Naruto Y Hinata en:

EL SECRETO DE NARUTO


Catorceavo Capítulo


Ser una esposa

Nessie sumergió una vez más las velas en la cera derretida con gesto satisfecho.

—Ya está. Trescientas sesenta y cinco capas, señora. Las pondré a secar y las tendremos listas para llevárselas al párroco.

Hinata asintió, con la mirada perdida. Normalmente, la fabricación de velas le fascinaba; y más en ese caso, pues los cirios que estaban preparando eran de cera de abejas y no se trataba de algo muy común por esas tierras. Desde muy pequeña había visto cómo Nessie conseguía hacer las velas que necesitaban en Hyuga Castle con sebo de ovejas, algo que en aquellos tiempos era todo un ahorro, pues eran productos que escaseaban y se vendían a un precio bastante elevado. Sin embargo, el procedimiento era tan desagradable y desprendía tal hedor, que nadie se había atrevido a realizarlo, salvo Nessie y ella misma.

Por eso, las velas que su ama de llaves colgaba en ese momento del entramado de madera del techo eran tan especiales. No olían tan mal como las de sebo y tenían una apariencia mucho más limpia, más elegante. Hinata había oído hablar de ese tipo de velas siendo niña, y las había encontrado en iglesias y parroquias. Los miembros del clero eran de los pocos que podían costearse aquel lujo y no era frecuente hallarlas en las casas de los nobles, por mucha riqueza que poseyeran.

Un día, en uno de sus paseos por el bosque, Hinata y Tenten habían encontrado una colmena de abejas abandonada. Se acercaron a ella por la miel, pero descubrieron que sus pequeñas ocupantes se habían llevado todo antes de migrar a otro lugar. Y, mirando aquellos panales vacíos, a Hinata se le ocurrió la idea. Rescató de sus recuerdos las alargadas velas que había visto una vez en la catedral de Glasgow y pensó que allí tenían una estupenda oportunidad de conseguir algo de fortuna. Aquella fue la primera colmena, pero necesitaban muchas más para acumular una buena cantidad de cera.

Tenten y ella salieron a pasear al bosque desde entonces a buscar abejas y, con ayuda de Trébol, consiguieron localizar varias colmenas más. Sin embargo, tuvieron que pedir ayuda a Bearnard, uno de los campesinos de la aldea, que alguna vez les había proporcionado algo de miel y sabía cómo retirar los panales sin sufrir apenas picaduras. Las dos jóvenes habían observado, subyugadas y muertas de miedo, cómo el anciano prendía una antorcha y colocaba yesca mojada alrededor, produciendo de este modo un humo bastante denso. Después, lo acercaba a la colmena, según les explicó, para atontar a las abejas y poder retirar de este modo los panales sin peligro.

Así, Hinata había conseguido una buena cantidad de cera, además de una rica provisión de miel que haría las delicias de los habitantes de Hyuga Castle por una temporada. Nessie también se había entusiasmado mucho con la idea de fabricar aquellas velas, pero, tras todo lo ocurrido en los meses atrás y por culpa del viaje inesperado de Hinata para contraer matrimonio, no habían tenido tiempo de ponerse manos a la obra hasta aquel momento.

Habían ocupado uno de los cobertizos de la fortaleza y, tras varios días de trabajo, tenían todo el techo lleno de velas que colgaban de los pabilos a la espera de estar completamente secas y terminadas.

—¿Por qué trescientas sesenta y cinco capas, Nessie? —preguntó Tenten, que se había reunido con ellas para echar una mano en lo que pudiera.

—Porque son los días que tiene el año —contestó la mujerona—. Hay algo místico en ello, es como si la vela representara la vida que se va consumiendo día a día.

—¡Oh, pero eso es muy triste! —protestó Tenten, al tiempo que acariciaba uno de aquellos cirios terminados.

—Puede, aunque es la realidad, señora. Lo bueno es que cuando una está a punto de consumirse del todo, podemos encender otra. El año vuelve a empezar.

—¿Y cuando se acaban? ¿Qué pasa cuando no nos quedan más velas? —Esta vez, la pregunta había salido de los labios de Hinata, que tenía la mirada fija en el techo. Sus dos acompañantes se miraron al escuchar la pena que impregnaba su tono. Hinata había perdido a seres muy queridos y las heridas aún no se habían cerrado.

—No lo sé con seguridad, mi señora. Pero yo creo que cuando eso ocurre, a todos se nos da la oportunidad de encender una nueva vela en el reino de los cielos. Y es una vela eterna, que ilumina desde el más allá los corazones de las personas que nos han amado, para que no nos olviden nunca.

Hinata asintió ante esa explicación. Puede que Nessie se hubiera inventado la respuesta, pero no por ello la consolaba menos. Era reconfortante pensar que la vela de su padre y la de Menma estaban encendidas ya para siempre, brillando con una luz que nunca se extinguiría de su corazón.

—Mañana las bajaremos y las empaquetaremos para llevárselas al párroco —dijo Nessie al cabo de unos minutos, para romper el extraño ánimo que se había apoderado del ambiente en aquel cobertizo.

—Sí —Hinata parpadeó, saliendo de su ensimismamiento—. Hablé con el padre Henson y ya ha escrito al obispo para ver si está interesado. Me aseguró que sería así, y que pagaría muy bien por la mercancía.

—¿Lo ves? Así le demostrarás a Indra y a tu esposo que tienes recursos para volver a llenar las arcas de Hyuga Castle. Cuando recibas el pago del obispo Wishart, verán que eres capaz de cuidar de tu gente sin ayuda.

Sí... Así le demostraría a su esposo que ella no se dedicaba exclusivamente a "dar paseos", como le había echado en cara cuando fueron a visitar el hogar de huérfanos. Cierto que le había pedido perdón en el momento, pero a Hinata le había dolido mucho comprobar lo que Naruto opinaba de ella.

—Y hablando del nuevo laird... ¿Cuándo regresará? —preguntó de pronto Tenten.

—No hablábamos de él —saltó Hinata, a la defensiva.

—No, pero ha salido en la conversación. Ya que tú nunca lo mencionas, me gustaría saber si estás al tanto de sus planes. ¿Crees que volverá pronto? Y si lo hace... ¿será para quedarse, o para despedirse de una vez por todas de una vida a la que no se le permite el acceso?

Tenten sabía que estaba siendo dura con su amiga, pero no tenía otro modo de hacerla reaccionar. Nessie las miraba a una y a otra, alternativamente, sin salir de su asombro. Y así lo manifestó.

—¿Se puede saber a qué os referís? ¿Por qué dudáis de que el laird vaya a quedarse?

—Que te lo explique tu señora, Nessie. Dile que te cuente el estúpido trato que ha hecho con su esposo, y cómo está a punto de arruinarse la vida por no querer dar su brazo a torcer.

Hinata sintió que se ahogaba en aquel cobertizo, bajo la atenta mirada de las otras dos mujeres, que esperaban una respuesta. Salió al exterior y dejó que la fina lluvia que caía en esos momentos le refrescara el rostro. El ama de llaves y su amiga la siguieron, dispuestas a conseguir una respuesta.

Una respuesta que la joven señora de Hyuga Castle cada vez tenía más clara, aunque le costara admitirlo. Echaba de menos a Naruto. No podía engañarse por más tiempo: sus pensamientos volaban cada vez con más frecuencia a los instantes compartidos con él. Sentía que su rostro cubierto de barba desdibujaba el recuerdo que conservaba del que había sido el amor de su vida y cobraba un protagonismo arrollador en su presente.

—Hinata, hasta ahora no he querido insistir porque pensé que recapacitarías —habló Tenten con suavidad—. Pero esto ha ido demasiado lejos. No debes dejar que los fantasmas del pasado anulen cualquier posibilidad de ser feliz. Menma ya no está, por más que te duela. Y tu esposo es un hombre de carne y hueso, y está aquí contigo... de momento. No desperdicies la oportunidad que te ofrece el destino de ganarte su corazón.

Los ojos de Hinata se llenaron de lágrimas.

—Lo he rechazado tantas veces que ahora ya no sé si es demasiado tarde —admitió, con la voz ronca.

—¿Cómo que lo habéis rechazado, mi señora? —Nessie no ocultaba su horror ante aquella revelación.

—Como sabes, Hinata estaba enamorada de Menma Uzumaki...

—Sí, el hermano del laird. Pero eso fue hace mucho tiempo.

—Exacto, hace mucho. Sin embargo, su obstinado corazón se empeña en no olvidar. Y su esposo ha resultado ser un hombre tan comprensivo que decidió darle tiempo para que se acostumbrara y aceptara su destino. Desde que se casaron, él no la ha tocado.

—¿Ni siquiera en la noche de bodas?

—Ni siquiera.

—Pero... mi señora, eso no está bien. ¿Qué pasará si el rey Indra se entera de que no lo habéis aceptado como esposo? —Nessie se colocó frente a ella y la tomó de los hombros—. Si vuestra madre estuviera aquí, os habría amonestado severamente. El Uzumaki es un buen hombre y está claro que será un laird fuerte y justo. No debéis hacerle ese desprecio. ¿O es que acaso él tampoco tiene interés en vos?

—Claro que lo tiene —contestó Tenten por ella—. Pero si Hinata continúa negándole lo que todo esposo desea, tal vez pierda ese interés.

—Tal vez ya lo haya perdido, y por eso demora tanto el regreso ―habló por fin Hinata, con la voz preñada de amargura.

—No lo creo. Ha demostrado tener una paciencia infinita contigo, y eso solo puede significar una cosa: que le importas de verdad. De lo contrario, podría haberte obligado en la misma noche de bodas.

—Sí, lo cierto es que fue bastante gentil y comprensivo —admitió Hinata.

—Muy bien, señora. Si eso es así, me vais a permitir el atrevimiento: en cuanto el laird regrese, debéreis comportaros como una auténtica esposa. Se acabó la insensatez de rechazarlo.

La joven abrió mucho los ojos y miró a las otras dos mujeres con preocupación.

—Pero, ¿y si no sé cómo hacerlo?

Tenten se acercó a ella y le pasó un brazo sobre los hombros para reconfortarla.

—Claro que sabrás. Además, estoy convencida de que él te dará la oportunidad de demostrarle que has cambiado de parecer. ¿Qué esposo no estaría ansioso por cumplir con sus deberes maritales?

Ninguna de las tres supo si fue casualidad o el destino, que había querido intervenir en ese instante preciso, pero ocurrió que, justo en ese momento, Mysie llegó corriendo hasta donde se encontraban, casi sin respiración.

—¡Mi señora! El vigía ha anunciado que el laird ya regresa. Lo han visto ascendiendo la colina con los hombres.

El corazón de Hinata se disparó. Se llevó las manos a la cara empapada de lluvia y al pelo, que estaba desastrado.

—¡Oh, Dios mío! Precisamente hoy... ¡Estoy sudada, sucia y ahora, además, mojada!

—¡Vamos dentro, deprisa! —la instó Tenten, agarrándola del brazo―. Nessie, ayúdame, tenemos que arreglar a la señora para que reciba a su esposo con el aspecto de una reina. Y tú, Mysie, ve a la cocina y prepara una buena cena para celebrar su regreso. Tenemos que conseguir que el laird se sienta bienvenido en su propio hogar.

Hinata se dejó llevar y permitió que su dama de compañía tomara las riendas de la situación, porque ella se había quedado paralizada ante la noticia. Por fin volvería a ver a Naruto. Y, esta vez, haría lo posible para que se sintiera cómodo y a gusto entre los muros de Hyuga Castle. Necesitaba que su esposo abandonara su actitud esquiva y volviera a mostrar interés por ella; necesitaba ese acercamiento que echaba de menos desde que había desaparecido sin despedirse siquiera. Él no podía seguir durmiendo en el prado con el resto de los soldados.

Naruto Uzumaki tenía que ocupar su sitio en la cama de matrimonio de una vez por todas.

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Entre Nessie y Tenten consiguieron que Hinata luciera encantadora esa noche; su dama de compañía se esmeró como nunca para trenzarle el cabello oscuro y el ama de llaves buscó entre sus mejores vestidos para encontrar el más apropiado para la tarea que tenían en mente: seducir al esposo. Una tarea que se complicó sobremanera cuando, tras bajar las escaleras y entrar en el gran salón con una sonrisa conciliadora en su rostro pecoso, Hinata encontró que se le habían adelantado.

Otra mujer tenía las manos puestas sobre los hombros de Naruto.

Se quedó paralizada en la puerta, con el estómago girado del revés al ver cómo la querida de su primo, esa tal Suiren, masajeaba con demasiada confianza los fabulosos músculos de Naruto delante de todos los presentes.

Él estaba sentado frente al fuego, de espaldas a la sala, y la rubia lo acariciaba con un descaro que logró sonrojar a Hinata y enfurecerla por igual. Notó que alguien se situaba a su lado y de reojo (era imposible apartar los ojos de la imagen que le arañaba el corazón), comprobó que se trataba de Tenten.

—Esa mala pécora es muy astuta —le susurró—. Aprovecha que Toneri aún no ha hecho acto de presencia para acercarse al laird.

—A él no parece importarle —exclamó Hinata, dolida—. Es más, es evidente que disfruta.

—¿Estás celosa?

La joven se volvió hacia su dama de compañía con un bufido.

—¿Yo? ¡Por supuesto que no! Es solo que...

—Yo lo estaría si una mujer tan hermosa como Suiren tocara así a mi esposo —la cortó Tenten —. Claro que, también me preguntaría si es posible que él añore esas caricias y, por eso, consiente que una extraña le masajee los hombros cansados del viaje.

Hinata frunció el ceño. Odiaba cuando Tenten le decía las verdades a la cara; pero no la querría más si se las ocultara. Respiró hondo y trató de serenarse. Agarró la mano de su amiga y habló en susurros.

—No quiero que Naruto anule nuestro matrimonio.

—Por fin dices algo sensato.

—Shh, calla y escúchame. Te ruego que me ayudes; no sé qué hacer. Te lo dije antes, no sé manejar esta situación. Tienes razón, estoy celosa. Jamás hubiera pensado que algo así podría ocurrirme, pero es verdad. Tengo ganas de ir hasta allí, agarrar a esa bruja del cabello y arrastrarla por todo el salón hasta sacarla de mi casa.

—¡Vaya! No te reconozco... Creo que jamás has mostrado esa fiereza por nadie.

—Será porque hasta ahora no ha hecho falta.

—Será porque antes no la habías sentido. Pero mira, me alegro de que tu posesividad aflore en este momento, porque eso ha logrado despejar tus dudas de un plumazo, ¿me equivoco?

No, no se equivocaba. Tenten tenía razón. En el instante en que había visto la posibilidad real de perder a Naruto, las dudas habían desaparecido del todo. Ignoraba cuándo se había obrado el cambio; tal vez poco a poco durante aquellos días en los que el guerrero le había sido esquivo y ella había empezado a echarlo en falta.

Su madre le había dicho en varias ocasiones que a veces menos era más... ¡Y vaya si lo era! Al alejarse, Naruto había conseguido que ella solo pudiera pensar en él. Y ahora, verlo junto a la belleza casi insultante de Suiren, era como si alguien le abriera el pecho con las manos desnudas y le estrujara el corazón.

—No creo que lo ame, Tenten —le confesó a su amiga—, pero desde luego siento cosas. Tal vez le he cogido cariño. Es fácil apreciarlo después de comprobar que es un buen hombre.

—Ya, y que sea guapo como un demonio, tan grande como una torre y uno de los guerreros mejor formados que jamás he visto no tiene nada que ver, ¿verdad?

—¡Sabes que su apariencia, en este caso, es más un impedimento que una ventaja!

Tenten chascó la lengua, nada convencida.

—Él no tiene la culpa de ser igual que Menma. No es que se haya apropiado de su cara para hacerte sufrir... Es el rostro con el que nació. Y bastante hace conservando esa barba para no inquietarte aún más.

Hinata parpadeó y contempló a su esposo con más atención. Tuvo que apartar rápidamente los ojos, porque ahora Suiren se inclinaba hacia él y le decía algo al oído. Los celos treparon por su garganta y la cerraron con un doloroso nudo. Su barba... Sí, hasta en eso había sido considerado con ella. Ambos sabían que mantener la cara semi oculta les facilitaba la convivencia.

—Hinata, escúchame —Tenten llamó su atención apretándole la mano que tenía cogida—, tu esposo ha demostrado ser muy paciente contigo hasta ahora. Pero lo que estamos viendo significa que se está cansando. Es la primera vez que deja que Suiren se acerque tanto; no permitas que llegue más lejos.

—Ahora mismo soy el hazmerreír del clan. Mi esposo tontea con otra mujer delante de todos sin importarle mis sentimientos. ¿Debo ir allí y ponerlo en su lugar?

—¡No! Ante todo, compórtate como una dama, no debes rebajarte al nivel de Suiren. Cuando sirvan la cena, ve y ocupa tu sitio, al lado de tu esposo en la mesa principal. Y cuando termine la velada, no te retires a tu alcoba a no ser que él te acompañe... para pasar la noche contigo.

Un calor sofocante invadió a Hinata al imaginar la escena. ¿Tenía que ocurrir esa misma noche? Le temblaban las piernas solo con pensarlo. ¿Cómo se las apañaría para decirle a Naruto lo que deseaba sin desfallecer por la vergüenza?

—¡No pongas esa cara! —la amonestó Tenten—. Ahora no es momento de mostrarse tímida. Ya has tenido tiempo para hacerte a la idea, así que nada de titubeos. Ese hombre es tuyo, reclámalo cuanto antes.

—De acuerdo.

Hinata irguió la cabeza y se dirigió hacia la mesa, donde los criados la preparaban bajo las órdenes de Nessie. Notó que las miradas la seguían mientras atravesaba el salón y levantó aún más el mentón. No pudo evitar volver a mirar hacia la chimenea y sus ojos se encontraron de repente con los de Naruto fijos en ella. Su intensa expresión casi la hizo tropezar, pues no estaba ni complacido como ella intuía, ni parecía feliz en absoluto. En cambio, su mirada turbulenta golpeó en su ánimo con fuerza, haciéndola sentir culpable cuando el único que estaba haciendo algo incorrecto en ese momento era él.

Y fue demasiado.

Hinata desoyó el consejo que Tenten le había dado y aspiró con brusquedad. Caminó decidida hasta donde se encontraban su esposo y la hermosa Suiren, notando que los demonios pugnaban por salir de su interior y los contenía a duras penas para que la bienvenida que pensaba darle no fuera más desagradable de lo que ella visualizaba ya en su cabeza.

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Por primera vez desde que había llegado a Hyuga Castle, Naruto sintió algo de satisfacción. No era, desde luego, por las suaves manos que se movían con cadencia sobre sus hombros, ni por la agradable sensación que le reportaban. Había aceptado las atenciones de Suiren por despecho y, tal vez, buscando la reacción que ahora detectaba en el rostro enfurecido e indignado de Hinata.

Nada más poner un pie en su hogar, la decepción de no encontrar a su esposa en la puerta para recibirlo fue un duro golpe. En verdad parecía no importarle lo más mínimo. Él ardía en deseos de volver a verla, aunque era evidente que Hinata no sentía lo mismo y lo demostraba una vez más, para su desesperación.

Sin embargo, por el cambio de actitud que había sufrido al hallarlo junto a Suiren, tal vez había sido un acierto dejarse lisonjear por la belleza rubia. No sabía si aquello sería suficiente para conseguir lo que anhelaba de su matrimonio, pero, al menos, descubrir que no le era indiferente calmó un tanto su frustración.

Naruto la observó mientras se acercaba a él, notando que el corazón se le aceleraba solo con su presencia. Pensó que esos cinco días que habían estado separados le habían sentado bien, porque la encontraba excepcionalmente hermosa. Se había recogido el cabello en una gruesa trenza que le llegaba hasta casi la cintura y algunos mechones alrededor de la cara se habían soltado, ondulándose junto a sus mejillas. Llevaba un vestido de color azul oscuro con un entramado de cintas en la parte delantera que le ceñía el busto y que dejaba ver un delicado escote de piel pecosa que le secó la boca. Jamás la había visto vestir una prenda tan atrevida.

Hinata se detuvo delante de él y lo miró a los ojos sin disimular su malestar.

—Bienvenido a casa, mi señor. ¿Habéis tenido buen viaje?

Naruto tuvo que contener una sonrisa ante aquel tono crispado. ¡Dios, cuánto deseaba en ese momento cargársela al hombro, sacarla de allí y demostrarle que Suiren no significaba nada para él! Quería borrar a besos ese gesto de disgusto de sus labios.

—Han sido unas jornadas bastante duras; se agradece regresar al hogar y que te reciban como es debido.

Al decirlo, Naruto desvió los ojos hacia Suiren y le hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza al tiempo que su boca se estiraba en un intento de sonrisa.

—Mi señor —ronroneó la rubia—, si puedo serviros en algo más, no tenéis más que pedirlo.

Naruto escuchó perfectamente el bufido que dejó escapar Hinata. Era consciente de que la estaba llevando al límite, pero necesitaba hacerla reaccionar. Solo esperaba que su artimaña no se volviera en su contra, porque con ella nunca sabía a qué atenerse. Tal vez lo que él presentía como una victoria era en realidad el principio del fin para su matrimonio.

—Si mi esposo necesita alguna otra cosa, seré yo quien le atienda. Gracias, Suiren, puedes retirarte.

—Disculpadme, mi señora, pero el laird me ha pedido...

—No me importa lo que te ha pedido, ¿acaso no escuchas? Yo me ocuparé del laird desde este mismo momento, por lo que no serán necesarios tus servicios. Ve con Toneri, creo que a él le haces mucha más falta.

Naruto notó un vuelco en el pecho al escuchar la furiosa réplica de su mujer.

Se levantó de su asiento y se acercó a ella con una intensa expresión en su rostro, olvidando por completo a la chica rubia. Que Hinata peleara de esa manera delante de todos los presentes por mantenerse en su lugar lo había llenado de una salvaje satisfacción. A duras penas contenía el impulso de agarrarla y arrastrarla tras de sí. Se contuvo porque había jurado que no lo haría, no la forzaría.

Sin embargo, ella le había dado la clave para terminar con su angustia esa misma noche.

—Eso que acabas de decir... ¿lo has dicho de verdad?

Hinata levantó la cabeza para mirarlo, porque estaba tan cerca que de otro modo no podría haber encontrado sus ojos. Se sorprendió al ver en ellos el fuego que Naruto dejaba escapar en muy contadas ocasiones. A pesar de que su estallido parecía haberlo enfurecido, Hinata no estaba dispuesta a recular. No podía permitir que su esposo terminara en la cama de Suiren aquella noche, por más que ese hecho lo frustrara. Sabía que algunos hombres no tenían escrúpulos y disfrutaban de sus amantes en las narices de sus esposas, pero ella no estaba preparada para soportarlo.

No quiso pensar en las consecuencias si continuaba desafiando al laird delante de sus hombres y de la servidumbre de Hyuga Castle, así que apretó los dientes, dispuesta a seguir peleando.

—Lo he dicho de verdad, mi señor.

—En ese caso, esposa, te comunico que sí necesito algo. ¿Vas a proporcionármelo tú, tal como te has ofrecido?

Hinata tragó saliva y se obligó a no bajar la vista. Resistió la mirada de Naruto, que la perforaba mientras esperaba su respuesta.

—Sí, mi señor. ¿Qué... qué necesitas? —Había bajado el tono al preguntar, rogando para que él también lo hiciera cuando respondiera. Era consciente de que todo el salón estaba pendiente de su conversación.

Naruto alargó adrede el momento. Se recreó en los suaves labios de su esposa, en la delicada forma de su mentón orgulloso. Intentó contar las pecas de su nariz, imaginando cómo sería poder besarlas una a una. Y cuando presintió que ella ya no resistiría más la tensión, habló por fin.

—Necesito un baño. —Nada más decirlo, Hinata exhaló el aire que había estado conteniendo, aunque él no permitió que se relajara. Se inclinó sobre su oído para que nadie más escuchara lo que tenía que decirle—. Y tú, querida esposa, me asistirás. No quiero más ayuda ni más compañía que la tuya, lunita.

Un estremecimiento recorrió la espalda de Hinata al sentir el cálido aliento de Naruto sobre el lóbulo de su oreja. Pero, sobre todo, las rodillas le flojearon por el tono que usó y la palabra que empleó para referirse a ella.

Giró la cabeza enseguida cuando él se alejó rumbo a la mesa, tratando de decidir si lo que había escuchado era cierto o solo imaginaciones suyas. Deseó correr tras él y obligarlo a que repitiera lo que había dicho, pero ya se había expuesto suficiente por una noche. No iba a dar más espectáculo a todos los que, en ese momento, la miraban sin dar crédito a su absurda escena de celos.

Inspiró con fuerza y fue tras el laird. Estaba claro que, antes de su ansiado baño, Naruto deseaba cenar. Ella estaba segura de que no podría probar bocado, pero ya había decidido que no se apartaría de él en toda la noche.

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Lunita.

Solo una persona la había llamado de ese modo antes. Y aquel no era, ni de lejos, el mejor momento para recordar aquello.

Hinata miró con nerviosismo la tina de agua que habían preparado en su alcoba, junto al fuego. Debía desterrar de su mente cualquier pensamiento que no estuviera dedicado a Naruto, así que cerró los ojos y lo visualizó como más le gustaba: sonriendo al pequeño Duncan en la orilla del lago. ¿Sería capaz de conseguir que a ella le sonriera de ese modo alguna vez?

Se sorprendió de lo fácil que le estaba resultando concentrarse en él y en nada más. Creyó que le costaría más deshacerse de los fantasmas del pasado, pero según pasaban los minutos y Naruto no se reunía con ella, se daba cuenta de que, en realidad, hacía ya algunos días que la realidad de su nueva vida se había impuesto a las ensoñaciones de su corazón.

Había esperado con ansia el regreso de su esposo y, esa noche, en ese preciso instante, se impacientaba por momentos al ver que él tardaba más de lo normal. Detuvo sus paseos por el dormitorio al sospechar que tal vez el guerrero había cambiado de idea...

Para su alivio, la puerta se abrió antes de que la alarma se hiciera más evidente en su expresión. Naruto entró y cerró tras de sí, dejando claro que no había escapatoria.

—¿Me echabas de menos? —le preguntó, con un tono algo burlón.

Hinata comprendió que la había hecho esperar adrede. Era evidente que el guerrero pensaba cobrarse cada uno de sus anteriores desplantes, por más que siempre se hubiera mostrado comprensivo.

—Lo cierto es que sí. En realidad... —Hinata dudó, pero al fin decidió ser sincera. A ninguno de los dos les beneficiarían las mentiras, y menos si querían alcanzar cierto grado de intimidad en su relación—. En realidad, todos te hemos echado en falta estos días. Iroha me ha contado que los soldados deseaban tu regreso para proseguir la instrucción, y los niños del hogar de huérfanos también han...

—No te he preguntado por ellos, Hinata. Esta noche no quiero hablar de nada que tenga que ver con tu clan. Quiero saber si tú me has extrañado.

—Yo... —la joven tragó saliva, sintiéndose muy pequeña frente a la intensa expresión de Naruto—. Sí, he pensado en ti más veces de las que hubiera querido.

El laird dio un paso hacia ella para acortar distancias.

—¿Puedo preguntar qué clase de pensamientos eran?

—¿Cómo? —se escandalizó Hinata.

—Quiero saber si lo que pensabas era que ojalá me cayera del caballo y me partiera la crisma, para así librarte de mí, o por el contrario me recordabas con añoranza.

Hinata abrió la boca ante tal ocurrencia. Esta vez, fue ella la que dio un paso para aproximarse más a él.

—Jamás desearía tu muerte, Naruto Uzumaki. ¿Cómo puedes siquiera insinuarlo?

—¿Debo dar por sentado, entonces, que no quieres librarte de mí? —susurró él, acercándose aun más.

Sus rostros estaban ahora muy cerca el uno del otro. Hinata solo tenía que ponerse de puntillas para rozar los labios masculinos con su boca. Eso sería una respuesta esclarecedora, ¿verdad?

—No deseo librarme de ti. Ya no.

La joven cerró los ojos, pensando que tras aquella confesión él la besaría... Pero no lo hizo.

Naruto se movió y pasó de largo, dejando el aire cargado con su inconfundible olor masculino y los labios de Hinata entreabiertos y vacíos de besos.

—No quiero que el agua se enfríe —fue la excusa que usó su esposo cuando ella lo miró, frustrada.

Enseguida, se deshizo del chaleco de lana y de la camisa, dejando su torso al descubierto. No se detuvo ahí, y siguió con sus botas y sus calzas. Antes de que Hinata se percatara o pudiera reaccionar, su impulsivo esposo estaba desnudo delante de ella, de pies a cabeza, luciendo un cuerpo que ni siquiera Tenten podría haber imaginado en sus mejores sueños.

Naruto aparentaba ser duro como una roca en cada palmo de su anatomía. Su piel estaba bronceada por el sol y salpicada de numerosas cicatrices que sorprendieron a Hinata. Sabía que era un guerrero consumado, pero nunca se había parado a pensar en las verdaderas implicaciones de su condición. Allí tenía un recordatorio grabado sobre su piel de cada batalla, cada enfrentamiento del que había logrado salir airoso... aunque tal vez no indemne.

Curiosamente, esas marcas no lo afeaban en absoluto. Muy al contrario, a ojos de Hinata, aumentaban su poderoso atractivo. Sus ojos grises e inocentes se deslizaron por el enorme cuerpo para estudiarlo a placer, pero cuando pasaron de la cintura y se detuvieron en su entrepierna, Hinata jadeó y se dio la vuelta al instante, avergonzada por haberse mostrado tan curiosa.

—Perdona —musitó, con la boca seca.

—¿Por qué?

—Bueno, porque yo te he mirado... estaba mirando... tus intimidades.

Entonces ocurrió lo que deseaba desde hacía mucho tiempo. Escuchó una risa ronca y contenida que brotaba de la garganta de su esposo.

—Hinata, si has dicho en serio que ya no quieres librarte de mí, doy por hecho que este matrimonio seguirá adelante. Y si continuamos juntos, créeme, espero que mires mis intimidades muy a menudo. Yo también pienso mirar las tuyas, por si te lo preguntabas.

Hinata se tapó la cara con las manos. Le ardían las mejillas y notaba que le faltaba el aliento. Escuchó cómo Naruto se introducía en la tina y, solo entonces, pudo girarse de nuevo para enfrentarse a él.

—Ven, acércate —susurró, mientras se frotaba el musculoso pecho con las manos.

La joven estaba hipnotizada por el movimiento de aquellos dedos ásperos sobre la piel húmeda, sobre el cuello y los anchos hombros. Había visto a Suiren acariciándole en esas mismas zonas y los celos regresaron con fuerza, contrayéndole el estómago. Debía borrar todo rastro de esa otra mujer en el fabuloso cuerpo de Naruto, así que se acercó y tomó uno de los paños de lino que habían dejado los sirvientes junto a la tina. Lo introdujo en el agua caliente y lo frotó con el jabón antes de empezar a lavar al esposo.

—¿Así está bien? —le preguntó, azorada, mientras alargaba las pasadas y trataba de cubrir cada palmo de piel masculina—. Nunca he hecho esto antes.

—Dios, eso espero. No deseo imaginarte haciéndole esto mismo a otro hombre. Sobre todo cuando compruebo lo cerca que está tu mano de mis intimidades...

Hinata sacó el brazo del agua como si hubiera recibido un latigazo. Su rostro estaba tan ruborizado que apenas se le notaban las pecas. Naruto se inclinó hacia ella y le colocó detrás de la oreja uno de los mechones de pelo que se habían escapado de su trenza. Sus ojos se encontraron a escasas pulgadas y Hinata descubrió que allí, a la luz del fuego del hogar, el azul de aquella mirada se oscurecía y se calentaba para abrasarle a ella el alma.

—No te apartes —susurró Naruto—. Me gusta que me toques, nunca tengas miedo de hacerlo. Da igual hasta donde llegues; es más, cuanto más te atrevas, más lo disfrutaré. Mis intimidades y yo te agradeceríamos que te dejaras llevar y que no tuvieras ningún tipo de reparo a la hora de saciar tu curiosidad.

Hinata se hubiera escandalizado y posiblemente hubiera salido corriendo de aquella habitación tras esas palabras si no hubiese sido porque él estaba sonriendo. Sonreía con una complicidad y una familiaridad que la desarmó por completo.

Naruto Uzumaki era increíblemente guapo tras su sonrisa. Y era también demasiado accesible, demasiado cercano. Tanto, que Hinata sintió un irrefrenable deseo de echarle los brazos al cuello y buscar su boca a riesgo de acabar ella misma empapada con el agua de la tina.

Su esposo poseía la sonrisa que había iluminado su corazón tiempo atrás. La sonrisa que había despertado en ella la primera chispa de romanticismo en su vida. No era la misma boca, no era el mismo hombre, pero sin duda encendía en ella los sentimientos que ya creía tener dormidos en su interior.

Sin embargo, antes de encontrar el valor para llevar a cabo el atrevimiento de acercarse más, Naruto volvió a reclinarse en la tina y cerró los ojos.

—Continúa, antes de que el agua se enfríe.

Continuará...