Capítulo 12
¿Podría morir de incertidumbre y deseo? ¿Podría sobrevivir a las ganas y a la propia hambre que me provocaba? ¿Podría resucitar después de cada uno de esas muertes? Esperaba, de verdad esperaba que sí. Ojalá que sólo muriera en mi interior, que nada delatara que el aire no me llagaba a los pulmones, que los latidos de mi corazón iban cada vez más rápido y luego más lento. Ojalá que nadie viera que la lengua se me estaba secando y que nadie escuchara que el vientre se me derretía y vaciaba a cada segundo.
Relamí mis labios con lentitud y traté que mis dedos llevaran el mismo ritmo. Apreté la pluma en mi mano con fuerza, antes de apoyarla de nuevo sobre el papel. Bajé la mirada a lo que tenía escrito y pude ver mis propios nervios plasmado en cada letra. Cada letra me evidenciaba. Ahí sobrevolaba mi propia agonía a cada pequeña muerte que se llevaba en mi interior. Temblaba, todo dentro de mi temblaba. Mis labios, mis ojos, mi lengua, mi pecho, mi corazón, mis huesos, hasta mis propias uñas y sangre. Temblaba. Temblaba. Temblaba. Todo, y yo era un todo nervioso.
Sentada al lado de mi tirano jefe estaba que me moría y estaba segura que la oscuridad no me salvaba de su mirada, de aquella respiración que no estaba ni cerca de mí pero que podía sentirla. ¿Pero cómo no sentirla si ya la había tenido en lugares que de sólo recordar me hacían suspirar y enrojecer? Tan tibia, tan agitada, tan caliente y delirante. ¡Oh, Merlín! Cerrar los ojos me catapultaba a esas dos noches, verlo tan sólo a la luz de la luna que dejaba pasar aquella ventana de su habitación con las cortinas si cerrar. Él debajo de mí, con su cuerpo de chocolate derretido, lleno de fuego, húmedo, delicioso, moldeable a mis manos, a mi lengua, a mi bendito deseo. Como arcilla antes de darle forma, tomando en cuenta que ya tenía la forma que deseaba. Zabini tenía todo lo que deseaba, era todo lo que deseaba, no había ni un poro que quisiera cambiar en él.
Mío, mío, mío.
Era todo lo que quería decir, era en lo único que pensaba, sobre todo cuando apenas levantaba los ojos veía a aquella mujer comérselo con la mirada, aquella rubia de bonitas pestañas que revoloteaban en cada movimiento que hacía mi jefe. Pero qué ganas tenía de decírselo, de gritárselo, de levantarme y besar a Zabini para que a nadie le quedara dudas. Para que a él no le quedara dudas. Porque no importaba que tan fuerte quisiera sentirme, verme o hacer creerle, era suya, totalmente suya, y él era mío, jodidamente mío. Y todos debían de saberlo. Ella, sobre todo ella.
Pero no podía, y como odiaba no poder hacerlo.
Me mordí los labios con angustia y calor, mirándolo de reojo de nuevo y quitando inmediatamente mis ojos de él cuando lo vi mirarme. ¡Oh no! Era una mirada distinta que la del inicio de todo esto, era una que casi podía delatarnos, si al menos una de estas personas tuviera una mínima parte de la astucia que poseían Pansy, Theo o Draco, podrían saberlo, porque la mirada de mi jefe no era la misma mirada pícara, divertida, llena de astucia o dolorosa perversión por obligarme a hacer algo que claramente no quería. No, está era algo más, algo que no sabía cómo llamar, pero me sentía fundir por ella, como la cera de una vela. Era una caricia lenta, suave, ardiente.
Apreté más fuerte mis dientes y regresé mi mirada una vez más a la presentación de aquel arquitecto, dispuesta a tomar más notas.
Suspiré calladamente. No sabía ni lo que estaba haciendo porque a pesar de llevar casi dos años trabajando con él, nunca había asistido a este tipo de reuniones mensuales que era donde los arquitectos hablaban exclusivamente de sus proyectos y los avances de cada uno. Tenía la necesidad de rodar los ojos por décima de vez sólo de recordar porque estaba aquí. Él podría presumir que era enteramente mi culpa y yo podría simplemente aceptar una parte de ella, después de todo, fue decisión mía ignorar lo de aquella primera noche.
¿Qué más podía hacer para salvarme? Era la única manera de hacerlo, la única opción que tenía, fue la única salida que encontré. Aunque técnicamente sólo estaba retrasando mi caía en aquel acantilado llamado Zabini, tarde o temprano me hundiría en él y moriría ahí en segundos, pero por el momento, podía protegerme. O tal vez no, tal vez ya había caído, tal vez ya me había lanzado y tocado el agua y ahora sólo flotaba sabiendo muy bien que llegar a una orilla era imposible y que lo más probable era que terminaría hundiéndome. Porque era así como me sentía al iniciar e incitar nuestro segundo encuentro.
Pero cómo no hacerlo, cómo no sucumbir a mi propio deseo, a mis propias ganas, si la sangre me empezó a hervir mientras él más me miraba, sentí mis entrañas disolverse al tono de su voz, mi corazón brincando a cada segundo y mi piel comenzó a arder de verdad, ansiosa por sus manos, su boca y su propia piel sobre la mía. No pude evitarlo, no pude hacerlo, por más que me resistí esa semana, esa noche ya no pude más y mis ojos viajaron a su apetecible figura, y entonces lo sentí, sentí mi boca llenarse de saliva y mi cuerpo convulsionando a expectativa de volver a unirme a él, llevándome a desnudar uno de mis pies para empezar a acariciarlo sin que nadie de los que nos rodeaban se diera cuenta.
Apreté los dientes con fuerza y sentí mi rostro arrugarse mientras rayaba con saña lo que ya tenía escrito al ver que nada se entendía, pero ni siquiera una oración. Volví a escribir, apretando con fuerza la punta del bolígrafo en el papel, hasta casi romper la hoja, pensando otra vez en aquellas noches, en esas benditas noches con el mejor sexo que había tenido en mi maldita vida. Porque era lo mejor que me había pasado y eso jamás podría negarlo. Pero había algo más atormentándome, más que el asunto de acostarme con él. Eran unas palabras que no dejaban de sonar en mi cabeza, de repetirse con más ímpetu ahora.
Negué levemente con la cabeza, quería dejar de pensarlas y hasta repetirlas en voz baja cada noche para mí, palabras que me apretaban el pecho y la garganta, que me hacían gritar contra la almohada al sentir la rabia y el desosiego mezclándose hasta ahogarme en una espesa amargura. Eran esas palabras dichas por aquella mujer de la fiesta, de aquella primera noche que estuve con Zabini. Su maldito consejo resonando en mi cabeza, sus malintencionadas palabras y su gesto amargo para decirme que disfrutara las citas con Zabini, que lo disfrutara y gozara, porque no era secreto para nadie que sólo tres veces se acostaba con una mujer antes de abandonarla.
Y yo lo sabía, sabía que así era, sabía que sólo tres noches lo tendría antes de que me apartara de él, que no me volviera a invitar a cenar, porque después de todo él ya había conseguido lo que quería y eso era tenerme en su cama, algo que yo también deseaba desde hace mucho y me lo había negado hasta el último de mis límites, hasta que no pude seguir luchando contra mi misma. Había caído en su cama realmente por voluntad propia, dejándome de excusas para ya no negarme a lo que mi cuerpo, mente y corazón pedían.
Tres noches. Sólo tres noches, y ya había gastado dos. Sólo tenía una, una más, antes de que todo terminara. Que las citas, las cenas, las charlas, los besos, el sexo terminasen. Todo, absolutamente todo acabaría y estaría bien.
Pero estaba bien, ¿no? Eso era lo mejor. Para mí, para él, pero sobre todo para mí. Era mejor que ya no saliéramos, que ya no conviviéramos más de lo estrictamente necesario, que se limitara solamente al trato de jefe y asistente, si es que se podía volver a eso. Lo mejor era que las noches se acabaran, que el terminar en su departamento ya no sucediera, que besarlo y las noches con él se esfumaran de mi cabeza también. Sólo tenía que convencerme de eso, que era lo que quería, lo que de verdad quería.
¿Pero a quién quería engañar? Ni siquiera yo podía creerme que eso era lo que de verdad quería.
Pero sabía que de esa manera, pasando de él, había una gran posibilidad de poder volver a mi vida tranquila, de terminar mi contrato en calma y no tener que pasar cada fin de semana devorándome la cabeza pensando lo que haría al lunes siguiente que llegara a la oficina, acumular valor y la fuerza de voluntad necesaria para poder mirarlo a la cara, obligarme a no temblar y caer apenas me diera una mirada. Tener que reunir todo mi orgullo y cubrirme de fría plata para no resbalar y cometer una estupidez. Una más grande había que recalcar. Tener que armarme de paciencia y determinación para enfrentarlo. Cubrirme de hielo y demostrarle que las noches de viernes, por más satisfactorias y buenas que fueran, era solo una bendita noche de sexo más (lujuria, pasión... amor), y que no importaban realmente.
Suspiré nuevamente, lo más silenciosa que podía. Todo sería más fácil si él fuera cualquier tipo, uno que hubiese conocido en un bar o aquí mismo en la oficina, pero tenía que tratarse de él, del tipo del que estaba enamorada, sino fuera Blaise Zabini, podría ser fácil olvidarlo y superarlo.
Regresé una vez más a mi presente, reacomodándome en la silla y mirando una vez más la semioscuridad, observando de nuevo la presentación del segundo arquitecto de esa junta, el cual hablaba de algo que estaba realmente lejos de entender, bueno, al menos estructuralmente, porque los números, costos, gastos, inversión y tiempo, los entendía a la perfección.
No pude evitar reprocharme una vez más mi actuar y odiar nuevamente a Zabini por obligarme a hacer esto al verme tan huidiza, mostrándome tan soberbia e indiferente, pues eso fue lo que generó el que él terminara por pedirme que lo acompañara.
Bueno, tampoco es que hubiera aceptado sin reclamar, diciéndole jamás había entrado a este tipo de juntas, pero él sólo sonrió y me dijo que necesitaba a alguien que escribiera por él porque estaba algo agotado con su propio trabajo, todo mientras se sentaba en la orilla de mi escritorio, lo cual llegaba realmente a aborrecer. Mis dientes se apretaron ante esa respuesta, viendo su sonrisa hacerse más grande y provocando que mis rodillas flaquearan también, porque ya había visto esa sonrisa en momentos más oportunos y en situaciones más que placenteras.
Pera ya no había nada que hacer, sólo me quedaba seguir tomando notas, las cuales dudaba que estuvieran bien, mientras de igual modo ideaba muchas maneras de matar a aquella rubia que no se cansaba de sonreír pero ni un sólo instante de parpadear melosamente, sentada al otro lado de Zabini, porque no importaba que él no la mirara siquiera, ella no paraba de coquetearle, hasta llamándolo en voz baja para que se fijara en ella, mientras le preguntaba cosas que muy bien podría preguntarle al mismo arquitecto al finalizar.
Hasta ahorita llevaba una lista de cincuenta y nueve maneras para asesinarla y que nadie se diera cuenta, y cada una de ella me hacía sonreír por dentro.
Moví la cabeza de un lado a otro, debería de dejar de pensar de esa manera, y no importaba que tan orgullosa se sentiría mi preciosa Pansy si le contara. Y Draco, Draco Malfoy me miraría con aprobación, alentándome, y se sentaría con una sonrisa para ver todo el espectáculo.
—Bien, podemos concluir con esta parte. El proyecto se ve bien, Antonio, sólo organiza lo del presupuesto y el pedido de materiales —escuché decir a Zabini, haciendo que todas las luces se encendieran. Miré las anotaciones que había hecho y chasqueé la lengua sabiendo que debería que pasarlas a limpio, pero podría sacar buenas notas— ¿Hay algo más que ver?
—Todavía está abierta la convocatoria para el área de finanzas —escuché decir a aquella rubia, haciendo que mi mirada se posara en ella de inmediato.
Nuevamente me vi apretando los labios, si quería ese puesto no podría matarla, o bueno, tal vez sí... pero, ¿aun deseaba quedarme en esta empresa después de acostarme con mi jefe? Miré a mi alrededor, era seguro que todos en aquella sala, sin contar a los demás trabajadores y sobre todo a las secretarias, ya dieran por hecho que desde hace mucho había dormido con él, aunque dormir era una vil mentira para todo lo que hacíamos.
¡Joder, Millicent, concéntrate! Me regañé y miré de nuevo a aquella mujer. Era guapa, joven, bueno, no tan joven, podía apostar que le llevaba varios años a Zabini y, tuve que contener mi gesto, esa era otra cosa que no podía ignorar, Zabini no discriminaba a nadie y era seguro que ella también ya hubiera dormido con él.
—¿Se han postulado ya personas pertenecientes a la empresa? —preguntó mi jefe y yo lo miré, viendo que estaba haciéndolo igual de reojo, mientras acomodaba un par de papeles que tenía enfrente.
—Algunos. Hay postulantes de la misma área y unos más de otras, y son cinco vacantes —contestó ella con una sonrisa por tener su atención en ese tema. Casi rodé los ojos nuevamente por irritación, pero en vez de eso, acomodé los papeles y cerré cada bolígrafo, viendo como el resto de los presentes apenas fingían escuchar— Pero el proceso es largo, tienen que tener las credenciales pertinentes, estar bien preparados y tienen que pasar el examen.
Quise sonreír al saberme preparada para un puesto en esa área. Yo era buena, muy buena, fui una de las mejores de mi generación, y aunque quizás antes de aquel viernes no hubiera dudado más en postularme, ahora no estaba tan segura.
—Eso está bien. Después de todo tienen dos meses más para prepararse.
—¿Dos meses más? Creí que sería dentro de uno, es absurdo darles más tiempo.
Vi a Zabini mirarla con molestia, mientras su mandíbula se apretaba. Si yo fuera ella, jamás hubiera abierto la boca, si algo sabía de Zabini es que no le gustaba que le llevaran la contraria y menos delante de más gente. Bien, realmente yo tampoco me hubiera quedado callada, pero yo era yo, y no es que eso me diera alguna clase de ventaja, pero Zabini y yo habíamos peleado tanto que ya daba igual una pelea más entre nosotros.
—Es lo que dije, ¿no? —preguntó con advertencia.
—Bueno, sí, pero no entiendo porque más tiempo.
—No está en tus manos entender —dijo con voz autoritaria y aquella mujer cerró la boca— Genial, podemos terminar con esto. Que tengan un buen día y fin de semana. Vamos, Millicent.
Tomé todos los papeles, acomodándolos sin orden y atravesamos la sala, él atrás de mí, adelantándose para abrirme la puerta a lo cual rodé lo ojos disgustada. Era un lindo gesto, pero seguía molesta por haber sido obligada a asistir a juntas a tomar notas que no sabía cómo hacer y por lo tanto no sabía si a él realmente le servirían. Caminamos directo a la oficina y yo estaba tentada a preguntar porque el tiempo extra para las postulaciones, debatiéndome si debía hacerlo o no al final.
Miré su perfil y aunque una parte de mí gritaba para que dejara todo esto ya, que huyera muy lejos de él, la otra mitad de mí me insistía en permanecer a su lado, asegurando que podía soportar el dolor que viniera, que lo amaba demasiado como para irme. Además, de mis ansias por no querer tirar a la borda estos casi dos años, suficiente lo había soportado como para no aprovechar este tiempo y sobresalir aquí mismo.
Llegamos hasta mi escritorio y coloqué mis carpetas y papeles sobre la superficie, mirando disimuladamente como Zabini continuaba hasta su oficina, pero antes de abrir la puerta dio la vuelta y regresó hasta colocarse enfrente de mi escritorio, a mi lado.
—¿Vas a postular para la vacante? —preguntó directamente y yo me sentí tan descubierta, porque era en lo único que podía pensar.
—No, no creo —dije y quité la mirada de su rostro. No soportaba verlo tan directamente, aunque eso sonaba estúpido tomando en cuenta que ya lo había tenido hasta encima de mí, sin poder dejar de mirarlo.
—¿Por qué no?
Apreté los labios y lo miré de nuevo. Estaba segura que si le contaba las razones para no hacerlo se empezaría a reír de mí, si le decía que sí, también se burlaría, así como también sentí que, si le mentía en la respuesta o no postulaba, sería como verme derrotada. Quería matarlo, de verdad que sí. Estaba convencida de que, si seguía trabajando aquí, ya no a su lado, pero si cerca de él, Zabini asumiría por completo cosas que preferiría mantener en mi interior, cosas cómo de que ya no podía estar lejos de él, y si no lo intentaba siquiera y si me iba simplemente al terminar mi contrato, era seguro que diera por hecho, que huía de él con el corazón roto, como todas. En ambos casos, mi dignidad, mi orgullo y hasta mi propia vida estaban en riesgo.
—Mi contrato termina en dos meses —dije y di la vuelta al escritorio, evitando pasar por su lado.
—¿Y? Termina tu contrato conmigo, pero si quieres puedes renovarlo aquí o asumir otro cargo.
Respiré con fuerzas. No tenía ni cabeza o paciencia para esto. Ciertamente estas dos semanas habían sido por mucho las peores de todas, sí, sobrepasando esas primeras semanas siendo su asistente. En aquellos días sólo estaba molesta y frustrada, porque se suponía que no volvería a ver nadie que me recordara aquella maldita guerra y en lo que me obligué a convertirme y, sobre todo, que no volvería a saber de mi atormentador de colegio, pues bien podía extrañar a Pansy, pero no al resto.
Pero estas semanas habías sido estresantes, cansadas y estaba enojada, más conmigo que con él pues fui yo quien arruinó todo, lo arruiné cuando empecé a desearlo de más y ponerme celosa cada vez que alguien lo miraba, ya no digamos que él mirara hacia otras mujeres, cosa que no había visto aún, pero que estaba segura que cuando lo hiciera, nos iría muy mal a todos, a mí, a él y a la pobre idiota que fijara sus ojos en él.
Apreté las manos y endurecí mi gesto, casi desafiándolo con la mirada, pues la verdad no sabía que pretendía al decirme eso, qué más buscaba de mí al decir que podía renovar mi contrato con él o seguir en su empresa.
—Tengo entendido que al terminar mi contrato contigo, debo irme —dije con rabia mal contenida.
Ni siquiera estaba segura si era porque él despreciaba a cada mujer después de salir y acostarse con ellas, o porque hace varios meses iba a despedirme con la excusa de que ya no me necesitaba y no quería verme más, y él no se hacía una idea de cuanto odié escucharlo decir eso, cuánto aun odiaba recordarlo, pues, aunque estaba segura que era parte de su chantaje, todas sus palabras tenían un gran impacto en mí. Siempre había sido así, en el colegio lo fue y ahora también. Y cómo lo odiaba por eso.
—No es precisamente...
—Ibas a despedirme hace unos meses, Zabini, aclarando que ya no me necesitabas y no querías verme más —aseguré y entonces pude ver como se enfurecía.
Aquella mirada demostraba que tan molesto estaba, que tan furioso estaba y yo me quedaba más y más prendada de él cuando se mostraba en ese estado. Era glorioso verlo de esa manera, tanto como verlo entre mis piernas.
¡Maldición! Me mordí la lengua con rabia por tener que pensar una vez más en aquellas noches, intentando no hacer ninguna mueca que me delatara. Debía asumir desde ya que me costaría superarlo, que jamás lo olvidaría y no sería capaz de borrarlo a él de mi mente, y era tan masoquista pues realmente no buscaba olvidarle, no estaba luchando por hacerlo. Lo amaba, lo amaba de verdad y no quería olvidarle nunca, no importaba cuanto se quejará mi corazón ante esa decisión.
—No renovare mi contrato. No pienso seguir trabajando contigo —terminé de decir con una seguridad que no sentía para nada.
—Bien, haz lo que quieras —lo vi darse la vuelta y caminar nuevamente hacia su oficina—. Pasare por ti a la misma hora —fue todo lo que dijo antes de cerrar la puerta, provocando un sonido que de seguro se escuchó por varios pasillos y que a mí me hizo respingar en mi lugar.
Suspiré con cansancio, queriendo también pasar por alto la sensación de agria felicidad y la enorme emoción que sentí por recordarme que hoy saldríamos como ya era habitual. Me dejé caer sobre la silla y miré los papeles regados. No iba a negar que la emoción empezaba a adueñarse de mi cuerpo por salir con él, pero también la melancolía quería apoderarse de mi ser. Porque hoy sería la última vez, la última noche y la perspectiva de no volver a repetir aquellas cenas, a la cuales me esforcé en no acostumbrarme para que eso no me dañaran al final, que me obligué a no acostumbrarme a esas noches alegres, llenas de conversación maliciosa y divertida, de comentarios inteligentes y burlas ingeniosas, fue imposible no hacerlo.
Sabía que nunca debí ceder, ser tan débil, aunque nadie puede decir que no lo intenté, de verdad que sí lo hice, intenté luchar contra mi propio gusto, contra mi propia fascinación y mis propios sentimientos, pero nada de eso sirvió, porque sin saberlo, sin darme cuenta, me descubrí amándolo más que a mi vida.
Miré a la puerta cerrada, mordiéndome los labios con duda y sintiendo mis ojos llenarse de lágrimas de frustración, tentada a ir y decirle que hoy no, que hoy no saldríamos, porque estaba segura de que podría resistir una semana más sin él, pero no toda una vida. Así podría vivir de la expectativa una semana más, viviendo a puro deseo por compartir mi noche del próximo viernes a su lado. O, también era probable que él deseara terminar con esto de una vez, que él ya esperaba que esta fuera la última noche conmigo para pasar con la siguiente, deshacerse de mí de una vez por todas, de la manera más triunfante para él y la más cruel para mí.
Pero sabía que sería en vano negarme, que no podría evitar esta noche y aunque estaba segura que no me negaría a acostarme con él, tampoco podía sacar de mi cabeza las palabras de aquella rubia llamada Natalia, diciéndome que disfrutara de mis tres noches a su lado porque luego sería desechada como si no valiera nada. Y ahí estaba el problema, porque empezaba a sentirme de esa manera, no era nada para Zabini, no fui antes y no lo era ahora.
Me obligué a dejar de pensarlo y me concentré de nuevo en mi trabajo.
Cuando llegué a casa, solté todo en la entrada. Miré hacía el techo como si pudiera encontrar consuelo en él y respiré lo más profundo que podía para convencer a mi corazón que podía regresar a latir de manera normal. Cerré los ojos cuando los sentí arder y sentí mis rodillas temblar, queriéndome dejar caer, pero no cedí, me mantuve de pie y respiré con fuerzas una vez más, antes de separarme de la puerta, donde había buscado apoyo, y me encaminé a mi habitación sin pensarlo más.
Me quité la ropa lentamente, viendo fijamente la ventana donde se podía apreciar los últimos rayos del sol, antes de darle inicio al atardecer. Todavía faltaba algunos minutos para las seis de la tarde, había decidido retirarme antes de mi salida real para tener más tiempo para recomponerme. No le dije nada a Zabini, simplemente terminé lo que tenía que hacer y tomé mis cosas para retirarme. No podía calmar mis pensamientos ni mi cuerpo ante la simple idea de que él quisiera tenerme todavía cerca después de todo, después de que mi contrato terminara y que hayamos dormido juntos, aunque dormir fuera la última actividad.
Sentía nuevamente la ansiedad cubrirme y pegarse a mi piel como la sal del mar, como algo arenoso, espeso y rasposo al mismo tiempo. Y aunque trataba de evitarlo con todas mis fuerzas y no dejarme caer por lo mismo, no podía tampoco eludir la pesada decepción y tristeza que me embargaba al saber que esta sería la última noche, que esta era la última noche. Repitiéndome que eso ya lo sabía, lo supe desde que llevaba su bendita agenda, y porque todos los sabían también, como aquella tonta rubia descarada que no dudó en decírmelo. Esta sería la última noche que tendría a Zabini para mí, que lo sentiría de la manera más cruda, honesta y real. La última vez que podría gritar y sentir en mis adentros que era mío, que me pertenecía, que yo era suya y nadie más, ninguna más.
Él y yo siendo un mismo ser.
Me metí al baño y le abrí a la regadera, regulando la temperatura para no quemarme con el agua helada o caliente. Me coloqué bajó el agua templada y dejé que la tibieza intentara despejarme, que me permitiera tranquilizarme para poder afrontar las horas siguientes. Tomé el champú y con calma lo fui esparciendo por toda mi cabeza, cubriendo de espuma cada uno de mis cabellos. Mientras dejaba que el agua se llevara la espuma, tomé el jabón con aroma a durazno, empezando a pasarlo desde mis pies, rodillas, muslo, llegando lentamente a mi vientre y luego hacia mis pechos, para después terminar de enjabonar mis brazos, disfrutando como un condenado a muerte de aquellos minutos de tranquilidad.
Cerré los ojos y respiré con mayor fuerza, atrapando en mis pulmones aquel aroma que se creaba por mis productos y el vapor del agua, disfrutándolos como si fuera la última vez que fuera a respirar, como si fuera el último día que mis pulmones trabajarían. Y sólo así, en ese momento, mis músculos parecieron relajarse, parecieron al fin soltarse de aquella rígida postura que me acompañaba desde que me dijo que hoy saldríamos de nuevo. Y el salir ya no era un problema, lo era lo que pasaría al final.
El final...
—No, no. Ya no más, no lo pienses más —dije al abrir los ojos y soltando el jabón, para apoyar las dos manos sobre el azulejo azul de las paredes—. Sabías que esto pasaría, que en algún momento llegaría el fin. Y eso era lo que él está esperando y lo que tú esperas ahora, Millicent. Sin lamentaciones, sin llanto... sin dolor. No hay dolor, Millicent. No te dolió, no te dolió, no...
Mentía, lo sabía, porque muy en el fondo sí que lo había. Había dolor en mí. No un dolor explotado ya, uno que todavía se contenía en mi pecho, se guardaba en mi corazón y alma. Pero era una sensación más ligera, tenue, como el sonido de un reloj de bomba, nada agresivo o aturdidor, pero que sabías que cuando terminara, arrasaría con todo. Así me sentía, con ese dolor llamado Zabini, Blaise Zabini. Él arrasaría conmigo y lo peor es que yo se lo pedí, entregándome a él como si fuera el único y el último hombre de esta tierra, de mi mundo, porque así lo era, era el mundo para mí.
Sabía que era estúpido empezar a sufrir desde ahora, en este momento donde el adiós todavía no sucedía, era realmente tonto pretender que el dolor me tomaba por sorpresa, pues yo estaba segura de que esto sucedería cuando empecé a amarlo de verdad.
Mi mano derecha golpeó en la pared una sola vez con fuerza y luego grité desgarradoramente, pegando casi totalmente mi rostro contra los fríos azulejos. Respiré agitadamente y me volví a colocar bajó el agua, para empezar a despojarme de todo el jabón, aprovechando también para lavarme el rostro con un jabón más suave con aroma a rosas.
Terminé de limpiarme y abrí la cortina, tomando mi toalla del gancho que me esperaba para envolverme y tomé la más pequeña para colocarla en mi cabeza. Salí de ahí y abrí la puerta hacia mi habitación, dirigiéndome directamente a mi armario.
Una vez más no sabía que colocarme, que ropa ponerme para sentirme satisfecha y satisfacerme el doble cuando sus ojos me recorrieran. Porque eso era algo que me fascinaba, el ardor y el deseo con el que me miraba Zabini al momento de abrir la puerta de mi departamento, observándome de pies a cabeza, detallando a conciencia como lucían aquellos vestidos largos o cortos de escotes profundos. Zabini me miraba como si fuera la maldita mujer perfecta, la que más le gustaba, la que más deseaba, a como se miraría a una diosa ente mortales y, por algunos minutos, me sentía jodidamente poderosa al ser yo quien tuviera su atención.
Pero todo era una farsa, todo era una mirada perfectamente ensayada por su parte. No era quien más le gustaba ni a quien más deseaba. Simplemente era una más y ya.
Repasé con mis dedos cada prenda que estaba colgada. No había nada que no me haya puesto ya, así que tomé uno de los más antiguos, un vestido del color de la lavanda que me llegaba hasta las rodillas, ajustándose desde pechos a mi cintura, para luego caer más suelto. Solo esperaba que para esta noche no eligiera un restaurante tan elegante para no desentonar con esa prenda.
Lo tomé del perchero y me coloqué delante del espejo, buscando convencerme de que ese estaba bien. Me solté el cabello que sólo soltaba un poco de agua y lo miré ladeando el rostro para tener una mejor imagen de cómo me vería ya estando arreglada. Realmente me gustaba el vestido, pero no sabía si era el correcto, al menos no me convencía demasiado, pero entre los demás era el que más me había llamado la atención.
Lo tiré hacia la cama para volver a buscar en mi armario, pero el gancho se atoró en la toalla que me rodeaba y ésta terminó cayendo al suelo. Negué con la cabeza, agachándome para recogerla, pero al levantarla, me miré en el espejo. Ciertamente no era la primera vez que me veía totalmente desnuda a la luz del atardecer, pero no pude evitar mirarme con detenimiento, observarme detalle a detalle, como si apenas me estuviera conociendo, repasando con mis ojos cada porción de piel, desde mi cuello hasta mis pies.
Hace mucho había dejado el complejo atrás, la inferioridad que alguna vez sentí por él. Me gustaba mi cuerpo tal y como era, bien podría bajar unos kilos o no bajarlos nunca, porque nada afectaría mi propia complacencia con él. Me gustaba tal y como era. Sonreí ligeramente ante aquel pensamiento y coloqué mi mano derecha sobre mi cuello y la izquierda sobre el inicio de mis pechos, pasando mis dedos por ellos, para luego descender lentamente hacia mi vientre y sobre mi ombligo, me detuve un instante en mi pelvis y después desvié mis dedos hacia mis caderas.
Suspiré totalmente satisfecha con la suavidad y la fría humedad que todavía me rodeaba, y con esa luz que se filtraba por mi ventana, pude apreciar enteramente mi piel y toda mi figura en su máxima expresión. Estaba llena de curvas pronunciadas y tenía la piel salpicada de unas cuantas pecas y lunares, no tan morena, no tan clara, dorada como decía Pansy, pues aún sin sol, mi piel no perdía aquel color de un bronceado eterno. Como de mantequilla calentada a fuego bajo, lo cual era una de las cosas que más me gustaba.
Me quedé ahí de pie, mirándome tan fijamente que uno podría creer que me paralizaron en esa posición. Pero entre más me miraba, entre más me tocaba, más difícil me era comprender como Zabini se había atrevido a poner sus manos en mí. Cómo es que toda yo parecía gustarle lo suficiente como para llevarme a la cama y tener semejante sexo conmigo.
Era hasta difícil de creer que aquellas manos grandes, de dedos largos y tibios, que de seguro habían tocado cuerpos perfectos, moldeados a conciencia, más a sus gustos, más a sus estándares, habían ya recorrido, presionado y acariciado cada parte de mi cuerpo con un deleite que a ninguno hombre con los que había estado había mostrado al verme desnuda, porque era algo que no podía evitar comparar, el como me miraron otros hombres, al como me miraba Zabini al tenerme sin ropa sobre su cama. Era una mirada distinta, más caliente, deliciosa, casi desquiciante.
Aún así era difícil entender cómo es que se atrevió a colocar su boca en cada parte de mí, porque estaba segura que no había lugar donde su boca no hubiera estado ya, desde la punta de mis pies, hasta mis cabellos, no pasando nada por alto. Y eso de cierto modo me aturdía, porque era seguro que ya hubiera probado pieles más dulces y deseables que la mía, cuerpos más bonitos y perfectos que el mío. Aunque no podía negar que cuando me tocaba, cuando me besaba, lo hacía con una gran gula, como si el hombre no hubiera comido en días y yo fuera el pan y el agua en su mesa.
¿Pero por qué? ¿Por qué yo? No tenía nada de extraordinario, nada tan llamativo como todas las mujeres de aquella agenda.
Sonreí sin ánimos, pero muy orgullosa también, porque definitivamente no pensaba quejarme de su trato al momento de estar juntos. Porque todo era jodidamente bueno y adictivo. Era una mezcla de lujuria, pecado y placer. Un hambre y sed saciado. De calor y sudor, de jadeos y gritos. Todo era maravilloso, caliente, delicioso.
Cerré los ojos lentamente, como si algo hubiera tirado de ellos para abajo, dejándome llevar por aquellos recuerdos, por aquellas sensaciones que jamás remitían en mi cuerpo y solo se intensificaban en mi piel, ante la cercanía de los viernes y el verlo todos los días en mi oficina, tenerlo tan cerca para saborear su aroma y perderme en mi su presencia y voz.
Suspiré y gemí su nombre, capaz de sentir el calor, el olor, la humedad que se creaba entre nuestros cuerpos al presionarse, al restregarse uno contra el otro. Casi podía recrearlo, sus manos tomándome de las caderas, apretando mis piernas y sujetando mis pechos para llevarlos a su boca, para chuparlos, lamerlos y morderlos como si quisiera arrancarme la vida a besos. ¡Oh! su bendita y deliciosa boca, su lengua caliente y habilidosa, sus dientes raspando todo aquello como si quisiera encontrar la miel en cada parte de mi ser; sus dedos, pasando de mi cuello a mis pezones, rodeando mi pecho, para luego bajar a mi vientre, descender a besos pequeños a mi pelvis, con sus dedos tocando el interior de mis piernas y, sin dejar de mirarme, llegar a ese lugar con su boca...
—Zabini —jadeé y mis dedos encontraron aquel punto donde él parecía perderse.
Sentí mis dedos resbalar en aquella humedad que se había creado en mí a la simple idea de verlo de nuevo de esa manera, de recordar aquellas dos noches donde lo tuve entre mis piernas haciendo maravillas que sólo el cielo sabrá donde aprendió. Me mordí los labios con fuerza y mis ojos se abrieron mirando al techo sin casi poder respirar. Sentía mis piernas temblar ante el inminente éxtasis, sentía mi vientre comprimirse y mi centro palpitar, totalmente preparada para un orgasmo bueno, pero no del todo satisfactorio, pues me faltaba él, Zabini me hacía falta.
—¡Zabini! —grité su nombre al sentirme llegar al cielo, soltando el aire y respirando más entrecortadamente, jadeando para poder recuperar el aire.
Bajé el rostro y me miré de nuevo en el espejo, sin sentirme avergonzada o mal por haberme masturbado ahí. Me veía más brillante por el ligero calor que mi piel empezaba a expedir, tenía la mirada pesada, cargada de más deseo del que podía controlar, dilatadas las pupilas por pura adrenalina. Mis labios estaban rojos y mordisqueados, húmedos de mi propia saliva, y mis mejillas estaban sonrojadas, llenas de sangre por toda la actividad.
Miré de nuevo mi cuerpo aun temblando, con mis pechos se moviéndose al compás de mi errática respiración. Mi vientre seguía contrayéndose como si las sensaciones jamás fueran a desaparecer. Me relamí de nuevo los labios y quité mi mano y mis dedos de aquel sitio, pasándome lentamente las uñas por la piel de mi vientre, antes de elevarla hasta mis ojos. Miré mis dedos mojados y brillantes, no creyendo lo que una simple fantasía con Zabini era capaz de lograr. Con razón mis sueños seguían siendo tan húmedos cuando lo soñaba a él.
Apreté los labios y tomé de nuevo mi toalla, limpiando mi mano contra la tela de manera frenética y molesta conmigo misma, porque sabía que, después de esta noche, momentos como éste, momentos buenos pero no gloriosos, era lo que tendría, pues era la última noche, la última y mi cuerpo y mi mente ya estaban en protesta por semejante castigo y crueldad al que él me sometería.
Arrojé la toalla de nuevo al suelo y me di la vuelta, buscando mi varita para hacer un simple tempus que me indicara la hora. Eran las siete con diez minutos. Él llegaría en treinta minutos cuanto mucho y luego pasaríamos hora y media o dos en un restaurante donde yo fingiría estar molesta, cosa que lo estaba al menos en una parte, aquella parte que insistía mantener el orgullo y dignidad, para luego mandar ambas cosas al infierno cuando él pusiera su boca en la mía; y ya casi al terminar la cena, empezaría aquel juego de seducción donde me volvería difícil, para después ser yo quien lo iniciara como siempre, para terminar pidiéndole que me llevara a su departamento, a su cama y me tomara a como le diera la gana.
Técnicamente, en casi tres horas obtendría lo que quería de verdad y lo último que deseaba que terminara. ¿Así que porqué desperdiciar tres horas en una cena que no haría más empequeñecer el tiempo a su lado, en vez de ir directo al grano, a lo único que él quería y lo que yo más anhelaba?
Corrí prácticamente a mis cajones y saqué la ropa interior más pequeña de encaje y de color rojo que tenía, algo que al parecer a él le gustaba, pues a como lo había dicho, se había quedado con mi última prenda la noche pasada, aunque yo tampoco hice el amago de buscarla en el bolsillo de su pantalón, donde vi que se la había guardado. Sinceramente la vergüenza de los actos de la noche pasada, fue lo que terminó por convencerme de no hacer ni el mínimo intento por tener de regreso mi prenda, aunque en esta semana, cada vez que lo veía, sólo podía pensar que en su casa había algo mío. Y era mejor no pensar o imaginar para que Zabini querría quedarse con unas de mis tangas.
Negué con la cabeza por aquellas ideas que no hacían más que atormentarme y enrojecerme también, y me coloqué la nueva tanga y tomé aquel vestido corto de mi cama, poniéndomelo lo más rápido que podía, sin sostén, pues eso daba igual en este momento y no es como si la ropa fuera a hacer falta para lo que haríamos. Me miré en el espejo y corrí hacia mi tocador al percatarme de mi apariencia, no tenía tiempo para maquillarme, pero al menos me puse algo de bálsamo rosa en los labios para no tener los labios tan secos y verme demacrada, aunque mis mejillas sonrojadas me ayudaban mucho en ese aspecto.
Realicé un rápido hechizo de secado en mi cabello, colocándome de paso un poco de aceite de naranja para agregar un poco de brillo, y aunque no estaba como me gustaba, los rizos estaban ordenados y eso era todo lo que importaba. Tomé unos de mis zapatos bajos y cerrados del armario, y me los fui calzando mientras salía de mi habitación sin importarme el desastre que dejaba atrás.
Cuando llegué a la sala, realicé otro tempus, dándome cuenta que tenía veinte minutos antes de que Zabini llegara tan puntual como siempre a mi departamento.
No lo pensé más. No iba a desperdiciar mi última noche en una cena y en fingir que lo mucho que odiaba y despreciaba con todas mis fuerzas, cuando era obvio que no era así, cuando ya había demostrado en dos noches lo mucho que me gustaba, lo mucho que lo deseaba y lo muy enloquecida que estaba por ese hombre. Iba a disfrutar esta noche largamente, iba a aprovecharme de él y de las horas que tenía, desde este momento hasta cuando saliera el sol mañana para estar en sus brazos y de todas las maneras posibles sobre su cama.
Sin cuestionarme o pensarlo más, tomé con firmeza mi varita para poder realizar la aparición, conociendo perfectamente su dirección y hasta pudiendo visualizar correctamente el pasillo que estaba enfrente de su puerta, después de todo, ya había estado dos veces en ese mismo sitio para desaparecer y llegar a mi propio departamento.
Respiré con fuerzas para reunir todo el valor que tenía y agité la varita con determinación y fuerza, cerrando los ojos y abriéndolos cuando sentí nuevamente el suelo bajo mis pies, tambaleándome sólo un poco antes de recuperar el equilibrio y, al mismo tiempo, obligándome a no retroceder o echarme a correr en ese momento. Nuevamente mis nervios empezaban a comerme desde adentro y la idea de huir empezaba a anidarse en mi cabeza.
Suspiré entrecortadamente y temblé al girar el rostro lo más despacio que podía hacia la madera oscura de aquella puerta que me separaba de mi único objetivo, del único deseo viviente que tenía, del único hombre que amaba y adoraba más que a nada en este mundo, porque lo hacía, lo adoraba tanto, pero tanto, que sentía la sangre quemarse en mis venas y sentía el corazón hincharse y casi explotar cada vez que lo veía, cada vez que lo pensaba o soñaba.
Apreté los dientes y los labios, apretando las manos en puños, antes de decidirme dar un paso más. No era una mujer cobarde y había atravesado demasiadas cosas como para rendirme sin pelear por lo que quería y debía tener, y era claro que Zabini era algo que quería y debía tener, al menos por esta noche. Solté el aire una vez más y me detuve ahí, a un paso de distancia y respiré con fuerzas, llenando mis pulmones de todo el aire que podía sola una vez más, antes de levantar la mano y golpear tres veces la puerta.
Esperé segundos, segundos que se me hicieron eternos, sintiéndome como si nadara a la deriva en medio de mar.
Iba a morir, iba a ahogarme. Pero yo misma había saltado, y entonces yo misma tenía que salvarme.
—Sea quien sea, voy de salida —escuché su voz y pude sentir mi cuerpo temblando de anticipación.
Cuando la puerta se abrió, mi respiración totalmente contenida me dejó paralizada, viendo directamente a aquellos ojos de café cargado y abiertos de par en par, como si una luz repentina le hubiera derretido las pupilas. Su rostro pareció sorprendido, con los labios ligeramente abiertos y el cuerpo totalmente quieto a como el mío lo estaba, un cuerpo exquisito y tentador al que no me negué a recorrer con mis ojos sin importarme si él se daba cuenta o no, pues se veía más impactante y extraordinario que nunca, luciendo un traje de tres piezas en color gris oscuro, casi negro, como el pelaje de un lobo.
—Millicent, ¿Qué haces aquí? ¿pasó algo...?
Negué con la cabeza y no pude resistirlo, no pude de verdad resistir mi sentir, mis ganas, la pasión que me provocaba, y tomé lo que, por estas horas, por esta noche, me pertenecería.
Lo tomé a él. Lo tomé porque era mío, absoluta y enteramente mío y él debía saberlo también.
Rodeé su cuello con mis brazos y presioné mi boca a la suya, empezando a devorarlo con ansias, con nervios, con desenfreno. Su boca después de un solo segundo, empezó a corresponder y sentí una de sus manos enterrándose en mi cabello y la otra siendo llevada a la parte baja de mi espalda, presionando más mi cuerpo sobre el de él, como si el espacio hubiera empezado a quemar y el fuego sólo se apagará si estábamos juntos. Fundiéndonos en un mismo calor, aroma y magia misma.
—Millicent —dijo con la voz jadeante cuando nuestros rostros se separaron a respirar, prácticamente con sus labios rozando con los míos.
Respiré entrecortadamente viendo sus ojos y su boca, no conteniéndome de besarlo una y otra y otra vez a besos tronados y superficiales. Tampoco pude evitar pasar una de mis manos a su mejilla para acariciarla, perdiéndome en la maravilla de su estructura, de su aterciopelada piel, de aquella forma que tenía su rostro y de la que me encontraba locamente enamorada, pues no podía pensar en nadie más que me hubiera gustado de esta manera. Nadie, jamás en toda mi vida, me había gustado tan intensamente como él lo hacía en este momento, y estaba segura que probablemente jamás volviera a sentir lo que sentía por él.
—No perdamos el tiempo con una tonta cena que terminara donde ambos queremos —susurré y lo volví a besar con más ganas de las que ya había demostrado.
Fue en ese momento que fui consciente de la sensibilidad de mis pechos pegados al suyo, sintiendo un ardor abrasador desde el centro del estómago y expandiéndose por cada parte de mi ser. No podía esperar a quitarme la ropa y quitársela a él, estando segura que en ese momento sería como entrar a un volcán, a un volcán donde ni él ni yo reconocíamos lugar, tiempo o espacio, sólo a nosotros nos reconocíamos, a nadie más, sólo nosotros.
Sólo existíamos nosotros dos en todo el universo.
—No lo perdamos, entonces —concedió con una sonrisa lujuriosa al separar nuevamente nuestras bocas, antes de volverme a besar.
Lo sentí dar un paso pequeño hacia atrás, antes de escuchar el sonido de la puerta ser cerrada con un golpe contundente y luego ser llevada y presionada contra ella. La boca de Zabini se separó de mis labios, sólo para bajar a mi mentón y luego hacia mi cuello, empezando a chuparlo como el mejor de los caramelos, haciéndome suspirar y cerrar los ojos con deleite.
Sus manos tampoco se quedaron quietas, pues éstas sin ningún tipo de recato o impedimento, llegaron hasta mis rodillas y fueron subiendo lentamente el borde de mi vestido para acariciar y apretar mis muslos, los cuales se erizaron al simple toque, sintiendo el calor de cada dedo sobre ellos. Me mordí los labios y enterré los dedos en su cabello, pues en ese momento, cuando su boca bajó el borde de mi vestido, descubriendo uno de mis senos para lamer mi pezón, una de sus manos llegó a mi centro, apartando la tela y metiendo dos de sus dedos, para acariciarme de arriba abajo, provocándome un delicioso temblor que me costaba controlar.
—Sin sostén y tan húmeda, ¿Qué estuviste haciendo, mi preciosa Millicent? —preguntó al levantar su rostro para mirarme directamente a los ojos.
Él era un descarado, pero jamás pensé que yo lo sería en esa misma medida, pero con él vine a descubrir esa parte de mí que con nadie más había nacido, pues, aunque luego me lo reprochaba, no podía evitar ser una total pervertida cuando de seducirlo se trataba. Sólo en su presencia podía actuar sin inhibición, sin vergüenza, como si fuera algo más que una persona, me transformaba tan sólo en un ser sediento de sexo con él.
—Me masturbé pensando en ti, con esta mano —dije con la voz jadeante, pues él en ningún momento había dejado de acariciarme, y le mostré mi mano derecha sin sentir ni un poco de vergüenza o pudor por mis palabras o actos.
Gemí en protesta cuando su mano abandonó mi sexo, pero jadeé un poco más cuando aquella mano sostuvo la mía y la llevó a su boca, empezando a lamer cada uno de mis dedos. Era lo más lujurioso, pervertido y jodidamente pecaminoso que habían hecho conmigo, pero él parecía fascinado saboreando mis dedos sin dejar de mirarme a los ojos.
—Vas a llevarme al infierno con sabor a paraíso, Millicent —fue lo que dijo al soltar mi mano, antes de volverme a besar con fuerza y luego bajar a mi seno otra vez.
Sonreí complacida por sus palabras y atenciones, con mis manos entre sus cabellos y dispuesta a disfrutar esta noche que prometía ser maravillosa e inolvidable.
Sería la mejor despedida.
He tardado menos esta vez, cuenta, ¿no? Espero que sí. Porque ya casi tengo el siguiente, y eso me emociona.
Espero que quedé alguien leyendo esto, y si hay alguien, gracias por hacerlo.
By. Cascabelita.
