Snk pertenece a Hajime Isayama.

.

.

.

Sus pies se arrastraban con parsimonia sobre el asfalto hirviendo. A diferencia de sus calles de piedra, aquel pavimento estaba recubierto de alquitrán. Una masa compuesta de brea con la que se asfaltaba el suelo que pisaban aquellos ostentosos carruajes que no eran tirados por caballos sino por aquellos artefactos llamados motores.

Sin duda, el mundo abierto le ofrecía infinitas posibilidades que su cerebro apenas podía almacenar. Cada centímetro que descubría de aquel vasto mundo, aumentaba más su excitación. A lo largo de toda su vida, se había visto encerrada entre libros. Hanji Zoe sobrepasaba los treinta años de edad. Antes de conocer la existencia de aquellas piedras, había llegado a pensar que había agotado la biblioteca de información que era capaz de abordar. Sin embargo, una vez más se veía sorprendida de su propia capacidad de alcanzar el intelecto.

Durante el tiempo que le quedase de vida, averiguaría hasta el más mínimo indicio de vida de aquella existencia más allá de sus viejas murallas. Hanji sonrió mientras observaba uno de aquellos vehículos que transportaban a la gente. Una máquina ingeniosa y que evolucionaría afectando a cualquier medio de transporte conocido.

Sus subordinados permanecían atentos a un extraño cartel. Una imagen que había llamado la atención de todos ellos. Como si permaneciesen hipnotizados. Se acercó con curiosidad mientras permanecía cautelosa tras ellos.

- ¿Qué miráis, chicos? - se agazapó tras ellos mientras buscaba el origen de su atención.

- H-hanji-san... Esto es lo que había en el diario del padre de Eren, ¿cierto? - señaló Jean hacia una imagen reproducida.

- Sí... se parece – Eren murmuraba como si aquellas imágenes no causasen tanto impacto como en sus compañeros – Supongo que este sitio es lo que denominan estudio de fotografía.

- Ya veo... Así que aquí se fabrican esos retratos tan inmaculados – Hanji se mesó la barbilla con cautela, los conocimientos no mermaban en querer apoderarse de su interior – Muy bien, entremos.

- ¿¡E-en serio!? - escupió Connie con sorpresa, sus mejillas se sonrojaban con excitación - ¡Sasha, no te adelantes! ¡Esperáme!

- ¡Quiero ver esa máquina de la que Nicolo hablaba! - gritó mientras huía hacia el interior.

El resto de chicos le siguieron con prisa, ascendiendo por la escalinada que llevaba al estudio. Hanji se giró hacia su viejo camarada que permanecía de pie junto al hombre de tez oscura. Parecía desinteresado en aquellos experimentos. Pero sabía que su curiosidad estaba mucho más adentro de sus entrañas. Y afloraba cada vez que ella le brindaba uno de aquellos vestigios que aguardaban ser descubiertos.

- Vamos, Levi. Será divertido.

- Tché.

Aquella escenografía le parecía extraña. El hombre que llamaban fotógrafo parecía mucho más calmado que otros artistas que habían conocido anteriormente. Y sus instrumentos para dibujar parecían más extraños de lo habitual. Sobre una especie de aparato que llamaba trípode colocaba una caja cuadrada

A su lado había unas pantallas que parecía utilizar para reflejar la luz. El mecanismo le seguía pareciendo impresionante. Disponía de un papel que era capaz de captar la reflexión de la luz, y mediante unos químicos que colocaba sobre la máquina, era capaz de reflejar la escena que se postraba frente a él.

En el costado de la habitación, se encontraban ubicados una serie de sofás y sillas de un aspecto bastante ostentoso. Posiblemente solamente utilizadas para que sus clientes se sentasen en ellos para ser retratados. Como si de una obra de teatro se tratase que sería captada en apenas unos instantes. ¿Cuánto de aquella fidelidad de imagen era capaz de retratar la auténtica realidad de las personas que allí se sentaban?

- ¿Para que sirve el fuelle que tiene aquí? - continuó Hanji mientras inspeccionaba aquella máquina.

- Por favor, señora, no toque la cámara. Es delicada y frágil – insistió el humilde trabajador – Por favor chicos, no os subáis encima del mobiliario – increpó a los más jóvenes que parecían disfrutar de la comodidad de aquellos sillones.

- ¿Estás lámparas de aceite verticales sirven para refractar la luz? - continuó mientras examinaba uno de los focos de iluminación – Ya veo, permiten iluminar la escena de sus imágenes impresas. Que interesante.

- ¿Nunca se ha tomado una foto, señora?

- Oh, por supuesto que sí – interrumpió Onyankopon mientras carraspeaba – Pero el modelo de su cámara es más avanzado de los que hemos visto últimamente. Sólo estamos alabando el material del que dispone.

- Ya veo. Si quieren, puedo sacarles una fotografía. La calidad de mi revelado es famosa en la zona – sugirió el hombre.

- ¿Nos sacaremos una foto? - Connie sonrió con picardía mientras se sentaba en uno de los sillones – Tengo que estar quieto, ¿cierto?

- Oh, sí, claro. Colóquense todos ahí. Prepararé el papel fotográfico. - sonrió el hombre mientras comenzaba a manipular su maquinaria – Agrupaos. Sí, las chicas se pueden sentar en el sillón principal, entonces los varones...

Los jóvenes soldados ignoraron su sugerencia mientras Sasha se arrojaba sobre el suelo y Connie se tumbaba en uno de los sofás. Armin buscó un asiento en el reposabrazos cerca de Eren. Quién parecía desinteresado en aquella fotografía. El fotógrafo frunció el ceño confuso. Aquellas poses que habían elegido los jóvenes muchachos no parecían para nada las que estaba habituado a retratar. Poco convencionales. Cómo si estuviesen emocionados con aquel retrato. Onyankopon se acercó a ellos rogándoles por tener algo de decoro y no estropear el mobiliario mientras tomaba lugar junto a ellos.

Se giró hacia los dos adultos que parecían seguir examinando su cámara. Parecían más interesados por su funcionamiento que por obtener un retrato cómo todos aquellos jóvenes.

- Si toman lugar junto a los chicos, tomaré la fotografía de todos ustedes.

- Oh sí, claro. Por supuesto, vamos Levi.

Los altos cargos de la legión de exploración se colocaron tras los jóvenes reclutas. Hanji sonreía con tristeza. Tal vez fuese el primero y el último momento en el que podría obtener un retrato junto a sus subordinados. Recordaba con añoranza a aquellos de los que aún guardaba dibujos hechos por su fiel subordinado, Moblit. Posiblemente quién más habría disfrutado de aquellas imágenes que reflejaban con exactitud la realidad.

Hubiera deseado tanto poder compartir aquella experiencia con todos ellos. Incluso con el anterior comandante, quién había fallecido sin tan siquiera tener el mínimo atisbo de aquellos descubrimientos. Tal vez, cuando volviese a reencontrarse en otra vida, invertiría su ilimitado tiempo en narrarle aquellas maravillas.

- Vale, cuando yo les de la orden, deberán esperar unos instantes mientras se toma la fotografía – comenzó a decir el hombre – Los chicos de la derecha, acerquense más.

- ¿Podremos tener más de uno, señor fotógrafo? - musitó Sasha mientras apoyaba uno de sus brazos sobre una silla cercana a ella.

- Oh, sí. No se preocupen. Les entregaré varias copias. Tal vez sería mejor que los adultos se colocasen en el centro – prosiguió.

- Está posición es suficiente. Acaba de una maldita vez – Levi parecía aburrido y cansado de aquello. Como si aquella extraña atracción que motivaba a todos no le pareciese lo suficiente interesante.

- Oh, disculpe caballero. Pero si lo desea, podría sujetar la mano de su esposa. El retrato de su familia quedará precioso si ambos sujetan sus manos.

Hanji abrió sus ojos con sorpresa. Aquello era algo habitual, ser confundida con un joven esposa que paseaba junto a su marido y sus hijos bastante mayores. Sonreía nerviosa mientras intentaba excusarse ante aquel desconocido, cuando de repente sintió un extraño tacto rozó la superficie de su mano. Se giró hacia el origen de aquella sensibilidad y encontró la mirada de su compañero.

Tal vez no mostrase las emociones de manera ordinaria como todos ellos, pero sabía que estaba implícito en sus gestos. Retrato de familia, así que era eso. Estaba nervioso por obtener una imagen de la que se había convertido en su actual familia.

La imagen impresa en aquel pequeño pedazo de papel era aún más verídica de lo que podía imaginar. No creía que pudiese representar tan bien la realidad que plasmaba. Como si de un artista terriblemente grácil se tratase. Aquella máquina, sin duda era algo digno de elogio. Cada uno de los jóvenes soldados comenzó a coger su copia mientras reían señalando alguna parte de alguna de ellas.

- Ja, ja, ja. Sasha, mira, parece que te hayas caído.

- ¡Tú tienes la mitad del trasero fuera del asiento! - rebatió la joven.

- La impresión es muy fidedigna de la realidad – anotó Armin mientras una sonrisa se esbozaba en su rostro – Hanji-san, ¿cree que con el tiempo hubiéramos alcanzado este nivel de tecnología?

- La verdad es que la evolución tecnológica siempre se ha visto influenciada por el comercio social y extranjero, por lo que seguramente no hubié-

- Capitán, comandante Hanji – interrumpió Onyankopon mientras se separaba de los más jóvenes – Deberíamos dirigirnos hacia la mansión de los Azumabito. Mañana debemos asistir a la conferencia marleyana. La señora Kiyomi nos estará esperando.

- Oh, sí. Bien. No quedaba lejos de aquí, ¿cierto?

- No, pero será mejor desplazarse antes de que anochezca.

- De acuerdo – la mujer se giró hacia su compañero que continuaba embelesado con aquella imagen impresa – Es fantástica, ¿verdad? Si conseguimos alcanzar la paz, volveremos.

- Volver... - su voz se volvió un susurro mientras buscaba su mirada de complicidad – A ella le hubiese gustado este sitio...

- Claro, volveremos y tomaremos una foto juntos – su voz también se convirtió en algo apenas audible mientras se inclinaba hacia su oído. - Los tres.

- Ya veo...

Hanji se giró para encaminarse hacia la salida, cuando sintió que su camisa era retenida desde atrás. Se tornó instintiva descubriendo la mano de Levi agarrando la tela y reteniéndola en aquel lugar. Su mirada se escoró hacia aquel ostentoso mobiliario. Y luego de nuevo hacia ella.

No importaba los años que pasasen separados. O los que estuviesen juntos. Sabía que no necesitaba de palabras para interpretar sus acciones. Aquella extraña imagen le había trasladado un mensaje especial. Algo que deseaba hacerle llegar a aquella persona que esperaba sin saberlo su regreso rodeada de niños sin padres. Sin saber que los unía un vínculo inquebrantable.

Levi parecía nostálgico mientras sostenía la fotografía y continuaba sin pronunciar ninguna palabra más. Había habido demasiadas personas que tenía que conformarse con recordarlas en su mente o a través de delicados trazos en un trozo de papel. Estos últimos, tal vez los más afortunados de haber podido obtener un retrato. Isabel y Farlan no habían tenido dicha suerte, ni siquiera su madre. ¿Qué sentiría aquella niña si jamás llegaba a tener ese recuerdo?

- Perdona Onyankopon – Hanji se acercó hacia el hombre de tez oscura y le agarraba del brazo mientras le trasladaba hacia una esquina – Estaría profundamente agradecida si te adelantases con los chicos hacia la mansión. Nosotros estaremos allí en un rato. Te agradecería si nos disculpases la tardanza. Me gustaría poder entender mejor el funcionamiento de esta máquina. Tal vez podría replegar su uso para crear una granada cegadora o algo similar.

- Ah... entiendo – el hombre frunció el ceño algo confuso - ¿El capitán Levi permanecerá con usted?

- Oh, si. Levi debe guarecer mis espaldas. No tardaremos, te lo prometo.

- De acuerdo... - musitó algo extrañado mientras se dirigía hacia los más jóvenes.

El tumulto de personas que les habían acompañado durante aquellas horas comenzó a desvanecerse, dejando un espacio de silencio y privacidad. Hanji se acercó hacia Levi y le acarició la mano desde el dorso.

- Disculpe, señor fotógrafo. Querríamos tomar otra foto.

- Oh, de acuerdo – el hombre se giró confuso buscando al grupo de adolescentes que les acompañaban previamente - ¿Y sus hijos? ¿Tomarán su foto solos?

- Ellos no... - intentó explicar Hanji.

- Hacen ruido y molestan. Ya han tenido su capricho, así que los hemos echado – repuso Levi – Tenemos algo de prisa.

- Ya veo, la juventud... ¿Qué tipo de foto desean?

- …... - Levi parecía algo pensativo, como si sus pensamientos se evadiesen.

Jamás había tenido un retrato junto a nadie que considerase su familia. Ni siquiera aquellos que se habían convertido en una parte relevante de su vida. No tenía ninguna ilustración junto a Farlan, Isabel, Erwin o Kenny. Ni siquiera junto a su propia madre. Podía visualizar algunos dibujos de Erwin realizados por el antiguo subordinado de Hanji. Pero nunca había podido expresar su necesidad de poder poseer un recuerdo que implicase la cercanía que había tenido con cada uno de ellos.

Algo que simbolizase todo aquel proceso en el que había podido forjar un vínculo irrompible con cada uno de ellos. Y aquella mujer que le esperaba sentada en uno de los sofás mientras hablaba con aquel extraño artista era lo último que le quedaba. Aquella fotografía sería la única posesión que podría demostrar el afecto que había desarrollado hacia ella a lo largo de los años. Se acercó con cuidado y tomó asiento junto a ella.

Su mano ascendió hasta uno de sus mechones rebeldes que siempre acariciaban su rostro y tapaban aquel parche que llevaba cubriendo parte de él esos últimos años. Deslizó sus dedos hasta colocarlos tras su oreja, dejando que se viese mejor su cara. Se apoyó en el respaldo del asiento y deslizó un brazo por detrás. Rozando su hombro con una de sus manos.

- ¿Desean... la fotografía así? - murmuró el hombre algo confuso – Póngase más cerca de ella, señor. Mejorará el encuadre.

- Venga, Levi, acercáte – la mujer de repente colocó sus piernas por encima de las de él mientras deslizaba sus manos por detrás de su cuello, hasta sentarse encima de su regazo. Levi frunció el ceño mientras miraba al fotófrafo inexpresivo.

- ¿Está segura? Él parece incómodo...

- Oh, sí, no se preocupe. Siempre tiene la misma cara.

Levi resopló algo resignado y bajó sus brazos hasta rodear la cintura de ella. Hanji apoyó su cabeza sobre la de él y sintió que la mano de él la acariciaba con delicadeza mientras aquel flash captaba aquella imagen instantánea.

Cuando el hombre comenzó a manipular su cámara para extraer la imagen que había tomado, la mujer comenzó a sentir que el hombre bajo ella apoyaba aún más su peso en su delicado pecho. Ella alzó una mano y acarició su cabello.

- Levi... - murmuró mientras besaba su cabello – Tenemos que decirle a Lia quiénes somos. Tal vez esta foto sea lo último que pueda llegar a ver de nosotros. Y prefiero que oiga la verdad de mis propios labios.

- Sí, tienes razón.

.

.

.

Armin deambulaba por aquellas ostentosas paredes sin dejar de acariciar la celosía que las adornaban. Sabía que la familia Azumabito era poseedora de grandes riquezas, pero aquel tipo de lujo distaba del que había llegado a ver dentro de sus pequeñas murallas. El avance tecnológico hacía que sus muros pudieran desprender una aura cálida, distinta a la fría piedra del castillo interior del muro Rose.

Era distinto, pero asombroso. Cada centímetro que recorría de aquel nuevo país suponía un nuevo descubrimiento, y hacía que su sed insaciable desease satisfacer el resto de su curiosidad interna. Su mano continuó acariciando la pared hasta llegar a una de las ventanas. Los dos superiores acababan de llegar y eran recibidos por la anfitriona en la entrada principal.

Había algo que había sospechado desde hacía días, pero era un pensamiento imposible de comunicar verbalmente. Pero conforme pasaban los días, más atisbo de fracaso llegaba hasta sus neuronas. Su comandante había dejado de repetir aquellas tópicas frases de esfuerzo y recompensa. Sabía que aquel viaje no era meramente turístico. Sino que tendría que defender una vez más la integridad de todos sus soldados. Al fin y al cabo, ellos no eran más que meras monedas de cambio para los Azumabito.

Aquella habitación que les habían designado para descansar aquellos días era muchísimo más cómoda que cualquiera en la que hubiera dormido anteriormente Armin antes. Y sin embargo, no podían comprar la inseguridad que le generaban. Cada vez que miraba hacia sus manos se repetía la misma pregunta. ¿Realmente era yo quién tenía que estar aquí ahora? Una pregunta que le acribillaba hasta el último de sus pensamientos.

Cada día. Cada hora. Cada minuto. Cada segundo. Hasta agotar su existencia. Y que hacía que los arrepentimientos creciesen en su fuero interno. Tal vez, si no hubiera intentado salvar a su mejor amigo, él hubiera sido entregado a Marley. Ellos hubieran utilizado su poder, y no se verían envueltos en aquella guerra. Pero su vínculo egoísta de amistad le hizo escoger. Escogerle a él frente a la humanidad.

En ocasiones, intentaba justificarse pensando que los sucesos habrían ocurrido de igual manera con Eren en su poder o no. Pero nada le auguraba que el resultado hubiese sido distinto. Annie tampoco estaría encerrada en el subsuelo de la policía militar. Annie... Sus pensamientos se volvieron difusos mientras continuaba mirando hacia el exterior.

Este era el paisaje que viste al crecer, ¿cierto? ¿Acaso aquel viaje les permitiría conocer mejor al que llamaban enemigo? Estas calles son las que recorriste alguna vez. Al que alguna vez llamaste hogar. ¿Y ahora? ¿Dónde perteneces ahora, Annie? ¿A Paradis? ¿A Marley? ¿Acaso importa?

Sus párpados cayeron con fuerza mientras su frente se apoyaba en el frío vidrio de la ventana. Un hogar. Algo que defender. Un entorno que proclamar y sobre el que establecerse. El vaho de su tristeza empañaba el cristal. Su dedo escribía un nombre que era borrado a continuación.

Si alguna vez acaba esta guerra... Dime Annie, ¿me lo enseñarás? ¿Me enseñarás tu verdadero hogar?

.

.

.

- Lamento no poder darles una mejor respuesta – la señora regente de la mansión inclinó su cabeza intentando disculparse – Pero no podemos esperar más tiempo a que su gobierno intente buscar otra alternativa. Los azumabito solo apoyaremos a su isla si podemos obtener el poder del retumbar. Para ello requerimos de que el poder del titán bestia no desaparezca de nuestras manos.

- Lo comprendo – Hanji parecía insondable, pero Levi notaba que su alma no se encontraba en calma – Sin embargo, no podemos precipitarnos sin un plan. Tal vez si hablamos con ellos...

- Lamento interrumpirla, señorita Zoe – volvió a articular aquella mujer de rostro impasible – No podemos permitirnos realizar semejante inversión si no tenemos constancia de poder llevar a cabo nuestros intereses.

- Aún nos quedan unos días. Cuando se celebre la conferencia marleyana, podríamos intentar debatir-

- Como dije – volvió a interrumpirla – Los azumabito no dispondremos nuestro arsenal si no podemos ganar.

- Ya veo...

Eren permanecía en una esquina observando la escena. Recuerdos que ya había vivido. Y que le enviaban a su propio futuro. Sus decisiones que implicarían a todas las personas que se hallaban allí presentes. Marcando el destino de todos ellos. De todas las personas que ahora mismo paseaban por aquellas abarrotadas callejuelas.

Su vista se tornó de nuevo hacia su comandante, que miraba de soslayo a su capitán, buscando por comprensión, intentando visualizar una ruta de escape a aquel genocidio que no sabía que desatarían solamente por encontrarse allí. Exentos de su propia culpa. Sus ojos se tornaban del color del agua que tanto había soñado con ver, cristalinos, reflejando su propia imagen en la ventana. Alzó su rostro y contempló la luna. Parecía la misma, pero sabía que había un halo que la convertía en algo diferente.

La decepción. Cien años encerrados sin saber que había sido excluidos de la sociedad en la que merecían vivir. Solamente por el pecado de la sangre que recorría sus venas. Relacionarse. Aturdido por sus pensamientos, abandonó la habitación con parsimonia. Su comandante aún intentaba debatir y buscar una solución que no implicase derramamiento de sangre.

La paz. Una falacia que se había borrado de su mente desde hacía tiempos inmemoriales. Vagabundeó por las calles en busca de respuestas que ya conocía. Imágenes que le trasladaban un futuro muy distinto.

Una pareja con una mujer encinta, un futuro cruel. Un anciano que era guiado por su hijo. Cientos de edificios que serían destruidos. Era el único camino. Y todo aquello que le rodeaba eran obstáculos. Y debía liberarse de todos ellos.

- ¡Maldito mocoso! ¡Te daremos tu merecido! - bramó un hombre desde un diminuto callejón.

- A los ladronzuelos cómo tú les cortamos las manos, ¡así aprenderás! - continuó otro.

Eren se paralizó al ver a aquel niño. Otro retazo de sus memorias. Al mediodía habían podido salvar a aquel niño. Y volvía a ser necesario ser salvado. ¿Realmente importaba? Él desaparecería junto a todos aquellos que le rodeaban. Nada cambiaría su sino.

Nada. Nada... nada. Giró sus talones y se encaminó hacia el pequeño conducto. Estrecho. Los hombre parecieron algo sorprendidos por su presencia. Uno de ellos, tal vez el más ingenuo. Alzó la mano intentando empujarle. Un mero aficcionado, ajeno a su formación como militar. Agarró su brazo en el aire y lo retorció provocándole espasmos de dolor.

El segundo intentó abalanzarse con el cuchillo con el que iba a dejar al niño lisiado por el resto de su vida. Retrocedió unos pasos y se agachó cuando intentaba tomar su estocada definitiva. Sujetó su cintura y lo alzó sobre su cabeza arrojándolo detrás de él. Perdiendo la consciencia al instante.

Volvió a dirigirse al primero de ellos y alzó su pierna contra su rostro golpeándolo contra la pared, sus dientes salieron volando por todo el derredor. Se posicionó defensivamente mientras el último de ellos le evaluaba insólito.

- M-monstruo... - musitó asustado.

Eren posicionó su vista en el hombre, amenazante. Letal. El hombre asustado lanzó un rugido de terror y comenzó a corretear arrastrándose por el suelo mientras intentaba esquivarlo. Eren le agarró desde el cuello de su camisa y lo hizo retroceder hasta confrontarlo contra la pared. Su brazo era presionado con rudeza contra su traquea. Podría reventarla fácilmente si quisiera.

El temor en sus ojos crecía mientras sus retinas viraban a un lado y al otro observando cómo sus camaradas no despertaban y continuaban inconscientes. Nadie le ayudaría. Eren presionó más hasta observar cómo sus pupilas se dilataban y caía desvanecido.

Volvió a girarse hacia el pequeño que parecía asombrado. Hablaba en un idioma que no alcanzaba a comprender. Agradeciéndole por su intervención. Algo lastimado en una de sus piernas. Posiblemente un impacto menor. Su mirada, no era la que recordaría hasta el final de su existencia. En aquel momento, solo le devolvía una mirada afable y grácil. Pero la última imagen que tendría de él no sería aquella.

- Lo siento... - comenzó a decir mientras apoyaba sus manos en los hombros del muchacho que parecía confuso – Lo siento...

Aquellos confusos ojos solo le devolvían una mirada cargada de incomprensión. Intentando analizar porqué sus temblorosas manos se asían a sus hombros. ¿Cuántas vidas debía destruir a cambio de la libertad? La sangre que mancharía sus manos no sería lavada jamás ni por las miles de toneladas que había en el oceano. Tatuando su alma como un vestigio de su condena. Eren intentó esbozar una sonrisa de disculpa. Una que sabía que no era real, y que no era la emoción que le pertenecía a aquel momento. Se puso de espaldas a aquel niño y le ofreció su espalda.

- Súbete encima. Te llevaré a tu casa.

Y mientras el diminuto peso de aquel niño se posicionaba en su espalda. La culpa hizo amago de aparición multiplicando aquella sensación por diez millones. Arrastrando su alma hasta el infierno dónde se merecía perecer hasta el fin de la eternidad. Mi precio a pagar por la libertad.

.

.

.

El sol había desaparecido. Y con él la presencia de Eren. Mikasa se notaba ansiosa mientras paseaba por las calles de aquella ciudad desconocida. Su mirada dirigiéndose hacia todos los puntos de vista. Hacía más de una hora que había desaparecido de la mansión de los Azumabito. Y debía encontrarle. Cada segundo que pasaba, aquella sensación de asfixia aumentaba. Como si fuese un mal presentimiento.

- ¿Creéis que podríamos volver a la calle central a comprar helados? - bostezó Sasha mientras intentaba asir a Connie por la manga.

- Por favor, chicos. Concentrémonos en buscar a Eren – intervino Armin - Le prometimos a Hanji-san que volveríamos pronto. Que seguramente sólo estaría paseando por la ciudad.

- Pero podemos aprovechar este paseo y no volver con las manos vacías.

- No debemos distraernos, sigamos – ordenó Mikasa mientras se adelantaba a sus compañeros.

Mientras sus pasos se apresuraban notaba que la tensión se acumulaba en su espina dorsal.

- Relájate, Mikasa. Seguramente Eren sólo se habrá perdido con esa expresión suya de estar mirando siempre al horizonte. A lo mejor con suerte se ha caído en el puerto mientras estaba distraído, tendremos que buscar entre las redes de los pescadores – intentó bromear Jean.

Mikasa se giró al instante mientras sujetaba el cuello de su camisa y le confrontaba guiándolo hacia el muro más cercano. Armin observó aquella tensión y se acercó de inmediato mientras intentaba deshacer el agarre de su camisa.

- Déjame un momento, Armin. Me reuniré enseguida con vosotros. Seguid avanzando.

- ¿Estás segura? - continuó sujetando el puño de su camisa mientras intentando retirar aquel fuerte agarre.

- Sí, lo siento – deshizo su agarre dejando libre a su compañero – Me dejé llevar por el nerviosismo. Continuad hacia delante. Tal vez haya entrado en los suburbios. Enseguida os alcanzamos.

Mikasa esperó hasta que sus compañeros continuasen hacia la zona designada. Suspiró en voz baja y dejó caer su cuerpo. Un torrente de sensaciones que se agolpaban en su cabeza. Y que aumentaban su densidad a cada instante, como si su menudo cuerpo pesase más de dos toneladas e impidiese que pudiera seguir en pie.

- ¿Estás bien, Mikasa? - Jean se agachó hasta su posición mientras comprobaba que el resto estaba lo suficientemente alejado – Eren es un idiota. Seguramente estará agobiado porque los planes no están saliendo cómo nosotros queríamos. Intentaba relajar el ambiente, disculpa si me he sobrepasado.

- No... soy yo la que debo disculparme. Me he sobrepasado al amenazarte. Soy consciente de que Eren lleva cierto tiempo cada vez más distante. Ese peso lo está soportando completamente sólo. Si tan sólo confiara más en mí...

- No intentes cargar tú sola ese peso – le cedió una mano ayudándola a incorporarse – Todos nosotros podemos ayudarle para que no se derrumbe. A mí también me molesta que no confíe lo suficiente en nosotros. Tal vez llevamos siendo amigos suyos menos tiempo que tú o Armin. Pero también somos sus compañeros.

- Gracias, Jean. Tienes razón – sonrío tristemente mientras comenzaba a avanzar.

- Lo... lo mismo va para tí – desvió su mirada mientras notaba que sus mejillas se enrojecían ligeramente – No te hundas tan fácilmente. Puedes contar con nosotros. Puedes... contar conmigo.

- Supongo que puedo decir lo mismo. Jean... - hizo una pausa mientras buscaba las palabras adecuadas – No es cierto... no es cierto que...

- ¿El qué?

- No es cierto que nunca hayan hablado conmigo de su...relación. Hanji-san y el capitán, quiero decir. El capitán habló conmigo. Cuando... cuando les vi. Y días más tarde ella también habló conmigo. Hace ya algunos años de esto.

- ¿Entonces ellos te pidieron que guardases el secreto durante estos años?

- No... Ninguno de los dos.

- No comprendo lo que quieres decirme.

- El capitán parecía indiferente de que les hubiera visto. Y la comandante... solamente se disculpó por haber tenido que verla desnuda mientras roncaba en brazos del capitán. Literalmente esas fueron sus palabras – aquella sonrisa triste volvía a sus labios – No me amenazaron, ni me dieron la orden. Pero... yo creí plausible mantener su secreto.

- ¿Por qué decidiste mantener aquel secreto?

- Verás. A lo largo de los años que hemos permanecido junto a la legión, hemos comenzado a dejar pequeñas marcas sobre nuestro cuerpo – su mano se alzó hasta acariciar la cicatriz en su mejilla – Pero el cuerpo de la comandante estaba cubierto completamente en dichas marcas. Al igual que el del capitán. Han luchado más que nosotros. Han perdido a más personas que nosotros, tal vez... solo les quede el uno al otro. Si el gobierno se enterase...

- ¿Acaso crees que Zackley o Pixis les obligarían a romper?

- Algo más cruel – se detuvo unos instantes mientras miraba fijamente su muñeca anudada en una pequeña venda – Soy una Ackerman, Jean. El capitán también. Somos...ansiados. Hace varios años se hizo la propuesta de intentar que tuviéramos descendencia para poder tener un ejército de soldados poderosos. Pero se ha pausado debido a que podrían ser incontrolables. Prefieren que no nos reproduzcamos si no saben que no nos rebelaríamos como hizo el clan Ackerman años atrás.

- Pero el capitán y la comandante …... Aquella niña del orfanato de Historia...

- No lo sé, tal vez sea la sobrina o la prima de la comandante. Pero, si fuera cierto que es su hija... Podrían utilizarla, podrían entrenarla como soldado. O como moneda de cambio a cambio de que el propio capitán acepte tener descendencia forzada con otras personas para poder crear su propio ejército. Sea cual sea la manera en que abusarían de esa niña, su final sería muy cruel. Al igual que han hecho con Historia. Una jaula de cría, cómo si se tratase de un animal de granja... ¿Qué harías tú, Jean?

- Admito... - asintió mientras miraba de soslayo a su compañera – Que desearía que mis hijos tuviesen una vida pacífica. Aunque ello implicase no poder estar con ellos.

- Por esa razón es mejor que mantengamos silencio. Tal vez no les conozcamos desde hace tanto tiempo. Pero supongo que se merecen tener algo de privacidad.

- Lo comprendo. - alzó su puño en pose confidencial hacia su compañera – Prometo no decir nada.

Sus pasos les guiaron a través del frío asfalto hasta una pequeña remesa llena de pequeñas tiendas blanquecinas. Jean miró por última vez a su compañera. El idilio de tener una familia feliz y a salvo cada vez parecía más inalcanzable. ¿Acaso aquel sería su destino? Si continuaba participando en aquella interminable guerra, su destino se vería abocado al mismo de aquellos dos superiores.

Mikasa se adelantó y se aproximó hacia la razón de sus dolores de cabeza. Eren parecía hablar con el niño que habían salvado por la mañana. Ella se aproximó hacia él aliviada. En aquellos momentos aún parecía humano. Distinto de aquel chiquillo que parecía tan vulnerable años atrás. Pero por unos instantes parecía que aquella persona que había observado durante tanto tiempo había vuelto, opacando a aquel ser inexpresivo que se había apoderado de su cuerpo aquellos últimos años.

Jean sonrió mientras notaba unas pequeñas palmadas en la espalda. Connie se apoyó sobre él mientras parecía resoplar en voz baja.

- Así que lo habéis encontrado antes que nosotros.

- Sí, espero que ese idiota no vuelva a desaparecer o tendré que atarle como a un perro enjaulado.

- Suerte con ello, Jean – bromeó Connie.

Un hombre mayor se aproximó hacia ellos con una pequeña bandeja con unos pequeños vasos de cristal llenos de un líquido con un olor potente. Probablemente algún tipo de licor. Los jóvenes soldados se miraron entre sí, dudando si aceptar la invitación.

- N-no deberíamos aceptar – intervino Armin – Prometimos a la comandante que volveríamos enseguida. E-el capitán se enfadará si tardamos en volver.

- Tranquilo Armin. Hemos venido a este país a conocer sus costumbres. Hanji-san lo llamaría interaccionar con el enemigo, ¿no? - Sasha sonrió de costado mientras empujaba a su compañero dentro de la tienda – Además, ellos sólo quieren ser agradecidos. Sería descortés rechazar su comida y bebida.

- P-pero...

- No te preocupes. Me haré cargo si algo pasa – Jean posó una mano sobre el hombro de su compañero – Ellos también forman parte de este país. Si no conocemos a todos los aldeanos no seremos capaces de llegar a firmar la paz. Y un tratado de paz jamás ha sido escrito con un arma en la mano. Y, para ser honestos, un vaso de vino pesa bastante menos que una escopeta.

Eren se giró hacia sus compañeros mientras observaba aquella escena. De nuevo cientos de imágenes difusas de un pasado y un futuro incierto. Tal vez aquella noche sería la última vez que podría tener aquel instante de paz junto a sus seres más queridos. Su mirada se cruzó con la de su viejo amigo. Que parecía suplicarle en que le apoyase en su retirada de aquella improvisada fiesta.

- Nos arrepentiremos de esto cuando el capitán nos pida que limpiemos todas las tejas del tejado de la mansión de los azumabito – continuó inquiriendo.

- Somos el ejército de exploración, Armin – finalizó Eren – Si no tomamos riesgos, jamás obtendremos resultados.

.

.

.

Sus ojos se posaban con pereza en aquel trozo de papel ligeramente coloreado. Rostros de jóvenes subordinados que parecían felices de obtener aquel extraño retrato. Hanji cabeceó mientras sentía aquella fotografía homónima en el bolsillo interior de su chaqueta. Que parecía calentar su gélido corazón.

El hombre de tez oscura se aproximó hacia ella con una taza lacada con dibujos líneales. Humeante y con un delicioso aroma que no había llegado jamás a sus fosas nasales. Distinto de aquellas hierbas que consideraban lujosas en su tierra natal. Sin duda, aquel nuevo mundo ofrecía otras experiencias que tal vez jamás tuviese la oportunidad de comparar. Asió la taza con cuidado y la acercó a sus labios, permitiendo que el humo calentase sus labios.

- Gracias, Onyankopon – sorbió con cuidado comprobando que aquella bebida era dulce, más de lo que podía esperar de una taza de té. No pudo evitar hacer una mueca de disgusto.

- Es tradición poner un poco de jalea como edulcorante.

- ¿Jalea?

- Es parecido a un caramelo. Espero que no le disguste el sabor.

- Ah, no – volvió a tomar un sorbo degustando aquella bebida con cuidado – Parece algo difícil de obtener. En Paradis los alimentos dulces no son demasiado fáciles de conseguir.

- Tal vez no sea de un precio asequible. Pero no es imposible – impuso la señora Kiyomi mientras tomaba asiento – Aunque posiblemente vuestros compatriotas eldianos de este país tampoco tengan demasiada ocasión de tomar bebidas así.

- Entiendo – forzó una sonrisa mientras depositaba la taza en un pequeño plato homónimo – Le agradezco de nuevo que nos hayan permitido instalarnos hasta que podamos dialogar una estrategia adecuada con el ejército marleyano.

- Espero que aquello que oiga no le disuada de continuar con el plan original, señorita Zoe – inquirió la mujer de ojos rasgados.

- Sí, lo sé. Zeke será devorado por Historia cuando... Cuando ella se encuentre fuera de peligro con su hijo - afirmó sin demasiado convencimiento.

- Los mocosos tardan demasiado – intervino Levi mientras palmeaba el hombro de su superior – Salieron hace más de tres horas.

- Sasha me preguntó como llegar a la calle principal – interrumpió el hombre de tez oscura – Tal vez hayan decidido tomar un helado mientras venían de vuelta.

- Esos idiotas son capaces de entretenerse con cualquier cosa nueva y que brille – resopló mientras se dirigía hacia la puerta de salida.

- Disculpe, señora Azumabito. Será mejor que vayamos a buscar a nuestros subordinados. Sería peligroso que anden tanto tiempo sólos por la noche.

- El pueblo eldiano no vaga a este lado del muro – Kiyomi miró de costado ignorando su preocupación – Nadie puede reconocerlos tan fácilmente.

- Aún así, sigo siendo su comandante – levantó las comisuras de sus labios hasta torcerse en una sonrisa – Es mi deber cuidar de ellos hasta el final.

.

.

.

El velo de la noche dotaba de una privacidad que no creía que pudiese ser real. Meramente iluminados por la tenue luz de los faroles que había en la calle. Que parecían no disminuir su intensidad aunque hubiese grandes impactos del viento. Tal ves otro alarde más del avance tecnológico que había en aquel país.

Levi se adelantó a su comandante mientras se aproximaba hacia un grupo de ciudadanos que parecían estar contemplando un espectáculo callejero. Se inmiscuyó entre la multitud y salió a los pocos segundos agarrando del brazo a aquel niño que habían conocido previamente de la misma manera. Y que parecía intentar disimular por haber sido visto robando de nuevo.

El niño sonrió e intentó salir corriendo de nuevo, pero el pequeño capitán no cesaba su agarre mientras intentaba caminar lejos de aquel tumulto antes de que se diesen cuenta de la falta económica en sus bolsillos.

- Hola, pequeño – se agachó Hanji hacia el niño.

- Parece que no desiste en su empeño de que le corten la mano. Tal vez debería ahorrarle el trabajo.

- Dime pequeño – ignoró a su subordinado mientras acariciaba la cabeza del infante - ¿Sabes dónde están los chicos que iban con nosotros?

El niño hizo una mueca extrañado sin entender las palabras. Probablemente sin comprender demasiado su idioma. Comenzó a balbucear en otra lengua desconocida. Hanji frunció el ceño mientras rascaba sus sienes.

- Los chicos – señaló su sombrero y luego a los dos hombres a su alrededor, ¿tal vez las señas fuesen el único lenguaje que podría ser internacional? - Que iban con nosotros – añadió.

El niño abrió la boca comprendiendo y agarró la mano de la mujer y comenzó a correr en dirección contraria de dónde venían. Hanji se giró hacia atrás comprobando que ellos no les perdían de vista. Después de huir durante un rato fueron guiados hacia una zona tachada por la pobredumbre. Decenas de hombres y familias en aparente situación de necesidad. Probablemente fueran miembros rechazados por la sociedad. Al igual que ellos mismos. El hombre con ojos plateados posó su vista en aquellos ciudadanos olvidados. Formaban parte de aquel país, pero los redimían a un suburbio cualquiera.

No importa cuán lejos vayamos, siempre se repetirán las mismas situaciones. Los mismos patrones de pobreza. Privilegiados y aislados. Guetos. Parecían que aquel patrón social sería repetido en todos los países que llegasen a visitar. Sin importar la lejanía o la cultura. Era un eco que resonaba a lo largo de todo el amplio mundo. Su mirada se cruzó con la de su comandante, que parecía preocupada por su visita a aquel tipo de lugar. Anticipándose a su homónima niñez creciendo en un sitio equivalente.

No te preocupes, habló con sus ojos mientras no la perdía de vista, se que esto no es Paradis. Ésta no es la ciudad subterránea. Ella no cesó en intensidad mientras continuaba mirándole. Arrugando el entrecejo con preocupación.

- ¡He dicho que estoy bien! - bramó mientras se dirigía hacia ella, y llamando la atención del hombre que les acompañaba que se giró confuso.

- ¿Ha sucedido algo, capitán?

- No.

- Pero acaba de...

- No importa.

- Dime, Onyankopon. ¿Qué sitio es éste? - comentó ella algo sorprendida. Su único ojo continuaba fijado en su subordinado. Lamento haber sido tan insistente.

- ¿Quién es toda esta gente? - No importa.

- Son refugiados de guerras pasadas y presentes. Es un enclave de culturas. La mayoría provienen de los países del Sur. Pero también hay exiliados de algunas de las guerras que se han tomado a lo largo de estos años. Sus países quedaron tan destruidos que fueron traídos como prisioneros de guerra. Pero al no suponer una gran diferencia, fueron desterrados a esta zona. La mayoría de ellos fallecen cuando llega el invierno.

- Ya veo...

El pequeño comenzó a elevar su mano saludando a un grupo de exiliados que parecían tener ropajes similares a los suyos. Se introdujo en la pequeña tienda de tela y comenzó a hablar animadamente. Un hombre avanzado en edad, salió e hizo una leve reverencia hacia ellos. Sujetó una de las paredes de tela y les hizo ademán de seguir tras él. Hanji y Levi sujetaron en alto el candil que les proporcionó para poder discernir el oscuro interior.

Frente a ellos encontraron a aquellos subordinados que llevaban horas buscando. En un estado que no pensaban que fuese a sucederse. Decenas de botellas de vino vacías a su alrededor. Sasha estaba vomitando al fondo. El resto de ellos parecían mareados mientras permanecían tumbados en el suelo. El pequeño capitán suspiró con frustración mientras por su mente pasaban todo tipo de castigos que imponerle a aquellos adolescentes alcóholicos.

- Si tú no me detienes, Hanji, me encargaré de colgarlos por los pies uno a uno hasta que hayan vomitado hasta la última gota de alcohol.

- Ah... - resopló mientras su mirada recorría el estado de todos sus subordinados – Tal vez no fue buena idea darles tanta libertad. Tendremos que amonestarlos de alguna manera.

- Dudo que un par de azotes sirvan para que aprendan.

- ¡Levi, no podemos ser tan duros con ellos! ¿Acaso tú no hiciste algo así en tu juventud?

- Yo no...

- Ja, ja, ja – las risas de su acompañante comenzaron a hacerse más audibles en aquel entorno. Interrumpiendo su conversación.

- ¿Qué sucede, Onyankopon? ¿Qué es tan gracioso?

- U-ustedes – continuó riendo sin parar – Parece la actitud que tendrían unos padres antes de castigar a sus hijos.

- ¿S-sus padres ? - Hanji se sonrojó mientras intentaba reír con desgana – Ja, ja, ja...

- Me niego a ser el padre de semejantes mocosos irresponsables.

.

.

.

Palabras que resonaban cual eco. Insustanciales. Cargadas de un aliento cruel que dictaminaba su inevitable futuro. No había opción para ellos. Nada que pudieran hacer más que rebelarse ante su inevitable destino.

Eren posó la mirada en su comandante. Parecía desesperada. Su mano parecía temblar de impotencia. Ya había oído aquel discurso en sueños. No había derechos para la raza eldiana. Eran escoria, solamente podían esperar el futuro homónimo a su pasado. Repetir la historia de nuevo. Una historia de odio y resentimiento. Que no acabaría jamás.

Aquella mano temblante fue asida por una más estable. Su capitán disimuladamente intentaba ofrecerle apoyo. Si no fuera por aquel ligero contacto sobre el dorso de su mano, probablemente aquella mujer hubiera roto en llanto delante de todos aquellos políticos. Conocía bien el futuro que les deparaba a ellos dos. También influenciado por su inevitable futuro. No importaba cuanto pospusiera su decisión, aquella escena acabaría ocurriendo.

Bajó su vista hacia sus propias manos, en apariencia estaban limpias. Pero llevaban años manchadas de sangre. ¿Cuántas personas deberán fallecer para abordar este inevitable final? Su cabeza se inclinó hacia delante, ocultando su dolido rostro entre los mechones caídos de su cabello. Respiró con tranquilidad y cerró sus manos.

La decisión estaba tomada, y para ello debía comenzar con la primera de sus tareas. Se puso de pie y aprovechó la confusión para escapar de aquel edificio. Recorrió los pasillos hasta alcanzar la entrada. No tendría demasiado tiempo. En unos minutos, Mikasa notaría su ausencia e iría a buscarle.

La luz de la mañana bañó sus retinas, sus ojos resplandecían, pero su mirada estaba apagada, sin alma. Sin vida. Cómo todo empezó, como todo debía acabar. Una mujer con cabello corto y rubio esperaba fuera, una sonrisa amplia y maliciosa.

- ¿Estás preparado, Eren?

- Continuemos con el plan. Salvemos a este mundo del auténtico enemigo.

.

.

.

Sus manos yacían inertes mientras miraba continuamente aquel trozo de papel. Hanji sabía que tendrían que declarar la guerra tarde o temprano, pero no esperaba que realmente debieran hacerlo en aquel momento. Ni siquiera tenían la potencia suficiente para defender a su isla. Y estaba otro asunto preocupante. El noveno titán. Aún desconocido.

Las últimas investigaciones le habían dictaminado que había la posibilidad de que perteneciese a una familia rica relacionada con el gobierno marleyano. Inaccesible. ¿Acaso Eren había descubierto la manera de infiltrarse y conseguir aquel poder? Con un titán más en su poder podrían retener el armamento de la capital y defender su ciudad. No obstante, tal vez estaba viviendo una falacia en la que realmente podrían llegar a ganar.

Sus dedos temblaban mientras arrugaban el papel. ¿Acaso nunca tendría un instante de paz? Su mano comenzaba a cansarse de sostener en alto siempre aquella espada. ¿Cuánto tiempo más antes de poder descansar?

Unos fuertes brazos la rodearon por detrás, reclamando un espacio junto a su cabeza. Ella depositó el peso de la suya sobre la de él y resoplando con frustración.

- Levi, cuando recuperemos a Eren, ¿podrías pegarle una patada por mí? - volvió a suspirar.

- De acuerdo. Si permito que se la des tú le arrancarás la cabeza.

- Ja, ja, ja. Tal vez tengas razón.

La puerta se abrió de manera abrupta. Levi se echó hacia un lado evitando a su compañera mientras fingía leer unos papeles. Hanji se giró hacia atrás intentando visualizar a cual de sus subordinados debía colgar en uno de los postigos de las cornisas.

- ¿Jean? - disimuló con una sonrisa forzada - ¿Qué necesitas? Creía que habrías ido a la ciudad con los demás a seguir buscando.

- Hanji-san, quería disculparme de nuevo – inició mientras su rostro se enrojecía – Debimos haber vuelto en cuanto encontramos a Eren. No fue prudente de nuestra parte beber con desconocidos. Tal vez hubiéramos conseguido que no volviese a escaparse tan fácilmente.

- Ya recibisteis vuestro castigo. Pero os aconsejo no volver a desaparecer actualmente. Os necesito localizables.

- Si tan mal te sientes, puedes volver a limpiar el suelo de la mansión con un cepillo de dientes. Aún quedan manchas... - recriminó el hombre más bajo.

- Lo siento... - bajó la vista mientras rememoraba aquel instante antes de la desaparición de su compañero. Los seis soldados limpiando con absoluta presteza cada milímetro de aquella vivienda.

- No es necesario que te disculpes más - sus dedos comenzaron a escribir ignorando a su subordinado.

- También creo que deberia disculparme por haberles molestado.

- No me molesta que bebáis – continuó sin levantar la mirada – Me es indiferente mientras no salgáis de puntillas y olvidéis que tenéis que indicar vuestra localización.

- No me refería a eso – carraspeó – Quería disculparme por haberles espiado mientras estábamos en el barco. Tal vez era indecoroso que les mirase en aquel tipo de momento íntimo. Cuando usted y el capitán... en la zona de las calderas...

Su comandante dejó de escribir al instante, se giró hacia su capitán y frunció el ceño con furia. ¡Me dijiste que sólo nos habían visto besarnos! Que les habías dado órdenes para que desaparecieran de allí y podía relajarme.

¡Eso hice exactamente!

¡¿Y se puede saber por qué está confesando lo contrario!? Tal vez tu insinto esté caducado, Levi.

Mi instinto trabaja perfectamente.

No ese día al parecer. Tal vez debería hacerte una revisión médica. Algún experimento y...

Ni se te ocurra.

¿Acaso quieres que Connie te pille también con los pantalones bajados?

Deja de preocuparte, la mocosa de Mikasa también nos vio y parece que le de igual.

¡Erwin era discreto! ¿Cómo se supone que voy a reemplazarlo si cada cinco minutos uno de mis subordinados me ve medio desnuda? Esa no era la imagen que él transmitía.

Tú no eres Erwin. Y Erwin no disimulaba tan bien cómo crees. Te aseguro que pasaba más tiempo con el trasero al aire del que has pasado tú.

¿En serio? Hubiera jurado que...

- Capitán, comandante, ¿sucede algo? - interrumpió su subordinado algo atónito – Llevan un rato callados mirándose fijamente. ¿He hecho algo mal?

- Oh, no, tranquilo – intentó fingir una sonrisa nerviosa – Lamento haberte causado una experiencia tan traumática, supongo. No era nuestra intención.

- Supéralo – escupió Levi con dejadez.

- Levi, no seas mezquino. No es una imagen agradable de ver.

- Depende de los ojos del que mire – prosiguió el pequeño hombre.

- No, no – interrumpió el joven subordinado – Debo ser yo quién se disculpe. Me siento mal por haber interrumpido mientras se besaban. S-supongo que debido a su cargo es díficil obtener intimidad y nosotros siempre estamos molestando e invadiendo su espacio privado y-

- ¿Un ….beso...? ¿Sólo eso? - pareció relajarse.

Te lo dije, increpó con la mirada el hombre a su costado.

Cállate...

- No se preocupen, mantendré el secreto.

Hanji acentuó su mirada mientras parecía imbuida en sus pensamientos. Había sido discreta a lo largo de aquellos años. Potenciada por el deseo de la libertad antes que por su pasión hacia su compañero durante aquella última década. Y había trasladado una extraña confidencialidad en la que ocultaba su estima hacia él. ¿Eso parecía a ojos de cualquiera? ¿Qué tenía que esconder el afecto que sentía hacia él? Quizás no había sido lo suficientemente honesta consigo misma aquellos últimos años.

- Has hablado con Mikasa, ¿cierto? - intervino Levi.

- Ah, ella me dijo que también-

- Me da igual lo que penséis acerca de cualquiera de los dos. Pero aprended modales y llamad a la puerta antes de entrar. Es molesto tener que echaros continuamente.

- D-descuide capitán. Llamaré antes de entrar.

- También podéis hablar de lo que sea con nosotros. No quiero que os sintáis reprimidos por vergüenza o inseguridad.

- ¿Cualquier cosa?

- ¿Hay algo que quieras saber?

- Más te vale que no sea ninguna mierda pervertida.

- ¡No, por supuesto que no! - movió sus manos negando aquella insinuación - La verdad, Hanji-san, capitán... Hace meses que... Bueno, creo que fue una mera alucinación o tal vez me confundí. Sólo quiero asegurarme antes de pensar algo extraño.

- ¿Sucede algo?

- Cuando fuimos a ver a Historia durante su embarazo y la ayudamos a trasladarse... Había una niña en el orfanato – su comandante alzó una ceja depositando toda su atención, notó una ligera incomodidad mientras deslizaba un brazo delante de su capitán, como si le indicase que continuase quieto – Sus rasgos... me recordaban a usted...

- Si me das la orden haré lo quieras, Hanji – interpuso su capitán mientras retrocedía y se colocaba tras su comandante – Tú decides.

- Siempre me han... sorprendido tus dotes de observación, Jean – susurró mientras giraba su perfil hacia atrás, buscando a su compañero, que avanzó depositando una mano en su hombro – Muy buen observador.

- ¿Conoce a esa niña, comandante?

- Claro que la conozco – esbozó una sonrisa triste mientras acariciaba la mano de su compañero – Tal vez no he podido verla bien en estos últimos siete años. Pero sería imposible olvidarme de mi propia hija.

.

.

.

Uffff, si supiérais lo que ha sucedido en estos meses en mi vida, creedme que entenderíais la falta de actualización.

Para resumir, trabajo, volver a estudiar, falta de tiempo para escribir (que tardo más que en dibujar) y desmotivación. He aprovechado mi viaje en tren visitando a mi familia para poder tener algo de tiempo y escribir un rato. Así que espero que lo disfrutéis.

Los capítulos en este fanfic siempre son muy largos para amenizar la espera. Dejad algún comentario con vuestras impresiones, son la tinta con la que me aliento a seguir escribiendo.

¡Nos leemos!