CAPÍTULO 15

Ninguno de los dos pegó ojo en toda la noche, dándole vueltas a lo ocurrido. Llegaron a la misma conclusión. Rosalie había dejado olvidado el tanga con la finalidad de que Bella lo descubriera y supiera que su marido se tiraba a otra. Después solo tenía que esperar a encontrárselos un día por la calle y reclamarlo. Lo había planeado todo y le había salido bien.

Había sembrado la semilla de la discordia en el matrimonio. ¿Cuánto tardaría en ir a recoger el fruto de lo que había hecho?

Bella no se quitaba de la cabeza la imagen de su marido con ella follando en el coche. Se torturaba una y otra vez con que él la besaba y le hacía el amor.

La rabia crecía en ella cada vez más, si es que eso era posible.

En el desayuno, ninguno de los dos habló. Ella ni siquiera le miró, aunque sabía que él sí lo hacía e imploraba su perdón con ojos de hombre derrotado.

Después Edward se marchó al gimnasio y ella llevó a Renesmee al campamento urbano de arte al que la niña estaba apuntada.

Regresó a casa y se sentó en una silla de la cocina pensando, dándole vueltas y más vueltas a lo mismo. Quería creer a su marido, pero algo le decía que Edward había disfrutado esos pocos minutos con Rosalie en el coche. Y eso era lo que más rabia le daba. Que él lo hubiera disfrutado. Pero ¿y si habían sido más ocasiones?

Se quitó el colgante que él le había regalado por su aniversario. No quería llevarlo puesto porque era como una mentira de su amor.

De pronto recordó el sobre plateado del otro Jardín y fue a buscarlo. Lo abrió con prisas y leyó el contenido.

Una ira tremenda la inundó al ver que solo lo invitaban a él, obviándola a ella, como si Edward estuviera solo y sin pareja.

Hizo trizas la carta. Si ella no lo acompañaba, él no iría tampoco.

—Hoy me iré de tiendas con mi hermana y luego a cenar por ahí —le comentó Bella a Edward en un tono frío—. Tendrás que recoger a Renesmee en el campamento a las cuatro y quedarte con ella.

—Bien.

—Vale —respondió ella y colgó el teléfono antes de que él pudiera añadir algo más o preguntarle si ya se le había pasado el enfado.

Se puso un liviano vestido de color melocotón, se maquilló y se arregló el pelo en un pequeño moño.

A la hora prevista, salió de casa y condujo hasta el centro de San Diego. Detuvo el coche al llegar a su destino y se bajó de él.

Despechada, entró en El Jardín de las Delicias y pidió un cóctel. Se sentó en un taburete de la barra y esperó.

El camarero se lo sirvió con rapidez y ella se lo bebió de un solo trago.

—Ponme otro —le indicó al chico.

Él lo hizo y ella, esta vez, solo se bebió hasta la mitad.

Estaba rumiando su furia y su malestar contra Edward cuando se le acercó un hombre de su edad, se sentó a su lado y comenzó a hablarle:

—¿Tu pareja no te acompaña hoy?

—¿Cómo sabes que tengo pareja? —preguntó ella.

—Os he visto en otras ocasiones.

Ella le miró de arriba abajo. No estaba mal físicamente. Nada mal. Se inclinó hacia su oído y le susurró:

—Mi marido está trabajando y yo tengo ganas de divertirme.

—¿Sabe él que has venido sola? —cuestionó el desconocido, al tiempo que le acariciaba un brazo lentamente.

Esa delicada caricia prendió chispas por toda su piel, pidiéndole más.

—Por supuesto que lo sabe. Me ha dicho que me lo pase muy muy muy bien —replicó con voz sensual.

—Entonces, te espero en la sala. Voy al vestuario para desnudarme.

El hombre se levantó de su taburete, pero antes de que pudiera marcharse, Bella le detuvo.

—Busca a cinco o seis así como tú. Quiero hacer mi propio gang bang.

—¡Vaya! Sí que tienes ganas de divertirte.

—No lo sabes tú bien.

La mirada lasciva que le dedicó junto con su sonrisa pecaminosa, le dijeron al hombre que ella estaba ansiosa por pasarlo bien.

Se marchó a cumplir el encargo de Bella y ella se terminó el cóctel. Después fue al vestuario, donde se desnudó, y de allí pasó a la sala en la que había quedado con el joven.

—Me marcho, Edward —le comunicó Jasper.

Ante la cara de extrañeza del dueño del gimnasio, su cuñado se apresuró a añadir:

—Recuerda que te comenté ayer que hoy tenía que acompañar a Alice al médico para hacerse unas pruebas de las que les mandan a las embarazadas.

Edward hizo memoria.

—¡Ah! Sí, ya me acuerdo, pero Bella irá con vosotros, ¿verdad?

—¿Bella? —Jasper se mostró sorprendido—. No. Vamos, a mí no me ha dicho Alice nada de que su hermana vaya a venir con nosotros al médico.

—Al médico, no. Pero a mí Bella me ha llamado hace un momento para decirme que iba a pasar la tarde con Alice viendo tiendas y que luego se quedarían a cenar por ahí.

Su cuñado meneó la cabeza negando.

—Eso no puede ser. Después del médico, donde vamos a tardar al menos dos horas porque siempre va con retraso —explicó Jasper—, hemos quedado con mis padres para darles la noticia. Ya sabes que aún no se lo hemos dicho a nadie, excepto a vosotros. Pero como todo va bien, hemos decidido no esperar más y, por lo menos, a la familia más directa comunicárselo.

Edward se quedó extrañado. Bella no solía mentirle. Siempre le decía a dónde iba, con quién y, si cambiaba de planes, le informaba.

Pero claro, teniendo en cuenta que ahora estaba enfadada por lo de Rosalie… Comprendía que no le hubiese contado sus verdaderos planes.

—¡Ah! Vale, pues lo habré entendido yo mal —se disculpó Edward—. A lo mejor me ha dicho que es mañana cuando ha quedado con Alice y yo he pensado que era hoy. Bien, Jasper. Vete tranquilo. Espero que no tardéis mucho en el médico y que tus padres se lleven una alegría.

—Gracias. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Jasper salió del despacho y Edward se quedó pensando en Bella. ¿A dónde habría ido y por qué le habría mentido?

Porque era obvio. Estaba enfadada, herida, molesta con él, despechada… De repente, sin saber bien por qué, tuvo una corazonada.

Agarró el teléfono móvil y marcó el número de Ángela.

—Hola, buenas tardes, Ángela —saludó a la babysitter. Esta le correspondió al saludo con su acento mexicano y su voz tan dulce y alegre—. ¿Estás libre esta tarde? Es para que te quedes con Renesmee a partir de las cuatro y cuarto, que vuelve del campamento.

Escuchó la respuesta afirmativa de la niñera y se despidió de ella.

Bella salió del vestuario e iba a reunirse con su amante ocasional y los hombres que él hubiera conseguido para ella, cuando se encontró con Jacob y Sam.

—Hola, querida —la saludó Sam.

—Hola, preciosa —dijo Jacob, que recorrió su cuerpo desnudo con una lasciva mirada, recordando los momentos que había pasado con ella, follándosela, la vez anterior.

—Buenas tardes a los dos.

Jacob miró por encima de su hombro hacia el vestuario masculino.

—¿Estás esperando a Edward?

—No.

Aquella respuesta sorprendió a sus amigos.

—¿Has venido tú sola? —preguntó Sam. Ella asintió.

Jacob entrecerró los ojos.

—¿Lo sabe Edward?

Ella negó.

—Y vosotros no le vais a decir nada, ¿verdad? —añadió. Jacob y Sam se colocaron a ambos lados de ella.

—Bella, nosotros no queremos que tengáis problemas. Si has venido sin que Edward lo sepa…

—comenzó Jacob, pero ella le cortó.

—Pues si no queréis que tengamos problemas, no se lo contéis y ya está. Guardadme el secreto. Es lo que hacen los amigos, ¿no?

—¿Y a dónde dices que vas ahora? —preguntó Jacob, echando a andar a su lado.

—A la sala. He conocido a un hombre muy atractivo en el bar y me está esperando. Él y otros cinco o seis más. Voy a tener mi propio gang bang —le contó sonriente.

Jacob se mostró preocupado. Miró a Sam comunicándose con los ojos. Sam dio media vuelta y se marchó por el pasillo. Jacob se quedó con ella.

—¿Alguna vez has hecho uno?

—No, pero siempre hay una primera vez para todo —dijo Bella con la voz teñida de excitación y ansiedad.

Su amigo la agarró del brazo para detenerla.

—¿Por qué le haces esto a Edward? ¿Qué ha pasado? ¿Estáis… Estáis peleados? Creo que lo mejor sería que os sentaseis a hablar y arreglar las cosas como personas civilizadas. No viniendo a un local liberal para desquitarte sexualmente por lo que…

Bella no le dejó acabar.

—Lo que yo haga es asunto mío. Lo que pase en mi matrimonio también. De la manera que yo resuelva mis diferencias con mi marido igual. Así que no te metas. ¿Está claro?

Agarró la mano con que él la retenía y con un tirón brusco lo obligó a soltarla.

—Bella, te vas a arrepentir. Tienes una vida maravillosa. No tires por la borda tu matrimonio con Edward. El club, tanto sexo… No vale la pena —le aconsejó su amigo.

Pero ella ya se alejaba por el pasillo, acercándose a la sala, a su meta.

—¿Edward? Soy Sam, querido.

—Hola Sam. ¿Qué tal estás?

—Bien, bien. Te llamaba porque… —hizo una pequeña pausa. Edward notaba en su voz que algo le había angustiado—. Bella está aquí. En el club. Sin ti. Sola.

—Me lo imaginaba —respondió Edward. Su intuición había acertado y más después de ver en casa el colgante que le regaló a su esposa por su aniversario. Ella se lo había quitado y eso le dijo a Edward muchas cosas—. Por eso yo también estoy aquí, aparcando el coche. Enseguida entro.

—Por favor, date prisa antes de que tu mujer cometa una locura —le rogó su amigo.

—Ya voy, tranquilo.

Cuando Bella entró en la sala la esperaban cuatro hombres, incluyendo con el que había hablado en la zona del bar.

—¿Solo estos? —cuestionó ella mirándole y poniendo un mohín.

—A estas horas no hay mucha gente por aquí —se excusó él.

—Bueno, tendrán que servir —dijo observándoles a todos.

Se colocó en medio de los cuatro, que empezaron a acariciarla por todas partes. Ella cerró los ojos y se dejó tocar. Una boca se apoderó de su pecho izquierdo, otra distinta del derecho y otra del cuello, que subía y bajaba desde sus labios hasta su garganta, recorriéndola con pequeños besos y con una lengua juguetona que dejaba un rastro húmedo sobre su piel.

Un par de manos se apoderaron de su sexo, abriéndoselo para lamer su nudo de nervios. Poco a poco fue calentándose. Notó cómo un dedo se metía en su interior, luego otro, y una voz que decía:

—Se está mojando muy rápido.

Abrió los ojos para ver quién había hablado y descubrió que era el hombre del bar. Le sonrió lasciva. Él era quien estaba arrodillado entre sus piernas, chupando e introduciendo los dedos en su sexo.

El que estaba a su espalda, la obligó a agacharse presionando con sus manos en los hombros de Bella.

—Ponte de rodillas y chúpanosla a todos —le ordenó.

Bella no quería perderse el placer que le estaba dando el que tenía los dedos en su interior, así que abriéndose más de piernas, se colocó en una posición que permitiera que el hombre siguiera con sus tocamientos.

Edward observaba todo desde la puerta. Antes de entrar a la sala, había pasado por el vestuario para desnudarse. Le encantaba ver cómo su mujer disfrutaba del sexo, aunque por la razón que lo hacía —para vengarse de él por lo de Rosalie— no era la correcta. Pero si así quería desquitarse, la dejaría hacerlo. Era el castigo que ella quería imponerle.

—¿No la vas a detener? —preguntó Sam con Jacob a su lado. Él negó con un movimiento de cabeza.

Sus amigos se miraron entre sí y los dos se encogieron de hombros.

—Gracias por avisarme, chicos. No me perdería el espectáculo por nada del mundo — murmuró Edward—. Por cierto, necesito una cosa.

Les comentó lo que le hacía falta y Sam fue a buscarlo.

Los otros tres hombres que estaban rodeando a Bella se agarraron los miembros, y comenzaron a subir y bajar con sus manos por toda su largura. Mientras, ella se los metía en la boca, los acariciaba con su lengua unos segundos y después pasaba al siguiente.

Estuvieron así varios minutos hasta que uno de ellos le sujetó la cabeza contra su pene y no le dejó que lo abandonara. Los otros protestaron.

—Es que la chupa tan bien que no quiero compartirla —se disculpó con sus compañeros.

—Pues vas a tener que hacerlo, capullo —le recriminó otro.

—Mejor será que se tumbe en el sofá y nos la follemos mientras ella se la chupa a alguno de nosotros —aconsejó un tercero—. ¿Estás de acuerdo, bonita? —le preguntó a Bella.

Ella asintió con la cabeza y se recostó en el diván, con las piernas abiertas para que fueran pasando. Sin soltar el pene del que había hablado primero, alabándola por su buen trabajo oral, se lo volvió a meter en la boca y continuó donde lo había dejado.

El que le había estado metiendo los dedos, se colocó un condón y se insertó en ella con rapidez.

—Ohhh… Dios… Qué bueno… —gimió el hombre.

—Te doy dos minutos —le advirtió el otro—. Y luego me la pasas.

—Después voy yo —dijo el tercero.

—Y luego yo —pidió el que le estaba haciendo la felación.

—Tú ya tienes su boca, no seas abusón —se rio el primero.

—Ya, y es magnífica, pero también quiero probar su coño —le contestó el aludido.

—Escucha, muñeca, ¿cómo tienes la puerta de atrás?

Bella le entendió a la perfección. Se sacó un momento de la boca la dura verga del otro hombre para contestar:

—También podéis darme por ahí, aunque necesitaré un poco de lubricación y que me estimuléis esa zona —concedió, notando cómo un exquisito calor se alojaba en su bajo vientre—. Pero primero, mi coño quiere probaros a todos. A ver cuál es el afortunado que siente los espasmos de mi primer orgasmo de esta tarde. A ver a quién le aprieto la polla hasta dejarlo seco.

—¡Fantástico! —gritó el que había preguntado—. Pues vamos a cambiar posiciones. Tú — dijo al que estaba enterrado hasta la empuñadura en su sexo—, se te acabó el tiempo. ¿Quién iba después? ¿Quién era el segundo?

—Yo —se pronunció otro.

—Vale, pues ponte al lío y mientras ella que me la chupe a mí —mencionó el que se encargaba de organizar los turnos.

Este lo hizo y, al tiempo que se hundía en su sexo, con el dedo índice acariciaba el ano para ir preparándolo.

Sam regresó con el encargo de Edward y se lo dio.

—Necesito que llames a uno de los hombres que están con mi mujer. Tengo que decirle algo. Su amigo se acercó a uno de los que estaban esperando y le transmitió el mensaje de Edward.

Bella tenía los ojos cerrados, abandonada al placer y las sensaciones que estaba sintiendo.

El joven se acercó a Edward, quien le dio instrucciones de lo que tenía que hacer. Después regresó junto a Bella.

—He pensado que si te tapamos los ojos será más morboso, ¿no crees? No sabrás quién te está follando o quién te la mete en la boca. ¿Qué te parece, preciosa?

Bella lo pensó unos segundos mientras era empalada por uno de ellos y el dedo en su agujero, que había metido hasta la primera falange, la estiraba.

—Me parece bien. Así el juego se volverá más excitante —respondió jadeando.

Le taparon los ojos con un pañuelo de raso negro y, durante varios minutos, Bella sintió cómo era tomada por unos y por otros mientras ella hacía felaciones a los que quedaban libres. Uno de ellos se echó el gel en los dedos que le estimulaban el ano y metió dos en su agujero. Ahora ya estaba más preparada que antes y el calor que le inundaba el cuerpo se hacía insoportable.

El viciado aroma del sexo impregnaba la estancia y los sonidos, los gemidos y jadeos, resonaban en sus oídos haciendo que cada vez estuviera más excitada, pidiéndoles a ellos más y más fuerte.

No se acordó de Edward en ningún momento. Había ido allí, despechada, buscando placer, satisfacción y venganza. Pero se olvidó por completo de su marido en cuanto los otros hombres comenzaron a manosearla.

Lo único que quería era sentir. Más. Mucho más.

Un hormigueo incesante se estaba gestando entre sus ingles. Supo que no tardaría mucho en alcanzar su orgasmo. Uno de los hombres ya se había corrido en su boca y otro acababa de hacerlo entre sus pliegues con un gran gruñido masculino.

Salió de ella y se quitó el condón lleno de líquido.

—¿Ya habéis pasado todos por mi coño? —les preguntó. Ellos dijeron que sí a la vez.

—Pues ahora es el turno de mi culo —indicó poniéndose a gatas.

—¿Te atreverías con una doble penetración? —preguntó el que organizaba todo.

—Por supuesto —contestó ella, a quien la pasión del momento no la dejaba razonar con claridad.

El hombre que había hablado se colocó tumbado en el sofá y Bella le montó. Se inclinó hacia delante y este agarró sus pechos, comenzando a succionarlos como si fuera un bebé amamantándose de su madre. Ella notaba los latigazos de su lengua fustigándola y cómo por dentro ardía, como si estuviera en mitad de un incendio.

Otro se insertó poco a poco en su trasero, estirando el agujero para caber mejor, dando gracias al lubricante, que había hecho su función perfectamente. Cuando la hubo colmado, ella se sintió plena. Empezaron a entrar y salir de ella los dos, sincronizándose al momento. El tercero se puso al lado del diván y cogió la cabeza de Bella para meterle en la boca el miembro henchido mientras el cuarto descansaba, tras haberse corrido en su sexo.

—Dios mío, qué apretado está esto y cómo siento tu roce, colega —comentó el que estaba encima de ella al que estaba debajo.

Hasta ese momento habían tenido la estancia para ellos solos. Pero empezó a llegar más gente que, al ver que había un gang bang, quisieron imitarles.

Como había dos chicas más y unos cuantos hombres, les copiaron. Y al instante aquello se convirtió en una tremenda orgía digna de una bacanal romana.

Edward miraba a su mujer, con la piel perlada del sudor sexual. Bella era pura tentación. Hermosa, bella; su piel adquiría un tono rosado cuando se excitaba. Al estar con los ojos vendados, ella no sabía quién le daba placer y quién no, así que se dijo que era su momento para aproximarse a ella.

Bella sintió cómo el orgasmo la barrió y con un grito se dejó ir. Cayó laxa sobre el hombre que tenía debajo. El que estaba enterrado en su trasero también alcanzó su clímax. Salió de ella y se quitó el condón.

El otro la colocó mejor para poder moverla a su antojo y llegar a su liberación.

Edward se acercó a ellos. No dijo nada. Echó otro chorro de gel en el culo de Bella y se enterró en ella. Le agarró del pequeño moño para levantarle la cabeza y besarla en la boca.

Ella reconoció el olor de su marido, los labios en los suyos, y cómo la follaba por detrás. La calidez que emanaba de su piel. Podría reconocerle en cualquier parte, en cualquier lugar, aunque tuviese los ojos vendados como en ese instante. La manera de agarrarse a sus caderas, de clavarle los dedos, como si los estuviera tatuando en su piel.

—¿Le gusta así, fuerte y duro, señora Masen? —le susurró Edward en el oído mientras le deshacía el moño y metía los dedos entre los mechones.

—Contigo no —se quejó Bella—. Sal de mi cuerpo. No te lo mereces. El hombre que estaba debajo de ella alcanzó su éxtasis.

—¿Y ellos? ¿Ellos sí merecen disfrutar del sexo contigo? ¿Estos hombres sí pueden ser tus cómplices del placer y yo ya no? —cuestionó su marido mientras la empalaba por detrás con la fuerza de un toro.

—Ellos no me han mentido —jadeó ella.

Notó cómo el joven que estaba debajo salía de su cuerpo y se retiraba.

Edward también lo hizo. Abandonó su trasero y, cogiéndola en brazos como a una novia recién casada, se la llevó a otra sala donde tener un poco de intimidad.

Ella se resistió, pero al final tuvo que ceder.

Por el camino, se quitó el pañuelo de los ojos. Lo miró enfadada.

—Me ha gustado esto del gang bang —dijo Edward como si ella no le estuviera fulminando con la mirada—. Verte disfrutar siempre es un placer, amor mío. ¿Qué te ha parecido a ti?

—Vete a la mierda —respondió ella ante su tono jocoso.

—Si es contigo, voy donde sea.

—Bájame.

—Cuando lleguemos a donde me dirijo. Por cierto, te has quitado el colgante que te regalé por nuestro aniversario.

—No mereces que lo lleve puesto —soltó ella enfadada.

—Aunque no lo lleves puesto, tú siempre serás la dueña de mi corazón.

Ella no hizo más comentarios. Bajó la vista hacia el pecho de su marido y comprobó que él sí llevaba puesta la llave.

Edward siguió andando hasta que llegaron a la puerta de El Jardín Secreto.

Bella observó que el gigante Emmett estaba apostado en la puerta, como siempre, atento y alerta.

Los vio llegar y se irguió aún más.

Edward bajó al suelo a su mujer justo delante del hombre.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó ella.

—¿No querías ver El Jardín Secreto?

—Sí, pero… en la carta solo te invitaban a ti.

—Y por eso la rompiste —afirmó más que preguntó. Ella asintió.

Él miró a Emmett.

—Edward Masen y su esposa, por favor.

El hombretón sacó del bolsillo un teléfono móvil y comenzó a buscar algo.

Bella se preguntó interiormente si no le resultaría raro estar vestido con tanta gente desnuda a su alrededor. El día que ella fue acompañando a Jacob sí se sintió fuera de lugar. No comprendía por qué el gigante no lo hacía. Lo repasó de arriba abajo y también quiso saber si, rodeado de tantas personas sin ropa, se excitaría. Pero desechó los pensamientos de inmediato.

—Por cierto, ¿cómo es que estás aquí? —le preguntó de repente Bella a Edward—. ¿Y Nessie?

—Está con Ángela —respondió él mientras que con el dedo pulgar le acariciaba el dorso de la mano.

Ella notó la caricia como si fuera una lengua de fuego que le lamía la piel, haciendo que sus terminaciones nerviosas se alterasen.

—Cuando la recogí en el campamento —explicó su marido en susurros—, la llevé a casa y, mientras esperaba que llegase la niñera, vi que habías hecho trizas el sobre plateado. Investigué un poco y resulta que no es necesario traerlo. Emmett tiene en una lista los nombres de los invitados a entrar en el club vip.

Justo en ese momento, el gigantón alzó la vista del móvil y los miró.

—Entrad y esperad a que os reciban —dijo abriendo la puerta que había a su espalda.