15

SASUKE

No podía parar de temblar.

Estaba frente a los aposentos reales, mirándome las manos. No se quedaban quietas. En cuanto Sakura me había llamado señor, un placer exquisito me había recorrido la espalda entera hasta los testículos. Casi la sujeté del pelo allí mismo y la puse de rodillas.

Había ganado.

Por fin la tenía donde la quería: de rodillas. A una parte de mí le encantaba su ardor y su independencia, que se negase a dejarse controlar por nadie, sobre todo por mí, pero también ansiaba su sumisión. Aquello despertaba el deseo en mi interior. No había estado tan duro desde la última vez que me había costado con ella.

Ahora sí que me la quería follar.

Me quedé frente a la puerta hasta que controlé mi respiración. Estaba descontrolado, lleno de un intenso deseo. No podía esperar a hacerle infinidad de cosas. A pesar de estar allí en contra de su voluntad, sabía que disfrutaba de todo lo que le hacía; disfrutaba de los besos, de los azotes y del sexo, pero era demasiado orgullosa para admitirlo. Su tozudez era demasiado poderosa.

Pero ahora tendría que hacerlo.

Abrí la puerta y la vi de rodillas junto a la cama, exactamente donde la quería. Cogí aire otra vez y cerré la puerta al entrar, sintiendo como el calor me quemaba la piel a un nivel tan profundo que ardía. Mi duro miembro se apretaba contra los pantalones, impaciente por liberarse.

Sus manos descansaban en su regazo, y llevaba puesto un vestido negro que debía de haber encontrado en el armario. Calzaba tacones negros, y su pelo era un amasijo de rizos lustrosos. Llevaba una gruesa capa de maquillaje que amplificaba la belleza natural de sus ojos.

Estaba preciosa.

Me serví un vaso de whisky y tomé asiento en el sillón. La miré, sintiéndome victorioso como un rey que acabara de conquistar una ciudad. Apoyé el cristal contra mis labios y tragué el frío líquido, contemplando a mi premio en el suelo.

Sakura me miró sin expresión, esperando instrucciones.

Dejé que la victoria continuase recorriéndome un poco más, disfrutando viéndola de rodillas en el suelo. La posición no era cómoda ni para sus piernas ni para su espalda, pero mantuvo la postura por obediencia. Había conquistado a aquella mujer por completo, por fin. Quería saborear el momento todo lo que pudiera.

―¿Monada?

Me miró y se aclaró la garganta.

―¿Sí, señor?

Joder.

Me iba a correr con sólo oírla.

Tomé otro trago de escocés para prepararme, sintiendo como pulsaba dentro de los pantalones.

Tras dejar que el líquido ámbar me llegase al estómago, dejé el vaso en el reposabrazos del sillón.

―Arriba.

Hizo lo que le pedí, poniéndose en pie con los tacones puestos. El vestido le abrazaba perfectamente las curvas, mostrando su figura de reloj de arena. El escote era de lo más evidente, y sus piernas parecían mucho más largas.

―Desvístete, lentamente. ―Con una mano, me desanudé la corbata y dejé que la seda me cayera sobre el pecho–. Déjate los tacones.

Vi la duda en sus ojos por un instante, pero era una expresión sexy. Cada vez que se resistía, me recordaba lo mucho que tenía que forzarse a obedecer. Se llevó las manos a la espalda y bajó la cremallera lentamente, bajando la mirada.

―Mírame, monada.

Me miró mientras sus dedos bajaban la cremallera hasta el final. La tela sobre sus hombros se soltó y se deslizó por su pequeño cuerpo, revelando un sujetador de encaje negro que contrastaba con su piel clara.

Se bajó el vestido por las caderas, dejando que se amontonase alrededor de los tobillos. Apartó la tela de una patada, quedándose sólo en tacones y ropa interior.

Joder, qué buena estaba.

Me llevé el vaso a los labios otra vez a pesar de no tener sed.

Sakura se me acercó, haciendo ruido con los tacones sobre el suelo de madera al aproximarse. Se desabrochó el cierre del sujetador y dejó que se soltara la tira. Ésta se deslizó poco a poco por su cuerpo hasta que lo tiró a un lado.

Sus pechos eran preciosos, como siempre.

Observé su redondez y firmeza. Eran ligeramente grandes en proporción a su tamaño, y tan puñeteramente bonitos. Recordaba la sensación de sus pezones en mi boca, absolutamente exquisitos.

Lo siguiente fue el tanga negro, y acarició el encaje antes de bajárselo por las piernas. Lo bajó hasta los tobillos y lo apartó, levantando un tacón cuando un trozo de encaje se quedó atrapado.

Era toda una mujer, toda curvas. Le miré el ombligo y luego la protuberancia entre sus piernas, apreciando la falta de vello en su sexo. Sus anchas caderas llevaban a una cintura esbelta, y luego a esas preciosas y alucinantes tetas. Podría ver el hueco de la garganta, un lugar de su cuerpo que pronto estaría infectado de mis besos.

―Juega con tus tetas. ―Cuanto más tiempo permanecía allí sentado, más oscura se volvía mi voz y más ganas de correrme sentía. Mi dominancia empeoró, se hizo más poderosa. Deseé romper el vaso que tenía en la mano por el subidón que tenía encima.

Sakura volvió a dudar, como si no comprendiera lo que le estaba pidiendo.

―Tócate, monada. ―Podía hacer que aquella mujer hiciese lo que yo quisiera, y verla darse placer me parecía apetecible.

Se pasó las manos bajo los pechos para cogerlos, y su suave piel se deslizó sobre la curva de sus tetas. Las masajeó, pareciendo incómoda al principio. Pero cuanto más se exploraba, más lo disfrutaba. Estaba siendo testigo de su autodescubrimiento, testigo de cómo entendía más su cuerpo.

Una mano se deslizó entre sus piernas y encontró su escondite. Se frotó el clítoris lentamente, cogiendo aire en el contacto inicial. Cerró los ojos y ladeó la cabeza; su cabello se movió ligeramente.

Joder, quería correrme.

Dejé de beber whisky y me concentré en ella, en aquella mujer hermosa que estaba a mis pies.

Su respiración se aceleró y el rubor le tiñó la piel. Se le endurecieron los pezones y su pecho se enrojeció por la excitación. Podía hacer lo que le pedía y pretender que lo disfrutaba, pero no podía forzar su cuerpo a reaccionar así.

Estaba disfrutando cada segundo.

Igual que yo disfrutaba del placer que estaba recibiendo.

―Boca arriba. Que tu culo sobresalga de la cama. ―Dejé el vaso de un golpe y casi lo rompí; mi excitación me estaba superando.

Cuando apartó los dedos, vi los hilos de humedad adhiriéndose a ellos antes de romperse.

Jesús.

Se puso boca arriba en el borde de la cama, con las rodillas contra el pecho.

Me posicioné frente a ella y coloqué sus pies contra mi torso, mirándola desde arriba como si fuera mía. Sin apartar la vista de ella, me desabotoné la camisa y me la quité. Gemí en cuanto sus pies tocaron mi pecho desnudo. Lo siguiente fueron mis pantalones, que me desabroché. Los bajé, junto con mis bóxers, ansioso por introducirme en ella. Sabía lo húmeda que estaba su vagina; ya había estado dentro antes.

La agarré por las caderas y la ajusté debajo de mí, alineándola perfectamente para que tomara mis veintidós centímetros.

―Monada.

Sus manos subieron a mis muñecas, aferrándose a ellas como de costumbre.

―¿Sí, señor?

Cerré los ojos y respiré a través del placer, adorando su completa obediencia. Sakura era tan sexy que aquello era una tortura para mí.

―Dime que te lo coma. ―Sabía que le había gustado la última vez que lo hice, y francamente, a mí me encantaba. Su sexo era tan dulce que podía pasar el día entero comiéndoselo.

En lugar de mostrar duda, sus ojos resplandecieron llenos de excitación. Lo ocultó instantáneamente, pero no lo bastante rápido como para esconderlo del todo.

―Cómeme el coño, Sasuke.

Me incliné sobre ella y la agarré del pelo antes de besarla con suavidad. Mi lengua transfirió algo de escocés a su boca, y el líquido ambarino se movió sobre nuestras lenguas. Exhalé en su boca cuando sentí sus pechos firmes apretándose contra mi pecho. Ahora que tenía su boca, no quería apartarme; besaba de un modo increíble.

―Sí, monada. ―Rompí nuestro beso y me puse de rodillas en el suelo de madera. Me subí sus piernas a los hombros y la devoré, chupando su clítoris y saboreando su perfecta dulzura.

Al principio no hizo ruido, pero al final no pudo esconder su placer. Gimió desde la cama y me enterró las manos en el pelo. Arqueó la espalda y movió las caderas, dándome acceso a todo.

Podría seguir haciendo aquello durante toda la noche, y estuve tentado a meneármela mientras seguía lamiéndola y besándola. Su sexo era un pedazo de cielo, y quería saborearlo en el almuerzo y en la cena. Pero mi erección estaba ansiosa por estar dentro de ella, por dilatar su vagina.

Le chupé el clítoris con fuerza antes de levantarme del todo. Con los brazos la sujeté por detrás de las rodillas y se las separé a ambos lados del cuerpo; la punta de mi miembro encontró su entrada él sólo. Sentí la humedad sin siquiera empujarme dentro.

Lo deseaba tanto como yo.

―Monada, dime que te folle.

Sus manos volvieron a cogerme de las muñecas.

―Fóllame, Sasuke. ―Tenía los labios hinchados de los besos, y los pezones duros como diamantes. Su agarre sobre mis muñecas se apretó con su anticipación.

Introduje bruscamente mi miembro en ella, deslizándome por la humedad y la estrechez. Me hundí profundamente, sintiendo como su carne reaccionaba apretándose en torno a mí. Su cuerpo se aclimató lentamente a mí, intentando ajustarse para que pudiera aceptar cada centímetro de mi largo miembro.

La sensación era tan increíble como la última vez.

La embestí lentamente, gimiendo desde el fondo de la garganta mientras reclamaba a la mujer que tenía debajo. Al llegar a mis manos, me había parecido alguien sin nada destacable, pero ahora creía que era excepcional, el tipo de mujer que nunca creí ir a tener el honor de conocer hasta que apareció en mi vida. Nunca me había doblegado tanto por alguien, nunca me había retractado ni había disminuido un castigo por compasión.

Sakura me provocaba cosas extrañas.

Mis manos abandonaron sus rodillas y subieron a sus pechos. Los cogí mientras me introducía poco a poco en ella, deslizándome dentro y fuera de su perfección. A mi miembro le encantaba estar así; no quería salir nunca.

Sus tetas eran incluso más perfectas, tan redondas y firmes. Le rocé los pezones con los pulgares, moviendo con brusquedad la carne endurecida. La miré a los ojos mientras le entregaba toda mi longitud una y otra vez. Sentía como la humedad bajaba desde la base de mi miembro hasta mis testículos cuando chocaban con su trasero. Ni siquiera había necesitado lubricarme antes de entrar en ella.

Quise embestirla con todas mis fuerzas y hacerlo tan duro como fuera posible, pero ahora que nos movíamos juntos disfrutaba de la lentitud, de los movimientos sensuales de nuestros cuerpos. Me encantaba la sensación del suyo moviéndose lo bastante lento como para saborear cada segundo. Por primera vez en mi vida, no quería follar con rapidez.

Quería seguir así.

Los sonidos ahogados que profería fueron haciéndose más altos conforme nos movíamos. Sus gemidos se convirtieron en jadeos, y esos jadeos en gritos. Las tetas le temblaban cada vez que me introducía en ella, moviéndose con mis embestidas.

―Eres jodidamente hermosa, monada. ―Subí una mano a su garganta y apoyé los dedos en ella. Sentí como su pulso martilleaba bajo la piel, latiendo desde lo profundo de su cuerpo. Su sangre se movía furiosa por sus venas, viajando a su corazón y de vuelta otra vez. Me encantaba tenerla en mi agarre de hierro.

Me incliné sobre ella y la besé, profundizando el ángulo de mis embestidas. Mi miembro llegó a un nivel más íntimo, golpeándola justo en el lugar que volvía locas a todas las mujeres. Mi pelvis se frotó contra su clítoris, estimulándolo al mismo tiempo. Moví la mano hasta su nuca y la agarré con fuerza.

―Dime que me corra dentro.

Movió la boca cuando coloqué la mía sobre la suya.

―Córrete dentro de mí...

Aceleré mis embestidas, hundiéndola en el colchón. Mi erección llegaba bien dentro cada vez que entraba en ella, y me preparé para su orgasmo; podía leerlo en sus jadeos y gemidos. Había tenido sexo con mujeres suficientes como para saber cuándo estaban a punto de correrse. Contuve el mío mientras esperaba, sabiendo que ella también estaba a segundos de caer por el precipicio.

―Córrete para mí.

Sakura se mordió el labio inferior de un modo muy sexy antes de apretarse en torno a mí.

―Oh, Dios... ―Subió las manos por mi pecho y cuello hasta cogerme el rostro entre las dos. Acercó mi boca a la de ella y respiró conmigo; sus gemidos subieron hasta convertirse casi en gritos―. Sasuke...

Ni siquiera le había ordenado decirlo.

―Aquí va, monada. ―Había fantaseado con aquello incontables veces. Quería llenarla tanto que no fuese capaz de andar sin que se derramara por el suelo. Quería que estuviese llena de mí durante el resto del día.

Sakura todavía estaba en medio de su clímax, y me enterró las uñas en la carne mientras se sujetaba.

―Sasuke...

Mi miembro se hinchó antes de liberarse. Me enterré todo lo posible en ella, queriendo que recibiera hasta la última gota. Una oleada de placer me recorrió entero, y casi me olvidé de respirar. Gemí y la besé con violencia, sintiendo como me recorría el calor. Me corrí con fuerza y durante largo tiempo, disfrutando cada minuto del exquisito placer. Era una sensación maravillosa, como si el mundo y todos los que vivían en él fueran míos.

A pesar de haber acabado ya, no salí de su interior. No quería abandonar jamás el calor de aquella mujer. Era mejor amante que cualquiera que hubiese tenido antes, y eso ya era decir demasiado, porque había tenido a algunas de las mujeres más hermosas y seguras de sí mismas del mundo. Pero había algo en Sakura que satisfacía mis más oscuros deseos.

Salí lentamente de ella y observé como mi semen salía de su sexo empapado. Admiré mi trabajo, mi reclamo.

―Ponte a cuatro patas.

Me miró sorprendida, todavía jadeante y temblorosa.

―¿Crees que he terminado?

.

.

.

Karin y yo cenamos juntos en mi restaurante favorito de Escocia, The Kitchin. Técnicas francesas en exquisiteces escocesas; era uno de mis lugares favoritos de Edimburgo. Karin apenas comía nada, así que mi elección le daba igual. Su insistencia por estar delgada era incomprensible para mí; era lo bastante guapa como para estar como quisiera estar. A mí personalmente me gustaban las mujeres con curvas. Sakura tenía las caderas perfectas, una bonita curva en la cintura y unas tetas preciosas.

Pedí las vieiras y Karin el fletán. Era complicado no pedir marisco cuando nos encontrábamos tan cerca del mar del norte, el lugar de donde los pescadores habían sacado el pescado fresco justo aquella mañana.

Hablamos de trabajo, como de costumbre. No tocábamos temas como nuestras vidas personales a menudo; teníamos demasiadas otras cosas que discutir a diario. Encargarnos de dos enormes compañías ―una criminal y otra privada― nos robaba mucho tiempo.

Bebimos vino y nos comimos los entrantes, conversando sobre los nuevos cargamentos de escocés que habíamos enviado a América. Allí tenían su propia versión del escocés, conocida como bourbon, pero la mayoría de los restaurantes preferían mantener ambas selecciones a mano.

―Nuestro pequeño ardid con Deidara ha parecido funcionar. ―Karin agitó su vino en la copa antes de darle un sorbo.

Eso se quedaba corto.

―Sí. Es muy receptiva.

―Eso he oído. ―Me lanzó una miradita, elevando la comisura de los labios en una sonrisa. A pesar de su animadversión por Sakura, no dijo nada malo sobre ella en mi presencia―. ¿Por fin se encuentra bajo control?

―Sin duda. ―Cuando le decía que hiciese algo, lo hacía. A veces aparecía esa mirada en sus ojos, una de pura molestia por la situación en la que se encontraba, pero me obedecía de todas formas. Aquella batalla siempre me ponía a cien.

―¿Va a llevarla con usted a la cena del sábado, entonces?

Miré el vino antes de contestar.

―No estoy seguro.

―Puede que debiera llevar a otra persona. Koyuki se encontrará allí.

Me bebí el resto del vino antes de dejar la copa sobre la mesa.

―No me importa que esté; no voy a perder una oportunidad de hablar con su majestad. Esa mujer no significa nada para mí.

Karin me miró con frialdad, sugiriendo que no me creía.

―Aún creo que debería llevar a alguien, y cuanto más mona, mejor.

Sakura era la definición de mona. Esos hermosos ojos verdes suyos iluminarían instantáneamente la sala. Estaría magnífica con un vestido de satín de diseñador. Todos la verían de mi brazo y se preguntarían de dónde la había sacado. Parecería una reina, y me haría parecer un rey.

―Me llevaré a Sakura. Seguro que todo irá bien.

Karin enarcó una ceja.

―¿Está seguro?

―Sí. ―La tenía bajo control.

―Porque tiene una fila de mujeres entre las que elegir.

Eso era cierto, y todas eran hermosas, interesantes e inteligentes.

―Está en cabeza en la lista.

Karin ladeó la cabeza.

―¿Es su juguete, o algo más, Sasuke?

―Juguete ―contesté de inmediato―. No tiene que preocuparse por eso.

Pareció creerme, porque apartó la mirada.

―Bien. Porque es una pareja terrible para usted. Basura estadounidense. No sabe absolutamente nada de etiqueta, ni de cómo ser una dama, y sin duda no tiene ni una puñetera gota de sangre escocesa.

Su discriminación siempre me divertía.

–Para ser una dama, maldice usted mucho.

―Porque estoy con usted ―me recordó.

―Y yo tampoco parezco escocés. Quién sabe lo que es ella.

―Ya ha entendido a lo que me refería, Sasuke. ―Bebió vino de nuevo―. No se haga el tonto. Si quiere tener hijos algún día, no puede elegir a cualquiera. Porta historia en su sangre, porta el escocés en su sangre. No se enamore de una puta estadounidense.

―Entiendo que no le caiga bien, pero no la llame así, por favor. ―No tenía razones para defender a Sakura, y no debería importarme cómo la llamase Karin, pero ya que me estaba acostando con ella todas las noches, me sentía obligado a defender su honor. La verdad era que respetaba a aquella mujer. No al principio, pero me había forzado a ello con su rápido ingenio y su inteligencia superior.

Karin apretó los labios, acabando con aquella conversación. Nunca se disculpaba por sus errores, si no que continuaba hacia adelante con la cabeza bien alta. Jamás, en todo el tiempo que habíamos estado trabajando juntos, la había oído admitir tener la culpa de algo.

Su silencio fue suficiente.

–Gracias.
―Entonces, ¿se la lleva a la cena? ―volvió a preguntar―. ¿Es su decisión final?

―Sí.

Sacó el teléfono móvil y tomó algunas notas.

―Me encargaré de su vestido de noche, y encargaré a Frans que se ocupe del peinado y el maquillaje. Es una chica guapa, pero tenemos que hacer que esos rasgos brillen.

De vuelta al trabajo, como siempre.

―Ya brillan, pero los haremos resplandecer como estrellas.

.

.

.

Regresé al castillo Stirling bien entrada la noche tras finalizar con una reunión en el centro de Glasgow. Había estado fuera todo el día, y me pregunté qué habría hecho Sakura mientras yo no estaba. Normalmente se quedaba en el dormitorio para evitar a los otros hombres en mi nómina. Tenían ordenado no tocarla de no ser necesario, pero comprendía su desconfianza a la hora de estar junto a ellos cuando yo no estaba cerca.

Saludé a los hombres de la salita antes de subir a los aposentos reales. Apestaba a puros y escocés, pero de vez en cuando me gustaba el olor. Me traía recuerdos de hacía mucho tiempo atrás.

Entré y la encontré sentada en la sala de estar, con un libro en el regazo. Tenía el pelo echado sobre un hombro y las piernas cruzadas, y transmitía un aspecto elegante. No había oído la puerta, así que aproveché para mirarla en su estado natural.

Se humedeció los dedos antes de pasar la página, e incluso eso me pareció excitante.

―Hola, monada.

Levantó la cabeza bruscamente y miró por encima del hombro, pareciendo avergonzada de que la hubiese atrapado con la guardia baja.

―Has estado fuera mucho tiempo... ―Cerró el libro y lo dejó sobre el regazo.

―Tenía unas cuantas reuniones que atender. ―Me senté en el sillón de al lado, apoyando el brazo en el respaldo del sofá y descansando la mano en su cuello. Llevaba puesto unos leggings y una camiseta, y tenía el pelo recogido en una trenza. Incluso vestida con ropa suelta seguía siendo hermosa.

Sakura no retrocedió ante mi proximidad. Simplemente la aceptó, como tenía que hacer.

―Hueles a puro.

–He fumado unos cuantos.

―Fumar es malo. ¿O es que los escoceses no se lo creen?

La comisura de los labios se me elevó a modo de sonrisa.

―No sabía que te interesaba tanto mi bienestar.

―No me interesa. ―Dejó el libro a un lado, rompiendo el contacto visual conmigo―. Sólo espero que no huelas a eso todo el tiempo. No es mi olor preferido.

―¿Los has fumado alguna vez?

―Nunca.

―Siempre hay una primera vez para todo, ¿verdad?

―Paso. ―Dejó las manos sobre el regazo.

Le miré los labios y noté lo carnosos que eran. La había besado innumerables veces, pero siempre quería más. Moví la mano a su nuca, y la sostuve en aquella posición mientras me inclinaba para besarla. En cuanto la toqué, sentí cómo la electricidad me atravesaba las venas. Incluso los besos simples, tanto si eran cariñosos como sensuales, hacían que se me doblasen las rodillas. No estaba seguro de si era por ella, por mí, o por los dos.

Sus labios se movieron lentamente con los míos, temblando ligeramente ante la caricia. Tomó aire profundamente; su pecho se elevó hacia mí. Cuando exhaló contra mi boca, pude sentir el calor de su abrazo. Sabía que aquellos besos la hacían temblar tanto como a mí.

Me aparté y le acaricié el pelo mientras la miraba a los ojos.

―Tengo una cena a la que asistir el sábado por la noche. Me gustaría que me acompañaras.

Abrió la boca para discutir o preguntar, pero la cerró abruptamente, sabiendo que no tenía nada que decir al respecto.

Me dio pena.

―Puedes hablar con libertad. ―Seguí acariciándole el suave cabello con los dedos, y me di cuenta de que la echaba de menos. Echaba de menos los comentarios listillos que solía hacer, incluso echaba de menos la forma que tenía de insultarme a la primera de cambio. Añoraba a la mujer fiera, fuerte e independiente que había secuestrado hacía meses.

―¿Dónde está la trampa? ―susurró.

―No hay trampa. Quiero que seas tú misma... en ocasiones.

–Qué generoso de tu parte... ―Me miró con frialdad.

Me incliné para volver a besarla, curioso por saber cuál sería su reacción. Como sospechaba, me devolvió el beso con la misma pasión y sensualidad ardiente de antes. Su cuerpo siempre reaccionaba igual al mío, como si fuera susceptible a nuestra química.

Me hizo preguntarme si todo lo que decía eran sólo palabras, sólo una actitud forzada.

―Karin ha arreglado el asunto de tu vestido de noche y todo lo demás. Nos marcharemos rumbo a Edimburgo el sábado por la tarde.

―¿Cómo de lejos está Edimburgo?

―A una hora. Normalmente menos con mi conductor. –Reí para mí mismo.

Sakura le echó un vistazo a mis labios, como si quisiera otro beso.

―Y, ¿de qué trata esta cena a la que asistiremos?

―Es para celebrar la Holyrood Week. Es la celebración en la que Escocia le da la bienvenida a su majestad la reina. Hay un desfile durante el día, festividades durante la tarde y luego la gran cena por la noche en el palacio de Holyroodhouse. Lord Provost de Escocia recompensará a los residentes de Escocia por sus extraordinarios logros a lo largo del año.

Se quedó boquiabierta por la sorpresa.

―¿Hablas en serio?

―Sí. ―Continué explorando su cabello con los dedos. Estaba obsesionado.

―¿Te refieres a que es un evento real?

―Supongo. ―Había estado haciendo aquel tipo de cosas durante toda la vida; para mí no eran gran cosa.

―Entonces... ¿eres un príncipe o algo parecido?

―Dios, no ―dije resoplando―. Y no me llames nunca así. Estoy emparentado con la familia real, pero no tengo función alguna en el parlamento.

Sakura seguía sin entenderlo.

―No lo entiendo.

―La reina de Inglaterra es la líder de Inglaterra, pero en realidad es sólo una representante. El que está a cargo de los asuntos de estado es el primer ministro. Pues lo mismo pasa conmigo.

―Ah, ya... ―Jugueteó con los dedos, como si no pudiese quedarse quieta―. No creo ser la mejor opción para ir a un evento así. ―Ya que le había entregado un período de gracia, no tenía que obedecerme sin dudar―. No sé nada de las costumbres, ni de cómo hacer una reverencia siquiera.

―No tienes que hacer reverencias para nadie. Un apretón de manos es suficiente.

―¿Puedo darle la mano a la reina? ―inquirió incrédula.

―Sería muy maleducado no hacerlo, ya que voy a presentaros.

―Oh, Dios mío... ―Se tapó la boca con la mano como si no pudiera creerlo―. No sé si es buena idea. Voy a avergonzarte.

Me incliné y la besé en la comisura de los labios, sintiéndola derretirse con mi toque.

―Jamás podrías avergonzarme. Eres absolutamente hermosa.

Por primera vez, su expresión se suavizó. Me miró con los labios ligeramente separados y con ojos amistosos. No había muros rodeando su corazón y su alma. No había juegos, ni defensas. Pero cuando pasó aquel momento, las fortificaciones volvieron a su sitio.

―Es que... no sé cómo actuar. No sé qué decir.

–Estaré allí contigo. No te preocupes por eso.

―¿Por qué no te llevas a una de tus asiduas? ―Su tono se endureció hacia el final.

Ladeé la cabeza.

―¿Otra vez con los celos?

―Por enésima vez, no estoy celosa.

―Yo creo que sí. ―Sonreí; disfrutaba cuando se alteraba al imaginarme con otras mujeres―. Y no quiero ir con ellas. Quiero ir contigo.

―¿Ni siquiera con tu diplomática francesa?

¿Le había hablado de Suiren? Ni siquiera recordaba la conversación. Y si no la recordaba, resultaba sorprendente que ella sí lo hiciera.

―¿A Suiren?

―Como se llame ―dijo fríamente―. ¿Por qué no quieres llevarla?

–Ya ha conocido a la reina múltiples veces. Y no, prefiero llevarte a ti.

–¿Puedo decidir?

Mis dedos se movieron hasta su cuello.

―No. ―La miré con dureza, comunicándole que la decisión era firme―. Puedes quejarte y llorar, al menos hasta que te diga que se te ha acabado el tiempo.

Sabía que quejarse era una pérdida de tiempo.

–Estoy nerviosa.

―No lo estés; sé tú misma.

―Entonces, ¿debería entrar allí y decirle a todo el mundo que estoy siendo retenida en contra de mi voluntad? ―Me desafió, siendo la listilla de costumbre.

Había echado de menos esa actitud fiera.

―Si lo hicieses, me parece que todos te tomarían por loca.

―No si te conocen...

Me incliné y le di otro beso, queriendo que algo me sustentase mientras me duchaba.

―Voy a ducharme. Cuando salga, volveremos a la normalidad.

Sakura me besó con la misma sensualidad, a pesar de no tener que hacerlo.

Y aquello realmente me hizo sentir como un rey.