Elsa, Astrid y Furia sobrevolaban el bosque encantado buscando a los Northuldra. Habían visitado ya todos los enclaves más frecuentados por los norteños, pero no habían encontrado ni rastro de ellos por ningún sitio. Elsa comenzaba a preocuparse cuando, a lo lejos, en la costa oeste, vieron varias columnas de humo.

Al acercarse, vieron el horizonte lleno de grandes barcos anclados, la costa llena de botes y una gran cantidad de soldados por todas partes, ocupados en distintas tareas: construir tiendas, mover provisiones, afilar armas…

—Y ahora, ¿qué? —dijo Elsa, horrorizada ante la idea de tener que lidiar también con otro enemigo.

—¡Mira! —le dijo entonces Astrid.

Un poco más allá pudieron ver las características tiendas de los Northuldra. Elsa suspiró aliviada.

Una flecha silbó cerca de ellos y vieron entonces cómo los soldados se movían como hormigas asustadas, buscando lugares donde refugiarse o arcos con los que plantar cara al dragón que había aparecido en el cielo.

Elsa levantó rápidamente un escudo de hielo a su alrededor, frenando o desviando la nueva oleada de flechas que buscaban derribarles, pero pronto empezaron a escuchar ecos de gritos en los que se daba la orden del alto el fuego.

Cuando estuvieron seguras de no recibir más ataques, Elsa deshizo el escudo y Furia pudo aterrizar en medio del campamento, ante la atónita mirada de muchos de los soldados.

Echando un vistazo rápido, Elsa pudo distinguir escudos de varios reinos cercanos, incluyendo las Islas del Sur. El sólo recuerdo de Hans le produjo un escalofrío, pero lo cierto era que sus hermanos nada tenían que ver con él.

—¡Elsa! —dijo una voz a sus espaldas—. ¡Has vuelto!

—¡Olaf!

Ambos se dieron un tierno abrazo.

—¿Qué está pasando? ¿Qué es todo esto?

Elsa seguía atónita, mirando a su alrededor y reconociendo todavía más emblemas.

—Bueno… pensé que, cuando uno está en problemas, lo mejor que puede hacer es pedir ayuda a sus amigos. Viviendo con Anna me encargaba muchas veces de mandar comunicados a nuestros vecinos, así que, después de lo que pasó en el bosque, les escribí para pedir consejo sobre cómo combatir dragones o inmortales. Al poco tiempo empezaron a llegar soldados de todas partes hasta el punto de tener que asentarnos aquí en la costa. Lo siento, no esperaba que se dedicasen a mandar a gente hasta aquí… —La expresión del muñeco se ensombreció. —¿Estás enfadada?

Elsa no daba crédito.

—¿Enfadada? ¡Estoy encantada! ¡Muchas gracias, Olaf!

—Sí —secundó Astrid—. ¡Nos salvas el culo!

El muñeco de nieve rio encantado.

—Su alteza.

Elsa se dio la vuelta y vio a un hombre pelirrojo, de largas patillas, arrodillado frente a ella. No necesitó mirar el escudo de su armadura para saber de dónde procedía.

—Soy Caleb, primogénito de las Islas del Sur.

—Por favor, levantaos —pidió Elsa—. No soy reina y no merezco semejante trato. En todo caso, debería ser yo quien se postrase ante vos.

—De ningún modo— dijo él—. No después de lo que mi hermano os hizo.

—Entonces… ¿nos hablamos de tú a tú mejor?

—Así sea. —El hombre sonrió y se levantó. —Permíteme ofrecer mis disculpas de nuevo por todo lo acontecido con Hans. Mi padre nos envía con la esperanza de que podamos por fin compensar aquella terrible falta puesto que, como sabéis, tenemos pocos contratos comerciales y no nos ha sido posible redimirnos hasta hoy. Juro por mi honor que os ayudaremos en todo lo posible, incluso aunque nos cueste la vida.

—Espero que no sea necesario —contestó Elsa, visiblemente incómoda.

Los diferentes comandantes de los reinos se habían ido congregando a su alrededor.

—Por favor —les pidió Elsa—, llevadnos a algún lugar tranquilo donde podamos hablar y os podamos informar apropiadamente de la situación.

Les condujeron a una gran tienda de campaña y allí Elsa y Astrid relataron todo lo acontecido y todos sus descubrimientos. Las caras de los comandantes estaban cada vez más sombrías, pero no vieron en ellas atisbo alguno de miedo.

—Sé que tal vez no es el enemigo que esperabais y es posible que alguno de vosotros prefiera volver a casa. De ser así, hacedlo, por favor. Os aseguro que en ningún caso las relaciones con Arendelle se verán afectadas en lo más mínimo —dijo Elsa.

Nadie respondió y nadie se movió.

—Está bien… en tal caso, lo primero de todo, gracias a todos, de corazón. Y lo segundo, será mejor que pongáis al día a vuestras tropas. Nosotras iremos a hablar con los Northuldra y, después, deberíamos reunirnos para plantear la estrategia a seguir.

—¿Cuándo creéis que sería el mejor momento para atacar? —preguntó Caleb.

Elsa y Astrid se miraron.

—Lo antes posible —contestó Astrid.

—En tal caso, será mejor ponernos en marcha —comentó otro comandante poniéndose en pie—. Con vuestro permiso.

El resto de comandantes le siguieron y fueron abandonando la tienda.

Elsa se acercó a Caleb, que se disponía a marcharse también, y le tocó el brazo para llamar su atención.

—Caleb, por favor, no te vayas todavía. Tenemos algo que hablar contigo. Se trata de Hans.

El pelirrojo, un poco sorprendido y, sobretodo, curioso, asintió y esperó pacientemente a que la tienda se vaciase.

El ejército de aliados se posicionó a las afueras de Arendelle. Elsa vestía una armadura de hielo, puesto que una normal le resultaba demasiado incómoda y, sobretodo, pesada. Astrid en cambio llevaba una gruesa armadura con la que se desenvolvía mejor que muchos de los soldados que les acompañaban. Incluso Furia había accedido a llevar ciertas planchas metálicas para protegerse de posibles arqueros. Les acompañaban los comandantes, seguidos de todas sus tropas, todos pertrechados con sus mejores armaduras, listos para la batalla. Cerca de dos mil soldados en total, marchando al unísono, haciendo sonar sus armas y armaduras. Incluso algunos northuldra habían querido luchar en aquella batalla. Era imposible que el espíritu no lo hubiese notado y, sin embargo, nadie salió a su encuentro.

Esperaron un largo rato, sin saber muy bien qué hacer. FInalmente, Furia lanzó un ataque desde la distancia contra una de las almenas del castillo, produciendo un enorme agujero y un pequeño derrumbe, y unos minutos después, Anna apareció a lomos de Desdentao y se acercó a ellos.

—¡Vaya forma de dar los buenos días! —dijo desde las alturas—. Estaba dándoos margen para ver si os dabais la vuelta, pero veo que no tenéis ningún interés en ello. ¡Además, veo que has conseguido reunir un ejército y todo! ¡Muy bien, Elsa!

—¡Anna! —gritó Elsa desde el suelo—. ¡Siento mucho haberte cargado con la responsabilidad del reino! ¡Siento de verdad haber estado tan ausente últimamente! ¡De verdad que lo siento!

—¡Oh! Veo que has hecho tus deberes, Elsa. Pero, permíteme ahorrarte el esfuerzo: eso no funcionará, al menos con tu hermanita. Hace mucho tiempo que aprendí que es mejor no dejar que mi anfitrión se entere de lo que está pasando. Y créeme, Anna no te está escuchando.

Elsa se mordió el labio, frustrada, hasta hacerse un poco de sangre.

—¿Dónde está Hipo? —le gritó Astrid.

—¿El vikingo? No te preocupes, lo estamos tratando muy bien. Mejor de lo que me gustaría, la verdad. No he visto persona más tozuda en toda mi vida. ¡Y créeme! He conocido a mucha gente. Si no fuese porque este pequeñín le tiene tanto cariño… —acarició el cuello de Desdentao—. Pero bueno, mantenerle con vida es un pequeño precio a pagar teniendo en cuenta lo que gano a cambio.

Astrid se tensó de repente ante aquellas palabras.

—Hay que salir de aquí… —le dijo a Elsa en voz baja, inquieta.

—¿Qué?

La arendelliana no daba crédito.

—Déjame darte las gracias, Elsa —continuó el espíritu—. Si no hubieses congelado todo, bloqueando mis navíos y los caminos del reino, no me hubieses forzado a buscar una alternativa y no hubiese encontrado a Desdentao. Menos mal que encontré en la biblioteca un libro donde me revelaron la existencia de los dragones. ¡Qué criaturas tan extraordinarias, ¿verdad?! Y qué escurridizas… Me costó un poco dar con ellos, tan escondidos como estaban, pero el esfuerzo valió la pena: ahora mismo mi armada es invencible. ¡Gracias a ti por fin podré llevar a cabo mi venganza!

—¿De qué venganza hablas? ¿Qué te hemos hecho?

—Oh, no, querida. No tiene nada que ver con vosotros ni con vuestro reino; vosotros sólo sois el medio para conseguir mi objetivo. Mi odio está dirigido a un reino lejano. Un reino que yo mismo forjé, dejándome la piel en ello. ¿Y sabes cómo me lo pagaron?

—¿Con una flecha en el pecho tal vez? —contestó burlona Astrid, sin dejar de mirar a su alrededor, alerta.

—Exactamente… —El espíritu, pillado por sorpresa, se descubrió a sí mismo frotándose el lugar en el que recibió el impacto del proyectil. —Desde que decidieron borrarme de su historia sólo he tenido en mente la idea de recuperar aquel reino, de hacerme con el poder que me arrebataron y de obtener el reconocimiento que merezco por todo lo que me esforcé luchando. ¿Que podría conformarme con cualquier otro reino? Seguramente, pero el primer amor nunca se olvida, y aquello fue amor a primera vista. Y ahora por fin podré reducirlo a cenizas, destrozando todo cuanto los usurpadores han construido, para moldear un nuevo reino, más grande y poderoso que ningún otro. Y, por supuesto, borraré de la historia a aquellos dos tal y como ellos hicieron conmigo...

Con un pequeño toque en el costado del dragón hizo que éste pusiese más distancia entre ellos.

—Por vuestras caras, veo que habéis hecho demasiado bien vuestros deberes y sabéis exactamente de qué estoy hablando, así que lo mejor será que nos dejemos de cháchara y pasemos a lo que realmente importa: hacerme con este pequeño ejército que habéis reunido para mí.

—¡Adelante! ¡Ven a por él si te atreves! —desafió la vikinga.

Las puertas de la ciudad se abrieron y de ellas salió Kristoff liderando un ejército de hombres, mujeres, niños, trolls e incluso animales. Pero no fue eso lo que ahogó un grito en la garganta de Elsa y que hizo encoger el corazón de todos los presentes, sino el imponente ejército de dragones que ensombreció el cielo sobre la ciudad, cada uno con su jinete armado.

El espíritu disfrutó de lo lindo viendo sus caras.

—¡Que empiece el juego!