"La sagrada locura, atentando con mentes cuerdas. Después del suplicio del encierro trae para ustedes su tercer proyecto"

Y el escritor dijo: Hágase el computador.

- :::: -

Una vez su padre le dijo que el amor era un mal innecesario, se trataba de un sentimiento absurdo que nublaba el raciocinio e impedía cumplir cada encomienda dada por él con diligencia. Le advirtió que, de ignorar sus palabras, estaría encerrada sin comer hasta que lo considerara prudente. Después de cierta edad, esas palabras fueron cambiadas por unas que la mortificaron aún más, si se atrevía siquiera a llevarle la contraria, él la alquilaría a cualquier degenerado que le ofreciera una suma de dinero exorbitante. Cumplió al pie de la letra, cuando su títere fue incapaz de ignorar el encanto del joven verdugo; como la historia poética destina a ser donde los actores principales fueron llamados a danzar en las brazas del infortunio; él la arrojó a un hotel lujoso lleno de hombres asquerosos con nula apreciación de la decencia. Si Estarossa no hubiese llegado, Izraf habría terminado de quitarle todo motivo para seguir.

Si, su padre pudo tener razón en eso último, pero mirándolo mientras daba su testimonio en el juicio por los cargos de intento de homicidio, se alegró de ser capaz de demostrarle que el amor que el tanto creyó una estupidez la mantuvo fuerte, capaz de enfrentarlo con la voz que sentenciaba sus días. Era la última vez que se veían a la cara, Izraf pasaría lo que quedaba de su existencia en la cárcel y ella, la hija títere que crió creyendo una herramienta, viviría la vida que deseaba, con la libertad que le pertenecía.

Además de Zeldris, Estarossa, Meliodas y Elizabeth se encontraban con ella dentro del público al que permitían el acceso en el sistema penal, no era sorpresa para su padre, quien con algo más que desprecio observó a la estirpe del señor Demonio, sobre todo a Zeldris. Para Gelda, su progenitor adjudicaba toda la culpa de su incompetencia a este último, quien convirtió a su hija en un despojo irreconocible.

Zeldris no se dejó amedrentar, por el contrario, mantuvo su vista fija en Izraf como el recordatorio que sería incapaz de huir de la justicia, que el joven tan lastimado como ella era capaz de seguirlo a los confines del infierno con tal de mantener a Gelda alejada de él. Incluso al finalizar el juicio y dictada la sentencia sus ojos no dejaron de seguirlo. La odisea que jamás esperó terminar, finalmente concluía.

Gelda tomó la mano de su pareja cuando se la ofreció, el consuelo de su calor la abrigó e instintivamente le produjo sonreír como demostración de que no se encontraba mortificada. A su lado, Estarossa tarareaba una canción desconocida.

-Un asunto menos, ¿Qué sigue? -consultó observándola, sus ojos traviesos acompañaban su aura divertida.

-Solo disfrutar de nuestras vidas -respondió ella confiada en sus palabras.

Después de recuperarse, Gelda al igual que Estarossa habían iniciado las primeras sesiones de terapia, a diferencia de su pareja y Meliodas, quienes después de ser convencidos la tomarían por separado con otro psicólogo del mismo sitio. Zeldris seguía sin tolerar a su hermano y ella lo respetaba, al igual que él no objetó que el tabernero siguiera en sus vidas. Por lo menos podían intercambiar palabras sin que el menor deseara estrangularlo. Sabía que a ellos les costaba abrirse a otra persona y hablar de lo que les hacía daño sin querer protegerse por medio de su locura, su mutismo o esa sonrisa falsa de "todo está bien", pero sus intentos de paso a paso eran parte de sus mayores alegrías.

-Hablando de "gozar de nuestra libertad" - Estarossa modificó sus palabras en otro significado similar- ¿Cuándo te mudas?

-En dos días, ya está todo empacado -manifestó Gelda- espero que me visiten, todos están más que invitados.

Al hermano del medio no le pasó desapercibido el pequeño gesto de Zeldris. Graciosamente había demostrado que no los deseaba con prontitud en la vivienda que seguramente terminaría compartiendo con su pareja, eso o que su estadía fuese breve para no interrumpir su privacidad. Casi brota de él la carcajada que delataría su descubrimiento, pero logró contenerse con el tiempo suficiente para reemplazarla por una mirada de fingida ignorancia.

Era fácil sacar esas conjeturas, desde aquella vez que lo vio arreglar sus maletas dispuesto a dejar su estupidez de lado para buscarla sin volver al departamento que compartía con él, aún cuando Gelda pasó la fase de recuperación y gozaba de salud. Zeldris compró un sitio para decir que tenía donde quedarse, pero Estarossa sabía perfectamente que era un tipo de excusa, un disfraz innecesario. Gelda estaba más que radiante recibiendo sus atenciones y su hermano, él era pleno sin decirlo abiertamente.

-Dalo por hecho, cuñada -Estarossa gozó al decirlo.

-¡Llevaremos las nuevas recetas de Ban! -anunció Meliodas con efusividad- tienes que probarlas.

Con la promesa de volver a verse se despidieron en los estacionamientos, Zeldris abrió la puerta para ella antes de adentrarse al auto tomando el asiento de piloto. La situación que era común en ambos le recordó a Gelda la primera vez que compartieron transporte. Con una sonrisa cómplice tomó una de sus manos acariciando con su pulgar la extremidad que no le pertenecía.

-¿No te trae recuerdos encontrarnos en esta situación? -consulta con dulzura, su tono de mujer enamorada sale a flote cuando el gesto de Zeldris pasa de la curiosidad al entendimiento- Edimburgo, de camino a conocer a mi padre, tratando de soportar mi interés por ti.

La boca masculina dejó escapar un sonido antes de hablar- ¿Lo estabas? -cuando Gelda asintió se encontró divertido reconociendo que sus conjeturas no estaban desacertadas, ella ya había fijado sus encantadores ojos en él y Zeldris recuerda pensar en el momento de regresar porque le parecían desagradables.

-Eras misterioso y encantador al mismo tiempo, muy poco pude hacer para no verme deseosa de hablarte cada vez más.

Gelda no lo dijo, pero verlo hacer una especie de gesto de desaprobación como medida para que ignorase su rostro sonrojado le confirmó, como cada día, que una de sus mejores decisiones había sido quererlo a él. Cuando Zeldris besó su mano antes de encender el auto ella le acarició el rostro con la mano libre.

El viaje de vuelta a su casa fue tranquilo, intercambiaron trivialidades e hicieron una parada rápida en un local de comida a petición de la joven, muy pocas veces pudo darse la oportunidad de comer algo que no estuviese balanceado o no fuese nutritivo y ese día quiso sentirse más del común, porque eso consiguió después de conocer el veredicto del juez, una mujer con la capacidad de tomar sus propias decisiones. Zeldris le siguió el juego, ordenó uno de los combos que incluían hamburguesas grandes, agrandó el pedido y, en cuanto cerró la ventanilla para avanzar hasta donde lo recibiría, la risa melodiosa de su pareja se escuchó dentro del auto.

-Glotón.

-No fui yo quien pidió hacer la parada -respondió sonriendo, en sus ojos el brillo de la complicidad acompañó las palabras.

-Eso no justifica tu pedido -agregó Gelda como resolución a su juego de intercambio.

-Un daño colateral de tu decisión -argumentó Zeldris, en esa ocasión le ofreció una mirada de confianza que resaltó sus facciones.

Su pareja no sintió verguenza al admitir internamente que, después de ese gesto, quiso llegar con prontitud a la residencia. Deseaba besarlo, pero no parecía apropiado hacerlo en ese momento. Cuando él reanudó la marcha depositando la gaseosa en el portavasos, Gelda le agradeció sin llegar a vocalizar.

Al llegar a su destino, fueron recibidos por el personal que se encontraba esperando a la dueña del lugar, Zeldris estacionó el auto, pero no hizo ningún tipo de movimiento que indicara su salida.

-¿No vas a quedarte?

-No, tengo trabajo y necesito acomodar unos documentos que se llevará Estarossa -mientras hablaba empacó la comida de ella utilizando la bolsa donde recibió el pedido. Se giró, depositando en sus manos la compra y, con su mano libre, acarició su pómulo a modo de consuelo.

-¿Vendrás mañana?

Zeldris negó- nos veremos en tu nueva casa.

Entiendo -Gelda asintió con mayor optimismo. Comprendía perfectamente que ambos tenían asuntos que atender además de su relación, no negaría que algo de añoranza estaría presente mientras intentaba conciliar el sueño sin sus brazos rodeando su cuerpo, pero dos días en soledad le permitirían acomodar en cajas el resto de sus pertenencias.

Antes de salir colocó la bolsa sobre sus piernas, tomó del rostro a su novio y con una sonrisa le plantó en sus labios un beso que fue intensificando conforme los segundos pasaban. Ella quería que recordara ese último toque, que sintiera la misma necesidad que experimentó en el local de comida.

Zeldris evitó su política interna de recato, después de todo ambos pasaron por demasiadas experiencias amargas como para no reconocer que el tiempo y la distancia se vuelven caprichosos. Se dejó llevar mordiendo suavemente su labio inferior, no quería lastimarla bajo ninguna circunstancia; introdujo su lengua cuando el permiso se hizo presente y dejó que danzara al compás de la de Gelda. En su intercambio, ella produjo un sonido de satisfacción que lo tensó como una cuerda de guitarra, el escaso control que poseía lo arrancó de las garras del placer que experimentó en ese beso, separándolo con gran esfuerzo de su novia.

Dejarse llevar no significaba que estuviese preparado para todo lo que suponía el término, pudo confirmarlo cuando regresó a su posición para conducir intentando controlar el calor que amenazaba con quemarle las orejas.

-Regresa con bien, nos veremos pronto -escuchó la voz de su pareja un poco más dulce que lo acostumbrado, seguramente hechizada por el momento que compartieron. Él también sentía lo mismo, pero era incapaz de continuar sin verlo indecoroso, se encontraban en su auto.

Sudó frío al confirmar internamente que de no encontrarse en ese lugar, sino en su habitación, otro tipo de historia sería narrada. Las charlas de Estarossa y Meliodas en las que estuvo inmerso indirectamente se revolvieron en su cabeza.

-Descansa -agregó Zeldris, arrepintiéndose de hablar en cuanto escuchó su tono de voz grave.

Solo cuando estuvo seguro que Gelda entró en su casa dejó que su cabeza golpeara el timón. Arruinado era un término muy alejado de su euforia, pero sí lo suficientemente cerca de su dilema mental. A comparación de sus hermanos, él era inexperto, nunca le interesó involucrarse en un noviazgo o una aventura si de simplismo se trataba porque le quitaba tiempo que invertía intentando ser notado por su padre. ¿Y si al volver a verse su falta de conocimiento la decepcionaba? No es que pensara que Gelda era superficial, la mujer había demostrado con cada acción que estaba lejos de eso; pero aunque no sea el caso, una parte de él simplemente no podía borrar la idea.

¿Escribirle a Estarossa por consejos? Primero muerto, ¿Algún amigo? Ninguno sería capaz de abordar el tema con seriedad y solo terminarían fisgoneando su vida… sólo podía recurrir a la información de los sitios de internet. Era lo mejor que podía hacer por el momento.

Después de llegar a su apartamento bajó todas sus pertenencias, encendió la televisión y comió mientras oía los informes de la economía general del país. El descanso acabó tan pronto como dio el último bocado a su hamburguesa, Zeldris llevó las envolturas al cesto de basura acostumbrado a un sistema de organización que no dejaba espacio para irresponsabilidades, de esa misma forma trajo hasta su mesa de trabajo todo lo que tenía que resolver.

El tiempo después de tomar el primer papel, le pareció, fue a una prisa inexplicable. Finalizó su trabajo después de la una de la madrugada, entre mensajes de Estarossa y el equipo de "Los Mandamientos". Agotado era un término bastante vago para lo que experimentó esa noche, su vista se cansó al igual que su espalda. Lo primero que hizo después de terminar fue cerrar los portafolios de los documentos, separándolos por pequeños grupos en base a cada persona que se los llevaría; después tomó una larga ducha caliente, le relajó los músculos y tranquilizó su humor irritado por soportar las preguntas informales de sus contactos.

A pesar de ser Estarrosa y su círculo al que podía llamar "amigos", la estúpida pelea por los padrinos y madrinas de la boda inexistente de él estaba sacando lo peor de Zeldris. Habían superado la fase de preguntar el nombre de su novia gracias al soplón que tenía por hermano, que después de unas de las reuniones que sostenían para mostrar los avances de la compañía, atendió una llamada de Gelda dejando en claro a viva voz de quien se trataba.

Cuando le preguntaron él tampoco lo negó. No es que deseara mantener en secreto su relación por considerar que ella lo desprestigiaba, todo lo contrario, era tan afortunado en poseer su cariño y ser capaz de retribuirlo.

Después de presentarla oficialmente con ellos y verlos levantar los pulgares en aprobación cuando ella no los miraba, comprendió que el tema de su relación sería sacado a colación en cada momento sin su consentimiento.

Con esos pensamientos rondando en su cabeza se vió incapaz de retrasar lo inevitable. Así que al llegar a su cama empezó la búsqueda. Siendo una persona racional, no optó por foros de debates o sitios de opinión, prefirió leer boletines de información dado por médicos y personas versadas. Decir que lo pasó bien sería una gran mentira, estuvo bien al inicio de encontrar consejos para una relación estable y cómo demostrar afecto, pero conforme saciaba su conocimiento más avergonzado se encontró, nunca exploró su sexualidad y hacerlo por primera vez supuso que sus hormonas tuvieran cierto control de la limitada imaginación que tenía en el tema.

Amaba a Gelda tanto como la deseó esa noche.

Como era de esperarse, al quedarse dormido recreó parte de sus conocimientos teóricos adquiridos en el sueño. Se vió envuelto entre las caricias dóciles de las manos femeninas mientras las suyas se ocupaban de deslizar su vestido blanco. Hubo placer crudo en cada toque que le proporcionó a su enamorada, la recreó con cada caricia devota como si de una divinidad se tratase. Pronunció su nombre tanto como la escuchó pronunciar el de él, envueltos entre el fuego que abrasaba sus cuerpos, que los reducía al sentimentalismo e ignorancia del raciocinio. Trazó caminos sobre la piel femenina, besó y mordió cada rincón que la veía provocarle placer.

Y antes de fundirse con Gelda hasta perder la razón, él despertó con el sonido de la alarma de su teléfono. Nunca experimentó tanta vergüenza y decepción antes, sus sentimientos se debatían entre el reconocimiento del bochorno que supondría memorizar ese sueño, que haría cuando la volviera a ver y el hecho de aceptar que una gran parte de él quería haber terminado lo que vió.

-No puedo comportarme como un adolescente hormonal -gruñó con fastidio.

Revisó su celular descubriendo los mensajes de su hermano que anunciaban la hora de su llegada, Estarossa se quejaba de levantarse temprano, pero sorprendentemente adoptó con responsabilidad su cargo. Eso sí, no dejaba de ser el coqueto sin remedio que ofrecía una sonrisa a toda mujer que pudiese sacarle provecho. Zeldris lo consideró un caso perdido, pero mientras no afectara su desempeño no vio problema en ignorar ese comportamiento.

Zeldris dejó de ser el verdugo que necesitaba ser perfecto y hacer a todos impecables herramientas.

Antes de la visita de Estarossa salió a correr, completó su rutina de ejercicios, se duchó con agua fría y vistió con ropa de trabajo, él desayunaría con algunos posibles accionistas mientras su hermano se encargaba del trabajo dentro de la empresa. El rostro de sorpresa que puso su familiar al ser notificado fue el recordatorio de las pocas expectativas que su padre le hizo tener en él. Los dañó a ambos, destruyó sus mentes y gobernó sobre ellos hasta que lograron escapar de su yugo.

-¡Tu hermano favorito ha venido a visitarte, abre la puerta que el clima está insoportable! -lo escuchó gritar detrás de la puerta. Al abrirle, Estarossa le ofreció un gesto de falso alivio- oh, vaya, no me he dado la oportunidad de mirar esto a fondo.

Se refería a su hogar temporal. Zeldris lo observó contemplar toda su residencia con un rostro que reflejaba curiosidad.

-Los papeles están en la mesa -comentó el menor tratando de contar su línea de acciones.

-Es justo como pensé que sería, lleno de un aura lúgubre y forma, por fortuna cuando te mudes con Gelda no te va a permitir seguir con eso.

-¿Cuándo qué? -repitió Zeldris sin poder aceptar el nivel de descaro que su hermano demostraba al hablar.

-¡Por favor, ya estamos grandecitos para fingir! -puntualizó el mayor- a no ser que se trate de vergüenza, ¿te cuesta aceptarlo, Zel? -al finalizar, Estarossa batió sus pestañas con gracia.

La carcajada del segundo hijo del sr. Demonio no tardó en llegar cuando recibió como respuesta un gesto obsceno de la mano de Zeldris. No le sorprendía que no fuese sincero, una respuesta contraria a no comentarlo si que le hubiese impactado a Estarossa. Además, tenía suficiente con su mortificación, al parecer la mención de la vida en pareja era un tema que rondaba su cabecita de cabello negro.

El pequeño bebé se estaba haciendo un niño grande…

Zeldris vió a su hermano limpiarse lágrimas falsas con sus dedos antes de darle palmadas en el hombro.

-Creces tan rápido.

Eso fue más de lo que el hijo menor del sr. Demonio pudo soportar, ofreció un rostro irritado como clara advertencia de su molestia. Era la señal que el segundo hijo necesitó para retirarse.

-¡Nos vemos, persona a la que pronto veré en los escaparates de anillos de compromiso! -gritó Estarossa antes de cerrar la puerta.

Cuando quedó nuevamente solo, el pelinegro dejó escapar un suspiro de frustración sin estar verdaderamente ofendido con la insinuación, todo lo contrario, por un vago momento se imaginó a sí mismo escogiendo el objeto para Gelda, una promesa más allá del noviazgo.

-pronto -se dijo sonriendo.