Fue una mañana extraña para Leorio. Despertó sintiéndose desorientado y sin fuerzas.
"¿Cuántas horas dormí?", pensó. Levantó el brazo para ver la hora, pero recordó que había olvidado su reloj en casa.
Sentía las piernas entumecidas y un hormigueo le recorría la pierna derecha. Se arrastró hasta afuera del refugio que había improvisado entre unos arbustos la noche anterior. Se sentó, tomó su pie derecho con dificultad para ver cómo estaba y se dio cuenta que ya no tenía el pedazo de piedra pegado en la suela de su zapato; se había despegado. ¿O quizás se lo había soñado?
No, era real. Recordaba muy bien lo que había pasado con Hisoka, y lo que él le había contado sobre Kurapika. Sintió pena. Si era cierto entonces Kurapika estaría en ese mismo momento siendo transportado para ser vendido como mercancía en el mercado negro. Kurapika era el último sobreviviente de su tribu, Leorio nunca le preguntó por qué los habían matado, pero ahora todo tenía sentido. Esos ojos rojos debían ser únicos en el mundo, y venderse por precios que solo los más millonarios del bajo mundo podrían permitirse. Eso reduciría un poco la lista de personas que tendría que investigar, pero las personas así suelen ser difíciles de rastrear. En el peor de los casos podría pasarse el resto de su vida buscando a Kurapika y no lo encontraría. Si Hisoka realmente tenía una pista sobre dónde lo iban a vender, tenía que saberla. Necesitaba saberla. Pero antes tenía que salir de ahí.
Intentó pararse y sintió un dolor punzante en la pierna derecha, la misma que había tenido pegada al suelo el día anterior. Fue tan así que tuvo que volver a sentarse. Se quitó el zapato y el calcetín y se examinó el pie; No tenía nada extraño, pero de todas formas sentía como si cientos de agujas le pincharan la pierna, quizás se le había dormido, pero no era normal sentir ese dolor tan fuerte.
Pensó que iban a pasar por lo menos un par de días antes de que alguien le buscara una pelea, ya que era muy arriesgado exponerse. Que seguramente todos se tomarían su tiempo o usarían tácticas defensivas que les aseguraran no salir dañados, pero tuvo que encontrarse Hisoka el primer día. Sabía que era alguien distinto. Lo supo desde el momento en que lo vio cortándole los brazos a ese chico en la primera prueba, pero hasta a un asesino preferiría ser precavido. Hisoka no era un asesino cualquiera, era alguien impredecible. Quizás no le importaba su integridad física, o quizás confiaba demasiado en sus capacidades y sabía que no le iba a pasar nada. Y Leorio no entendía tampoco por qué no le quitó su placa. ¿Tan importante era Kurapika para él? ¿O es que le resultaba divertido jugar con él? Sintió rabia.
"Me las va a pagar".
Escuchó un ruido viniendo desde el refugio. Volvió arrastrándose hasta allí otra vez y vio que había una ardilla olfateando en el lugar donde había dormido. Se preguntó por qué. Le dio un palmetazo a la tierra y la ardilla salió huyendo. Tomó un poco de tierra del lugar. La miró. No notaba nada extraño. Escarbó un poco con los dedos y entonces sintió algo duro como una piedra. Siguió escarbando hasta poder sacarlo; era una nuez. Escarbó más y encontró otra, y luego otra, y luego otra. Había decenas de nueces. Al parecer el lugar era el almacén de esa ardilla.
"¡Por eso la tierra estaba tan blandita!", pensó, "No puedo tener mala suerte en todo".
Se llenó los bolsillos lo más que pudo y comió hasta saciarse, luego sacó su cantimplora y bebió agua.
"Perdóname ardillita."
Una vez que sintió que había recuperado las energías y que la pierna ya no le dolía tanto, tomó su maletín y volvió cojeando hasta el lugar a donde había estado casi todo el día anterior; El barranco de piedra. Observó el agujero que había dejado donde había estado pegado su pie en una roca y su navaja hecha pedazos a un lado.
"Era mi favorita", pensó con pena. Guardó los pedazos en su maletín, porque tener eso sería mejor que no tener nada.
Su objetivo de ese día sería encontrar un río para poder establecerse en un mejor lugar que le proporcionara comida y agua. Salir a buscar a una presa que no conocía sería demasiado arriesgado, así que mejor iba esperar a que alguien llegara a él.
Se paró cerca del borde y miró el paisaje en busca de un río. Encontró uno que estaba a media hora de caminata y calculó que, por la posición del sol, eran aproximadamente las dos de la tarde. Efectivamente había dormido mucho.
Buscó un lugar seguro por el que descender y comenzó su camino cuesta abajo, con mucho cuidado. Su pierna ya se sentía mucho mejor, pero aún así la sentía extraña. Además, el lugar no estaba hecho para caminar.
Cuando ya estaba cerca de llegar a la parte baja empezó a sentir un hedor que le hizo revolver su estómago. Se tapó la nariz con el antebrazo.
"Huele a muerte."
Siguió bajando. El olor se hacía cada vez más intenso. Su instinto le decía que tenía que alejarse de ahí, pero la curiosidad lo mataba. ¿Y si era Killua? El chico era un mocoso irritante, pero aún era muy joven para morir, y Leorio sentía que no era una mala persona. Casi se murió por salvar a Bourbon cuando no tenía por qué hacerlo. Sería terriblemente injusto. Quizás debió tragarse su orgullo y proponerle una alianza antes de entrar a la isla.
"¿Cuántos amigos tienes que perder para aprender la lección?", pensó. Luego sintió una mezcla de rabia y pena.
Aceleró su paso hasta llegar al lugar. La incertidumbre lo estaba matando. Al encontrarse cara a cara con la fuente de ese olor putrefacto sintió una mezcla de asco y alivio. No era el cadáver de Killua, pero sí era el cadáver de otro de los participantes del examen. Al parecer se había accidentado bajando la colina. Tenía muchas heridas abiertas y su cuerpo estaba torcido.
"Pobre tipo."
—A… ayu… da —dijo el sujeto con una voz temblorosa.
"¡¿Está vivo?!"
Leorio se acercó cojeando hasta donde él y revisó sus signos vitales. Aún estaba vivo. Apenas. Cortó un pedazo de venda que tenía en su maletín y la remojó con su cantimplora, luego la puso en los labios del hombre. Leorio notó que tenía enterrada una vara en uno de sus costados. Quizás había penetrado algunos de sus órganos. Sin una cirugía se iba a morir pronto, pero allí no había forma de realizársela.
—Esos… putos niños —dijo el hombre—. No pelean con honor.
—No hables —le dijo Leorio—. Tienes que conservar tu energía.
—¿Para qué? Ya… estoy muerto —el sujeto rio con su voz seca.
—No estás muerto. Te llevaré a un lugar más seguro y…
—No —lo interrumpió—. No me mientas… chico… tú también lo sabes.
"Tiene razón", pensó Leorio con amargura, "No hay forma que salga de esta con vida, no en este lugar."
—Voy a ayudarte como pueda.
—Entonces… quítame de esta miseria.
—¿Qué dices?
—Mátame. Un guerrero… debe morir… en batalla. No de esta… —el hombre empezó a toser sangre—. No así.
—…No puedo.
—¿Por qué…?
—Voy a ser doctor. No puedo tomar una vida —Leorio movió su cabeza de un lado a otro—. Lo siento.
El hombre comenzó a reír, luego hizo una mueca de pena.
—Bien... Déjame entonces.
Leorio se acercó a su maletín, lo abrió y sacó su frasco de morfina y una jeringa.
—No te atrevas… —le advirtió el sujeto.
—Lo siento —Leorio llenó la jeringa con la medicina y se la inyectó —. Esto te va a ayudar a dormir.
El hombre cerró los ojos.
Leorio guardó sus cosas.
—Lo siento. De verdad lo siento —le dijo finalmente.
Tomó su maletín, se paró y siguió su camino hasta el río. ¿Había hecho lo correcto? No lo sabía, pero sentía que se le atoró algo en la garganta.
Casi una hora después llegó al río. Había calculado mal el tiempo, ya que no pensó que su pierna lo iba a atrasar tanto.
Lo primero que hizo fue sumergir su cabeza en el agua para refrescarse. El agua era cristalina y, para su suerte, abundaban los peces. Cuando tuvo que pescar durante la segunda prueba no había tenido demasiado tiempo así que tuvo que hacerlo sólo con las manos. Pero ahora tenía tiempo de sobra, así que buscó una vara que se viera resistente, la peló hasta dejar la superficie lisa, y luego la uso para fabricar una caña de pescar. Para el hilo usó el que tenía para suturar heridas. No era lo más óptimo, pero era lo que tenía. Después de unas horas de trabajo intentó probarla, y antes de que pudiera sacar nada, escuchó que alguien se le acercaba.
—¡Oye! —le dijo alguien desde atrás. Leorio se volteó lentamente para mirar. Era una chica joven y menuda, de pelo celeste y ropas rosadas y color crema. Llevaba un gran sombrero redondo en la cabeza. Leorio la había visto en el bote.
—Hola —le dijo de vuelta.
—Iré directo al grano. Vine aquí a ofrecerte un trato —le respondió la chica, con seriedad—. Dame tu placa ahora y no te haré daño.
Leorio se rio. Afirmó su caña improvisada en el suelo y se paró.
—No creo que puedas amenazarme de esa forma, niña —dio unos pasos hacia donde ella.
—¡Alto! —le gritó la chica—. No des un paso más. Tengo a un amigo apuntando a tu cabeza ahora mismo.
—Pruébalo.
De repente Leorio sintió que un proyectil pasó zumbando cerca de su nariz. Miró en la dirección en la que había pasado y vio una flecha clavada en un árbol.
—Eso fue una advertencia. La siguiente irá a tu cabeza —dijo la chica.
—Bien, te creo, hay alguien apuntándome. Pero…
"¿No habría sido más fácil atacarme y quitarme la placa?", pensó.
—Pero ¿qué?
—No tienen que atacarme. Negociemos.
—Estamos negociando. Solo no te muevas.
Leorio sacó su placa de su bolsillo y se la mostró.
—Esta es mi placa. Este es mi número. ¿Soy su objetivo?
—No tengo que responder eso. Y ya sabía. Entrégala ahora.
—No. ¿Por qué iba a…?
De pronto volvió a escuchar un disparo, pero esta vez pasó muy lejos por encima de él. Además, escuchó un grito viniendo desde la posición del disparador.
—¡Pokkle! —gritó la chica, volteándose hacia su compañero.
Leorio aprovechó su distracción para darle un golpe en la cabeza con la caña de pescar que la mandó al suelo, luego se lanzó sobre ella y le rodeó el cuello con sus brazos.
—Tengo tu cuello —le dijo.
Entonces empezó a escuchar un zumbido, como un aleteo de cientos de insectos viniendo desde la cabeza de la chica. Leorio la soltó instintivamente, y la chica le dio un manotazo en la entrepierna que lo dejó paralizado unos segundos.
Del sombrero de la chica salieron cientos de abejas que comenzaron a rodearlo. Leorio entró en pánico y brincó hasta arrojarse al lago.
Mientras estaba sumergido escuchó otro grito. Al salir a la superficie vio a la chica en el suelo, y a alguien parado cerca de ella, luchando contra las abejas.
—¡Killua!
—¡Malditas abejas! ¡No paran de atacarme!
Lanzaba arañazos al aire y las abejas caían muertas, cortadas a la mitad.
—¡Vienen del sombrero! ¡Tíralo al agua!
Killua lo miró y vio que las abejas venían de allí, y de una patada lanzó el sombrero de la chica hacia el lago. Las que quedaron cerca de él las siguió cortando hasta que ya se deshizo de todas.
—¡Detesto las abejas! —Se quejó.
Leorio sonrió al ver a su camarada bien, pero entonces recordó a la chica.
—Oye, ¡¿No la habrás…?!
—De nada —dijo Killua con sarcasmo—. Está viva, solo le di un golpecito en el cuello para hacerla dormir.
Leorio vio que cerca de Killua había otra persona en el suelo. Seguramente era el compañero de la chica. Killua lo miró también.
—No es tu objetivo, ya lo revisé ayer y me dio pena quitarle su placa. ¿La quieres de todas formas?
—No lo sé ¿Qué placa tiene la chica? —Leorio caminó hasta estar fuera del agua.
—¿Quieres que la revise? No quiero tocar a una chica inconsciente.
—Bah, déjame.
Leorio se acercó a la chica y metió sus manos en los bolsillos de su pantalón. La chica dio un quejido y de repente abrió los ojos de par en par.
—¡Pervertido! —gritó, y luego le dio una cachetada.
Leorio dio un gritito de dolor. Killua se rio.
—¡Maldita! ¡No me…! —carraspeó su garganta—. No te hagas ideas equivocadas, solo estaba buscando tu placa.
—¡Oh, Pokkle! —gritó la chica al ver a su compañero tumbado cerca de ella. Se intentó parar, pero Leorio la detuvo con un brazo.
—Tu amigo está vivo, pero no creas que no vamos a hacerle daño si no cooperas —dijo Leorio.
—Malnacidos —la chica los miró con desprecio—, no le hagan nada.
—No tiene por qué pasarle nada, solo entréganos tu placa.
—No la tengo.
—¿Cómo que no la tienes?
—Está en mi mochila. Escondí mi mochila antes de venir acá.
Leorio se masajeó la frente en frustración.
—Bueno, llévanos hacia allá.
—No quiero.
—No estás en posición decir eso, chiquilla —le enterró su dedo en una mejilla.
"Qué suave, jeje".
—¿Qué pasa si no soy tu objetivo?
—Nada, tengo dos puntos, sólo me faltaría uno más.
—Te faltarían cuatro, idiota. Tu compañero igual necesita tres puntos para pasar.
Leorio miró a Killua.
—Oye, ¿conseguiste a tu objetivo ya? —le dijo. Killua se encogió de hombros como para decirle que no—. Joder.
—¿Ves?
—¡Cállate!
—Apuesto que ni siquiera saben quiénes son sus objetivos.
Leorio gruñó.
—¿Y qué si es así?
—Sabía. Puedo decirles a quiénes pertenecen las placas de sus objetivos. Las memoricé todas antes de la tercera prueba.
—¿Cómo puedo saber que estás diciendo la verdad?
—No lo sé.
—Entonces no hay trato.
—Podemos mantenerlos como rehenes hasta que encontremos a esos sujetos —dijo Killua—, si está mintiendo, entonces los matamos.
—Excelente idea —dijo Leorio, sonriendo.
—¡Pero tienen que dejarnos libres con nuestras placas una vez que lo comprueben!
—¿Eh? ¿Por qué íbamos a hacer eso?
—Porque… porque… —la chica comenzó a llorar desconsolada.
—¡Aaah! Bueno, bueno —dijo Leorio—. Está bien. No tienes que llorar. Te doy mi palabra de que los liberaremos, con sus placas, si nos dices quiénes son nuestros objetivos y comprobamos que es cierto.
Al escuchar eso la chica dejó llorar repentinamente, como si hubiera estado simulando.
—Ahora dime —continuó Leorio—. ¿A quién pertenece la placa 198?
Luego de eso charlaron por unos minutos. La chica se presentó como Ponzu, y les reveló las identidades de sus dos objetivos. Después Killua y Leorio la ataron a ella y a su compañero a un árbol.
—Imori… —dijo Leorio mientras continuaba su intento de pescar.
—¿Lo conoces? —preguntó Killua, que estaba sentado a su lado—, el mío no me suena.
—Es uno de los hermanos que se nos acercaron a hablar al final de la tercera prueba.
—¿Los que fueron compañeros de tu amigo?
—Los mismos.
—Así que los conoces —dijo Ponzu, desde el árbol—. Imori es el menor. Ayer vi que lo llevaban cargando a todos lados, como si no pudiera caminar.
—Sí, lo recuerdo. No pensé que tendría que enfrentarme a ellos.
—¿Y qué hay del mío? —preguntó Killua—. Saber su nombre no me sirve de nada.
—Es cierto, y conocer su apariencia tampoco, porque está muerto —dijo Pokkle.
—¡¿Cómo?! —dijeron Leorio y Killua al unísono.
—Ponzu lo observó ayer —dijo Pokkle—, el sujeto que le quitó la placa fue…
—Gitarakuru —dijo Ponzu—. Mi objetivo.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Y quién es ese? —dijo Leorio, confundido.
—¡No pusiste atención en nada! —gritó Ponzu irritada.
—¡¿A qué se supone que debía poner atención?!
—Ayer nombraron a todos los participantes de este examen en dos ocasiones distintas —dijo Pokkle, con más calma—. Ese era el momento de aprender sus nombres y memorizar sus rostros.
—Estaba pensando en cosas más importantes en ese momento —dijo Leorio, apartando la mirada de vergüenza.
—Yo tampoco sé quién es —dijo Killua con una mueca de desgano.
—No se toman este examen en serio… —dijo Ponzu, claramente conteniendo su molestia.
—Le damos la importancia necesaria —dijo Leorio—, si nos describes cómo es creo que podríamos recordarlo.
—Bueno. Es un sujeto igual de alto que tú. Con un largo mohicano negro por cabellera y muchas, muchas, perforaciones en la cara y el cuerpo.
—Aahh, ya lo recuerdo —dijo Leorio rascándose la cabeza—, es ese sujeto extraño. No va a ser difícil encontrarlo… —entonces Leorio se dio cuenta de algo—. Si sabes quién es y no te costaría encontrarlo, entonces ¿por qué ibas a intentar quitarme mi placa? Ya sé —continuó antes de que pudiera responder su preguntar retórica—, es porque no crees que puedas vencerlo, incluso con la ayuda de Pokkle —concluyó, con una gran sonrisa en el rostro. Ponzu no pudo ocultar en su expresión que Leorio estaba en lo correcto con su deducción.
—Je —se quejó Killua—. Vi a ese tipo antes, no parecía la gran cosa. El único peligroso en esta prueba es Hisoka.
Al escuchar eso Pokkle se achicó y miró hacia el suelo.
"No me digas que…"
Leorio dio una carcajada.
—¡¿Qué te causa tanta gracia?! —le gritó Pokkle.
—¡Tu objetivo es Hisoka! —le dijo Leorio, apuntándolo.
Pokkle se puso rojo como un tomate.
—¿Y qué si es así? —respondió Pokkle, irritado.
—Pensaba que yo tenía mala suerte —Leorio seguía riendo.
—Vaya vaya —dijo Killua, con una expresión de burla.
—Ya sabes nuestro secreto —dijo Ponzu—, nuestros objetivos son imposibles de capturar. Tenemos que vencer a los demás para pasar esta prueba.
Killua la miró con una expresión pensativa.
—Dijiste que ese sujeto, Gitarakuru, tenía la placa de mi objetivo, ¿es verdad?
—Sí —le dijo la muchacha.
—Eso quiere decir que tengo que derrotarlo para obtener esa placa.
—Sí…
—En ese caso, si lo derroto, obtendría también tu placa.
—¿A qué quieres llegar?
—Que podría dártela.
—¿Dármela…? ¿Harías eso por mí?
—Por ti no, es solo que, no la necesitaría.
—Quedaría en deuda contigo —La chica cambió su expresión a la de una felicidad contenida.
—Pero bueno, cuando pase veremos qué hacemos.
La chica volteó la cabeza y comenzó a cuchichear con su compañero.
—¿Qué piensas tú, Leorio? —preguntó Killua.
—¿Yo? —se tomó la barbilla—, no sé. ¿Estás seguro que puedes con él?
—No será problema.
—Bueno, si tú lo dices. Yo tendré que enfrentarme a esos hermanos.
—Si es que los encuentras.
—Sí…
"Y no sé si pueda ganarles", pensó con amargura.
—Oye —le dijo Killua con voz más baja—, no pude evitar notarlo hace un rato, aunque lo estés intentando ocultar; Estás herido de una pierna, ¿verdad?
Leorio se quedó en silencio unos segundos.
—Supongo que no puedo ocultártelo. Pero sería un problema si ellos supieran. Tomarán cualquier oportunidad que tengan para escapar.
—Lo dudo. Esa chica no va a querer separarse de nosotros ahora. Soy su única oportunidad de pasar esta prueba.
—Tal vez. ¿Y el otro?
—Él podría estar más desesperado. No sé cómo podría derrotar a Hisoka. La verdad es que ni yo soy rival para él. Debería simplemente rendirse.
—No lo sé, tal vez tenga una oportunidad.
—¿A qué te refieres?
—Ayer tuve un encuentro con Hisoka. Él fue quien me dejó la pierna así.
—¿Y cómo escapaste? —Killua parecía sorprendido.
—No lo hice —Leorio se arrimó un poco más a Killua, y le dijo casi susurrando—. Simplemente se fue y me dejó tranquilo.
Killua lo miró extrañado y quedó pensando un momento.
—Vaya ¿No te dijo por qué?
—No lo sé. Me dijo que quería ver a Kurapika, y que… —Leorio paró en seco. Se dio cuenta que Killua no sabía, y que quizás no debería saberlo—. Me pidió que le dejara un recado.
—Ah… Entonces tiene sentido ¿Pero solo por eso crees que Pokkle podría derrotarlo? ¿Qué va a tener la misma consideración con Pokkle? Yo lo dudo. Tuviste suerte que fuera amigo de Kurapika.
—No creo que sean… Olvídalo. Tienes razón. Está perdido —de repente sintió algo en el anzuelo—. ¡Oh, parece que atrapé algo! —Comenzó a enrollarse el hilo en una de sus manos hasta que el pez estuvo cerca y lo pudo levantar de un tirón. Medía casi medio metro—. ¡Mira! ¡Es una belleza!
Killua sonrió.
—Voy a buscar materiales para hacer una fogata —dijo en voz alta, para que escucharan sus rehenes.
—Bien, yo me quedo cuidando a los niños.
—¡Oye! ¡Soy un adulto! —gritó Pokkle.
—¿Eh? Creo que escucho a un niño llorando en la distancia —dijo Leorio, poniendo una mano en forma de plato detrás de una oreja.
Pokkle gruñó.
Llegó la noche. Killua había hecho una fogata y los cuatro comieron pescados al fuego y charlaron por horas y horas sobre sus vidas, fortaleciendo su relación. Incluso desataron a Ponzu y Pokkle porque Killua decía que no eran una real amenaza, y los dos le ayudaron a construir un refugio con ramas y hojas. Leorio sentía que el segundo día había sido mucho mejor que el primero, y que de ahora en adelante todo iba a ir colina arriba, pero en el fondo había algo que le producía inquietud; Su pierna le quemaba por dentro, como si en vez de sangre le recorriera lava por las venas. Intentó que los demás no notaran su inquietud, y cuando llegó la hora de dormir rezó porque al otro día ya no le molestara, porque de otro modo, iba a ser una carga. Otra vez. La imagen de Kurapika en una jaula le recorrió la cabeza. Tenía que actuar rápido cuando pudiera salir de esa isla, de otro modo, le habría fallado a otro amigo.
