Un cordial saludo a todos:

Y si están leyendo esto, les deseo una feliz navidad y un muy feliz año 2021. Esperemos de corazón que sea mejor que el anterior, sin duda.

Hubiera deseado tener este capítulo listo en fecha de fiestas, pero me ha sido imposible. Así y todo, he ido todo lo rápido que he podido para preparar el camino. En verdad me emociona el desmadre que se vendrá encima, así que no deseo hacerles esperar. Calculo que esto este episodio es lo último que me va quedando de "calma" antes de lanzar encima toda la artillería.

Una vez más, agradezco de corazón a quienes aún siguen esta historia. Gracias de corazón por su fidelidad. Gracias de corazón, Chiara. Vamos por los rounds de campeonato.

La canción a la que hace referencia el título corresponde a la pieza del grupo Cage the Elephant.

Y sin nada más que añadir (sabedores todos que LoL no nos pertenece como propiedad intelectual), les doy la bienvenida a la lectura.


Escucha, éste era un viejo hospital que tenía años de existencia; en realidad, nadie recordaba cuándo se fundó, todos tenían la impresión que llevaba siempre ahí.


Antes de volver de verdad a casa, necesito asegurarme.

En cuanto me dieron la noticia… la confirmación de lo que temía, sólo una cosa inundó mi cabeza:

No puedo dejar pendientes.

Y no es que no pensara con anterioridad en concretar todo esto, es sólo que…

Se mezclan demasiadas cosas. Por un lado, no sabes dónde. Por otro, necesitas el espacio. Después tienes miedo. Después no sabes por dónde empezar.

Ahora… ahora no es que todo esté dictaminado, pero no puedo dar por hecho nada. Por eso es que mamá me acompaña en esta locura.

En estricto rigor, no es como que existan demasiadas razones que justifiquen un viaje rápido a Anju, en el lado norte del imperio. Mucho menos que lleve el uniforme de gala del Cuerpo Policial Imperial. Lo más probable es que llame la atención incluso en el tren, pero tiene un lado agradable que mamá se permita presumir algo, por mucho que me siento tan cómodo llevando esto como una camisa de ortigas.

La ciudad que nos recibe ni bien ponemos los pies en la estación está dominada por el frío clima propio de la estación y que habla de las fiestas próximas. Necesito moverme rápido o pronto estaré pensando que me habría gustado traer aquí a…

Dios… no otra vez… no ahora.

Hijo… ¿Cómo es que diste con ellas? –Por supuesto que a mamá le sorprende. Puede que ni siquiera se lo crea, quizá piense que es mejor que sea ella quien afronte la decepción y no papá.

La entrada y salida al imperio está controlada, mamá, aunque no lo quieran… bueno, dejarán un rastro –aún me cuesta retomar la costumbre de hablar con ella sólo en español, pero su compañía la agradezco.

–¿Y todo este tiempo estuviste esperando?

–Más que esperar… me hacía falta una buena razón para dar el paso.

Calla. Sabe a qué me refiero. No quiere volver a ese punto y le cuesta un largo mutismo ni bien tomamos el taxi y nos dirigimos a la dirección, sin saber nadie dentro del vehículo que, en mi fuero interno, estoy rezando porque esto no sea otro chasco como me he llevado tantos en el último tiempo.

He perdido demasiado ya. Lo último que quiero es una decepción más.

Y aunque no quiero pensar que todo esto se debe a la urgencia por culpa de…

Y a que también exista la posibilidad de que esté equivocado…

O que mamá no estaría conmigo si no corriera el riesgo de desmayarme otra vez por falta de…

El traje me aprieta de pronto.

Mierda, ¿y si es otro callejón sin salida?

Esto nunca ha parecido una buena idea, pero es la única y… y la sola idea de seguir peleando con esta duda…

Por mucho que a veces no quiera…

–Llegamos.

Pago la carrera sin mirar el entorno. Sólo cuando he puesto los pies fuera del vehículo y mi madre ha cerrado la puerta, me permito contemplar el suburbio sobrio, anónimo, casi anodino que nos da la bienvenida. Hay algo de decoración, adelantándose respetuosamente a las fiestas, de manera que el ambiente se podría considerar casi relajado.

Somos nosotros los que desentonamos aquí.

¿Sabe, mamá? Parece un buen sitio para esconderse.

Entonces es probable que tengas razón.

No hay casas, sólo es un enorme complejo de apartamentos. Así que debemos acercarnos primero a la recepción con tal de confirmar las identidades y la ubicación específica.

Ahora resulta que tengo razón.

Carajo, ahora mismo no sería tan descabellado sólo… largarse, ya que sabemos que están bien, pero…

Mierda, podría quedarme aquí para siempre, siento que el aire se afina tanto…

Mamá… ¿Le importaría que me adelante? Quiero… quiero comprobar una cosa, la llamaré apenas esté seguro de que…

¿Aún ahora crees que debes darme explicaciones? –De un tiempo a esta parte, no me gustan sus sonrisas. Parecen temblar en sus labios–. Vete, te espero.

Para ser un barrio discreto, el edificio es inesperadamente alto. Tengo que llegar al piso dieciséis para poder salir del ascensor y casi persignarme antes de correr a la puerta en cuestión. Creo estar sudando bajo este maldito traje de gala, pero estas ideas de mi madre…

¿Será correcto? Sería una forma de enrostrar tanta distancia y tantos años.

Así que toco el timbre antes de golpear. Puedo escuchar la campanilla sonar al fondo. Y los pasos. Aquí vienen los pasos y los cerrojos que se desplazan.

La puerta se abre. Siento que me quedo sin aire.

–¿Sí? ¿Qué necesita?

Siempre… siempre la recordé tan grande y ahora… ahora hasta la veo pequeña…

Incluso ahora… años después… se sigue amarrando el pelo con un moño descuidado. Diría que sigue siendo la misma, pero vislumbro las hebras grises. Las pequeñas arrugas. Pero… maldita sea, esos ojos curiosos…

Esos mismos ojos curiosos…

Pon atención a la historia que te cuento, porque te haré preguntas después, ¿de acuerdo?

Y… aún no me reconoce…

–Buenas… buenas tardes, ¿la señorita Jo Sook Hee?

–Sí –ahora parece dubitativa. Cautelosa. Desde luego, no todos los días un cabrón desmejorado con uniforme toca tu puerta.

–Se… ¿Se encuentra en casa la señorita Hideko Sato?

–Deme… deme un momento.

Y deja la puerta abierta en lo que regresa. Y puedo escuchar que habla. Que llama a voces en japonés. Nunca las entendí. Siempre lo usaron para bromear entre ellas frente a mí y yo nunca me molesté en intentar entenderlas. Puede que nunca quisiera entender. Puede que formara parte de la magia.

Puede que, incluso ahora, crea que es mejor así.

Y tampoco es que pase tanto para que vuelva con ella.

Cristo…

El mismo inusual cabello castaño oscuro. Las mismas facciones de permanente tristeza y esos ojos audaces… esa forma de moverse, casi de reina para compensar la inseguridad de Sook Hee…

Después de tantos años… que sigan siendo ellas…

–Yo soy a quien busca –casi ha perdido el acento japonés, pero ahí está. Hideko, siempre tan altanera y segura en su tono mesurado–. ¿Qué es lo que quiere?

No mires atrás, sólo monta la bicicleta y déjate llevar por la velocidad.

Dicen que cuando puedes contar los granos que le quedan al reloj de arena, es cuando la urgencia crece y la lista se expande.

Durante años postergué el pendiente y me juré, cuando volví del desastre que fue Tierra Pura, que las encontraría. Que las buscaría primero, por supuesto. Que las encontraría y que les diría… les diría tantas cosas…

No sé qué pasará el día de mañana, pero no puedo contar con que esa incertidumbre se prolongue hasta una etapa razonable. Es tan simple como que he tenido suerte de contar con el milagro de despertar hoy y no sé si mañana esa gracia divina me acompañe.

Cuando te acostumbras a pasar rozando… a apenas vivir para contarla, sabes… entiendes que, si debes dar el paso, lo último que debes hacer es dejar pendientes.

Y yo… yo ya he perdido demasiado. Aún me pregunto cómo es que todavía estoy vivo. Cómo es que todavía respiro.

Y quizá sea esa desdicha la que llevó a esos años más felices. A querer recuperar la infancia. Cuando aún era hijo único y mis padres, debido al trabajo, debían dejarme a cargo de…

De esa familia que sé que mi viejo aún extraña tanto…

–¿Oficial? –Inquiere dudosa Sook Hee desde lo que parece una gran distancia, arrancándome de la estación de la nostalgia–. Se… ¿Se encuentra bien?

Mierda, es muy pronto para no poder contener las lágrimas.

Podría… podría sólo irme, ya las he visto, pero… me duele.

Me duele… tanto que me vean… con ese temor y desconfianza…

–Sí, sí… yo…

–¿Qué es lo que quiere? –Por supuesto que no quiere delatarse, pero Hideko ya está ansiosa.

–Sólo… quería verlas –confieso con un hilo de voz que no debe de armonizar con esta facha de policía de gala que llevo.

–¿Disculpe?

–Verlas y… decirles lo mucho que las he extrañado.

Supongo que si me quito la boina haré la diferencia.

Al menos… al menos se relajan sus facciones. Sin embargo…

–Nos… ¿Nos conocemos?

–Es… es probable –murmuro intentando sonreír–. Digo… no todos los días cuidan a un niño que… casi se mata chocando en bicicleta, ¿o sí?

Puedo verlo.

Algo cambia en sus rostros. Más en el de Sook Hee, quien es la primera en dar un paso hacia mí. Para mi sorpresa, busca a la altura del pecho, ahí donde está marcado mi rango y mi nombre.

El mismo nombre que ella roza con los dedos antes de desarmarse su expresión a causa de la sorpresa.

–No… no… no puede ser…

–Sook Hee, qué… –Hideko tiene que mirar hacia donde ella mira para terminar de entender. Y tengo la impresión de que está viendo un fantasma–. Tú… tú eres…

–¿Tiene idea de lo difícil que fue encontrarlas, tía Hideko? –Me cuesta sonreír, pero lo intento, sobre todo porque a quien tengo más cerca parece que está a punto de darle un soponcio–. Tía… tía Sook Hee…

Antes de que pueda decir nada más, la tengo colgada del cuello en un abrazo tan fuerte que juraría que me está trizando una o dos vértebras.

Y todo sería más sencillo si no fuera porque otro par de brazos me rodea. A la altura del pecho…

Aplastando lo destruido… quitándome las fuerzas…

–¡Jong Ki! –Una de ellas, no sé quién, grita mi nombre e impide que me termine de derrumbar–. Niño tonto… niño tonto…

–También… también me da gusto verlas, tías –no puedo sonreír. No con ellas llorando de esa manera–. Yo… sólo las extrañaba, así que…

Está claro que no me va a soltar. Tía Sook Hee, quiero decir. Tía Hideko cree más prudente mantenerse apartada, aunque no deja de llorar en silencio.

Mis tías. Las que me cuidaron cuando mis padres aún luchaban por darme un futuro antes de la llegada de mi niña.

Mis tías… mis queridas tías siempre presentes hasta que tuvieron que escapar porque no importa cuánto pase, hay gente que no termina de entender… o no quiere entender, que es peor. Que según ellos, los niños no pueden crecer viendo estas cosas, menos a dos mujeres viviendo la vida que, según ellos, sólo le corresponde a "la gente normal" o "las parejas normales".

Yo crecí años viéndolas. Queriéndolas. Las tías. La hermana de mi padre y su… y su chica. Crecí años con ellas. Hasta que esos cabrones me las arrebataron. Porque un niño no puede crecer viendo esas cosas. A veces no basta con que tu familia no te dé la espalda. Por mucho que lo quieras, la familia no puede protegerte de todo.

Yo sólo sé que crecí extrañándolas después.

Y ahora que le quedan pocos granos al reloj de arena que marca el paso de mis días, apenas tuve que aceptarlo supe que quería saldar cuentas y recuperar lo que aún tenía chance de recuperar.

El valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar.

He perdido mucho ya. Sé que seguiré perdiendo. Pero al menos ahora… ahora siento que, antes de que pase lo que tenga que pasar, puedo procurarme un poco de tranquilidad.

Le pedí a papá que volviéramos a casa.

Recién ahora siento que estoy cumpliendo ese deseo.


–¿Y bien?

–Tenía razón, ahí es, justo donde dijo.

Sonríe complacido.

–Pos supuesto –contempla la pantalla. El enorme mapa que se despliega ante ellos.

–Entonces…

–Informa nuestra próxima llegada y diles que esperen mi señal.

–¿Disculpe?

–Que esperen mi señal, sólo están ahí para anunciar mi entrada.


A medida que acelera, Akali se pregunta cuántos kilómetros pueden ser prudentes tratándose de una persecución sigilosa en medio de la carretera.

Tal vez ni siquiera haga falta un seguimiento presencial. A lo mejor lleva un localizador adherido a la moto. De todos modos, no es como que le importe demasiado. Sabe que esos tipos… ¿Black Task? Como sea, sabe que están haciendo su trabajo y mientras no se metan directamente con ella… mientras no estorben, por mucho que esa palabra tenga un significado amplio, todo debería estar bien.

Intenta no pasar el límite de velocidad… no demasiado, es decir. No por mucho tiempo.

Tampoco es que haya demasiada distancia entre Seúl y Pyongyang. Al menos en avión, claro, pero siguiendo la ruta terrestre… en fin, que le agrada de todos modos. Tener una excusa para acelerar en esa moto, es decir. Ni siquiera lleva demasiado encima. Además de la mochila en la espalda con lo esencial, por supuesto.

No circulan demasiados vehículos hacia la zona norte del imperio. Está bien. Las fiestas de fin de año están próximas, así que eso cambiará pronto. Y lo último que quiere es toparse con los kilométricos atascos. Por mucho que el flujo, según se dice, es más grande camino a Busan. Pero no puede decirse que la ninja sea dada a las apuestas, por mucho que sus compañeras y amigas le reprochen ese gusto por arriesgarlo todo.

Es más metódica de lo que aparenta. Y a veces piensa que no hace falta aclarar el malentendido. Es mejor así.

Pero el gusto por la adrenalina no es algo que puedas diluir de la noche a la mañana.

La rebasa un sedán. No se molesta en darle alcance. Sabe que va con buen tiempo. Quiere disfrutar del viento chocar contra su cuerpo. El casco hace su trabajo. Apenas si percibe el soplo.

Aunque no es como que cuente con demasiado tiempo para concretar este descabellado plan.

Eso por no mencionar su destino.

Es decir… carajo, Pyongyang es enorme. Tal vez no tan extremadamente avanzada como Seúl, pero claro que tiene lo suyo. Y no le falta población, por mucho que ahora las autoridades estén incentivando la migración a la llamada capital de la zona norte imperial. No es como que ayude demasiado que tengan el estadio más grande del país y del mundo allí, pero por algo se empieza.

Pero si las sedes administrativas siguen evadiendo esa ciudad…

En fin, que desde cuándo le importa cómo se mueva el imperio en esas materias… bastante debe tener ya intentando controlar las protestas en otras ciudades. Contrario a las otras, Pyongyang sigue gozando de relativa calma.

Y ahora que lo piensa, bastante se le ajusta al cabrón como ciudad natal. O ciudad de gran parte de su vida, como afirmó la doctora… ¿La doctora Seo?

Sí. La misma que la atendió cuando se rompió el brazo. La misma que trató al cabrón que fuera su representante con tanta familiaridad…

La que no la reconoció y preguntó, como si tal cosa, si acaso ella era su novia.

Por mucha cercanía que tuvieran, no es como que ella estuviera enterada de los planes del ex representante. De hecho, bien que le sorprendió verla. Casi tanto como a Akali el saberse reconocida por una galena que no tenía demasiado conocimiento de la escena musical actual y que, con toda certeza, debía de tratar a cientos de personas a diario. Cientos de huesos rotos, qué encantador.

Y más allá de agradecer la suerte de encontrarla en medio de la pausa del café, la profesional se desayunó la noticia de la partida del ex representante en cuanto Akali le aclaró las razones para buscarla.

Necesitaba disimular el cansancio. Ni bien puso los pies en el aeropuerto, lo primero que hizo fue buscar ese hospital y a esa doctora, rezando por encontrarla de turno. A qué dios darle las gracias por el favor concedido… bueno, eso lo decidiría más tarde.

Ahora bien. Tampoco era demasiada gracia toparte con que la única persona que, sabes, guarda cierta familiaridad con el sujeto cuyo nombre se ha atravesado medio a medio en tu razonamiento… dista de ser una perspectiva del todo agradable.

Pero hablamos de Akali, por supuesto. Especialista en ocultar su verdadero sentir. Por mucho que un cubrebocas tenga mucho que ver en ello. Oye, que los ojos son el espejo del alma. ¿Quién carajos dijo eso, por cierto? Seguro que el cabrón lo sabría. Sabía cosas inútiles.

–Qué inesperado –recuerda que dijo la doctora, ni bien consiguió hacer pasar otro sorbo por su garganta–. Irse de la ciudad… jamás lo imaginé.

–Al menos… ¿Al menos sabe adónde pudo ir?

Aún ahora, sobre su motocicleta a toda velocidad, a Akali le molesta recordar la mirada ladina que le dedicó la doctora antes de sonreír.

–Apuesto que muchos otros quieren el trabajo, ¿por qué te preocupa tanto uno que presentó su renuncia?

–Yo no lo acepté –fue la réplica automática de la rapera, ganándose a cambio una sonrisa algo burlona.

–¿Estás segura de que sólo eres su jefa?

–Eso… eso es algo que sólo él dijo, no yo.

Lo que pudiera quedar de café no la salvó de ser analizada por esa mujer más tiempo del que se sentía dispuesta a tolerar. De no haber carecido de fuentes de información, perfectamente se habría largado ante la primera señal de burla, pero…

Es decir, decirlo a Shen era una cosa, pero… reconocerlo… reconocerlo aunque fuera de manera indirecta ante una desconocida en la que, por irónico que parezca, estaba depositando buena parte de sus esperanzas…

Como si no fuera suficiente ya el hecho de buscarla por esa razón…

–Aún tengo tiempo antes de volver a Urgencias –comentó la doctora, suavizando un poco su semblante–. ¿Te gusta el café?

Tampoco es como que sintiera ánimos para algo así, pero… considerando las escasas certezas de las que disponía, distaba de hallarse en posición de rechazar las alternativas.

Y no es que le disgustara especialmente el café. Por mucho que el último que se permitiera tuviera data de esa jodida resaca… esa jodida fiesta en la que puso su alma…

–La cosa es así, niña –soltó la doctora tras endulzar su pedido en la mesa de la cafetería más próxima–. Asumo que Jong Ki tuvo poderosas razones para no decirte qué haría y aunque no me lo pidió, debería respetar esa decisión.

–¿Entonces para qué me trajo aquí? Puedo escuchar rechazos de pie, doctora –por mucho que, en ese segundo, uno de ellos le habría caído a la ninja como una patada en las costillas.

–Quiero sentir que le puedo dar una alegría o al menos… quién sabe, que no le pongo más peso sobre la espalda –desde su lado de la mesa, con los codos sobre la superficie y la taza entre las manos, más que una especialista del área de salud, Akali sentía que enfrentaba a una profesora severa e inquisitiva–. Quiero que me convenzas, niña; ¿Por qué debería decirte dónde creo que está? ¿Por qué debería creer que no le estoy haciendo un favor manteniéndote apartada de él?

Más que preguntarse cuánto sabía, la rapera se cuestionó algo peor: ¿Cuánto había visto esa mujer cuando se conocieron? ¿Cuánto veía en ella en ese segundo?

¿Cuánta rabia percibió en la voz de Mariachi esa vez?

–Que me mantenga apartada de él no depende de usted –articuló la rapera, logrando reflotar su desafiante naturaleza con inusitada facilidad–. Incluso si no me ayuda… encontraré la manera, todo cuanto estoy haciendo es quemar una posibilidad, así de simple.

–Qué divertida eres, me gusta –aunque la sonrisa de la doctora distaba de reafirmar esas palabras en un cien por ciento–. Pero si tantas molestias te tomaste buscando una sola alternativa… en verdad no quiero ni pensar lo que tendrás que hacer con las otras.

–Pues a mi costa no se divertirá, doctora.

–Entonces responde esto, niña –aunque aún curvaba sus labios, el semblante de la doctora parecía destilar cierto grado de seriedad–. ¿Qué eres con exactitud de Jong Ki?

–Más bien qué carajos es usted –replicó la rapera con frialdad–. Y por qué le importa tanto que…

–¿Crees que él no tiene a nadie? ¿Crees que tan miserable es su vida que debe dar gracias por conformarse contigo? –Ya no había dudas. La doctora borró su sonrisa e incluso inclinó un poco la cabeza para darle mayor énfasis a sus palabras–. Podría ser sólo mi paciente y me importaría lo suficiente, pero soy su amiga, ¿no te jode? Así que… ¿Por qué no te dijo que se iba?

–¿Y por qué no se lo dijo a usted, eh?

–No soy yo quien necesita encontrarlo –incluso sin sonreír, la maldita doctora sabía mostrarse sardónica–. Seguiremos siendo los mismos, así haya kilómetros y montañas de por medio.

El sorbo de café de la rapera más se acercó a un desesperado intento de hallar la calma que una verdadera necesidad del brebaje. En realidad, casi comenzaba a odiarlo, pero consiguió sobreponerse. Respirar. Contar hasta cuatro. Contener el impulso creciente de romperle la cara a esa mujer, por mucho que se lo pidiera a gritos…

Porque cuando esa bestia amenazaba con salir… volvía la tristeza. Y… Dios… tanta era la pena ya…

–No quiero quedarme con la duda –medio confiesa la joven rapera. Porque incluso siendo una media verdad… sigue siendo verdad al fin y al cabo–. Dejar una carta con dos palabras… no es forma de irse, ¿sabe? Quiero… quiero que si se va, que me lo diga a la cara, quiero… quiero escucharlo de él y que… que él también deje de huir, que me escuche también, porque… porque tengo mucho que decir, ¿sabe? Y si después… y si después quiere seguir lejos y continuar con todo así, bien, estará bien, no le diré nada, pero… si sigue creyendo que puede huir con la boca cerrada… pues se equivoca –es ahora que encuentra fuerzas para sonreír… para recordar esa gota de libertad que experimentó al gritar su sentimiento en ese bosque–. Una vez… ese tonto me dijo que hiciera lo que quisiera, que a él no le importaba, pero… es la mejor idea que jamás ha tenido y quiero que se haga responsable de sus consecuencias.

La doctora parecía ligeramente sorprendida tras escucharla. O al menos eso le dijeron sus cejas alzadas antes de otro sorbo y una pequeña risita de su parte. Como si no pudiera creer que estaban hablando de la misma persona.

–Bueno… si dijo de una chica como tú que sólo eres su jefa… en verdad es un tonto.

–Si quiere puedo hacerle llegar el mensaje –el descarado ofrecimiento de la rapera hace reír abiertamente a la doctora.

–No es una mala idea –termina por reconocer la profesional, sorprendiendo un poco a la joven ninja–. Tampoco puedo asegurarte que esté allá, pero… si creció allá buena parte de su vida… alguna posibilidad hay, ¿no? Algo mencionó sobre volver a casa.

Y aquí está Akali. Siguiendo la hipotética ruta a casa.

Está más cerca de lo que pensó. Suponiendo, claro que está, que exista posibilidad de dar con su paradero allá.

Que tu entusiasmo no te impida desconocer todas las posibilidades.

Y aunque lo último que quiere es escuchar la voz de Shen en su cabeza conminándola a no olvidar sus aburridas lecciones, lo cierto es que se ha aferrado a sus palabras con tanta fuerza que, imagina, su yo de hace unos años no haría menos que mirarla con franca perplejidad.

De hecho, mientras acelera, Akali no puede evitar sonreír ante un pensamiento bobo.

Es probable que a Shen le agrade Mariachi. Tienen esa tendencia natural a ser unos cabrones. A superar sus propias marcas de tontería. Eso si antes el bruto de Mariachi no dice algo que Shen crea digno de responder con un puñetazo. Tampoco es que el anciano sea tan fácil de desquiciar, es sólo que…

Es sólo que quiere golpearlo. A Mariachi. Dios, quiere tanto… eso es lo primero que hará si lo encuentra. Después…

Después convencerlo. De que ese golpe sólo representa una parte. Que todo lo demás… todo lo demás…

Un veloz deportivo la adelanta su motocicleta a toda velocidad. En otras circunstancias, Akali lo vería como un desafío. Hoy no. No es sólo que el clima no esté para correr ese riesgo y ahora más que nunca quiera llegar en una pieza.

Tal vez sea la pereza. Tal vez un poco la ansiedad y… tantas otras cosas.

Sólo quiere disfrutar del viaje.

En el fondo sabe que cada minuto es una gota de valor. Y en este segundo… no puede rechazar ni un poco.


Ha pasado un tiempo desde que Evelynn pudo sacar ese modelo en particular. Poco le importa que no sea el más discreto de su colección. No todos los días tienes una poderosa razón para lanzarte a la carretera y casi retar a una carrera a la moto que acabas de adelantar.

En realidad… hace mucho de la última vez que deseara llegar tan rápido.

Y agradece tener la posibilidad de pisar el acelerador. Por supuesto que le agrada viajar más arriba, en primera clase, pero el placer de la velocidad… experimentarlo en carne propia… ¿Quién podría resistirse a algo así?

En realidad… conoce a alguien. Aunque no sabe si se resiste o en verdad le desagrada.

Lo que explicaría en parte por qué nunca quiso subir con ella a un vehículo y dejarle el volante cuando tuvo la oportunidad.

En verdad le agrada el país. Claro que, con una agenda como la suya, pretender conocer el imperio por completo no deja de tener su cuota de dificultad. De no estar tan ansiosa por llegar, lo más probable es que disfrutaría del paisaje que la rodea, aún con un respetable flujo vehicular a causa de la proximidad de las fiestas de fin de años.

Lo extraño es… que por mucho que quiera llegar, teme el momento en sí.

Acaso porque no tiene completa claridad de lo que hará en la ciudad.

De pasada se ha permitido ver unas cuantas fotos. Informarse respecto de ella. Tiene su gracia que tenga tantas iglesias. No sabe si eso explica algunas cosas, pero ahí está el dato. Y aunque le cueste imaginarse a sí misma pisando un lugar así…

No es que se derrita, pero no duda que su sangre se lo hará saber y sí que será doloroso.

No puede evitar sonreír burlona. ¿Qué diría su familia si supiera que tan siquiera se ha planteado pisar un lugar como ése?

Bueno, sus padres son dados a magnificarlo todo. Ni su explosiva fama ni su poderosa posición terminan de convencerles que sí, carajo, ella sabe lo que hace la mayor parte del tiempo y no tienen por qué imaginar que en sus planes inmediatos está el causar un desastre a causa de su incapacidad de cuidar de sí misma.

Lo que, por absurdo que suene, haría que les agradara un sujeto como Mariachi.

Un sujeto con esa capacidad de mantener la boca cerrada y una respetable dosis de control…

Como si ella misma no pudiera ser fría…

El frío es él. Por no saber cómo se siente ella. O por sí saberlo, qué carajos, con semejante herencia corriendo por su sangre… lo difícil no es no sentir, es disimularlo. Y disimular tanta intensidad…

Que incluso con sus esfuerzos, Twister se diera cuenta…

–Esto debe ser muy importante para ti –comentó esa noche, la última que se encontraron en ese bar. Él, que fuera del juego… no es que destacara por sus dotes de observación.

Lo que la hizo sentir desnuda. En el mal sentido. Vulnerable. Tal vez ésa sea la palabra correcta. Lo cual tiene su gracia considerando el grado de control que siempre fue capaz de ejercer cuando ambos hacían el…

–Recuérdame si la tarifa incluye innecesarias observaciones de tu parte, cariño –replicó la demonia, tomando asiento frente a él en el reservado.

–Tal vez sí un grado de libertad –sonriendo bajo su sombrero, el jugador devenido en investigador privado deslizó sobre la mesa el sobre con la información–. Entonces…

–Acabas de recibir la transferencia –se adelanta la demonia, pulsando su móvil y confirmando dicho movimiento, agarrando acto seguido el sobre.

Iba a abrirlo cuando se percató de un detalle. Del otro lado, Twisted se limitaba a mirarla con una extraña mezcla de curiosidad y aburrimiento.

–¿Y?

–¿Y qué? –Preguntó él a su vez.

–Lo que sea que quieras preguntar, hazlo de una vez.

–¿Por qué estás tan segura de que tengo preguntas?

–¿Por qué otro motivo te quedarías ahí sentado?

–Tal vez sea el peso de mis pensamientos.

–Por favor, cariño…

–Debe importarte mucho –con un gesto burlón, el jugador señaló el sobre en manos de la demonia–. ¿Tanto te ha molestado que le darás caza?

–Vaya, cariño, ¿es en serio? ¿Por quién me tomas?

La risa de la demonia se apagó gradualmente en cuanto confirmó que el siempre relajado Twister parecía estar hablando en serio. El posterior suspiro antes de levantarse de su asiento sólo vino a confirmar la impresión.

–O de verdad se lo tiene merecido o no estás acostumbrada a tratar con suicidas… digo, si te hizo enfadar tanto, es que debe tener algo de suicida.

–Pues lo que haga o deje de hacer…

–No es de mi incumbencia, Evelynn, lo sé, y ten por seguro que el chico no me importa más que cualquier otra cosa –así y todo, la diva demoníaca casi creyó ver un asomo de lástima en el jugador–. Pero es joven y… mierda, de eso se trata la juventud, ¿no? De que tienes bastante tiempo y… oportunidades para fregarla.

–Vaya, Twister, quién diría que un día te escucharía hablar así –más sorpresas se llevó cuando el aludido no hizo eco de la sonrisa.

–También fui joven una vez, Evelynn y tú… por favor, te falta mucho para dejar de serlo.

–¿Esperas conseguir algo de mí, tesoro?

–Que recuerdes lo que tú eres –la lástima de Twister mutó en una mueca de franco fastidio que la tomó desprevenida–. No es como que el mundo tenga la obligación de tragarte todo el maldito tiempo.

No es algo en lo que la diva, la sirena tienda a pensar demasiado, pero desde esa noche en que viera a ese cretino eficiente…

No es sólo que la idea se haya colado en un rincón de su mente. Puede que la misma siempre estuviera ahí y nunca le diera mayor importancia, ocupada como siempre ha estado en ser totalmente fabulosa tanto dentro como fuera de los escenarios, olvidando así la mayoría de sus problemas. Al punto de que semejante perspectiva estuviera lejos de considerar tan siquiera un incordio.

El tema es que ahora… ahora no es que importe demasiado el resto del mundo y lo que pueda pensar de ella, incluso lo malo será una buena publicidad.

El punto es lo que pueda pensar…

Suspira. Agradece la intimidad de su poderoso deportivo. Nadie tendrá ocasión de contemplar ese semblante entristecido.

Bueno… está viajando a Pyongyang. La ciudad donde él nació. Su hogar. Bajo la absurda creencia de que todos aspiramos, en algún momento, a volver donde todo comenzó.

O al menos abrazando la pequeña esperanza de que su madre aún lo recuerde y aún le pueda simpatizar. Al punto de querer colaborar con su paradero…

Mierda. Todo sigue siendo un puñado de esperanzas. Ella, siempre tan concreta, realista…

Supongo que eso sólo puede significar una cosa.

Y tampoco es como que esté dispuesta a renunciar a esas pequeñas luces.

Es todo lo que le queda. No quiere perder eso también.


¡Goooooooooool!

Tanto Ahri como Kai'Sa arquearon las cejas ante el grito que fue coreado por otras voces. No es algo que esperes escuchar en lo profundo de un estacionamiento.

Oye… ¿la agencia tiene cancha o algo así?

Hasta donde yo recuerdo…

¡Cómete esa, hijo de…!

Más gritos eufóricos tras el grito que le quitó la palabra de la boca a Ahri. Independiente del calibre de las palabras usadas, les extraña escuchar tamaña algarabía y que la misma parezca abarcar por completo el subterráneo.

Kai'Sa es la primera en seguir los gritos. Sabe que Ahri la seguirá de todos modos, no importa lo que diga. Tampoco es como que lo oído suponga mayor riesgo, pero tanto caos no es algo que suela presentarse a menudo en las instalaciones de la agencia.

En realidad, no es mucho lo que tienen que recorrer. El estacionamiento es bastante amplio, pero sólo tiene dos niveles, de manera que deben dar la vuelta en una esquina y tomar el pasillo paralelo para encontrarse con la explicación a ese escándalo.

Han movido los vehículos, de manera que cuentan con espacio de sobra para crear algo un poco… un buen poco más grande que una improvisada cancha de fútbol sala.

Nueve a tres, chicos, ¿aún quieren seguir?

No están de turno, eso explica que los cinco integrantes que conforman el pelotón que más a menudo las protege, el conocido Grupo Diamante, estén ahí como uno de los dos equipos, manteniendo el balón muerto a mitad de lo que parece una cancha con la estética de estacionamientos.

El que ha hablado es el jefe de ellos, Penny. El mismo que sonríe triunfante ante los exhaustos y frustrados rivales.

En verdad es una sorpresa tanto para Kai'Sa como para Ahri.

Pueden ver a dos de los coreógrafos, uno del equipo de músicos, incluso a uno de los asistentes del director y encabezando el pelotón en desventaja…

Tiene la chaqueta empolvada. Incluso se ven golpes del balón en la espalda y el pecho. Está tan cansado como sus compañeros, pero ante la pregunta del mercenario guardaespaldas es que sonríe y el resto de su apaleado equipo comparte el mismo gesto salvaje.

Dijimos hora y media, ¿no, Penny?

¿Y terminar de masacrarlos, jefe? No queremos que rueden nuestras cabezas.

Te estás adelantando, pendejo Suelta el músico del equipo.

Es tiempo más que suficiente –acto seguido, Mariachi se quita la chaqueta y la lanza a un extremo sin el menor cuidado, al tiempo que se sube las mangas y se suelta la corbata–. Verás que manos les van a faltar para pelarnos la…

¡Jong Ki!

El grito de Ahri arranca de la abstracción tanto a los dos equipos como a la bailarina a su lado. De hecho, a Kai'Sa le sorprende un poco la molestia en el rostro de la líder y a ella misma le llama un poco la atención el haber vuelto a la realidad con tanta brusquedad. Es decir, no puede ser que haya estado tan concentrada mirando cómo…

El semblante del representante ha palidecido un poco, al igual que el de todos los presentes. No demasiado, pero cualquiera pensaría que acaban de encontrarlos haciendo cosas peores y no jugando fútbol en el lugar de trabajo… o una parte del mismo, es difícil saberlo.

Se… ¿Señoritas?

¿Se puede saber qué estás haciendo?

Demostrándole a sus guardaespaldas que no tienen tanto que presumir –a pesar de la incomodidad imperante, todos los presentes sonríen como dos manadas rivales de perros callejeros dispuestos a ir al ataque por una bolsa de basura.

No si en cinco minutos los doblamos.

¿Se quieren arriesgar?

¡Basta ustedes! –Vaya, en verdad Ahri luce molesta, piensa Kai'Sa con extrañeza. Es decir… son las horas libres, no es como que estén haciendo algo malo–. Dijiste que estarías ocupado, Jong Ki.

Si esto le parece poco, señorita…

¿En serio nos esquivas por un tonto juego de pelota?

Bien, piensa Kai'Sa. Entiende que a veces Ahri se puede mostrar… un poco susceptible respecto de ciertos detalles, pero esta vez ha tocado un punto sensible. De hecho, los dos equipos se muestran visiblemente molestos ante la afirmación de la líder de K/DA.

¿Ahora los contratos le permiten dirigir las horas libres, señorita Ahri? –Y la escalada de molestia del representante en verdad se está escapando.

¡Nos estás posponiendo por un balón! ¿Cómo crees que me hace sentir?

¿Disculpe? Por si no lo ha notado…

¡Aquí el único que no ha notado nada…!

Ahri –la voz calma de Kai'Sa consigue detener la tormenta a pleno vuelo, silenciando a ambos contendientes–. Por qué no… ¿Por qué no me esperas en el auto mientras arreglo esto?

Kai'Sa, este tonto acaba de…

Lo sé, lo sé –sonríe a su compañera casi con ternura–. Deja que me encargue, ve y espérame.

Puede que algunos lo pensaran. Qué nivel de influencia debes tener para que la líder del grupo, tras unos segundos en que controla su respiración, decide acatar, no sin antes echarle una mirada de especial molestia al representante. Su espalda no tarda en perderse de vista, pero el eco de sus pasos resuena un largo rato.

Es cuando deja de escucharse que Kai'Sa se acerca al molesto representante. A diferencia de su compañera, no ha perdido el semblante relajado. Eso consigue mitigar la incomodidad de Mariachi.

¿Pero qué tontería ha sido esa, señorita?

No puedes culparla, hace poco te apuñalaron, hace menos que saliste del hospital… ya sabes lo mucho que le afectó.

Bueno… más temprano que tarde debería superarlo –masculla Mariachi, rascando su codo desnudo de manera inconsciente.

Ayudaría un poco si no le dieras preocupaciones.

Señorita Kai'Sa, por favor, sólo estamos…

Ya lo sé, tonto –la bailarina está segura de que Mariachi no es el único perplejo en cuanto ella abrocha el botón de la camisa a la altura del cuello y se toma su tiempo en acomodar la corbata–. Pero piensa también que llevas mucho evitando esto ya y… bueno, cualquier otra razón no parecerá a la altura.

Dios mío…

En realidad… yo también pensaba que nos acompañarías.

¿Disculpe? ¿Nos?

Claro, ¿qué estaría haciendo aquí si no? –No quita las manos de la corbata. Kai'Sa sabe que, incluso sin asirla, tendría toda la atención del representante.

La… la señorita Ahri no me dijo que usted también…

Tal vez no le diste tiempo de decirte, parece que… quizá debí adelantarme –es sutil, de manera que los dos equipos no tienen cómo saber que la bailarina ha tirado de la corbata un poco más–. Pero… descuida, esto tiene pinta de ser importante, así que quédate tranquilo, termina lo que estabas haciendo.

Lo… ¿Lo dice en serio, señorita?

Claro, puedo cubrirte con Ahri –sabiendo que está jugando con los límites, la discreción de los boquiabiertos espectadores y la perplejidad del represente, termina de tirar de él hasta que tiene la oreja del cabrón a la altura de sus labios–. Pero estás en deuda conmigo, ¿okay?

Tras soltarlo, no se molesta en mirar alrededor. Le basta con confirmar que el representante se ha quedado sin habla y los ojos muy abiertos.

A Evelynn y a Ahri siempre les ha gustado guiñar un ojo. Emplear un tono casi susurrante. Kai'Sa… bueno, no es como que en su vida haya querido usar recursos similares. Ahora mismo… no sabe por qué ha disfrutado tanto de saber que puede quitarle las palabras de la boca, de la garganta… hasta el pensamiento mismo al parecer. Y eso que sólo ha necesitado de una actitud juguetona, relajada…

La sonrisa ni siquiera es una pieza de estrategia. Nada lo ha sido. No hay un cálculo en el gesto. No sabría cómo medirlo si se lo propusiera. Es una reacción. En serio, le divierte mucho y le gusta. Le encanta de verdad que él reaccione así por su causa.

Y lo que digan los otros tontos le da igual. Se han borrado del entorno y a todos les da la espalda en cuanto se marcha. Si no fuera porque aún la ven, se iría tarareando muy contenta.

Es al perderse de vista en la esquina, sin embargo, que la presencia de Mariachi, a su lado, la sorprende. Da la impresión de que ha corrido para darle alcance mientras se ponía la chaqueta. Ahora que le ha dado alcance, se sacude el polvo de la prenda.

¿No que tenías un partido que revertir, Mariachi?

Las deudas son un asunto serio, señorita.

No es como que exista una deuda si te me adelantas.

Tiene razón.

¿Entonces?

Es verdad, tal vez debí dejar que la señorita Ahri terminara de decirlo –aunque no la mira directo a los ojos, Kai'Sa ve los labios del representante curvarse en una ligerísima sonrisa–. Ahora… me gusta más esta opción, es mucho más importante.

Vaya.

Pudo verlo en la cara de los chicos. Salvando las diferencias, debió de ser como en el caso de ella cuando la han interrumpido en plena coreografía. No sólo incómodo, sino también casi ofensivo. Independiente de… de todo, la pasión que sea pesa.

No puedes. Sencillamente no puedes atacar la pasión de otros y salir victoriosa. En especial si no siempre puedes practicarla. Debes respetarla.

Y ahora Kai'Sa ni siquiera le ha pedido a Mariachi que haga tal de dejar las cosas así. Sí, se ha divertido. Se han divertido hablando así y más delante de otros. Pero… dejarlo todo así por…

Por…

¿Señorita Kai'Sa? ¿Pasa algo?

La bailarina traga saliva. Grandísimo cabrón. La está aturdiendo con demasiada frecuencia. Él y esos gestos suyos…

No puede no notar lo que le está causando. Es cierto que la sensación la aturde, incluso la abruma, pero… pero…

Tú conduces, Mariachi.

Da igual lo que sea. Quiere tenerla un poco más. Y disfrutarla mucho.


–¡Recuerda que mañana nos vemos para cenar!

El grito puede escucharse incluso si separo el móvil de mi oreja. Pasa un chico a mi lado y sonríe divertido ante mi mueca.

–Si me dejas sordo, créeme que no se me olvidará.

–Muy gracioso, tarado, ¡irán las tías! ¡Ni se te ocurra tardar!

Claro que no se me olvidar, quiero mascullar cuando la comunicación ya se ha cortado. Es la primera gran cena familiar que tenemos en… ¿Cuánto hace ya?

Así que el hecho de que mi hermana insinúe que podría olvidarlo me resulta casi ofensivo.

Pero tiene su gracia que casi grite por teléfono. Todas esas drogas en verdad surtieron su efecto. Cada vez la escucho mejor. Ese infierno en Seúl valió la pena. Lo que queda ahora es más sencillo. La pelea para ella continúa, pero ahora en menor intensidad y en casa. Puede recuperar su vida donde la dejó.

¿Cuántas veces le pedí a Dios que le devolviera la fuerza y que tomara lo que quisiera a cambio?

Me llevo una mano al cabello. Cuando vuelve, tiene un enorme mechón agarrado que ni siquiera he sentido desprenderse.

Al menos nadie se ha dado cuenta.

Es lo bueno de volver a trabajar en un escritorio. Sólo mis jefes saben por qué ya no puedo desarrollar labores de campo. Tampoco es como que al resto de los compañeros les importe demasiado. Sólo he regresado. Asumirán que estoy harto de jugarme el pellejo al extremo y me han concedido una pausa.

Es otra forma de verlo. Eso hasta que ya no pueda disimular la gradual pérdida del cabello que, en un momento, no tendrá nada de gradual.

Maldita la hora en que tu hermana no puede ser donante.

Claro que la doctora Yi no iba a escoger mejores términos para expresarse.

En ese sentido, las reacciones de mis antiguos jefes en Riot fue… cómo decirlo… ¿Más suave? Maldita sea, ni que fue un resultado que les afectara directamente. Les faltó darme el pésame y eso habría terminado de completar el chiste.

Bastante humillante fue tener que darles la noticia desde una cama de hospital a través de telellamada.

–Chico –recuerdo que me dijo el gerente… el director… carajo, a estas alturas ni siquiera recuerdo cómo llamas al cabeza de serie en Riot–. Podemos esperar a que…

–Quizá sea una eternidad, no creo que valga la pena –y aunque todos los presentes tuvieron el tacto de mantener cerradas las bocas ante eso, en las caras se les notó que me daban la razón.

–Y… ¿Querrás informarles a las chicas?

Me habría reído de haber tenido las fuerzas. ¿Y para qué? Con toda certeza… Ahri y Evelynn debían de detestarme cordialmente y Akali… mierda, esa pobre chiquilla testaruda…

Y Kai…

Quizá sólo para verla una vez más…

No. Ya era suficiente. Y si no le había importado antes… si ya no figuraba como prioridad la idea de darle una explicación… si a ella ya no le interesaba escuchar nada…

¿Cuánto te demoras en olvidar lo mejor que te ha pasado en la vida?

¿Deja de doler o sólo te acostumbras?

He dejado de usar internet en el móvil. Sé que buscaría fotos o vídeos suyos. Sé que volvería a escucharla cantar y sé que volvería a repetir la rutina hasta que se acabe la carga.

Sé que apenas me mantiene la certeza de que no tendría que durar demasiado. Pronto debiera de pasar todo esto y… no se sentiría así.

Y cuando termine de trabajar, haré lo posible por comprar algo que pueda llevar mañana y llegar a casa y eso equivale a una meta. De otro modo, estaría pensando que me habría gustado traerla aquí, a mi hogar. Decirle que esta ha sido mi casa y quiero que sea la tuya. Y si no te gusta este lugar, vamos adonde quieras, allí será nuestra casa…

Como hago siempre en una hora muerta o necesaria. Por la razón que sea.

Aquí trabajo en realidad. Desde antes de conocerte. Por ejemplo.

Mierda. Estaba… sigo estando dispuesto a tanto… aunque ya… ya no puedo…

–Anda, Jojo, así que… ¿Te gustan esas chicas?

No alcanzo a sobresaltarme con el comentario de un compañero tras mi silla. Necesito, en cambio, parpadear para terminar de procesar que he abierto una ventana del navegador y se reproduce el vídeo POP/STARS. Más bien, se encuentra pausado en un fotograma.

Kai caminando en ese túnel…

–Sólo una en realidad –mascullo como respuesta. Porque no creo que, para él, signifique tanto como para mí.

–Sí, es guapa, aunque… yo prefiero a la chica demonio… ¿Cómo se llamaba?

–A ti la muerte te vale madres, ¿eh?

–¿Cómo dices?

–Nada, nada –echo una mirada al reloj. Estoy excusado de horas extras–. Me avisas cualquier cosa, ¿de acuerdo?

No alcanzo a escuchar una respuesta cuando ya estoy saliendo de la jefatura. Fuera, todos pasan y pasan, siempre son los mismos. Hace mucho que el ritmo de la vida me incomoda, pero no digo nada al respecto. Un mensaje a mi móvil. Lucian ha conseguido mi número. A veces lo extraño. A veces los extraño. Y al parecer, él a mí también. Le gustaría que pudiéramos charlar, aunque sea una llamada. Hablar por mensajes no es lo mismo, dice.

Prefiero tomar un taxi. Acercarme un poco. No sé cuánto dure la ausencia de malestar y lo último que quiero es ofrecer un espectáculo en la acera. Aunque ahora mismo, los jodidos taxis o brillan por su ausencia o ya los ocuparon.

No quiero caminar, pero me estoy quedando sin alternativas. O me siento mal o pienso que me habría gustado hacer este recorrido con…

Mierda. Ni siquiera me da para lamentar mi patetismo. Es lo que es. Soy lo que soy.

Un loco perdido que te quiere.

–¿Te vas sin saludar a tu superior, soldado Jo?

Oh, carajo.

¿En serio? ¿Después de tantos kilómetros y tantos años?

Puede que esa seguridad me impidiera verla de buenas a primeras. Ahora que volteo, a unos pasos de distancia de la salida, no me explico cómo es que la pasé por alto. Después de todo, la favorita, la consentida, la niña de los ojos del general, el Maestro Yi aún lo llaman, siempre se las ha ingeniado para destacar de una u otra forma.

Incluso si en el hospital no es la teniente, sino la doctora. Incluso ahora, que la tengo frente a mí, en mi territorio y sin saber si ahora es la teniente o la doctora. Lo primero, a juzgar por la forma en que capta mi atención.

–Está muy lejos de casa, señora –me obligo a replicar tras enfrentarla. Lleva colores opacos, acorde a la estación que se deja sentir. Lo único que desentona es la frente despejada al peinar su corta melena hacia atrás.

–Para que te hagas una idea de hasta dónde puede llegar mi autoridad –se ha acercado unos pasos hasta mí. No mueve las manos de los bolsillos. Es la primera vez que no la veo arrugando la boca o la frente en un gesto de ira contenida–. Te veo un poco mejor.

–¿Eso lo dice la teniente o la doctora, señora?

–Lo digo yo –debe ser la primera sonrisa que le veo. O algo parecido a tal gesto. Es pequeño. Pero considerando los años compartidos, creo que con eso basta–. ¿Entonces?

–¿Entonces qué?

–No pensarás que me molesté en venir hasta el norte sólo para saludar a un subordinado y largarme, ¿o sí?

–Canijo –aunque… creo que debe ser lo poco que me importa ya nada a estas alturas que no puedo evitar sonreír ante la mujer que más miserable me hizo durante mis años como soldado–. ¿Ha probado los tallarines fríos de Pyongyang?

–¿No es poco apropiado para el clima?

–Créame, no se arrepentirá.


Se puede perder toda objetividad si se tiene en consideración sólo que Seúl fácilmente triplica sus números.

Sin embargo, no quita que Pyongyang sea bastante grande. Y eso puede dificultar cualquier búsqueda.

No es que Kai'Sa destaque por su paciencia, pero… en realidad, no es como que le quede otra alternativa.

Podría dejarse caer en la primera estación de policía. La más grande. La que tenga aspecto de ser cuartel general y exigir respuestas.

O podría haber traído consigo a ese chico guardaespaldas en lugar de permitir que la siguiera uno del Grupo Diamante a lo lejos, como sabe que estará haciendo, aunque no lo pueda ver. No, debió traer a ese chico, el que la admiraba. El que le hizo el favor de investigar a cambio de un autógrafo y un saludo grabado para su novia. Quién lo diría, esos maniáticos de Black Task tienen una vida más allá del trabajo…

Y muy eficiente resultó ser. Rastreando las huellas de los integrantes de True Damage hasta encontrar un filón que pudiera explicar que Mariachi se hiciera con algunos de los medios de contacto.

Como Senna. La resurgida cantante que consiguió romper, después de años de litigio, el contrato explotador con Tresh Records. Senna, esposa de un tal Lucian.

Lucian. Integrante del Cuerpo de Operaciones Especiales de la Imperial Metropolitana…

–Es alto secreto, señorita Kai'Sa –explicó el muchacho de Black Task con voz acelerada y casi emocionada–. El solo hecho de saber que este hombre exista… no, saber que pertenece a esto se puede considerar una suerte, un milagro, ¡todo eso junto!

–¿Y exactamente qué es lo que hacen?

–Como le dije, señorita, es alto secreto, pero… los rumores indican que para formar parte de esto… bueno, el nivel de exigencia es muy parecido al requerido para integrar la Guardia Imperial.

–Dios mío, pero… si es tan complejo como dices… ¿Cómo es que te has enterado? No parece alguien que puedas seguir.

–No lo hice, señorita.

–¿Entonces cómo tú…?

–No es tan difícil si lo piensa –el chico parecía azorado ante la interrogante mirada de la bailarina que parecía subrayar su suspicacia–. Si existe la más mínima posibilidad de que alguno de los integrantes de True Damage esté… esté casado, por ejemplo, entonces dejará un rastro tras de sí.

Claro, pero de ahí a pensar que el chico cumpliría con una exigencia que a ella misma se le antojó descabellada…

Busca nexos con fuerzas policiales, algo debe haber en uno de ellos.

Y en base a un filón descabellado, lo imposible. Porque de ahí a imaginar que conseguiría hablar con Lucian y que éste accediera a darle aunque fuera una línea de información…

Y por esa línea es que está ahora donde está.

No es el viaje más largo que ha hecho en su vida, pero con toda probabilidad debe de ser el más loco por lejos.

Así que eso debe explicar en buena parte el cansancio.

Eso y las últimas noches. Qué carajos, no es como que haya dormido muy bien.

Así que aprovecha ese momento de relajo. Falta un poco antes de que decida lanzarse de lleno a la búsqueda. En parte… en parte quiere asimilar el lugar. Las calles. La inmensidad de un lugar al que parece faltarle población, pero no el espíritu de las próximas fiestas de fin de año.

De hecho… tiene algo de divertido. Todo eso de caminar por unas calles grises, rodeada de decoración navideña y viendo cómo la gente pasa y pasa siempre tan igual.

Aquí naciste.

Es extraño. A veces ella misma siente que olvida de dónde vino. En cierta forma, no es como que ahora eso tenga mayor peso. El lugar se ha diluido en la inmensidad del mundo y en este segundo, no son demasiadas las cosas que puede considerar como propias. Pero ese número lo valora y se aferra al mismo.

Una razón más para estar donde está.

Asume que se encuentra en el centro de la ciudad. A juzgar por el nivel de concurrencia y la cantidad de bolsas asidas. Compras más o menos anticipadas. En unos días más, las calles se volverán una pesadilla y ahí sí que cualquier empresa resultará más compleja si cabe.

Pero no es consciente de haber entrado en la cafetería hasta que se ve rodeada de mesas. No parece una de esas franquicias que verías en la capital, pero no se puede negar que el local dista de ser nuevo. De hecho, junto a la caja, los clientes parecen saber exactamente lo que quieren. Es eso o el café nunca cambia demasiado, sin importar donde vayas.

Café griego o turco, tendrás que decidir tarde o temprano.

Y su cara al descubrir que el café cambia según donde vayas…

Kai'Sa tiene que sacudir la cabeza para recuperar el norte, pedir y tener tiempo suficiente para encontrar una mesa desocupada, cerca de las enormes ventanas que van del piso al techo. Es curioso cómo, desde el interior, el paisaje parece más opaco…

I'll be the roundabout… the words will make you out 'n' out… I spend the day your waaaaaaay…

El vaso se paraliza a medio camino hacia su boca. Cosa rara considerando que hace tanto de la última vez que escuchara esa canción… de boca de una sola persona, en realidad…

¿Así que nunca has escuchado a Yes?

Carajo… ¿Cuántas posibilidades hay de que la misma canción se repita tanto tiempo después y tan lejos del lugar de la primera vez?

La sigue cantando. Desde su mesa la puede ver. Está en la fila de la caja, de hecho, junto a otras chicas de su edad.

Porque no es la misma voz. Y aunque eso debiera de ser una decepción, no puede evitar adherirse a lo que acaba de escuchar.

La muchacha sigue cantando en voz moderada. No lleva audífonos. Es la memoria. Y sus amigas la miran concentradas antes de que ella termine con el verso y les devuelva la mirada con expectación.

–¿Y bien?

–Pues… no recuerdo haberla escuchado.

–Ni yo.

–¿Es un tema nuevo?

–Ay por favor… ¿Así que nunca han escuchado Yes? ¿Es en serio?

Hay algo en su forma de decirlo… de calcar palabra por palabra la pregunta y sobre todo… sobre todo en esa expresión de incredulidad…

Es una tontería, se quiere decir. Al fin y al cabo, después de ese día descubrió que era un grupo más masivo de lo que creía. Por muy raro que sea que una chica de quince años… porque parece tener quince, aunque su físico no la ayude en realidad.

Es bastante delgada. Alta y muy delgada, pero no es esa delgadez que puedas atribuir a la juventud. Ahí está su rostro pálido y esas ojeras. Se le ve cansada… agotada y al mismo tiempo, parece sacar de alguna parte la energía. Por no mencionar el cabello cortísimo, como si volviera a nacer después de mucho tiempo ausente.

Y tal vez sea esa suerte de deterioro el que termine de desdibujar sus rasgos. Al fin y al cabo, si bien tanto ella como sus amigas hablan en fluido coreano y comparten similares rasgos, algo hay en ella que la aleja de su grupo. Tal vez esos ojos un poco más grandes… tal vez esa forma de su nariz… o el color mismo del nuevo cabello que se ve…

–Sólo tú podrías conocer esos nombres –suelta una de las chicas, ganando un asentimiento por parte de las otras y un bufido de la que acaba de cantar.

–Un poco de cultura no hace daño –aunque en verdad luce molesta. Eso hace que, al hundir las manos en los bolsillos, su postura se vea más graciosa–. No puedo creerlo.

Podría dejarlo pasar si no fuera porque esa última frase la ha soltado en español. Con la misma naturalidad con la que ha hablado en coreano. No tendría por qué significar algo, se dice. Pero… cuántas, es decir, cuántas son las posibilidades de que te encuentres con la misma canción y el mismo idioma en una sola persona y a tantos kilómetros y tiempo de distancia…

–Oye, disculpa, ¿eso fue Roundabout?

Sólo al tener a escasa distancia el desconcierto de las muchachas, Kai'Sa ha comprendido que se acaba de levantar de la mesa y ha cruzado palabras con un grupo de desconocidas. Más importante aún, la chica molesta parece entre perpleja y maravillada.

–Ay Dios… ¿En serio conoces Roundabaut?

Por respuesta, la bailarina se permite una sonrisa confiada que no tiene nada que envidiar las de Evelynn o Akali antes de aclarar su garganta y apelar a la memoria para traer de vuelta los versos y la melodía:

I spend the day your waaaaaaaay… call it morning drying thrugh the sound and in and out the valleeeeey…

Es raro. La primera vez que canta en público. Fuera de un escenario, se entiende. E incluso tratándose de ella misma, integrante de un grupo archifamoso, no es como que destaque por su voz. Incluso los más acérrimos fanáticos se acuerdan más de ella como la bailarina del grupo. El rol de voz lo tienen las chicas de un modo u otro. Así que no le importa demasiado correr el riesgo.

Y de hecho, incluso se lleva una agradable sorpresa al ver que las chicas lucen encantadas. Incluso uno que otro cliente ha volteado a verla. Extraño, sí. Tratándose de la personalidad que es… el no ser capaz de lidiar con la atención… no del todo…

–¿Así que sólo yo podía conocerlo? –Suelta la muchacha de cabello corto con una sonrisa arrogante a sus amigas, para luego dirigirse a Kai'Sa con alegría–. ¡Eso fue genial! Además… ¡Cantas muy bien!

–No exageres –pide la bailarina, algo avergonzada. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que alguien dijera algo sobre su voz…

–¡Exagerar! ¡Pero si lo haces muy bien! Carajo, qué bien –cómo estará de emocionada que no se percata del cambio que hace de una lengua a otra. En realidad, ambos idiomas le pertenecen–. Per… perdón, la costumbre, yo…

Tranquila, te entendí –otro impacto para la chica. O es muy impresionable, piensa Kai'Sa, o en verdad no es frecuente que alguien, fuera de su familia, le responda en español–. Tienes buen gusto para los grupos, tú...

–Disculpa, ¿nos conocemos? –La intempestiva pregunta la descoloca y la muchacha así parece verlo–. Lo… lo siento, es que… es que… tu cara me resulta familiar.

–Ah, no era idea mía –dice una de las chicas con alivio.

–¿Ustedes también?

Vaya, Ahri tenía razón.

La falta de maquillaje o la presencia del mismo en verdad pueden hacer la diferencia. Eso y la gruesa ropa de invierno. Eso y la capacidad de la bailarina para sujetar el cabello de tal modo que pueda disimular su largo total.

–Bueno… mi vídeo se ha transmitido mucho últimamente, así que eso debe ser.

–¿Tu vídeo?

–Se llama POP/STARS, ¿lo recuerdan?

La primera que parece perder el aire de los pulmones es la chica del cabello cortísimo. En realidad, todas son discretas en su reacción, pero ella en particular parece que pierde las fuerzas, al punto de aferrar el brazo de una de sus amigas y perder buena parte del color que aún le queda en el rostro.

–Lena… Lena, ¿estás bien?

–Ay… ay Dios –musita la chica, la llamada Lena–. Eres… eres…

–Tranquila –consigue articular la asustada Kai'Sa, arrepintiéndose de haber comunicado la noticia así–. Ay… pero mira cómo…

–¡Sólo pídanme un café cargado, maldita sea! ¡Estaré bien! –Entre la debilidad repentina y la identidad de la bailarina, la chica se las ingenia para sonreír temblorosa–. Dios… Dios… eres… eres en verdad…

–¿Crees que te pondrás mejor si las invito un café, Lena? –Vaya, hasta a las otras chicas aquella proposición les parece demasiado, pero es suficiente para devolverle buena parte de la salud a la muchacha.

Mi ángel se llama Lena, aunque mucho no le gusta que le diga así.

Y contra toda probabilidad…

Incluso de sus cercanos cuidó su identidad. De otro modo… si supiera la verdad, esa chica podría cruzarle la mandíbula de un puñetazo. No duda que sacaría la fuerza.

En el fondo… para Kai'Sa es un alivio. Porque si en verdad es esa Lena…

Esta es, por lejos, la mejor forma de arribar a la ciudad.


–¿Dafne?

La aludida se sobresalta en cuanto escucha que alguien la llama. Asume que se trata de la concentración más que otra cosa. No es del todo frecuente que se valgan de su nombre de pila. Tampoco es que sea tan difícil de pronunciar. Pero la mayoría del personal del instituto… cualquiera que la recuerde como profesora, parece preferir el apellido.

Y eso incluye a sus amistades. Sólo su familia recuerda ese nombre.

De manera que no sabe qué esperar al voltear en esa concurrida acera. Cualquier cosa puede ser una sorpresa y eso incluye a la mujer… a la impresionante mujer del ceñido abrigo y altísimos zapatos.

De hecho, hay una serie de detalles en ella que le llaman la atención. Además de la tonalidad magenta del cabello, es esa mirada aliviada y esa… esa sonrisa casi tímida que no le queda. Acaso porque… porque le trae a la mente un gesto más confiado…

–Nos… ¿Nos conocemos?

–Yo… trabajé con su hijo, ¿recuerda? Yo… interrumpí una cena en Seúl.

–¿Evelynn? –Suelta la mujer con incredulidad. Es tan… tan diferente del recuerdo que tiene de esa muchacha–. Niña… Dios mío, qué… qué…

–¿Sorpresa? Sí, eso… eso pensé –pero sigue siendo extraño para la mujer. Más que la presencia de la chica, el hecho de que la misma parezca acercarse casi con timidez–. Asumí… bueno, asumí que habían regresado.

–Y acertaste –desconoce la causa de la tensión de la muchacha. Intenta transmitirle algo de tranquilidad–. ¿Qué haces aquí, niña? Cielos, en estas fechas debes estar con los tuyos y no tan…

–Tenía… tenía ganas de venir –la ve tragar saliva. Una chica tan segura de sí misma en semejante estado de timidez resulta entre divertido y enternecedor–. Escuche, sobre lo que… lo que dije, yo…

–Tranquila, lo sé –la mujer debe hacer un esfuerzo por contener la risa. No quiere faltarle el respeto a la muchacha–. Joel me aclaró que ustedes no… bueno, que a ti te gusta jugar con esas cosas y fue divertido.

–Ya… ya veo –que Evelynn se muerda así el labio puede significar cualquier cosa. Resignación. Alivio. Frustración. Decepción. Son demasiadas caras, demasiadas opciones que no está dispuesta a resumir–. Dafne… ¿Cómo han estado?

–Ya ves, ahora que pudimos regresar para quedarnos… las cosas han ido bastante mejor –Dafne quiere golpearse por la escala de su propia mentira. Verdad a medias, le diría su marido, pero ella sabe que la mitad de la mentira es suficiente para sentirse miserable.

–Y… ¿Su hijo? ¿Cómo ha estado Joel?

Parece muy propio de él.

No haberle dicho a casi nadie, piensa ella. Tampoco es que se lo reproche. No sólo se trata de entenderlo. Se trata de pensar si acaso no haría lo mismo de estar en su posición.

Y está tan cansada de todo eso ya… no puede aspirar a crear una mentira que pueda cubrir algo así.

Medias verdades… disfraces… ¿Cuál es la diferencia?

–Está tranquilo –una verdad al menos, puede pensar la mujer. Por mucho que a veces… permanezca demasiado tiempo callado. Pensativo–. Supongo que… nunca terminó de acostumbrarse a Seúl.

–Él… él esta aquí, ¿cierto?

Quiere ver también la mentira en las facciones de esa arrogante chica.

Quiere ver algo de esa mujer fría, a ratos despiadada, que Joel le describió tras ese primer encuentro.

Y todo lo que ve, en realidad, es a una muchacha triste que formula esa pregunta con una pizca de esperanza. Una gota de ilusión que se mezcla con súplica.

Y sin que se lo diga, Dafne entiende cuál es la razón por la que Evelynn está frente a ella.

Nada ha sido casualidad.

Y no hay nada, ni siquiera una media verdad, que resista tamaña certeza.

–Si estás libre, ¿por qué no me acompañas, niña? Tal vez podamos conversar mejor mientras caminamos.

Nunca ha parecido el tipo de mujer al que le puedas decir "niña". O al menos es la impresión que le dio en un comienzo.

Puede que, en el fondo, todo esto no sea más que una forma de convencerse de que debe tomar una decisión.

Que tal vez, sólo tal vez, ninguna decisión que tome se pueda calificar de acertada.


¿Me vas a decir por qué golpeaste a esos niños?

Escuché lo que sus padres dijeron sobre ustedes.

¿Qué cosa?

Que son raras y malas.

Ay cariño, no debes escuchar…

Ellos también lo dijeron, se reían de ustedes.

Mi niño…

Y eso las hizo llorar, tía, lo sé.

Pero lo que hiciste fue muy peligroso, ¿lo sabes?

No quiero verlas llorar, tía –el niño parece abatido. Destrozado. Poco tiene que ver su golpeado estado–. Nadie debería llorar, menos… menos por esas cosas.


–Niña, ¿estás bien?

Sólo cuando escucha esa pregunta, Ahri es consciente de su posición.

En realidad… desde que bajó del avión, todo parece irreal. De manera que tarda un momento en comprender que no está en Seúl y sí, sí está sentada en una banca en una calle solitaria ofreciendo el peor espectáculo de su vida.

De otro modo no se explica que esa mujer esté sentada a su lado, mirándola con cierta dosis de lástima y curiosidad. La vastaya no tiene que tocarse la cara. Sabe que ha estado llorando. Que la pregunta no es suficiente para calmarla del todo, pero sí consigue que logre respirar otra vez.

–Yo… yo…

–Perdona, fue mi culpa, no debí hacerte esa pregunta –acto seguido, la mujer se apoya en el respaldo y deja escapar un suspiro–. Es obvio que no estás bien, pero me disculparás, de algún modo debía llamar tu atención.

No sabe por qué, pero el comentario consigue arrancarle una sonrisa a Ahri. Tal vez sea la humedad de su rostro, pero no puede evitar pensar que el aire se ha enfriado un poco, un buen poco más.

–Tampoco es el mejor lugar para llorar si lo que quieres es que nadie te moleste, te aviso –añade la aparecida, colocando sus bolsas en el regazo–. Bueno, siento eso, cuando las ganas llegan… lo que menos nos importa es el lugar.

–Sí… supongo que… es cierto –consigue articular la joven con una pequeña sonrisa llorosa.

–Dicen que llorar ayuda a desahogarse, pero no creo que nada sea más efectivo que las palabras, el llanto no deja de ser un remedio pasajero –tras eso, la desconocida deja escapar una risita, como burlándose de sí misma–. Qué tonterías hago… es que… estas cosas me ponen nerviosa, ¿sabes? No habría podido pasar de largo, dejarte así y… cuando me meto en esto, nunca sé qué hacer o decir.

–No… no se preocupe, en serio –suelta rápido Ahri, incapaz de disimular su bochorno–. En realidad… no tiene… no tiene que…

–Te diré lo que puedes hacer –interrumpe la desconocida–. Puedes… contarme qué te tiene así… desahogarte lo mejor que quieras o puedas… y quién sabe, tal vez eso te ayude más de lo que crees o… bien puedes mandarme al demonio y yo lo entenderé, quién soy yo para pedirte algo más.

A la chica se le escapa una carcajada sincera ante la franqueza de la mujer. Incluso esa reacción consigue relajar a la aparecida que, al fin, parece ver cómo su mecanismo de defensa está surtiendo efectos.

–Digo, para que entremos en confianza –la vastaya ve una mano extendida ante sí–. Soy Sook Hee.

–Ahri, un placer –al estrechar su mano, comprende que ha lanzado un misil. Los ojos de la mujer se van primero a sus colas y después a sus orejas.

–¿Ahri? ¿La Ahri de…?

–La de K/DA, sí.

–Iba a decir la de Guardianes Estelares en realidad…

–También soy esa, sí.

–¿En serio? –El asentimiento de parte de la cantante consigue arrancarle una expresión de perplejidad casi cómica–. Dios… Dios mío… ¡Dios mío!

–Disculpe, no…

–Cuando se enteren en casa… qué digo –la risa de la mujer no es potente, pero también es contagiosa–. Ni mis sobrinos me creerán que he hablado contigo.

–Espero… no sea mucha molestia…

–Qué dices, niña, yo encantada, pero ni creas que te dejaré aquí sentada –más que levantarse de su asiento, Sook Hee parece impulsarse de un salto–. Y a menos que tengas algo mejor que hacer ya que estás de visita en esta ciudad, ¿por qué no me acompañas? Verás que hablar y caminar ayuda más de lo que piensas.

En realidad… no es que sea una mejor opción o no.

Es que Ahri siente que ya no tiene mucho más que perder. Y ya está en Pyongyang de todos modos. Una hora más o menos no hará la diferencia.


–Bien, bien…

La expresión neutra del sujeto no ayuda demasiado. Akali no quiere demostrar que su paciencia está rozando el límite. Al fin y al cabo, no tiene la culpa.

En realidad, de no ser por él… a quién engaña, todo estaría mucho peor.

Maldita la hora en que se le ocurrió detener la moto sólo un momento.

Después de semejante decisión, la muy cabrona no quiso arrancar.

Y de no ser por sus gruñidos en japonés… duda, siendo sincera, que el tipo haya entendido una palabra, pero la ira tiene algo de lenguaje universal y si bien dudó lo suyo, no tardó en acercarse. No más de lo que dicta el sentido común frente a una joven como ella enojada.

–Señorita… ¿Se encuentra bien?

–No… si esta… cosa… ¡No arranca! ¡Argh!

Otra parrafada de palabrotas en japonés más tarde, la chica consiguió respirar hondo, sorprendiéndole que el sujeto siguiera ahí.

Tampoco ayudó que mantuviera una sonrisa bonachona.

–¡Qué! ¿Tiene algo de gracioso?

–Me recuerda a mi hija –reconoció el hombre, acercándose a la motocicleta con interés–. Cuando se enfada, suele soltar una andanada de cosas en español y nunca le entiendo demasiado.

Acuclillado sin pedir permiso, el hombre echó un vistazo al vehículo, lo que le permitió a Akali echarle un vistazo a los detalles, desde las canas en el cabello peinado hacia atrás hasta esa forma que tenía de arrugar la nariz al concentrarse…

–Disculpe, qué…

–¿Me permite echarle un vistazo? –Aunque ella no alcanzó a responder, el aparecido ya se subía las mangas de la camisa–. Descuide, soy mecánico.

Como si pudiera hacer mucho sin las herramientas.

Tal vez sea eso lo que tenga en el bolso que mantiene a su lado, pero no lo ha abierto ni una sola vez. Al menos sí parece saber dónde mirar. Algo busca, pero no atina a imaginar qué puede ser. Y no es como que sea muy sencillo concentrarse con tantos vehículos pasando de un lado y la gente y su ruido del otro.

–Y… ¿Cree que encontró la falla?

–Señorita, ¿cuándo fue la última vez que le hizo un mantenimiento? –Antes de que pueda responder, el desconocido deja escapar un silbido–. Es una máquina increíble, pero… por especular, creo que si no es una cosa, es la otra.

–Ay, por favor, ¿no cree que exagera?

–Si es así, dígame cuándo fue la última vez que le cambió el aceite.

La pregunta le cae con la ligereza de una lápida sobre las costillas.

Ni siquiera se esfuerza en fingir que intenta recordar. Es tan simple como que no cree haber hecho eso en el pasado inmediato. Ni tan siquiera en el lejano. Con lo ocupada que ha estado, apenas si recuerda que compró esa máquina increíble y después…

–Viene de muy lejos en ella, ¿verdad?

–De… de Seúl…

–Dios mío, es un milagro que no la haya abandonado en el camino –y lo dice en serio. Pone la cara de quien contempla un milagro en carne y hueso–. Pero quién lo iba a decir…

–¿Puede repararla? –Lo último que quiere la rapera es que note que está conteniendo el aliento.

–Pues… de poder podría, pero… no sería rápido y… y ni siquiera estoy en condiciones de darle el diagnóstico aquí y ahora… digo, tal vez quiera llevarla con otro más especializado…

–Acabo de llegar, señor, no conozco a nadie aquí, ¿cree que puedo elegir? –La brusca réplica de Akali consigue que el desconocido sonría con un poco de amargura.

–No me sentiría bien conmigo mismo si no le doy las opciones –confiesa el autodenominado mecánico antes de sacar su móvil–. Usted tiene apuro y tal vez yo tarde más que un especialista en motos, veamos qué se puede hacer.

Akali no tiene idea de qué esperar. Al menos tiene la impresión de que el tipo es honesto. Cualquier otro, en su lugar, buscaría una excusa para quedarse con ese trabajo y no intentaría derivarlo como si tal cosa. Tal vez a ese tipo le falta astucia o alguna clase de ambición empresarial.

–Este chico que no contesta –lo escucha mascullar con el móvil pegado a la oreja.

A la joven rapera le causa gracia. Parece impaciente. No cree que no sepa enviar un mensaje, pero tal vez necesita una respuesta inmediata. Quizá cualquiera actuaría del mismo modo en similares circunstancias. Pero antes de que pueda seguir pensando, la expresión del mecánico indica que ha tenido éxito:

–¡Hasta que apareces! –Escucha ruido del otro lado, parece una risa y unas palabras–. Nunca ves los mensajes, ¿qué esperabas, Jong Ki?

Qué acaba…

–Sí, sí, no se me olvida, tengo la lista –un par de réplicas parecen recordarle algo al mecánico–. Sí, sí, oye Jong Ki, ¿aún tienes la dirección de ese taller de motocicletas? El bueno, quiero decir… sí, es que aquí tengo una moto en pésimo estado, creo que va a necesitar una mirada… sabes que si lo hago yo, se tardaría una eternidad y tu madre me mataría… ¿Sí la tienes? Perfecto, mándamela y... no, tranquilo, ya llamo yo a la grúa, ¿pero crees que aún esté abierto? ¿Sí? Me alegro, mándame ya… no, no hace falta que vengas, está todo bajo control… sí, sí, cuídate hijo, por favor.

Corta tras un suspiro. Ajeno a la expresión de la rapera. Todo lo que hace es incorporarse y estirar un poco los brazos con alivio.

–Ése era…

–Sí, mi hijo –por alguna razón, la expresión del mecánico muestra más melancolía que otra cosa–. Debería dejar de llamarlo para pedirle esas cosas…

–¿Jo Jong Ki?

Una cosa es el nombre que acabas de escuchar. Otra es un apellido. Uno entre miles.

Y que, a juzgar por la sorpresa en la cara del mecánico, aciertes.

Akali ni siquiera se siente culpable por no ser sutil. La ansiedad… la impaciencia ha ganado esta batalla y ni siquiera quiere imaginar qué diría el anciano si la viera comportarse así.

Como si el anciano hubiera cruzado un país alguna vez por algo… por alguien así…

–Cómo… cómo es que…

–Su hijo… Jo Jong Ki… él trabajaba conmigo –intentando dominar su semblante, la chica esboza una sonrisa nerviosa frente al semblante alelado del mecánico–. Era… era mi representante.

No puede evitar sentirse algo tonta tras decirlo.

Si al menos el mecánico… ¿Ya puede decirle señor Jo al menos? Si al menos no la mirara con esa extrañeza… como a punto de reírse a causa de un buen chiste…

–Bien, si es así…

En vista de que el mecánico se ha quedado sin palabras y existe la mínima posibilidad de que esté cometiendo un error, la rapera no tiene otra alternativa que sacar su móvil y buscar el vídeo en particular de esa tarde, una hora muerta específica. Uno de esos vídeos destinados a aparecer en la cuenta de Instagram del grupo y que, por alguna razón, prefirieron sólo atesorar.

La grabación muestra a las cuatro chicas frente a la pantalla. Con algo de dificultad, Akali sostiene la vara de selfies para enfocarlas a todas. Las vestimentas casuales hablan de un día libre. Al menos para ellas.

–¡Qué tal, chicos! ¡Esto es K/DA! –Exclama Ahri en primer lugar–. Hoy nos encontramos en las oficinas de Riot porque… ¿Chicas?

–Después de muuuucha planificación, al fin hemos encontrado el momento indicado para jugarle una broma a nuestro representante –explica Akali con una amplia sonrisa, sin perder el equilibrio de la vara–. El muy tonto apenas si se toma días libres, ¿no es así?

–Así que… hemos decidido ponerle un alto a su buena racha –es Kai'Sa la que toma la batuta, divertida como una chiquilla pequeña–. Y para eso hemos contado con el ingenio infinito de Evelynn.

–Ah, mis chicos, en verdad no saben lo que le espera –la misteriosa sonrisa de la diva se complementa con el amenazador enfoque que le hacen al balde que está a los pies de las chicas.

Cómo se nota que no nos conoce, se estaría preguntando cómo es que no lo vio… o cómo que Evelynn y Ahri se prestaron para esto.

La siguiente toma las muestra a todas caminando con sigilo a través del pasillo que las lleva a la puerta de su diminuta oficina. Se puede ver en la pantalla cómo unos nudillos están a punto de tocar la puerta cuando…

–¡No puedo creerlo! ¡¿Me está amenazando, Jong Ki?! –El grito parece provenir de una línea lejana. Un teléfono con altavoz.

–Decir que es una amenaza sería ser generosos, señor Park, y tratándose de usted, generosidad es lo que menos se merece…

–¡Pero quién se ha creído que…!

–¿Y a usted qué le parece?

–¡Lo que va a pasar…!

–Lo que va a pasar, señor Park, es que el día de mañana, a primera hora, voy a tener, sobre esta mesa, una disculpa suya que haremos pública, tanto ustedes como nosotros, respecto del irrespetuoso trato dispensado por sus periodistas a mis representadas, así como… medidas drásticas respecto de sus… de sus periodistas, con menos no nos conformaremos.

–¿Qué le hace pensar que me asustan sus amenazas, mocoso?

–¿Quién habló de amenazas, señor Park? Esto es un ultimátum –de pronto, la voz tranquila del representante baja una octava y un grado de temperatura–. Hágalo y tenga por seguro que no nos tomaremos la molestia de echarlo abajo.

–Imbécil, tenemos los mejores abogados que…

–¿Quién habló de abogados, Park? –Por alguna razón, la voz del representante suena hasta divertida–. Nadie tendría por ilegal que un poderoso hombre de los medios, presbiteriano practicante y amoroso padre de familia se tire a su secretaria, pero… ¿Qué dirá la señora Park al respecto? ¿O los accionistas?

Incluso sin ver, da la impresión de que el aire se congela del otro lado de la puerta. Una sonrisa parece ampliarse y una frente a sudar sin control.

–No… no sé de qué… de qué habla –la voz del otro lado de la línea parece a punto de derrumbarse.

–¿En serio? Es una pena… por cierto, alabo su buen gusto, aunque seamos honestos, un par de noches en el Grand Hyatt de Seúl… ¿En serio no se le ocurrió algo más discreto?

La larga pausa da incluso a entender que las chicas que graban están conteniendo el aliento. Bien podría haber sido un minuto o menos, pero sólo el suspiro resignado del otro lado de la línea confirmó una próxima respuesta:

–Si tomo esas medidas… y… las disculpas…

–Y retira de inmediato las injurias y calumnias que ha proferido su medio en contra de K/DA y se compromete a nunca más intentar una aproximación al grupo.

–¿Tengo su palabra de que esto no se sabrá?

–La tiene.

–¿Qué me garantiza que cumplirá su parte?

–Nada.

–Entonces cómo…

–¿Le quedan más alternativas?

Otro suspiro. Más resignación. Casi miedo alrededor.

–¿Le han dicho que es un miserable hijo de puta? –Ante el último intento de Park de salvar su dignidad, el representante suelta una risita.

–Y más, señor Park, pierda cuidado –un suspiro de cansancio por parte de Jo–. Tiene veinticuatro horas.

Se corta la comunicación. Se escucha un suspiro. Es casi doloroso. Es casi triste.

Mierda… qué jodido asco.

En verdad suena… muy contrariado. Como si en vez de adjudicarse una victoria, hubiera hundido la cabeza en un inodoro.

Impresión que se ve confirmada en cuanto la puerta se abre y la cámara lo enfoca a él en el umbral.

La expresión que habla más de un dolor de muelas que de otra cosa no varía un ápice en cuanto las ve ahí y adquiere conciencia de haber sido escuchado en la parte más importante de la conversación.

–Jojo…

–Esto nunca pasó, señoritas, ¿sí? Mientras antes lo olvide, mejor –puede que ninguna se atreva a seguirlo de camino al ascensor a causa de la tristeza de su semblante. Una que parecía gritar soledad con desesperación–. Qué asco.

La grabación acaba ahí. Akali tiene ocasión de ver al mecánico contemplando aún la imagen del joven abatido. Hay un asomo de sonrisa en sus labios.

–Estuvo… muy callado esa semana –comenta Akali, más para rellenar el vacío que por sentir que merezca la pena el comentario.

–No es muy… propio de él esa clase de negociación –confirma el mecánico, logrando que a la rapera se le escape un suspiro de alivio–. ¿Y vino desde Seúl con el único propósito de darle las gracias por esto, señorita?

Sí se le parece. O ella está lo bastante… desesperada por aferrarse a cualquier rasgo que incluso siente que esa jodida palabra, "señorita", suena tan parecida a él viniendo de su propio padre.

–Ni siquiera estaba segura de si estaría aquí –confiesa la rapera, avergonzada. Qué sentido tiene jugar al misterio a estas alturas.

–¿Ha pensado que tal vez no quiera ver a nadie?

–Entonces que me lo diga él, no… no puedo aceptar menos que eso.

El padre de Jojo sonríe antes de negar con la cabeza, como pensando algo supuestamente divertido de lo que se terminará por arrepentir más tarde.

–¿Estará muy ocupada en su estadía en Pyongyang, señorita?


–Pasajeros con destino a Seúl, favor dirigirse…

Como siempre, la voz de los parlantes se pierde en las últimas sílabas. Poco importa, sabemos hacia dónde debemos ir.

No recuerdo haber visto a la teniente… a la doctora… ¿Cómo debería decirle? Como sea, está relajada. Quiero creer que ha tenido un buen día. Que sí ha disfrutado de la comida y de conocer un poco más la ciudad. Pero no puedo olvidar lo fácil que le ha resultado siempre ser una desgraciada, así que puedo asumir un genuino agrado de su parte.

–Sabes que no tienes que estar aquí.

Su comentario consigue que detenga la marcha y el curso de mis pensamientos. Arqueo las cejas ante la sugerencia y no quiero creer que, ante mi reacción, se muestra abochornada.

–Es decir… sabes que puedes volver siempre.

–Aquí siempre ha estado todo lo mío, señora.

–¿Eso siempre seré para ti, Jong Ki? ¿Tu superiora?

Es curioso el efecto que pueden tener algunas preguntas. Si no detienen el tiempo, pueden crear una burbuja que te aísla del curso normal de las cosas. Y mientras la gente pasa y pasa, siempre tan igual, entre nosotros parece haber una corriente paralela que transmite todo a una velocidad diferente.

Y aunque está lejos el beso, el único beso que me diera cuando aún era soldado y estaba preparándome en las barrancas…

Cuando ella era aún no sólo mi superiora, también la prometida de mi héroe, mi ídolo… mi superior en todos los sentidos…

–Siendo justos… ninguno se ha facilitado demasiado las cosas, ¿no le parece?

Mi observación hace que baje la mirada. Que sonría con tristeza. Por un segundo, creo entender por qué el legendario Maestro Yi la mantiene en el pedestal de su sobrina favorita, la niña de sus ojos.

–¿Lo has pensado alguna vez, Jong Ki? Si las cosas hubiesen sido… un poquito diferentes entonces… ¿Cómo serían ahora?

No se me da la ficción, quiero decirle. Porque nunca existió la posibilidad en mi cabeza. Porque cuando regresé del desastre que fue Tierra Pura… ni siquiera en ese momento consideré que pudiera tener una posibilidad. Yo mismo cerré esa puerta. Con toda la violencia que me cupo. Con todo el deseo de ahogar esa parte de mí mismo.

Porque es tan simple como que no puedes amar y odiar a un tiempo a la misma persona y pretender salir vivo de ello.

Que no la odie ahora no significa nada. O tal vez que el tiempo ha pasado, que ha diluido lo demás y que más allá de la gratitud que le pueda guardar por el hecho de haber estado ahí para mi hermana, no puedo aspirar a darle nada más.

–Tal vez… los dos seguiríamos siendo soldados –escucho que imagina la doctora, la teniente Yi–. O tal vez… seguirías siendo un policía, yo la misma doctora, pero… haríamos nuestra vida… una vida diferente tal vez, en Seúl o… aquí, tal vez…

–Señora…

–A veces pienso… que la segunda alternativa habría sido mejor –termina confesando mi superiora con una sonrisa triste–. Porque… me habría gustado tener hijos, ¿sabes? Dos, porque… uno estaría muy solo y… ¿Qué clase de vida le esperaría a un niño con unos padres así?

No sé qué decirle. No sé qué puedo responder a eso. Es como si, de pronto, decidiera descubrir la ubicación exacta de su alma y el brillo de la misma no sólo me cegara, también me arrebatara el habla.

–Tal vez… buscaría la forma de que siguieras otra ruta –me pregunto en qué punto la teniente está hablando de un sueño o puede ver una realidad paralela a la nuestra, una que intenta describir a grandes rasgos–. Porque… no soportaría que siguieras adelante con la vida en la fuerza especial… ni permitiría que siguieras una ruta similar en la policía.

–Teniente…

–Pero… en una de esas, te saldrías con la tuya –aunque mantiene la sonrisa triste, reconozco el brillo que se le escapa y que con un dedo, intenta atajar a la altura de la mejilla derecha–. Tal vez no en el ejército, pero sí en la policía, quién sabe, pero… lo que fuera que decidieras, no cambiaría que estaría orgullosa de ti.

Nunca lo pensé. Nunca quise considerarlo. Pero ahora, de su boca…

¿Habría dolido menos que ahora? ¿O no habría tenido tantos motivos para sufrir así? ¿Ella habría entendido mejor algunas cosas o todo sería una lucha al final?

Muy en el fondo, puedo sentir que todo esto no es sólo un sueño pasado o una realidad paralela. Y su mirada me lo confirma.

Es la puerta que quiere que abra. Que abramos juntos.

Aún después de tanto tiempo… ella sigue queriendo lo mismo.

Y ahora mismo no puedo evitar sentir un puñado de cenizas en la boca.

Quizá… si no hubiera aceptado la labor de doble agente encubierto…

Si no hubiera accedido a asumir la tarea de representar a un nuevo grupo de pop…

Si no hubiera conocido a esa bailarina devenida en cantante…

Si nada de eso hubiera pasado, tal vez… sólo tal vez…

Pero no es sólo que todo se haya jodido. No es sólo que yo esté jodido. Es que estoy jodidamente marcado.

–Se… señora, yo…

–Tampoco te sientas culpable, Jong Ki –me ataja, intentando sonar más segura de lo que realmente está–. No es tu culpa… nunca lo ha sido, no… no es que yo lo haya decidido así, pero… está claro que en esto no tuviste nada que ver.

No ayuda que lo diga. Mucho menos que se haya acercado tanto sin que me percatara y sostenga una de mis manos con las suyas. Nunca me había detenido a pensar lo fría que es su piel.

–Y por favor… no olvides que eso tampoco fue tu culpa, ¿sí?

No lo dice, pero Tierra Pura parece resonar como un eco ensordecedor en esta estación, remeciendo hasta la última fibra.

–Siempre me alegrA… que sigas vivo, soldado –aún sin soltar mi mano, tiene algo de reconfortante que recupere el tono marcial y esa arrogancia tan suya–. Sé que ahora cuesta, pero… no dejes de pelear, ahora más que nunca.

Quiero sonreír, pero me cuesta. Siento que terminaré cortando mis músculos si hago el intento. En cambio, la frialdad del beso que me da la teniente en la mejilla parece refrescar un poco la sensación de malestar.

–Será mejor que vaya o perderé el tren… a menos que me des hospedaje –como lo dice con una sonrisa, me permito soltar una risita.

–Tal vez nos arrepentiríamos.

–Habla por ti –me suelta. Se aleja. Y lleva unos pasos de distancia antes de volver la mirada con curiosidad–. Jong Ki…

–¿Sí?

–No tienes que decirme su nombre –tal comentario me toma por sorpresa y eso parece notarlo, a juzgar por su satisfacción–. Dile… dile que no te descuide, jamás he dejado de ser soldado.

La veo perderse entre la gente. Sólo cuando dejo de verla, la burbuja se revienta. Vuelvo a formar parte de esa realidad. De pronto, los recuerdos de una realidad que jamás nos perteneció comienzan a diluirse. Una vida que tal vez fue un sueño. Un sueño que, en algún lugar de la creación, es una vida como tal.

Dile que no te descuide.

Tal vez debí decirle yo que hace mucho que esa oportunidad se perdió. Que quizás ella tenga mejor suerte diciéndole algo así. Por mucho que ahora me arrepienta de haber perdido todo medio de contacto… ¿Para qué conservarlo de todos modos? ¿Para seguir dando con el muro de silencio? ¿Para seguir adherido a esto?

Lo cierto es que, aún en su silencio, no es como que deje de doler. Aún estando lejos de la vida que creamos, la poca vida que tuvimos juntos, no es como que me sienta más aliviado. Porque todo lo que hago es pensar qué vida podríamos haber tenido ambos aquí, en esta ciudad.

Tal vez eso también sea una vida en algún lugar de la creación y no sólo un sueño que no fue.

No olvides que eso tampoco fue tu culpa.

Yo debí morir con ellos. Al final, la muerte se toma su tiempo para reclamar lo que le pertenece.

Debiste adelantarte, quiero decirle. Así no le estaría dando la espalda a esa vida. No estaría llorando aún lo que perdí.

Que siga luchando…

A veces… hasta de eso te cansas.

Hoy sólo quiero dormir.


De entre todas las salas de que disponía este hospital, había una en particular donde yacía un pobre tipo que ni siquiera recordaba cuánto llevaba ahí, conectado a tubos y apenas viendo la luz del sol.


–Penny, ¿deberíamos informar al jefe?

–Buena suerte intentando comunicarlo, Bird.

–Sabes que siempre hay una forma.

–En ese caso, haz lo que puedas, siempre es bueno contar con apoyo extra.


¿A papá aún le gusta el whisky? Quizá me adelanté demasiado.

Guardo todavía la botella que vi antes de trasladarnos a la capital. Pensé que le gustaría, pero no tuve ocasión de entregársela. Aún se ve como nueva. Tal vez todo lo que ha pasado haya alterado en buena medida su percepción de las cosas. O quizá sea lo que más extraña de los mejores días.

A mamá le encantará el libro, de eso sí estoy seguro. Es su escritor favorito y no creo que me haya ganado la mano comprando un lanzamiento en estos días.

Lena… bueno, hoy más que nunca me siento un estúpido. Debí conseguir un disco autografiado de K/DA cuando tuve la oportunidad… ja, ¿oportunidad de qué? ¿De estar en deuda por enésima vez? Suerte la mía que también le guste Senna, un disco autografiado por ella fue más sencillo. Sólo tuve que pedírselo a Lucian como un último favor.

No me digas eso ni de chiste, cabrón, ¿me oyes?

Lo hizo de todos modos. Aunque verlo perder el control por un instante tuvo su gracia.

Con mis tías… bueno, el riesgo es más elevado. Presumo que aún les gustan esas cosas curiosas, de manera que un nuevo juego de té debiera de bastar para ambas y después… si aún nos queda tiempo… digo, siendo jodidamente optimistas, puede que tenga ocasión de acertar mejor.

Y aunque tengo todo lo que debo llevar, lo cierto es que no quiero ir.

Me aterra.

Me aterra llegar y que todos se esfuercen por no parecer que estamos destrozados. Nada como que… ya sabes, nada como que hace mucho tiempo que cuesta sonreír.

Y es estúpido. Incluso en estos días, hemos conseguido reunir a buena parte de la familia después de tanto tiempo… no debería quedarme con lo que me hunde y tampoco es que así lo quiera. Es sólo que a los fantasmas parece que cualquier excusa les sirve para materializarse.

O son sombras. Y a las sombras no les cuesta demasiado reunir los requisitos necesarios para quedarse.

Me cuesta creer que alguna vez fui feliz.

Y teniendo motivos para serlo… ¿Qué tan ridículo debo ser? Mi hermana está mejorando cada día, salvo por algunas descompensaciones comprensible dada la intensidad del tratamiento que sigue. Mis padres han recuperado su vida en buena medida y con todos nosotros aquí, ya no tienen que pensar en regresar cada tanto a la capital y pensar cómo carajos lidiar con el alojamiento.

Hemos recuperado miembros de la familia que creíamos perdidos sin remedio. Una parte de nuestras vidas.

Y yo… yo dejé al fin un trabajo que amenazaba con matarme día sí y día también. He vuelto a casa. Mi casa. La casa que tanto me costó. Ya no cubro todo el espacio con un solo paso o menos que eso. Puedo estirarme sin riesgo de tocar el techo y las paredes. Dios bendito, tengo algo más que un simple cuartucho, tengo espacio. Qué mejor forma de lidiar con esta porquería...

Y todo lo que hago es pensar como un idiota que me gustaría compartir todo eso con ella.

A duras penas consigo que mis padres crean que todo está bien. Es eso o ya se cansaron de preguntar y sólo esperan, en silencio, una respuesta que no estoy preparado para dar.

Estoy frente al espejo del lavamanos. Los mechones ausentes ya son del todo evidentes. No puedo disimularlos con nada y cualquier peinado que intente es ridículo. Es lo malo del tratamiento, no ocasiona una pérdida total y de golpe. Tienes que ver a diario cómo vas perdiendo una pieza de ti mismo con la esperanza de ganar una batalla a cambio.

¿Cómo pudo lidiar Lena con todo esto? ¿Tuvo ocasión de contemplar la pérdida o siempre evitó adrede los reflejos?

Hace bastante que no empleo la afeitadora eléctrica. Me valía de las desechables cuando trabajaba para la Especial. A veces la barba volvía y me valía de eso. Pero en ese ambiente siempre fue importante la apariencia.

Sonrío. Al menos ahora el estudio no tendrá que explicar el estado del representante del grupo K/DA. No dudo que lo habrían hecho, pero yo no lo habría tolerado.

Tampoco es como que crea que las señoritas Akali y Evelynn fueran tan crueles como para bromear al respecto.

Carajo, aún les digo "señoritas".

Al menos ya he respondido a la pregunta. A qué estaba dispuesto con tal de obtener la plata. O eso quiero creer. Y hasta qué punto eso ha valido la pena.

Tengo que ver a Lena para convencerme de que lo ha valido.

Por muy pequeña que sea esta casa, en cambio, siento que hay demasiado espacio.

En el cuartucho de Seúl… Kai se las ingenió para que pudiéramos…

Y pienso…

¿Qué habríamos hecho nosotros con este nuevo espacio?

De algún lugar viene la sonrisa mientras enciendo la afeitadora. Lo más probable es que nos tomáramos más tiempo. Antes de ir quién sabe adónde. Lo más probable es que ella quisiera conocer los templos o los colectivos de danza… y el pinche Teatro Metropolitano. Y encontraría una seña de identidad en la danza del norte del Imperio. Intentaría aprenderla. Y sugeriría que debíamos ir más allá de Pyongyang…

Y la gastronomía, ¿cómo se me pudo olvidar? Conocer la gastronomía de por aquí…

No me doy cuenta de las lágrimas hasta que parte del cabello que afeito se me adhiere al rostro a causa de ellas.

Es increíble lo pequeña que se puede ver una cabeza cuando lo ha perdido todo.

¿Qué diría si viera esto?

Tal vez… intentaría sobreponerse al impacto inicial, pero… esa pregunta es difícil responderla. Para ello… todo tendría que estar bien y no puedo verla ahora así. Todo lo que me queda es la sombra de un amor como no creí que podría conocer.

Y la sola idea de olvidarla me aterra. Me aterra tanto que no puedo dormir.

Así que me mojo la cara antes de que pueda llorar un poco más.

Sin ti me falta todo.

¿Qué tan ingrato soy ahora con la vida que me va quedando? ¿Qué tan ingrato soy con Dios?

Recupero el semblante. Parte del mismo. Lo demás se puede atribuir al cansancio. Es lo que necesito.


–Mamá…

La aludida se acerca a Lena y contempla la imagen del móvil. Aunque intenta disimularlo, sabe que se le ha formado un nudo a la altura del pecho.

Ahí está Joel. Él ha tomado la fotografía. Es cierto, la pérdida ya no se puede disimular, pero eso no quita que sea menos doloroso verlo… así…

–¿Qué te dice?

–Pregunta si creo que ya nos parecemos lo suficiente como para que crean que sí somos hermanos –una risa débil escapa de ambas–. Me pide que se la muestre a papá y a las tías, que… es mejor que se preparen.

–Dile que venga con ese sombrero –añade la madre antes de volver a la labor–. El frío podría golpearlo más duro.

Mamá –si cambia al español, es porque la muchacha quiere minimizar los riesgos–. Crees… ¿Crees que deberíamos mostrarle esto a…?

No lo sé, mi niña –maldita la hora en que cambian de lengua, es más difícil disimular lo que se siente en la propia–. Fue decisión de tu hermano guardárselo y si en verdad lo quiso así...

–Pero… ¿Enterarse así? –Es raro incluso para su madre ver a la muchacha intentando contener las lágrimas–. No… no sería justo, mamá…

Y entonces sí que sería un desastre.

La madre suspira. Ni siquiera sabe si se trata de justicia. Al fin y al cabo, Joel no espera nada de esto. Quizá qué diría cuando llegue. Asumiendo que no se arrepienta de venir a medio camino. Niño tonto, eso es tan propio de él…

El timbre resuena en la estancia y antes de que pueda decir algo, es Lena quien prácticamente corre hacia la puerta. Incluso trabajando, puede escucharlo todo.

–Ay… ay Dios –pasan unos segundos, asume que recupera el aliento–. Lo… lo siento, es que… todavía no me acostumbro.


Aún quedan fieles en la vieja Catedral de Changchung.

Yo mismo entraría si no fuera porque no tengo demasiado tiempo.

Llevo toda la semana pensando que me gustaría volver por aquí. Tendrá que haber ocasión en algún momento, en que no piense que debo cumplir con mi horario.

Ni siquiera en la capital tuve ocasión de buscar una.

Hay algo de paz ahí. Una paz distinta a la que llevas por el solo hecho de creer. No puedes confiar en que eso bastará. Una paz que te invita a pensar que todo estará bien. Dentro del desmadre que todo lo pueda abarcar.

Suena el móvil. Mejor dicho, lo siento vibrar. Echo una mirada más por costumbre. Número desconocido. Contesto algo intrigado.

–¿Diga?

–Sabe… siempre me ha llamado la atención Pyongyang –una declaración lenta, casi melosa, extraña–. Pero… dada la enorme proporción de católicos, es natural que aún la llamen "Jerusalén del Este", aunque… ¿Qué me dice usted? ¿Aún disfruta de la tranquilidad de los templos o Dios hace mucho que sólo es una idea vaga para usted, Jungsa Jo?

Algo está mal. Desde el maldito comienzo.

Primero, la suavidad de esa voz. Una suavidad fría. Aguda. Arrogante. Escalofriante.

Segundo, que sepa que soy católico. No es algo que vaya pregonando por ahí. Y a juzgar por cómo lo ha dicho...

Tercero, más que saber mi nombre, que sepa de ese rango. Jungsa, Sargento de primera clase. Al que fui ascendido por volver de Tierra Pura.

Pero ni siquiera la teniente se dirige a mí así…

–¿Quién habla?

–Ah, veo que he captado su atención… ¿Pero por qué se sobresalta tanto? Tuvo oportunidad de… conocer mi obra en su estadía en la capital.

El aire se congela en mis pulmones. Estoy a punto de soltar la bolsa que cargo. No… no puede ser…

–Khada Jhin…

–Finalmente nos conocemos, jungsa, aunque… teniendo en cuenta su retiro y actual posición… ¿Sería más apropiado llamarle Detective Jo?

–¿Qué carajos quiere?

–Oh… ¿Acaso es un delito conversar con el hombre que con tanta dedicación ha seguido mi trayectoria artística? Eso hiere mis sentimientos,jungsa.

–Y bien que usted se ha hecho de rogar al darme su autógrafo, ya puestos a hablar de sentimientos…

–Me halaga, jungsa, ¿ve cómo nos estamos entendiendo?

–Lamento si, sinceramente, no puedo ver el sentido a lo que usted llama "arte".

–Las grandes obras tardan en ser reconocidas como tales, mi amigo, ¿o debo recordarle la historia del Salon des Refusés del Salón de París?

Maldita sea, ¿en serio? ¿Un puñetero historiador del arte?

–Con los años, la opinión sobre sujetos como usted no varía demasiado, amigo.

–Tarde o temprano, esta gente apreciará la libertad en que las sume mi arte, jungsa.

–No si le doy caza antes.

–Por favor, detective, ¿qué le hace pensar que tendrá éxito esta vez? Tantas armas carentes de sentido… habilidad…

–O hace esto porque está desesperado y quiere descolocarme o… está aburrido, ¿no es así, Jhin? –Sonrío ante su silencio, aunque desconozco sus verdaderas facciones… qué puedo decir, ese pequeño detalle me agrada–. Si me está invitando a un dueto, no dude que podemos bailar toda la noche.

–¿Con quién bailaré? ¿Con el soldado? ¿El detective? ¿O con el héroe de Tierra Pura?

Qué… qué carajos…

–¿Tengo su atención, jungsa?

–Desde hace bastante, amigo.

–¿No va a preguntarme acaso lo que quiero?

–¿No lo ha dejado claro haciendo estallar todo?

–Por favor… ¿En serio cree que delegaría en otros la responsabilidad de desplegar mi obra maestra? Sólo están para anunciar mi llegada.

Miserable hijo de…

Tengo miedo de dar un paso. Que una bala se deslice hacia mí. Que todo se desmadre si altero mi posición.

–Esta tierra necesita libertad… romper la absurda cadena del distingo al que las somete la absurda idea de superioridad; mi arte quebrará por completo ese absurdo esquema.

–No si antes lo invito a una pieza.

–¿Cree en serio que puede matarme? Aprenderá que el arte no se puede matar.

–Desgraciadamente para usted, Jhin, siempre he disfrutado de los debates.

–No tendrá ocasión de decir una palabra cuando lo convierta en parte de mi pieza maestra, jungsa –aunque lo dice con suavidad… experimento el frío recorrer mi espina–. Antes… tendrá que ver caer todo lo que ama… lo que cree conocer… y la vida que pudo tener y escogió rechazar, pero hasta entonces… espere mi llamado para participar en esta obra.

Cuando corta la llamada, me tiemblan las rodillas.

Es una declaración de principios.

No. Es una maldita hoja de ruta.

Después de tanto buscarle, no sólo ha decidido aparecer a su manera. Ha puesto sobre mi cabeza todos los reflectores.

El bastardo caprichoso ha borrado de un plumazo todo lo que creíamos conocer. Ahora es tan simple como que…

Que todo se ha ido a la mierda.

Para cuando parpadeo, descubro que estoy corriendo entre los vehículos y luego, entre los compradores de última hora. Tengo suerte de encontrar la cabina telefónica desocupada. Tengo suerte de encontrar las monedas en el bolsillo. Y más que suerte, es la mano divina lo que puede explicar que contesten al segundo tono.

–¿Diga?

–Lutia, Uxama, ciudades aliadas.

–Segontia, Termantia, hoy alzarán sus armas.

–Guerrero del pacto, camino de Abaxtos, protege a Caraunios, cumple tu misión.

El silencio me indica que la clave ha sido aceptada. La voz del otro lado se desconcierta con lo que tengo que decir. Me escucha. Me rebate. Aporta. Llegamos a un acuerdo. Como debe ser, carajos, ¿qué otra alternativa nos queda?

La siguiente llamada debe ser más rápida, pero directa. Gracias a Dios que aún recuerdo el número de ese cabrón.

–Eh… ¿Diga?

–Esa voz, Penny… no me digas que acabas de despertar.

–¿Jefe? ¿En serio es usted?

–¿El Grupo Diamante tiene ánimos para bailar toda la noche?

Khada Jhin quiere llevarlo al plano personal.

Si me ha puesto en la cima de la lista por vaya Dios a saber qué razón, voy a responder a la altura.

Aún tengo fuerzas. Aún puedo permanecer en pie. Un día más. Dios mío, sólo un día más.


–Cat…

–¿Lucian?

–En una vuelta más.

–¿Es en serio?

–Tenemos novedades.

–¿Es en serio?

–Volveremos a escuchar serenatas.

–¿Es una broma?

–Se ha quedado sin opciones.

–¡Pero eso lo…!

–Lo sé –un suspiro del otro lado de la línea–. En una vuelta más, las pondré al tanto.


Avisé hace una hora y media que llegaría tarde. Tal vez debí decir que sería muy tarde. Pero no me ha quedado de otra.

En realidad… debí correr a la estación y tomar el primer tren hacia la capital. Procurar hacerme humo. Pero ni siquiera mi familia está al tanto del todo respecto de mi trabajo, el que desempeñaba antes… bueno, antes de que esta cosa apareciera en mi sangre.

Es probable que esta sea la última decisión recomendable dada la actual situación.

Y pienso.

Tal vez sea la última vez en más de un sentido. En todos los sentidos, a decir verdad.

Y lo último que quiero es que sea una última vez para ellos. Todo lo que me queda.

Correr me ha quitado el aliento. He vuelto a toser sangre. Espero que el olor no se perciba. Por momentos me ha faltado la fuerza para dar un paso. Ni qué decir tiene de las veces que me he sentado en tanto me pregunto cómo le he hecho, segundos antes, para mantenerme en pie.

Esta fue de las primeras zonas urbanizadas antes de que los apartamentos se convirtieran en cajas con tal de optimizar el espacio, de manera que la casa de mi familia es bastante más grande que la mía. Tanto mejor, en este estado no me veo capaz de organizar una cena familiar.

Veo a lo lejos, frente a la entrada del edificio, una figura de pie que se abraza a sí misma. En cuanto me ve y me reconoce, corre hacia mí.

–Lena…

–Hasta que apareces –me echa una mirada crítica–. No te queda tan mal ese nuevo corte.

–Sí sabías que llegaría, ¿no?

–Puedes prometer lo que quieras –masculla antes de sonreír y, cosa rara, agarrarme del brazo y tirar de mí hacia dentro–. Ahora vamos, mucho nos hiciste esperar y tienes mucho que contarnos.

–Niña, por favor, sólo el trabajo se hizo…

–¡No, tonto! Ay, es que… ya verás, te tenemos una sorpresa.

–No me digas que mamá hizo pozole.

–¿En serio? ¿Te digo "sorpresa" y en lo primero que piensas es en pozole?

–¿A poco tú no?

–Hoy no, bruto, ya verás cuando lleguemos.

Pues si no es pozole, no me cabe en la cabeza qué otra cosa podría ser.

Pero algo importante debe ser para que Lena no pueda recordar que todavía recuerdo dónde está el apartamento. No necesita tirar de mí, bastaría con que fuera más rápido, qué me cuesta seguirle el ritmo. Si tuviera más fuerzas, la tomaría en brazos y tardaríamos menos.

–Espera –para mi sorpresa, cuando nos encontramos frente a la puerta, me quita el sombrero y acaricia unos segundos allá donde antes había cabello.

Mi niña…

–En verdad… te queda bien –murmura antes de devolver el sombrero a su lugar. No es como que disimule demasiado. Al menos me protegió un tanto del frío.

–Tú cada día te ves mejor.

–¿Antes no?

–Echo de menos tu cabello más largo –confieso pasando los dedos por ese mismo cabello cortísimo que ahora crece en su cabeza.

–Oye… párale, ¿sí? –Su voz se debilita antes de recuperarla y sonreír con algo de maldad–. Y espero que estés listo.

Lo que sigue al abrir la puerta es una suma de ruido como no recuerdo en esta casa.

Es raro. Antes de asomarme a la sala, puedo sentir cómo la mezcla de conversaciones me transmite una sensación de bullicio vital como hace tiempo que no había aquí. En parte por nuestra reciente ausencia. En parte por nosotros mismos que…

–Y como puede imaginar, la dificultad para conseguir las piezas de ciertos vehículos puede ser determinante a la hora de estimar valores, sobre todo cuando se trata de coleccionistas exigentes –tampoco es como que papá se maneje en ese campo, él siempre ha dicho que cargar con una responsabilidad de semejante escala podría…

–¿Está hablando de piezas de colección por antigüedad o por rendimiento? Habrá notado que mis gustos son muy… particulares.

Qué chingados… esa… esa voz…

–Así que abordamos el avión y nos largamos de aquí –la voz de tía Sook Hee me trae de vuelta a la realidad con el eco de esa historia que he escuchado infinidad de veces–. A Hideko se le ocurrió que podíamos largarnos a Tokio…

–¿Tokio? Tiene sentido, señora, pero… ¿No era por entonces la situación parecida a la de acá?

No… esa voz es… no… no puede ser…

–¿Qué es tan divertido? –Ahí va mi hermana que se ha alejado no sé cuándo.

–¡Ahí estás! Te había perdido de vista sólo un momento.

Carajo… carajo… es… es imposible…

–He oído de la olla caliente de Sichuan, querida, incluso leí un libro sobre la cultura china a través de la cocina, pero aún así me pareció un tanto complejo, jamás me atreví a intentarlo, es que… ya verás que la cocina no es lo mío –vaya, y desde cuándo carajos mi madre hace semejante confesión sobre…

Qué…

Si tuve fuerzas alguna vez… ahora no las siento. Se han ido. Me he perdido. En lo más profundo.

Así que no. No sé qué es lo que consigue que dé un paso. Y luego otro. Y al final, todo me lleva al borde de la sala misma. Ahí donde puedo ver todo.

Papá, en plan académico, sentado a la mesa con el modelo a escala que emplea para explicar lo básico sobre cada pieza del vehículo. Sentada frente a él, Evelynn con las manos enlazadas sobre la superficie y con una seriedad más propia de la que requiere una complejísima producción musical.

Mis tías en el querido sillón, el más grande, el primero que compramos y que tan bien se conserva, intentando ponerse de acuerdo en quién cuenta mejor la historia de sus años en el Imperio de Japón mientras Ahri las escucha y formula preguntas de tanto en tanto.

Lena acaba de sacar su colección de discos con mucho orgullo y en eso está en el sillón más pequeño, todo mientras Akali parece genuinamente sorprendida con una copia que no deja de mirar como quien acabara de descubrir el Santo Grial.

Todo mientras el vapor no deja de escapar de la cocina…

Al tiempo que mis pasos… la bolsa… todo mi ser emiten el ruido que no quiero que emita y todos se han puesto de acuerdo en que basta oír eso para callar.

Tanto papá como las tías me miran con alivio. Lena sólo parece incapaz de dominar del todo su sonrisa extasiada. Eso hasta que se hace una idea de lo que pasa.

Evelynn tiene problemas en reconocerme. Cuando lo hace, palidece.

Ahri apenas atina a taparse la boca con una mano tras parpadear una vez.

Akali arruga la frente. Esas líneas siempre han gritado incredulidad. Articula sin emitir sonido.

No puede ser.

En realidad sí lo es. Esa puntada en el pecho, tan cerca de donde tuve enterrado un cuchillo tiempo atrás, reemplaza un pellizco con eficacia.

Aún duele. Lo bastante para despejar las dudas.

Sí. Estoy en Pyongyang. Estoy bastante lejos de la capital.

Y así y todo… ellas… ellas están…

Tomo aire. Mierda. Se parece… tanto a la primera vez.

–Perdón por el retraso –termino mascullando tras pensarlo mucho. Como no tiene caso estirar algunas cosas, me trago la perplejidad y me quito el sombrero–. Me peleé con el peluquero y el bastardo ganó esta vez.

–¿Y por eso no te quedó otra que hacer tú el trabajo? –Suelta mi viejo, poniéndose de pie con una sonrisa–. Podrías haberme llamado.

–¿Y terminar con la cabeza convertida en un mapa? Gracias papá, pero aún no estoy tan loco.

La primera en reír es Evelynn. En realidad no es una carcajada. Más bien parece el tipo de risita que dejas escapar cuando ya no puedes contenerla más. La que llevas un rato intentando disimular.

Algo parecido a una risa escapa de los labios de Ahri, pero no tarda en desviar la mirada. Como si temiera lo que pudiera ver…

Baka –escucho que masculla Akali, sonriendo a duras penas con la mirada baja–. Si no estuviera tu familia aquí…

–¿Hijo?

Ahí está mamá, asomándose a la entrada de la cocina. Nunca lleva delantal. No sé cómo le hace para no necesitarlo. Con una simple sopa he estropeado más de una camisa.

–Ma…

–Sí que te tardaste, tu amiga ha intentado enseñarme a preparar la olla caliente.

Ahí está. Aparece a su lado.

Incluso con todos los gritos del cuerpo, me cuesta creerlo.

Sólo la mano del ángel de la guarda podría estar sosteniendo la bolsa entre mis dedos en este momento.

Ella… ella sí lleva delantal. Y el cabello en una cola. Ha perdido casi todo el tinte. Ahora es sólo su color natural. Y es ella. El rostro enrojecido por el calor de la cocina. Algunas manchas en los antebrazos desnudos. Con una mirada húmeda tan transparente que parece decir tantas… tantas cosas a la vez…

La sorpresa. El dolor. La angustia. El miedo. La alegría. Incluso… añoranza… esperanza…

Tan dolorosa… tan real…

–Hola Jojo.

Me llega su voz. Su saludo. Casi como un suspiro. Sólo para mí.

Apenas el roce del aire que trae sus palabras. Que es más de lo que puedo soportar.

–Disculpen, yo…

Ni siquiera sé qué mascullo antes de dejar la bolsa sobre la mesa. Sólo sé que tengo aún lo necesario para dar grandes zancadas. Aún recuerdo dónde está el baño. Aún tiene el mismo pestillo la puerta. Todavía me puedo aislar.

Es lo que termino haciendo. Y no tardo en arrepentirme.

Debí dar media vuelta. Debí largarme en cuanto pude. En cuanto fui consciente de lo que estaba pasando.

Porque esto… todo esto es…

Ellas… todas ellas están…

Las mismas que desearon que me aplastara un camión en el mejor de los casos, con tanta cordialidad…

Pero de todas ellas… en verdad está…

Mierda. Ahora tengo miedo de salir.

De salir de este baño y percatarme de que todo ha sido mi imaginación. Porque eso significaría que estoy peor de lo que creo.

Que la añoranza ha terminado de enloquecerme.

Que la sobrecarga de miedo porque ellas… especialmente ella… que todas estén aquí…

Los golpes en la puerta. A duras penas me mojo la cara. Las formas han recuperado su definición. Respiro un poco más…

Al abrir, su imagen es la que me recibe.

Y está cerca. Lo bastante como para estirar la mano. Podría tocarla. Pero me falta el valor.

–Jojo…

No sé qué mirada le dedico. Alguna que la calla de golpe. Porque algo debe significar que al mirarla… vuelva a mí hasta la el recuerdo de la última lágrima…

–Señorita.

Es tan rápida la llegada del dolor en su expresión…

Bórrame de tu vida, Jojo.

Cómo es que su presencia, en lugar de calmar el dolor, sólo lo exacerbe…

–Jojo… por favor…

–No deberían estar aquí, señorita, pero ya no importa –no sé de dónde he sacado la voz ni la voluntad para no enloquecer–. Lo último que quiero es hacer esperar a mi familia.

Voy a dar un paso más cuando siento que me atrapa la muñeca.

Voy a decir algo más cuando siento tal fuerza que me rodea…

¿Siempre sus abrazos fueron tan fuertes? ¿O es sólo que me acostumbré a vivir sin ellos?

Ni siquiera sé si… intento… moverme o he aceptado que intentar… intentar algo así…

–Kai…

–Por favor… espera –apenas escucho que musita contra mí–. Espera un poco.

–Kai…

–Es que… yo… –puedo adivinarla tragar saliva. Sus brazos son cadenas en torno a mí–. Te he extrañado tanto…

Una parte de mi orgullo cede. Ahí se va una parte del dolor. Y todo lo que me queda es devolverle el abrazo. Con toda la fuerza que he guardado en su nombre. Todo lo que me va quedando. Aunque sea sólo en este momento.

Aunque todo sea más preguntas que respuestas…

Aunque quiera saber cómo es que ella y las chicas están aquí…

Aunque sea… un segundo, sólo un segundo...

Porque yo también… yo también…

También la he extrañado.

Dios mío, Kai… te he extrañado tanto…