Capítulo XIV
" Verdad póstuma "
Inuyasha se sentó tras el escritorio del estudio, sumido en sus pensamientos. Inclinado sobre el mueble, con el mentón apoyado en sus dedos entrelazados. El mal presentimiento que lo había comenzado a hostigar desde hace un par de días, era cada vez más palpable, y estaba erigiéndose sobre él como un manto de oscuridad.
Faltaban menos días para el traslado de Kojaku. Había trazado una y otra vez el plan para evitar cualquier clase de error. Sin embargo, no dejaba de sentir aquella molesta inquietud. Aunque también estaba el hecho, que no había tenido noticias de Kagome desde su visita, lo cual incrementaba su angustia. En el fondo ésa resultaba ser su principal aprensión.
Exhaló un profundo suspiro de preocupación, oprimiendo sus manos, hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
- Inuyasha debes tranquilizarte —le dijo Miroku, que se encontró estudiando unos mapas, sentado en un sillón no muy lejos del escritorio—. Sabes bien que es vital conservar la mente fría.
- Por supuesto que lo sé —asintió.
- ¿Estás preocupado por Kagome? —Inquirió el joven de ojos azules. Dejando de lado los papeles, para dedicarle toda su atención.
- Sí —admitió con pesadumbre.
- Jamás te había visto tan interesado en una mujer —comentó sincero, sin ningún atisbo de burla.
- No se trata sólo de interés Miroku. La amo… Me cautivó desde el mismo instante en que la miré a los ojos —reveló—. Anda, puedes reír y burlarte todo lo que quieras. También yo me reiría por lo ridículamente cursi que se oye lo que estoy diciendo —añadió con una mueca irónica mirando a su amigo, quien para su sorpresa no le mostraba una expresión burlesca, sino que lo escuchaba con serio interés.
- Es imposible burlarse, cuando eres precisamente tú, quien reconoce ese tipo de sentimientos —señaló Miroku.
- Admito que nunca creí que yo sería capaz de llegar a sentir un amor tan grande por alguien. Confieso que también me causa un poco de temor —admitió a su amigo.
— Te creo. Recuerda que hemos sido amigos desde que éramos casi unos niños —meditó Miroku—. Además, juntos hemos pasado muchas cosas. Y he sido testigo de cada una de las mujeres que han pasado por tu vida, sin que dejaran la menor huella en ti, hasta ahora.
— De todas esas mujeres, lo increíble es que jamás había conocido a ninguna que se le parezca siquiera. No sólo es hermosa, es tan decidida, con una entereza que me sorprende. Y una habilidad asombrosa, que ya quisiera tuvieran la mitad de mis hombres. No tiene ningún tapujo para desafiarme, ni mucho menos para ponerme en mi lugar. Destila una pasión abrumadora en cada poro de su cuerpo. Pareciera como si su sangre estuviera hecha de fuego. Una mujer fascinante. Posee un brillo que consigue encandilarme. Pero a la vez es dulce y de algún modo vulnerable —manifestó evocándola—. Pero esa maldita obstinación y temeridad me mantiene constantemente con el alma en vilo.
— ¡Fiu! —silbó Miroku. Tras escuchar la apasionada descripción—. Puedo entender por qué logró cautivarte y que te asuste tanto perderla. Tienes razón, es una mujer única. Aterradoramente parecida a ti —aceptó Miroku—. Tan temeraria y obstinada como tú —agregó, sonriendo ante la mirada furibunda que le dirigió su amigo—. ¡Admítelo!, siempre has sido incluso peor que ella. Al menos ahora lograrás comprender a la perfección lo que he tenido que soportar todos estos años —indicó con una mano en su pecho, mostrándose como una víctima.
— Eres un… —iba a reprenderlo, pero fue interrumpido cuando la puerta del estudio se abrió intempestivamente.
— Tenemos un grave problema —anunció Sesshomaru con rigidez.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Inuyasha poniéndose de pie en el acto.
— El hombre que vigilaba el ala Oeste… está muerto… fue asesinado. —informó su hermano mayor.
— ¡¿Qué?! —exclamó con la cara desfigurada por la furia y luego por el temor— ¿Dónde está Kojaku? —preguntó apretando los puños.
— No pude encontrarlo —contestó Sesshomaru.
— ¡Maldita sea! —lanzó y salió corriendo de la habitación.
— ¡Diablos! ¿Y la anciana Kaede? —inquirió Miroku.
— Ella está en la cocina. Afortunadamente, no se ha percatado de nada —contestó el hombre.
— Yo iré con Inuyasha. Quizás podamos alcanzar al sujeto que se llevó al muchacho —informó antes de correr tras su amigo.
Inuyasha estaba rugiendo órdenes a tres de sus hombres, los cuales sostenían antorchas, debido a que ya había oscurecido. Otros dos pasaron corriendo junto a Miroku, dirigiéndose hacia las caballerizas.
— Jaquen —escupió Inuyasha, ya que no necesitaba dar mayor explicación—. Uno de los vigilantes logró percatarse y lo está siguiendo. Debemos darnos prisa, antes que se reúna con alguien, o se deshaga del muchacho.
— Debe estar muy confiado por quien lo respalda. De lo contrario no se habría delatado tan abiertamente, eliminando a uno de nuestros hombres —dedujo Miroku.
— Estoy seguro que se trata del infeliz de Kouga y su padre —aseveró el joven—. Si logra hacer contacto con alguno de ellos, sabrán que nosotros le ayudamos a escapar, y eso nos delatará como los cómplices de Handorei.
— Pero quizás ya los tenía sobre aviso.
— Lo dudo. Kouga no habría desaprovechado la oportunidad de venir personalmente a buscar al muchacho, y por supuesto a capturarme —aseguró Inuyasha—. Más bien creo que Jaquen se enteró hace muy poco que ocultábamos a Kojaku en el castillo, y por eso actuó de forma tan precipitada. Aunque el muy infeliz, se dio el tiempo de esperar hasta que anocheciera.
Los hombres regresaron trayendo consigo los caballos ensillados. Inuyasha montó su arisco alazán negro, llamado Colmillo. Tomó las riendas con firmeza y salió a todo galope, hacia la ruta de escape de Jaquen. Según le informaron, uno de sus hombres sospechó al ver salir furtivamente uno de los carruajes pequeños, sobre todo siendo tan tarde, por lo que decidió seguirlo. En ese momento Sesshomaru, se encontró con uno de los trabajadores y al ser informado fue a verificar que Kojaku estuviera a salvo, pero se encontró con el cuerpo inerte de hombre que estaba encargado de custodiarlo, por lo que dio la orden para que los hombres se organizaran, mientras él iba a informar la situación a Inuyasha.
El escape de Jaquen se había producido hacía unos cuantos minutos atrás. Además, la velocidad del coche era mucho menor, ya que era tirado sólo por un caballo, y el peso del lastre, sumado a la poca visibilidad, a pesar de que aquella noche había luna llena, le hacía suponer que no debería estar muy lejos. Él era un hábil jinete y Colmillo era el potro más veloz de su cuadrilla, el cual personalmente había logrado domar de su estado salvaje, por lo tanto, todo le hacía suponer que contaba con mayor ventaja para alcanzarlos.
Miroku, junto con otros cuatro hombres, lo seguían de cerca, ya que no podían igualar la velocidad de su corcel.
Al cabo de unos minutos, logró divisar al hombre que salió en persecución de Jaquen.
— ¡¿Dónde están?! —preguntó cuándo le dio alcance.
— ¡Señor! Creo que el carruaje se desvió por el camino de la izquierda, allá adelante —respondió señalando una bifurcación.
— ¡Dile a los demás que se apresuren! —ordenó, espoleando al caballo para que corriera a su velocidad máxima.
Avanzó unos metros por el camino aledaño, notando que estaba en pésimo estado, lo cual era ventajoso, ya que podría darle alcance en un tiempo aún menor.
Soltó un juramento cuando vio que más adelante la carroza se encontraba volcada en medio del sendero. Desmontó de un salto, buscando en el interior, pero el vehículo estaba vacío, causando que una nueva maldición brotara de sus labios.
Comenzó a inspeccionar el terreno, pero no lograba ver con mucha claridad las huellas en la tierra. Miroku y los hombres lograron alcanzarlo, y desmontaron para ayudar a inspeccionar el terreno. Sin embargo, Inuyasha les ordenó que se mantuvieran en su sitio, y le arrebató la antorcha a uno de ellos, y comenzó a caminar de un lado a otro, observando con cuidado el suelo, únicamente ayudado por su amigo.
Ambos se percataron que había un rastro de huellas de dos personas, que avanzaban en línea recta a unos cuantos metros del carruaje volcado, de seguro pertenecían al hombre y al muchacho, y éstas se desviaban abruptamente, rumbo al bosque no muy lejos del camino.
Inuyasha corrió de regreso para volver a montar a Colmillo, y se llevó consigo la antorcha, guiando al caballo para adentrándose entre los matorrales y los arbustos, hacia lo espeso del bosque.
Era difícil controlar al caballo, ya que continuamente resbalaba debido a lo escarpado del terreno o se desequilibraba al hundir alguna de sus patas en el fango, haciendo que el avance fuera muy lento. Ahogó una exclamación luego de escuchar un sonido. Alargó la antorcha para intentar distinguir algo, y en ese instante vio un oscuro bulto que corría en su dirección. Lo vio caer y luego levantarse con dificultad, para dar algunos cuantos pasos y volver a estrellarse contra el suelo. Inuyasha se detuvo y desmontó, corriendo hacia el muchacho.
— ¡Kojaku! —lo llamó, el muchacho lo miró con temor, pero de inmediato su expresión cambió y pudo notar la alegría y el alivio en su mirada.
— Señor Inuyasha —dijo el joven haciendo un esfuerzo por ponerse de pie, pero sin lograrlo.
— ¿Te encuentras bien? ¿Estás herido? —preguntó llegando hasta él ayudándolo a levantarse, con su mano libre.
— Estoy bien.
— ¿Dónde está Jaquen? —preguntó.
— Cuando se distrajo, logré zafarme de él. Lo empujé y salí corriendo. Él me perseguía, luego de un rato me giré, pero ya no estaba —explicó el muchacho, intentando recuperar el aliento.
— ¡Inuyasha! ¡Kojaku! —gritó Miroku llegando junto a ellos.
— Ve con los demás y alcáncenlo. ¡Rastreen todo el maldito bosque si es necesario! —ordenó Inuyasha—. No debemos permitir que se encuentre con alguien.
— ¡Está bien! ¡Vamos! —ordenó Miroku a los hombres que lo seguían de cerca, y continuaron por la ruta donde venía el muchacho.
— ¡Inuyasha! ¿Pero qué ha ocurrido? ¿Por qué han venido aquí? —preguntó la mujer estupefacta de ver a su amigo llegar sin mucha discreción, junto al muchacho que se suponía ayudaría a escapar en secreto.
— Debemos adelantar el plan, Kagura —manifestó—. Finalmente, Jaquen se delató como espía. Intentó llevarse a Kojaku. Miroku lo está persiguiendo, pero si no lograra capturarlo, ese infeliz revelará dónde se encontraba oculto. Kouga no perderá la oportunidad para volver a encarcelarlo y sacarle información… de la forma que sea.
— ¡Por Dios! —exclamó horrorizada—. Está bien. No hay tiempo que perder —manifestó— ¡Kanna! —llamó y de inmediato una joven entró en la habitación—. Lleva al muchacho a una recámara. Ya sabes qué hacer —indicó.
— Sí —asintió la joven inclinando la cabeza, con una mirada inmutable.
— Ve con ella, Kojaku —indicó la mujer.
— Sí. Gracias —agregó el joven dirigiéndose al hombre que lo había ayudado—. Señor Inuyasha… Le suplico que cuide de Kagome —rogó el muchacho.
— No te preocupes. Daría mi vida por ella —le aseguró, dándole una amistosa caricia al alborotado cabello del muchacho, este le sonrió agradecido y salió escoltado por la doncella.
— ¿Qué pasará contigo? —preguntó Kagura con preocupación—. Si ese hombre revela lo que sabe. Estarás en un grave problema.
— Ya pensaré en algo —señaló intentando tranquilizarla—. Ahora lo más importante es que ustedes logren salir de este lugar sin contratiempos.
— ¿Y qué haremos con la señorita Sango?. Debes decirle a Kagome que hay un cambio en los planes —señaló la mujer.
— Sí. Tengo pensado ir a verla más tarde —indicó.
Kagome bufó exasperada. Su maldito prometido, cumplió su amenaza, y desde ese día había un guardia apostado en la entrada principal de la mansión. Vigilando cada movimiento, en especial los de ella.
El día anterior, quiso salir temprano en la mañana, pero cuando el hombre había comenzado a seguir sus pasos, le ordenó que se quedara; no obstante, el sujeto no tenía la más mínima intensión de obedecerla, y se limitó a informar que Kouga le dio órdenes precisas de custodiarla en todo momento. Era obvio que nada lograría al discutir con él, ya que ella no poseía autoridad alguna, tratándose de un subordinado de ese maldito.
Optó por quedarse todo el día en su cuarto, aduciendo un fuerte dolor de cabeza. Lo mejor era esperar a que anocheciera y escabullirse por el pasadizo. Tenía que avisar a Inuyasha de la presencia de aquel guardia, sobre todo porque Kouga también era capaz de poner vigilancia en las afueras Leeuford.
Caminaba de un lado a otro en su habitación, cuando escuchó el suave toque de su puerta. Se trataba de su amiga Sango.
— ¿Tampoco bajarás a cenar? —preguntó.
— No. Gracias.
— No has probado bocado en todo el día —reprochó con preocupación.
— No tengo apetito.
— Sigues preocupada por ese guardia.
— Por supuesto —afirmó mordiendo su labio inferior—. Tengo que salir esta noche. Debo prevenir a Inuyasha. No puedo esperar más tiempo. Si alguien también se encuentra vigilando el castillo y llegaran a ver a Kojaku… —no pudo terminar la frase ante el escalofrío de horror que la azotó.
— Tienes razón —asintió. De pronto ambas se sobresaltaron al escuchar el leve toque en la ventana de balcón, que se encontraba cerrada. Sango corrió a abrirla, dejando que el joven de ojos dorados ingresara en la habitación, ante la sorpresa de ambas.
— Inuyasha… ¡¿Pero qué haces aquí?! —preguntó Kagome, corriendo hacia él— ¿Ha ocurrido algo?
— Sí —contestó serio, mirando a una y a la otra—. Alguien intentó llevarse a Kojaku.
— ¡¿Qué?! —exclamaron las mujeres al unísono.
— Tranquilas. Logramos encontrarlo. Él está bien. Sin embargo, Miroku, aún está tras el culpable —explicó.
— ¿Dónde está ahora mi hermano? —preguntó Sango asustada.
— Lo dejé en casa de Kagura. Decidí adelantar su partida. Está todo preparado para que salgan de la ciudad al amanecer —informó—. Sango, después que se encuentre en un lugar seguro, podrás reunirte con él, en este momento puede ser muy peligroso.
— Pero… quisiera verlo… —quiso objetar, pero fue interrumpida por Kagome.
— Inuyasha, tomo la decisión correcta. Recuerda que la mansión está bajo vigilancia. Si alguien te sigue, lo encontrarán —explicó la joven, viendo que su amiga asentía con la cabeza, intentando enjugar sus lágrimas.
— ¿Bajo vigilancia? —inquirió Inuyasha, entornando los ojos—. ¿Te refieres al sujeto que está en la entrada?
— Así es. Desde hace un par de días se turnan para custodiar las entradas. Kouga dio órdenes de vigilarme y seguirme a todas partes. Al parecer no quiere que tú te me acerques, pero estoy segura que oculta otras intenciones. Pensé que sería peligroso hacerte llegar un mensaje en estas condiciones —explicó contrariada—. Esperaba que anocheciera para ir a verte y ponerte al tanto.
— Maldito infeliz —masculló con rabia—. Ahora comprendo por qué no he recibido ninguna noticia tuya.
— ¿Cómo fue que lograron llevarse a Kojaku? Recuerdo que alguien se encargaba de vigilar al hombre del cual sospechabas—preguntó Kagome.
— Sí, pero fue asesinado, cuando regresé, me informaron que encontraron su cuerpo, cerca de las caballerizas. También eliminó al guardia que vigilaba el flanco donde lo ocultábamos, Sesshomaru lo encontró y nos alertó de inmediato. Por fortuna alguien lo vio salir y tomo la iniciativa de seguir a ese infeliz. Gracias a ello logramos alcanzarlos —relató, ante la mirada horrorizada de las jóvenes—. Nos confiamos. No creí que un sujeto como Jaquen fuera capaz de deshacerse de dos de mis hombres —se reprochó el joven intentando contener la rabia.
— Ese hombre. Lo recuerdo vagamente, él servía al Conde Taisho desde no hace mucho tiempo —balbuceó Kagome.
— Por esa razón, desde un comienzo sospeché de él. Además, Miroku no logró averiguar detalles de su pasado, y eso lo volvía más peligroso.
— Ojalá encuentren a ese hombre —murmuró Sango.
— Tienen qué —aseveró, con suma gravedad.
— ¡Oh por Dios! —exclamó Kagome de pronto, cubriendo su boca con ambas manos horrorizada al comprender la situación—. Si… si ese hombre habla —emitió con voz ahogada, aferrándose al brazo del joven.
— No te preocupes —la tranquilizó.
— ¡¿Cómo esperas que no me preocupe?! —exclamó—. Ese hombre revelará que Kojaku estaba en el castillo. Kouga es capaz de lo peor, y utilizará esta oportunidad para destruirte —manifestó con una expresión desencajada—. Y… todo por mi culpa…
— ¡Suficiente Kagome! —exclamó el joven— ¡Esto no es tu culpa, maldita sea! —aseguró sujetándola por los hombros con firmeza.
— ¡Sí lo es! Yo te inmiscuí en esto —contradijo. "Tal y como lo hice con tu padre", pensó atormentada.
— Sango. Por favor, trae alguna infusión que le ayude a calmarse —le pidió a la joven.
— La traeré enseguida —asintió saliendo del cuarto a toda prisa.
— Kagome. No tienes que culparte por todo lo malo que pasa a tu alrededor. Fue mi decisión ayudarlos. Y si me volviera a enfrentar a esa situación, aunque tú no estuviera involucrada los ayudaría de nuevo sin duda alguna.
— Pero no quiero que te ocurra nada malo —sollozó, enterrando la cara en el pecho masculino. Él la envolvió con sus brazos, deseando calmarla.
— Nada malo me ocurrirá. Te lo prometo —murmuró, depositando un beso en su frente—. Por favor, confía en mí —le suplicó, mirándola a los ojos. La joven sólo asintió, y luego apoyó la mejilla contra el pecho masculino, por lo que Inuyasha no logró ver la seria determinación que se reflejaba en sus ojos chocolate—. Ahora debo volver al castillo, y saber qué ha pasado con Jaquen. Además, tengo que organizar a mis hombres. Debemos tomar las máximas precauciones en el traslado de Kojaku —anunció luego de un momento. Se apartó de ella verificando que estuviera más tranquila.
— Es cierto —asintió calmada—. Todo debe resultar bien.
— Sí. Ahora descansa, cariño—pidió dándole un fugaz beso en los labios—. Te haré llegar mensaje en cuanto pueda para mantenerte al tanto.
— No —negó, ante la sorpresa del joven—. Mejor reunámonos mañana junto al río —pidió.
— Está bien —accedió sonriendo—. Llegaré a media mañana. Primero debo asegurarme que se marchen a salvo.
— Sí —asintió intentando sonreír.
— Te veré mañana, amor mío —se despidió, acariciando la mejilla de la muchacha. Luego se inclinó para darle un beso—. Te amo —susurró, antes de caminar hacia el balcón.
— Inuyasha —lo llamó antes que saliera, él se detuvo y giró la cabeza—. Ten mucho cuidado.
— Lo tendré —aseguró con una sonrisa confiada, y luego se marchó.
Ella se quedó de pie, en medio de su habitación. Se abrazó a sí misma, pensativa. Sango entró en ese momento, trayendo consigo una taza con una infusión de aromáticas hierbas, que le ayudarían a tranquilizarse.
— ¡Oh! El joven Inuyasha ya se marchó —murmuró al ver a su alrededor—. Te traje esto. Bébelo.
— Gracias, pero es mejor que lo bebas tú —indicó—. Te ves mucho más nerviosa que yo, y no es para menos.
— Pero…
— No discutas —la regañó, acercándose a la muchacha, obligándola a sentarse en el taburete. Luego puso la taza con el humeante líquido en sus manos, esperando que bebiera. Por lo que la otra no tuvo más opción que obedecer—. Kojaku va a estar bien —le aseguró arrodillándose junto a ella, palmeando cariñosamente su rodilla.
— Oraré para que así sea —musitó Sango, con una débil sonrisa.
Inuyasha entró en la biblioteca, en donde Sesshomaru se encontraba solo, bebiendo una copa de brandy. Lo que le pareció algo muy extraño, ya que a su hermano no era para nada un asiduo bebedor, en realidad no le agradaba mucho licor. Por lo que dedujo, debía significar que estaba preocupado por lo sucedido.
Le explicó en detalle la búsqueda y cómo logró dar con el muchacho. Además, de haber tomado la decisión de adelantar la partida para esa misma madrugada. Su hermano manifestó su desconfianza por la premura. Pese a ello, no había otra opción. Contra más se dilatara, mayor probabilidad había que Jaquen los delatara y acabaran encontrándolo. Debían actuar antes que Kouga o quien sea, lograra organizarse.
Era una mañana demasiado helada. El sol aún se encontraba velado entre las gruesas y oscuras nubes, sin ninguna intensión de proveer el más mínimo calor. Sin embargo, aquello había resultado ser providencial, ya que el amanecer había estado acompañado por una densa niebla, que de seguro la especial comitiva de la Baronesa Kagura Neville, había sabido aprovechar a la perfección para que su salida de Brunshire no llamara la atención, o estimulara la curiosidad de algún pueblerino. Era una fortuna que su mansión se ubicara en las afueras de la ciudad.
Kagome se abrazó a sí misma frotando sus brazos, intentando darse algo de calor. A pesar de la gruesa capa negra que vestía sobre su traje de montar, ésta no conseguía mitigar el intenso frío que le calaba hasta los huesos. Aunque no debería sorprenderla, ya que se encontraba muy cerca del bosque, junto al río, donde el viento helado soplaba con la fuerza suficiente, haciéndole sentir que le quemaba la nariz y las mejillas.
Le dio una breve mirada a Umaki que se encontraba pastando despreocupado no muy lejos de ella, lo que le causo una enorme envidia, al ver que el frío reinante parecía no afectarle. Se vio obligada a utilizarlo a plena luz, ya que no podía arriesgarse a que el vigilante de Kouga, la descubriera saliendo de las caballerizas. Así que decidió que lo mejor era escabullirse por la salida secreta.
Cerca de una hora había transcurrido, desde que llegara al lugar donde se encontraría con Inuyasha. Intentaba permanecer tranquila, luchando para que la angustia de la espera y la vacilación no hicieran un menoscabo en su interior y terminaran acobardándola.
Retuvo el aliento al escuchar los cascos de un caballo, que se acercaba en su dirección. Se giró y trató de distinguir la figura que escasamente se vislumbraba producto de la bruma matutina que aún no desaparecía del todo. Su corazón se agitó cuando el caballo se detuvo cerca de ella, y logró ver con claridad que se trataba de Inuyasha.
El joven desmontó, guiando su caballo cerca de Umaki, y luego se dirigió hacia ella. Lo que la hizo preguntarse, mientras él se acercaba, cómo podía exhibir ese enorme atractivo, con tal instintivo descaro. Vestía unas largas botas negras, y también llevaba puesta una capa, que lo hacía lucir más alto y fornido. Su cabello negro estaba revuelto, provocando un cosquilleo en sus dedos ante el deseo de enredarlos en ellos. Su boca ligeramente curvada en una sensual sonrisa, haciendo que involuntariamente entreabierta sus labios ante la evocación de sus besos. Y sus ojos, hermosos y brillantes, que le otorgaban el calor, que aquel egoísta sol se negó a brindarle.
Lo amaba tanto… sin embargo…
Levantó sus manos cubiertas por unos guantes de cuero, y se quitó la capucha de su capa, dejándola caer a su espalda, liberando sus largos risos negros.
— No creí que ya estuvieras aquí. Perdóname por hacerte esperar —dijo el joven llegando a su lado, y sin esperar su respuesta tomo el rostro femenino con ambas manos, y se inclinó para darle un beso arrollador—. Necesitaba tanto de tus besos— murmuró con voz ronca con sus labios aún sobre los de la joven, quien sólo sonrió, acariciando la áspera mandíbula con su mano enguantada.
— Por favor, libérame de esta angustia. Y dime cómo resultó todo —pidió la joven.
— Ellos están bien. Salieron de la ciudad sin contratiempos —informó el joven, acariciando la pálida mejilla—. Miroku, los acompañará una parte del trayecto y luego otros cuatro hombres los escoltarán a su destino. Kagura se encargará de alojarlo en casa de un buen amigo suyo, hasta que Sango y él decidan dónde vivirán.
— Gracias a Dios —suspiró agradecida—. ¿Y qué pasó con ese hombre? —preguntó después, viendo asustada que él comprimía los labios con molestia.
— No lograron encontrarlo —informó serio—. Dejé órdenes para que continuaran buscando y rastreando algún vestigio que nos revele hacia dónde pudo haber huido. Además, tengo hombres apostados en varios lugares, en caso de que a ese infeliz se le ocurra buscar a los Breindbill.
— Entonces continúa siendo un peligro —murmuró ensimismada.
— Kagome, te pido que dejes ese asunto en mis manos. Tú debes concentrarte en lo que harás en esa fiesta —advirtió tomándola por los hombros para que lo viera.
— Lo sé —susurró—. Es sólo que han pasado tantas cosas. Y me inquietan las que vendrán. Nada parece estar resultando como esperaba —murmuró apretando los puños con impotencia—. También estoy preocupada por Totosai. Ha pasado mucho tiempo y no he recibido noticias suyas.
— ¿Te refieres a esa lista de nombres? —preguntó— ¿O hay alguna otra información de importancia que deba entregarte?
— No —negó desviando levemente la mirada.
— ¿Estás segura? —inquirió entornando sus ojos.
— ¿Por qué esa insistencia? —preguntó Kagome, alejándose un paso, y girando hacia el río, dándole la espalda.
— Porque siempre tengo la lúgubre impresión que continúas guardando muchos secretos —reconoció el joven, dando un paso hacia ella—. Hay ciertas preguntas, cuyas respuestas evades con excesivo recelo —agregó con gravedad.
— No puedo negar que tienes razón —develó, tras un tenso silencio, volvió a girar para enfrentarlo—. Está bien… Formula tus preguntas —lo instó, alzando el mentón, con una dura mirada—. Hoy responderé a cada una de ellas… con la verdad —agregó como una fatídica promesa. Inuyasha ladeó levemente la cabeza, entornando los ojos.
— Muy bien… —asintió el joven, sin alterar su expresión—. Si ya estas dispuesta a darme todas las respuestas que busco. Me parece perfecto. Comencemos por la pregunta que acabo de hacerte. ¿Totosai debe entregarte alguna otra información?
— Sí —afirmó. Viendo como él apretaba la mandíbula.
— Continúa —ordenó con aspereza, endureciendo su expresión.
— En poco tiempo llegará un barco a un puerto cercano a Brunshire. Imagino que trayendo más esclavos, aunque es posible que se trate de otro cargamento. Totosai intentará averiguar el día y el lugar dónde atracará —reveló. Lo escuchó emitir un bufido, además de ver que cruzaba sus brazos, dado que comenzaba a sentirse cada vez más molesto.
— Que interesante información —manifestó burlón, sin que se percibiera el más mínimo agrado o humor en sus palabras—. ¿Existe algún otro detalle que le hayas comisionado averiguar? —preguntó irónico.
— No.
— Bien… Convengamos que así fue —apuntó con recelo—. Ahora háblame de los Breindbill. La vez pasada no tuviste tiempo de explicarme qué los vincula con la muerte de tus padres —señaló, causando un imperceptible estremecimiento en la joven—. Te escucho.
— En una ocasión vi que Naraku Breindbill… Iba en compañía de un hombre, que reconocí de inmediato —enunció la joven.
— ¿Un hombre? ¿De quién se trataba? —inquirió arrugando el ceño.
— Del hombre que… asesinó a mis padres —reveló apretando los puños con fuerza al recordarlo.
— ¡¿Qué?! —exclamó Inuyasha perplejo, abriendo los ojos. Reflexionando, comenzó a caminar a hacia un lado y luego al otro, en un esfuerzo por asimilar tal revelación—. No comprendo. Si a pesar de todos los años que han pasado, recuerdas claramente a ese asesino, y no hay duda de que él está conectado con Naraku Breindbill… ¿Cómo es que sigues sin saber su paradero? ¿No has vuelto a verlo? —inquirió extrañado.
— Lo vi sólo en esa ocasión —respondió.
— Pero entonces por qué no aprovechaste la oportunidad de capturarlo. Estoy seguro de que no te hubiera resultado difícil hacerlo —señaló, sin poder evitar el leve brillo de orgullo en sus ojos, que diluyo por un instante su enojo y confusión.
— Era imposible enfrentarlo —tragando en seco, sabiendo con total certeza las consecuencias de lo que estaba a punto de revelar—. Vi a ese hombre… el día que Naraku llegó para quedarse en Brunshire.
— Permíteme recapitular —requirió confundido, peinando con los dedos su cabello revuelto—Recuerdo que mi padre mencionó la llegada de un nuevo gobernador, pero no se trataba de Naraku. El gobernador que él mencionó, murió luego de estar un par de años en ese cargo. Fue después de eso que Breindbill asumió como nuevo el gobernador… y eso sucedió… —murmuraba concentrado en desentrañar aquel acertijo. Se detuvo de súbito, comenzando a entender. Levantó la vista hacia Kagome, entornando los ojos con suspicacia—…hace casi ocho años…
— Así es —confirmó, alzando la vista para enfrentarlo. Había llegado el momento de acabar con todo—. Los Breindbill llegaron a esta ciudad, unos meses después que mi tío se hiciera cargo de mi custodia, yo acababa de cumplir doce años —informó observando la turbación de Inuyasha—. Ese día yo volvía de visitar a tu padre en el castillo. En el camino me encontré con un carruaje acompañado de su escolta, se dirigían a la que sería su mansión. Había salido a hurtadillas, así que me oculté, para que no me descubrieran y luego se lo contaran a mi tío. Sin embargo, justo antes de alejarme, logré ver a un hombre que me heló la sangre. Un hombre cuyo rostro jamás podré quitar de mi cabeza —agregó con furia contenida—. Iba a caballo, escoltando el carruaje de Naraku, sin embargo, no parecía ser un simple subordinado. A pesar del terror que sentí, decidí seguirlos. Vi que los acompañó hasta la mansión, y hablaron brevemente, pero era imposible escuchar desde la distancia donde me encontraba oculta. Luego ese hombre subió a su caballo y se marchó. Sin meditar las consecuencias, lo seguí, o al menos lo intenté… Mi yegua era vieja y no conseguí alcanzarlo. Fue entonces, cuando le supliqué a tu padre que me enseñara a luchar. Sólo podía pensar en que, si volvía a ver a ese maldito, quería tener la fuerza suficiente para enviarlo al infierno —declaró con la voz cargada de odio.
— ¿Y mi padre accedió a instruirte? —inquirió incrédulo—. ¡¿Aun sabiendo que sólo eras una chiquilla temeraria en busca de venganza?!
— Te equivocas —negó con frialdad—. Gracias a un incidente anterior, pude ver la gran habilidad que poseía el conde Taisho. En ese momento sentí interés por aprender. No obstante, él se negó a enseñarme —relató—. Había aceptado su negativa y no insistí. Pero después de ver a ese sujeto, tomé la determinación que jamás aceptaría un no como respuesta. Al día siguiente, fui con tu padre y le pedí nuevamente que me adiestrara. Con las palabras correctas provoqué un poderoso efecto en él, y al final aceptó convertirse en mi maestro.
— ¿Le contaste que viste al asesino de tus padres? —preguntó.
— No.
— ¿Entonces de qué modo lo convenciste? —preguntó Inuyasha en apenas un murmullo, frunciendo el ceño.
— Le pregunté si me negaría la posibilidad de defenderme por el hecho de ser una mujer —respondió, recordando cada palabra a la perfección—. Y también, si con esa negativa intentaba decirme que sólo debía esperar a que un asesino hundiera su espada en mi pecho, tal y como le había ocurrido a mi madre.
— ¿Para defenderte? —inquirió con voz grave arrastrando cada sílaba—. Me estás diciendo que mi padre te enseñó creyendo que sólo buscabas fortalecerte como un método de defensa. Sin tener la menor idea que en realidad buscabas… ¿vengarte?
— Sí —asintió.
— Y luego… ¿Le mencionaste que habías visto al asesino de tus padres? —preguntó sin concebir lo que escuchaba.
— No. Jamás se lo confesé —confirmó, sosteniendo su mirada con tal serena frialdad, que incluso a sí misma le sorprendía—. No era conveniente para mis planes, ya que podría cambiar de opinión y dejar de enseñarme. Por ello decidí no revelar el verdadero motivo, ni mucho menos que sus enseñanzas no serían utilizadas para propósitos altruistas, como él siempre confió que sería. Yo necesitaba obtener el poder suficiente para enviar a ese bastardo al infierno. Y tu padre, se convirtió en la herramienta perfecta para conseguirlo —concluyó de manera lapidaria, mientras él la observaba desconcertado, además de horrorizado por sus palabras.
— Me doy cuenta demasiado tarde… que la identidad de Handorei, resultó ser el más insignificante de tus secretos —murmuró dolido—. Nunca hubiera imaginado que tu astucia llegara a un nivel tan magistral, y ser capaz de engañar… incluso a un hombre tan astuto como fue mi padre. Él se involucró pensando, con total ingenuidad, que te daba otro tipo de enseñanzas. Queriendo convertirte en una mujer fuerte… en alguien que lucha con honor para proteger a los que ama —reflexionó con voz apagada—. En cambio, tú sólo viste en él un ventajoso instrumento que le sería útil a tus ambiciones de venganza —murmuró asqueado, con la mandíbula tan tensa que podría quebrarse en cualquier momento.
Conocer tal monstruosa revelación, fue como sentir el filo de una espada cortándole la misma alma. Era como estar parado en el vacío, con el mundo desapareciendo a su alrededor, oscureciéndose al igual que su interior.
"Se convirtió en la herramienta perfecta para conseguirlo", aquellas palabras continuaban retumbando una y otra vez en su cabeza. Llenándolo de furia. La víbora venenosa que estaba frente a él… ¿Se trataba realmente de la mujer que juró amar y proteger por el resto de su vida?
— Siempre me pregunté, a qué se debía ese profundo sentimiento de culpa que te atormentaba. Incluso fui capaz de percibirlo la primera vez que te vi, llorando frente a su tumba, y estúpidamente…. recién ahora logro comprender a cabalidad la verdadera razón —estableció, mientras la observaba como si estuviera frente a un aborrecible monstruo—. Desde un principio trazabas tus propios planes, pero necesitabas sacar el mayor provecho de mi padre. Y a base de mentiras, encubiertas en buenas acciones, lo envolviste en tu telaraña de venganza. Algo que al final le costó la vida —agregó destilando rabia y dolor.
— Aquella vez… te dije que yo era la culpable de su muerte —le recordó con tristeza.
— Sí. La única vez que has dicho la verdad. Un indiscutible logro para una arpía como tú —murmuró con un brutal desdén.
— Quizás tengas razón —consintió con amargura, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no demostrar cuánto la lastimaron sus palabras.
Él sólo esbozó una irónica sonrisa, que contrastaba con el hiriente desprecio que develaba su mirada dorada. Y sin decir otra palabra, caminó en su dirección. Kagome inclinó la cabeza, mirándolo de soslayo. Cuando pasó a su lado, tan cerca, estuvo a punto de flaquear y alargar el brazo para detenerlo, pero en su lugar se aferró a su capa oprimiéndola con fuerza.
Retuvo el aliento para no emitir un sollozo que laceraba su garganta, mordiendo con tal fuerza su labio inferior, que pudo percibir el salino sabor del hierro de la sangre que brotó de su carne. Se negaba a girarse para verlo marchar. Lo siento montar su caballo, y chasquear las riendas para irse a todo galope. Recién en ese instante dio media vuelta observando la difusa figura, a causa de las lágrimas acumuladas, que se alejaba sin mirar atrás.
Exhaló el acongojado sollozo que la ahogaba, y las lágrimas al fin obtuvieron la plena libertad de descender una tras otra por sus pálidas mejillas, mientras sus piernas perdían la capacidad de sostenerla, haciéndola caer de rodillas sobre la húmeda hierba.
Continuará ...
