La flor que encuentra valor
—Yo no… yo…
Ibiki Morino podía contar con una sola mano, y le sobraban dedos, las veces que Kakashi Hatake se quedaba sin un solo comentario irreverente, una sonrisa sarcástica o la opción de simplemente desaparecerse.
La situación era tan grave, que incluso el agarre que tenía sobre su siempre presente libro, cedió un poco.
—No se supone que esto debería pasar —consiguió decir al cabo de un rato.
El capitán simplemente se encogió de hombros. Había tardado más en responder que lo que a él explicarle los pequeños incidentes que los habían llevado a esa situación.
—No parece ser del tipo de kunoichi al que uno pueda contrariar cuando se decide por algo. Un mal general de esa promoción, según puedo entender.
Kakashi intentó sonreír. Quería decirle que Naruto había empezado peleas antes de tiempo, arruinaba estrategias de emboscada y ataque sorpresa, se metía en líos gratuitos arrastrando al resto del equipo con él, pero jamás lo había puesto en una situación como esa, y es que prefería mil veces acabar haciendo una misión rango S que le iban a pagar como B, antes que eso que le pedía.
—¿No deberías hacerlo tú? Está bajo tu tutela después de todo.
Ibiki negó con la cabeza.
—El mizuage es un tema complicado. Lo sabes. Arriesgaría la confianza que hemos construido, y eso es algo que no puedo permitir.
Kakashi cerró el libro sin colocar el separador, dejándolo en la mesa de noche, encorvándose ligeramente hacia el frente, descansando los brazos en las rodillas. Su compañero, por su parte, se limitó a darle una palmada en el hombro.
—Además, aunque está a mi cargo, tú eres el capitán de este escuadrón.
Con una expresión de pesar acentuada en su único ojo visible, Kakashi levantó la mirada.
—¿En serio me estás dejando el problema a mí?
—Hay cosas que no puedes delegar.
Dejando escapar un suspiro, se incorporó con desgana.
—¿Seguro que insististe lo suficiente en que no era necesario?
—Siendo como es, si no le das ese entrenamiento se va a lanzar directo a la cama de nuestro objetivo con altas posibilidades de que todo lo que pueda salir mal, saldrá mal, podría incluso lastimarse.
Kakashi solo profirió un gruñido, saliendo de la habitación para acompañarlo de vuelta al burdel donde ellos se estaban quedando ya que era claro que no se iba a ir sin él.
—Ya le pedí a Mariko otra habitación, y puedes disponer de alguna de las chicas si la necesitas.
La sencilla puerta de madera con una flor pintada lucía ridículamente imponente, tanto que Kakashi tuvo que respirar profundamente antes de entrar.
—Siempre he sabido que el arte de las flores no es para todos, pero es algo infame que una kunoichi no distinga una de otra. ¿No lo crees, Kakashi-sensei?
Kakashi se quedó quieto en la entrada, Ino estaba sentaba al borde de la cama con su uniforme gris, mirando hacia la puerta sin ninguna expresión en particular, pese a la ligera sonrisa en la que se curvaban sus labios. Tardó en reaccionar, preguntándose si literalmente estaba hablando de flores, o había algún tipo de analogía respecto al motivo por el que estaban ahí.
—Camelias y peonias puedo entenderlo, pero ¿un alcatraz con un tulipán?
El ninja se acercó despacio, aun sin decir nada, sentándose a su lado.
—Y si se supone que Mariko es una kunoichi de Konoha, realmente me sorprende, al menos Suzume-sensei era muy exigente, si no fuera por mi ayuda, Sakura jamás habría aprobado su clase. ¿Puedes imaginarte que no se hubiera graduado solo por eso? Por supuesto que Sakura no es tan buena como yo, definitivamente tiene talento para algunas cosas, pero eso ya lo sabes, eres su maestro…
Kakashi le puso el dedo índice en los labios, aunque no la tocó realmente.
—No tienes que hacerlo si no quieres.
Ino estaba completamente sonrojada, con los ojos más brillantes de lo normal, al punto en que parecía estar por llorar, algo que no dudaba del todo.
—Quiero hacerlo —dijo con toda determinación que fue capaz de expresar—. Pero no sé qué hacer.
—Este entrenamiento tiene tres reglas: la primera es que en todo momento es tu cuerpo, y nada ni nadie puede cambiar eso. Si pierdes control sobre esa simple idea, lo perderás todo. Segundo, si decides usarlo como arma, lo harás con la misma determinación que cualquiera de las otras técnicas que dominas.
Hubo un momento de silencio, como si esperara una confirmación, algo que ella entendió asintiendo una sola vez, sosteniéndole la mirada.
—¿Y la tercera?
A través de la máscara, Ino pareció percibir un gesto de duda en sus labios. Parecía imposible, y por todos esos años, había creído que la barrera que proporcionaba esa tela era absoluta respecto al leer sus intenciones, pero teniéndolo tan cerca, incluso se dio cuenta de que seguramente, jamás le habían roto la nariz en una pelea, y la línea recta que formaba su puente solo podía competir con la forma de sus labios.
—Esta es muy importante —dijo con una seriedad que jamás le había visto, por lo que fue inevitable que buscara concentrarse de nuevo, seguramente más roja que antes, cuando cayó en cuenta de que acababa de pedir que le quitaran la virginidad y el protocolo sugería a ese hombre frente a ella como el responsable para eso.
—Tienes que tener en claro que muy pocas veces, si no es que nunca, lo vas a disfrutar: te puede doler, te puede dar asco y te puede dar miedo. Eso está bien, porque lo peor que puedes hacer es volverlo romántico.
Lentamente, volvió a asentir. Aspirar a que únicamente lo haría con chicos guapos era nada más una fantasía, que acabó de romperse conforme espiaba las habitaciones del burdel, cuando los hombres malolientes y mayormente borrachos se acercaban a pedir una chica.
—Lo entiendo —dijo —. De verdad.
—Si eso es lo que quieres…
Fue claro que las palabras no salieron con naturalidad. Se puso de pie, tomando el espejo que estaba junto a la puerta del cuarto de baño, sobre el lavamanos y lo llevó hasta donde estaba ella. Siguiendo sus indicaciones no explícitas, la chica se encaramó hasta la mitad de la cama, totalmente confundida respecto al procedimiento que no era exactamente lo que esperaba, si bien, tampoco tenía una idea demasiado clara del proceso.
—Necesito que me digas —le dijo, aclarándose la garganta —¿Qué es lo que menos te gusta de tu cara?
—¿Qué? ¡Pero si soy hermosa!
Kakashi se encogió de hombros.
—Una sola cosa, ¿qué es lo que menos te gusta de tu cara?
Ino arqueó una ceja, pero se inclinó hacia el frente para mirar su reflejo: sus ojos tendían a enrojecerse con facilidad; por el viento, el polvo, la exposición al polen de las flores, también marcaban las bolsas y ojeras apenas con un desvelo.
Las pestañas, aunque abundantes, tenía que rizarlas para que no siguieran un camino recto.
Sus cejas eran demasiado finas, había días en que parecía que no tenía y si se exponía demasiado al sol, se le marcaba un reguero de pecas el los pómulos.
¡Pero sus labios! ¡Cómo le hubiera gustado heredar el perfecto corazón de su madre y no las líneas casi rectas de su padre! Con el labial podía corregirlo un poco, pero no dejaba de ser una pena.
Se llevó las manos a las mejillas, odiaba la forma redondeada que a veces se veía por culpa de las glándulas de tejido graso, siendo las primeras en notarse cuando descuidaba la dieta.
Haciendo un mohín, empezó a frotarlas.
—Esto que me hace ver tan gorda —se quejó amargamente.
—Ya veo —respondió Kakashi llevándose una mano al mentón.
—¿Y qué hay del resto?
—¿El resto?
—Sí, el resto de tu cuerpo, ¿hay algo que no te guste?
Ino profirió un tipo de risa falsa, más como una expresión de ofensa a la gran diva y se enderezó, aunque seguía de rodillas en la cama. Se sacudió el pelo con dramatismo, quitándose el listón con el que lo anudaba, y se desabrochó la casaca gris para poder sacársela, quedando solo con la camiseta negra ajustada.
Con los brazos detrás de la cabeza para poder estilizar la línea de su torso, tal como posaban algunas chicas en los catálogos de bañadores. Lo miró directamente a la cara, o lo que podía ver de ella.
—¿Qué puedo tener de defecto? —preguntó.
Kakashi no pudo evitar el reírse y se inclinó levemente para recargar el mentón en el espejo que aún sostenía.
—Pues no lo sé —dijo —. La verdad es que no eres precisamente mi tipo…
Sin ningún problema atrapó la almohada que la chica le había arrojado.
—¡Que no te guste es problema tuyo, no mío!
—En eso te equivocas —le respondió, aun sosteniendo la almohada, casi ocultándose detrás de ella —. La primera regla, es que tienes que convertirte en el "tipo" de todos. ¿No?
Por un momento, Ino estuvo a punto de discutir eso, sin embargo, tenía razón.
Las técnicas ilusorias y de transformación, eran las más desaconsejadas, pues apenas el objetivo albergara la mínima sospecha, podría descubrir el engaño enseguida y arruinar la misión.
La profesora Suzume alentaba siempre a usar la belleza natural y trabajar los aspectos de carácter que pudiesen resultar más agradables, de modo que detalles menores como el color de los ojos y el pelo, pasaran a segundo plano.
Lo pensó por unos momentos, sin apartar la vista del hombre.
Inevitablemente se preguntó cuál era su propósito, si las clases de seducción formaban parte del entrenamiento debido a que los fundamentos teóricos que había recibido en la academia eran bastante escuetos y bordeados de eufemismos. Además, con las reformas que el capitán Ibiki había dicho que Tsunade hizo recién tomó el cargo de Hokage, y sus propias aseveraciones respecto a su nula experiencia en el campo, quizás le hicieron creer que se trataba de una chica más virginal que había que tomar despacio.
En honor a la verdad, y luego de que el capitán le explicara por qué debía de hacerlo Kakashi, mandándola a una habitación aparte, había esperado que en cuanto el ninja entrara, le sacara la ropa e hiciera lo suyo, tan solo dedicándole ese exasperante saludo suyo, apenas más vago que un "hola".
No es que estuviera decepcionada de no haber sido usada como una revista, pero si Sakura tenía razón en que le tomada más de dos horas llegar al entrenamiento cuando citaba al equipo, no quería pasarse hasta la madrugada a la espera de que siquiera dijera la palabra "sexo", algo de lo que se percató enseguida, no había siquiera mencionado.
Quizás para no herir su sensibilidad.
Entonces, tuvo una revelación.
Tragó saliva, totalmente convencida de que estaba más colorada que antes.
—Kakashi-sensei —dijo con la voz más melosa que pudo modular —. Las tentaciones como yo, merecen pecadores como tú.*
Contuvo un jadeo al ver que, por tan solo unos segundos, la postura del ninja pareció flaquear, había demolido totalmente la primera barrera al usar una de las frases icónicas del Icha Icha, pero solo para quedarse pasmada frente al abismo que implicaba la gran pregunta: ¿qué iba a hacer a continuación?
Luchó por controlar la expresión de su rostro.
Recordaba bien una escena del libro porque la había hecho su personaje favorito, pero, aunque lo pensó, jamás se imaginó que podría usarla en algún evento real. Sin embargo, lo único que conocía de ese hombre, era que le gustaba ese libro, y había reaccionado bien a la primera línea, quizás por el factor sorpresa, y ya que lo había dicho él, no quedaba más que seguir como si fuese una técnica ninja.
Se inclinó hacia atrás, abriendo las piernas, y que sucediera lo que tuviera que suceder.
Comentarios y aclaraciones:
*No es del Ichi Icha, solo la saqué de internet.
¿Tienen idea de lo difícil que es escribir a Kakashi?
Bueno, háganse más o menos la idea de por qué casi no lo uso.
Abrí una fanpage de Facebook: El moleskine de Kusubana.
¡Síganla! Tendré material adicional y algunas noticias sobre el provenir de esta y otras historias.
Y más que nada, quiero desearles ¡Felices fiestas!
Este año logré alcanzar el centenar de historias publicadas y nada de esto tendría sentido sin ustedes los lectores.
¡Mis mejores deseos para todos! Especialmente en estos tiempos tan difíciles, espero poder cooperar en algo, aunque sea un minúsculo aporte para hacer más llevadero el asunto
¡Gracias por leer!
