A/N: Hola, ¿os acordáis de este fanfic? Hace más de dos años que no actualizo y no creo que le siga interesando a nadie, pero aquí estoy. Han pasado muchísimas cosas desde la última vez que actualicé: he acabado la carrera, me he ido a vivir fuera de España, he empezado un máster y tengo pareja. La verdad es que con tantos cambios no tenia ni las ganas ni el tiempo para seguir, pero el otro día me llegó una review y eso me hizo reeler algunas partes de la historia, y me motivó a acabar este capítulo que tenía empezado desde hace 2 años. No puedo decir una fecha concreta sobre cuando volveré a actualizar, pero quiero que sepáis que no lo he abandonado. Este fanfic y el "De vuelta a casa" los tengo siempre en algún rincón de mi mente y sigo sonriendo cuando alguien deja una review o sigue la historia o la marca como favorita.

Bueno, dicho esto, espero que os guste el capítulo y la espera haya merecido la pena :)

Después de abrir el tomo por la página adecuada, Snape respiró hondo y, con su voz suave pero potente, leyó:

Capítulo trece: "El diario secretísimo".

Hermione pasó varias semanas en la enfermería.

— Si que estuviste tiempo…—dijo la señora Weasley, preocupada.

Hermione asintió, pero no dijo nada. No quería interrumpir a Snape y hacerle enfadar.

Corrieron rumores sobre su desaparición cuando el resto del colegio regresó a Hogwarts al final de las vacaciones de Navidad, porque naturalmente todos creyeron que la habían atacado.

—Comprensible—dijo Remus—. Después de lo que hemos leído... No me extraña que estuviera todo el mundo tan paranoico.

Eran tantos los alumnos que se daban una vuelta por la enfermería tratando de echarle la vista encima, que la señora Pomfrey quitó las cortinas de su propia cama y las puso en la de Hermione para ahorrarle la vergüenza de que la vieran con la cara peluda.

A pesar de todo, Hermione sonrió. Se había sentido muy agradecida por aquello.

Harry y Ron iban a visitarla todas las noches. Cuando comenzó el nuevo trimestre, le llevaban cada día los deberes.

Si a mí me hubieran salido bigotes de gato, aprovecharía para descansar —le dijo Ron una noche,

—Totalmente de acuerdo—asintió Sirius—. Pero la gente estudiosa es así, Ron. Éste hacía lo mismo incluso después de la luna llena—señaló con el dedo a Remus, quien sonrió.

—Me ayudaba a distraerme... Además, alguien tenía que hacer los deberes.

—Eso es cierto—los ojos de Sirius brillaron con diversión—. De no ser por ti no tendríamos a nadie a quien copiárselos.

Lupin resopló al tiempo que su sonrisa se ampliaba, llena de afecto. Luego desvió la mirada y ésta quedó fija en algún punto de la pared, mientras los recuerdos de otra época resurgían una vez más.

dejando un montón de libros en la mesita que tenía Hermione junto a la cama.

No seas tonto, Ron, tengo que mantenerme al día —replicó Hermione rotundamente.

Estaba de mucho mejor humor porque ya le había desaparecido el pelo de la cara, y los ojos, poco a poco, recuperaban su habitual color marrón—.

Ron recordó lo mucho que se había alegrado al verlo. Le encantaba el color oscuro de los ojos de Hermione.

¿Tenéis alguna pista nueva? —añadió en un susurro, para que la señora Pomfrey no pudiera oírla.

Nada —dijo Harry con tristeza.

Estaba tan convencido de que era Malfoy... —dijo Ron por centésima vez.

—Creo que todos nosotros—dijo Tonks—. Y ahora que sabemos que no es él… No tengo ni idea de quién podría ser.

Ginny tragó saliva, nerviosa. Era consciente de que nadie se iba a enfadar con ella al descubrir la verdad. Pero aun así estaba intranquila. Le preocupaba como iban a reaccionar.

¿Qué es eso? —preguntó Harry, señalando algo dorado que sobresalía debajo de la almohada de Hermione.

Nada, una tarjeta para desearme que me ponga bien —dijo Hermione a toda prisa,

—¿De quién? —preguntó Sirius, pero Snape siguió leyendo.

intentando esconderla, pero Ron fue más rápido que ella. La sacó, la abrió y leyó en voz alta:

A la señorita Granger deseándole que se recupere muy pronto, de su preocupado profesor Gilderoy Lockhart,

—¿En serio? —la diversión de Sirius era evidente en su voz, pero decidió no bromear demasiado sobre el tema ya que no quería avergonzarla.

Los demás tampoco no dijeron nada, pero por las sonrisas en sus rostros estaba claro que también les parecía gracioso.

Caballero de tercera clase de la Orden de Merlín, Miembro Honorario de la Liga para la Defensa Contra las Fuerzas Oscuras y cinco veces ganador del Premio a la Sonrisa más Encantadora, otorgado por la revista «Corazón de Bruja».

Tonks puso los ojos en blanco.

—¿Era necesario escribir todo eso? Lo repite tantas veces que a nadie se le va a olvidar.

Ron miró a Hermione con disgusto.

¿Duermes con esto debajo de la almohada?

—¿Celoso, hermanito?

Ron se sonrojó y negó con la cabeza, demasiado enérgicamente.

—¿Yo, celoso? ¿Por qué? —luego, pensando rápido, dijo—. Yo nunca he querido que Lockhart me escribiese una carta.

—Eso no es lo que…—empezó Fred, hasta darse cuenta de lo que Ron había hecho—. Oh… Bien jugado, bien jugado—murmuró. Y, para fortuna de su hermano, dejó el tema en paz.

Pero Hermione no necesitó responder, porque la señora Pomfrey llegó con la medicina de la noche.

¿A que Lockhart es el tío más pelota que has conocido en tu vida? —dijo Ron a Harry al abandonar la enfermería y empezar a subir hacia la torre de Gryffindor.

La señora Weasley sonrió ante los evidentes celos de su hijo, pero tenía más tacto que los gemelos y por eso no dijo nada.

Snape les había mandado tantos deberes, que a Harry le parecía que no los terminaría antes de llegar al sexto curso.

Snape reprimió un suspiro de fastidio y siguió leyendo. Típico de Potter: gandul, holgazán y dramático.

Precisamente Ron estaba diciendo que tenía que haber preguntado a Hermione cuántas colas de rata había que echar a una poción crecepelo, cuando llegó hasta sus oídos un arranque de cólera que provenía del piso superior.

—Por tu bien, espero que ya sepas la respuesta correcta, Weasley.

—Por supuesto, señor.

Snape lo dudaba seriamente, pero no quería alargar la lectura, así que decidió dejarlo pasar. Al ver que no se lo iba a preguntar, Ron soltó un suspiro, aliviado. Se le había olvidado completamente.

Es Filch —susurró Harry, y subieron deprisa las escaleras y se detuvieron a escuchar donde no podía verlos.

Espero que no hayan atacado a nadie más —dijo Ron, alarmado.

—No creo—dijo Remus—. Estáis bastante tranquilos.

Harry, Ron y Hermione se miraron, tenían que dejar de ser tan obvios con sus reacciones.

Se quedaron inmóviles, con la cabeza inclinada hacia la voz de Filch, que parecía completamente histérico.

... aun más trabajo para mí. ¡Fregar toda la noche, como si no tuviera otra cosa que hacer! No, ésta es la gota que colma el vaso, me voy a ver a Dumbledore.

—¿Qué le pasa? —dijo Tonks con curiosidad.

Snape, como hacía siempre que alguien preguntaba, siguió leyendo.

Sus pasos se fueron distanciando, y oyeron un portazo a lo lejos. Asomaron la cabeza por la esquina. Evidentemente, Filch había estado cubriendo su habitual puesto de vigía; se encontraban de nuevo en el punto en que habían atacado a la Señora Norris.

—Me parece una mala idea que haga guardia el solo—dijo el señor Weasley—. Al no tener magia no podrá defenderse si le atacan.

Buscaron lo que había motivado los gritos de Filch. Un charco grande de agua cubría la mitad del corredor, y parecía que continuaba saliendo agua de debajo de la puerta de los aseos de Myrtle la Llorona.

—¿En serio? —Tonks arrugó la nariz—. No quiero ni pensar en el desastre que habrá organizado Myrtle.

Ahora que los gritos de Filch habían cesado, podían oír los gemidos de Myrtle resonando a través de las paredes de los aseos.

¿Qué le pasará ahora? —preguntó Ron.

Vamos a ver —propuso Harry, y levantándose la túnica por encima de los tobillos, se metieron en el charco chapoteando,

—No me gusta demasiado la elección de palabras…—dijo George, haciendo una mueca—. "Chapoteando…". Me da la sensación de que os pusisteis a saltar en medio de esa agua asquerosa.

—Ron lo hizo.

—¿Qué…? Oye, no. Harry no digas cosas de estas que luego se lo creen.

Harry, que había mirado a su amigo esperando su reacción, soltó una carcajada.

—Está bien, está bien. Lo siento, no he podido resistirme.

–Como no paren de hacer bromas con el tema, te mato.

Los gemelos le sonrieron, prometiéndole con la mirada que así iba a ser, y Harry volvió a reír, sin poder contenerse. Luego asintió con la cabeza aceptando su castigo.

—Me parece justo.

llegaron a la puerta que exhibía el letrero de «No funciona» y, haciendo caso omiso de la advertencia, como de costumbre, entraron.

Myrtle la Llorona estaba llorando, si cabía, con más ganas y más sonoramente que nunca.

—Oh, por Merlín…—Tonks puso los ojos en blanco.

Parecía estar metida en su retrete habitual. Los aseos estaban a oscuras, porque las velas se habían apagado con la enorme cantidad de agua que había dejado el suelo y las paredes empapados.

¿Qué pasa, Myrtle? —inquirió Harry.

¿Quién es? —preguntó Myrtle, con tristeza, como haciendo gorgoritos—. ¿Vienes a arrojarme alguna otra cosa?

—¿De qué habla? —dijo Sirius—. ¿Puede dejarse de dramas y explicar que está pasando?

Harry fue hacia el retrete y le preguntó:

¿Por qué tendría que hacerlo?

No sé —gritó Myrtle, provocando al salir del retrete una nueva oleada de agua que cayó al suelo ya mojado—. Aquí estoy, intentando sobrellevar mis propios problemas, y todavía hay quien piensa que es divertido arrojarme un libro...

—La gente se aburre mucho y también es muy mala, ¿no? —dijo Fred—. Mira que tirarle libros a un fantasma…

—Nosotros podemos lanzarle cosas a Peeves pero porqué él empieza—se defendió George, al ver las miradas de los demás—. Es diferente ir a por un fantasma cualquiera, y sobre todo uno tan triste y amargado como Myrtle.

Pero si alguien te arroja algo, a ti no te puede doler —razonó Harry—. Quiero decir, que simplemente te atravesará, ¿no?

Acababa de meter la pata.

—Sí… —asintió la señora Weasley—. Eso no ha sonado demasiado comprensivo, cielo.

Myrtle se sintió ofendida y chilló:

¡Vamos a arrojarle libros a Myrtle, que no puede sentirlo! ¡Diez puntos al que se lo cuele por el estómago! ¡Cincuenta puntos al que le traspase la cabeza! ¡Bien, ja, ja, ja! ¡Qué juego tan divertido, pues para mí no lo es!

—Ya… Supongo que debe molestar—le dio la razón Tonks.

Pero ¿quién te lo arrojó? —le preguntó Harry.

No lo sé... Estaba sentada en el sifón, pensando en la muerte, y me dio en la cabeza —dijo Myrtle, mirándoles—. Está ahí, empapado.

Ginny, que no había dicho demasiado desde hacía rato, tragó saliva. Podía verse a sí misma lanzando el libro al retrete, intentando empaparlo y destruirlo. Para evitar que siguiera controlándole y obligándole a hacer cosas que no recordaba, pero que cada vez estaba más segura que había hecho. Había sido horrible y terrorífico descubrir que el chico inofensivo de su diario, en quien había depositado todos sus secretos y pensamientos, se había vuelto contra ella de aquel modo.

Harry y Ron miraron debajo del lavabo, donde señalaba Myrtle. Había allí un libro pequeño y delgado. Tenía las tapas muy gastadas, de color negro, y estaba tan humedecido como el resto de las cosas que había en los lavabos.

Aquellos que sabían lo ocurrido durante ese año, escucharon con aún más atención. Sobre todo, Dumbledore. El director esperaba obtener pistas que le ayudasen a comprender mejor a Voldemort y, así, poder acabar con él definitivamente.

Harry se acercó para cogerlo, pero Ron lo detuvo con el brazo.

—Bien hecho, Ron—le dijo el señor Weasley, orgulloso.

¿Qué pasa? —preguntó Harry.

¿Estás loco? —dijo Ron—. Podría resultar peligroso.

—Llevas razón— asintió Tonks., recordando los peligros que había visto como auror.

¿Peligroso? —dijo Harry, riendo—. Venga, ¿cómo va a resultar peligroso?

El Harry actual hizo una mueca. Ojalá pudiera hablar con su yo del pasado y explicarle exactamente lo peligroso que era aquel diario.

Te sorprendería saber —dijo Ron, asustado, mirando el librito— que entre los libros que el Ministerio ha confiscado había uno que les quemó los ojos. Me lo ha dicho mi padre.

Aquello provocó que muchos se estremecieran al imaginarlo y que el señor Weasley asintiera al recordarlo.

Y todos los que han leído "Sonetos del hechicero" han hablado en cuartetos y tercetos el resto de su vida.

—Si eso me pasase a mi dejaría de hablar para siempre —le susurró Fred a su gemelo.

¡Y una bruja vieja de Bath tenía un libro que no se podía parar nunca de leer! Uno tenía que andar por todas partes con el libro delante, intentando hacer las cosas con una sola mano. Y...

—Madre mía, que cosas más horribles—se estremeció Molly—, no me acordaba de todo esto, Arthur. Prométeme que siempre irás con cuidado en tu trabajo.

—Siempre lo he hecho y siempre lo haré—contestó él. Pero luego pensó en el ataque de Nagini y se dio cuenta que por muy cuidadoso que fuera, si algo debía de suceder, sucedería.

Vale, ya lo he entendido —dijo Harry. El librito seguía en el suelo, empapado y misterioso—. Bueno, pero si no le echamos un vistazo, no lo averiguaremos —dijo y, esquivando a Ron, lo recogió del suelo.

—¡Harry! —le reprimió Molly— ¿Es que no has oído lo que Ron acaba de decirte?

—Lo siento, señora Weasley. Ahora actuaria diferente, de verdad. He escarmentado con estas cosas.

Harry vio al instante que se trataba de un diario, y la desvaída fecha de la cubierta le indicó que tenía cincuenta años de antigüedad.

—Sospechoso…—murmuró Sirius.

Lo abrió intrigado. En la primera página podía leerse, con tinta emborronada, «T.S. Ryddle».

"Tom Sorvolo Riddle", pensó Dumbledore entrecerrando los ojos. Pocas personas conocían el verdadero nombre de Voldemort, pero el director sabía que, cuanto más aprendieran sobre su pasado, más sencillo seria acabar con él.

Mientras tanto, Ginny se mordía el labio, nerviosa. Aquel diario había estado a punto de costarle la vida. A ella y a tantas otras personas.

Espera —dijo Ron, que se había acercado con cuidado y miraba por encima del hombro de Harry—, ese nombre me suena... T.S. Ryddle ganó un premio hace cincuenta años por Servicios Especiales al Colegio.

—Mmm, ¿Servicios Especiales? —preguntó Remus, pensativo. Aquel diario era importante, a juzgar por las reacciones que había visto en los alumnos, y la mente de Remus funcionaba a toda velocidad, intentando ligar cabos.

¿Y cómo sabes eso? —preguntó Harry sorprendido.

—Me estaba preguntando lo mismo—dijo Tonks.

Lo sé porque Filch me hizo limpiar su placa unas cincuenta veces cuando nos castigaron —dijo Ron con resentimiento—. Precisamente fue encima de esta placa donde vomité una babosa. Si te hubieras pasado una hora limpiando un nombre, tú también te acordarías de él.

—Vaya, entonces tuviste suerte de que te pusieran ese castigo—observó George.

Harry separó las páginas humedecidas. Estaban en blanco. No había en ellas el más leve resto de escritura, ni siquiera «cumpleaños de tía Mabel» o «dentista, a las tres y media».

Snape escuchaba cada palabra con atención. Solo había podido observar el diario una vez éste fue destruido, de modo que cualquier información extra era bienvenida.

No llegó a escribir nada —dijo Harry, decepcionado.

Me pregunto por qué querría alguien tirarlo al retrete —dijo Ron con curiosidad.

—Eso mismo me pregunto yo—el ceño de Sirius estaba fruncido. Si alguien había querido deshacerse de él, no era muy buena señal.

Ginny se estremeció. Debía haberlo enterrado en medio del bosque, no tirarlo en un aseo donde cualquiera podía cogerlo. ¡Había sido tan estúpida al pensar que podría librarse de él tan fácilmente! La idea de que Harry y Ron habían estado en peligro por culpa suya no desaparecía de su mente.

Harry volvió a mirar las tapas del cuaderno y vio impreso el nombre de un quiosco de la calle Vauxhall, en Londres.

Debió de ser de familia muggle —dijo Harry, especulando—, ya que compró el diario en la calle Vauxhall...

Las cejas de Dumbledore se alzaron con interés al oír la deducción de Harry. Era increíble la capacidad detectivesca del chico. Pocas personas sabían que Voldemort no provenía de una familia de magos, y Harry lo había descubierto con solo doce años.

Bueno, eso da igual —dijo Ron. Luego añadió en voz muy baja—. Cincuenta puntos si lo pasas por la nariz de Myrtle.

—¡Ron!

—Lo siento, mamá.

Harry, sin embargo, se lo guardó en el bolsillo.

—No me fio, Harry—le dijo Sirius.

El chico, que acababa de hacer una mueca, asintió.

—Haces bien…

Su padrino se le quedó mirando, pero Harry no dio ninguna información más y aquello provoco que el estómago de Sirius empezase a retorcerse con nerviosismo. ¿Qué demonios había sucedido para que todos los jóvenes reaccionasen de aquel modo?

Hermione salió de la enfermería, sin bigotes, sin cola y sin pelaje, a comienzos de febrero.

—Bueno, ¡menos mal! —sonrió el señor Weasley—. Aunque estuviste mucho tiempo recuperándote.

—Espero que os sirviera de lección—añadió Molly, seria pero contenta de que Hermione estuviera bien.

—Me gustaría poder decir que sí, señora Weasley. Pero…

La pobre mujer suspiró con cansancio.

—Merlín...

La primera noche que pasó en la torre de Gryffindor, Harry le enseñó el diario de T.M. Ryddle y le contó la manera en que lo habían encontrado.

¡Aaah, podría tener poderes ocultos! —dijo con entusiasmo Hermione, cogiendo el diario y mirándolo de cerca.

La Hermione actual sacudió con la cabeza; tendrían que haber ido con más cuidado. A veces su curiosidad y ganas de saber le había puesto en demasiado peligro. Como cuando terminó petrificada al final de su segundo año.

Si los tiene, los oculta muy bien —repuso Ron—. A lo mejor es tímido. No sé por qué lo guardas, Harry.

El Harry actual nunca lo diría en voz alta, pero había sentido una especie de conexión hacia aquel diario. Quizás era su cicatriz la que se sentía atraída por el joven Voldemort.

Lo que me gustaría saber es por qué alguien intentó tirarlo —dijo Harry—. Y también me gustaría saber cómo consiguió Ryddle el Premio por Servicios Especiales.

Por cualquier cosa —dijo Ron—. A lo mejor acumuló treinta matrículas de honor en Brujería o salvó a un profesor de los tentáculos de un calamar gigante. Quizás asesinó a Myrtle, y todo el mundo lo consideró un gran servicio...

—¡Ron! —le chilló su madre, horrorizada—Pero ¿qué demonios…?

—Lo sé, mamá, lo siento. Fue una broma de mal gusto y estúpida. No tendría que haberla hecho.

Molly asintió con firmeza, todavía mirando a su hijo con enfado.

—No, no deberías.

Al mismo tiempo, Harry pensaba que, obviando la falta de tacto de Ron, lo cierto era que había dado en el clavo. Fue Ryddle quien asesinó a Myrtle aunque el premio fuera por haber culpado al pobre Hagrid.

Pero Harry estaba seguro, por la cara de interés que ponía Hermione, de que ella estaba pensando lo mismo que él.

¿Qué pasa? —dijo Ron, mirando a uno y a otro.

Bueno, la Cámara de los Secretos se abrió hace cincuenta años, ¿no? —explicó Harry—. Al menos, eso nos dijo Malfoy.

—No me gusta esto—murmuró Sirius, atando cabos.

Sí... —admitió Ron.

Y este diario tiene cincuenta años —dijo Hermione, golpeándolo, emocionada, con el dedo.

—Sí…—dijo Sirius, sabiendo cual iba a ser la próxima idea de los alumnos.

¿Y?

Venga, Ron, despierta ya —dijo Hermione bruscamente—.

—¡Eh! No hace falta ponerse así, Hermione…

Era Fred quien había hablado, sorprendiendo a su hermano menor. Ron le miró, un poco extrañado pero agradecido.

—Lo siento mucho, Ron. No sé como no te enfadaste conmigo. No tenía derecho a ser así de borde contigo.

Ron sacudió la cabeza. En su momento, lo dicho por Hermione le había sentado mal ya que se había sentido como un tonto. Pero, teniendo en cuenta que había sucedido años atrás y viendo el remordimiento en los ojos de su amiga, no podía enfadarse.

—No pasa nada, seguro que leeremos mil momentos más en los que yo te he tratado mal a ti. Éramos muy pequeños y los dos tenemos poca paciencia—sonrió—. Después de pasar juntos casi cada hora del día es normal que a veces seamos un poco desagradables.

Hermione le sonrió de vuelta e iba a decir algo cuando Snape continuó leyendo con rapidez. No le interesaban los dramas de adolescentes.

Sabemos que la persona que abrió la cámara la última vez fue expulsada hace cincuenta años. Sabemos que a T.M. Ryddle le dieron un premio hace cincuenta años por Servicios Especiales al Colegio. Bueno, ¿y si a Ryddle le dieron el premio por atrapar al heredero de Slytherin? En su diario seguramente estará todo explicado: dónde está la cámara, cómo se abre y qué clase de criatura vive en ella.

"Eso no significa que el diario diga la verdad", pensó Harry, suspirando con resignación. Al revivir momentos como aquel, se daba cuenta de todos los errores que habían cometido.

La persona que haya cometido las agresiones en esta ocasión no querría que el diario anduviera por ahí, ¿no?

Es una teoría brillante, Hermione —dijo Ron—, pero tiene un pequeño defecto: que no hay nada escrito en el diario.

Pero Hermione sacó su varita mágica de la bolsa.

¡Podría ser tinta invisible! —susurró. Y dio tres golpecitos al cuaderno, diciendo: —¡Aparecium!

Pero no ocurrió nada.

—Mmm—murmuró Remus. Tenía la intuición de que aquel diario era muy importante y estaba seguro de que pronto descubrirían algo.

Impertérrita, volvió a meter la mano en la bolsa y sacó lo que parecía una goma de borrar de color rojo.

—¿Un revelador? —preguntó Tonks—. Si que has venido preparada, Hermione.

Es un revelador, lo compré en el callejón Diagon —dijo ella.

Frotó con fuerza donde ponía «1 de enero». Siguió sin pasar nada.

Ya te lo decía yo; no hay nada que encontrar aquí —dijo Ron—. Simplemente, a Ryddle le regalaron un diario por Navidad, pero no se molestó en rellenarlo.

—No, no—dijo Remus—. Son demasiadas coincidencias. ¿La Cámara fue abierta hace cincuenta años y el diario es de hace cincuenta años también? Estas cosas no pasan porque sí. Tiene que haber una conexión.

Harry no podría haber explicado, ni siquiera a sí mismo, por qué no tiraba a la basura el diario de Ryddle. El caso es que, aunque sabía que el diario estaba en blanco, pasaba las páginas atrás y adelante, concentrado en ellas, como si contaran una historia que quisiera acabar de leer. Y, aunque estaba seguro de no haber oído antes el nombre de T.M. Ryddle, le parecía que ese nombre le decía algo, como si se tratara de un amigo olvidado de la más remota infancia.

Dumbledore escuchaba atentamente, fascinado por la reacción que el diario había provocado Harry. Mientras tanto, el chico se removía inquieto en su silla. No entendía cómo Voldemort le había hecho sentir de aquel modo, cómo podía haber llegado a pensar que se trataba de un amigo.

Pero era absurdo: no había tenido amigos antes de llegar a Hogwarts, Dudley se había encargado de eso. Sin embargo, Harry estaba determinado a averiguar algo más sobre Ryddle, así que al día siguiente, en el recreo, se dirigió a la sala de trofeos para examinar el premio especial de Ryddle, acompañado por una Hermione rebosante de interés y un Ron muy reticente, que les decía que había visto el premio lo suficiente para recordarlo toda la vida.

El Ron actual tenía más que ese motivo para no querer saber nada sobre él.

La placa de oro bruñido de Ryddle estaba guardada en un armario esquinero. No decía nada de por qué se lo habían concedido.

Menos mal —dijo Ron—, porque si lo dijera, la placa sería más grande, y en el día de hoy aún no habría acabado de sacarle brillo.

Aquello provocó que Sirius sonriera, pero la sonrisa desapareció al observar la intranquilidad latente de los alumnos.

Sin embargo, encontraron el nombre de Ryddle en una vieja Medalla al Mérito Mágico y en una lista de antiguos alumnos que habían recibido el Premio Anual.

Me recuerda a Percy —dijo Ron, arrugando con disgusto la nariz—: prefecto, Premio Anual..., supongo que sería el primero de la clase.

Ron se arrepintió de haberlo dicho. Percy podía haberles traicionado, pero no era tan malo como Voldemort.

Lo dices como si fuera algo vergonzoso —señaló Hermione, algo herida.

—Un poco sí—bromeó Fred, tratando de rebajar la tensión.

El sol había vuelto a brillar débilmente sobre Hogwarts. Dentro del castillo, la gente parecía más optimista. No había vuelto a haber ataques después del cometido contra Justin y Nick Casi Decapitado, y a la señora Pomfrey le encantó anunciar que las mandrágoras se estaban volviendo taciturnas y reservadas, lo que quería decir que rápidamente dejarían atrás la infancia.

—Bueno, algo es algo—dijo Tonks—. Me alegra que no haya habido más ataques.

Los alumnos asintieron, pero no podían dejar de pensar en que deberían haberse dado cuenta de que los ataques pararon en cuanto ellos encontraron el diario.

Una tarde, Harry oyó que la señora Pomfrey decía a Filch amablemente:

Cuando se les haya ido el acné, estarán listas para volver a ser trasplantadas. Y entonces, las cortaremos y las coceremos inmediatamente. Dentro de poco tendrá a la Señora Norris con usted otra vez.

—Seguro que estará contento—dijo Sirius—, pero para los demás no es una buena noticia.

Harry pensaba que tal vez el heredero de Slytherin se había acobardado. Cada vez debía de resultar más arriesgado abrir la Cámara de los Secretos, con el colegio tan alerta y todo el mundo tan receloso.

—Tal vez sí—dijo Remus—. Pero me da a mí que ha tenido algo que ver que vosotros encontrarais el diario.

Junto a él, Tonks asintió.

—Sí, yo estaba pensando lo mismo.

Tal vez el monstruo, fuera lo que fuera, se disponía a hibernar durante otros cincuenta años.

—Ojalá…—susurró Molly, pensando en que, de ese modo, su pequeña Ginny no hubiera estado en peligro.

Ernie Macmillan, de Hufflepuff, no era tan optimista. Seguía convencido de que Harry era el culpable y que se había delatado en el club de duelo.

—Qué pesado…—bufó Sirius.

Peeves no era precisamente una ayuda, pues iba por los abarrotados corredores saltando y cantando: «¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido...!», pero ahora además interpretando un baile al ritmo de la canción.

Harry asintió al recordarlo.

—A ver, el bailecillo no estaba mal—sonrió George—. Aunque su manera de cantar me dio ganas de cortarme las orejas.

Gilderoy Lockhart estaba convencido de que era él quien había puesto freno a los ataques. Harry le oyó exponerlo así ante la profesora McGonagall mientras los de Gryffindor marchaban en hilera hacia la clase de Transfiguración.

Snape no pudo evitar poner los ojos en blanco al leer aquellas palabras.

No creo que volvamos a tener problemas, Minerva —dijo, guiñando un ojo y dándose golpecitos en la nariz con el dedo, con aire de experto—. Creo que esta vez la cámara ha quedado bien cerrada. Los culpables se han dado cuenta de que en cualquier momento yo podía pillarlos y han sido lo bastante sensatos para detenerse ahora, antes de que cayera sobre ellos...

—Oh por favor… No puedo creer que pensase que era un gran mago.

—Tranquila, mamá—le dijo Fred—, te cegó su perfecta sonrisa y su brillante pelo.

La señora Weasley se ruborizó y no hizo falta decir nada para ver que precisamente aquel había sido el motivo. Lockhart había usado su belleza, encanto y carisma para engañar a todo el mundo.

Lo que ahora necesita el colegio es una inyección de moral, ¡para barrer los recuerdos del trimestre anterior! No te digo nada más, pero creo que sé qué es exactamente lo que...

De nuevo se tocó la nariz en prueba de su buen olfato y se alejó con paso decidido.

Sirius miró al libro con sospecha.

—Miedo me da lo que él considere una inyección de moral.

Snape recordó la estúpida idea del hombre y gruñó sin poder evitarlo. A lo largo de su vida, pocas personas le habían molestado tanto como Gilderoy Lockhart. Y Snape no era una persona precisamente paciente; la tentación de hechizarle había sido casi insoportable.

La idea que tenía Lockhart de una inyección de moral se hizo patente durante el desayuno del día 14 de febrero. Harry no había dormido mucho a causa del entrenamiento de quidditch de la noche anterior y llegó al Gran Comedor corriendo, algo retrasado. Pensó, por un momento, que se había equivocado de puerta. Las paredes estaban cubiertas de flores grandes de un rosa chillón. Y, aún peor, del techo de color azul pálido caían confetis en forma de corazones.

—¿Qué narices...? —empezó a preguntar Tonks—. Espera un segundo. Catorce de febrero. ¿No me digas que todo eso era para celebrar San Valentín?

Harry asintió lentamente.

—Me temo que sí.

—¡Pero si sois críos! Es decir, los alumnos de Hogwarts tienen entre once y diecisiete años, más o menos. Entiendo que los más mayores puedan tener parejas o les pueda gustar alguien, pero a los más pequeños les debe dar igual todo esto, ¿no?

—Digamos que había ciertas personas—dijo Ron mirando a Hermione de reojo— que querían aprovechar la ocasión para mandarle a Lockhart una confesión de amor. Aunque tuvieran solamente doce años.

Hermione se puso colorada.

—Calla, Ron—enterró la cara entre las manos—. No puedo creer que fuera tan tonta.

Fred sonrió.

—Oh, vamos, Hermione. Eras una chiquilla, a mí me parece adorable.

Hermione gruñó exasperada, todavía tapándose el rostro.

—Nunca voy a librarme de esto, ¿verdad? ´

Ron y su hermano compartieron una mirada.

—No creo. Es demasiado divertido.

Harry se fue a la mesa de Gryffindor, en la que estaban Ron, con aire asqueado, y Hermione, que se reía tontamente.

Hermione volvió a gruñir.

¿Qué ocurre? —les preguntó Harry, sentándose y quitándose de encima el confeti.

Ron, que parecía estar demasiado enojado para hablar, señaló la mesa de los profesores. Lockhart, que llevaba una túnica de un vivo color rosa que combinaba con la decoración, reclamaba silencio con las manos. Los profesores que tenía a ambos lados lo miraban estupefactos. Desde su asiento, Harry pudo ver a la profesora McGonagall con un tic en la mejilla. Snape tenía el mismo aspecto que si se hubiera bebido un gran vaso de crecehuesos. Ruiz

—¿Es que quiere morir o algo así? —Sirius miraba al libro con una mezcla entre sorpresa y asombro—. Hacer enfadar a McGonagall y a Snape a la vez no es muy inteligente.

Sirius sabía de lo que Snape era capaz, pero él podría vencerle si llegaba a darse el caso. Dudaba que Lockhart también pudiera hacerlo.

¡Feliz día de San Valentín! —gritó Lockhart—. ¡Y quiero también dar las gracias a las cuarenta y seis personas que me han enviado tarjetas! Sí, me he tomado la libertad de preparar esta pequeña sorpresa para todos vosotros... ¡y no acaba aquí la cosa!

Lockhart dio una palmada, y por la puerta del vestíbulo entraron una docena de enanos de aspecto hosco. Pero no enanos así, tal cual; Lockhart les había puesto alas doradas y además llevaban arpas.

—No me lo puedo creer—rio Sirius, incrédulo—. Este hombre es la persona más caótica que en visto, o bueno leído, en mi vida.

¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! —sonrió Lockhart—. ¡Durante todo el día de hoy recorrerán el colegio ofreciéndoos felicitaciones de San Valentín! ¡Y la diversión no acaba aquí!

—¿Diversión? —preguntó Remus, todavía sin terminar de creer lo que estaba escuchando.

Estoy seguro de que mis colegas querrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no pedís al profesor Snape que os enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el muy pícaro, sabe más sobre encantamientos de ese tipo que ningún otro mago que haya conocido!

—Eh… No creo que Snape quiera enseñar a nadie a preparar un filtro amoroso—dijo Sirius.

—Por no hablar de lo peligrosos que pueden ser—añadió el señor Weasley—. En mi opinión, los filtros amorosos deberían estar prohibidos. Le quitan a uno la capacidad de consentir, por lo que todo lo que suceda bajo la influencia del filtro es una violación de la persona. Además, si estas enamorado de alguien, deberías respetar sus deseos y su elección, obligar a alguien a quererte significa que, en realidad, tu no le quieres.

—Así se habla, Arthur—asintió su mujer—. En casa siempre hemos hablado de respetar a los demás, y eso incluye a tu pareja o la persona que te gusta. Como me entere yo que algún hijo mío ha usado un filtro de amor…

Los Weasley se estremecieron al oír la furia en la voz de su madre.

—Ni se nos ocurriría, mamá—le dijo Ron—. Hablo por todos cuando lo digo.

Molly asintió, contenta con la respuesta.

El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. Snape parecía dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro amoroso.

El profesor asintió para sí mismo. Por suerte los alumnos habían demostrado un mínimo de inteligencia y ningún crío le preguntó sobre el tema.

Por favor, Hermione, dime que no has sido una de las cuarenta y seis —le dijo Ron, cuando abandonaban el Gran Comedor para acudir a la primera clase. Pero a Hermione de repente le entró la urgencia de buscar el horario en la bolsa, y no respondió.

—Oh, no…— se quejó Hermione, ignorando las sonrisas de Harry y de Ron.

Los enanos se pasaron el día interrumpiendo las clases para repartir tarjetas, ante la irritación de los profesores, y al final de la tarde, cuando los de Gryffindor subían hacia el aula de Encantamientos, uno de ellos alcanzó a Harry.

—Oh, oh…—dijo George con una sonrisa perversa, recordaba bien aquel momento.

¡Eh, tú! ¡Harry Potter! —gritó un enano de aspecto particularmente malhumorado, abriéndose camino a codazos para llegar a donde estaba Harry.

Ginny se ruborizó; aunque hubieran pasado tres años, aun se sentía como una idiota al recordar lo sucedido.

Ruborizándose al pensar que le iba a ofrecer una felicitación de San Valentín delante de una fila de alumnos de primero, entre los cuales estaba Ginny Weasley, Harry intentó escabullirse. El enano, sin embargo, se abrió camino a base de patadas en las espinillas y lo alcanzó antes de que diera dos pasos.

—Por Merlín, que agresividad…—dijo Sirius, sorprendido—. O sea que recibiste una felicitación, ¿eh, Harry? Bien hecho.

Harry no sabía muy bien como responder. Por un lado, hubiera preferido no recibir nada, ya atraía bastante la atención. Pero por el otro lado, no podía decirlo en voz alta sin herir a Ginny.

Tengo un mensaje musical para entregar a Harry Potter en persona —dijo, rasgando el arpa de manera pavorosa.

¡Aquí no! —dijo Harry enfadado, tratando de escapar.

¡Párate! —gruñó el enano, aferrando a Harry por la bolsa para detenerlo.

¡Suéltame! —gritó Harry, tirando fuerte.

—Son persistentes, eso no se puede negar—comentó Tonks.

Tanto tiraron que la bolsa se partió en dos. Los libros, la varita mágica, el pergamino y la pluma se desparramaron por el suelo, y la botellita de tinta se rompió encima de todas las demás cosas.

Remus hizo una mueca.

—Odio cuando pasa eso.

Harry intentó recogerlo todo antes de que el enano comenzara a cantar ocasionando un atasco en el corredor.

¿Qué pasa ahí? —Era la voz fría de Draco Malfoy, que hablaba arrastrando las palabras.

—El que faltaba…—bufó Sirius.

Harry intentó febrilmente meterlo todo en la bolsa rota, desesperado por alejarse antes de que Malfoy pudiera oír su felicitación musical de San Valentín.

¿Por qué toda esta conmoción? —dijo otra voz familiar, la de Percy Weasley, que se acercaba.

—¿Es que se ha reunido todo el colegio en ese pasillo en concreto? —dijo Sirius, sin poder creerse la mala suerte de Harry. Aunque la situación fuera graciosa y se alegraba de que alguien estuviera interesado en Harry, no quería que el chico se sintiera demasiado incómodo.

A la desesperada, Harry intentó escapar corriendo, pero el enano se le echó a las rodillas y lo derribó.

—¿De donde demonios sacó Lockhart a esos enanos? —le preguntó Tonks a Remus—. Son incansables.

El hombre lobo se encogió de hombros, aunque él también estaba sorprendido.

Bien —dijo, sentándose sobre los tobillos de Harry—, ésta es tu canción de San Valentín:

Ginny se preparó para lo peor, tapándose la cara con las manos.

Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche y el pelo negro como una pizarra cuando anochece. Quisiera que fuera mío, porque es glorioso, el héroe que venció al Señor Tenebroso.

Por muy gracioso que fuera oír a Snape recitar aquel poema, Harry no pudo evitar estremecerse por la vergüenza. Y más cuando los gemelos rompieron a reír a carcajadas, provocando que Sirius, que por respeto a Harry había intentado controlarse, comenzase a reír también.

Snape, que no tenía ninguna intención de ralentizar la lectura, continuó leyendo. No entendía como leer aquel momento podía ayudarles a derrotar al Señor Oscuro. Estaba harto de revivir anécdotas absurdas y estúpidas.

Harry habría dado todo el oro de Gringotts por desvanecerse en aquel momento. Intentando reírse con todos los demás, se levantó, con los pies entumecidos por el peso del enano, mientras Percy Weasley hacía lo que podía para dispersar al montón de chavales, algunos de los cuales estaban llorando de risa.

—Lo siento, Harry—dijo Sirius, tratando de recuperar la compostura–, pero no les culpo. Eso ha sido graciosísimo.

Ginny continuó ocultando el rostro entre las manos, no podía mirar a nadie a la cara. Y menos aun a Harry; era demasiado humillante.

¡Fuera de aquí, fuera! La campana ha sonado hace cinco minutos, a clase todos ahora mismo —decía, empujando a algunos de los más pequeños—. Tú también, Malfoy.

Harry vio que Malfoy se agachaba y cogía algo, y con una mirada burlona se lo enseñaba a Crabbe y Goyle. Harry comprendió que lo que había recogido era el diario de Ryddle.

¡Devuélveme eso! —le dijo Harry en voz baja.

¿Qué habrá escrito aquí Potter? —dijo Malfoy, que obviamente no había visto la fecha en la cubierta y pensaba que era el diario del propio Harry.

Los espectadores se quedaron en silencio. Ginny miraba alternativamente a Harry y al diario, aterrorizada.

Los gemelos dejaron de reírse, recordando la gravedad del asunto. Ginny, poco a poco, levanto su cabeza de entre sus brazos, aunque siguió sin mirar a Harry, esta vez por un motivo completamente diferente. No podía perdonarse el haber puesto en peligro al chico.

Devuélvelo, Malfoy —dijo Percy con severidad.

Cuando le haya echado un vistazo —dijo Malfoy, burlándose de Harry.

Percy dijo:

Como prefecto del colegio...

Pero Harry estaba fuera de sus casillas. Sacó su varita mágica y gritó:

¡Expelliarmus!

Y tal como Snape había desarmado a Lockhart, así Malfoy vio que el diario se le escapaba a Malfoy de las manos y salía volando.

—Y así comienza todo. El hechizo preferido de Harry—dijo Dumbledore, después de no hablar en mucho tiempo—. ¿Sabes, Severus? Me sigue resultando extremadamente curioso e irónico que fueras tú el que le enseñó ese movimiento.

Snape gruñó, malhumorado. No necesitaba que se lo recordase, lo cierto es que llevaba pensando sobre aquello desde que leyeron el capitulo sobre el club de duelo.

Ron, sonriendo, lo atrapó.

¡Harry! —dijo Percy en voz alta—. No se puede hacer magia en los pasillos. ¡Tendré que informar de esto!

—Qué pesado…—murmuró Fred.

Pero Harry no se preocupó. Le había ganado una a Malfoy, y eso bien valía cinco puntos de Gryffindor. Malfoy estaba furioso, y cuando Ginny pasó por su lado para entrar en el aula, le gritó despechado:

¡Me parece que a Potter no le gustó mucho tu felicitación de San Valentín!

Ginny se tapó la cara con las manos y entró en clase corriendo.

—Lo siento, Harry—dijo de pronto Ginny, haciendo acopio de toda su valentía—. La verdad, no sé como hemos acabado siendo amigos, viendo el modo en el que me comportaba.

—Ginny, no te preocupes. Éramos muy pequeños, yo también hice cosas que dan vergüenza. Y las sigo haciendo—le tranquilizó, con una sonrisa afectuosa. Luego señaló a los libros.—. Aquí tienes la prueba.

—Supongo que sí… Pero no puedo quitarme de la cabeza todas las cosas que seguro pensabas sobre mí.

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes: que era una cría tonta y pesada, que no paraba de dar vergüenza ajena y ponerte en situaciones embarazosas, que por qué no te dejaba en paz…

—Ginny, Ginny, frena—le dijo Harry levantando las manos—. No pensaba ninguna de esas cosas. Antes de ser mi amiga, eras la hermana de mi mejor amigo y, aunque sí que es verdad que me daban un poco de vergüenza algunas cosas, te tenía cariño. Siempre has sido amable conmigo y nunca pensaría todo eso de ti. Además, como he dicho antes éramos pequeños; las cosas cambian. Y me alegro mucho de que lo hagan—sonrió—. Por que ahora que nos conocemos bien, he ganado una gran persona como amiga.

Ginny asintió, procesando aquellas palabras, y luego le sonrió de vuelta.

—Me alegro de que pienses así.

Dando un gruñido, Ron sacó también su varita mágica, pero Harry se la quitó de un tirón. Ron no tenía necesidad de pasarse la clase de Encantamientos vomitando babosas.

—Cierto—murmuró Ron, recordando la horrible experiencia.

Harry no se dio cuenta de que algo raro había ocurrido en el diario de Ryddle hasta que llegaron a la clase del profesor Flitwick. Todos los demás libros estaban empapados de tinta roja. El diario, sin embargo, estaba tan limpio como antes de que la botellita de tinta se hubiera roto.

Sirius frunció el ceño.

—Vale, eso es extraño. ¿Alguna clase de encantamiento protector?

—Eso parece—asintió Remus.

Intentó hacérselo ver a Ron, pero éste volvía a tener problemas con su varita mágica: de la punta salían pompas de color púrpura, y él no prestaba atención a nada más.

Los señores Weasley enrojecieron al mismo tiempo. No habían tenido dinero para poder comprarle otra varita. Después de la multa que el Ministerio les aplicó por la situación con el coche volador, y la amenaza de que Arthur perdiera su trabajo, su economía no lo había pasado demasiado bien.

Aquella noche, Harry fue el primero de su dormitorio en irse a dormir. En parte fue porque no creía poder soportar a Fred y George cantando: «Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche» una vez más,

—Oh, vamos, Harry. No podías pretender que lo dejásemos ir tan fácilmente. Fue algo verdaderamente épico.

—El hechizo que voy a utilizar con vosotros si que será épico—les amenazó Ginny.

—Está bien, está bien—dijo George—. Lo dejaremos estar.

—Por ahora—sonrió Fred.

Ginny puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír. Llevaba todo el capítulo nerviosa por el diario, pero las tonterías de los gemelos le ayudaban a distraerse, algo que agradecía.

y en parte, porque quería examinar de nuevo el diario de Ryddle, y sabía que Ron opinaba que eso era una pérdida de tiempo.

Se sentó en la cama y hojeó las páginas en blanco; ninguna tenía la más ligera mancha de tinta roja. Luego sacó una nueva botellita de tinta del cajón de la mesita, mojó en ella su pluma y dejó caer una gota en la primera página del diario. La tinta brilló intensamente sobre el papel durante un segundo y luego, como si la hubieran absorbido desde el interior de la página, se desvaneció.

Los adultos escuchaban con atención. Por un lado, Sirius, Tonks y Remus querían saber más sobre lo ocurrido y la relación del diario con la cámara secreta; por el otro lado, Snape y Dumbledore intentaban encontrar información sobre Voldemort. Y, finalmente, los señores Weasley, muy a su pesar, querían conocer mejor aquel objeto que tanto daño le había causado a su hija y que a punto estuvo de costarle la vida.

Emocionado, Harry mojó de nuevo la pluma y escribió: «Mi nombre es Harry Potter.» Las palabras brillaron un instante en la página y desaparecieron también sin dejar huella. Entonces ocurrió algo. Rezumando de la página, en la misma tinta que había utilizado él, aparecieron unas palabras que Harry no había escrito: «Hola, Harry Potter. Mi nombre es Tom Ryddle. ¿Cómo ha llegado a tus manos mi diario?»

Harry sintió como un escalofrío le recorría. Evidentemente no lo sabía en aquel momento, pero estaba hablando con el hombre que años más tarde mataría a sus padres y a tantas otras personas. Harry podía entender como tanta gente se había creído sus mentiras y habían comenzado a creer en sus ideas de supremacía mágica. Tom era capaz de ser encantador y fascinante, además, demostraba una gran inteligencia y una habilidad innata para persuadir a la gente. O al menos así había sido cuando era joven. El Voldemort que Harry había visto en el cementerio distaba mucho de aquel muchacho. Probablemente años cometiendo actos atroces y mostrando su verdadera naturaleza cruel y malvada habían provocado aquel cambio.

Estas palabras también se desvanecieron, pero no antes de que Harry comenzara de nuevo a escribir: «Alguien intentó tirarlo por el retrete.» Aguardó con impaciencia la respuesta de Ryddle. «Menos mal que registré mis memorias en algo más duradero que la tinta. Siempre supe que habría gente que no querría que mi diario fuera leído.»

Dumbledore escuchaba cada palabra con atención, recordando al Tom joven, apuesto e inteligente que era entonces. A pesar de todo, el director había notado una maldad latente en el muchacho, aunque nunca pensó que llegaría a convertirse en el mago más peligroso de todos los tiempos.

«¿Qué quieres decir?», escribió Harry, emborronando la página debido a los nervios. «Quiero decir que este diario da fe de cosas horribles; cosas que fueron ocultadas; cosas que sucedieron en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.»

"Cosas que tú hiciste", pensó Harry con rabia. ¿Cómo podía haberse dejado engañar de aquel modo?

«Es donde estoy yo ahora», escribió Harry apresuradamente. «Estoy en Hogwarts, y también suceden cosas horribles. ¿Sabes algo sobre la Cámara de los Secretos?».

El corazón le latía violentamente. La réplica de Ryddle no se hizo esperar, pero la letra se volvió menos clara, como si tuviera prisa por consignar todo cuanto sabía.

Ginny tragó saliva y apretó los puños con fuerza, tratando de controlar el temblor de sus manos. Podía ver la letra de Tom claramente en su cabeza, los garabatos que le contaban mentiras y manipulaban.

«¡Por supuesto que sé algo sobre la Cámara de los Secretos! En mi época, nos decían que era sólo una leyenda, que no existía realmente. Pero no era cierto. Cuando yo estaba en quinto, la cámara se abrió y el monstruo atacó a varios estudiantes y mató a uno. Yo atrapé a la persona que había abierto la cámara, y lo expulsaron.

—De acuerdo…—murmuró Remus lentamente—. Deberíamos escuchar lo que dice, pero sin creérnoslo. Sigo sin fiarme de ese diario.

—Pienso igual—dijo Tonks—. Me parece demasiada coincidencia que haya aparecido este diario el mismo año que se abre la Cámara.

Pero el director, el profesor Dippet, avergonzado de que hubiera sucedido tal cosa en Hogwarts, me prohibió decir la verdad. Inventaron la historia de que la muchacha había muerto en un espantoso accidente.

"No fue solo para ocultar la verdad al resto de las familias", recordó Dumbledore, "sino porque ninguno de los profesores nos creímos del todo tu historia. Hagrid podía ser un poco inconsciente, pero no se arriesgaría a traer a la escuela una criatura asesina".

A mí me entregaron por mi actuación un trofeo muy bonito y muy brillante, con unas palabras grabadas, y me recomendaron que mantuviera la boca cerrada. Pero yo sabía que podía volver a ocurrir. El monstruo sobrevivió, y el que pudo liberarlo no fue encarcelado.»

—¿Es eso cierto? —preguntó Sirius a Dumbledore.

El director se acarició la barba, meditando sus palabras.

—Sí, y no. Hay cierta verdad y cierta mentira en sus palabras. Pero no me corresponde a mí contar todo lo ocurrido; sino al libro. Sigamos leyendo, por favor.

Snape no necesitó que se lo dijera dos veces y continuó rápidamente con la lectura.

En su precipitación por escribir, Harry casi vuelca la botellita de la tinta.

«Ha vuelto a suceder. Ha habido tres ataques y nadie parece saber quién está detrás. ¿Quién fue en aquella ocasión?»

«Te lo puedo mostrar, si quieres», contestó Ryddle. «No necesitas leer mis palabras. Podrás ver dentro de mi memoria lo que ocurrió la noche en que lo capturé.»

—No me fío un pelo—dijo Sirius, asustado por su ahijado.

Harry dudó, y la pluma se detuvo encima del diario. ¿Qué quería decir Ryddle? ¿Cómo podía alguien introducirse en la memoria de otro? Miró asustado la puerta del dormitorio; iba oscureciendo.

Cuando retornó la vista al diario, vio que aparecían unas palabras nuevas:

«Deja que te lo enseñe.»

—No lo hagas, Harry—gimió Tonks—. Ese diario me está dando muy malas vibraciones.

Harry meditó durante una fracción de segundo, y luego escribió una sola palabra:

«Vale.»

—Así que necesitó tu permiso, ¿eh? —murmuró Dumbledore.

Snape compartió una mirada con el director y entendió lo que él estaba pensando. El diario necesitaba que la otra persona le abriera su mente (o en el caso de Ginny, su corazón), para poder usar su poder. Eso era interesante y, sobre todo, útil. Quien sabe si encontrarían más objetos como aquél creados por Voldemort.

Las páginas del diario comenzaron a pasar, como si estuviera soplando un fuerte viento, y se detuvieron a mediados del mes de junio. Con la boca abierta, Harry vio que el pequeño cuadrado asignado al día 13 de junio se convertía en algo parecido a una minúscula pantalla de televisión. Las manos le temblaban ligeramente. Levantó el cuaderno para acercar uno de sus ojos a la ventanita, y antes de que comprendiera lo que sucedía, se estaba inclinando hacia delante. La ventana se ensanchaba, y sintió que su cuerpo dejaba la cama y era absorbido por la abertura de la página en un remolino de colores y sombras. Notó que pisaba tierra firme y se quedó temblando, mientras las formas borrosas que lo rodeaban se iban definiendo rápidamente.

—Así que funciona más o menos como un pensadero—dijo Remus—. Interesante...

Enseguida se dio cuenta de dónde estaba. Aquella sala circular con los retratos de gente dormida era el despacho de Dumbledore, pero no era Dumbledore quien estaba sentado detrás del escritorio. Un mago de aspecto delicado, con muchas arrugas y calvo, excepto por algunos pelos blancos, leía una carta a la luz de una vela. Harry no había visto nunca a aquel hombre.

—El profesor Dippet—sonrió Dumbledore—. Fue el director antes de mí.

Lo siento —dijo con voz trémula—. No quería molestarle...

Pero el mago no levantó la vista. Siguió leyendo, frunciendo el entrecejo levemente. Harry se acercó más al escritorio y balbució:

¿Me-me voy?

El mago siguió sin prestarle atención.

—Qué maleducado—comentó Fred, tratando de reducir el nerviosismo que se había instalado en el ambiente.

Ni siquiera parecía que le hubiera oído. Pensando que tal vez estuviera sordo, Harry levantó la voz.

Lamento molestarle, me iré ahora mismo —dijo casi a gritos.

A pesar de que aquello era muy cómico, ninguno de los presentes sonrió. Todos escuchaban en un silencio tenso, escuchando cada una de las palabras leídas por Snape.

Con un suspiro, el mago dobló la carta, se levantó, pasó por delante de Harry sin mirarlo y fue hasta la ventana a descorrer las cortinas. El cielo, al otro lado de la ventana, estaba de un color rojo rubí; parecía el atardecer. El mago volvió al escritorio, se sentó y, mirando a la puerta, se puso a juguetear con los pulgares. Harry contempló el despacho. No estaba Fawkes, el fénix, ni los artilugios metálicos que hacían ruiditos. Aquello era Hogwarts tal como debía ser en los tiempos de Ryddle, y aquel mago desconocido tenía que ser el director de entonces, no Dumbledore, y él, Harry, era una especie de fantasma, completamente invisible para la gente de hacía cincuenta años.

—Eso parece—dijo Tonks.

Llamaron a la puerta.

Entre —dijo el viejo mago con una voz débil.

Un muchacho de unos dieciséis años entró quitándose el sombrero puntiagudo. En el pecho le brillaba una insignia plateada de prefecto. Era mucho más alto que Harry pero tenía, como él, el pelo de un negro azabache.

"Eso no es en lo único que nos parecemos", pensó Harry con culpabilidad. Los dos podían hablar con las serpientes y, de no ser por la elección de Harry, podría haber acabado en Slytherin como él. Ambos habían perdido a sus padres cuando eran muy pequeños y pasado su infancia en el mundo muggle. Por no mencionar el hecho de sus varitas compartían el mismo núcleo. Las semejanzas con Voldemort le seguían angustiando.

Ah, Ryddle —dijo el director.

¿Quería verme, profesor Dippet? —preguntó Ryddle. Parecía azorado.

Siéntese —indicó Dippet—. Acabo de leer la carta que me envió.

¡Ah! —exclamó Ryddle, y se sentó, cogiéndose las manos fuertemente.

Snape leía con cuidado, intentando que no se notase su curiosidad. Era increíble pensar que ese muchacho acabaría convirtiéndose en su amo, el Señor Oscuro. Dudaba que le hiciera gracia saber que Snape estaba conociendo más sobre su pasado.

Muchacho —dijo Dippet con aire bondadoso—, me temo que no puedo permitirle quedarse en el colegio durante el verano. Supongo que querrá ir a casa para pasar las vacaciones...

No —respondió Ryddle enseguida—, preferiría quedarme en Hogwarts a regresar a ese..., a ese...

"Otra similitud", pensó Harry una vez más.

Según creo, pasa las vacaciones en un orfanato muggle, ¿verdad? —preguntó Dippet con curiosidad.

Dumbledore recordó el día que conoció al joven Ryddle aquel orfanato.

Sí, señor —respondió Ryddle, ruborizándose ligeramente.

¿Es usted de familia muggle?

A medias, señor —respondió Ryddle—. De padre muggle y de madre bruja.

El interés de Snape continuó aumentando. No sabía que el Señor Oscuro era mestizo. Aquello era sorprendente e irónico al mismo tiempo.

¿Y tanto uno como otro están...?

Mi madre murió nada más nacer yo, señor. En el orfanato me dijeron que había vivido sólo lo suficiente para ponerme nombre: Tom por mi padre, y Sorvolo por mi abuelo.

—Pobre…—dijo Sirius.

Harry tuvo que contenerse para no decirle que estaba sintiendo compasión hacia Voldemort.

Dippet chasqueó la lengua en señal de compasión.

La cuestión es, Tom —suspiró—, que se podría haber hecho con usted una excepción, pero en las actuales circunstancias...

¿Se refiere a los ataques, señor? —dijo Ryddle, y a Harry el corazón le dio un brinco.

Se acercó, porque no quería perderse ni una sílaba de lo que allí se dijera.

Exactamente —dijo el director—. Muchacho, tiene que darse cuenta de lo irresponsable que sería que yo le permitiera quedarse en el castillo al término del trimestre. Especialmente después de la tragedia..., la muerte de esa pobre muchacha... Usted estará muchísimo más seguro en el orfanato. De hecho, el Ministerio de Magia se está planteando cerrar el colegio. No creo que vayamos a poder localizar al..., descubrir el origen de todos estos sucesos tan desagradables...

Todos seguían escuchando con atención. Los que sabían quién era Ryddle, tenían claro que era él quien había cometido aquellos "sucesos tan desagradables". Los demás, intentaban atar cabos con la nueva información que estaban recibiendo.

Ryddle abrió más los ojos.

Señor, si esa persona fuera capturada... Si todo terminara...

"Así que por eso dejó de atacar a alumnos", reflexionó Dumbledore, "para no regresar al orfanato".

¿Qué quiere decir? —preguntó Dippet, soltando un gallo. Se incorporó en el asiento—. ¿Ryddle, sabe usted algo sobre esas agresiones?

No, señor —respondió Ryddle con presteza. Pero Harry estaba seguro de que aquel «no» era del mismo tipo que el que él mismo había dado a Dumbledore.

—Sí, ese "no" ha sido bastante sospechoso—asintió Sirius. Luego se giró en dirección a Remus y Tonks—. ¿Creéis que ha sido él?

Los dos pensaron durante unos instantes antes de responder.

—Podría ser—razonó Lupin—. Pero no tendría mucho sentido que confesase sus crímenes a Harry.

Tonks asintió.

—Exacto. Si ha sido él entonces le enseñará algún recuerdo falso a Harry o acusará a otra persona.

Dippet volvió a hundirse en el asiento, ligeramente decepcionado.

Puede irse, Tom.

Ryddle se levantó del asiento y salió de la habitación pisando fuerte. Harry fue tras él. Bajaron por la escalera de caracol que se movía sola, y salieron al corredor, que ya iba quedando en penumbra, junto a la gárgola. Ryddle se detuvo y Harry hizo lo mismo, mirándolo. Le pareció que Ryddle estaba concentrado: se mordía los labios y tenía la frente fruncida. Luego, como si hubiera tomado una decisión repentina, salió precipitadamente, y Harry lo siguió en silencio.

"Siempre tuvo la mente rápida" pensó Dumbledore con cierta tristeza. Si Tom hubiera usado su inteligencia para hacer el bien, las cosas hubieran sido muy diferentes.

No vieron a nadie hasta llegar al vestíbulo, cuando un mago de gran estatura, con el cabello largo y ondulado de color castaño rojizo y con barba, llamó a Ryddle desde la escalera de mármol.

¿Qué hace paseando por aquí tan tarde, Tom?

Harry miró sorprendido al mago. No era otro que Dumbledore, con cincuenta años menos.

—Madre mía, profesor—sonrió Fred—. He de reconocer que no puedo imaginármelo.

Los demás también estaban haciendo un esfuerzo por pensar en Dumbledore como alguien joven y sin el cabello y la barba blancos.

—El tiempo pasa para todos, señor Weasley—dijo Dumbledore, consus ojos azules brillando.

Tenía que ver al director, señor —respondió Ryddle.

Bien, pues váyase enseguida a la cama —le dijo Dumbledore, dirigiéndole a Ryddle la misma mirada penetrante que Harry conocía tan bien—. Es mejor no andar por los pasillos durante estos días, desde que...

Suspiró hondo, dio las buenas noches a Ryddle y se marchó con paso decidido.

El director asintió. Habían sido tiempos complicados.

Ryddle esperó que se fuera y a continuación, con rapidez, tomó el camino de las escaleras de piedra que bajaban a las mazmorras, seguido por Harry. Pero, para su decepción, Ryddle no lo condujo a un pasadizo oculto ni a un túnel secreto, sino a la misma mazmorra en que Snape les daba clase.

El Maestro de Pociones se sintió extraño al pensar que el señor Tenebroso había paseado y vivido por los mismos pasillos y las mismas habitaciones que él conocía tan bien. Era obvio que todos los magos de Gran Bretaña habían pasado algún momento de su vida en Hogwarts, pero era algo que se olvidaba con facilidad. Pensar en Voldemort como un alumno mas se hacia raro.

Como las antorchas no estaban encendidas y Ryddle había cerrado casi completamente la puerta, lo único que Harry veía era a Ryddle, que, inmóvil tras la puerta, vigilaba el corredor que había al otro lado. A Harry le pareció que permanecían allí al menos una hora. Seguía viendo únicamente la figura de Ryddle en la puerta, mirando por la rendija, aguardando inmóvil.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Molly con un hilo de voz. Quería que aquel capitulo acabase ya para no tener que oír hablar más sobre aquel hombre repugnante que tanto daño había causado.

Y cuando Harry dejó de sentirse expectante y tenso, y empezaron a entrarle ganas de volver al presente, oyó que se movía alga al otro lado de la puerta. Alguien caminaba por el corredor sigilosamente. Quienquiera que fuese, pasó ante la mazmorra en la que estaban ocultos él y Ryddle. Éste, silencioso como una sombra, cruzó la puerta y lo siguió, con Harry detrás, que se ponía de puntillas, sin recordar que no le podían oír.

Suele pasar—le dijo Sirius, que le ocurría lo mismo cuando visitaba un pensadero.

Harry, sin embargo, estaba sumido en sus pensamientos y no le contestó. Temía la reacción de los demás cuando se descubriera que Tom había acusado a Hagrid.

Persiguieron los pasos del desconocido durante unos cinco minutos, cuando de improviso Ryddle se detuvo, inclinando la cabeza hacia el lugar del que provenían unos ruidos. Harry oyó el chirrido de una puerta y luego a alguien que hablaba en un ronco susurro.

Vamos..., te voy a sacar de aquí ahora..., a la caja...

Algo le resultaba conocido en aquella voz. De repente, Ryddle dobló la esquina de un salto. Harry lo siguió y pudo ver la silueta de un muchacho alto como un gigante que estaba en cuclillas delante de una puerta abierta, junto a una caja muy grande.

—Oh, Hagrid…—murmuró Harry en voz baja para que nadie le oyera. El pobre hombre había sido acusado injustamente y aquello había arruinado su vida. Harry pensó en lo mal que lo pasaría él si rompieran su varita y no le permitieran hacer magia nunca más.

Hola, Rubeus —dijo Ryddle con voz seria.

El muchacho cerró la puerta de golpe y se levantó.

—¿No será…? —dijo Sirius, con una terrible sospecha—. No, no, es imposible que él hiciera algo así.

Snape continuó leyendo sin hacerle caso.

¿Qué haces aquí, Tom?

Ryddle se le acercó.

Todo ha terminado —dijo—. Voy a tener que entregarte, Rubeus. Dicen que cerrarán Hogwarts si los ataques no cesan.

—¿Le está acusando? —preguntó Tonks, atando cabos rápidamente.

Una vez más, Snape continuó leyendo.

¿Que vas a...?

No creo que quisieras matar a nadie. Pero los monstruos no son buenas mascotas. Me imagino que lo dejaste salir para que le diera el aire y...

¡No ha matado a nadie! —interrumpió el muchachote, retrocediendo contra la puerta cerrada.

—Oh, no—dijo Lupin, comprendiendo quiera era el muchachote y lo que estaba sucediendo.

Harry oía unos curiosos chasquidos y crujidos procedentes del otro lado de la puerta.

Vamos, Rubeus —dijo Ryddle, acercándose aún más—. Los padres de la chica muerta llegarán mañana. Lo menos que puede hacer Hogwarts es asegurarse de que lo que mató a su hija sea sacrificado...

¡No fue él! —gritó el muchacho. Su voz resonaba en el oscuro corredor—. ¡No sería capaz! ¡Nunca!

—Digamos que si tiene que alimentar a sus hijos sí que seria capaz—le dijo Ron a Harry en voz baja. Todavía recordaba a Aragog y a su "preciosa" familia.

Hazte a un lado —dijo Ryddle, sacando su varita mágica. Su conjuro iluminó el corredor con un resplandor repentino. La puerta que había detrás del muchacho se abrió con tal fuerza que golpeó contra el muro que había enfrente. Por el hueco salió algo que hizo a Harry proferir un grito que nadie sino él pudo oír. Un cuerpo grande, peludo, casi a ras de suelo, y una maraña de patas negras, varios ojos resplandecientes y unas pinzas afiladas como navajas...

—¿Qué? —exclamó la señora Weasley, asustada. Aunque sabia quien era Ryddle y lo que había hecho, aquella historia era nueva para ella.

Mientras tanto, Ron se estremeció al oír la descripción de Aragog.

Ryddle levantó de nuevo la varita, pero fue demasiado tarde. El monstruo lo derribó al escabullirse, enfilando a toda velocidad por el corredor y perdiéndose de vista. Ryddle se incorporó, buscando la varita. Consiguió cogerla, pero el muchachón se lanzó sobre él, se la arrancó de las manos y lo tiró de espaldas contra el suelo, al tiempo que gritaba: ¡NOOOOOOOO!

"Quería matar a Aragog para que no se supiera la verdad", pensó Harry con rabia.

Snape, por su parte, trataba de comprender lo que estaba pasando. El señor Oscuro había tratado de acusar a otro alumno, y ese era Hagrid, aquello estaba claro. Pero ¿que era ese monstruo que Hagrid había introducido en el colegio? Una de sus extravagantes y peligrosas mascotas sin lugar a dudas. ¿Sería ese el motivo por el que Hagrid había sido expulsado de Hogwarts? Snape estaba casi seguro que sí.

Todo empezó a dar vueltas y la oscuridad se hizo completa. Harry sintió que caía y aterrizó de golpe con los brazos y las piernas extendidos sobre su cama en el dormitorio de Gryffindor, y con el diario de Ryddle abierto sobre el abdomen.

—Menos mal que la parte de los recuerdos ya ha acabado—dijo el señor Weasley, tenso. No quería pasar más tiempo de lo normal dentro de la mente de Quien-tú-ya-sabes.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, se abrió la puerta del dormitorio y entró Ron.

Tanto Remus como Sirius y Tonks tenían miles de preguntas en sus cabezas, pero Snape no paraba de leer y no les dejaba un instante para realizarlas.

¡Estás aquí! —dijo.

Harry se sentó. Estaba sudoroso y temblaba.

¿Qué pasa? —dijo Ron, preocupado.

Fue Hagrid, Ron. Hagrid abrió la Cámara de los Secretos hace cincuenta años.

—Y hasta aquí el capítulo—dijo, finalmente, Snape—. Ahora podéis realizar todas esas molestas preguntas que seguro que tenéis.

Todos, menos el trio, Dumbledore y (obviamente) Snape, empezaron a hablar al mismo tiempo.

—¿Qué es lo que acaba de pasar?

—¿Hagrid abrió la Cámara de los Secretos? No puede ser.

—Seguro que es mentira, no me fio de ese Ryddle.

—Hagrid es la persona más buena del mundo, pero todos sabemos que no tiene buen juicio en lo que respecta a los monstruos.

—Eso es verdad, pero…

— ¡Quieto todo el mundo! —dijo Harry, al ver el panorama—. No quiero explicaros exactamente qué pasó, por qué sino no tiene sentido que leamos el libro. Pero sí que os diré que Hagrid es inocente y que aquel monstruo peludo que ha mencionado el libro no es el de la Cámara. Pero sí que aparecerá más adelante en la historia.

Aquello enmudeció a los demás, ya que necesitaban un tiempo para procesar la información.

—No sé si estoy más confuso que antes o no. Pero me alegro de tener la confirmación de que no fue culpa de Hagrid—dijo Sirius—. Incluso aunque hubiera sido accidentalmente.

Todos asintieron, de acuerdo con sus palabras. Mientras tanto, Dumbledore hizo levitar el libro hasta sus manos.

—Bien, como supongo que todos queréis saber lo que pasará a continuación, deberíamos seguir leyendo—pasó la pagina y leyó el título del siguiente capítulo—. Capítulo catorce: Cornelius Fudge.

A/N: Y hasta aquí el capítulo, espero que os haya gustado. Quiero daros las gracias a todos lo que habéis interactuado con mis historias de algún modo, me hace muy feliz ver como incluso sin acutalizar durante 2 años, la gente todavía las sigue, marca como favoritas o deja review. Ver que gusta lo que escribes motiva para seguir haciéndolo. En fin, gracias de nuevo y espero que estéis todos bien incluso en estos tiempos del Covid...

¡Nos vemos pronto! (espero :D )