La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capitulo 14

La cama estaba terriblemente vacía sin el cuerpo cálido de Naruto junto a ella. Hinata descargó unos puñetazos contra la almohada y se abrazó a ella. Dudaba de que pudiera dormir. Sin embargo, en cuanto olió el aroma de su jabón de afeitar en la funda, se quedó dormida. Durante dos días revivió las ceremonias de la existencia gris que había llevado antes de que Naruto llegara a su vida. El proceso le resultó instructivo. Además, los chicos fueron una buena compañía y supusieron una ayuda. Pero la ausencia del padre era una continua frustración. Apenas pasaba una hora sin que uno u otro lo mencionaran. Hinata no tuvo corazón para impacientarse con ellos, porque sus pensamientos tampoco se alejaban de Naruto.

El señor Nara los esperaba cuando llegaron de la estación. Se había quedado encargado del ordeño y de atender al ganado, lo que procuraba con torpeza y buenas intenciones. Que Naruto le hubiera pedido al vecino que echara una mano era una prueba más de su consideración.

Hinata le había dicho una vez que su corazón estaba lleno de amor por él y por los niños. Tan sólo una vez había pronunciado aquellas palabras, nunca más. De algún modo, que él no pudiera expresar los mismos sentimientos por ella le impedía hacerle más confesiones.

Ahora pensaba que había sido una estúpida. ¿Qué importaba que Naruto no transigiera con los rituales del cortejo? Le había mostrado su cariño incesantemente durante meses, le había dedicado sus más tiernas atenciones desde el primer día, ¿y ella estaba echando chispas porque no le declaraba su amor?

El martes, Hinata batió la mantequilla, limpió los huevos y los seleccionó en cestas, reservando los más grandes para su marido. Echó de comer a las yeguas nuevas y a las del tiro, más pesadas, disfrutando con la compañía de los grandes animales, hablándoles con el mismo canturreo con que Naruto solía hacerlo. Y en cada tarea, en cada momento de aquellos dos días, echó de menos a su marido con una intensidad feroz.

Por la noche, descubrió que Arashi se había acercado a su cama arrastrando el edredón de la suya. Hinata se sentó, sobresaltada por su aparición en mitad de la noche y lo abrazó.

-¡Arashi! ¿Te encuentras bien?

El niño se apretó contra ella. Olía como un bebé, una mezcla de calor y suavidad que ella no era capaz de poner en palabras.

-No puedo dormir, señorita Hinata -dijo entre bostezos.

-Ya me doy cuenta.

-¿Puedo dormir contigo? -preguntó con voz quejumbrosa.

Hinata se encontraba acomodándolo a su lado cuando Misuke apareció en la puerta.

-¿Dónde está Arashi? -rezongó.

-Voy a dormir con la señorita Hinata -dijo el pequeño desde su posición ventajosa.

-Tú también puedes dormir con nosotros si quieres, Misuke -dijo ella, complacida con el consuelo que la presencia de los niños representaba.

-Dame el edredón, Arashi -dijo en tono mandón.

Le arrebató el grueso edredón de las manos a su hermano y se acurrucó a dormir a los pies de la cama. Mascullando entre dientes, se tapó hasta que lo único que quedó visible fue un bulto cerca de las piernas de Hinata.


-Hoy es el día, ¿verdad? ¿Hoy es jueves?

La voz de Arashi llegó antes que su dueño a la cocina, provocando la sonrisa de Hinata. Se giró hacia la escalera con los brazos abiertos para recibirlo y Arashi saltó a ellos enérgicamente.

-Sí, hoy es jueves -dijo besándole el cabello dorado.

-¿Cuándo vamos a la ciudad? -preguntó Misuke bostezando.

-En cuanto acabemos de desayunar y de hacer lo más necesario.

Hinata dejó a Arashi en el suelo y volvió junto a las gachas de avena que estaba preparando.

-¿Por qué no os ponéis los abrigos mientras yo acabo y vais a echar de comer a las gallinas? Así le ahorraremos trabajo al señor Nara. También necesito que recojáis los huevos.

-No me gustan las gallinas -dijo Arashi-. Me chillan.

-Eso es porque las persigues -le dijo Misuke, ceñudo.

-A ti tampoco te gustan -contraatacó Arashi, haciéndole muecas.

-Sí, pero porque quieren picarme cuando les quito los huevos.

Misuke ayudó a su hermano a colocarse bien la bufanda antes de abrigarse él mismo.

-Ponte los guantes, Misuke. Así no podrán hacerte daño.

Hinata tapó las gachas y abrió el horno para ver cómo iban las galletas que estaba recalentando.

-¡Daros prisa! El desayuno está casi listo.

Los dos niños salieron mientras seguían discutiendo con buen humor. Hinata se acercó a la ventana para mirarlos. Elevó los ojos al cielo y dio gracias. Casi era excesiva la alegría que sentía a veces. El señor Nara se acercaba desde los establos cargado con cubos de leche. Hinata corrió a abrir la puerta.

-¡Hola, señor Nara! ¿Quiere desayunar? Las galletas se están calentando y las salchichas están casi listas.

-Me llevaré un par, señora. Mi esposa me está esperando en casa.

Los niños volvieron a cruzar el patio dando pisotones exagerados para limpiarse las botas.

-Aquí tienes los huevos, señorita Hinata - dijo Misuke que cargaba la cesta orgulloso de su fuerza-. Hemos encontrado casi dos docenas.

-Más que todos mis dedos juntos -añadió Arashi.

-Tenemos que lavarnos aquí. Hace demasiado frío en la bomba -dijo Misuke.

-Bien, os he dejado una palangana con agua caliente.

-Date prisa, Misuke. Tenemos que ir a por papá. Arashi se lavó las manos de puntillas y se las secó en la camisa. Desayunaron deprisa para ganar tiempo. Hinata fue al establo, recogiendo de paso la mantequilla de la lechería. Misuke cargaba con la cesta de huevos y Arashi corrió para abrir la puerta del establo.

En cuestión de minutos, había aparejado las yeguas y cargado la carreta. Sus dedos volaban abrochando cinchas. Salieron hacia Konoha a plena luz del día. En el bolso de Hinata se hallaba la carta que había escrito a petición de Naruto y en la que le aseguraba a Sāra Hoshigaki que sería bienvenida.

Y aquella mañana, ni siquiera aquel acontecimiento podía ensombrecer la felicidad que sentía crecer en su interior.

Allí estaba, esperando que el tren se detuviera del todo, sujetándose con una mano y un pie en el escalón. Hinata esperó impaciente a que pasara el motor con su resuello metálico. Los vagones fueron perdiendo velocidad hasta que se detuvieron con un chirrido final de frenos, las ruedas de hierro patinaron sobre las vías y todo el convoy se balanceó.

-¡Papá! ¡Estábamos esperándote!

El grito de Arashi se elevó por encima del ruido y la gente. El ayudante del señor Yamanaka viajaba solo en un vagón. Kurenai estaba en la puerta de la estación con una bolsa de correo en las manos, esperando para cambiarla por la entrega de la mañana.

Naruto bajó al andén y se volvió para recoger su maletín del tren. Dos niños se lanzaron corriendo como suicidas hacia él y Naruto se preparó para el choque, inclinándose para abrazarlos cuando se arrojaron a su pecho.

Las lágrimas de Hinata se derramaron mientras miraba. Que un padre pudiera amar de aquella manera a sus hijos estaba más allá de su imaginación y de su experiencia. Y entonces, el hombre grande del andén la buscó con la mirada y Hinata pudo ver cómo cambiaba su expresión. Entornó los ojos mientras contemplaba su figura inmóvil. Con una media sonrisa, realizó una inspección detenida de cada curva de su cuerpo, algo que le produjo un placer enorme a Hinata, aunque se sonrojó bajo su mirada.

Con un niño en cada brazo, el sombrero ladeado y el cansancio reflejado en el rostro, Naruto se acercó a ella.

-Señora, ¿conoce usted a este par de bribonzuelos? -preguntó mientras abrazaba los dos cuerpecillos con fuerza.

-¡Papá! ¡Claro que nos conoce! -aulló Arashi, lo bastante fuerte como para que su padre hiciera una mueca de dolor y tratara de apartar la cabeza del excitado pequeño.

-Está de broma, Arashi -se burló su hermano.

Arashi se debatió para que lo dejara en el suelo y, cuando lo consiguió, volvió a la carrera hasta donde el maletín había sido abandonado y luchó para levantarlo.

-Te apuesto a que nuestros regalos van aquí dentro, ¿eh, papá?

-Ve a ayudar a tu hermano -dijo Naruto mientras dejaba a Misuke en el suelo y clavaba sus ojos en Hinata.

Y entonces le puso unas manos recatadas sobre los hombros, tan sólo la fuerza de sus dedos delataba la intensidad de su deseo. Su beso fue breve, un mero roce de los labios, pero el aliento que exhaló contra la mejilla de Hinata daba la medida de su contención. Naruto siempre se comportaba como un caballero en público, por muchos esfuerzos que le costara.

-Espera a que te pille a solas.

Hinata decidió que, si aquello era una amenaza, había conseguido todo lo contrario. Los escalofríos de anticipación recorrían su cuerpo excitadamente.

-¿Me has traído algo? -preguntó ella con inocencia exagerada, parpadeando irónicamente.

-Un par de cosillas. Pero una de ellas tendrá que esperar.

Naruto le quitó las manos de encima y se volvió hacia los furgones de carga. Una rampa fue bajada hasta el andén y una criatura berreante de enormes proporciones comenzó a descender.

-Eso que ves, señora Namikaze, es un shorthorn rojo y blanco de pura raza.

¿Qué te parece tu regalo, cariño?

-¿Mi regalo? -repitió ella, consternada.

En vez de ir a Iwagakure para librarse de quince cabezas de ganado, se había traído consigo un toro.

-¿Qué, te gusta? ¿A que es un amor?

-Ya tenemos un toro.

Hinata no lo había visto últimamente, pero a juzgar por las barrigas hinchadas de las vacas, había hecho un buen trabajo el año anterior. No necesitaba seguir de cerca la destreza del animal, era mejor que se mantuviera al otro extremo de su propiedad. Los toros solían dar problemas.

-Quería que fuera una sorpresa, Hina.

Un estibador sostenía la maroma que acababa atada a una argolla en los ollares del animal. Naruto la tomó entre sus manos y controló al toro con mano firme.

-Voy a atarlo al coche.

Hinata los siguió a una distancia prudencial, mordiéndose los labios.

-Parece muy caro -aventuró.

-¡Y que lo digas! Tuve que pujar muy alto por él. Pero ya verás como merece la pena, Hina.

-No sabía que fueras tan rico, Naruto.

Había visto los anuncios de aquella clase de animales en la revista ganadera que su padre compraba de vez en cuando. Un shorthorn de pura raza debía costar una fortuna. Bueno, quizá no tanto, pero sí mucho más de lo que Hinata tenía en el banco.

-Me habría costado todo lo que me quedaba, Hinata.

-¿Ah, sí? -preguntó ella sin entender a qué se refería.

-¿Podemos hablar de esto luego, cariño?

-No, creo que no.

La idea de volver a casa con aquel animal detrás le inspiraba una inquietud que no era capaz de describir. Pero se sentía más temerosa de la extraña sensación que la frase de Naruto había despertado en ella. Si no había agotado su cuenta bancaria para comprar el toro, ¿de dónde había sacado el dinero? Dudaba que le hubieran prestado el dinero en Iwagakure.

-Hinata, debemos darnos prisa. Tenemos que entregar las manzanas, la mantequilla y los huevos. No quiero tener este toro en la ciudad más tiempo del estrictamente necesario.

En aquel momento, la entrega a la tienda era la última de las preocupaciones de Hinata. Sintió que el estómago se le contraía cuando se encaró con su marido.

-¿De dónde sacaste el dinero?

Hinata sentía que la sangre se le bajaba a los pies, dejándola helada. Naruto clavó en ella unos ojos azules y duros.

-He firmado una pequeña hipoteca sobre la granja. Y ahora sube al coche para que podamos irnos.

Hinata sintió que sus pies se habían convertido en piedra dentro de las botas, era incapaz de poner uno delante del otro. Sin embargo lo consiguió. Le dio la espalda a Naruto y echó a andar por la acera que llevaba al centro de la ciudad. Delante de ella, al otro lado del camino, estaban los edificios de Konoha

El banco, el establo de alquiler, la tienda y el hotel. Las tiendas y los negocios parecían animados, tenderos y clientes iban y venían. Comenzó a acelerar el paso al oír los cascabeles del tiro. Naruto puso el coche a su altura.

-Sube, Hinata.

-Prefiero andar, muchas gracias.

Con la barbilla bien alta, avanzó rápidamente. Sentía los pies más ligeros, alimentaba su marcha con la llama de su ira. Naruto había hipotecado la granja. Sin decirle una sola palabra, sin consultárselo, había puesto en peligro la propiedad. Y se había atrevido a hacerlo sin mencionárselo siquiera.

La aparición de Asuma Sarutobi el lunes en la tienda cobró un nuevo significado. Y el modo en que Naruto lo había sacado a la calle sólo demostraba su intención de engañarla.

Una hipoteca. Como la espada de Damocles, la palabra pendía sobre su cabeza y la amenazaba. El hombre a quien había confiado su granja, su medio de vida, su propio ser, la había traicionado. ¡Y, para colmo, esperaba que ella se alegrara ante la prueba de su traición!

Sus pasos resonaban con fuerza sobre los tablones de la acera. No hizo caso de los cristales pintados ni de los artesonados de madera, no se detuvo hasta estar a la altura de la tienda. Sólo entonces se dio cuenta de que la carreta se había mantenido a su lado. Contempló la criatura mastodóntica que avanzaba sumisa

detrás, la argolla del morro aseguraba su obediencia. A unos pocos centímetros de donde la cuerda estaba atada a la carreta se encontraban las canastas de huevos y mantequilla.

-¿Eres tan amable de alcanzarme los cestos y de bajar las cajas de manzanas?

-preguntó con una voz que parecía una tormenta de hielo.

-Reconozco que podría hacerlo, Hinata.

Detrás de él, los niños se acurrucaban en la plataforma. Tenían todo el aspecto de necesitar la manta mucho más que la fruta. Sus rostros estaban tensos y recelosos, sus ojos inexpresivos, como si su existencia se balanceara al borde del desastre.

Ni siquiera aquella imagen terrible podía atravesar la furia ardiente que sentía. Se daba cuenta de que los niños estaban atenazados por el pánico, ella acababa de superar el mismo estupor.

Naruto empezó a descargar las manzanas. Hinata pensó que llevaba años siendo socia del ganado y las gallinas y consideraba que su contribución a su existencia era un don. Ella alimentaba a las gallinas que, a su vez, le proporcionaban huevos y alguna que otra satisfacción. Las vacas eran otra cuestión. Se sentían más que contentas de librarse de la leche que hinchaba sus ubres dos veces al día. Para su modo de pensar, era un método de lo más satisfactorio de ganar dinero.

Le arrebató las cestas de las manos a Naruto, no estaba dispuesta a consentirle la cortesía de entrárselas. Naruto no puso objeciones. Pero entonces, Hinata, se quedó plantada ante la puerta y tuvo que sufrir la indignidad de que él se la abriera.

-¡Señora Namikaze!

El señor Yamanaka salió del mostrador con las manos extendidas, contemplando con cara extrañada a Naruto, que se quedaba en la puerta mientras su mujer cargaba con todo el peso.

-Deje que yo las lleve.

Hinata se obligó a sonreír. No se trataba de que no hubiera cargado con pesos mayores, pero entre el martilleo de su corazón y aquel súbito dolor de cabeza, estaba empezando a marearse.

Naruto volvió a la carreta sin mirar atrás. Hinata siguió al tendero al mostrador más lejano. El señor Yamanaka, comenzó a sacar de los cestos los huevos y la mantequilla, sin dejar de prestar una atención considerable a Naruto que descargaba las manzanas en la acera.

Cuando acabaron de hacer las cuentas, el señor Yamanaka buscó su nombre en una libreta.

-Sumando las manzanas, su crédito es bastante desahogado. ¿Qué quiere que le ponga hoy?

-Nada, señor Yamanaka.

Por nada del mundo quería quedarse allí un segundo más de lo necesario, no mientras sintiera que la mirada de Naruto estaba taladrando su espalda. Prefería sobrevivir durante unos días sin té ni vainilla y el resto de las cosas.

Además, había tres kilómetros hasta la granja y ella iba a caminar. Cuanto menos tuviera que cargar, mejor sería el camino.

El señor Yamanaka se despidió un tanto confuso.

Hinata salió a la calle y apenas se dio cuenta de que su marido la sujetaba del brazo.

-Sube a la carreta, Hinata.

Era una orden que no admitía discusión. Sus dedos la sujetaban con firmeza a pesar del abrigo. Incluso en pleno ataque de ira, Hinata conoció un momento de orgullo al contemplar el esplendor de su esposo. Tenía las ventanas de la nariz dilatadas, los labios apretados, la cicatriz de la mejilla parecía blanca contra el rubor que la ira prestaba a su rostro.

Y, con todo, Hinata lo desafió. Clavó sus tacones en el suelo y apretó los dientes cuando sintió el daño que Naruto le hacía en el brazo al seguir andando sin darse cuenta de que ella era incapaz de seguir sus zancadas. Y entonces, al reconocer el desafío, la soltó. Se volvió hacia ella con ambas manos en las caderas, respirando rápida y profundamente, preso de la ira.

-¿Qué demonios te crees que estás haciendo? -le preguntó sin preocuparse de la gente que había dejado de hacer sus tareas para contemplar aquel pequeño melodrama.

Hinata levantó un poco más la barbilla, preguntándose si acabaría rompiéndose el cuello en su empeño por sostenerle la mirada. Torció los labios en una caricatura de sonrisa.

-¿No lo ves? Voy a ir caminando a casa, señor Namikaze.

-¡Señora!

Las puertas de la tienda se abrieron de repente a su espalda y el señor Yamanaka.

Salió a toda prisa.

-Se olvida de las cestas, señora Namikaze -dijo con ojos ávidos conforme se acercaba-. ¿Quiere que se las deje en la carreta?

Entonces, el tendero reparó en el enorme toro que estaba atado al vehículo y se detuvo en seco.

-¿Tienen un toro nuevo? -le preguntó a Naruto.

Naruto le lanzó una mirada condescendiente.

-Sí, podríamos decirlo así -dijo aceptando las cestas de sus manos.

-¡Vaya si es grande!

Kurenai también hizo su aparición en la puerta. Naruto la miró y se acercó a hablar con ella.

-¿Puede hablar usted con Hinata? -preguntó con una nota de desesperación en la voz.

-No creo que me escuchara en estos momentos, Naruto -dijo ella, mirándolo con compasión-. Está hecha una furia, ¿no?

-Sí, desde luego -contestó él mientras su sonrojo subía de tono.

-Además, creo que es usted quien tiene que hablar con ella.

Kurenai entró en la tienda ajustándose el chal en torno al cuerpo, como si el frío que había visto en los ojos de Naruto hubiera anulado por completo el resplandor del sol.

Cuando Naruto retomó las riendas, Hinata iba algunos centenares de pasos delante de él. Naruto aguantó el tiempo mientras avanzaba por la calle, consciente de las miradas que atraía al seguir a la mujer con la que se había casado.

Hinata siguió andando a paso vivo hasta que llegó al final de la acera. A partir de allí, el camino se hacía más duro y tenía que decidir si iba por los rastrojos o por la pista de tierra. Optó por lo más fácil y echó a andar entre los rastrojos, donde la nieve era menos resbaladiza. Tropezó un par de veces y estuvo a punto de caer. En aquellas ocasiones, Naruto contuvo el aliento.

Aquella condenada mujer podía mirar por dónde iba, al menos así no tendría que preocuparse. Pero se empeñaba en llevar bien alta la cabeza y no estaba atenta a las desigualdades del terreno. Puso las yeguas a paso lento, una sombra pálida del trote vivo que solía exigirles. Pero no había nada que pudiera obligarlo a marcharse a casa y dejar a Hinata atrás.

Sólo el peligro de que se suscitara un enfrentamiento físico delante de sus hijos evitaba que bajara y la echara por la fuerza a la carreta.

Iban a ser unos kilómetros muy largos. Tan sólo el día anterior, la adquisición del toro le había parecido uno de los momentos culminantes de su vida. La imagen de una Hinata llena de alegría por su compra le había dado fuerzas durante el largo y agotador viaje en tren. Llevaba toda la noche sentado en el vagón, desesperado por disfrutar de unos momentos de sueño entre el estruendo de los raíles y la incomodidad de un asiento en el que no lograba acoplar su cuerpo.

Y todo para descubrir que su esposa no compartía su visión de una prosperidad a largo plazo encarnada en el toro que, en unos pocos años, iba a llenar sus prados de una raza como nunca había soñado la familia Hyūga. Naruto anhelaba mejorar su cabaña. Había planeado meticulosamente aquel viaje con el que pensaba demostrarle su talento para los negocios. ¡Maldición! La grana era de los dos, no de Hinata exclusivamente. El había pagado la hipoteca que Hinata había heredado de su padre.

Era él quien había infundido una nueva vida al huerto, podando y plantando. Había arreglado las cercas, reunido el ganado disperso con la ayuda de Sheba, convirtiéndolo en un grupo manejable para el invierno. Había trabajado duro en una granja que llevaba todo el camino de hundirse. ¿Y todo para qué? La primera vez que hacía valer sus derechos y firmaba una pequeña hipoteca en vez de utilizar el menguado capital que tenía en varias cuentas de ahorro, Hinata ponía el grito en el cielo. Su ira era monumental, su ataque de rabia completamente desproporcionado.

¡Qué caminara todo lo que quisiera! Quizá así se le bajaran un poco los humos antes de llegar a la casa. Le habría estado bien empleado que él pasara a su lado y la dejara atrás.

Levantó las manos listo para sacudir las riendas.

-Sí que está enfadada la señorita Hinata -le susurró Misuke al oído.

-¿Ya no nos quiere? -lloriqueó Arashi desde atrás.

-Naturalmente que sí -gruñó Naruto entre dientes.

Relajó los brazos, aunque apretó las mandíbulas. Era incapaz de dejarla que caminara sola por aquel terreno helado mientras sus hijos se encontraban al borde del pánico.

Desde luego, era muy capaz de llegar caminando. No sería la primera vez que lo hacía. Aunque había perdido práctica desde que se apellidaba Namikaze. ¡Que se lo llevaran los demonios si consentía que volviera a hacerlo! Con un suspiro de cansancio, detuvo la carreta, aseguró las riendas y saltó al suelo.

Con el rabillo del ojo vio que ella tropezaba con una maraña de hierbas congeladas. Naruto echó a andar entonces, llevando a las yeguas del arnés. Justo delante, Hinata entró en el camino. Acababa de decidir que era preferible a los rastrojos. Naruto la siguió despacio.