Esa noche se celebraba una fiesta el momento perfecto para actuar y Ama no uzume no perdió el tiempo.

Con ayuda de Aizen (a regañadientes) elaboraron una poción, la diosa puso parte de sus poderes alegría, danza y fertilidad y el dios rojo vertió belleza y amor.

—¿Estás segura de esto?—el dios rojo quería ayudar a Hefesto pero tenía malas vibraciones con respeto a esta idea.

—Tal vez así Afrodito la valore más si la ve no por su físico sino por su personalidad y espíritu—

La poción que ambos habían preparado hacía que el que la bebiera tuviera más confianza en sí mismo y sacara sus cualidades ocultas, en el caso de Hefesto su pasión, amor y sensualidad Ama no uzume estaba segura de que ella lo tendría al ser la diosa del fuego he hija de su padre, algo heredaría de él.

—Bien vamos allá—dijo sonriente.

Aizen suspiró.

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Esa noche todos los dioses y criaturas sobrenaturales estaban en la fiesta Zeus bailaba con su esposa Atenea con Takemikazuch el dios iba vestido con una elegante túnica y era caballeroso ambos contaban además sus batallas y sus trifulcas con Ares.

Afrodito bebía mientras coqueteaba con una Yokai hermosa, la verdad es que se lo estaba pasando bien todos los allí eran amables y hospitalarios y el dios ya había probado placenteramente que debajo de esa máscara estoica y formal eran sin duda increíbles en el lecho.

Hermes se divertía bailando con una de las musas Euterpe la musa de la música riendo alegremente.

Ares y Enyo prácticamente se comían los labios mientras se besaban y Hades charlaba con Amateratsu.

—¿Y cómo le van las cosas en el inframundo señor Hades?—

—Bien como siempre, los muertos, los castigos y los campos Elíseos—

—¿Aún no tiene esposa?—la diosa por lo que sabía era que Hades era el único de sus hermanos que no había contraído nupcias aún.

—No, ser el rey del inframundo y dios de los muertos no atrae a muchos como usted mejor sabrá—

Amateratsu asintió sabiendo a lo que se refería, su padre Izanagi junto a su esposa Izanami crearon muchas de las islas actuales junto a dioses ambos se amaban mucho pero por desgracia la esposa de su padre murió dando a luz.

Devastado Izanagi fue al Yomi, el inframundo de su panteón, encontró a Izanami y le pidió que regresara con él, pero ella le dijo que era demasiado tarde, ya que había comido el alimento de la tierra de los muertos. Las leyes de la vida y la muerte eran las mismas en el inframundo de Hades, si comías algo del inframundo estabas atrapado allí para siempre.

Pero Izanami trataría de convencer a los dirigentes del Yomi para que la dejaran irse y pidió a Izanagi que no entrase durante ese momento. Izanagi esperó durante mucho tiempo, pero al final se impacientó, así que encendió una mecha y se adentró en el Yomi para buscar a su esposa, quebrando de este modo una de las reglas de la tierra de los muertos.

Izanagi buscó a su esposa pero cuando la encontró se horrorizó al ver que era un cadáver putrefacto, lo que provocó la ira de Izanami la cual mandó a los ejércitos del inframundo tras su marido, este consiguió escapar. Cerró la entrada con una piedra y rompió el matrimonio con Izanami, debido a esto, Izanami le lanzaría una maldición diciendo que cada día mataría a mil humanos, a lo que él respondió que de hacerlo, haría nacer a mil quinientos.

Miró a Amateratsu cuando Izanagi se limpio en un río después de escapar del Yumi engendró a Amateratsu de su ojo izquierdo, Tsukiyomi la diosa de la luna del derecho y a Susanoo de su nariz.

Se convirtieron en las deidades más importantes, pero Izanagi no volvió a ser el mismo por lo que Hades tenía entendido aunque amaba a sus nuevos hijos eran un recordatorio de lo que pasó y el triste final de su amor.

Si Hades alguna vez se casaba solo podía rogar que su matrimonio no tuviera ese triste final.

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Hefesto estaba en la fragua de Kagutsuchi, el dios patrón de los artesanos y herreros era un increíble artesano y guerrero también el propio dios también estaba admirado del trabajo duro y la destreza de Hefesto.

—¿No vas a ir a la fiesta Hefesto san?—el dios era un hombre totalmente de fuego como una supernova andante solo otro dios del fuego aguantaría estar cerca.

—No Kagutsuchi senpai he venido a aprender no ha divertirme—

Kagutsuchi negó con la cabeza e hizo un ruido que ha Hefesto le pareció un chasqueo.

—También se puede uno divertir, ya has trabajado bastante—

La diosa se dio por vencida el hombre era increíblemente terco cuando se lo proponía así que decidió pasar por la fiesta, sólo para estar un rato. El el camino a sus aposentos, para lavarse un poco, se topó con Aizen.

—Hola señor Aizen pensé que estaba en la fiesta—

—Si pero yo y Ama no uzume te fuimos a buscar a la fragua para que vinieras—

—No se preocupe Lord Kagutsuchi ya hizo el trabajo de convencerme para ir a la fiesta—

Aizen sonrió, ese viejo llamarada, luego tenía que recordar agradecérselo al dios del fuego, en ese momento apareció la diosa Ama no uzume quien le sirvió una copa.

—No se...sólo iré un momento a la fiesta y ya está no tengo ganas de beber—Hefesto no quería emborracharse.

Pero la diosa le puso la copa en las manos—Oh no te preocupes solo es un trago ya veras te sentirás como nueva y llena de energía.

Hefesto miró la copa, la verdad es que olía bien y había algo en el olor que te embriagaba casi sin darse cuenta acercó la copa a su boca por el hueco del yelmo y se lo bebió todo. En seguida se sintió extraña como si algo se retorciera dentro de ella sentía mucho calor como si estuviera en un horno.

Ama no uzume y Aizen vieron boquiabiertos la transformación de la diosa y como un brillo dorado la envolvía y cuando desapareció la armadura estaba fuera de ella vistiendo una túnica blanca griega y ambos dioses casi se les rompe la mandíbula al estar a punto de estamparlas contra el suelo.

A funcionado mejor de lo que pensábamos.

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Afrodito estaba besándose con la Yokai mientras a su lado estaba Apolo esperando su turno. Afrodito con una sonrisa besó al dios del sol pero al ver la mirada celosa de Ares y Enyo sonrió.

—Tranquilos no sé por qué os ponéis así, sabéis que vosotros siempre seréis mis favoritos—

Eso ofendió al vanidoso Apolo.

—Es para que no se enfaden querido Apolo—le susurró en el oído, el dios rubio sonrió tragándose esa mentira compasiva y continuaron.

Estaban por irse ellos dos y la yokais a una habitación cuando oyeron una exclamación de asombro en la multitud.

Extrañado Afrodito miro a las personas quienes miraban hacia un lugar.

—¿Que ocurre Hermes?—

Pero para su sorpresa ni Hermes ninguno de los presentes le hacía caso cosa que sorprendió e irritó al dios del amor ¡nadie, jamás lo había ignorado! Furioso fue a buscar a Ares pero para su asombro también estaba embobado ¿y estaba babeando?

Fuera quien fuera el que le robaba la atención Afrodito haría que se arrepintiera, si había algo que no toleraba el dios era que lo dejasen de lado por alguien más o fuera más hermoso que él. Fue en dirección hacia donde todos miraban.

Se congeló como si un rayo de Zeus le hubiera alcanzado solo que mil veces más potente.

Delante de él estaba la criatura más sublime que Afrodito había visto jamás, caminaba de una forma tan grácil que no habría podido romper ningún huevo si caminara sobre ellos, elegante y a la vez con un ritmo alegre y seguro, su figura era despampanante y perfecta levantando la envidia de las mujeres. Su pelo era sedoso de un color que no era fácil de distinguir en un primer momento parecía castaño pero luego veías cobre, dorado, miel y rojizo.

Su cara era perfecta, hermosa mas allá incluso para un inmortal Afrodito había visto incontables mujeres hermosas pero ninguna le llegaba a la suela de las sandalias de esa hermosura, su piel era bronceada pero no demasiado lo justo para darle un color exótico y hermoso y parecía tersa como la seda.

Sus ojos eran como dos ámbares y a la vez rojizos pero no el rojo de Ares, agresivo, sino uno como el de las manzanas y fresas era cálido y con un brillo encantador. Sus labios regordetes se podía uno perder en ellos solo mirarlos, solo había que imaginar el besarlos sería adictivo Afrodito estaba seguro de eso.

Iba ataviada con el típico quimono pero hermoso y elegante con bordados de aves y flores, llevaba un chal de seda de plumas celestiales y su pelo estaba suelto pero una parte estaba recogida por el típico peinado de japón con algunas flores adornadas.

Afrodito sintió un tirón en el pecho y como todo en el ardía.