Aviso: Tengo deadlines importantes (like, cosas por las que actually recibo dinero, maldito capitalismo), así que el siguiente capítulo verá la luz el 6 de febrero. No me extrañen mucho. Volveré con mucho drama y romance apasionado.


Capítulo XXXIII.
Mago de fuego


I.


La tristeza de Izuku es un fenómeno que puede sentirse. Es grande y despiadada, como una ola que ataca una playa en aparente calma. Se asoma al mundo desde sus ojos y fue la primera emoción que Katsuki pudo reconocerle la primera vez que lo vio. Por eso, cuando las aguas se mueven, tensas y desesperadas, puede darse cuenta.

Se asoma a sus ojos y el verde, como cada vez, lo asombra. Los ojos grandes de Izuku no pueden esconder en ellos ninguna emoción: son transparentes. Hace muchas lunas y varias estaciones, Mina le dijo a Katsuki que Izuku era el perfecto heredero y que quizá era una suerte para él haber sido apartado del papel, porque los reyes buenos no vivían demasiado tiempo. Katsuki no recuerda las palabras exactas, pero ahora, en los ojos de Izuku, comprende una vez más por qué viviría tiempos difíciles en el papel de un rey. Incluso cuando intenta mantenerse impasible, como en ese momento, algo lo traiciona.

Katsuki tuvo que seguirlo hasta sus aposentos desde la biblioteca. Izuku no se detuvo en ningún momento. Y ahora están allí, en la salita, entre algunos libros de Izuku que todavía permanecen en el sur.

—Izuku —dice.

Pero su nombre —aunque grande en sus labios— no es suficiente para expresar todo lo que siente.

—Izuku —insiste, porque el príncipe baja la cabeza.

No llora; antes está intentando, quizá, poner orden en su cabeza. Poner orden en las palabras del Profeta y la explosión contenida de Katsuki —que, de haber estado en otro lugar, habría gritado hasta romperle los tímpanos a alguien.

—Mírame —pide el Rey Bárbaro. Y, por la costumbre de los viejos tiempos, cuando Izuku llegó a su palacio y lo irritó por días y noches haciendo una misma pregunta, esta vez la contesta sin necesidad de que sea formulada—: No es una orden.

Izuku sonríe, a medias. Lo mira.

—Mi madre decía que, al final de todo, no importa cuáles sean tus deseos, sólo puedes esperar hacerlo lo mejor posible —le dice Katsuki— porque todas las personas querrán decirte que es lo mejor posible para ellas. —Otra lección aprendida a base de zapes en su nuca. No puede decir que los extraña. Pero son parte de la imagen que tiene de Mitsuki—. Nunca hemos hablado de esto pero… —duda, porque le faltan las palabras. A veces ocurre, porque quiere la forma precisa de expresar algo: no le gusta dar vueltas—. Incluso si hubieras decidido ser rey y acabar así con la guerra, lo hubiera aceptado. También. Decidieras lo que decidieras te hubiera amado porque amo a la persona y no al título que tengas.

—Gracias.

Hay otra duda que existe en Katsuki, tras la mirada de Izuku y las palabras del hechicero. No sabe cómo formularla o conjurarla para que exista. Quizá las palabras del Profeta, Mirai Sasaki, ayudaron a traerla al mundo.

Se muerde la lengua un momento y luego resuelve que no servirá de nada evitar el tema.

—Izuku, tengo una pregunta. —El príncipe lo mira y Katsuki se lanza al vacío—: ¿Lo elegiste para que fuera…?

—¡No! —Izuku lo interrumpe, como si lo que Katsuki estuviera sugiriendo fuera inconcebible—. ¡No! ¡No fue por ti! Quizá que yo no sea rey lo haga más fácil, pero no fue por ti. Hay… hay una canción. Es vieja. Quizá…, quizá lo explique mejor que yo… —Lo mira y entre la tristeza de sus ojos se asoma una pizca de desesperación—. ¿Cómo puedes pensar que…?

—Fue una pregunta estúpida —admite Katsuki. Se hace un silencio entre ambos hasta que él mismo, movido por la curiosidad, pregunta—. ¿Cuál es la canción?

—Habla sobre un hombre bueno que fue a la guerra. Habla de cómo los horrores corren si un hombre bueno va a la guerra. Se va la luz, porque ya no queda esperanza. La amistad se rompe, el amor termina. —Izuku se queda viendo un punto indeterminado en la pared. Sus ojos se llenan de lágrimas—. No la recordaba. La cantan los bardos, los soldados siempre la piden. Cuando abdiqué pensé que sería mejor buscar la justicia en otras fronteras que no fueran el trono que mira desde arriba. Tú y el resto de los bárbaros están al mismo nivel, Kacchan. Sabes que aquí no es así y lo único que podía empezar a cambiar algo era destruir ese trono.

—Lo sé.

—No esperé que precisamente Mirai Sasaki cuestionara mi decisión —dice Izuku—, por eso me sorprendió tanto. —Katsuki ve algo retorcerse dentro del príncipe. Una desazón que no puede explicar—. Creo… —dice lentamente— que necesito pensar.

Pocas veces Izuku le ha pedido espacio de manera tan vocal. Usualmente es Katsuki quien se aparta cuando necesita estar solo o cuando nota que Izuku necesita un momento para sí.

—Prenderemos una pequeña flama —dice Katsuki—. En los aposentos donde están Eijiro y Denki. Es la víspera del solsticio, después de todo. No podemos festejar en forma, pero al menos ellos quieren hacer sus peticiones a los Sin Cara.

Izuku asiente, parece considerarlo.

—Iré más tarde.

Y Katsuki lo abraza.

Es cierto todo lo que dijo. Ama a Izuku por quien es, no por el título que trae cargando.


La noche se extiende. Denki canta algunas canciones del norte, muy desafinado. Eijiro sonríe todo el tiempo y lo ve con esos ojos que no se creen que lo tenga entre sus brazos, a pesar de los años que han pasado. Katsuki incluso ve a Eijiro atraparlo y abrazarlo por detrás y enterrar su cabeza en su cuello y susurrarle «corazón» al oído. Es ahí que decide que es suficiente romance y se dirige hasta el otro lado de esa salita, donde está Mina.

Sólo medio gruñe, al llegar a su lado.

—Hola, amargado.

—¡¿A quién le dices amargado, maldita bruja?!

—No me dirás que eres la alegría de una fiesta, Katsuki —replica ella—. ¿Izuku no vendrá?

—Más tarde.

—¿Discutieron? —Mina alza una ceja y Katsuki la ve lista para golpearlo si es que discutieron porque siempre asume que es culpa de él.

—¡No! Nos encontramos con un antiguo maestro de Izuku. Un imbécil. —Katsuki no explica más, no es su lugar. Sólo quiere desviar el tema y señala con la cabeza a Denki y a Eijiro—. ¿Y esos?

Mina se ríe.

—Están en sus buenas épocas. —Se lo dice en tono de «siempre han sido así» y Katsuki sólo bufa.

—¿Y tú? ¿No estás como tórtola también? —Hay algo en la cara de Mina que no puede descifrar, porque, aunque sea muy bueno leyendo a Izuku, el resto de la gente a veces se le escapa. Frunce el ceño—. ¿Pasa algo?

—Siento algo. —Se lleva una mano al vientre y aprieta allí. Los pliegues de tul de su velo púrpura, conectado a sus brazaletes, se arrugan. La pintura rosa en su vientre, sobre su piel oscura, mancha un poco sus manos—. ¿Los has sentido?

—Yo no entiendo el lenguaje de la magia, maldita bruja.

—¡Mi nombre no es vieja bruja! —espeta Mina. No retira la mano de su vientre—. Ahí lo siento. Un presentimiento. La magia está agitada, en el aire. Pregúntale a Denki. Le dije el otro día. Él dice que no siente nada, pero que sus sentidos para oír los rayos y las tormentas no están bien calibrados. El mundo está agitado, Katsuki; cuando eso pasa, sólo queda mirar al cielo y suplicar a los dioses.

Katsuki bufa.

—Que pendejada —dice—; queda agarrar las riendas del mundo, Mina, y hacerse cargo.


Al final, Izuku aparece mucho más tarde y se arrodilla frente al pequeño fuego que encendieron. Pide algo, aunque no sean sus dioses. No se quedan mucho rato. Para los sureños la mañana siguiente es de fiesta y a Katsuki le parece que Izuku necesita descanso.

Esa noche sólo duermen, apretados el uno contra el otro. El príncipe se acomoda contra su pecho, buscando un refugio y lo encuentra allí, en los brazos del Rey Bárbaro. Pasan las estaciones y a Katsuki no deja de sorprenderlo aquel estado de vulnerabilidad tan abierta en Izuku. No la teme como otros. Es cauteloso con ella, sí, pero la abraza como parte de sí mismo. Quizá es por eso que entiende de dónde sale su fuerza.

Con el príncipe entre sus brazos, que tiene sus propias preocupaciones de las que ocuparse, Katsuki no deja de pensar en las palabras de Mina. Tan fuertes, tan claras, en su mente y en sus oídos. «Sólo queda mirar al cielo y suplicar a los dioses». Katsuki se niega a creer en esa afirmación, pero está perdido. Aunque quiera agarrar las riendas del mundo, no tendría ni idea de dónde empezar.

Así que, sólo por su acaso, por si después no hay tiempo, por si en la memoria de alguien tiene que quedar guardada su existencia, busca con sus labios los oídos de Izuku, justo antes de que el sueño se lo lleve. En ellos murmura:

—Te amo.

Le parece que el príncipe sonríe antes de caer dormido.


No cree poder acostumbrarse a ver a Izuku con el rostro cubierto. Le parece una costumbre extraña, aunque curiosa, cuando es su deber destaparlo. Pero no lo entiende como ese método de decirle a los plebeyos que no merecen mirar a los más nobles a la cara cuando caminan por el mundo igual que él. Quizá porque el Reino Bárbaro es lo que un noble orgulloso del sur miraría con desdén y calificaría como un reino de plebeyos. Los reyes no heredan ni nacen ricos y nobles. Su palacio no está cerrado nunca y es tanto refugio como hogar temporal. No son más ricos que otra aldea. Cazan como cualquiera, hay gente que se encarga de las cocinas, todo el mundo participa en los huertos. Viven y sobreviven en comunidad y Katsuki carga sobre sus hombros la responsabilidad de tratar con los reyes del sur, los dragones del norte y mantener la paz en su territorio.

Izuku sube las escaleras del templo con el velo puesto. Katsuki lo sigue de cerca. Mantiene su distancia porque la gente lo mira con cautela y de todos modos tiene todo el día para irritar a los nobles. De todos modos, todo el mundo quiere entrar a pedirle algo a la diosa.

Katsuki se quita uno de sus brazaletes cuando Izuku se acerca hasta donde está la imagen de Nana Shimura y se arrodilla ante ella. Se aproxima también después de que alguien le ofrece una veladora para prender. En teoría sabe lo que tiene que hacer. No es la primera vez.

Así que se arrodilla frente a Nana Shimura, prende la veladora y deja el brazalete.

Se queda viéndola un momento. La imagen del templo no se parece en nada a la que está en su palacio: esta es mucho más majestuosa y enorme, mucho más suntuosa. Por lo que le ha contado Izuku sobre ella, quizá la misma Diosa no la apreciaría, de estar viva. O quizá sí. Es bonita, de todas maneras, con su atuendo negro y su capa roja. Al mirarla sonreír frente a él, Katsuki se da cuenta lo mucho que se parece la sonrisa de Izuku a la de ella.

Quizá proclamar aquello sea herejía.

Pero la ve con atención y es real: Izuku tiene esa misma sonrisa.

Deja el brazalete junto a las demás ofrendas cuando baja la cabeza. Puede escuchar a Izuku pronunciar sus rezos, que él, de nuevo, en teoría, se sabe, pero no recuerda. No los considera importantes.

Pero sí cierra un momento los ojos y, esa vez, agradece primero.

Pidió una oportunidad con Izuku un año antes y el príncipe se la concedió. Katsuki en realidad duda que Nana Shimura haya tenido algo que ver con todo aquello, pero entiende que a veces la fe puede dar fuerzas, como se las da a Izuku, que se encomienda a La Madre.

«Gracias», piensa. Y luego agrega algo más. «Protégelo, si está en tu mano. Protégelo».

Se pone en pie después de aquella pequeña súplica.

—Te esperaré afuera —murmura, en dirección a Izuku.


El templo tiene un patio amplio en el que se va reuniendo la gente conforme le pide milagros a La Madre. Katsuki descarta acercarse a Eijiro y Denki porque están encaramados el uno al otro. Mina no está por allí —seguro los hermanos de Tsuyu la retrasaron—, así que sólo bufa y busca un lugar, entre los árboles, donde nadie pueda molestarlo —aunque de todos modos nadie se dirige a él—. Se recarga contra uno de los troncos y entonces escucha una plática que, sospecha, no debería ser de su incumbencia.

Primero reconoce la voz de Shouto Todoroki —aunque no puede verlo.

—… no tienes por qué seguirme a todos lados, Takami.

—Su padre ordena…

—Te cansas de lamerle las botas, carajo. —Y lo dice con un tono tan serio que Katsuki está seguro de que no ha cambiado su expresión, aunque no puede constatarlo—. Ya sé que te rescató de quién sabe qué, pero no tienes que seguirme a todas partes.

—Alteza, siempre he sido el guardián del heredero —le recuerda Takami—. Como guardián y cómo consejero, siempre es mi…

—Tu deber —completa Shouto Todoroki y luego agrega, quizá de manera cruel—: no le ayudó en nada a Touya.

A Katsuki le parece percibir, por fin, una nota de resentimiento en la voz del príncipe Shouto Todoroki. Es apenas notoria, pero está allí y vuela en el aire.

—Alteza…

En la voz de Keigo Takami, su guardián —al parecer— y consejero, se escucha el reproche. Katsuki lo siente. Definitivamente está oyendo algo que no debería, así que no se mueve. No pretende saberse descubierto.

—Lo siento —se excusa Shouto Todoroki. No parece sentirlo demasiado—. Se acerca el aniversario, ¿no?

—Sí, Su Alteza —le dice Takami y en su voz Katsuki detecta nostalgia.

—Espero estar en casa para entonces —dice Shouto—, para dejarle una ofrenda. Eso siempre hace enojar a mi padre. Quizá venga Natsuo.

—Natsuo siempre viene, Alteza —le recuerda Takami.

Hay un silencio. Katsuki no sabe exactamente de qué hablan. Sabe que Shouto Todoroki es heredero de la corona de los Todoroki sólo porque su hermano mayor murió —en la hoguera, acusado de traición contra su propio padre— y los que quedan, que son también mayores que él, no pueden heredar puestos como esos. La hermana es sacerdotisa, pero el hermano no sabe; Izuku lo mencionó cuando intentó explicarle sobre las familias reales del sur, pero Katsuki acabó callándolo a besos, esa vez.

—Su padre llegará esta tarde —sigue Takami—. Al parecer terminará de negociar los acuerdos con Inko Midoriya y su consejo. Estaremos de vuelta en casa —añade, con suavidad— para el aniversario.

Otro silencio.

—Bien —dice Shouto—. Estoy impaciente. Sé que también era importante para ti, Takami.

Silencio. En esa conversación, le parece a Katsuki que los espacios en blanco dicen mucho más que las palabras pronunciadas.

—Gracias, Alteza.

Katsuki oye pasos y supone que se van a alejar. Alcanza a ver un pedazo del cabello de dos colores de Shouto. Pero al parecer Takami lo detiene antes de que pueda avanzar más.

—Tenga cuidado, Alteza —le dice. Se oye muy serio. Katsuki pensaría que ese es el tono de una advertencia o de una amenaza y al parecer, descubre, Shouto piensa lo mismo.

—¿Qué sabes, Takami? —pregunta.

—Nada que me hayan dicho mis espías —replica el consejero. De reojo, Katsuki ve como sus alas se extienden—. Pero nunca es mala una advertencia. Ocurren tiempos curiosos, con el Rey Bárbaro en el sur. Los nobles no están contentos.

—Sé protegerme, Takami.

Y entonces sí, camina. Katsuki alcanza a verlo, con su atuendo azul con blanco, su peineta de copo de nieve y el medio chongo de su cabello. Del resto del cabello, como siempre, lleva dos trenzas a los lados, que suben hasta su chongo y el resto le cae, de dos colores, por toda la espalda.

Detrás de él, como un perro guardián, camina Keigo Takami, con un atuendo de un amarillo color ocre con negro. Mangas amplias, como todos en el sur y pantalones amplios. De lejos, Katsuki no alcanza a distinguir los bordados de la ropa de Takami.

Pero algo huele mal.

Sospecha que algo está por pasar.


Antes de volver al palacio para el festejo, tienen que esperar a que todo en consejo termine sus plegarias. Katsuki se aburre; el protocolo lo pon de mal humor, así que en cuanto ve a Izuku lo jala hacia sí. El príncipe lleva un atuendo completamente verde, con pocos bordados y pocos detalles. Es sobrio, pero muy elegante. Se parece mucho a aquel que usó la primera vez que Katsuki y él cenaron juntos,

A veces se pregunta cómo recuerda tantos detalles de los primeros días.

—¡Katsuki! —se queja Izuku, pero se deja abrazar.

Quizá la gente mira, a Katsuki no le importa.

Toma con unos cuantos dedos la barbilla de Izuku y lo hacer alzar la vista, para poder besarlo. Antes de poder juntar sus labios, el príncipe lo detiene.

—¡Estamos en un templo, Katsuki! —dice, en voz baja.

Pero Katsuki sabe cómo hacer que acepte.

—Por favor —murmura, arrastrando las palabras, en voz muy baja, para que sólo lo escuche el príncipe—, Alteza.

Izuku sonríe.

—Sólo uno —murmura.

Katsuki lo besa. Es un beso corto y casto, digno de un templo. No le importa, porque más tarde estarán solos y podrá desvestir a Izuku, prenda a prenda y besar su piel entera. Cuando se separan, Katsuki se detiene un momento en su mejilla.

—Ten cuidado, creo que algo se acerca —murmura.

Izuku busca su mano y la aprieta.


II.


—¿Alteza?

Alguien llama a la puerta y Katsuki tiene cara de que no quiere saber de nadie. Pero no están allí para él, sino por Izuku, quien contiene una risa y aprieta los labios contra su hombro.

—El consejo lo está esperando, el Rey Enji Todoroki no tarda en llegar.

Izuku despega los labios del hombro de Katsuki, que sonríe a medias.

—¡En un momento vamos!

Es una suerte que no abran la puerta, porque la capa verde de Izuku está sobre la cama y él está sentado en el borde, con Katsuki acomodado, en precario equilibro, casi sobre él, con las piernas a cada lado de Izuku. No tiene el cinturón puesto, pero sí la chaqueta, aunque la tiene corrida un poco hacía abajo, mostrando sus hombros.

Los pasos en la puerta se alejan de nuevo y Katsuki vuelve a atacar, posando sus labios sobre la piel de Izuku.

Se escabulleron más temprano de lo habitual del banquete que celebraba la llegada del solsticio. Tienen que volver. Hay más protocolo que atender y Katsuki está harto de él. Bien podría quedarse sólo, tirado en la cama que comparte con Izuku, pero se niega. Por alguna razón que el príncipe no complete, quiere quedarse pegado a su lado. Pues bien.

—Tenemos que ir —dice, subiéndole la chaqueta a Izuku.

—No será demasiado tiempo —se excusa el príncipe, estirando una mano hasta alcanzar el cinturón—. ¿Ayuda? —se lo extiende a Katsuki, quien lo anuda para que la chaqueta quede bien fija a su cuerpo.

Luego el Rey Bárbaro le pone la capa.

—Muy bien, vamos a ver al Rey…

—Enji Todoroki —completa Izuku—, Su Majestad, Rey de los Todoroki. —Sonríe, viendo a Katsuki intentando quedarse con el nombre, aunque sabe que se le olvidará demasiado pronto.

—El padre del príncipe que tiene una mitad de un color y otra de otro —dice Katsuki. Izuku no sabe si realmente no se sabe el nombre de Shouto o simplemente lo hace para molesta—. ¿Me equivoco?

—No. No es el único. No creo que su hijo mayor… el que queda vivo —aclara Izuku— venga. Dicen todas las historias que odia a su padre. Sólo lo he visto una vez. Es alquimista. Su hija estará aquí, quizá. Si es que viene con las sacerdotisas. Fuyumi Todoroki. —Katsuki asiente y pretende aprenderse toda información. Izuku sabe que no se aprenderá absolutamente nada cuando lo empuja para que deje de estar encima de él y se ponga en pie—. Vamos, Kacchan.


Shouto Todoroki no se parece mucho a su padre. La gente dice que es más bien el vivo rostro de su madre —amable y taciturno— con algunos rasgos —como el cabello rojo o un ojo azul— de Enji Todoroki. Izuku también sabe que su relación es complicada, tirante, llena de rencores y perdones pendientes. El príncipe no sabe realmente hasta donde llega porque todo lo que concierne a la historia familiar de los Todoroki es un secreto del que él sólo sabe una pequeña parte. Una vez, hace demasiado tiempo, Shouto tuvo el impulso de revelarle que había sido su madre la responsable de la cicatriz de su rostro: le había tirado agua hirviendo encima y luego había intentado resanar el daño con hielo. Sólo por eso Izuku sabe que la Reina Rei Todoroki está recluida en una torre, con damas de compañía que la cuidan. Shouto a veces menciona que va a verla. Nada más.

Enji Todoroki ya está en el salón del consejo, acompañado de su hijo, cuando Izuku y Katsuki llegan a él. Es un hombre cuya presencia impone, más alto que casi todos los presentes, vestido de azul oscuro, con los emblemas de su dinastía bordados con hilo plateado en la ropa —signo de que sus acuerdos comerciales con Shiketsu van por buen camino—. Tiene el rostro severo y, desde su mismo aspecto, es obvio que no es un hombre de fácil trato.

Izuku se acerca y se inclina para tocarle los pies, por respeto; lo hace apenas un momento, pues es sólo un gesto protocolario y nada más.

Katsuki se queda atrás, con los ojos entornados. No se le olvida, supone Izuku, que Enji Todoroki es uno de los reyes que pretendía unirse a Hisashi Midoriya para atacar el norte. No le dedica ni un gesto y el Rey tampoco parece notarlo. Se discuten algunos acuerdos comerciales que a Izuku no le incumben demasiado, porque es sólo príncipe en nombre, no es gobernante de ninguna parte ni miembro de ningún consejo. Termina jalando a Katsuki a una de las cámaras contiguas y, unos minutos después, también Shouto Todoroki se les une. Katsuki frunce el ceño al verlo.

—Lo siento —dice Shouto, al notar la cara de pocos amigos del Rey Bárbaro—. Sólo pretendía pasar un mensaje a Izuku.

Katsuki gruñe e Izuku le da un codazo en las costillas.

—No hay problema.

—Mi hermana envió una carta con mi padre —dice Shouto—. En ella, me recordó que si tenía oportunidad, Príncipe, debería darte las gracias. —Izuku queda confundido por un momento, hasta que Shouto continúa—. De parte de una tal Ibara Shiozaki. Ahora es sacerdotisa. Estuvo en Hosu un tiempo, pero se marchó al Templo de Esuha. —Una pequeña, casi imperceptible, sonrisa, se asoma en el rostro del príncipe—. Dice que sin su ayuda nunca hubiera podido escapar.

La sonrisa de Izuku es muy amplia.

—¿Ibara? —la pregunta de Katsuki interrumpe el momento.

—Una bruja. La última vez… —Izuku tuerce la boca un poco al hablar—. Ella liberó a Eijiro.

Y no necesita explicar nada más, porque Katsuki asiente. Le alegra saber que aquella mujer está bien.

Luego se oye un estrépito al lado.

Katsuki es el primero en reaccionar, en llevarse la mano a la espada; es el primero que tiene el impulso de dirigirse allá a donde suenan los vidrios y la madera rota.

—¡¿Qué ocurre?!

Cuando salen, todo es un desastre.


Hay llamas azules y la mayoría de los nobles buscan acercarse al atacante —que es uno solo, distingue Izuku—. El sólo tiene ojos para buscar a su madre.

—¡Príncipe, cuidado! —grita una voz conocida. Es Tenya Iida, que se apresura a intentar acercarse. No lo logra, pues son separados por las llamas.

Izuku tampoco puede ver ya a Katsuki, que fue mucho más rápido que él y Shouto. Distingue su capa a lo lejos, pero no intenta acercarse. El Rey Bárbaro puede cuidarse sólo y confía en él. En ese momento sólo necesita acercarse a su madre. La distingue a lo lejos, vestida de verde, tal como él.

—¡Mamá!

No duda ni un segundo en lanzarse hacia ella.

—¡Cuidado! —vuelve a gritar Tenya Iida.

—¡Príncipe Izuku! —La voz de Shouto se alca por sobre todas las demás.

Eso detiene las llamas azules, por un momento. Siguen allí y separan a todos los presentes del atacante solitario. Izuku puede distinguirlo a medias por primera vez. Cabello negro, muy negro, del color de la noche y la oscuridad más profunda, muy poco natural. Tiene la piel pálida —allí donde tiene piel— y los ojos de un azul intenso que por un momento le recuerdan a alguien más. Pero no se concentra en eso, sino todos los tramos quemados de su piel, en las horribles cicatrices: al mejor la mitad de sus mejillas, el cuello, los brazos —y eso sólo lo que está a la vista—. No es la primera vez que lo ve. Es el mago de fuego que anda con Shigaraki a todas partes. Es la primera vez que está solo. Eso es llamativo.

Por un momento cree que él o Katsuki son su objetivo.

Pero entonces el mago abre la boca y pronuncia un nombre diferente.

—¡Shouto Todoroki! —Sonríe enseñando todos los dientes; la mitad de ellos están podritos—. ¡También estás aquí!

—¡Dabi! —La voz es de Katsuki. Es odio puro, resentimiento del más puro.

El mago apenas si le dedica una mirada.

—Oh, no querrán usar el nombre equivocado, mi nombre de no-muerto —ríe y hace una reverencia teatral— cuando tengo uno perfectamente bueno. Una lástima que incluso los míos lo hayan olvidado —sigue y clava entonces sus ojos en Shouto, antes de agregar—: Touya Todoroki.

Busca en las bolsas se su atuendo negro, raído, lleno de parches. De entre ellos saca el vial de una poción y se la echa sobre el cabello, que queda blanco, con unos cuantos rastros del encantamiento que lo hizo negro en primer lugar.

—¡No! —grita el Rey Enji Todorki—. ¡Te hiciste cenizas!

—¿En serio? —Dabi se ríe—. Bueno es que Shigaraki haya podido usar la magia de los Malditos para ir por mi alma y buscar mi cuerpo más allá de lo vivo. —Sus carcajadas suenan secas—. ¡Vine a cobrar todas las cuentas pendientes!

Izuku se queda sin palabras. La historia de Touya Todoroki es lejana. Él no era más que un niño, al igual que Shouto. En el reino de los Midoriya la noticia corrió como la pólvora. Había descubierto al hijo adolescente de Enji Todoroki conspirando contra su propio padre, planeando matarlo para ser coronado en su lugar. Lo enjuiciaron entonces. Izuku no sabe los detalles, pero un día se enteraron que lo habían quemado en la hoguera, por temor a que un nigromante intentara hacerse con su cuerpo.

—¡Estabas muerto! —acusa el rey de nuevo.

—Oh, ese es el problema de las cuentas pendientes: ¡uno no se queda muerto mucho tiempo!

Izuku abraza a su madre. Voltea a ver a Katsuki, que tiene los ojos entornados y la espada desenvainada. Está pensando algo. Un plan, probablemente.

—¡¿Ahora revelarás la verdad?! ¡¿Ahora les dirás a todos cómo te perdió el poder?! ¡¿Sabes todas las veces que me quedé seco, llorando en los brazos de Natsuo preguntándole por qué existía, por qué había nacido?! —Las llamas crecen sin control, conectadas con el estado de ánimo del mago no-muerto—. ¡¿Contarás cómo nos usaste, a tus hijos, para construir al mago perfecto y cómo nos dejaste de lado cuando tu creación perfecta obtuvo cada una de las mitad de la familia real?! Oh, Shouto… —Mira a su hermano. Izuku ve el azul de sus ojos. Es el de Enji Todoroki. Es el del ojo izquierdo de Shouto. Es el mismo—. Shouto… Shouto… —alarga el nombre para darle un efecto dramático—. Planeaba matarlo —dice, mirando a su hermano, como si no estuviera allí. El mundo se congela, por un momento—. Natsuo me hubiera apoyado. Fuyumi… —se encoge de hombros—. Pero Shouto, ¿tu creación perfecta? Le haría daño a tu recuerdo si lo sacrificaba. Además, —Dabi se cruza de brazos en ese momento—, evitaba que otros nobles lo usaran como tu legítimo heredero.

»Una lástima que no fue así… ¡Pero el pasado nunca olvida! He oído que le perdiste perdón a Shouto. ¡¿Pero acaso se lo pediste a mi tumba?! He venido a acabar con tu legado, Enji Todoroki.

Las llamas se alzan, altas, imponentes. No pueden atacar.

El tiempo se detiene un momento. Izuku no puede ver el rostro de Shouto, pero cuando empieza a moverse lo hace sin ningún cuidado, cuando usualmente tiene un perfecto dominio sobre sí mismo, incluso en las crisis. Una gran estructura de hielo intenta detener las llamas de Dabi —o Touya Todoroki—, pero el fuego azul que puede conjurar el mago es mucho más poderoso.

Izuku busca la mirada de Katsuki y se lleva la mano a la espada envainada en su cintura. El Rey Bárbaro asiente.

Y luego, por un momento que parece eterno y en el que Izuku no es consciente del pandemonio entre los Todoroki, el príncipe mira a su madre. «Lo siento», dicen sus ojos.

—¿Estás bien? —pregunta.

Es natural, piensa. Las madres se preocupan por sus hijos. Y luego, sus hijos, a cambio, están dispuestas a todo para mantenerlos a salvo. Eso dicen las historias. Izuku sabe que al final, las historias son sólo historias; las eucatástrofes a veces no llegan hasta el mundo donde su corazón late y respira. Los cuentos de los bardos y los grandes mitos sobre los que se asienta su tierra son un retrato imperfecto. Quizá no todas las madres y quizá no todos los hijos sean así.

Pero en ese momento, su mirada es la de un cantar en el que un guerrero mira a su madre y, renuente a pelear, lo hace para mantenerla a salvo.

Hay una historia así.

—Sí —responde Inko Midoriya.

A veces, los hombres buenos también pelean. Y, cuando lo hacen, el mundo se detiene.

Izuku desenvaina la espada.

Sólo oye el grito de Katsuki, que da un salto para acercarse hasta Dabi.

—¡Muere!

Izuku cierra los ojos cuando alza la espada y deja que el resto de sus sentidos lo guíen. Deja que su instinto tome partida en la pelea y, antes de ser repelido por las llamas de Dabi o protegido por el hielo de Shouto Todoroki, piensa en La Madre.

Ella, que está allí y cuida de todos.

«Madre de todos nosotros, cuídanos en nuestras horas más oscuras y alégrate en nuestras horas más claras».


Hay quienes se refieren a los movimientos que hace un guerrero o un soldado para manejar la espada como un arte. Es más bien una suerte de desesperación mezclada con el instinto más primario de supervivencia.

Pelear de verdad no se parece a hacerlo con Katsuki o con Kyoka practicando.

El combate es diferente, más instintivo, más primario. No hay arte alguno en la muerte, ni siquiera cuando uno pelea —o pretende pelear con honor—. Cuando práctica puede ser sólo un juego de estrategia en el que mientras mejor conoce a su oponente, más oportunidades tiene de derrotarlo. Puede ser un baile en el que dos horas de acerco chocan y, dos de cada tres veces, la espada de Katsuki lo obliga a alzar la barbilla y a rendirse.

Cuando lo hace por su vida o por la de otros sólo se encomienda a cualquier poder divino.

No puede acercarse demasiado. Los gritos de Katsuki lo desconcentran.

—¡Hijo de la chingada! ¡Ustedes mataron a…! —La frase no termina, porque algo o alguien repele al Rey Bárbaro.

El panorama es desolador.

Enji Todoroki no puede levantarse.

A Izuku no le duele admitir que le importa un poco más el príncipe Shouto, tan cerca del fuego, de las llamas. Que le importa un poco más Katsuki, que es arrojado y demasiado valiente.

—Oh, Shouto… —escucha a Dabi—. Me contaron también que vas a mausoleo donde pusieron mis cenizas. Me contaron que rezas. —El hombre ríe—. ¿Qué se siente ahora, ser abrazado por mis flamas?

Parte de la ropa de Shouto Todoroki está en llamas.

—¿Cómo… cómo… sabías…? —se las arregla para preguntar.

Hay demasiado silencio y ruido a la vez.

Izuku oye perfectamente la respuesta.

—Hay espías en todos lados, ¿no te parece Shouto? Incluso en el corazón de la corte Todoroki. ¿Acaso esperaste que a traición llegara en la forma del guardia más leal?

El mundo no se detiene únicamente porque una risa llega del fondo. La risa de una mujer.

—¡Dabi! —Suenan aplausos—. Excelente distracción.

—¡Todos quietos! —grita alguien más.

Las llamas bajan e Izuku puede ver a otros dos intrusos. La bruja de cabello rubio, con un atuendo marrón deslucido. Toga —recuerda—, Himiko Toga. El hombre lagarto. De ese no conoce su nombre.

Ella alza las manos y muestra dos viales de pócimas.

—¡Todos quietos! —repite, detrás de su compañero—. No querrán pasar sus últimos minutos sofocándose. Podemos solucionar esto rápidamente.

—¡Tenían que esperar hasta que…! —se queja Dabi.

—Oh, Dabi, estabas tardando demasiado. Tomura no tiene mucha paciencia —dice ella, el dirección al mago renacido y luego se dirige al resto—. Podemos solucionar esto, estaba diciendo. Sólo tenemos una petición. —El mundo contiene la respiración cuando la bruja alza una mano y señala a Izuku—: Él.

—Tomura lo quiere a él —agrega el hombre lagarto.

—Y a menos de que quieran pasar sus últimos segundos sofocándose por mi veneno… —Agita los viales, dándoles a entender que sólo hay una salida. En aquella sala está el consejo entero del Reino Midoriya. Está Enji Todoroki y su heredero. Está el Rey Bárbaro. En un solo momento podrían desestabilizar el mundo si quisieran.

Izuku envaina su espada.

—¡No te atrevas! —grita Katsuki.

Izuku da un paso adelante.

—¡Izuku!

Es la única manera. Eso no significa que se esté rindiendo, pero no se atreve a voltear a ver a Katsuki. Además, debe saldar sus cuentas pendientes con Tomura. No hay otra forma de avanzar. Se lo pidió La Madre y él no puede decir que no a la diosa.

—¡Juren que no les harán daño! —exige Izuku, cuando está frente a los tres. Dabi ha soltado a Shouto, que cae de rodillas.

—¡Príncipe! —Esa es la voz de Tenya Iida, pero Izuku la ignora. No importa, en ese momento.

—¡Izuku, carajo, no hagas una pendejada!

Es entonces cuando se voltea.

—¡Es la única manera! —le recrimina a Katsuki. Lo dice para todos, pero sólo se fija en Katsuki mientras habla. No tiene corazón para ver a su madre—. ¡No te atrevas a creer que es una rendición! —insiste, mirando sólo al Rey Bárbaro, el amor de su vida—. ¡No te atrevas a creer que soy débil.

Y entonces unos brazos lo agarran y alguien le quita la espada. Himiko Toga guarda los viales y saca otro de los bolsillos que cuelgan de su cinturón. Lo abre y se lo pone en la nariz. Izuku siente el sopor inmediatamente y no puede decir nada más.

Pierde el conocimiento y lo último que sus ojos verdes alcanzan a ver antes de cerrarse son los ojos desesperados de Katsuki.

«Lo siento», quiere decir. «Estaré esperándote».


Notas de este capítulo:

1) Hay muchas referencias. La primera es del poema de Doctor Who que empieza como «Demon's run when a good man goes to war» («Los demonios huyen cuando un hombre bueno va a la guerra»). En el mismo poema dice «friendship dies and true love lies» (la amistad muere y el amor verdadero miente). Ha resonado mucho conmigo, sobre todo por el mensaje pacifista de Doctor Who, que comparte un poco Izuku.

2) Eucatástrofe es una palabra de Tolkien. Se refiere al repentino giro de los acontecimientos al final de una historia que garantiza que el protagonista no sea víctima de un destino terrible, inminente y muy posible. Muchas historias clásicas o cuentos de hadas contienen algo así: una eucatástrofe y a eso se refiere Izuku. Como nota, quiero tener un fic y ponerle ese título.

3) El desmadre de los Todoroki en un capítulo, sí. Seguirá en el que sigue, por supuesto. Quizá cacharon quién es un espía. O quizá no, pero les resuelvo la duda en diez días, porque Shouto trae mucho bagagge cargando; pobrecito. Se lo tiene que tirar a alguien encima. La verdad es que los Todorokis me gustan mucho y me servían un poco de telón de fondo para la última distracción antes de que Izuku se tenga que enfrentar al final boss. Lo que quiere decir que sí, nos acercamos al capítulo final. Al treinta y cinco llegamos bien, sin pedos. Máximo, calculo, serán cuarenta.

4) Hice un epub (libro electrónico) con lo que llevo de este fic y tiene 600 páginas (de cómo se vería si fuera un libro físico) así que… sí. Leyeron eso ya. En Word nos acercamos a las 500 páginas.

Andrea Poulain