Los personajes de "Hey Arnold" no me pertenecen, sin embargo esta historia sí que sí.
NÓTAME
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CAPÍTULO XII
Al cruzar el umbral, sonreía como muy pocos le había visto hacerlo. Estaba contento de poder disfrutar una navidad como Dios mandaba: acompañado. Algo que, por supuesto, después de fallecer sus abuelos no había vuelto a disfrutar.
Saboreaba la idea de compartir anécdotas divertidas, tomar ponche de huevo, comer una rebanada de pan navideño y prolongar la visita de la forma más amena posible hasta que dieran las doce de la noche, momento en que daría un abrazo a la familia, completamente agradecido. Incluso compró un regalo para la casa, una bola de cristal con una torre Eiffeil, el destino que más gustaba a la pelinegra (de acuerdo a lo que había estado platicando).
Nada más ver a esa rubia, dueña de sus suspiros y sueños, la sonrisa se le petrificó. ¿Cómo era posible que Phoebe supiera de ella? ¿Acaso había investigado quién era esa mujer que lo traía de un ala, esa de la que estaba prendado, de quién le platicaba cada vez que la veía? "¡Arnold!... Hola" la escuchó decir pero el estupor era tal que no acertaba a decir palabra ni a terminar de entrar a la casa. Sin apartar los ojos de Helga, la sonrisa vacilante terminó por ensancharse. Muy a su pesar estaba feliz de verla en ese lugar del que, con suerte, no podría escapar en unas horas.
-Pasa ya, hace mucho frío – sugirió la oriental al tiempo que lo jalaba por el brazo para adentrarlo en la casa y poder cerrar de una vez la puerta -. Conque ya se conocen, perfecto, así no tendré que presentarlos. – La escrutadora mirada que les echó pasó inadvertida para ambos. La cabellera negra se movía de un lado a otro mientras Phoebe giraba la cabeza para observar las caras de sus amigos. Helga estupefacta, con un brillo singular en la índiga mirada y Arnold con la boca abierta y los ojos jade perdidos en el rostro de su amiga. Sonrió después de comprender lo que estaba sucediendo, conectó fácilmente los puntos, Helga también le había contado sobre un joven que la tenía cautivada. Se cubrió la boca con una mano para disimular la risa macabra que se formó luego de decidir que esa noche sí o sí, esos dos saldrían en algo.
- Hola, Helga – la voz de Arnold apenas si se escuchó pero el timbre y la aspereza con la que salió de sus labios hizo estremecer a la rubia de pies a cabeza. Solo pudo sonreír y levantar la mano a modo de saludo.
Se estrecharon sin apartar la mirada, sin desdibujar la sonrisa y las chispas entre sus dedos enviaron corrientes eléctricas a sendos cuerpos provocando lo que ambos tan desesperadamente intentaban ocultar.
-Adelante, Arnold, pasa a la sala. Te presentaré a mis padres -. Phoebe, trataba de captar su atención sin éxito. Esos dos no avanzaban nada. No le sorprendía que estuvieran tan absortos en el otro, después de todo estaban sumamente enamorados pero, densos como solamente ellos podían ser, no se habían percatado -. Vaya, creo que sobro aquí. Me parece que no solamente se conocen, algo me dice que he escuchado mucho de Helga por ti, Arnold… y viceversa.
¡Bingo! La mención había funcionado. Los rubios soltaron su agarre y con la rapidez de un relámpago viraron para fulminar con la mirada a Phoebe. Ella, por supuesto, se sacudió la amenaza de muerte que los dos pares de ojos le recitaron. Y luego de mirarla, ¿cómo no?, empezó el balbuceo, las disculpas, los sonrojos.
Tan lindos.
Helga era su amiga de toda la vida, prácticamente una hermana y Arnold se había convertido en un gran amigo, un confidente. No era de extrañar que quisiera verlos felices al lado de una persona que amaban por igual y ahí, frente a sus ojos a sabiendas de cuánto sentían el uno por el otro, los muy idiotas no acertaban a confesarse.
Lo mejor sería no apresurar las cosas. Llevaría la cena con tranquilidad, soltando algunas señales para que supieran (el que fuera), que la luz de ese semáforo era un brillante y gigantesco verde.
-¿Ya podemos pasar a la sala? – cuestionó interrumpiendo la verborrea de sus amigos. "Claro" , "Eh… sí, hermana". Y por fin pudieron separar los pies de la alfombrilla del recibidor.
La normalidad volvió tan pronto como presentó a sus padres, pero en cuanto las formalidades concluyeron las miradas furtivas, suspiros involuntarios y nerviosismo regresaron para instalarse sobre los rubios como nubes de tormenta. Aun así, la conversación fluyó, sus padres estaban bastante interesados en conocer al nuevo amigo de su hijita y por supuesto que trataban de incluir en las anécdotas algunas muy graciosas de Helga (es que papá y mamá no eran tontos, aunque no se necesitaba mucha inteligencia para descubrir lo que ocurría a este par). Pasada una hora, el timbre volvió a sonar. Apeándose, Phoebe caminó a la entrada, radiante a más no poder. Dirigió una mirada significativa a su hermana del alma y de ella recibió una inclinación de cabeza en señal de ánimo.
-Buenas noches, familia Heyerdahl y amigos – la voz que provenía de la entrada de la sala, ese timbre grueso y varonil, tensó la espina del pobre Arnold, ¿qué demonios estaba haciendo ahí el mastodonte, era esto una broma cruel del destino, acaso Dios lo castigaba por hereje, por rezarle a dioses griegos y blasfemar cada tanto? Pero es que, ¿qué otra cosa podía esperar el muy bastardo cuando todo lo que le arrojaba era mierda sobre más mierda? "Buenas noches, Gerald" escuchó contestar a todos incluyéndose, aunque su voz por supuesto apenas si emergió lastimosamente.
El malestar instalándose en sus oídos provocando un sonido sordo, dejando por fuera cualquier palabra. Se vio estrechando la mano de Gerald, siendo presentados formalmente, sonriendo forzado, profiriendo cumplidos que no se creía y tragando para sofocar las náuseas.
Sus ojos dejaron de observar cuando lo vio acercar a Helga estrechándola en un apretado abrazo y dándole un sonoro beso en la mejilla. La familiaridad con la que se trataban lastimó su corazón.
En un bruma avanzó al comedor con el resto y tomó un lugar entre los asistentes quedando enfrente de su tormento de ojos azules, ¿cuál era el sentido de esto cuando ella sólo tenía ojos para Johanssen? ¿Helga lo había invitado o había hecho Phoebe, y si había sido esta última, acaso no sabía que el idiota era su némesis? Ahora recordaba jamás haber mencionado en sus encuentros el nombre del que le andaba comiendo el mandado, aunque no aplicaba del todo el dicho porque eso implicaba que ellos eran algo más que simples compañeros de clase. Sintió calidez en su antebrazo, algo que lo hizo levantar la vista de su plato solamente para encontrarse con la sonrisa tierna y la mirada cálida de su amiga oriental.
-¿Estás bien, Arnold? Te siento un poco distante.
-Yo… bueno, es que me estoy preguntando que hacen ese par aquí. - lo suelta frotándose nerviosamente la base del cráneo. Necesita respuestas o teme volverse loco.
- Pues, evidentemente son mis invitados, Arnold. – una sonrisa amarga sale de los labios del joven.
- Sí, lo sé… lo siento… es que… ¿de dónde los conoces? Ellos están en mi facultad. No esperaba verlos aquí -. Los mira de reojo y se arrepiente en seguida porque platican tan animadamente, se hacen bromas, todo es risa entre ellos.
- Pues… ¿recuerdas esa amiga de la que te hablé cuando nos conocimos?
- La que habla gritando
- Exacto, pues esa amiga, casi hermana, es Helga. La conozco desde siempre.
Ya, pero eso no explicaba la presencia de Gerald en ese lugar. La sangre le hervía recorriendo sus venas como si de un volcán se tratara.
-Sabes, Arnold, tengo la impresión de que Gerald no te cae muy bien que digamos.
Su aseveración hace que las mejillas antes pálidas se sonrojen. ¿Tan obvio es?
-Pero, te lo aseguro, no tienes nada de qué preocuparte -. Phoebe le guiña un ojo coqueta y él se pregunta nuevamente la razón por la cual no puede volcar en esa bella mujer sus afectos y esperanzas.
Phoebe acaricia nuevamente su antebrazo, fraternalmente, eso responde su pregunta. No hay chispas cuando se tocan, ni siquiera cuando enrolla su brazo en el de Arnold mientras caminan uno al lado del otro, o cuando se miran directamente a los ojos, tampoco cuando una anécdota graciosa se cuela en la conversación haciéndolos reír. No las hay. Son pocas las palabras que ha cruzado con Helga pero todos sus encuentros están cargados de magnetismo, de pasión latente, de fuego.
Eso es lo que quiere, el volcán dormido que esconde Helga en su cuerpo, ese titán que es su alma. La anhela, tanto que le duele, tanto que lo deja sin aliento.
Como puede le sonríe a su amiga y se prepara mentalmente para el desastre que vendrá sobre sus hombros una vez que se retire de esa casa.
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Amigos, hay dos narradores en este capítulo, espero no los enredara demasiado el cambio.
Como anticipé, y como dice la canción... "el final se acerca ya".
Gracias por leer.
