. Había visto a varios de esos peces nadando en las aguas de ese acuífero. Algunos no nacieron allí; Doble D había llegado a Mondo A Go-Go hace seis o siete meses, y antes de esto esa cueva no existía. Tampoco creía que su novio hubiera metido a la fuerza esos peces para adornar las aguas del acuífero, forzándolas a vivir en la oscuridad. Lo más probable es que se hubieran metido por algún lado.
Y ese era el punto. Por donde se metieron.
Marie no perdió más tiempo. Lentamente, se levantó de las tablas de madera con sus brazos, se dio la vuelta, extendió su cuerpo y fue sumergiendo sus piernas. El agua estaba tibia, casi fría, pero hacían veinticuatro grados y ella no se quejaba. La falda se oscureció cuando la sumergió al agua. La mitad inferior de la blusa se quedó flotando, hasta casi la altura del sostén. Ahora se hallaba sumergida hasta el cuello, solo con el collar flotando en el agua. Usando una vez más los tablones para impulsarse, Marie tomó aire y se sumergió.
Podía ver bastante bien en la oscuridad bajo el agua gracias a la luna llena y su iluminación blanca y certera. Como lo había pensado, la profundidad era de más de cinco metros. Siete, quizás. Buceó alrededor de la orilla en busca de alguna cueva subacuatica. Unos metros a la derecha vio una mancha oscura y unos relieves dibujados por la luz. Era el agujero, la posible entrada a la cueva. Era un túnel irregular cuyo diámetro —o anchura— era de casi dos metros, mejor de lo que esperaba. Se acercó a la entrada para tratar de ver el final del túnel. Ya estaba bastante oscuro y casi no veía, pero si pudo atisbar aquella luz celeste sobre el final del túnel, cerca de lo que sería la superficie. Vio también algunos peces pequeños y alargados ir y venir por aquella cueva. Al parecer, había tenido una buena idea. Calculaba unos diez o doce metros de distancia hasta el acuífero. tenía que ser rápida en eso si no quería morir ahogada en la mitad.
Habiendo decidido sus movimientos, Marie regresó a la superficie.
El cabello azul se le había recogido hacia atrás, otra vez. Se miró los pechos de nuevo; tuvo la inusual idea de que si no hubiera decidido usar sostén este día, ahora mismo se le vería más de lo que deseaba. Se dio cuenta de que se le estaba pegando el habito de mirarse. Le perturbaba la idea de que Doble D solo hubiera dicho lo que dijo para hacerla sentir mejor. Ella lo reconocía, no era la mejor en esa área. Incluso se identificaba como la más plana de las tres.
«Estupida. Este no es el momento para pensar en esas idioteces, mujer. Deja de divagar y ve por la maldita espada, antes de que sea demasiado tarde.»
tenía razón. Doble D posiblemente ya estaba combatiendo contra los otros, o quizás no. Allí arriba todo seguía casi en silencio. Alcanzaba a escuchar impactos sordos a lo lejos. Ya debían ser las tres de la mañana pasadas. Incluso pudo haber ocurrido lo peor… Y quizás ellos ya estén viniendo hacia aquí.
Sintió de nuevo otra pulsación de su collar. Incluso le pareció ver las ondas que se propagaron en el agua. Decidió no pensar más y se volvió a sumergir.
Sin perder el tiempo, buceó por la cueva subterránea. A medida que se adentraba en ella, la luz blanca del exterior se iba mitigando, dando paso a la luz azul de la cueva. Lo bueno, también, era que no había ninguna rama o algo parecido en las paredes del túnel. Como se enganchara uno de esos al zapato o a la ropa, el pánico acabaría con ella. Tal vez debió dejar sus zapatos allí arriba, solo por si las dudas.
Justo cuando estaba a punto de llegar al acuífero, una figura negra, grande, se apareció frente a ella, impidiéndole el paso. Marie creyó que era una piedra, luego descubrió que quiso creer que era una piedra. Se contuvo para no gritar, pero no le tomó mucho tiempo verlo bien.
Era uno de ellos. Se quedó congelada en su lugar. Lo que ocurrió a continuación le heló la sangre por completo.
El hombre verde tomó la capucha de su túnica con su mano ancha y se la retiró rápidamente, dejando al descubierto su rostro verde. Era calvo, ni siquiera tenía cejas. Tenía una nariz pequeña, labios enormes y una sonrisa grotesca. La cara estaba hinchada a tal punto que no se podía saber si era por sobrepeso o alguna otra cosa. Sus ojos estaban entornados por la hinchazon de su rostro y ella no podía verlos bien. Tuvo hasta la idea de que eran completamente negros.
Marie echó a gritar, horrorizada. Las burbujas salieron de su boca. El hombre se abalanzó contra ella con los brazos extendidos, y con un reflejo inconsciente, ella lo esquivó echándose a su izquierda, todavía sin dejar de gritar. Con ese movimiento ya tenía acceso libre al acuífero. Marie nadó hasta la superficie.
Llegó a ella y tomó una gran bocanada de aire. Había llegado a la cueva. Allí estaba la espada celeste. Pero antes de siquiera echar a nadar hacia la roca, el monstruo la tomó del tobillo y la sumergió de nuevo.
Tenía una fuerza sobrehumana y aterradora, y parecía que nada lo detendría. Marie deseó que la espada no tuviera luz; así no tendría que seguir viendo su horrible rostro. El hombre la llevó hasta el fondo, a tres metros de la superficie, mientras ella peleaba por salirse del agarre. Incluso llegó a golpearlo y a darle patadas.
El sujeto se apoyó sobre ella a horcajadas y comenzó a tocar su rostro con una mano. Marie sintió mucho asco, y casi dejó escapar una arcada. La mano del hombre bajó hasta el cuello de la chica, y apoyó su pulgar sobre la yugular. La otra mano bajó hacia alguna otra parte de su cuerpo que ella no quería mirar, acechando lentamente. Marie quiso llorar. Se estaba quedando sin oxigeno y solo deseó que esto terminara rápido.
Solo pudo pensar en Doble D, en sus hermanas, en su madre. En sus amigos no porque nunca tuvo, mucho menos amigas. Volvio a pensar en su novio, y de nuevo en Lee y May. Sus últimas memorias estaban reservados para ellos.
Entonces, ocurrió lo que llamaría un milagro. El collar de zafiro emitió una luz fuerte. El hombre verde dio un chirrido y apartó las manos de ella, alejándose. Marie aprovechó el descuido para salirse de él. El monstruo volvió a abalanzarse contra ella. Cuando la tocó, el collar volvió a brillar. El monstruo se alejó como si el cuerpo de la chica lo hubiera quemado.
Marie llegó a la superficie y nadó hasta la roca. No se dio cuenta de que el collar había vuelto a apagarse. El hombre verde salió también y fue tras ella. Solo la separaba un maldito metro de la espada.
Todo ocurrió en tres segundos: Marie se lanzó hacia la espada, tomándola del mango. El hombre verde se lanzó hacia ella, tomándola de nuevo del tobillo. Marie movió la espada, la apuntó hacia él, y el destello fue tan potente que la cegó por un buen tiempo, al mismo tiempo que el aullido largo y agónico del monstruo y el chirrido metálico de la espada la dejaron sorda.
Varios segundos después, aún con el pitido en sus oidos, Marie recuperó la vista y vio lo que había hecho. Los restos del hombre flotaban sobre el agua, ahora manchada de un rojo casi oscuro que mitigó gran parte de la luz natural. Lo que quedaba de él apenas se distinguía, pero podía ver que se hallaba boca abajo sobre el agua, debajo de la túnica negra que se había hecho jirones.
Se derrumbó en el suelo, empapada y agitada. Aún no se recuperaba de la conmoción. Había obtenido la espada celeste.
—Para eso era el collar… —murmuró ella lentamente—. Eso era lo que hacía.
