5 años después…
— ¡¿Qué?!
— Y si, ¿Qué esperaban? Ayer les dije que terminábamos la primera parte de la novela. No me oyeron.
— Pero, pero…¿5 años? Es mucho tiempo, abuela. —terció Antharel, aún sorprendido y un poco ofuscado.— ¿Oikawa estuvo 5 años en el poder?
— ¿Qué pasó con Akaashi esos 5 años?.— interrumpió Dimminuial.
— ¿Y Kuroo e Iwaizumi?.— la secundó Oros.
— Y...si no me dejan leer, no vamos a saber qué sucedió con ellos.
Al confirmar que los tres niños al fin guardarían silencio, Bianca continuó la lectura.
5 años habían se habían sucedido ya desde la gran guerra entre el reino de Karasuno y el reino de Shiratorizawa; pese a haber sido una serie de enfrentamientos prolongados durante años, ninguno de los dos reinos había sufrido realmente demasiadas bajas en el campo de batalla ni una sacudida importante a nivel económico. El conflicto había concluido tan rápido una noche que a muchos habitantes de los dos reinos, principalmente en el de Shiratorizawa, les había costado un poco comprender qué era lo que había sucedido.
Los que vivían en la capital del reino o sus inmediaciones eran quienes quizás tenían una idea un poco más aproximada de los hechos, aunque no del todo certeros; luego de la medianoche, un grupo de soldados de Karasuno había logrado burlar la entrada de la ciudad camuflados como mercaderes de ciudades más alejadas y habían logrado sembrar el caos entre las calles, hecho que aprovecharon para que el jefe del ejército pudiera cumplir su cometido: eliminar al rey. El ataque había sido rápido, sólido, efectivo. Antes de lo que alguien hubiese podido reaccionar, la ciudad estaba en llamas, la guardia real colapsada y el castillo, invadido.
El rey había muerto, su hijo había desaparecido. Sin embargo, sin proclamar la capital como botín de guerra y quedarse con el reino de Shiratorizawa, las fuerzas de Karasuno habían desaparecido de la ciudad tan rápido como habían llegado, dejando sólo cadáveres y una ciudad semi en ruinas.
¿Por qué se habían ido de aquella manera tan extraña? Nadie lo sabía, pero sí había teorías. Habladurías, rumores, ninguno de ellos cerca de la verdadera razón, por supuesto.
Tooru Oikawa se había encargado de ello.
Aquel hechizo, el glamour...qué cosa tan maravillosa y efectiva. ¡Le había ahorrado tantos dolores de cabeza! Los humanos habían caído en sus encantos tan rápido que incluso había sospechado. ¿Tan fácil? Tan fácil. Los primeros días, había gobernado la confusión entre los habitantes de la capital, quienes habían vivido en carne propia el ataque. Luego, más confusión al saberse liderados por un nuevo monarca al cual "creían" conocer.
Después, el deslumbramiento.
Oikawa jamás creyó vivir una situación similar en su vida. Aún tenía muy presente en su memoria las veces que, de pequeño, los seres humanos lo habían llamado monstruo por sus cuernos, por sus poderes, por su residencia en el bosque encantado. Ahora, cuando las primeras personas que se habían animado a acercarse al castillo lo habían visto, la reacción había sido totalmente opuesta, como si hubiesen sido testigos de la magnificencia personificada. Y la mejor parte: no era un hechizo, al menos no del todo. Sólo los había confundido para que no lo rechacen, no para que lo halaguen. Cuando el rumor de sus encantos y atractivos naturales se había expandido como un huracán por todos los ciudadanos, los pueblos vecinos y las demás ciudades, Oikawa rió, sorprendido y satisfecho por aquel logro colateral.
Y así, el inicio de su reinado no podría haber sido más sencillo y pacífico.
Los humanos no se resistían, comenzaban a vivir su rutina y los conflictos entre ellos habían cesado; las criaturas, quienes no habían sufrido los efectos de su hechizo a gran escala no habían necesitado hacerlo para aceptarlo como nuevo líder. Sus territorios y caminos eran respetados, sus reclamos, escuchados. Oikawa había encontrado un sutil equilibrio entre las especies donde solía priorizar las necesidades mágicas antes que las humana pero, aún así, no había hallado grandes dificultades para ello. Había armado su propio consejo real compuesto de criaturas de varias especies, salvo los Elfos.
Bueno, ellos tenían su propio territorio donde gobernar. No necesitaba de su participación ni opinión, después de todo.
La transformación desde un cuervo hacia su cuerpo original resultaba cada vez más sencilla, natural. O eso fue lo que pensó Oikawa cuando descendió en picada en plena noche cerrada; sus alas se transformaron en brazos que sostuvieron y acomodaron su túnica apenas sus plumas también desaparecían, sus pasos resonando amortiguados en el césped. Sus ojos rojizos alcanzaban a distinguir el asentamiento que había en los límites del bosque de Aoba, mucho más a oriente de donde él solía habitarlo; en aquel pequeño poblado compuesto principalmente por criaturas mágicas, había una vivienda particularmente llamativa para él.
Caminó despacio, sin prisa hacia ella. Una de las luces de su interior estaba encendida, lo veía a través de una pequeña ventana. La medianoche había pasado hacía ya bastante, estaban más cerca del alba…
Lo estaban esperando.
Ni siquiera golpeó la puerta, sabiendo que los habitantes de la casa conocían ya su presencia allí. Sonrió afablemente cuando la madera dejó paso a la luz de la lámpara, bañando su semblante relajado.
— Lamento las horas.
— No hay problema. Puedes venir cuando quieras, pero…¿por qué no lo haces durante el día, hermano?
Shimizu lo dejó pasar pese a que Oikawa no respondió su pregunta. No le molestaba, pero si llegaba a exasperarle un poco que su hermana repitiera aquella pregunta cada tanto, conociendo la respuesta. Ahora, sus botas resonaron en el suelo de madera con cada paso que daba, intentando hacer el menor ruido posible.
— No quiero levantar sospechas. Lo sabes, Tanaka también, ¿no es cierto?
— Claro. Sólo expresé en palabras un deseo. Es todo.
Oikawa volteó hacia ella, sus miradas encontrándose. Por unos segundos ninguno de los dos dijo nada, pero la situación no resultaba incómoda. Oikawa no necesitaba que Shimizu explicara su deseo porque también era el suyo propio, pero…
...la situación era un poco más complicada que un capricho, al menos para él.
— Cuando crezca, quizás...no lo sé, es peligroso. Veremos con el tiempo. ¿Puedo…?
— Ven. Ya está dormido, se cansó de esperarte.— Oikawa rió despacio al oír eso, divertido.
— Es impaciente, igual que yo.
— No es en lo único que se parece a ti, sabes.
— Oye, eso sonó a reproche.
— Lo fue.
Pese a la pequeña discusión, ambos estaban relajados, felices. Oikawa siguió a Shimizu escaleras arriba con el paso más pausado y silencioso que pudieron conseguir.
— ¿La cabra está dormida?
— Oikawa…
— Ya, Tanaka.
— Sí. En realidad no le dije que vendrías, así que ni debe haber notado tu presencia. Cada día la disimulas mejor.
— Cada día aprendo algo nuevo. Mejor, no quiero interrupciones.
Shimizu no siguió discutiendo y se sumieron en un silencio tranquilo entre ellos mientras terminaban de subir las escaleras; mientras recorrían uno de los corredores del primer piso, Oikawa retiró su túnica, haciéndola desaparecer. Abrió el cuello de su camisa un poco más, sintiéndose repentinamente ansioso, nervioso. Le faltaba un poco el aire y comenzaba a tener calor, ¿acaso era claustrofobia por vivir principalmente en el castillo de amplias paredes y altos techos? Toda la vida había habitado en cavernas y grutas donde el espacio era reducido, oscuro, húmedo. Era su ambiente natural, ¿qué rayos…?
— Si vas a despertarlo, hazte cargo porque luego no vuelve a conciliar el sueño.
— Podré con eso. Gracias.
El agradecimiento fue dicho en un susurro, pero contenía su más sincero agradecimiento. Habían llegado finalmente a una puerta entreabierta, una tenue luz filtrándose por el rellano. Shimizu hizo un gesto con la cabeza y acarició su brazo en una señal de despedida, dejándolo a solas.
Oikawa inspiró profundamente, exhalando pausadamente todo el aire de sus pulmones. Sus manos estaban sudando, ¿qué carajos le pasaba, por qué se ponía tan nervioso con algo que había hecho casi todas las semanas desde hacía cinco años?
— ¿Mamá?
Jadeó al oír la dulce voz de tono adormilado desde el interior de la habitación; como impulsado por una fuerza invisible, Oikawa empujó suavemente la puerta e ingresó en el cuarto, casi como por un acto instintivo.
Y allí estaba. En medio de la cama de sábanas revueltas, un niño de unos 4 años lo observaba, primero sorprendido y luego feliz, sonriéndole, sus mejillas sonrojadas y sus cabellos revueltos, su cabeza adornada por cuernos que aún eran demasiado pequeños.
Era su viva imagen a esa edad, sólo que sus ojos eran diferentes. Aquel tono verdoso le conmovía a un punto que lo dejaba sin habla, sin pensamientos coherentes.
— Perdón la tardanza, yo…
— ¡Mamá!
— ¡No grites!
Oikawa intentó evitar por todos los medios que el niño hiciera más ruido, pero fue imposible; había saltado de la cama a una velocidad pasmosa y cuando quiso darse cuenta, ya le estaba abrazando las piernas. Pese al susto inicial, Oikawa no podía pedir más.
Su hijo parecía haberlo extrañado tanto como él lo hacía.
— Pensé que ya no vendrías hoy porque la tía me dijo que me acostara porque no había recibido ningún mensaje tuyo pero tú me habías prometido que el último día de la semana vendrías a verme y…
— Wow, respira, Tooru. He entendido la mitad, pero si te prometí que vendría, aquí estaría hoy.
— ¿Estuviste muy ocupado?
— Así es, mamá no la tiene tan fácil como la tía Shimizu.
— Ella dice que la tiene más difícil que tú.
— Es una envidiosa, eso es lo que es tu tía Shimizu.
Oikawa cargó a su hijo entre sus brazos; era liviano, tibio. Al abrazarlo y besarlo, pudo sentir su aroma dulce y suave, tranquilizándolo. Cerró los ojos mientras el niño pasaba sus manos por sus cuernos, su cabello, su rostro. Le gustaba tener contacto con él, cerciorarse que todo estuviese en su lugar, de alguna manera. Caminó luego hacia la cama, sentándose con el niño sobre sus piernas mientras éste comenzaba a hablar sin parar, contándole de manera desordenada las cosas que había hecho en aquellos días al tiempo que Oikawa acariciaba y acomodaba sus cabellos.
Mientras lo hacía, supo que había hecho lo correcto. Cuando supo acerca de su embarazo y las cosas se habían torcido con Iwaizumi, luego de su ascenso al poder supo que era imposible conservar al niño, porque lo volvería débil y un punto de ataque constante, pero ¿cómo podría…? No, no iba a "deshacerse" de él. Simplemente era imposible, no sólo porque era hijo de Iwaizumi, sino porque era su hijo, el único que probablemente concebiría.
Entonces, ¿qué haría? Si bien, a medida que los meses comenzaban a transcurrir y había tenido a bien ocultar su embarazo de la mirada pública, los humanos y las criaturas no representaban mayor amenaza, siempre estaba la sensación latente del peligro, de la traición. Oikawa podía pecar de paranoico pero no de irreflexivo. Siempre había sido demasiado meticuloso como para librar al azar algo tan importante como una vida que dependería exclusivamente de él, y ese no era el caso.
Por lo que, cerca del nacimiento de Tooru, había decidido que lo más sensato y seguro era evitar cualquier relación con su persona, con lo que representaba su nombre. Nadie sabría que el niño era su hijo, nadie conocería que Oikawa había concebido un vástago que podría ser su único punto débil, llegados a ese punto. Y así, lo entregó en brazos de la única persona en la cual confiaba, Shimizu. No era su hermana de sangre pero sí de la vida y, pese a que no estaba demasiado de acuerdo con algunas de sus actitudes y acciones, no había rechistado cuando Oikawa le había explicado lo importante que era aquello para que su hijo creciera sano, fuerte y en paz.
Sin embargo, estaba ya más que claro que Oikawa no iba a poder soportar por demasiado tiempo la separación de su hijo, sobre todo sabiendo lo impaciente que era. Así que, poco a poco, mes a mes, se había ido acercando al niño que no podía hablar, hasta que habló y lo llamó mamá a él, y no a Shimizu; al niño que no caminaba, hasta que comenzó a seguirlo por todas las habitaciones de la casa cada vez que él iba, cosa que no hacía con nadie más. Al niño que era feliz jugando y siendo mimado, hasta que comenzó a hacer preguntas.
¿Por qué mamá no estaba con él, por qué vivía lejos? ¿Acaso no lo quería?
Oikawa había sido escrupuloso en sus respuestas, sobre todo porque se trataba de un niño demasiado pequeño para comprender aún las implicancias de toda la situación. Por suerte para él, nunca había preguntado hasta el momento por su padre. Parecía ser algo que no le llamaba demasiado la atención. Todavía. Al menos, había podido contentarlo, convencerlo de que nada tenía que ver su gran amor por él a sus desapariciones repentinas.
Pero no sabía cuánto tiempo más iba a poder mantener aquella situación. El niño crecía rápido, su mente aún más. Oikawa ya había notado cierto flujo de magia en su interior, aunque aún no había podido enseñarle demasiadas cosas. Lo que más le preocupaba en esos momentos era la velocidad con la que asimilaba las situaciones y analizaba todo lo que oía y veía, en silencio.
Luego lo atacaba y acorralaba con las conclusiones que sacaba en cada caso, dejando a Oikawa sin palabras en la mayoría de aquellas ocasiones.
Faltaban apenas unas horas para el amanecer, pero Oikawa se sentía un tanto agotado. Se recostó sin darse cuenta sobre el respaldo de la cama, su hijo aún en brazos; éste, a su vez, se acostó sobre su pecho, aún rodeado por los brazos de su madre un tanto adormilada.
Pese a eso, no había dejado de hablar y Oikawa, de escucharle. No sabía cuándo podría volver hasta allí sin levantar demasiadas sospechas, sin que nadie lo viese ingresando allí.
Cerró los ojos, sus párpados pesados. Inmediatamente, la imagen que se formaba cada vez que se hallaba en aquellas circunstancias acudió a su mente, grabada a fuego. Incluso oyó la voz de Iwaizumi, clara y nítida como si estuviese a su lado, en la cama.
¿Qué estaría haciendo en esos momentos? Probablemente dormiría. Los humanos no solían deambular por las noches, sobre todo si tenían una vida tranquila, rutinaria. ¿Iwaizumi tenía una vida tranquila?
Sí, sí lo hacía.
Percibió que sus brazos perdían un poco de fuerza alrededor de su hijo sin poder hacer nada para evitarlo. El cansancio lo vencía y la voz de Tooru lo relajaba a tal punto que ya no tenía fuerza alguna para levantar los párpados. Olfateó una vez más los cabellos del niño, aún recostado sobre él. Era agradable, apacible. Su aroma le recordaba sutilmente a la vainilla...a…
...A Iwaizumi siempre le complacía la fragancia a vainilla que a veces percibía en Oikawa; era tan tenue y delicada que a veces se preguntaba si realmente estaba allí, sobre su piel, o si en efecto, era sólo él quien la percibía tan ligera por su olfato poco desarrollado en comparación a otras criaturas. De cualquier manera, le fascinaba enterrar la nariz en su cuello, sentirla, llenar sus fosas nasales y pulmones con su olor.
Porque lo amaba, adoraba todo lo que viniera de Oikawa.
Oyó su risa despreocupada, divertida. Iwaizumi no pudo evitar sonreír también contra su piel mientras iba besando, mordiendo, marcando un camino hacia abajo sobre sus hombros, su torso. Oikawa suspiró, acariciando su espalda desnuda, clavando sus uñas filosas en su piel sin que a Iwaizumi le importase realmente aunque doliese un poquito.
Su risa y sus suspiros eran los sonidos que Iwaizumi más disfrutaba, que más atesoraba. Por suerte, oía a menudo a ambos.
— Iwa-chan, me haces cosquillas, detente…
— Pero te gusta.— la queja de Oikawa había quedado a medias por la risilla que había surgido de sus labios, su cuerpo retorciéndose sobre las sábanas.— Si no, me detendré.
— Ni se te ocurra...Iwa-chan…
Oír su nombre — o lo que Oikawa pronunciaba como su nombre, apodo que habían comenzado a utilizar desde pequeños y que Iwaizumi no sabía de dónde carajos lo había sacado — pronunciado de una forma tan lasciva obviamente lo encendería a él también; siempre había sido cuidadoso con el cuerpo de Oikawa, prestaba atención a sus reacciones, estudiaba sus expresiones cuando tocaba aquí y allá. Por alguna razón, cuando estaban a solas y en la intimidad, Iwaizumi consideraba aquellos como los únicos momentos en los que Oikawa era plenamente suyo y de nadie más, los únicos instantes donde bajaba todas sus defensas y se entregaba completamente tal cual era. Nada de especies, nada de responsabilidades ni de tapujos.
E Iwaizumi lo acunaba todo el tiempo que podía, porque sabía que eran contadas las ocasiones en las que podía tener de aquella manera a Oikawa, tan expuesto, tan perfecto a sus ojos. Por eso velaba por su satisfacción, y también se entregaba lo más que un humano podía hacerlo. Sus suspiros se transformaron en jadeos entrecortados, cada vez más ansiosos, más necesitados. El cuerpo de Iwaizumi se movió sobre el suyo, hizo todo lo que debía hacer para complacerlo, para que ambos fuesen uno aunque fuera por breves instantes; e Iwaizumi adoraba la manera en la que Oikawa se aferraba a su cuerpo como si su vida dependiese de ello, le exaltaba la forma en la que solía suplicarle que no se detuviera, que no lo dejara a la deriva.
Y finalmente, amaba oírlo gemir su nombre en un tono tan dichoso y extasiado que satisfacía de manera inimaginable a Iwaizumi.
Luego de tantas ocasiones, aún no podía ni quería acostumbrarse al placer físico y emocional que le brindaban aquellos encuentros.
— ¿Te has dormido?.— el susurro de Oikawa sacó a Iwaizumi de su ensoñación. Al ladear el rostro Oikawa lo observaba de costado, su brazo estirado acariciando el rostro de Iwaizumi apenas en una caricia tan ligera como una pluma.
— Estaba en eso.
— Oh.
— Ahora habla, ya me despertaste.
— No es nada, sólo pensaba que podríamos hacer esto más seguido cuando vivamos juntos, ¿no?
Iwaizumi cerró los ojos otra vez soltando una risa suave que Oikawa secundó; tomó la mano de Oikawa y besó sus dedos, suspirando. Se sentía relajado y por qué no, satisfecho con su vida.
— Todas las veces que quieras, idiota.
Iwaizumi jadeó y se incorporó abruptamente, sentándose en medio de la cama. Tuvo que cerrar los ojos porque el sol que se filtraba por la ventana le hizo daño apenas dirigió su vista hacia allí. Agitado y desorientado, ladeó el rostro y observó su cama.
Era otro cuarto, otra cama, otras sábanas. Y estaba solo.
Cubrió su rostro con ambas manos, rascándose luego la cabeza, desordenando aún más su cabello. Se sentía frustrado, harto de aquello.
Otra vez ese sueño. No, otra vez aquella persona. Maldito Oikawa… ¿Oikawa? ¿Era una criatura? ¿Se había revolcado con alguien que no era humano?
Ya no recordaba parte del sueño. ¿Había estado en una cama junto a otra persona? ¿La conocía? Otra vez, Iwaizumi se descubrió en un esfuerzo mental supremo por recordar el rostro del otro, a su lado. No podía, no le salía.
Lo que sí recordó por escasos segundos, lo último que su cerebro pudo retener, fue su risa.
¿Por qué aquel sonido le generaba tanta angustia y tanta alegría al mismo tiempo?
Chasqueó la lengua cuando sólo quedó la sensación de un sueño que ya no recordaba. Maldiciendo por lo bajo, recordó que era lunes. Tenía trabajo acumulado en el taller que no había adelantado el fin de semana y probablemente aquel día tenía que pelear también con los proveedores.
Se incorporó pesadamente, sin demasiados ánimos. Caminó por la habitación buscando su ropa desperdigada mientras planeaba e intentaba recordar todo lo que debía hacer aquel día.
Cuando iba saliendo de la habitación, una nota escrita por él mismo enganchada con un puñal en la puerta lo distrajo.
"No te olvides de visitar a Hershel, imbécil."
Ah. Si no leía la nota, ya iba a olvidarse. Sin retirarla de la puerta salió, tenía demasiado trabajo qué hacer.
Disculpen la tardanza! Espero les vaya gustando :3 intentaré subir otro en un ratito!
