Sus ojos están secos de tanto observar.

Sus rodillas rectas luchan por no flexionarse y darle una postura más cómoda y menos dolorosa.

El suspiro que escapa por su nariz es casi visible por el calor que deja salir su cuerpo.

Sus manos se aferran a la madera con una fuerza tremenda para no soltarle, el ruido de la misma chillando bajo su sudoroso agarre es como un redoble de tambores listo para desaparecer cuando se libere cargando hacia adelante.

Da un paso al frente, ni si quiera puede contarlo como tal, su pierna derecha que va por delante se arrastra ligeramente sobre el césped y la su figura se desliza lentamente por el paisaje soleado. Su vista se ve momentáneamente obstruida por unos pocos mechones de cabello rojo, tan rojo como el mismo atardecer, tuerce su cabeza para sacárselo de encima sin perder una centésima de concentración en el hombre frente a ella.

Su espada está quieta, la de ese hombre, sus ojos casi cerrados, su temple completamente neutral y tan tieso como su propio cuerpo, como un elástico tirante que, al liberarse, podría dejar salir una fuerza descomunal que termine con el mismo mundo frente a él. No puede imitarle sin importar que tanto lo intente, no puede descifrar por donde atacarle sin importar cuanto lo piense, su mente está vacía, sus arrugas son un símbolo de años de experiencia, cada una un ladrillo en una inamovible fortaleza de habilidad inimaginable.

Ella alza la espada sobre su cabeza, tal como le enseñó.

Él presta atención a este movimiento, la sigue con sus ojos pero no se mueve todavía.

Ella siente algo bastante familiar, un peso en su estómago, su cuerpo indicándole que con un movimiento en falso podría morir.

Él debe estar sintiendo lo mismo pero, a esa edad, es ya uno de tantos dolores que experimenta.

Llega un viento que le hace el favor de correr a un lado sus mechones sueltos, rebota contra su oreja como si de una flauta de se tratara, haciendo fuerza para meterse dentro de su cabeza, exasperándola más y más hasta que se encuentra deslizando sus pies otra vez.

Chasquea su lengua, ya incapaz de quedarse quieta.

Y corre.

Corre a toda velocidad con su espada alzada en el aire mientras deja salir un grito algo tímido, todavía no acostumbrada a las maneras más brutales de los guerreros antiguos, el mundo entero pasa a su izquierda y su derecha, la figura de apagados colores verdes comienza a mover su espada lentamente hacia atrás, haciéndola a un lado dejando completamente expuesto su cuerpo.

Y llega, en unos pocos segundos.

Baja su espada con fuerza, su objetivo siendo una bestial herida que vaya del hombro hasta los pies si es necesario.

No llega a nada, la espada enemiga atraviesa su estómago horizontalmente.

Afortunadamente la madera le golpea con fuerza, de haber sido acero entonces sus entrañas estarían decorando esa hermosa pradera de otoño. Hubiese muerto, obviamente, pero el que no lo haya hecho no la detiene de soltar su arma e inclinarse hacia adelante dejando salir un dolorido grito, algo exagerado pero al menos indica que ha sido vencida y el anciano se hace a un lado.

- No se estaba concentrando –

Le dice mientras camina, dándole la espalda.

Ritsuka se sienta en el suelo dando la vuelta, todavía aferrándose a su herida, definitivamente le ha hecho una marca con semejante golpe, es posible que no haya querido pero la fuerza de un Servant es simplemente algo que no puede medirse muy precisamente.

- Estaba haciéndolo, con mucha fuerza –

- No – El viejo gruñe, pero es un gruñido de un maestro amigable, no el de un abuelo enfadado con su nieta – Pero aun así ha mejorado, su forma y su ataque han sido correctos –

- He tenido un buen maestro –

Claro, todavia recuerda su cara estupefacta y sus iniciales negaciones al pedirle que la entrene. Yagyū Munenori es un maestro pero sus últimos recuerdos de entrenamientos no han sido de los mejores, hizo falta que se lo diga "como Master a Servant" para que siquiera comience a considerarlo. Ahora mismo parece más convencido de la idea, incluso deja salir una pequeña sonrisa muy poco característica de un samurái tan serio para él, probablemente porque solo son ellos dos en la habitación de realidad virtual, también tiene que ver que la sonrisa de amplios dientes de Gudako brilla tanto como el mismo sol y puede hasta calentar el frio corazón de un anciano tan cínico.

- Todavia no entiendo cuál es la idea de esto, sin ofender – Pregunta él, dejando su espada de madera a un lado y tomando asiento frente a ella, lentamente, incluso si su cuerpo ha vuelto a ser el de un jovenzuelo todavia le quedan algunos reflejos de su vida tardía.

- ¿Cómo? –

- El entrenar el arte de la espada – Su voz es gruesa y ronca, apenas se distingue la duda en él – Es un instrumento de desdicha, solo aquellos que no tiene otra opción deberían tener que usarla –

- No planeo ir al frente a pelear con nadie, puedes quedarte tranquilo abuelito –

Esa insolencia es divertida, él siempre la ha encontrado así.

- ¿Entonces? –

- Pues… supongo que es para aprender algo ¿Tiene sentido? – La muchacha alcanza por detrás de su cabeza y deshace la cola de caballo, su cabello rojizo se libera dejándose llevar por el falso viento de un paisaje de ensueño – Simplemente pensé que no podía perder la oportunidad, teniendo al gran Munenori Yagyū frente a mí –

- Aprendes por la ideología y por tus raíces, no por la violencia –

- Algo así –

La muchacha hace silencio momentáneamente, aparta la mirada y comienza a sonreír avergonzada, al final la hace parecer como un ser puro cuando, realmente, hace lo que le place porque tiene algo de tiempo libre.

- También… cuando era niña siempre veía esos programas de televisión con Yagyū Jūbei –

De él escapa una pequeña sonrisa nostálgica - Mitsuyoshi – Dice, en voz baja, un suspiro de humanidad para un espectro desaparecido hace cientos de años.

- ¿Acaso toqué una fibra sensible, Ryuu-tan? –

- Hmpf –

De un solo movimiento el anciano se levanta nuevamente y gira hacia su espada falsa inclinándose a recogerla. Clualquier otro guerrero la hubiese colgado sobre su hombro o la hubiese tratado con poco respeto pero no él, Munenori levanta el arma como si se tratara del más fino acero forjado para el mismo Shogun. Voltea hacia ella, sus marcadas facciones haciendo sombra bajo el ataque del incesante sol que simula estar desapareciendo tras las montañas del viejo Japón.

- Si quieres compararte con Mitsuyoshi entonces tendremos que seguir practicando, mi insolente Señor – Le reprocha en un tono algo severo, aunque claramente fingido – Tendremos que hacer algo sobre esa concentración suya –

- ¡Pero ya he dicho que estaba concentrada! –

- Debe concentrarse en todo y en nada a la vez. Si se concentra en una hoja de un abrol entonces no puede ver el resto de las hojas –

Para cuando él está en guardia, ella también.

- No sé qué significa eso – Dice sonriendo.

- Tendrá que averiguarlo entonces, Mi señor, a través de la espada –

Vuelven a chocar una y otra vez hasta que el sol desaparece en ese paisaje inventado, finalmente Gudako tiene que volver a su habitación llena de golpes pero acompañada por un invencible Samurai, uno que comienza a apegarse a su nuevo apodo de "Abuelito Tajima".


"No conozco la manera de derrotar a otros.

Solo conozco la manera de derrotarme a mi mismo."

Yagyū Munenori