Despertó con el canto de un gallo y el sol que entraba por las ventanas. Se sentía fresca y descansada. Después de lavarse, sacó de la maleta los pocos vestidos que le quedaban, su conjunto de equitación, que dudaba que tuviera el suficiente tiempo libre para poder utilizarlo, todos sus zapatos y botas, y unos cuantos parasoles. Se sintió aliviada al descubrir que sí que tenía su ropa interior, hecha de la más suave seda hilada y probablemente inencontrable en Nashart. Se vistió con un traje de paseo azul celeste que afortunadamente tenía una chaqueta hecha a medida que le cubría la espalda del vestido cuyos botones no alcanzaba a abrocharse. La chaqueta se acampanaba y terminaba justo encima del polisón, que había vuelto a ponerse de moda últimamente, aunque no en un estilo tan pronunciado como lo había sido antes.

Si bien había pensado que sus vestidos de día bastarían para su papel de ama de llaves, realmente no servirían para su papel de cocinera y lavaplatos. Tendría que buscar alguna costurera en el pueblo. Pero ¿y si no había ninguna? Además, necesitaba ropas más prácticas y que pudiera ponerse sin la ayuda de una asistenta.

Encontró una cinta azul para el pelo y se lo volvió a recoger en una coleta. Ta vez podría pedirle a Erza que le enseñara a cogérselo con horquillas cuando la visitara ese día. Si tenia tiempo. Su lista de encargos en el pueblo se estaba haciendo muy larga.

Se debatió sobre si llamar a la puerta de Porlyusica Dreyar antes de bajar a la planta baja. Tal vez debería presentarse a la señora de la casa antes de que la llamaran a hacerlo. Pero no iba a ser un encuentro fácil, especialmente si Lucy tenia que decirle a una mujer que estaba preocupada por impresionarla a ella, a la auténtica Lucy, que la nueva cocinera no sabía cocinar. Decidió posponer aquel encuentro hasta más avanzado el día. Su única esperanza era encontrar ayuda en el pueblo. ¡Tenía que haber alguien que tuviera un libro de cocina, y estaba dispuesta a pagar una fortuna por conseguirlo!

Durante la cena de la noche anterior, le había dicho a su patrón que tenía que bajar al pueblo a la mañana siguiente, y Sting se había ofrecido a llevarla. Así que tuvo una desagradable sorpresa cuando vio que era Erik quien la esperaba en vez de Sting, con el carro listo.

—El jefe quiere que la acompañe —la informó Erik—. Teme que pueda toparse con un Heartfilia y que descubran quién es y traten de recuperarla.

Un buen razonamiento, pensó, aunque no quería volver a estar sola con él. No se movió ni un centímetro. Estar sola con él en la cocina el día anterior ya había sido lo bastante turbador. No quería volver a experimentarlo.

—¿Qué ha pasado con Sting?

—Le he dicho que ya te llevaría yo —dijo Laxus detrás de ella mientras salía de la casa—. Mis hermanos pueden pelearse entre ellos, pero suelen someterse al mayor sin rechistar.

Lucy se volvió para ver su sonrisa burlona, pero se encontró con una sonrisa de satisfacción. Disfrutaba de su papel de hermano mayor y de las ventajas que le proporcionaba. Ella desconocía aquella sensación, ya que se había criado sin sus hermanos. Pero se sintió aliviada de que la llevase él. Con Erik habría estado nerviosa todo el viaje. Con Laxus, solo podía temer que acabaran otra vez tirándose los trastos a la cabeza.

—Entonces no hace falta que el señor Grant…

—Erik nos acompañará —la interrumpió Laxus—. ¿No te he dicho que no puedo ir a ninguna parte sin mi guardián?

Qué expresión tan despectiva, y pronunciada con la misma repugnancia que cuando la había utilizado la noche anterior. Lucy miró al pistolero para ver si se sentía insultado, pero no lo parecía. Inexpresivo, bajó lentamente los peldaños y montó en un caballo palomino de crin y cola rubias, un color que no se veía a menudo en el Este. El caballo estaba atado al palenque delante del porche.

El animal enganchado al carro tenía un color característico que ella solo había visto una vez anteriormente, en un cuadro que tenía su madre de una manada de caballos del Oeste. Layla los llamaba pintos, caballos de dos colores con grandes manchas de marrón y blanco que a Lucy le parecían muy bonitas. Pero con un solo caballo, se preguntó cómo se suponía que tenía que volver al rancho.

Podía alquilar un caballo por un día. El día anterior había visto al menos un establo en el pueblo. Claro que entonces luego habría que devolver el caballo a Nashart. Podría haber comprado u alquilado uno para toda su estancia si no estuviera fingiendo que era una mujer que trataba de ahorrar hasta el último centavo para casarse. Le encantaba montar, había aprendido en Central Park incluso antes de que lo terminaran, ya que siendo un proyecto tan grande, el gigantesco parque se había abierto a peatones y jinetes mucho antes de que estuvieran completados los trabajos de arquitectura paisajista. Lucy suspiró para sí. En su papel de criada, de todos modos, difícilmente encontraría tiempo para cabalgar.

Con un parasol plegado y un ridículo que contenía la carta para su madre, Lucy bajó hasta el carro y subió. El estribo para encaramarse al largo asiento de madera estaba bastante alto, pensando para las piernas de un hombre, pero podía alcanzarlo si estiraba un poco la pierna. Ya tenía un pie en el estribo cuando sintió unas manos por debajo del polisón que la agarraba por el trasero y la empujaban.

—¡Laxus! —exclamó asombrada.

—Tranquila, Blondie. ¿Cómo pensabas subirte si no?

Ahora estaba en pie en el estribo y maniobró sobre la percha de madera. Con los mofletes al rojo vivo y la pose rígida, miró fijamente al frente, ignorando a Laxus.

—Tendrías que soltarte un poco —le dijo él mientras se encaramaba a su lado—. Ahora estás en Montana.

Dios santo, un motivo más por el que no quería quedarse allí. ¿Acaso los pioneros que habían colonizado el Oeste habían dejado atrás todo el decoro? Por lo visto, había sobrevivido muy poco. Secuestros de amas de llaves —sí, vale, «posibles» secuestros—, bandidismo, guerras privadas, propietarios de minas despiadados…

—¿Y exactamente por qué Yo volver tan pronto al pueblo? Nuestra despensa está bien surtida.

¿Quería conversar después de su comportamiento indecoroso? Laxus ya hacía chasquear las riendas para que el carro se pusiera en movimiento y Lucy notaba sus ojos azul celeste clavados en ella. Unos ojos preciosos, aunque ella no podía dejar de sentirse molesta con Laxus como para mirarlos tranquilamente. Y tampoco lo intentó esta vez.

—Por diversos motivos —respondió fríamente—. Tengo que enviar una carta. Tengo que ver a una costurera, ya que mi vestuario no es el apropiado para lavar platos. Y tengo que comprar otras cosas esenciales que echo de menos. Tu padre dijo que la persona que ayudaba a tu cocinero se fue al mismo tiempo que Ed, por lo que voy a contratar a una sustituta si la encuentro. Ah, y aprovecharé para comer decentemente, desayuno o comida, que es el motivo por el que salimos tan temprano. Siento escalofríos solo de pensar en lo que ha servido Richard esta mañana. Y también visitaré a una amiga que conocí en el tren.

Laxus la miraba con incredulidad, aunque ella no lo supo hasta que oyó:

—¡Diantre, mujer, no vamos a estar todo el día!

Lucy lo miró con el ceño fruncido y chasqueó la lengua:

—No estaremos todo el día. Soy muy eficiente.

—Ya puedes tachar algunas cosa de esa lista —replicó Laxus con un bufido—. Por aquí la única gente que busca trabajo son vaqueros, mineros y holgazanes. A las mujeres suelen pescarlas enseguida.

—¿Te refieres a que las contratan para trabajar?

—Para trabajar o para casarse, que viene a ser lo mismo, ¿no crees?

—Aquí en Montana tal vez —discrepó Lucy—, pero no en el lugar de donde yo vengo.

—Eso tampoco es verdad, a menos que hables de las mujeres ricas.

Aunque Lucy miraba fijamente el polvoriento camino, sintió que él volvía a observarla. No debería haber metido la pata de aquella manera.

—Sí, por supuesto —aceptó—. He conocido a varias cocineras que me dijeron que sus maridos se habían casado con ellas por sus habilidades culinarias. —Lo que tampoco era verdad, pero él no tenía por qué saberlo.

—Una motivación habitual para un hombre —dijo con una risita—. ¿Qué tal se te da la cocina?

Lucy se puso tensa. Hablando de esposas y de cocina al mismo tiempo, ¿no la vería de repente como una probable esposa? ¿Él, que ya estaba prometido? ¿Era demasiado impaciente para aguardar a que llegase su prometida? ¿O estaba tan en contra de aquel matrimonio como ella? Le habría gustado hablarlo con él, pero no podía hasta que alguien le contara que Laxus estaba prometido.

Pero él seguía esperando a que ella respondiera a su pregunta. Le repitió brevemente lo que le había contado a Erik la noche anterior sobre que su padre no se había querido creer que no sabía cocinar. Laxus se limitó reír. Apretando los dientes, Lucy volvió al tema de encontrar ayuda para cocinar.

—O sea que, por lo que dices, ¿hay escasez de mujeres en el territorio?

—Exactamente. Siempre la ha habido. Y si sigues paseándote por el pueblo, acabarás con una legión de solterones a la caza de una esposa llamando a nuestras puertas. Eres una presa tan buena como pocas.

Los cumplidos no solían hacer ruborizar a Lucy, así que no supo por qué aquel sí que la había ruborizado, a menos que fuese porque el tono de Laxus se había vuelto un poco mordaz, como si Lucy tuviera que disculparse por ser guapa. Pero no le gustaba el jarro de agua fría que le había echado a su idea de encontrar una ayuda. Luego se le ocurrió que Laxus podría estar basando su opinión escéptica en la posibilidad de que una mujer es Montana posiblemente optarse por casarse antes que trabajar por el ridículo sueldo de una cocinera o criada. Y sin duda tenía razón. Lo que él no sabía era que ella pagaría lo que hiciese falta para obtener aquella ayuda. Lucy era una joven adinerada, Jennifer no.

Pero para prepararlo por adelantado, recurrió a la probable experiencia de Jennifer y dijo:

—Ya me he encargado antes de las contrataciones. Puedo ser muy persuasiva.

—De eso estoy seguro. A mí podrías convencerme de hacer cualquier cosa, si lo intentaras. —Y se inclinó hacia ella para susurrarle—: ¿Quieres intentarlo?

Lucy sintió un escalofrío en la espalda al notar su aliento cálido en el cuello. No era por lo que había dicho, por supuesto que no. Pero ¿cómo era que no se escandalizaba con sus insinuaciones? ¡Debería escandalizarse!

Respondió con más remilgo de lo que hubiera hecho Jennifer.

—Daré por sentado que estás acostumbrado a flirtear tontamente. Yo no lo estoy. Te ruego que recuerdes que tengo un prometido.

—Pero él está en Chicago, que podría ser la otra punta del mundo, mientras que yo estoy aquí. ¿Y qué clase de hombre hay que ser para dejarte escapar así?

—Lo dices como si yo hubiera huido de él, cuando no es el caso. Estuvimos discutiendo a fondo mi venida aquí. Fue una decisión mutua. Los dos queremos ahorrar antes de casarnos.

—No has respondido a mi pregunta. ¿Cómo es él?

¡Jennifer no le había contado nada acerca de su prometido! Lo único que se le ocurrió fue describir al hombre con el que esperaba casarse algún día.

—Es noble de corazón. Amable y sensible. Valiente y muy leal. Se entregó a mí desde el día que nos conocimos. Jamás se le ocurriría serme infiel.

Laxus arqueó una ceja. Lucy no debería haber mencionado esa última parte. Pero Laxus no había acabado de criticar sus preferencias con los hombres.

—Su primer error fue querer esperar para casarse contigo, sea cual sea el motivo. Su segundo error fue dejarte venir aquí sola. Yo jamás permitiría que mi prometida me abandonas eh. De hecho, me casaría enseguida con cualquier mujer que eligiera como esposa, en vez de inventar excusas para posponerlo.

Lucy se indignó un poco a cuenta de Jennifer. La familia de Laxus era rica, aunque no viviera exactamente como tal. Él no sabía lo que era pertenecer a la clase de los sirvientes y tener que estar siempre preocupado por el dinero. Tampoco Lucy, aunque finalmente le había dado pie para preguntarle sobre su compromiso y ella no iba a dejarlo pasar.

—Hablas como si ya tuvieras una prometida. ¿Me equivoco?

Laxus murmuró algo entre dientes antes de contestar.

—Ya hemos conversado bastante por esta mañana. Tenemos que llegar al pueblo. Sujétate el sombrero, Blondie.

Y dicho esto hizo chasquear las riendas con tal fuerza que caballo y carro aceleraron de golpe. Lucy apretó los dientes. ¿Por qué no quería reconocer que estaba prometido a ella?