«Scars deeper than love»

Todo de Hajime Isayama.

Summary:
AU. Luego de una tragedia que cambió sus vidas para siempre, Mikasa es vendida a una casa de geishas a sus trece años de edad siendo separada del niño con el que se crió toda su vida, Eren Jaeger, solo para reencontrarse diez años más tarde, probando la fuerza de su amor y re-abriendo heridas del pasado. Eremika.


N/A: *grita por siempre*


—o—

La voz de Frieda retumbaba en cada recoveco de la okiya, penetrando las paredes más profundas y ensordeciendo los oídos de sus tan queridas geishas con alaridos sin sentido.

Sin embargo, Mikasa no podía oír nada.

Nada en lo absoluto.

Su cuerpo permaneció sentado en el desgastado sofá en completo silencio, ojos perdidos en un candelabro que palpitaba su fuego tan fervientemente como lo hacía su corazón, rogando y suplicando correr tras Eren y pedirle que no se fuera, que la llevara con él, que estaba dispuesta a arriesgarlo todo como lo había hecho de niña, escapando de la okiya sin siquiera pensar en las consecuencias. Al demonio su plan de heredar la okiya, de usarlo como su máxima ventaja para pagar su propia libertad y la de su mejor amiga Sasha. Mikasa habría hecho cualquier cosa para irse con él, pero las circunstancias no estaban a su favor.

Nunca lo estaban.

—¡Cómo pudo suceder esto! —chillaba Frieda, caminando de un lado hacia otro, Nanaba correteando detrás de ella, rogándole que se calmara. Sasha, sentada a su lado, rodeó su hombro con sus brazos, observando tristemente la manera en que Mikasa permanecía en silencio con su mirada fija en el candelabro. Annie y Gabi permanecían junto a la pared, demasiado temerosas de intervenir.

—Frieda, hermana, por favor, tranquila.

—¡Mira su rostro, Nanaba! —Frieda apuntó el dedo a Mikasa—. ¡La arruinó por completo! Jamás, en toda mi maldita vida sosteniendo ésta okiya, me ha sucedido algo como esto. ¡Jamás!

Nanaba asentía, alterada.

—Lo se, lo se, tranquila.

—¡Y tú! —gritó Frieda de nuevo, acercándose a Mikasa—. ¡¿Qué demonios hiciste para que te dejara así?! ¿Tienes idea de cuánto tiempo tardarán esas heridas en curarse? Por todos los dioses, Nanaba, nos quedaremos en la quiebra, ¡en la quiebra! ¡Terminaremos en la calle!

Frieda continuó con su reproche, culpando a Jean, culpándola a ella, a Patrick, a cada persona que se cruzaba en su mente, pero ni las dulces palabras de Nanaba ni las tímidas palmadas de Annie sobre su hombro lograban calmar su furia. Mikasa permaneció en silencio, demasiado agotada cómo para intentar defenderse, no importara lo que dijera, Frieda continuaría culpándola. Sasha acarició su cabello y los párpados de Mikasa se cerraron suavemente ante el gesto, lágrimas descendiendo de sus hinchados ojos y provocando ardor en sus heridas. Con el paso de los minutos, su rostro comenzaba a doler aún más.

—La Policía Militar tomará represalias, estoy segura. Dioses, esto es terrible, terrible. Mira en el desastre en el que nos arrojaste, niña estúpida.

Mikasa mantuvo sus ojos cerrados, llorando en silencio, cuando el timbre de la puerta interrumpió sus pensamientos y la obligó a alzar la mirada. Frieda calló al instante, y todas las geishas presentes se miraron la una a la otra. Mikasa, tensa como una roca, sostuvo la mano de Sasha en completo temor. ¿Y si era la Policía Militar? ¿Y si habían venido a secuestrarla y torturarla, por haber hecho enojar a uno de sus más grandes aliados? La mirada de Frieda no pasó desapercibida para Mikasa. La mujer caminó hacia el pasillo que llevaba hacia la puerta principal, abriéndola repentinamente, y un apresurado Jean apareció en escena.

—Tú, ¡tú! —gritaba Frieda, siguiendo sus pasos hacia la sala—. ¡Todo esto es tu culpa! ¡Se supone que eres su danna!

Jean se detuvo frente al marco de la puerta, pálido y con su mandíbula firmemente apretada ante la imagen de Mikasa, golpeada y ensangrentada, por el socio con quien se suponía debía firmar un contrato millonario. Frieda continuaba gritándole, pero Jean no parecía escucharla. Sus ojos permanecieron fijos en Mikasa y ella devolvió el gesto, apretando la mano de Sasha aún más firmemente. Por alguna razón, por primera vez en mucho tiempo, Mikasa le tuvo miedo.

Entre los gritos escandalosos de Frieda y las miradas de temor de Nanaba, Jean habló en un suave susurro.

—Déjanos a solas.

Todos callaron.

Frieda jadeó, terriblemente molesta al ser ignorada de esa forma.

—¿Quién te crees que eres para venir aquí a darnos órdenes, luego del desastre que has causado? No creas ni por un segundo que yo–

Jean apartó la mirada de Mikasa por primera vez desde que llegó y descansó sus ojos sobre Frieda. Mikasa notó frialdad y desprecio puro en ellos.

—Ten mucho cuidado, Frieda. Que no se te olvide que Mikasa me pertenece, y que sin mi generosidad esta maldita okiya estaría en la ruina. Ahora lárgate y déjanos a solas antes de que me arrepienta y te deje en la calle.

Frieda alzó el rostro, desafiante, pero Nanaba la tomó del brazo con terrible temor. Jean era peligroso, Jean era la Policía Militar, y Nanaba era sabia al no ceder a desafiarlo. Miró al resto de las geishas, incluida Sasha.

—Vámonos, niñas.

Poco a poco, Frieda y las demás abandonaron la habitación, cerrando la puerta corrediza detrás de Jean y finalmente dejándolos a solas. Mikasa lo observó por un momento, pero bajó la mirada hacia sus manos, sin saber exactamente qué decir. Incluso si Jean era su danna, temía que pensara como Frieda, temía una respuesta impredecible. Jean avanzó hacia ella a paso lento, dejando escapar un suave jadeo antes de caer de rodillas frente a ella, sosteniendo sus manos y admirando su rostro lastimado.

—Mikasa... —susurró, apartando el cabello de su frente—. Por todos los dioses... lo siento tanto.

Él tomó sus manos de nuevo, besando sus nudillos.

—No sé qué demonios decir, no puedo creerlo. Te prometo que Patrick pagará por lo que hizo, prometo que yo–

—¿Lo sabías?

La inesperada interrupción de Mikasa lo dejó anonadado. Jean abandonó sus labios de sus frías manos, alzando el rostro con profunda confusión. Encontró sus ojos llorosos observándolo con temor y frialdad; por un instante se quedó sin palabras. Jean frunció el ceño.

—¿De qué hablas...?

Mikasa quitó sus manos de su agarre.

—¿Sabías lo que Patrick haría conmigo? —acusó, deseando sonar fuerte y decidida, pero su boca solo emitió un quebradizo murmullo—. ¿Lo sabías desde el momento en que le ofreciste mis servicios?

Jean parpadeó, inclinándose levemente hacia atrás. Mikasa no podía leer su rostro, Jean no era como Eren, Jean no era un libro abierto. Allí donde Eren era honesto y transparente, Jean era una máscara de múltiples caras.

—Mikasa, ¿estás hablando en serio? —acusó, profundamente herido. Jadeó, incorporándose del suelo para sentarse a su lado en el sofá—. ¿De verdad crees que yo te pondría en peligro de esa manera? Jamás habría pensado que–

—Dijiste que debía dar lo mejor de mí para que firmara tu contrato —susurró Mikasa, sus palabras cobrando más y más sentido con cada aliento que respiraba—. Le ofrecí mis servicios dos veces, y no fue suficiente. Arreglaste otro encuentro más, mucho menos formal que los anteriores, y me pediste que diera lo mejor de mí.

Jean permaneció en silencio por largos minutos, su rostro atravesando una larga carretera de emociones. Dolor, sorpresa, enfado, frialdad, y finalmente indiferencia. Podía notar la vena de su cuello palpitar lentamente.

—¿De verdad piensas eso de mí? —preguntó Jean, abatido.

Mikasa apartó la mirada, limpiando sus lágrimas.

—No importa lo que yo piense. Eres mi danna —susurró, saboreando la dura realidad en la punta de su lengua—. Te pertenezco. Soy tuya y puedes hacer conmigo lo que desees. Mis opiniones personales no importan en lo absoluto.

—Mikasa...

Ella se incorporó del sofá, haciendo una mueca ante el dolor que poco a poco su cuerpo comenzaba a experimentar.

—Quiero mis días libres, Jean, y lo digo enserio —anunció, volteándose a verle—. Con el rostro así, dudo que alguien quiera contratarme. Y necesito descansar. No volveré a trabajar hasta recuperarme. Si quieres que permanezca en Rose, lo haré. Si quieres que me oculte aquí, también lo haré. Pero no trabajaré hasta entonces, ni siquiera para tus amigos de la Policía Militar.

Sin decir nada más, Mikasa se dispuso a marcharse de la sala, pero la voz gélida de Jean hizo que se detuviera en su lugar, especialmente cuando decidió cambiar el tema tan drásticamente.

—Olvidaste devolverle tu chaqueta a Jaeger —comentó, logrando que Mikasa se volteara. No había pena o dolor en su rostro, ya no. Su fría mirada la hizo estremecer. Con su mentón, Jean señaló débilmente la chaqueta cubriendo el cuerpo de Mikasa.

Mikasa asumió que Jean se enteró de todos los detalles por parte de Patrick, la manera en que Eren había intervenido, la golpiza que posiblemente le había dado a sus espaldas y la forma en que la había escoltado de regreso a la okiya. Sin embargo, la imagen de Eren le otorgó el valor necesario para responder.

Sus hombros se encogieron suavemente.

—Supongo que tendré que devolvérsela en cuanto tenga la oportunidad.

Jean dejó escapar una risa amarga.

—Ya veo —murmuró, asintiendo—. Debe ser un gran amigo.

Mikasa asintió.

—Lo es. Mucho más leal y gentil que todos los perros que frecuentas en la Policía Militar.

Jean asintió de nuevo, sus ojos viajando alrededor de la habitación.

—¿Crees que deberíamos ofrecerle tus servicios? —preguntó, con una falsa curiosidad. Estaba jugando con ella—. Honestamente, dudo que se sienta cómodo entre geishas. Según he oido, prefiere la compañía de prostitutas.

Mikasa sonrió suavemente. No le daría le gusto de herirla. Ya no.

—Estoy segura que Eren no las golpea e intenta abusar de ellas después —repuso, y ese fue su comentario final. Con un suspiro, abrió la puerta corrediza—. Buenas noches, Jean.

Su danna permaneció en silencio un buen rato después de que Mikasa se hubiera ido.

—o—

A pesar de las circunstancias, Mikasa decidió optar por tomar la dramática situación y convertirla en una oportunidad positiva. El incidente en la casa de té de Pieck había provocado que Mikasa pudiera descansar más de lo que habría imaginado posible, sin clientes reclamando su presencia y con una agenda absolutamente vacía, Mikasa pasó el resto de los días siguientes encerrada en la okiya observando a sus hermanas marchar hacia sus respectivas responsabilidades, y la euforia dentro de su pecho crecía cada vez más cuando miraba impaciente el calendario, contando los días hasta que fuera Lunes, el día que volvería a ver a Eren de nuevo.

Una agenda casi vacía significaba que vería a su madre más seguido y aunque el temor de que Kushel la viera con el rostro así le producía una inquietud gigante, el deseo de visitarla eclipsaba toda inseguridad. A decir verdad, su cara ya no dolía, pero los moretones continuaban más vigentes que nunca, pero a Mikasa no le molestaba. Había recibido peores heridas que esa.

Cuando el Lunes llegó a su puerta, impaciente, Mikasa se vistió con un suéter rojo, su chaqueta, una larga falda marrón y unas botas. Se resguardó en su bufanda, sonriendo al poderla tener consigo otra vez, y marchó rumbo a Rose con la excusa de que se quedaría en su departamento junto a Jean por el resto de la semana. Frieda no la cuestionó; y a decir verdad, era una mentira que Mikasa pensaba utilizar mas seguido. Jean no había vuelto a contactarla desde su última conversación, no había llamado ni enviado a nadie a traerle algún tipo de mensaje y para Mikasa eso presentó un alivio, pero su silencio era también motivo de profunda inquietud.

La nieve dio paso a Mikasa a través de las vacías calles de Shiganshina y sus ojos observaron con maravilla los copos aterrizar sobre sus pestañas, besándolas suavemente. Cerró los ojos durante un instante, respirando el aire puro, probando en su boca una pequeña pizca de libertad. Suspiró, algo nerviosa, y se puso en marcha. A pesar del largo recorrido que le esperaba, Mikasa decidió viajar a pie, algo que nunca tenía la oportunidad de hacer como geisha. Pero hoy, Mikasa no era una geisha. Hoy simplemente era Mikasa.

Solo Mikasa.

Caminó con euforia por las desoladas calles de las murallas, observando las decoraciones navideñas con curiosidad y aferrando su bufanda alrededor de su rostro para mantenerla caliente. Aun conservaba el aroma de Eren.

La posada de su madre lucía el cartel de cerrado, pero las luces estaban encendidas y la figura de Kushel arreglando el mostrador le hizo tomar una gran bocanada de aire. Mikasa aún no podía creer que poseía la libertad de visitarla tan libremente y que durante las próximas semanas la ocasión se repetiría continuamente. Sus ojos notaron el auto negro de Eren aparcado frente a la posada, lo que significaba que él ya había llegado. Mikasa arregló su cabello corto, acomodó su bufanda y luego de un intenso suspiro se acercó lo suficiente para tocar la puerta.

Su madre oyó el sonido de inmediato, volteándose rápidamente. Sonrió, sus ojos brillando, pero la emoción no duró demasiado. Su rostro se contrajo en preocupación y se apresuró a abrir la puerta para dejarla entrar.

—¿M-Mikasa? —las manos de su madre sostuvieron sus muñecas, jalándola hacia dentro de la posada. Éstas se pasearon por todo su rostro, observando los moretones y apartando su cabello hacia atrás. Lucía realmente preocupada, sin embargo, Mikasa sonrió suavemente con la intención de calmarla—. Por todos los dioses, Mikasa, que te–

—No es nada, mamá, estoy bien —reafirmó Mikasa, sosteniendo las manos de su madre sobre su rostro mientras ésta le quitaba de su cabeza el gorro de invierno.

—¿B-Bien? Pero tu rostro-

El sonido de la puerta hizo que Mikasa apartara los ojos de su madre para ver a Eren llegar con sus manos repletas de bolsas, interrumpiendo la conversación. Su labio inferior aún cargaba con el pequeño moretón que llevaba la última vez que se vieron, ahora mucho menos prominente. Eren pareció oír lo que hablaban, cerró la puerta detrás y caminó hacia ellas.

—Deja de atosigarla o harás que quiera largarse —bromeó, dedicándole a Mikasa una cálida sonrisa que ella respondió de inmediato.

Camino al mostrador, Eren alzó su mano y acarició la cabeza de Mikasa a modo de saludo, apresurándose a deshacerse de todas las bolsas que cargaba. Mikasa siguió su silueta con sus ojos, aturdida por tantas demostraciones de afecto.

Kushel no parecía querer dejar la conversación a un lado. Miró a Eren, como si éste supiera algo que ella no, y sus ojos regresaron a Mikasa.

—Pero niña, ¡mira cómo estás! Santo cielo, ¿qué fue lo que te-

La puerta volvió a abrirse de nuevo.

—¡A-Ah! Eren, ¡no me dejes cargando esto solo!

Mikasa jadeó con sorpresa al ver a Armin entrar por la puerta, cargando una bolsa demasiado pesada para su delgado cuerpo.

—¡Armin! —exclamó, abandonando los brazos de su madre para corretear hacia él.

¡Armin! ¡Armin estaba aquí! Su corazón estaba a punto de estallar. Su amigo dejó caer su bolsa al suelo y la miró con asombro.

—¿M-Mikasa? ¡Bazinga! ¿Qué haces aquí? —ambos se abrazaron, Kushel volteándose hacia Eren para continuar con su interrogatorio, pero los ojos de Eren contemplaban la escena con una sensación demasiado complicada de explicar. No recordaba haberse sentido así en años. Armin pareció notar que algo no estaba bien, se apartó de Mikasa para ver su rostro—. Aguarda, ¿qué te pasó en la cara?

Kushel asintió, dándole la razón.

—¡Eso mismo quiero saber!

Mikasa se volteó a su madre, su cuerpo aun aferrado al de Armin. Lo había extrañado demasiado.

—No es nada, mamá, de verdad. Estoy bien, no te preocupes por mi.

Kushel parpadeó con aturdimiento.

—Pero…

—Hey, no es nada. Ya me encargué de ello, tranquila —habló Eren mientras sacaba los víveres de dentro de las bolsas y los colocaba en el mostrador.

Su madre lo miró, suspirando, y Mikasa pudo ver su cuerpo relajarse poco a poco. Encontró fascinante la manera en que su madre parecía confiar tan ciegamente en Eren que tan solo una palabra suya fuera suficiente para que abandonara su interrogatorio. Era una dinámica completamente nueva de ver, pues las únicas interacciones que Mikasa recordaba de ambos pertenecían a años demasiado lejanos donde las cosas solían ser completamente diferentes. Donde Eren era un niño travieso y Kushel una mujer constantemente batallando para enseñarle buenos modales. Pero Eren ya no era un niño, era un hombre, y Kushel confiaba en él.

Ver que su madre y Eren habían logrado construir una estrecha relación con el paso de los años hizo que el pecho de Mikasa se contrajera. Volteó hacia Armin.

—¿Te quedarás a almorzar?

Armin sonrió, asintiendo.

—No sabía que vendrías, qué bueno que estés aquí —dijo, un suspiro le hizo inspeccionar su rostro una vez más—. Creo que tenemos mucho de qué hablar.

Mikasa asintió, apenada. Su madre tomó las bolsas y suspiró, dispuesta a abandonar el tema.

—Vamos a la cocina.

Juntos marcharon hacia la casa, y mientras Kushel ocupaba su tiempo desempaquetando las cosas que utilizaría para cocinar, Armin, Eren y Mikasa tomaron asiento alrededor de la mesa para hablar. Procurando mantener su voz lo más discreta posible, Mikasa resumió en pocas palabras lo que había pasado en la casa de té de Pieck, observando con algo de incomodidad las apenadas muecas de Armin. Eren se mantuvo en silencio durante todo el relato, fumando un cigarro con la mirada perdida en un punto que Mikasa no se atrevía a encontrar.

—P-Pamplinas… —musitó Armin luego de que Mikasa hubiera terminado. Estrechó su mano por sobre la mesa y sostuvo la de Mikasa, los labios de Eren curvándose en una triste sonrisa ante el gesto—. Lo siento tanto, Mikasa. Si esa hubiera sido mi casa de té… demonios, sabes que nunca habría dejado que algo así pasara.

Mikasa sonrió un poco, asintiendo y apretando su mano en respuesta.

—Al menos ahora tendré días libres —repuso.

—¿Hablaste con Jean? ¿Qué dijo él?

Los ojos de Eren se alzaron ante la mención de su enemigo. Mikasa vaciló, dejando ir la mano de Armin.

—Está molesto —susurró, apartando el flequillo de su rostro—. Pero… aún así, no creo que haya nada que él pueda hacer.

Armin se removió inquieto en su asiento mientras Eren dejó escapar un bufido de irritación, claramente en desacuerdo con Mikasa. Inhaló su cigarro con mas fuerza.

—A-Aún así —añadió Armin—. Ten mucho cuidado, Mikasa. La Policía Militar está más inquieta que nunca, estoy convencido de que Patrick no se quedará de brazos cruzados luego de esto. S-Sin ofender, pero… prácticamente lo avergonzaste frente a toda la Legión del Reconocimiento.

Eren le dedicó a su amigo una ácida mirada.

—Eh, cabeza de coco.

El rubio se encogió de hombros como si Eren estuviera a punto de golpearlo. Alzó las manos en forma de paz.

—¡N-No estoy culpándola! Pero estoy seguro que Patrick esperaba que cooperaras con él, seguramente eres la primera geisha en todas las murallas que lo rechaza de esa forma.

Mikasa hizo una mueca, restándole importancia.

—No tienes que preocuparte por mí. Eres tú el que debe tener cuidado. Me dijiste que te marcharías porque querías abrir tu propia tienda de libros, pero eso no es todo, ¿verdad? Estás escapando.

Armin asintió, apenado.

—Siento no habértelo dicho, pero no quería involucrarte —Armin y Eren intercambiaron una mirada, y Eren continuó fumando su cigarro como si fuera la única cosa que pudiera calmarlo—. Cómo verás, ser amigo de éste bastardo tiene sus desventajas. Pero es un riesgo que estoy dispuesto a correr.

Eren sonrió suavemente ante su comentario.

—¿Ya te mudaste? —preguntó Mikasa.

Armin sonrió, sus ojos brillando tanto como el mar.

—Tienes que venir a visitarme —pidió, y luego miró a Eren—. Tienes que traerla, Eren. Mikasa, el mar es asombroso, te encantará. Es un pueblo muy tranquilo, y la playa siempre está vacía. ¡Podemos hacer una fogata y asar malvaviscos y construir castillos de arena! Es una pena que sea Diciembre, de lo contrario podríamos meternos en el agua. Por la noche las estrellas —

Armin continuó hablando, maravillado, y en la quietud de su relato los ojos de Eren y Mikasa se encotraron. Sus labios sonrieron gentilmente, los planes de Armin envolviéndolos a ambos en algo que parecía una promesa. Eren rodó sutilmente sus ojos hacia Mikasa, fingiendo fastidio ante un Armin que no parecía cerrar su boca. Mikasa rió, y Armin pareció notar la rareza de la situación.

Miró a Mikasa con confusión, y luego se volteó hacia Eren.

—¿Huh? ¿Qué sucede?

Mikasa rió de nuevo. Eren apagó su cigarro y revoloteó el cabello de Armin con su mano, abandonando la mesa para reunirse con Kushel en la cocina.

Confundido, Armin se volteó a Mikasa.

—¿M-Mikasa?

Con una risa sostuvo sus manos.

—Me encantaría ir, Armin.

Armin asintió, complacido por su respuesta, y continuó hablando por largos minutos. Con sutileza, los ojos de Mikasa desviaron su atención hacia Eren, quien yacía en la cocina junto a su madre. Intentaba robar una probada de la comida en la cacerola, ganándose una fuerte palmada en su mano por parte de Kushel, insistiendo que comería una vez que estuviera listo. Eren reía, asintiendo con desgano, mientras sus brazos envolvían a Kushel en un cálido abrazo. Ambos permanecieron en silencio por un rato, Mikasa podía ver a Eren susurrando algo por lo bajo, mientras su madre asentía suavemente, palmeando su brazo con evidente afecto.

El saber que su madre estuvo en buenas manos durante todos estos años, que nunca estuvo sola, que Eren se preocupaba lo suficiente por ella como para permanecer a su lado en lugar de huir y comenzar de nuevo en otra parte. Aún cuando Mikasa creía que él había huido, que la había abandonado…. nada de eso era cierto. Nada podía estar más lejos de la verdad.

Una vez que el almuerzo terminó de cocinarse, todos se sentaron a comer. Eren tomó asiento a su lado, Armin y su madre frente a ellos. Mikasa no podía recordar cuando había sido la última vez que compartió una comida tan poco formal, tan libre de tensiones y aroma a sake, despojada completamente de las voces de los hombres que ella tanto detestaba, pero plegada de los sueños de Armin, las palabras cálidas de su madre y el fuego intenso de Eren.

Y Kushel podía notarlo a la perfección. La manera en que Eren no apartaba su mirada de Mikasa, asegurándose que tuviera todo lo que necesitara. Mientras Armin llevaba la conversación, Eren y Mikasa parecían estar sumergidos en un pequeño mundo al que nadie tenía acceso. Hablaban por lo bajo, reían por lo alto, Eren quitaba de su plato los ingredientes que sabía eran los favoritos de Mikasa, como los champiñones y los tomates, y los arrojaba en su plato, asegurándose de que los comiera. Mikasa reía cuando notaba los labios de Eren cubiertos de salsa, tomando un pañuelo de la mesa para limpiarlos y dejando a Eren quieto como una estatua, conteniendo la respiración como un niño enamorado.

Kushel permaneció en silencio, observando, admirando una imagen que creyó nunca volvería a ver en su vida. Permanecieron el resto de la tarde alrededor de la mesa, bebiendo café y hablando de cosas que hacían reír a Mikasa. No hubo conversaciones políticas ni económicas, ni dolorosos recuerdos del pasado o anécdotas sobre geishas cansadas. Eren se aseguró, por sobre todas las cosas, de que Mikasa se sintiera cómoda.

Cuando el día dio paso a un cálido atardecer, decidieron que ya era hora de marchar. Armin afirmaba tener un largo viaje por delante, y Mikasa temía permanecer en la posada por mucho tiempo. Mikasa se despidió de su madre con un fuerte abrazo, y junto a Eren y Armin marcharon hacia la calle.

—¿Cuánto tardarás en llegar a casa? —preguntó Mikasa, colocándose su gorro de invierno.

Armin se calzó con sus guantes, su nariz y mejillas radiantes en un intenso rojo carmesí.

—Tan solo dos horas, si no hay tanto tráfico —anunció, acercándose para envolverla en un fuerte abrazo—. Espero verte pronto. Llámame, ¿de acuerdo?

Mikasa asintió, su aroma a verano y agua salada rodeando todo su ser.

—Ve con cuidado.

Ambos se separaron y Eren se acercó para despeinar su pálido cabello. Armin soltó una risotada, como un niño pequeño.

—Nos vemos, cabeza de coco.

Armin se introdujo en su auto, agitando su mano en su dirección mientras su vehículo azul se perdía en la distancia. Luego de un momento de silencio, Eren suspiró, un denso vaho desprendiéndose de su boca. Escondió sus manos en los bolsillos de su chaqueta, mirando a su alrededor y luego a Mikasa.

—Así que —comenzó, casual—. ¿Dónde irás ahora?

Mikasa tomó una pequeña bocanada de aire, algo nerviosa por encontrarse a solas con él de nuevo.

—Umm… bueno, dije que me quedaría en Rose, así que supongo que volveré al departamento.

Eren asintió, pensativo, mientras recorría las calles vacías con sus ojos. Luego de un momento se encogió de hombros.

—Vamos, entonces.

Eren comenzó a caminar, dejando un rastro de huellas sobre la nieve y Mikasa permaneció en su lugar, sus dedos congelados estrujándose contra su regazo. Observó su silueta avanzar con lentitud y despreocupación, absolutamente confiado de que Mikasa lo seguiría, de que ya no huiría lejos como era habitual. Mikasa suspiró, armándose de valor, y sus pies avanzaron hasta que alcanzaron a Eren, deteniendo la velocidad para caminar cómodamente a su lado.

Permanecieron en silencio por un rato, pero la mente de Mikasa no dejaba de atosigarla con preguntas que deseaba hacerle. Lo miró de reojo, titubeando.

—Eren —susurró.

Sus cejas se alzaron suavemente, girando el rostro para verla.

—¿Mmh?

—¿No te meterás en problemas por lo que pasó… la otra vez? —preguntó, regresando sus ojos hacia la nieve debajo de sus pies.

Eren resopló, restándole importancia. La miró de reojo.

—¿Y tú? También arriesgaste tu pellejo.

Mikasa se mordió el labio, indecisa.

—S-Sí, pero–

—Pues si tu te metes en problemas, yo también —agregó, asintiendo—. Ahora ambos estamos en un lío, es emocionante, si me lo preguntas.

—¿Lo golpeaste? —preguntó Mikasa, sus ojos viajando hacia el pequeño moretón que decoraba su labio inferior, la furia con la que había regresado hacia ella luego de salvarla en la casa de té.

Los labios de Eren se curvaron en una maliciosa sonrisa.

—Puede que le haya dado un golpe o dos.

Mikasa agachó la cabeza de nuevo, escondiendo una frágil sonrisa. Continuaron el paso en silencio hasta que Eren decidió interrumpirlo por primera vez.

—Mikasa —dijo, mirando el cielo nublado—. ¿Puedo preguntarte algo?

Ella asintió con la cabeza, curiosa. Era lo justo, dado que ella había preguntado primero. Eren se tomó un tiempo para hablar, pateando ligeramente la nieve frente a sus pies.

—Tú y Jean —musitó, y su voz se oía privada de cualquier emoción—. ¿Qué hay entre ustedes?

Mikasa parpadeó, tomando una bocanada de aire e intentando encontrar las palabras más adecuadas para describir la situación. A decir verdad, durante muchos años, Mikasa se preguntó lo mismo. Pero con el paso del tiempo y la experiencia que ser una geisha le había dado, había llegado a la conclusión de que Jean solo permanecería a su lado mientras ella le entregara lo que él deseaba. Y por mucho tiempo, eso bastó. Mikasa estaba sola, y Jean era la única persona a su alrededor que le otorgaba el tipo de cariño que ella anhelaba. Incluso si no era real, incluso si ella era su propiedad, a Mikasa no le había importado porque tenerlo en su vida era mejor que estar sola. Pero ahora que las cosas habían cambiado, Mikasa ya no estaba tan segura de compartir las mismas creencias.

Había personas ahí afuera que la amaban de verdad. Personas que no esperaban nada a cambio, personas que la amaban por su verdadero ser.

Eren escuchó atentamente sus palabras cuando ella respondió.

—Si me hubieras preguntado esto en otro momento, te habría respondido que es complicado. Pero, a decir verdad, no lo es —dijo, jugando con la punta de sus dedos—. Creí amarlo una vez, cuando era tan solo una niña. Y creía que él me amaba también, siempre prometía convertirse en mi danna cuando alcanzara la mayoría de edad. Solía pensar que era un plan para liberarme, que una vez que adquiriera tutoría sobre mí, me liberaría de la okiya, porque me amaba —Mikasa dejó escapar una risa desganada—. Y luego se convirtió en mi danna, como había prometido pero, como puedes ver, aún sigo aquí. Eso es todo, básicamente.

Cuando Mikasa alzó la mirada, encontró a Eren observándola con una expresión adolorida, su ceño fruncido.

—Eso no es amor, Mikasa —replicó Eren.

Mikasa bajó la mirada de nuevo.

—¿Qué es el amor, Eren? —preguntó, algo molesta de sentir la mirada de Eren cuestionando cada una de sus creencias.

Eren apartó la mirada hacia el cielo otra vez, suspirando profundamente.

—Libertad —afirmó, repleto de convicción—. El amor es libertad, Mikasa. Si te sientes atrapado… si sientes que no hay salida… entonces no es amor.

¿Libertad?

Mikasa ladeó el rostro, considerando sus palabras. ¿Cuándo fue la última vez que Mikasa se sintió libre? Probablemente durante su niñez, sus días en el orfanato recorriendo las praderas junto a Eren, nadando en el lago, leyendo bajo la sombra de un árbol junto a Eren, escapándose de las clases de Hannes para ocultarse bajo la sombra de unas sábanas y contar historias de titanes. Las noches de películas de terror, los días de pesca, los atardeceres en la colina. Cada una de esas imágenes, pintadas en su mente como el cuadro de un artista, llevaban la silueta de Eren como protagonista. En cada instante de su corta libertad, Eren estaba ahí.

Se preguntó si Eren recordaba esos momentos de la forma en que Mikasa lo hacía. Se preguntó, por un instante, si Eren sentía libertad a su lado.

¿Estás loca? una voz susurró dentro de su cabeza. Eres una geisha, nunca serás libre. Eren es un alma incontrolable y a tu lado solo es un simple pájaro enjaulado.

Ambos continuaron en silencio, sumergidos en sus propios pensamientos, cuando Eren volvió a interrumpir. Era como si no pudiera soportar estar en silencio junto a ella.

—Navidad es el viernes —anunció, despeinando su cabello para deshacerse de los copos de nieve atorados en su cabeza.

—Oh —musitó Mikasa—. Cierto.

—¿Qué harás el Viernes?

Mikasa vaciló, considerando.

—Umm… no estoy segura. Me quedaré en la okiya, supongo, ya que no tendré qué trabajar. ¿Y tú?

Eren no respondió a su pregunta.

—¿No te quedarás con tu madre?

Mikasa sonrió tímidamente, negando con la cabeza.

—Estoy segura que Levi estará ahí. Yo… prefiero visitarla al día siguiente.

Eren pareció pensarlo durante un momento, Mikasa podía ver la forma en que mordía su labio y miraba a su alrededor, como si estuviera buscando una respuesta. Sus cejas se alzaron, y de pronto la miró emocionado.

—Ven a mi casa, en Klorva.

El corazón de Mikasa dio un vuelco, causando que detuviera su paso. Alzó las cejas, confundida.

—¿Qué?

Eren sonrió ampliamente, terriblemente emocionado por su sugerencia.

—¡Sí! —gritó, y Mikasa dio un respingo, mirando a su alrededor en caso de que alguien los estuviera observando—. Será divertido. Te dejaré llevarte todas las granadas que quieras.

A pesar de su euforia, Mikasa no estaba sonriendo.

—Pero, Eren, ¿qué hay de mamá? ¿No prefieres quedarte con ellos?

Eren resopló, retomando la caminata, y Mikasa no tuvo otra opción mas que seguirlo.

—Pueden sobrevivir un día sin mí. Podemos hacerle una visita el día siguiente. ¿Qué dices?

¿Qué dices?

¿Celebrar navidad… en casa de Eren? ¿Con Eren? Una oleada de adrenalina recorrió todo su cuerpo y un sin fin de imágenes atravesaron su mente una tras otra: excusas que daría, la ropa que usaría, ¿a caso Sasha la cubriría? ¿Y si Jean se enteraba? Eso pondría a Eren en aún mas peligro. Mikasa temía tomar una decisión equivocada, pero la euforia dentro de su pecho le rogaba por aceptar la invitación, por arriesgarse y ser valiente porque junto a Eren eso era lo único que Mikasa podía sentir: osadía. El fuerte impulso de hacer cosas estúpidas sin siquiera pensar en las consecuencias.

El amor es libertad, Mikasa. Si te sientes atrapado… si sientes que no hay salida… entonces no es amor.

Sus manos temblaron estrepitosamente.

—Está bien —susurró.

Eren jadeó, sorprendido por su respuesta.

—Woah, ¿lo dices enserio? ¿Vendrás?

Mikasa asintió, sintiendo como si se hubiera lanzado desde la cima de un acantilado.

La sonrisa del muchacho se ensanchó aún más, ocupando casi toda su cara. Rió, radiando felicidad por cada uno de sus poros, y seguramente notó que Mikasa estaba temblando de frío—o, quizás, de algo más—porque se inclinó para sostener su mano, entrelazar sus dedos, e introducirla dentro del bolsillo de su chaqueta negra.

Mikasa creyó que iba a morir.

—¡Genial! —exclamó, completamente libre—. Acabo de comprar un árbol de navidad, intenté armarlo pero no pude, soy una mierda con esas cosas. Enchufé las luces en el lugar equivocado y explotaron, tengo que comprar otras. Connie me las dio, así que no me sorprende que sean una puta basura, no puedes confiar en ese hijo de–

Eren continuó hablando, quejándose de su amigo, pero en la mente de Mikasa no había espacio para nada más que el calor de su mano sobre la suya. La forma en la que, dentro del bolsillo de su chaqueta, su dedo gordo trazaba dibujos sobre su piel, la forma en la que la cercanía de sus manos provocaba que sus cuerpos caminaran mucho mas cerca que antes, sus hombros rozándose con cada paso que daban.

Mikasa permaneció en silencio durante el resto del viaje, y ambos se detuvieron cuando Mikasa le indicó que ya habían llegado, el apartamento alzándose majestuosamente frente a ellos. Mikasa notó que las luces estaban apagadas, y aquello le trajo un gran alivio. Significaba que Jean no estaba.

Eren dejó ir su mano, sus ojos contemplando el edificio.

—Vaya. Elegante.

Mikasa lo observó también, riendo apenada.

—Es muy frío —el comentario le hizo recordar que había olvidado traer su chaqueta, la que le había entregado la noche en la casa de té. Eren la observó confundido—. T-Tú chaqueta, olvidé regresártela.

Eren rió.

—Quédatela.

Mikasa sonrió, apenada.

—Si sigues así, voy a terminar quedándome con todo tu guardarropa.

Él se encogió de hombros.

—No tengo problema con ello.

Mikasa rió, apartando la mirada, y decidió acceder a sus peticiones. Vaciló por un instante, balanceando su peso sobre la punta de sus pies.

—Gracias por hoy. Fue divertido.

Eren asintió, sus ojos observando las heridas de su rostro. Sin dudar, alzó su mano y sus dedos rozaron la piel morada de su ojo, deslizando la yema de sus dedos hacia su mentón. Mikasa contuvo la respiración, su tacto demasiado cálido para un día tan frío. Los ojos de Eren reflejaban nada excepto tristeza.

—¿Te duele? —preguntó.

Atrapada bajo su hechizo, Mikasa negó con la cabeza, su mano viajando hacia la suya para sostenerla contra su rostro. Si Mikasa hubiera sido una mujer libre, si hubiera podido decidir en ese mismo instante, jamás habría apartado su mano de su piel.

—No.

Eren asintió, satisfecho con su respuesta.

—Bien.

Su mano abandonó su rostro, sin embargo, Mikasa la sostuvo entre la suya, recordando lo pequeña que era el día en que se separaron, lo fuerte que la sostuvo, lo mucho que sangraba. Muy en contra de su voluntad, Mikasa la dejó ir, dispuesta a marcharse.

—Bueno, yo… te veré el Viernes, entonces —concluyó, caminando hacia atrás para alcanzar la puerta del departamento.

—Te llamaré —respondió, ahora que Mikasa le había entregado su número telefónico horas atrás—. No me falles, no quiero pasar Navidad solo.

Mikasa rió.

—Lo prometo.

Eren agitó su mano a modo de despedida, volteándose para marcharse. Pero Mikasa permaneció quieta en su lugar, otro impulso de adrenalina recorriendo sus venas, envenenándola con una sensación que había resurgido de las cenizas. Su mente viajó hacia el último abrazo compartido por su madre, sus labios susurrándole un te amo al oído. Las manos de Armin, delgadas y elegantes, palmeando su espalda en la puerta de la posada.

Mikasa no pudo evitar notar que, hasta ahora, no sabía exactamente lo que un abrazo de Eren implicaba. La había besado, había sostenido su mano, pero aún no podía saborear la sensación de sus brazos, ni de su aroma, incluso si estaba impregnado en su bufanda. Y ver su silueta marchar en ese mismo instante contagió su cuerpo de un temor inigualable. ¿Cuándo sería el día en que dejarían de partir caminos? ¿Podría Mikasa, alguna vez, verlo marchar, y poder marchar junto a él?

—Eren —llamó, su nombre en su lengua resucitando cada parte muerta en su interior. Ni siquiera estaba segura de que él la escucharía, pero lo hizo. Se volteó, confundido, alzó las cejas.

—¿Mikasa?

La muchacha apretó los puños, relajándolos al instante, liberando tensión y años de entera represión, de sentimientos clausurados y emociones reprimidas. Una geisha vivía para servir, una geisha jamás opinaba, una geisha nunca seguía su propio corazón.

Pero hoy, Mikasa no era una geisha.

Sus pies caminaron hacia donde Eren yacía parado, observando la situación con extrema confusión. Se detuvo frente a él, tomando una gran bocanada de aire, y se acercó lo suficiente para rodearlo en un fuerte abrazo. Clausuró sus brazos alrededor de su torso, hundiendo su rostro en su pecho y esperando impaciente a que él hiciera lo mismo.

Pensó que dudaría, pensó que el shock sería demasiado grande para que Eren pudiera reaccionar de inmediato, pero no fue así en lo absoluto. Los brazos de Eren la envolvieron de inmediato, presionándola contra su cuerpo desesperadamente, como si intentara hacerla parte de su ser. Mikasa cerró sus ojos, inhalando su aroma a otoño, tabaco, café y lluvia. Enterró sus dedos en la curvatura de su espalda, sus labios respirando en su cabello, infundiendo calor a cada parte de su cuerpo.

Durante un instante, Eren creyó que se largaría a llorar. ¿Durante cuántos tortuosos años soñó con el día en que pudiera abrazara así? ¿Durante cuántas noches creyó que nunca podría, pensamientos torturadores envenenando su mente con mentiras? Creyó que no lo merecía. Luego de todo el dolor que le había causado, la libertad que le habían arrebatado por su culpa… no merecía tenerla en sus brazos de nuevo. Sin embargo, Eren no la soltó, y preso de su egoísmo acarició su cabello, y cerró sus ojos, y dejó que el momento lo embriagara.

La amaba. La amaba con una locura que solo podía ser propia de alguien como él, y durante un momento quiso decirlo, susurrarlo en su oído. Confesarle que Eren tampoco era libre, preso de una guerra que nunca parecía terminar, esclavo de sus demonios y un pasado que no parecía querer dejarlos en paz. Pero que, junto a ella, se sentía el hombre más libre del mundo. Junto a ella Eren podría derrumbar murallas, y ganar batallas, y vivir sin temor alguno porque Mikasa era la fuente de su valentía.

Ella le había enseñado a luchar.

Sin embargo, eso no fue lo que dijo.

Eren susurró otra cosa en su lugar.

—Eres mi hogar, Mikasa —su aliento la hizo estremecer, sus palabras aún más—. Siempre serás mi hogar. Nunca lo olvides.

Nunca lo olvides.

—o—

Cuando Levi aparcó su auto frente a la posada de su madre y entró como si el establecimiento le perteneciera, pudo notar al instante que algo no andaba bien. Quizás eran sus instintos de soldado, o el hecho de que esperaba ver a Petra detrás del mostrador, como cada vez que visitaba a su madre. Sin embargo, ella no estaba ahí. En su lugar, Kushel limpiaba platos sucios junto al fregadero, volteándose ante el sonido de un intruso.

Su madre le sonrió con ternura.

—Creo que estoy acostumbrándome a verte llegar sin avisar.

Levi miró a su alrededor, deshaciéndose de su chaqueta.

—¿Y Petra?

—Se tomó el día libre, creo que pescó un resfriado. ¿Tienes hambre, tesoro? ¿Qué haces aquí, por cierto?

Levi suspiró, cansado y hambriento, y caminó hacia la mesa más cercana para tomar asiento, sin embargo, algo lo detuvo.

—Mmh, acabo de regresar de… —se detuvo, sus ojos fijos en una chaqueta marrón apoyada contra una silla. Sus dedos rozaron la tela con curiosidad—. ¿De quién es esta chaqueta?

Kushel se volteó, apagando el grifo y secándose las manos con una toalla.

—O-Oh —musitó, y Levi pudo notar nerviosismo en su voz—. Una… una amiga de Eren.

Levi arqueó una ceja, volteándose hacia su madre.

—¿Amiga de Eren?

Kushel asintió, sus manos rápidamente comenzando a acomodar cosas en el mostrador, incluso si todo estaba ordenado.

—Trajo una amiga a almorzar, una de sus muchas conquistas, me imagino. Sabes que lo desapruebo completamente, ¿por qué nunca trae a la rubia bonita, Historia? De todas formas, no podía ser descortés.

Levi ignoró el insulso palabrerío de su madre.

—¿Qué amiga? —exigió.

Kushel alzó la mirada, encogiéndose de hombros.

—N-No lo se… tal vez no la conozcas, ni siquiera yo se quien–

Levi suspiró, y el sonido hizo que Kushel hiciera silencio de inmediato. Levi tomó la chaqueta, observándola por un instante, y su fría mirada hizo que su madre se estremeciera.

—¿De verdad luzco tan estúpido? —preguntó, repleto de sarcasmo y con una mirada presa del dolor—. Porque, aunque no lo creas, me ha estado pasando muy a menudo. Primero Eren, diciendo cosas que no tienen sentido hasta que veo una bufanda roja en su cuello. Luego, Connie y Marco, tartamudeando como el par de imbéciles que son cuando menciono el nombre de mi hermana. Y ahora tú. Mi madre.

Kushel suspiró, intentando calmar la situación.

—Levi, por favor–

Levi le arrojó la chaqueta y Kushel la capturó en el aire con un jadeo.

—Tu lealtad —amenazó, apuntándola con el dedo—. Es conmigo. Yo soy tu hijo, no Eren. Y cualquier cosa que me estés ocultando la voy a descubrir por mi propia cuenta, y cuando sepa que me has mentido, juro por mi vida que me largaré muy lejos de aquí y no volverás a verme nunca. Así que habla.

Los ojos de Kushel se llenaron de lágrimas. Jamás, en toda su vida, había visto a su hijo hablar de esa manera.

—L-Levi, cálmate, por favor.

—¡Dime! —gritó, haciéndola estremecer. Los ojos de su hijo poco a poco se llenaban de lágrimas. Levi jadeó, preso de la desesperación—. ¿Ella…? ¿Está está…?

Todo sucedió demasiado rápido.

El cuerpo de Kushel se desvaneció en el suelo, los gritos de Levi incrementaron su volumen cuando corrió hacia ella, dispuesto a capturarla entre sus brazos. El tiempo pareció detenerse cuando la arrastró hacia su auto al notar que no despertaba, y sus manos temblaron contra el volante durante todo el recorrido hacia el hospital. Las enfermeras la recibieron de inmediato al notar que Levi Ackerman era quién requería sus servicios. La instalaron en la mejor habitación que tenían y le pidieron que aguardara en la sala de espera, solo con sus pensamientos, a los resultados de los análisis que planeaban hacerle para determinar el motivo de su desmayo.

Levi esperó, solo en un pasillo vacío, con la imagen de una chaqueta y los ojos llorosos de su madre. Esperó, y esperó, y esperó, hasta que un médico finalmente se acercó y murmuró palabras que Levi jamás creyó oiría en su vida.

—Lo siento mucho, Capitán Levi —musitó el hombre, sosteniendo un papel entre sus manos—. Tengo malas noticias.

HOSPITAL ALAS DE LA LIBERTAD.
Dr. Eike Hubert.
La paciente Kushel Ackerman, de 50 años de edad, presenta metástasis en cerebro y pulmones por cáncer de colon etapa IV,
detectado en reciente estudio: TOMOGRAFÍA DE ABDOMEN.
Se recomienda consultar con el especialista correspondiente para determinar los pasos a seguir.

Atentamente, Dr. Eike Hubert.
HOSPITAL ALAS DE LA LIBERTAD.

¿Cancer?


BOOOOMBSHAKALAKAAAAAAA.

*llora por toda la eternidad* no tienen idea de lo mucho que disfruté escribir este capítulo, lo hermoso que se sintió poder recolectar con Eremika otra vez & recordar todo lo que tenía planeado para éste fic, de verdad lamento mucho haberme desaparecido por tanto tiempo, pero i'm back now y prometo terminar este monstruo de fic.

AAAAAA, estoy muy emocionada por el capítulo de navidad, cosas muy interesantes van a pasar en la casa de Eren (?) JSJSJSJ. Espero que les haya gustado el capítulo y que haya podido recompensar años de abandono.

BRANCITO DE MI ALMA, MI BEBE, ESTO ES PARA TIIIIIIIII, FELIZ NAVIDAD :c te amo forever.

¡nos vemos pronto en el siguiente capitulo!

—mel.